Mireia cambió de posición cruzando las piernas, apoyando la espalda correctamente contra el banco. Elevó su rostro hacia el cielo y disfrutó del contacto de los rayos del sol sobre su piel. Era un bonito día de abril. Miró hacia un lado y observó como un niño de apenas cinco años reía mientras corría hacia los columpios de aquel parque.
Observó su reloj. Quedaban quince minutos para las dos del mediodía. No había podido comer nada aquella mañana, ni tampoco cenado la noche anterior.
«Quince minutos», pensó. Tragó saliva y suspiró mientras observaba como otros niños corrían hacia una fuente para beber agua, sedientos tras tanto juego. Hacía más de diez años ella misma había sido la que bebía en aquella fuente. Los recuerdos la asaltaron en aquel momento y una sonrisa se dibujó en su rostro.
***
―Pareces un choto ―pronunciaron a su lado. Mireia apartó sus labios de la fuente y miró a Sergio con una mueca algo enfadada. Se cruzó de brazos y ladeó su rostro. Sergio resopló―. ¿Por qué te entretienes con todo? A este paso no vamos a llegar nunca a la biblioteca, y le recuerdo, señorita Mireia, que en dos días tenemos el examen final de estadística empresarial.
―Son dos minutos los que gasto bebiendo agua. No te va de ahí ―comentó ella acercándose, sujetando la carpeta de la universidad contra su pecho.
―¿Cómo que no? Tenemos que memorizar casi doscientas hojas en dos días ―dijo con fastidio. Ella se encogió de hombros y sonrió hacia su amigo como si no le importase, pero aquello hizo enarcar una ceja a Sergio―. Claro, como la señorita es una estudiante de matrícula no le importa. Pero te recuerdo que yo necesito una clase exhaustiva de esta maldita asignatura. ―Cogió a Mireia del brazo y comenzó a tirar acelerando el paso―. Vamos, por Dios, o acabaré suspendiendo.
***
Sí, siempre se había considerado una buena estudiante. Los cuatro años de carrera se le habían pasado volando y ahora, a sus treinta años trabajaba para un gran banco.
Despertó de sus pensamientos cuando un niño pasó a su lado tirando de la mano de su madre con fuerza. Volvió a comprobar su reloj y vio que marcaban las dos menos diez. Notó como el vello se le ponía de punta y miró de un lado a otro. Su mirada recayó directamente sobre la biblioteca donde tantas tardes había estudiado juntos.
***
Sergio cogió de nuevo la calculadora y volvió a pulsar los botones con fuerza.
―¿Por qué no me da el mismo resultado que a ti? ―susurró desesperado mientras paseaba sus ojos azules de su cuaderno al de ella.
―Shhhhhh ―le llamaron la atención desde atrás.
Sergio chasqueó la lengua y volvió a mirar el cuaderno de Mireia.
―¿Qué culpa tendrá la calculadora? Deja de aporrearla. Anda, trae ―comentó ella cogiéndoselo para revisarlo. En ese momento Sergio se acercó. Notó su proximidad, su calor y como sus mejillas se encendían. Realmente no había sido consciente de cuándo había comenzado a enamorarse de él, ni siquiera si llevaba un año o dos, pero lo cierto es que poco a poco se había ido adentrando en su corazón. Aquella mirada azulada y juvenil, aquella sonrisa tierna, su cabello castaño oscuro siempre despeinado―. Se te ha olvidado sumar estas ganancias, ¿cómo quieres que te cuadre el balance? ―le regañó volviendo su rostro hacia él. Estaba cerca, tanto, que sus narices chocaron. Al momento se movió compulsivamente hacia atrás, apartando su rostro asustada, lo que hizo que Sergio sonriese de una forma endiablada mientras pasaba su brazo por el respaldo de ella, aproximándose de nuevo. Sí, le encantaba provocarla, eso lo tenía claro.
―Ya… ―Miró el cuaderno durante unos segundos y volvió a elevar la mirada hacia los ojos color miel de ella, aún con la sonrisa en su rostro―. Ayúdame ―bromeó simulando una súplica―. Sin ti estoy perdido y no conseguiré…
―Deja de decir tonterías ―susurró mientras cogía de mala gana el bolígrafo y rectificaba los números. Tachó unos cuantos y los sustituyó por los correctos―. Ves, ahora está bien. ―Le indicó con el dedo el resultado.
