PAIS RELATO

Libros de maría florencia rodriguez

Autores

maría florencia rodriguez

vida eterna

Daniel, con 75 años, aparentaba más edad de la que tenía. Eso era posible, gracias (o por culpa) de todos los excesos vividos durante su joven adultez, los cuales lo hacían un hombre actualmente desgastado, pero aun así divertido y coqueto.
Se había pasado su adolescencia investigando métodos de ganancia legal de dinero, porque su máximo anhelo era ser millonario. Claro está que no se inmiscuía en asuntos fuera de la ley, ya que era ambicioso, pero no estúpido. Hacía mucho tiempo que en sus ambiciones solo había monedas doradas, tal vez desde que había nacido, y a veces fantaseaba con poseer la moneda dorada más grande del mundo, con la cual solía tener difusos sueños en los que intentaba alcanzarla para hacerse con ella.
Así, luego del análisis de modas que había estudiado minuciosamente en internet, se dio cuenta, a los 18, que la salida más rápida y método de crecimiento automático sería explotar un recurso poco utilizado para esa época: colgar videos en internet de él jugando videojuegos.
La temática era incipiente, por lo cual cuando comenzó con esas actividades su fama llegó como las olas al mar; de repente todos lo amaban, miraban sus videos, y la monetización de su contenido lo convirtió en un joven rico.
Pero Daniel no quería ser rico, él quería ser millonario. Por ende, empezó a vender su vida en forma de paquetes de Vlogs. Los Vlogs eran videos que filmaba de su vida diaria, haciendo cualquier cosa, como cocinando, yendo de compras, simplemente mirando a la nada y hablando con el público. En esos tiempos todo lo que el joven hacía era novedad, y esto resultaba de inspiración para muchos otros jóvenes que habían decidido seguir ese camino. Básicamente, Daniel creó un precedente, y gracias a eso, la admiración de millones de personas alrededor de todo el mundo, el respeto y el dinero que conseguía como pago de su contenido de internet y que incluso le donaban porque sí, a los 20 años ya era un joven millonario.
Era de admirar, ya que proviniendo de una familia humilde siempre era más difícil progresar y llegar a las masas. La cantidad de dinero que consiguió con tan solo 20 años podía hacer que Daniel perfectamente dejara de trabajar por el resto de su vida y viviera cómodamente.
Pero él no quería eso. Él quería más.
Por eso no se detenía, y cuando se dio cuenta de que podía aliarse a otros influenciadores de internet como él para de esa forma conseguir más admiradores, se confundió y contactó con gente que realmente no lo admiraba, sino que lo envidiaba. Por un par de años tuvo problemas legales debido a acusaciones falsas que se hacían sobre su persona, y a pesar de que salió airoso de todos sus problemas, a los 22 años había perdido una parte de su dinero en juicios que no habían llevado a nada más que a demostrar una obvia inocencia.
Daniel se dio cuenta entonces de que no podía confiar en nadie. Sin novias, sin amigos, sin familia (de la que también se había decidido alejar porque los veía como unos “aprovechados”), se encerró en sí mismo y en sus anhelos de riquezas. Llegaron los 23, los 24, los 27, y él seguía soñando cada noche con su moneda gigante dorada.
Al cumplir 30 y verse solo, arrugado prematuramente y sin pareja, sin descendencia ni ganas de procrear, comenzó a sentirse viejo. Durante todos esos años, mientras seguía viendo sus millones de dólares crecer en sus cuentas bancarias, también había mermado la carga de videos en internet, ya que le había comenzado a molestar que la gente dijera que él era un avaricioso que no pensaba en los demás.
Y era verdad, eso era lo que más le molestaba. ¿Por qué era odiado por ser como era? Daniel jamás había regalado un centavo de su fortuna, jamás había hecho una donación o algún bien para la humanidad. Todo era para sí mismo, para disfrutarlo o para guardarlo, pero para él y nadie más, al fin y al cabo. Después de todo, ¿quién había sido el tonto que había gastado su juventud en millones de personas que no lo conocían? ¿Qué culpa tenía él de ser un precursor admirado? Él no era responsable de no poder salir a la calle, ni de las necesidades de la humanidad, ni de que la gente estuviera obsesionada con él, para bien o para mal.
Daniel estaba tan enojado con la gente que se olvidaba de ser agradecido, y cuando recordaba esto último, también volvía lo primero a su mente. Sí, sus millones se debían a la gente. Pero también se debía a ellos su falta de privacidad, su alejamiento de la sociedad, y que no pudiera confiar en nadie ni para tener hijos… pero, ¿quería hijos? Un hijo sería una desagradecida boca que alimentar, que crecería en un ambiente lleno de riquezas sin haber obtenido nada por iniciativa propia, y que sería caprichoso, le exigiría cosas y lo obligaría a gastar parte de su fortuna hasta que cumpliera los 18, además de que después estaría esperando su muerte para obtener la herencia… no, definitivamente eso no era para él.
Y así fue que a los 37, con una cantidad de dinero impresionante, y con un fuerte deseo de seguir obteniendo riquezas para siempre, se dio cuenta de que ese “para siempre” no sería nada si no tenía vida eterna para disfrutar… para seguir acumulando. Con los constantes sueños sobre la moneda dorada gigante, una frustración y vacío enormes, y siendo una de las personas más ricas del mundo, decidió invertir en la investigación para lograr la vida eterna. Y el simple hecho de poner la primera piedra, en una cuestión no explorada y que le traería inmortalidad, había sido razón suficiente para ser realmente feliz por primera vez en la vida.
