Una persona desgraciada nunca lo es absolutamente todo el tiempo. A menudo, alguien que vive una existencia atormentada entrevé entre las brumas de su desdichado día a día breves ratos de sosiego. Y para Anastasia, ese momento era uno de ellos.
La tarde iba cayendo y la oscuridad resbalaba trenzada en las gotas de lluvia, que quedaban prendidas al cristal como pequeños diamantes relucientes. En la calle, la gente se apresuraba bajo paraguas y gabardinas, pero en el interior del salón el rítmico repiqueteo quedaba moderado por las cortinas y el ambiente era cálido.
Anastasia acunaba a su bebé que dormía plácidamente, y se sentía plena. Era una sensación agradable, como un soleado día de verano o una caricia inesperada. Una sonrisa curvó sus finos labios y volvió a mirar al bebé, con su pálida carita apoyada contra su pecho. Acercó su mano a la mejilla regordeta pero no llegó a tocarla, una fuerza invisible pareció tirar de ella antes siquiera de rozarla.
De pronto, al fondo del pasillo, se oyó la llave en la cerradura de la puerta de entrada y se sobresaltó. Debía ser su marido que llegaba del trabajo. ¿Ya era tan tarde? Al fondo de su consciencia, sin embargo, el poso de felicidad se removió y un cieno oscuro, negro como la pez, dejó escapar una profunda fetidez.
Anastasia abrió los ojos como platos. Una idea, menuda e irracional, se fue haciendo grande por segundos, creciendo como un bizcocho en el horno espoleado por la fuerza de la levadura, hasta que fue tan grande que era imposible de ignorar y la cruda realidad estalló ante su rostro como un globo al que han insuflado aire de más. ¡Ella no tenía marido, ni siquiera tenía una hija! Miró horrorizada al bebé que dormía en sus brazos, mientras los recuerdos de la mañana se abrían paso a codazos entre los despojos de su mente fragmentada.
El día había amanecido alegre y luminoso y los rayos de sol, perezosos, arrancaban destellos a la pulida madera que Anastasia acababa de lustrar. El ambiente olía a las rosas que reposaban en un alto jarrón y el ruido del exterior llegaba amortiguado a través de los cristales. Se quedó mirando el mueble y, por una vez, la satisfacción del trabajo bien hecho no fue suficiente. Arrugó el ceño y su boca se torció en un gesto de desagrado.
De repente, el llanto de un bebé, inesperado y estridente como el maullido de un gato, arrambló con la tranquilidad de la estancia que con tanto mimo había construido Anastasia, a la vez que su hermana Beatriz entraba con su hija en brazos, cantándole una nana que quizá consiguiera calmarla: «Duérmete niña…».
—La vas a malcriar —masculló Anastasia con patente desdén.
Beatriz no percibió el matiz de sus palabras, o si lo hizo no dio muestras de ello, por el contrario levantó la vista y le respondió con una sonrisa:
—¡Qué va! Además, no me nace dejarla llorar desconsoladamente en su cuna. —Se le escapó un suspiro y siguió cantando.
Anastasia sintió que las entrañas se le revolvían al ver a su hermana mirar con arrobo a su hija. ¡La vida era tan injusta! Beatriz, que era una incompetente en la mayoría de las cosas cotidianas y un completo desastre en las otras, lo tenía todo y ella, que era la perfección absoluta, nada.
¿Qué había podido ver Roberto en su melliza para estar tan absolutamente enamorado, para haber caído irremediablemente rendido a sus pies? Quizá si la amaba sin condiciones era porque no la conocía como ella, porque no sabía toda la maldad que Beatriz era capaz de atesorar en el fondo de su alma.
La niña seguía sollozando pero ahora sus gemidos semejaban a una pequeña locomotora de juguete que tuviera dificultades para avanzar. «Duérmete niña, duérmete ya…». La nana brotaba sin descanso de los labios de su hermana.
—Ana, cariño, cierra las cortinas, que el sol molesta a la niña.
Beatriz le hablaba con dulzura pero ella sintió un mazazo en el estómago. ¡Cómo odiaba ese diminutivo! Su nombre era regio, majestuoso, el nombre de una princesa, y su hermana al acortarlo lo volvía vulgar como solo ella sabía hacer. Realmente, nunca escamoteaba las ocasiones de hacerla sentir inferior.
Anastasia gruñó como un perro en celo, no obstante corrió las cortinas y la sala quedó en penumbra. El bebé había dejado de llorar pero su madre seguía tarareando la odiosa nana: «… duérmete ya…».
