la araña
El día en que Clara cumplió treinta años se dio cuenta de todo: su destino seguía el guión previsto, había caído en la tela de araña tejida con destreza por su madre. La araña absorbía con habilidad cualquier deseo de emancipación de su hija, inyectándole una sustancia paralizante e impidiendo así que ni siquiera pensara en ello.
Pero no contaba con los sueños que anidan en la mente de forma espontánea como contrapeso a una realidad de la que reniegan, creando un mundo paralelo de anhelos y felicidad, con vida propia, como un «cura sana, culito de rana».
El choque con la realidad dejó en el alma de Clara heridas de pus incurables y empezó a aflorar un odio a su madre que no sabía canalizar. Su inmadurez la dejaba sin herramientas, así que pensó en el camino más fácil: matar a su madre. Nadie sospecharía de ella después de haberlas visto tan unidas. Todos creerían que fue un accidente.
—Mamá, hace un día estupendo ¿Por qué no salimos a comer a la terraza?
—Pero hija… ¿No hace demasiado sol?
—¡Qué va! Pondremos el toldo.
Comieron a gusto. Clara tenía los ojos muy abiertos todo el tiempo, estaba en alerta.
—Mamá, mira lo que trae el vecino.
—No tengo ganas, Clara. Me voy a dormir la siesta.
—Pero mira un momento…
La madre accedió a regañadientes. Ya en la balaustrada, Clara empujó a su madre lanzándola al vacío. Con lo que Clara no contaba era que la araña tenía las patas muy largas y, ya en el aire, la agarró del pelo, cayendo las dos sobre el asfalto.
«Un desgraciado accidente», dijeron los vecinos. «Con lo bien que se llevaban. Han vivido juntas y juntas han muerto».