Daniel comenzó a salir, a bailar, a beber, a estar con muchas mujeres y divertirse. Se había hecho la vasectomía, pero también era cuidadoso en sus actividades sexuales así que el profiláctico estaba a pedir de boca, ya que, aunque no podía tener hijos no quería enfermarse de algo raro que arruinara su potencial “eternidad”. Con los recaudos necesarios, se divirtió a más no poder mientras seguía invirtiendo, estudiando y siendo parte activa de la investigación por lo que más anhelaba en el mundo.
Sí, el hombre invertía muchísimo de su dinero. Pero no lo veía como una pérdida, ya que lograría ser eterno y de esa manera la fama sería tal que los millones nunca dejarían de llegar. Y aunque los rumores de su avaricia fueron constantes durante toda su vida, ese pecado en definitiva era lo que lo estaba motivando a lograr algo que nadie podría, ni siquiera Bill Gates.
Así pasaron años y años, y llegaron los 75. A pesar del desgaste por los excesos vividos desde los 37, se encontraba pleno y feliz, coqueto como nunca, dirigiéndose al nuevo laboratorio, el cual había construido años atrás exclusivamente para él y sus investigadores, cerca de su mansión.
Al llegar a destino, su equipo de gente en bata blanca se acercó a darle la buena noticia. Los telómeros infinitos en el ADN habían sido exitosamente conseguidos, además, con ciertas modificaciones en proteínas celulares, también podrían hacer que Daniel rejuveneciera unos veinte años. Eso era un plus para el viejo, por lo que su alegría se vio incrementada y su ansiedad por saberlo todo lo hizo permanecer durante horas en la instalación, luego de ser inyectado con las nuevas sustancias, con tal de que le explicaran a detalle todos los procesos involucrados. No le costó nada entender, ya que durante todos esos años también había estudiado genética, química y biología avanzadas, para que nadie pudiera engañarlo, y tras comprobar que todo lo que sus investigadores le decían tenía lógica, los envió a sus casas a descansar finalmente.
Esa noche, tras comprobar que toda la información disponible se hallara en su laboratorio (los empleados tenían absolutamente prohibido llevarse algo de la investigación a sus casas), y luego de revisar horas y horas de cámaras de seguridad para efectivamente ver que sus investigadores realmente eran buenos y honestos (o, mejor dicho, nunca se habían robado nada), Daniel incendió el laboratorio. No quedaron ni los cimientos y las cenizas viciaron el aire por un par de días.
El viejo, sabiendo que no podía despedir a los investigadores, así como así, les consiguió trabajos increíbles; de hecho, todos quedaron felices porque eran las ocupaciones soñadas en lugares soñados. Pero curiosamente, todas las locaciones eran extremadamente distantes una de la otra, en países diferentes y con investigaciones centradas en objetivos tan difíciles y específicos que no había posibilidad ni tiempo de que todos ellos se encontraran nuevamente para replicar la “fuente de la vida eterna”. Además, Daniel tenía todo controlado al punto de que, si se llegaba a enterar de algún encuentro entre esas personas, iba a, simplemente, enviarles un sicario.
Él y solo él merecía la vida eterna. Él y solo él había financiado el estudio y creación de su elixir, y mientras pasaban los meses e iba viendo cómo rejuvenecía, también era testigo de cómo su fama crecía ahora más, porque claramente había descubierto la fuente de la eterna juventud y vida eterna, y no la estaba compartiendo con nadie más. En el punto en el que la sociedad se encontraba, con las cabezas tan lavadas por los medios y las neuronas tan quemadas por las nuevas porquerías de internet, ya nada importaba. Todos, tanto viejas como nuevas generaciones, admiraban a Daniel por el simple hecho de ser el único humano eterno sobre la Tierra.
A los 140 años, el viejo, viéndose de 55, volvió a soñar con la moneda gigante. Durante esos años, los investigadores que lo habían ayudado habían muerto (algunos asesinados por su sicario), o abandonado sus carreras por vidas más tranquilas. Daniel estaba satisfecho con lo que había obtenido y cómo crecían sus arcas de dinero. Pero, aun así, había detractores que lo acusaban de avaro en todo sentido.
La moneda gigante de sus sueños… esa noche, tomó una forma más… concreta.
La moneda gigante era el Sol.
Daniel se dio cuenta de que todo indefectiblemente le pertenecería algún día. Las personas nacerían, crecerían, morirían, pero él siempre permanecería. La gran moneda que había estado en sus sueños desde niño había sido nada más ni nada menos que el Sol. Y cuando nadie estuviera sobre la Tierra, cuando el mundo le correspondiera solo a él, el Astro Rey sería exclusivamente suyo. Y entonces, su máxima y suprema ambición sería alcanzada.
El viejo sonrió. Fama, fortuna, mansiones, admiradores, y la moneda gigante, todo era suyo. La vida eterna y la estancada juventud lo hacían felices. Tarde o temprano, todo sería de su propiedad. Y en cuanto a los pocos detractores, podían irse a chupar limón.
Después de todo, ¿quién dijo que la avaricia tenía que ser mala?