Una vocecilla emergió entonces por encima del olor a rosas, apenas un susurro que se arrastraba sibilante junto a su oído: «¡Ojalá te mueras!», y Anastasia movió la cabeza intentando espantarla.
Si Roberto llegase a saber cuán mala podía llegar a ser su hermana ya no la adoraría nunca más, ni la miraría con ese deseo punzante que bailaba en sus ojos color verde irisado, ni le diría cosas al oído, cosas que hacían a su mujer sonrojarse con el presagio de prohibidos placeres.
Ella, ella sí que era buena, y siempre había sido una víctima. Víctima del falaz candor de su hermana que conseguía engatusar a todos. ¿Acaso no eran mellizas? ¿Acaso no habían perdido ambas a su madre durante el parto? ¿Por qué todos se empeñaban en cuidar y mimar a Beatriz y no hacerle ningún caso a ella?
«Duérmete mi sol…».
—Ana, querida, ¿me puedes traer un poco de agua? —La aterciopelada voz de Beatriz llenaba la estancia—. Creo que me está entrando un poco de jaqueca.
Y Anastasia sintió cómo la serpiente que anidaba en sus intestinos se retorcía y le envenenaba la sangre, pero, así y todo, se levantó y fue a por el agua. Todo en sus actos transmitía afecto fraternal, pero la procesión iba por dentro y la serpiente se arrastraba y siseaba sin descanso, día y noche. Ese demonio murmuraba en el limbo de su consciencia: «¡Ojalá te mueras!».
Al llegar junto a Beatriz, dejó la bandeja con el agua encima del velador. Su hermana se había quedado dormida, recostada sobre el brazo de terciopelo azul del sofá con la pequeña apoyada en su hombro. Las rosas de color rojo intenso, grandes y perfectas, exhalaban suavemente su aroma y el silencio la envolvió con su eco ensordecedor, como si tuviera vida propia y tratara de rodearla intentando aplastarla. Anastasia se quedó mirándolas, la carita del bebé junto a la de su madre, las respiraciones acompasadas, la tez de ambas blancas como la leche, su aspecto tan parecido al suyo propio. ¡Si no fuera porque Beatriz era tan mala!
El rayo de sol que se colaba por la rendija de la cortina quedó momentáneamente oscurecido por una nube que amenazaba lluvia, sin embargo, Anastasia sintió calor, mucho calor, y el aroma de las rosas empezaba a asfixiarle. Jadeó para recuperar el ritmo y en el exterior, tras la cortina, la nube se hizo más gris y más densa.
De pronto, el mundo dejó de girar y el silencio se espesó aún más. La nana retumbó en su cabeza: «… duérmete mi sol…», y abriéndose paso sobre ella, de nuevo, la vocecita del fondo de su cabeza empezó de nuevo con su cantinela, solo que ahora gritaba sin descanso, llenándolo todo: «Ojalá te mueras. Ojalá te mueras. ¡Ojalá te mueras!». Anastasia se tapó los oídos. «¡Cállate!».
Y en ese momento lo vio todo claro. La solución estaba delante de sus ojos. ¿Cómo había podido estar tan ciega? Siempre había estado ahí, era tan evidente que hasta hacía daño.
Entonces dio dos pasos, tomó el cojín de fino hilo color turquesa que ella misma había tejido y con cuidado lo puso sobre la nariz de su hermana y su sobrina, y apretó.
Uno, dos, tres… Contó hasta diez.
Ellas apenas se removieron y a Anastasia la invadió una oleada de felicidad. Jamás se había sentido tan dichosa. Apartó el cojín y la estampa que vio ante sus ojos fue apenas diferente a la que tenía frente a sí apenas unos segundos antes: madre e hija muy juntas, la única diferencia es que ella era feliz.
Tan feliz que necesitaba desahogarse, y giró en redondo bruscamente dando un fuerte manotazo al jarrón que se estrelló contra el suelo haciéndose añicos, con las flores desperdigadas, los pétalos destacando sobre el brillo del agua derramada como enormes y despreciadas gotas de sangre.
El estruendo sacó a Anastasia de su abstracción, y fijó de nuevo la atención en su hermana. La boca se curvó en una leve sonrisa que no llegó a madurar. Tomó a la niña de los brazos de su madre y empezó a acunar el pequeño cuerpecillo inerte, aún cálido por la vida que se le acababa de escapar como el aleteo de un pequeño gorrión, y empezó a murmurar: «… duérmete pedazo de mi corazón».
Ahora ya nadie le podía quitar lo que era suyo, su hija, su casa, su marido.
Y cuando oyó a Roberto en el vestíbulo, se levantó a recibirlo.