Sergio sonrió más abiertamente mientras cogía su cuaderno. Estuvo varios segundos observando las rectificaciones hasta que un largo suspiro salió de lo más profundo de su ser. Giró su rostro lentamente y recorrió sus ojos, su nariz, sus labios…
―Te necesito cerca… ―susurró sin apartar la mirada de ella. Mireia puso su espalda recta y tragó saliva. Durante unos segundos se le paralizó el corazón―. Pienso copiarte en el examen ―pronunció divertido mientras volvía a obsequiarle con una sonrisa. Alzó sus brazos hacia el techo en actitud desesperada―. ¡No entiendo nada de lo que has hecho!
―Shhhhhhh ―volvieron a decir desde la mesa de atrás.
***
Mireia no pudo evitar sonreír mientras apartaba la mirada de aquella biblioteca. Recordaba su etapa universitaria con cariño. Habían sido cuatro años frenéticos, de noches sin dormir, nervios… pero había merecido la pena. Ahora se le antojaban ya lejanos, como si se tratase de una vida anterior.
Cogió un mechón de su cabello castaño y lo colocó tras la oreja mientras recordaba el día en que recibió su última nota de la carrera.
***
Apartó a unos cuantos compañeros suyos que gritaban eufóricos y buscó con la mirada a Sergio. Al momento lo encontró, él también parecía estar buscándola. Avanzaron hasta colocarse uno frente al otro y Sergio extendió los brazos hacia ella.
―¡Aprobado! ―gritó mientras se abrazaban y comenzaban a dar saltos.
Pasaron así varios minutos, gritando, brincando y extrayendo de sus cuerpos todos los nervios que habían acumulado aquellas últimas semanas con los exámenes. Se separó un poco, aún sujetándola por los hombros y la miró directamente a los ojos.
―¡Hay que celebrarlo! ―gritó de nuevo abrazándola.
Y tanto que lo iban a celebrar. Habían quedado varios compañeros de universidad para salir al día siguiente por la noche. Mireia se había reunido con su amiga Cristina, en su piso de estudiantes, y habían pasado cerca de una hora arreglándose. Se había maquillado y se había puesto una falda tejana con una camiseta de tirantes lila.
―Sergio se va a morir cuando te vea ―susurró Cristina mientras Mireia se acercaba al espejo.
Estuvo a punto de meterse el lápiz en el ojo y miró en el reflejo a su amiga. Cada vez se arrepentía más de haberle hablado de los sentimientos que albergaba hacia él.
―Si lo llego a saber, no te digo nada.
―Vamos ―continuó Cristina mientras se acercaba a ella, pasándose la mano por su cabello rubio y corto―. Sois los dos unos tontos; a ti se te nota a leguas que estás enamorada de él y a él igual, no entiendo por qué esta tontería de no decíroslo.
Mireia dejó el lápiz de ojos con un golpe sobre el mármol y se giró hacia su amiga extendiendo los brazos.
―Oye, eso tú no lo sabes…
―No estoy ciega. Venga, si al pobre Sergio le salen chispitas de los ojos cuando te mira ―contraatacó con una sonrisa.
―Somos amigos ―dijo cogiendo el colorete y la brocha.
―No ―se aproximó a ella excesivamente y sonrió―. Sois tontos.
Mireia suspiró y decidió hacer caso omiso a su amiga. Sí, estaba enamorada y podía asegurar que él lo sospechaba, pero de ahí a que él también pudiese estarlo…
Sergio era un chico demasiado atractivo como para fijarse en ella. La consideraba su amiga, y prefería no hacerse ilusiones al respecto. Seguramente tras acabar la carrera se distanciarían. Ambos encontrarían trabajo y cada uno seguiría con su vida. Aquello la entristeció en cierto modo. Se observó en el espejo mientras se colocaba bien el cabello y se miró con determinación. Debía ser una chica decidida, ya había pasado demasiados años guardándose ese secreto. Quizás fuese la última oportunidad para estar con él.
La discoteca estaba a rebosar cuando entraron, pero tras diez minutos de búsqueda en la que recibieron pisotones y empujones consiguieron dar con sus amigos.
―Ya era hora ―pronunció Sergio acercándose a ella con una cerveza en la mano―. Pensaba que no ibas a venir. ―Al momento Mireia recibió el guiño de ojo de Cristina mientras se separaba, la observó alejarse contoneando sus caderas hacia el resto de sus compañeros hasta que Sergio volvió a ponerse frente a ella y perdió de vista a su amiga―. ¿Una cerveza? ―preguntó animado.
