no puedo evitarlo
Por fin llegó el gran día de mi hermana Penélope. Después de tantos años y desamores, consiguió un hombre guapo, joven y lleno de dinero que le podrá dar todo lo que necesitan tanto ella como su hija, mi sobrina Brenda.
El padre de mi sobrina abandonó a mi hermana, a ambas, tres años atrás, cuando Brenda tan solo tenía un añito. Entonces mi hermana, desesperada porque ya tenía treinta y dos años, creyó que moriría sola, por lo que entró en una gran depresión que la llevó a dejarse estar, ponerse fea, descuidada, desarreglada… todo lo contrario a mí, realmente.
¡Pobre Penélope! Mi hermana dejó toda la hermosura y encanto en el útero de mi madre, y yo los heredé cuando nací seis años después que ella. Así que entendía su dolor. Mis padres se encargaron de Brenda junto a ella, y yo sinceramente no tenía tiempo para eso; los tratamientos de belleza no se hacen solos, y la vida social estaba y está en primer lugar para mí.
Así y todo, a mi manera yo amo a mi hermana. Y hoy por hoy me complace que ella vaya a contraer matrimonio con ese joven señor que la hará feliz.
Busco mi mejor vestido. Sé que dicen que nadie tiene que brillar más que la novia en una boda, pero con una mano en el corazón, yo no puedo evitar llamar la atención. Sé que, me ponga lo que me ponga, yo brillaré más que ella, pero voy a hacer todo mi mejor esfuerzo por no hacerlo.
Estamos en la ciudad de mi nuevo cuñado. La verdad es un lugar lleno de lujos, centros comerciales, gente adinerada dispuesta a gastar todo lo que lleva en sus carteras porque sus cuentas bancarias son extremadamente abultadas. Además, hoy hay más movimiento que el habitual; mi hermana y su prometido eligieron el 3 de Julio para casarse, así que imagínense la cantidad de fuegos artificiales que habrá a la medianoche dando paso al Día de la Independencia. La verdad va a parecer como si el mundo estuviera festejando su matrimonio.
Las horas pasan. Ya decidí qué me pondré. A las 8 de la noche tendré que estar en la iglesia, pero faltan dos horas aún; eso no me importa porque ya estoy vestida con mi hermoso vestido veraniego color marrón claro, y mi cabello castaño destella brillos por los aceites de liso extremo que le coloqué. ¡No podría estar más linda!
Maquillaje por suerte no necesito mucho. En serio soy muy agraciada: joven, bella, llena de pretendientes, y en una ciudad que rebosa de gente adinerada… creo que ya sé lo que haré durante las siguientes dos horas.
Voy a salir, haré recorrido por las veredas y vidrieras, aprovechando que es verano y oscurecerá muy tarde. Haré tiempo, y seguramente podré hacer sociales con los hombres que así gusten. Haré lo de siempre. Miradas que los inviten a acercarse, sonrisas pícaras, teléfono de contacto, y lo que surja. Yo de aquí no me iré sin nuevas conquistas.
Decidida y ya feliz de antemano, tomo la cartera y me dispongo a salir de la habitación de hotel.
—Vanina, hija.
Al parecer mis padres justo iban a golpear la puerta; me los encuentro con los puños en el aire.
—¿Qué necesitan?
—Verás, sabes que tu hermana se está preparando para su boda en un par de horas, y nosotros estuvimos cuidando de Brenda todo el día. Queríamos dejártela estas últimas dos horas porque… ya sabes, los niños consumen mucha energía, y nosotros estamos grandes para esto. Queremos dormir una pequeña siesta antes del evento.
—¿Qué estás queriendo decir? —pregunto. ¿Acaso es lo que yo creo?
—Te vamos a dejar a Brenda encargada estas dos horas. ¡Por favor acude a tiempo a la boda!
Me quedo helada. ¿Yo cuidar a Brenda? ¡Pero si yo jamás la había cuidado, ni a ella ni a ningún niño! Es decir, sí, en el fondo la amo, pero muy a mi manera. De la misma forma que amo a mi hermana: de lejos. Tengo demasiado por lo que preocuparme. Mi vida, mis cosas, mi belleza, mi vestido… los niños son muy inquietos, yo ya estoy vestida, ¿y si arruina mi atuendo? No, no cuidaré a esa niña.
—¡Aquí está, nos vemos a las 20!
—¿Qué? Pero…
Es tan pequeña que no la había visto. Mis padres se van y me dejan helada con una niña de cuatro años.
