PAIS RELATO

Libros de maría florencia rodriguez

Autores

maría florencia rodriguez

el final

El hombre que estaba escribiendo sobre ese escritorio era un famoso autor de historias infantiles, pero en el fondo seguía siendo un aspirante a escritor de cuentos policiales. Le había tomado mucho tiempo encontrar la trama perfecta, el detective perfecto, la forma de escribirlo con maestría, las descripciones exactas. Su objetivo era ser reconocido a través de los años como el hombre que había creado el mejor cuento policial, teniendo un protagonista que superara con creces incluso al Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle. Y al parecer, lo estaba logrando.
Él llevaba meses analizando la forma perfecta de escribir ese cuento. Era seguro que ganaría el primer premio del concurso del que iba a participar. Sí, el triunfo estaba asegurado y ya lo tenía plasmado en el rostro, lo daba por hecho e incluso tenía preparadas las invitaciones al festejo que realizaría para celebrar la victoria. La seguridad en sí mismo había sido clave durante toda su carrera, y hasta ese momento siempre le había funcionado.
El detective que había creado era de lo más ingenioso. Tenía las dosis perfectas de cada tipo de emoción, incluyendo el amor. ¿Por qué un excelente detective no podría hacerse un lugar en su alma y su corazón para un verdadero amor? Después de todo, si era tan brillante, debería también poder vivir con normalidad, como cualquier otro ser humano, con sentimientos incluidos. Nada, absolutamente nada, tendría que ser suficientemente poderoso como para desviarlo de su camino ni de entorpecer su capacidad de análisis criminal, ni tampoco, claro, potenciarlo (es decir, sin drogas de concentración, sin meditaciones religiosas, etc.). Simplemente debería mantenerse en un punto intermedio, incorruptible e infalible. ¡Sí, estaba yendo por el camino perfecto!
El caso policial claramente debía resolverlo él, sin ninguna ayuda externa, sin ningún compañero salvador. Debía ser un caso difícil. Que los lectores pensaran una cosa, y de repente ¡zas!; diera la impresión de ser otra, la resolución definitiva; pero entonces ¡zas de nuevo! Que el final fuera completamente inesperado. ¡Y ese gran final! Siempre lo tuvo pensado, desde un principio.
Cuando aún no sabía cómo desarrollar la trama, el escritor ya tenía en mente el final, un gran secreto que nadie, absolutamente nadie, iba a poder revelar hasta el último párrafo del cuento. Quizá le agregaría un pequeño epílogo explicando un poco más allá, explorando la profundidad del asunto, porque había personas a las que no les gustaban los finales abruptos. Además, no todas las mentes eran tan hábiles como la suya, por ende, necesitarían un poco más de detalle. Y como la explicación tampoco iba a ocupar largas extensiones de texto (sería concisa e impecable), iba a dejar satisfecho a todo aquel que lo leyera. ¡Ay, qué buen cuento, era el mejor de todo el mundo! Era la maravilla, la perfección. Algo nunca antes visto. Una obra maestra en todo su esplendor, que haría hablar a generaciones futuras y que le daría la inmortalidad.
El escritor pensó que había sido acertado no haberle contado los pormenores de su nueva faceta como artista a nadie más que a su representante. Después de todo, aunque el tipo era una persona patética, como empleado siempre había trabajado duro y publicado sus cuentos, presentándolos en diversas editoriales importantes con gracia. Lo había sorprendido al contarle de su nuevo proyecto y la historia, los giros, el desarrollo, más no así el final.
El representante estaba asombrado, ya que el autor nunca había escrito antes una historia policial; su especialidad eran las tramas infantiles, en las que mezclaba monstruos con moralejas poco elaboradas, pero tan efectivas que le habían otorgado la fama de la que gozaba. Era un gran salto el hacer un cuento policial, para colmo, de esa tan alta estirpe.