―Sabes que no me gusta la cerveza.
―Lo sé. ―Se señaló con el dedo mientras se dirigía hacia la barra―. Pero un chupito, sí, ¿verdad?
Después de un cubata y cuando iba por su sexto chupito tuvo que sujetarse a la barra para guardar el equilibrio. Miró de reojo a Sergio, el cual la observaba con una sonrisa, y se acercó a él intentando mantenerse derecha.
―Ahoga ya eges dirrector de una graaan emprecha. ―Sergio soltó una gran carcajada y llamó al camarero de nuevo alzando su mano, pidiéndole que sirviese dos chupitos más―. Egtás heshooo todo un emprechario. ―El camarero se situó frente a ellos y volvió a rellenar los chupitos―. Ayyy… no… otrgo no. ¿Quierres matarme?
Sergio le pasó uno de los chupitos con una sonrisa.
―Vamos, estamos de «chelebrachión» ―Se burló―. Hemos acabado la carrera.
―Yo no eshtoy de chelebrachión… ―Luego miró hacia el resto de sus compañeros de universidad que bailaban al son de aquella música electrizante―. Lo que shtoy es borrashaaaa.
―Sí, eso también ―pronunció mientras golpeaba su chupito con el suyo y lo bebía de un trago.
Ella lo contempló durante unos segundos. Estaba tan atractivo, eran tan guapo…
―Yo no tengo nada que chelebrar ―pronunció algo enfadada―. Hemosh acabado la carrera, chi, pero ¿y qué? ―dijo soltando el chupito sin beberlo y elevando los brazos hacia él―. No tenemosh trabajo. Todo essssh muy coomplicado.
―Bueno, hay algo que te quería comentar ―pronunció acercándosele. Ella lo miró de reojo―. ¿Recuerdas la entrevista que hice hace una semana? ―Lo miró de arriba a abajo―. ¡Me han cogido!
Mireia puso su espalda recta.
―¡Muu bien! ¡Felishidades! ―gritó hacia él. Al momento, sin poder evitarlo se arrojó hacia sus brazos; a Sergio no pareció importarle aquello y la recibió gustoso―. Me alegro mushooo.
Recostó la frente contra su pecho y cerró los ojos. Lo cierto es que se estaba bien allí, entre sus brazos. Al menos le dotaba de algo de estabilidad que en ese momento no tenía.
―Muchas gracias ―comentó Sergio aún abrazándola―. Por eso tienes que tomarte ese chupito que te he pedido, hay que celebrar que he encontrado un… ―No pudo seguir. Justo en ese momento Mireia inclinó su cuerpo hacia delante y comenzó a vomitar―. ¡Joder! ―gritó dando un salto hacia atrás.
―Lo chiento. ―Hizo un puchero.
―No, no, tranquila. ―La cogió rápidamente del brazo sujetándola contra él―. Menuda torrija llevas. Será mejor que te lleve a casa.
Tras lograr salir de la discoteca, y de que Sergio la arrastrase por la calle, consiguieron llegar al coche. Ni siquiera había sido consciente del trayecto de media hora que había hasta su piso alquilado, cerca de la facultad.
Sergio le ayudó a abrir la puerta y la llevó hasta su dormitorio. Ella se había mantenido callada durante todo el rato. Jamás se había sentido más avergonzada ¿Le había vomitado en los zapatos?
―¿Necesitas ayuda para ponerte el pijama? ―pronunció con una sonrisa algo lasciva.
Durante unos segundos estuvo tentada de decirle que sí, total, ¿si él mismo se ofrecía, no sería descortés rechazarlo? Ahora podía aprovecharse, podía ser mala si quería, estaba borracha y luego podría decir que había sido todo culpa del alcohol.
Se quedó unos segundos observándolo fijamente, barajando la idea. Sergio se encontraba bajo el marco de la puerta mirándola con una sonrisa divertida.
Tragó saliva y deambuló incómoda por la habitación.
―No, no hashe falta. Ya puedo yo sholita. ―Sergio se encogió de hombros pero aún así no se movió. Mireia fue hacia la cama y cogió el camisón de debajo de la almohada―. ¿Y cuándo empieshas a trabajá?