¿Qué hago ahora? Yo nunca cuidé de una niña o niño o bebé, nunca me quedé a solas con Brenda, ¡creo que apenas si sabe que soy su tía!... Esto es un desastre, yo debería haber dicho que no al instante en vez de detenerme a pensar tanto. Esto es serio, ¿ahora que hago?
—Y bueno… ¿Es correcto que te lleve de paseo?
La niña se encoge de hombros. Por lo que veo está muy tranquila y pacífica. Es probable que sea de esos niñitos bien portados de los que hablan las leyendas.
Mi sobrina es preciosa. Ahora que la miro bien veo que, aunque salió rubia como mi hermana, es tan preciosa que tiene potencial de ser alguien como yo en el futuro. Sí, estoy analizando a una niña de cuatro años, pero ¿qué quieren que haga? Por algo me la dejaron y no me quiero aburrir.
Estudio su comportamiento durante cinco minutos más o menos, en los que retoco el suave maquillaje que llevo y la vigilo a través del espejo. Realmente se porta bien. No es una niña entrometida y rebelde, se queda quietecita en su lugar, y, con una seguridad increíble para un ser tan chiquito, lo único que hace con timidez es observar a su alrededor. Lo hace con delicadeza, no de forma alevosa, lo cual también se me hace increíble y de admirar.
Creo que desperdicié tiempo de su vida al no pasar más tiempo con ella antes. Está más que claro que ella podría ser mi perfecta aprendiz, y disfrutar de mi legado de éxito, el fruto de mi belleza y cuidados personales. Brenda se merece a una maestra tan buena como yo para el camino de su vida.
Le tomo de la mano y salgo del hotel con ella. Los planes no cambian; voy a salir de recorrido, tal vez a una menor velocidad, pero no desperdiciaré la oportunidad de conocer hombres que aumenten mi ego. Sí, tal vez la niña espante a algunos sujetos. Pero considerando que los más adultos no tienen problemas con que alguien tenga hijos, supongo que serán ellos los que se acercarán, y asumo que, si son maduros, entonces tendrán la dicha de enterarse que la niña no es mi hija, sino mi sobrina, que no vengo con sorpresas, y que podrán gastar sus elogios y dinero cosechado a lo largo de los años en mí y solo en mí. Esta belleza sé que no durará para siempre, por eso necesito que alguien me la mantenga, soy realista.
No sé conducir, por eso no tengo automóvil. No lo necesito, ya que siempre tengo chofer gratis que quiere deleitarse observándome. Sin embargo, tengo un enorme sentido de la ubicación, brindado por los años de recorrido por el mundo de la mano de algún que otro Sugar Daddy.
El chofer del autobús en el que me subo intenta coquetear conmigo; ni lo sueñes, querido. Me halaga, sí, sonrío, sí, pero pobrecito. Yo aspiro a más que eso.
Ya en destino, comienzo con mi plan inicial. Simplemente… caminar.
Hay mucha gente, muchos jóvenes, pero principalmente muchos hombres trajeados de ocio comprando y bebiendo tragos en puestos callejeros que, en esa zona, no tienen nada de callejeros realmente. El lugar es sublime, las calles no tienen ningún bache y solo son transitadas por automóviles último modelo. Las veredas amplias tienen una suerte de inscripciones en las baldosas que hacen del lugar un cuento de hadas. Las vidrieras son básicamente gigantes, exponiendo ropa y accesorios inaccesibles para cualquier persona normal, pero de las que tengo la dicha de poseer porque siempre recibo regalos de diversos aspirantes a mi atención. Los bares y restaurantes colocan mesas y barras al aire libre, ya que esa noche no se pueden perder los fuegos artificiales del 4 de julio.
—¡Qué hermosura! ¿Es tu hija?
Ya cayó uno.
Con mi mirada seductora e inocente, le explico a ese joven atractivo que la niña es mi sobrina y que la estoy cuidando, en un acto desinteresado de mi parte por quitarle cargas a mi hermana. El hombre esboza una amplia sonrisa; noto que le complace no solo ver mi bello rostro, sino enterarse de que no tengo hijos y que estoy disponible para tener los suyos si así desea. No está en mis planes tener descendencia, pero sé que muchos hombres aspiran a eso, y me da un toque magnético y primitivo el hecho de estar disponible para potencialmente ser una madre exclusiva para el semental que se me acerque.
El joven tiene muy buena onda y energías, es alegre. Se acercan cuatro jóvenes más, dos chicas y dos chicos. La verdad, todos tienen mi edad más o menos, y no sé si a estas alturas seguir llamándonos jóvenes y adultos; cualquiera sea el caso, yo soy bellísima para ambas categorías.