El escritor aún no podía comprender cómo había surgido esa increíble historia de su imaginación. En realidad, se sentía tan orgulloso de sí mismo que esa había sido la principal causa por la cual había hablado con su representante. Si bien no iba a publicar su glorioso cuento a través de él (ya que ese relato estaba destinado a ganar un concurso, y los procedimientos serían diferentes), era muy habitual que lo llamase para alardear de su obra, para tener a alguien con quien ensayar sus discursos, o simplemente para hablar consigo mismo, pero teniendo un testigo que oyera sus palabras; una especie de “psicólogo”, aunque del que podía mofarse por no tener las mismas “capacidades intelectuales” que él. El escritor lo admitía, su representante era muy hábil para vender sus libros a editoriales importantes; pero no tenía ni un ápice de imaginación para escribir, ni siquiera un microrrelato de cien palabras acerca de un inodoro.
Por eso, el orgullo lo había llevado a contarle a su empleado todos los detalles de su obra maestra. Todos, a excepción del gran final. Ese sí era un dato que se reservaría. Incluso a su representante lo sorprendería, quizá a él más que a nadie, ya que estaba acostumbrado a las “sobrenaturalidades” de la literatura de su escritor estrella.
¡Era muy gracioso! Haberle contado sobre su arte perfecto a ese hombre tan mediocre... Lo único que su representante podía hacer con efectividad era publicar sus obras, obras ajenas a él, no ideadas en su mente. Nada más. Al autor le provocaba risa, porque aquel pobre hombre incluso era incapaz de escribir sin faltas de ortografía. Pero no debía pensar en eso ahora. No. Ya estaba terminando el cuento. Había buscado en los recovecos de su cerebro y encontrado las palabras justas con las que lanzar ese gran final.
El autor había empezado a escribir el anteúltimo párrafo, el cual ya había tomado forma en su cabeza.
Ya era de noche. Estaba tan entusiasmado que quizás por eso no oyó los ruidos en la cerradura de la puerta de su pequeña casa de campo, en la que se encerraba por largos períodos en busca de inspiración.
A ver... sí, eso es lo que tiene que hacer el detective. ¡Es perfecto!
Tal vez esa euforia y la concentración no le permitieron percibir los pasos que se acercaban lentamente hacia su escritorio, de espaldas a la puerta e iluminado solo por una lámpara de noche.
Este es el anteúltimo párrafo perfecto, tanto que es digno preludio del último, ese que está a punto de empezar, el que le dará el final a la obra maestra. ¡La concentración corre como una droga por las venas!
Así que fue demasiado tarde cuando escuchó el golpe en su lámpara, mientras trataba de comenzar ese último párrafo, y vio a su representante justo enfrente suyo, con unos guantes negros y apuntándolo con un arma. Entonces todo se oscureció para el escritor.
¡Es muy bueno escribir en un diario íntimo! Me permite expresar las cosas que me suceden de la forma que quiera sin que nadie me esté criticando. Como ese asqueroso escritor.
Siempre me trató como si yo fuera menos persona, era un ser humano de porquería. Sin embargo, tenía razón en que no puedo hacer nada bien. ¿Por qué no apunté bien? ¡Tenía que darle en la cabeza! ¡Fui tan idiota que le disparé en el pecho! Ahora el maldito está internado, porque los idiotas vecinos oyeron el disparo, y yo aquí estoy rogando que esa herida sea mortal... tiene que ser mortal, si no, estoy perdido. Le di tan cerca del corazón que no puede sobrevivir, pero no puedo evitar preocuparme y pensar que tal vez pueda salvarse. A menos que yo entre a la habitación del hospital en la que está internado y… pero no, me quitaré esas ideas de la cabeza, ¡va a morir, tiene que morir! Y cuando muera, habrá deseado leer cómo pinté su fin en estas hojitas de diario íntimo. Realmente no puedo parar de reírme frenéticamente. Sin embargo, estoy nervioso. Pero va a morir. Tengo que rogar que así sea, ¡por favor, Dios!, ¡tiene que morir!