―La semana que viene ―pronunció cruzándose de brazos, conteniendo la risa cuando ella pronunciaba alguna palabra―. Es una empresa importante, y me han asegurado que puedo promocionarme. Fíjate, quizás en unos años pueda ser el director ―acabó bromeando.
Mireia enarcó una ceja.
―Tú también eshtás borrasho ―bromeó perdiendo el equilibrio y cayendo prácticamente sobre la cama―. Con lo mal que she te daban las cuentas ―pronunció mientras se quitaba los zapatos y bajaba unos centímetros de altura―. Tá claro que ellos no han visto los balanshes empreshariales que hashes… si no, no te hubiesen contratado.
―Ja. ―Dio unos pasos hacia ella acercándose y la miró fijamente―. Bueno, es evidente que tengo mucho que agradecerte. Te costó, pero al final conseguiste que lo comprendiese.
―Chí, parte de tu nómina es mía ―rio señalándolo con el dedo. Aunque volvió a perder el equilibrio y acabó colocándolo sobre el pecho de él. Al momento comenzó a darle golpecitos ante la mirada divertida de Sergio―. Un sheshenta por shiento.
―Tienes toda la razón, y por eso mismo pienso invitarte a cenar cuando cobre el primer mes ―comentó muy sonriente.
Lo miró fijamente y estuvo a punto de soltar una lágrima.
―¿En cherio? ―susurró embelesada.
Parecía que el hecho de que acabasen la facultad y de que, obviamente, sus caminos se distanciasen no tenía porque significar que perdiesen el contacto. Lo contempló unos segundos, pero él tuvo que notar que algo la entristecía porque la observó enarcando una ceja.
―¿Qué pasa? ―preguntó algo preocupado.
Ella se encogió de hombros intentando controlarse.
―No, nada… es, es solo que penshaba que como hemos acabado la facultad quichá tú no querrías verme más. Como ya no neshesitas clases particulares…
Puso los ojos como platos y dio un paso hacia atrás como si le hubiesen golpeado.
―¿Por qué piensas eso? Está claro que estás borracha. No estás fingiendo ―dijo a modo de respuesta, aunque luego le sonrió más tiernamente―. Eres mi amiga, mi mejor amiga.
Sí, solo amiga, pensó Mireia.
―Ya, no she…
―No vas a librarte tan rápido de mí. ―Acabó sonriendo. Ella lo observó y aceptó algo tímida―. Bueno, va, ponte el pijama y ve a dormir la mona. Falta te hace.
De pronto se acercó y la rodeó con los brazos. Mireia volvió a quedarse estática, saboreando aquel momento. Él se distanció un poco y la observó directamente a los ojos mientras aún la sujetaba por la cintura.
Durante unos segundos sus miradas se encontraron, los ojos de Sergio parecieron mirar sus labios, pero al momento, como si despertase de un sueño, se separó de ella y metió las manos en los bolsillos.
―Te llamo esta semana para quedar, ¿de acuerdo?
Ella permaneció quieta y afirmó con su rostro sin poder pronunciar palabra alguna ¿Había mirado sus labios? ¿Le había parecido ver el deseo en aquella mirada?
Sergio se giró y salió directamente del piso dejándola pensativa.
***
Mireia suspiró mientras miraba su reloj, que marcaba casi las dos de la tarde. Solo faltaban unos minutos. Lo cierto es que cada vez que recordaba aquel episodio de su vida, no sabía si echarse a reír o a llorar.
Observó de nuevo a todas aquellas personas pasear, sin ser consciente de los nervios que se acumulaban en su interior. Instintivamente, cogió el móvil y lo comprobó. Ningún mensaje nuevo. Se mordió el labio y accedió a su correo para leer uno de los últimos emails que había recibido de Sergio.
«Aquí en Shanghái hace un calor horrible. La verdad es que es insoportable. Por cierto, a ver si vienes a verme, hace casi cinco años que no nos vemos las caras, creo que ya va siendo hora. No te preocupes por el billete, te lo puedo sacar yo desde aquí»
Notó otra vez como una lágrima estaba a punto de brotar de sus ojos.
Sergio había ido prosperando en la empresa y pocos años después lo habían hecho directivo de una nueva filial en Shanghai. Aún recordaba cuando le había dicho que se marchaba para trabajar allí. Había quedado con él, Cristina y algunos compañeros más de facultad con los que mantenía el contacto en un restaurante.
