felicidad y amor: tanto monta, monta tanto
Abel se encontraba mirando al infinito frente al mar mediterráneo, el efecto que las olas producían en él era hipnótico. Su mente, aún bajo ese efecto, iba muy rápida recordando lo vivido en las últimas horas. Lo sucedido le había dejado sereno, feliz y al mismo tiempo perplejo ante lo inesperado; había despedido para siempre a su compañero de infancia Rodrigo.
¡Qué paz sintió al haber podido cumplir la promesa que hizo a Rodrigo, años atrás, al terminar el internado! Hablaban de la felicidad y el amor. Abel aseveraba que eran lo mismo y Rodrigo, lacónico, le miraba y le decía: ¡demuéstramelo, demuéstramelo!
Mirando las olas, Abel recordó la llamada recibida unas horas antes.
—¡Dígame!
—¿Abel?… Soy Marta, la hermana de Rodrigo, tu compañero de habitación del internado. Quiero comentarte que él está malito, muy malito. Hace tiempo, cuando él todavía hablaba, te recordó con añoranza y comentó que le debías una demostración, y me dijo: Si pudieras localizarlo y decirle que tiene pendiente «Tanto monta — Monta tanto». Abel, si pudieras venir, creo que se alegraría mucho.
—Sí, sí, por supuesto, iré.
Antes de entrar en la habitación, Abel miró el pergamino que con esmero había preparado para Rodrigo, tal y como le sugirió su gran amiga, Titina, algo mayor que él, sentía por ella muchas cosas. Había seguido su consejo y durante años fue apuntando las experiencias que tenía tanto de vivencias personales como de otras cercanas a él, y así poder ratificar su aseveración. En el pergamino estaba la recopilación de sus experiencias alrededor de las seis fortalezas, había conseguido pensar, sentir, actuar, en una misma dirección, como en un malabar.
Al entrar se dirigió a su compañero; pese a su demacrado aspecto, su mirada profunda y su sonrisa tierna no había cambiado. Se abrazaron y al separarse vio cómo rodaron las lágrimas por sus mejillas.
—¡Muchacho lo prometido es deuda! —dijo Abel.
Rodrigo cogió el pergamino y le dedicó una amplia sonrisa con un asentimiento de cabeza. Abel se dio cuenta de que no era momento para más. Y le dijo: Volveré. Si tienes ganas me gustaría que lo miraras.
Esa misma noche Marta lo llamó para decirle: Rodrigo se ha ido, y quiero que sepas que leyó tu pergamino.
El ladrido de un perro trajo a Abel a la realidad del aquí y ahora frente al mar. Giró sobre sus pies y se fue silbando, con un cálido sentimiento de felicidad o amor. Tanto monta, monta tanto.