gerardo ochoa
Gerardo Ochoa no había superado aún la muerte de su amada esposa. Luz había significado todo para él, era casi como el aire que respiraba. Es más, los diez años que habían pasado desde ese trágico suceso, no habían aplacado en él el amor y la desdicha que sentía.
Por eso había dedicado esos eternos diez años en encontrar a los asesinos de su mujer. Aprovechó cada segundo de su carrera de detective para llegar a ese fin, ya que el móvil lo conocía; Gerardo siempre le había advertido a Luz, que esas cosas en las que andaba no eran para nada confiables, la venta de droga no la iba a llevar a nada bueno. Pero ella insistía, ya que las sumas de dinero que ganaba eran apoteósicas, y solo así podría ayudar económicamente a sus padres. Gerardo, a pesar de su posición en la Policía, terminaba cediendo; no podía negarse a nada que le pidieran esos ojitos pequeños y negros como la noche.
Esa fue la razón de la perdición de su querida esposa. También fue la razón a la que el detective le había dedicado los últimos diez años. Esos mafiosos eran demasiado difíciles de ubicar y por eso se sorprendió cuando, una mañana, fue llamado para investigar el crimen de tres hombres que habían sido encontrados muertos en un prostíbulo de los suburbios de la ciudad. Y lo que más impactó a los investigadores, fue ver que dos de los tres cadáveres pertenecían a los hombres a los que el gran Gerardo Ochoa había seguido el rastro durante diez años. Al parecer, ya no tendría de qué preocuparse, pensaban sus colegas. Ni él, ni nadie.
Uno de los hombres muertos, el más gordo y alto, de cara amarillenta y repleta de cicatrices causadas por cuchillos, era el jefe de la mafia de venta de drogas más peligrosa del país, mafia para la cual había trabajado Luz Santos de Ochoa. Su aspecto era intimidante, y vestía un traje negro con rayas verticales y blancas. El hombre que se encontraba muerto a su izquierda, irónicamente, era la mano derecha del jefe. Era mucho más flaco que el anterior, pero casi igual de alto, pelirrojo y con algunas cicatrices parecidas a las de su jefe, pero en menor cantidad. Ambos habían muerto a causa de un certero disparo en la frente. En cuanto al tercero, era un hombre rubio, pero de piel más bien morena, con un aro en la ceja izquierda y otro en la esquina derecha del labio inferior. Este presentaba cruentos signos de violencia extrema, había sido golpeado horriblemente antes de morir de cuatro tiros en el pecho. Los policías no sabían por qué se habían ensañado tanto con este hombre, ya que ni siquiera tenían noticias de que fuera de algún círculo cercano al jefe, y hasta sospechaban que ni siquiera pertenecía a ese brazo de la mafia.
La investigación quedó a manos de Gerardo Ochoa. No tuvo que indagar mucho, las cosas eran muy evidentes, por lo que concluyó que era un crimen por encargo, como el de su esposa, pero provocado por algún rival del “negocio”. Se sabía públicamente que esa mafia contaba con pocas personas a su disposición, las cuales eran especializadas en lo que hacían, pero que en cuanto el jefe y su mano derecha fueran sacados del camino, todos los demás huirían, la telaraña se desarmaría, y entonces la policía se habría liberado de una organización mafiosa. Entonces, muertas las cabezas de esta última, no habría nada más que temer.
Solo una cuestión quedaba inconclusa: ¿Quién era el hombre rubio y bronceado con los aros en la cara? ¿Por qué había sufrido el mismo destino que los otros dos? ¿Y por qué parecía que se habían desquitado más de la cuenta con él? Además, faltaba todo el dinero que el jefe había recaudado en su “negocio” durante el último mes; absolutamente todo, no quedaba rastro siquiera de una moneda, lo cual era mucho decir, ya que ese era el búnker principal de resguardo de “ganancias”.
Para todas estas preguntas, el detective Ochoa también tenía respuestas. Si bien no sabía cuál era la identidad del sujeto de los aros, había concluido que el hombre se encontraba en el prostíbulo cuando el sonido de dos disparos llamó su atención. De este modo, entró a la habitación de donde habían llegado las detonaciones, y al ver a un hombre con un arma en la mano, se tiró encima de él con la intención de quitársela, probablemente pensando que los dos hombres en el piso estaban vivos aún y que podría salvarlos. Allí fue donde comenzó la lucha, en la que el hombre de los aros recibió esos horribles golpes y en la que terminó muerto de cuatro disparos por la cólera del asesino, quien se deshizo del que se había interpuesto entre él y su huida. En cuanto al dinero, era más que obvio que el asesino se había apoderado de él. Eso fue todo; fue esa la explicación que durante una semana Gerardo Ochoa proclamó ante sus superiores, los medios, y toda la gente que quisiera oírlo. Después de todo, era el mejor detective del país.
El hombre incluso pudo organizar a la gente de barrio para “cazar” al asesino de los mafiosos, quien probablemente era peor que los hombres a los que había matado, dada la precisión de los disparos en las frentes de los dos mafiosos, y la saña que había puesto en el sujeto no identificado. Toda la gente se puso en campaña a favor de las teorías de Ochoa.
Después de unos arduos días de trabajo, Gerardo volvió a su casa, otra vez pensando en Luz. Mientras se sacaba la corbata, reflexivo, pensaba que quizá no la había querido tanto... pero no, eso no podía ser. Seguramente el tiempo había calmado lo que sentía en su corazón por ella.
Pero, se torturaba, si la amara aún, Ochoa no habría hecho lo que hizo. Quizá solo quería venganza, ver bien parado su nombre ante su propia conciencia, o sentir que de alguna forma estaba protegiendo la memoria de su mujer. Mientras pensaba en estas cosas, sacaba su bolso de viaje, lleno de ropa desde hacía dos días.
Recordó cómo se había escabullido por la ventana del prostíbulo y cómo se había deshecho de los dos cabecillas de la mafia, sorprendiéndose de que no se encontrara en la habitación su objetivo principal. El jefe y su mano derecha eran una excusa, y de paso, también estaría haciendo un bien a la sociedad. Allí había sido cuando su objetivo salió del baño interior del cuarto. Gerardo lo golpeó con rabia, sintió el crujir de los huesos y la sangre del hombre corriendo por sus puños, lo insultó, lo magulló hasta el agotamiento, descargó toda su ira, y dejó en el cuerpo del asesino de su esposa, el hombre de los aros, marcados los diez años de agonía psicológica que había sufrido por su culpa. Gatilló cuatro veces en el pecho del hombre, vaciando lo que quedaba del cargador del revólver en el criminal con tanto enojo que, al concluir, sus emociones dieron paso al placer. Se tomó unos segundos para observar su trabajo, casi con orgullo y sintiendo cómo se aliviaban las presiones de su ira infinita, y robó todo el dinero del jefe mafioso. Ese dinero aún estaba en la misma valija de doble fondo, trampa para que otros no se dieran cuenta de lo que llevaba realmente allí, en la que había acomodado su ropa. Con todas sus pertenencias preparadas, Gerardo Ochoa se dirigió al aeropuerto; sus destinos eran Asia y otra identidad, donde ningún discípulo del jefe pudiera encontrarlo.