***
―Cuanto me alegro por ti ―exclamó Cristina con una gran sonrisa.
―La verdad es que estoy muy ilusionado ―contestó Sergio.
―Sí… es… es una gran noticia ―pronunció con una tímida sonrisa Mireia.
Pocos días después había quedado con su amiga para comer. Dado que sus puestos de trabajo estaban cerca, de vez en cuando se permitían comer juntas y no llevarse comida de casa al trabajo.
―De verdad, Mireia, no te entiendo…
―Yo lo veo muy claro ―pronunció mientras se llevaba un trozo de pescado a la boca―. Él se marcha e iniciará una nueva vida allí.
Su amiga dejó el tenedor sobre la mesa algo enfadada.
―En serio, lo vuestro es increíble ¡De verdad que no lo entiendo! ―gritó cuando pronunció aquello, llamando la atención de varios comensales cercanos. Mireia resopló―. Tú estás enamorada de Sergio, él de ti…
―¡Y dale! ―exclamó enfurecida. Estaba claro que Cristina intentaba animarla, darle esperanzas, pero, ¿de qué servía ya? ―Eso no lo sabes, tú… ―dijo acercándose a ella por encima de la mesa―. Dices eso sin fundamento alguno. Sí, estoy enamorada de él, pero está claro que Sergio de mí no. Soy su amiga; para él, siempre he sido su amiga. Ahora se va a marchar a trabajar al extranjero, conocerá a alguien, comenzará una nueva vida allí… ¿de verdad crees que si estuviese enamorado de mí se marcharía? ¿O no me diría nada?
―Tú no se lo has dicho ―contraatacó su amiga.
―Pero él es quien se va… y aunque le dijese algo ahora, ¿de qué iba a servir? No puedo decírselo, sería como… ―Automáticamente se llevó una mano agobiada a la frente―. ¿Crees que quiero que se marche? ¿De verdad lo crees? ―pronunció dolida―. Pero se va, para siempre. Y no voy a ser yo quien le ponga un impedimento o le haga irse con una mala sensación. ―Acto seguido se levantó cogiendo su bolso―. Esta vez te tocaba pagar a ti, ¿no?
―Vamos, Mireia… ―intentó calmarla su amiga―. No te enfades…
―Nos vemos la semana que viene ―pronunció antes de distanciarse de ella.
Aquello le dolía, le dolía demasiado. Sergio se marcharía y seguramente no volvería. Había perdido su oportunidad con él. Con el paso del tiempo se habían visto a menudo, aunque siempre acompañados por amigos. Se sentía estúpida. Durante aquellos últimos años desde que acabaron la facultad no habían perdido el contacto, pero ambos se encontraban muy ocupados con el trabajo como para poder verse cada día, con suerte, quedaban los fines de semana. Ahora eso también se acabaría. Había tenido la esperanza de que él se hubiese enamorado de ella, pero, qué equivocada estaba. No se había atrevido a sincerarse con él, a explicarle sus sentimientos, y ahora lo perdería para siempre.
***
Notó cómo aquellos recuerdos aún la hacían estremecerse. La sensación de pérdida había sido tan grande que había pasado días llorando, sin fuerzas para levantarse de la cama. Lo había querido siempre, y, por tonta, lo había perdido. Después de tantos años, aquello seguía doliendo.
Observó cómo unos cuantos niños corrían con un helado en la mano, mostrándoselo a sus padres como si tuviesen un trofeo. Eso la hizo sonreír y volvió a mirar el reloj de nuevo. Las dos y cinco minutos de la tarde. Oteó de un lado a otro y suspiró. Era increíble cómo años después, aquella pérdida aún hacía que sus ojos se humedeciesen y su corazón se acelerase. Jamás había experimentado un dolor tan grande. A medida que pasaba el tiempo aquel pesar era más soportable, pero aún así dolía, y mucho.
Sin poder evitarlo recordó aquella tarde de hacía cinco años, la víspera a que él partiese.
***
Unos días antes habían organizado una fiesta para despedirse de Sergio y desearle toda la suerte del mundo en su nueva vida. Pensaba que ya no iba a verlo más, hasta que la noche del domingo llamaron a su puerta.
A través de la mirilla se encontró con un Sergio que parecía nervioso. En aquel momento notó como su corazón iba a salirse por la boca. Intentó calmarse y abrió la puerta con rostro sorprendido.
