PAIS RELATO

Libros de maría pilar cólera

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maría pilar cólera

hace frío

Se miró al espejo. Se gustaba, había conseguido la imagen que buscaba: vio a Audrey Hepburn.
Hoy se encontrará con David. Días antes ella le telefoneó; quería recuperar la pluma blanca con hilillos de oro, no sabía a santo de qué, la tenía él, después de veintiocho años de terminada su relación. Pensaba regalársela a su ahijado.
Terminó de retocar sus cejas con el dedo, se dio unos toques de «Calandre» detrás de las orejas, inhaló fuerte y por último hizo un rápido recorrido visual a su figura; traje sastre Príncipe de Gales (pincelado a su cuerpo), armonía tonal en sus complementos con hilo conductor «Rojo Valentino» zapatos, bolso, guantes, cinturón pañuelo y liberando la monocromía un jersey gris perla. Puso fin al ritual.
Salió a la calle, respiró profundo; el vaho que salía de su boca le puso al corriente de la temperatura interior y exterior. Como si de una pasarela se tratara encaminó sus pasos hacia el lugar de la cita.
Tan solo había recorrido unos metros y las puntas de sus dedos empezaron a hablar, estaban incómodas, primero las manos y luego los pies… Siguió andando. La nariz levantó la voz: ¡No me siento! A continuación una sacudida de su cuerpo entero le hizo saber la pérdida de calor dejándole una sensación de desnudez… Siguió andando. Solo un pensamiento: ¡Llegar compuesta!
Las manos gritaban, retiró sus guantes para silenciar su voz ¡Qué pálidas estaban! Se las frotó como para darles ánimo y volvió a enfundarlas. A continuación fueron los pies, se hizo a un lado de la acera, sacó un pie del zapato ¡La misma palidez! Percibió un murmullo en diálogo con su compañero «una arenga de protesta», los hizo callar frotándolos contra su pierna, primero el uno y luego el otro. Se calzó… Siguió andando.
Sus dientes habían comenzado una sinfonía desafinada… Siguió andando.
Reconoció su figura a pocos metros de llegar a él, llevaba traje gris ¡Qué cambio! Unas profundas entradas plateadas en su cabeza habían cambiando la fisonomía del rostro, pero su cuerpo mantenía un volumen de «maniquí inglés», seguía fiel a su imagen de «gentleman»; un abogado de prestigio, cortés y distante. Él saludó a Curry alargando el brazo y cogiéndole la mano se la acercó a los labios.
—¿Qué tal Curry? —le preguntó—. Aquí tienes la pluma, le cambié el plumín, no funcionaba. Me alegro de saludarte. Adiós.
Volvió a darle la mano sin pretensión alguna, la soltó, dio media vuelta y se fue, sin dar pie a entrar en la cafetería en la que se habían citado.
Curry se quedó sin habla, tan solo un tímido «adiós,” casi mudo, salió de su boca. Su interior se fusionó en un abrazo con el exterior, eran ya solo uno, no había diferencia en sus temperaturas. Giró sobre sus pies y emprendió el camino de vuelta. De nuevo escuchó a su nariz, la frotó con sus dedos, respiró, un consuelo exterior vino a ella… —Castañas—. Aceleró el paso, se acercó al puesto que expandía con generosidad su aroma. —Qué alivio—.
Se dirigió a la castañera, como si de un familiar querido se tratara, pidiéndole un gran favor. Puso las monedas en la repisa, recogió con ambas manos las castañas, dándole las gracias. Acercó las castañas a su nariz como para compensar las quejas recibidas y darle calor, las miraba como si de criaturas soñadas se trataran. Rápidamente se deshizo de las cáscaras de una de ellas y la introdujo en su boca. —¡Mmmm!— suspiró. Este cálido momento le reconfortó al alma… Siguió andando… Llegó a casa.