Me invitan a una fiesta que se está realizando en ese momento, es hacia donde se están dirigiendo. Me dicen que es por el 4 de julio, en espera de los fuegos artificiales de la medianoche, y desde la casa donde se hace el evento tienen una vista maravillosa y acceso directo al puente en donde mucha gente se juntará a brindar por la independencia que consiguieron tantos años atrás en el pasado.
Les digo que tengo a la niña, pero me dicen que no importa, que allí también hay otros niños. Tengo la capacidad de darme cuenta cuando alguien tiene malas intenciones, producto de tantos años de relaciones humanas, y sé que ellos son sinceros, no pretenden secuestrarnos ni nada raro. Entonces lo recuerdo.
—A las 8 de la noche tengo que estar en la Iglesia porque se casará mi hermana.
Los jóvenes me felicitan como si fuera yo quien contrae el matrimonio, lo cual lástima un poco mi ego; pero, por otro lado, noto que me tocan el hombro para darme las congratulaciones, así que claramente es solo una excusa para tener un contacto conmigo. ¡Lo sé, soy maravillosa! ¿Quién no querría tocarme?
—No te preocupes, yo te llevo en mi automóvil a la Iglesia, solo hazme recordar unos minutos antes.
No lo dudo ni un instante más. Nos montamos en los autos, y por suerte tenemos amplio espacio así Brenda se sienta a un lado de mí y no en mi regazo; no quiero que arrugue mi vestido.
Y tal como me habían descrito, la casa de la fiesta es increíblemente grande y preciosa. Adornada para el 4 de julio, está llena de gente, y por lo que me contó Patrick, el joven que me trajo, los dueños son sus padres y su familia es numerosísima. Así que invitaron tíos, abuelos, sobrinos, nietos, y ellos a su vez invitaron a amigos que trajeron más amigos, y el clima es impresionantemente feliz.
Pero lo que más me gusta es que todos me miran. Todos se quedan maravillados con mi presencia, noto que me quieren ver; los niños me espían y sonríen ruborizados, la gente mayor se pone nerviosa como si estuvieran frente a un miembro de la realeza, las chicas se mueren de envidia. Dejo la cartera en un perchero del hall de entrada y paso por un espejo que está en la sala principal para mirarme; irradio perfección.
Me acomodo un poco el cabello, sin soltar la mano de Brenda en ningún momento. Ella también está preciosa con su vestidito blanco de marca cara y sus zapatitos de charol.
—¡Vamos al patio! —me indica Patrick, y lo sigo. Nunca suelto a Brenda, yo sé que me la impusieron como responsabilidad y haré bien las cosas.
El patio es el paraíso de la juventud. Hay música, bebidas de todo tipo, variedades con alcohol, y hay mucha gente que ya está pasada de “alegre” por esa sustancia. Sin embargo, la confianza que hay entre todos me invita a ser parte de la alegría, y sin dudarlo, comienzo a beber. Tengo gran tolerancia al alcohol, también dada por mis experiencias de vida. No me voy a arrepentir de haber venido aquí.
No sé cuánto tiempo pasó, pero no puedo parar de asombrarme. Tenemos vista y paso al puente, y algunos fuegos artificiales empiezan a surgir. Pero lo que más me gusta de este lugar es que todos me miran.
Abuelos. Tíos. Primos. Sobrinos. Amigos. Todos.
He recibido halagos y palabras seductoras de todos. Yo salí del hotel con intenciones de aumentar mi ego, pero nunca me hubiera imaginado que iba a encontrar el lugar perfecto.
Lo sé, el vestido me queda pintado, muchas gracias. El cabello que me recogí frente al espejo también, se notan más mis preciosas facciones, gracias. ¿Has visto? No necesito tanto maquillaje, mi rostro es perfecto, muy agradecida. ¡Claro, mi escote deja jugar a tu imaginación, si quieres después jugamos más!... pero cuando no esté con mi sobrina, te doy mi número y después hablamos, tengo que encargarme de ella.
Nunca me había sentido tan llena de felicidad. Siento que floto en una nube de elogios. ¿O es una nube por haber aceptado fumar esa hierba? Como sea, esto es perfecto, elogios, más elogios, todos aquí reconocen mi superioridad, y lo mejor de todo es que Brenda, siendo tan pequeña, puede empezar a aprender de mí. Ella será como yo, lo he decidido, voy a hacer de ella una mini Vanina, y en su adultez me lo agradecerá. Dicen que muchas cosas dan la felicidad, pero nada como que se reconozca públicamente a dondequiera que vayas, que eres superior en todos los aspectos.