―Hola ―pronunció él.
―Hola.
Se quedaron mirando durante unos segundos y finalmente Sergio le indicó con la mano.
―¿Puedo pasar?
Mireia pareció despertar de un sueño y abrió más la puerta.
―Sí, claro, pasa. ―Tras cerrar miró hacia el comedor, había dejado la caja de pizza que había pedido para cenar sobre la mesa―. Perdona ―comentó acelerada mientras intentaba poner algo de orden―. No esperaba visita ―pronunció tímidamente.
―Ya ―comentó pensativo, observándola.
Tiró la caja de cartón a la papelera y se giró para observarlo.
―¿Ya tienes preparada la maleta? ―susurró.
Sergio tardó un poco en responder.
―Sí, la tengo hace días ―explicó mientras avanzaba hacia ella con las manos en los bolsillos. Paseó la mirada por el piso y luego la miró sonriente―. Siempre me ha gustado tu estilo. Serías buena decoradora. ―Sabía que bromeaba, cada mueble era de un color y no pegaba nada. Al no recibir respuesta volvió la mirada hacia ella y suspiró―. ¿Sabes? Voy a echar de menos este piso, la de veces que hemos organizado una fiesta aquí… ―acabó riendo, aun así, pudo percibir un cierto dolor o añoranza en sus ojos.
Ella decidió responder a su sonrisa.
―Sí, esto va a ser muy diferente sin ti.
Sergio la miró fijamente y afirmó mientras la contemplaba. Durante unos segundos se quedaron en silencio, estudiándose, como si quisiesen memorizar cada matiz del rostro del otro.
―Te voy a echar mucho de menos, Mireia ―pronunció al fin.
Ella tuvo que apretar los labios para no hacer un puchero. La iba a echar de menos, sí, pero como amiga, jamás había pretendido nada con ella, aunque al coincidir la mirada con él notó cómo sus ojos estaban rasos. Se quedó paralizada observándolo hasta que logró reaccionar.
―Yo a ti también. ―De nada servía sincerarse ahora, de nada. Sergio se iría mañana a la otra punta del mundo, para siempre, o al menos, durante mucho tiempo―. Pero bueno, supongo que vendrás de visita alguna vez, ¿no? ―pronunció intentando darle algo de alegría a su voz. Era eso, o se echaría a llorar allí mismo.
―Lo intentaré ―comentó mirándola fijamente. Se quedó pensativo durante unos segundos, como si una idea le rondase por la cabeza y después inspiró un tanto más fuerte―. De acuerdo, te… te enviaré un email cuando llegue. Espero que me respondas.
Ella se encogió de hombros intentando aparentar normalidad, para que no detectase como su labio temblaba.
―Sí, siempre nos quedará el email ―susurró.
***
Y así había sido, cinco años de emails constantes. Un ir y venir de correos electrónicos entre ellos. Los primeros meses habían sido diarios, incluso varios al día, luego habían ido frenando, aunque siempre, como mínimo, un par de emails cada semana se escribían. Algunos la habían hecho reír, otros llorar…
Volvió a mirar la bandeja de entrada en su móvil, observando la infinidad de correos que había recibido durante aquellos últimos años y decidió abrir uno para distraerse mientras pasaban los minutos.
«Venga ya, Mireia, ¿en serio? Ese tío es un idiota. Ni se te ocurra volver a quedar con él, ¿entiendes? Arggg, si estuviese allí, se iba a enterar el muy…
¿Te he dicho alguna vez que tienes muy mal gusto para los hombres? Tres años sin estar ahí y te me descontrolas»
Mireia sonrió cuando lo leyó de nuevo. Había intentando mantener una relación con un chico del trabajo hacía dos años, pero aquello no había funcionado; por más que intentase olvidarle, rehacer su vida, le era imposible, siempre había un email en su bandeja esperando a que respondiese.
Volvió a observar la pantalla del móvil y esta vez abrió uno que había leído infinidad de veces; nunca se cansaría de hacerlo.
«Sí, la verdad es que comienzo a cansarme. La gente aquí es agradable pero os echo mucho de menos a todos, especialmente a ti. Hay momentos en que me imagino abrazándote. Quizás hubiese tenido que hacerlo más a menudo y decirte un par de cosas. Quizás todo hubiese sido diferente. Reconozco que fui un poco idiota.»