Tengo que admitir que, a pesar de todo, él siempre confió en mí, su inocente representante, su simple servidor, su persona cercana equivalente a un mueble. Claro que sin saber que yo me vengaría de todos los años en los que me trató como basura tan insensiblemente, restregándome por la cara todo su éxito, haciendo suyo mi sueño de escribir cuentos infantiles, incluso entrometiéndose en mi vida personal y seduciendo a toda mujer que se acercara a mí. Ahora que lo pienso, realmente se siente extraño. Mi sueño era escribir cuentos infantiles y ahora me convertí en el digno (o tal vez no tanto) antagonista del cuento policial del escritor: un asesino. Bueno, si es que muere. Y tiene que morir, por favor, debe hacerlo.
Siempre soñé con ser un escritor, pero ante mi falta de imaginación y a pesar de mi exceso de voluntad, no me quedó otra opción que meterme a este mundo de las letras a través de buenos escritores a los cuales siempre envidié. Ya que yo ni sentándome frente a la computadora por horas, ni con ejercicios literarios, ni con talleres de escritura, ni con retiros al campo como hacía mi víctima, podía siquiera escribir, aunque fuese una carilla de historia con mi enorme letra a mano. Me di cuenta así de que yo era bueno vendiendo, y solamente eso; y que tenía que ocultar mi envidia disfrazándola de admiración, y acechando hasta el momento justo para obtener lo que realmente quería.
¿Y qué era lo que yo quería? Ganar un concurso literario. Así podría demostrarles a todos aquellos que se habían burlado de mí, incluso a mi familia, que yo sí era capaz de crear un cuento, una historia, una obra literaria con todas las letras. Tal vez no lo haría de la manera convencional, pero ¿a quién le importa el medio, cuando lo realmente trascendental es el fin?
Por eso aceché por años, y cuando conocí a este escritor, quien redactaba las historias infantiles que yo hubiera querido componer, me acerqué a él y fui el mejor empleado jamás visto; pero no se daba cuenta de que él era la vaca, la vaca a la que yo estaba alimentando para poder faenar cuando fuera el momento justo. Y este lo era.
¿Por qué un ser tan despreciable tenía lo que yo deseaba desde pequeño, sin necesidad de talleres, estudios, y reventarse la cabeza pensando? ¿Por qué él tenía el talento natural que yo merecía? ¿Por qué a él sí le funcionaba irse al campo para sentir inspiración? No era justo, nada justo. Así que yo solo estoy tomando lo que es mío.
Será mejor que le dé el final a este cuento que el escritor dejó inconcluso. Maldita sea, sí que es bueno. Pero ahora me doy cuenta de que tendría que haber esperado un poco más para matarlo. ¡Tonto de mí! Y sigo diciendo que lo maté. Bueno, va a morir, así que el disparo fue como si lo hubiera matado. Al menos tendría que haberme asegurado de que terminara de escribir su cuento. ¡Ay de mí! ¡Pero no! ¿Cuánto me costaba esperar unos minutos más? La ansiedad me ganó.
Lamentablemente, lo hecho, hecho está. Estoy viendo que esta historia está tan buena que, le ponga el final que le ponga, va a ser un éxito de todas formas. Quizá podría concluir con algo así como que el detective es el culpable, ¡qué sé yo!
Aunque pensándolo mejor, es un buen final. El detective es el culpable. ¡Listo! ¿Debería ponerle un epílogo? ¡Por supuesto que sí! “Mi talentoso representante ha triunfado en donde yo nunca pude hacerlo, en los cuentos de trama policial”. El epílogo que el escritor, antes de morir, le hizo al cuento de su fiel amigo y representante, y puedo aprovechar la experiencia que tengo por las veces en las que me hizo falsificar su firma para darle más credibilidad. ¡Eso me provoca una risa infinita!
Mmm... bueno... digamos que ya está, creo. Punto final. Y esto va a llevar mi nombre, qué gracioso. Listo. Ahora me voy directo al edificio del periódico a presentarlo en el concurso. ¡Dios, deséame suerte! Voy a ganar. Estoy seguro.