La presencia lo es todo. Brenda me observa, probablemente ha visto exacerbado mi ego, pero me siento libre, siento que puedo ser yo misma aquí. Y me importa poco y nada si alguien dice que soy orgullosa y soberbia; no es el caso. Es simplemente que no puedo evitar ser perfecta y que todas mis decisiones siempre salgan bien.
Qué hermosa se ve mi sobrina bajo la luz de los incipientes fuegos artificiales de la medianoche. Los estruendos me despiertan del ensueño que viví sobre la nube de halagos durante esas horas. Tomo en mis brazos a la pequeña para que pueda apreciar las luces de colores en el aire, mientras veo las miradas llenas de deseo de los jóvenes de mi edad, quienes prefieren mirarme a mí antes que el festejo nocturno por el 4 de julio. No los culpo.
—Vanina, me avisan que tu cartera no deja de vibrar, brillar y sonar hace horas. Toma, no se percató nadie más que los que pasaban por el hall, ya ves que la fiesta ha estado muy ruidosa —dice Patrick, y me entrega mi carterita en mano.
¡Maldición! ¡La boda!
Con los fuegos artificiales de fondo y Brenda en brazos, me alejo lo más que puedo de la multitud, casi entrando a la casa. Son apenas pasadas las doce de la noche así que los festejos son impresionantes, pero poniendo a mi sobrina nuevamente en el piso y con un poco de concentración puedo devolver una de las más de cien llamadas perdidas, y me contesta mi hermana, llorando.
—¡Vanina! ¡Dime que Brenda está contigo y que está bien!
Se escucha mucho barullo del otro lado, puedo distinguir las voces de mis padres, de mi cuñado, y radios de policía.
—Sí, está bien, está conmigo en una fiesta.
Penélope hace silencio absoluto. No sé por qué, tal vez por las ligeras drogas que consumí, la imagino vívidamente llenándose de ira como una pava eléctrica se llena de calor. Y entonces comienzan los insultos.
Mi hermana me dice todo, lo posible y lo imposible, lo reproducible y lo irreproducible. Nunca me habían dicho tantos adjetivos descalificativos. Por Dios, ¿está loca?
Mi madre toma el teléfono y también empieza a decirme cosas horribles, no tantos insultos como mi hermana, pero sí diciéndome que soy una irresponsable. ¿Irresponsable, yo? Me encargaron a Brenda y me ocupé de ella, está en perfectas condiciones a mi lado, mirándome fijo y aprendiendo lo que es ser una diosa para este mundo lleno de personas comunes carentes de belleza y gracia, aprendiendo desde temprana edad a ser la mejor mujer que podría existir, de la mejor maestra. Si esto no es responsabilidad, que alguien me diga qué es.
No sé por qué me dicen tantas cosas feas. ¿De qué me perdí? De una boda estúpida, de una hermana fea y mayor que yo, que tiene que agradecerle a vaya a saber qué deidad por haber conseguido que alguien se fijara en ella teniendo una hija.
Penélope toma el teléfono de nuevo y me dice (me grita) cuán preocupada estaba por Brenda, que tenía que estar en la boda, que hasta llamó a la policía y que blablablá… no me importa.
Mientras mi hermana no deja de insultarme, uno de los jóvenes de sonrisa seductora presentes en la casa viene hacia mí, y me dice, sin respetar que tengo el celular pegado a la oreja, que no me pierda los festejos. Observo a Brenda y me doy cuenta de que ella también ha quedado ensimismada conmigo. Me observa y sé que lo que ve es a una de esas princesas que ella tanto admira. Y por eso, corto la llamada sin más.
¿Voy a seguir escuchando insultos y ofensas, teniendo a mi alrededor a tanta gente que me admira con la mirada, que me trata de forma excelente, y cuando mi propia sobrina está embelesada conmigo? Claro que no. ¿Qué se perdió la niña? ¿Una boda? Va a asistir a muchas a lo largo de su vida, la invitarán para que sea el atractivo de las fiestas, la cara bonita, la presencia especial, como me han invitado a mí decenas de veces. ¿Habrá habido boda? Bueno, no me importa.
Dejo la cartera en una mesita y el celular en su interior; con una mano tomo delicadamente a Brenda y con la otra, la mano del atractivo joven, y vuelvo a ver los festejos, mientras que a mi paso la gente sigue ruborizándose al verme y admirarme aún más bajo las luces de los fuegos artificiales. Juro que no puedo evitar llamar la atención a donde quiera que vaya, y juro que no puedo negar el título de “Diosa de la Soberbia” que acabo de escucharlos murmurar a un par de chicas envidiosas que chismorreaban entre ellas mientras me miraban de reojo. Después de todo, pobrecitas, nunca serán ni como Brenda, ni como yo.