Cuando leyó aquel email por primera vez, se había quedado prácticamente diez minutos sin poder moverse. ¿Estaba insinuando lo que ella creía que estaba insinuando?
Recordaba que en aquel momento había llorado. Lo echaba de menos, prácticamente cinco años de su vida habían pasado ante ella sin ser consciente, se había limitado a dejar pasar la vida, carente de luz, del colorido con la que él la dotaba.
Recordaba que sus dedos habían temblado cuando había contestado a ese email.
«Yo también te echo mucho de menos. ¿A qué te refieres con todo lo que tendrías que haber dicho? ¿A qué habías sido un idiota?»
No era tonta, y sabía que aquella frase podía significar algo más, pero hasta que no lo leyese no estaría segura.
Tembló al recordar cuando le dio a la tecla enviar y aquel email salió volando de su bandeja de entrada.
Había tardado días en recibir respuesta y durante ese tiempo no había dejado de actualizar su correo constantemente.
Miró su reloj de pulsera y vio que marcaba las dos y diez de la tarde. Notó como la boca se le secaba, como los latidos de su corazón aumentaban y decidió releer aquel último email que había recibido de él, hacía escasamente una semana.
Notó cómo sus ojos se cargaban de lágrimas mientras volvía a leerlo, dotándola de una esperanza que había creído perdida. El dolor había sido tan grande que, aunque lo leyese infinidad de veces, pensaba que no podría calmarlo.
«Son cosas que preferiría decírtelas en persona. ¿Quedamos en el parque de siempre el miércoles que viene para comer? ¿Sobre las dos? No me falles, ¿eh?
Me trasladan de nuevo ahí, Mireia.»
Contuvo un sollozo cuando acabó de leerlo. Lo había echado tanto de menos, tanto.
Como si su mente lo detectase, alzó su rostro y lo vio al momento. Caminaba con paso firme hacia donde ella estaba sentada, con una sonrisa en la cara. En ese momento, se le paralizó el corazón. Aquello le parecía un sueño. Había pasado tantas noches en vela imaginando un reencuentro que ahora le parecía imposible.
Cinco años habían pasado de aquella noche en la que había ido a su piso a despedirse de ella, seguramente intentando decirle algo más. Cinco años habían pasado desde que se habían separado. Cinco años habían tenido que pasar para que al fin volviesen a reencontrarse, pero durante todo este tiempo, jamás, ni durante un minuto había dejado de amarle, de recordar su sonrisa, las innumerables horas que había pasado con él en la biblioteca, las veces que habían salido por la noche a divertirse.
Un largo tiempo que les había servido a ambos para darse cuenta de lo mucho que se necesitaban mutuamente, para darse cuenta de que era algo que iba más allá del amor, pues ni esos años habían logrado separarlos.
Se colocó ante ella con una sonrisa. Se le notaba algo cambiado; seguía siendo tan atractivo como siempre, pero una reciente barba de dos días le daba un toque más masculino y hacía destacar más sus ojos azules.
Notó cómo el corazón se le paralizaba y estuvo a punto de echarse a llorar por todo el dolor que había acumulado durante esos años.
―Hola ―gimió Mireia.
Sergio la contempló con una mirada cargada de ternura, pero no contestó.
Bajó sus labios directamente hacia los suyos y la besó con un amor que transmitía también todo el dolor y la desesperación que había sufrido durante aquellos años. Mireia no se resistió, se abrazó a él mientras sus labios paseaban con lentitud sobre los suyos hasta que se separó levemente.
―Hola ―respondió al fin Sergio. Ella le sonrió intentando controlar una lágrima de emoción―. Creo que tenemos unas cuantas cosas que decirnos y, si no te importa, comenzaré yo primero ―sonrió cogiéndole de la mano. Mireia le sonrió aún incrédula―. Creo que he sido el mayor idiota del mundo ―rio nervioso.
―Yo también ―afirmó ella con algo de temblor en la voz.
―Pero dicen que rectificar es de sabios. Así que allá voy. ―Respiró profundamente intentando calmarse―. No sabes cuántas veces me he planteado volver, cuántas veces me he arrepentido de no haberte dicho cuanto me importabas. He perdido cinco años, pero me gustaría recuperarlos… contigo.
Mireia le sonrió y tras varios segundos consiguió mover su rostro afirmando, aún impresionada. Había pasado mucho tiempo, sí, pero había merecido la pena esperar por él.