PAIS RELATO

Libros de maría florencia rodriguez

Autores

maría florencia rodriguez

el ardor

Mariana tenía ese nombre gracias a su madre tan religiosa. Como seguidora de la Virgen María, quiso inculcar en su hija la vocación por seguir a esa deidad, y de paso, intentó durante toda niñez y adolescencia aislarla y convencerla de que siguiera un camino de castidad.
La madre de Mariana pretendía que su hija se convirtiera en monja, así que le contaba los fuertes deseos que tenía cuando era joven, de ser una monja justamente. Claro que todo eso se vio truncado por culpa de un malvado hombre que la había llevado por la senda de la perdición, así que, ¡qué malos ellos! No podían meterse en su camino.
Mariana, la seguidora de María (como le encantaba promulgar a su madre), heredó los fuertes deseos de su madre; solo que estos no estaban encaminados hacia la religión, sino hacia otras cosas.
En su niñez, había sido reprendida innumerables veces, ya que en cuanto tenía oportunidad rozaba sus partes pudendas con todo lo que se encontrara, generando reacciones de su madre que no correspondían a lo que se esperaría ante el comportamiento natural de una niña que se está auto - descubriendo. Cuando aprendió que rozar o acariciar sus partes privadas era un gran pecado, lo siguió haciendo, pero a escondidas.
La falta de un padre la había llevado a no tener nociones de la existencia del sexo masculino, pero en cuanto comenzó a ir a la escuela inicial, su cabeza se llenó de dudas. Mariana quería saber qué era lo que había en los pantalones de los niños, pero claramente cuando las maestras de la escuela se reunieron con su madre para hablarle del extraño comportamiento de su hija, la señora no tuvo reparos en arrancar a la niña de esa institución para pedir el pase a una en la que solo fueran mujeres.
Por un tiempo funcionó la táctica. Pero quién diría que Mariana entonces encontraría el placer en sus compañeras…
Los años pasaban, los cuerpos crecían, y las dudas acechaban. La madre de Mariana internó a su hija como pupila en una escuela de monjas, y simplemente se quedó tranquila pensando que nada pasaría; habló con las señoras encargadas de ese lugar para advertirles sobre los comportamientos de su hija, quien parecía estar poseída por el demonio de la lujuria.
Las monjas, gracias a sus manos duras, lograron entregar a Mariana a su madre, cuando la joven cumplió 18 años y ya era mayor de edad.
Mariana era como un robot. Ella no hablaba, no miraba, no se quejaba. Emitía opinión solo cuando se la pedían. La habían entrenado de tal forma que le costara mostrar su verdadero yo, y le habían lavado tanto la cabeza que creía que, si tenía algún impulso sexual, iría automáticamente al infierno.
La joven parecía vacía. Pero por dentro, el ardor crecía.
Entonces, con la necesidad de trabajar, se apuntó para ayudante en una iglesia. Todos los días veía pasar gente y más gente. Uno de esos días llegó a ese lugar un joven en busca de su tía.
Él no pasaba los 20 años. Ella tenía 18 y prácticamente acababa de salir de una institución que reprimía sus instintos naturales. Tan solo al ver al joven hizo que su cuerpo se estremeciera y las vibraciones hicieran una carrera a través de todo su cuerpo. El joven era alto, flaco, con unos brazos fuertes y estaba transpirado y sucio, ya que venía de trabajar en la construcción.
Y para quienes decían que el cortejo de hombre y mujer duraba unos días, Mariana mostró que no era necesario esperar. Le dijo al joven que pasara, que su tía ya saldría. Lo tomó de la mano y lo llevó al confesionario, y sin más palabra de por medio, tuvieron relaciones sexuales salvajemente dentro de aquel reducido recinto.
¡Pero qué revelación! ¡Entonces eso tenían los hombres y así era exactamente cómo funcionaban! Esa simple experiencia abrió la mente de Mariana, quien comenzó a pensar en ese asunto todo el tiempo. Mañana, tarde, noche. No la dejaba dormir. Nada que pudiera hacer, ningún roce, ninguna estimulación, nada era comparable a la sensación de tener un hombre en su interior.
Entonces, a eso se dedicó. Mientras su ardor crecía y crecía, se daba cuenta de que no iría al infierno finalmente. O al menos no iría automáticamente, como le decía su madre.
Cuando estar con un hombre tras otro no le trajo más el placer que buscaba, comenzó a probar otras cosas, con otra gente, con más cuerpos. A los 25 años, la joven había ya experimentado todo lo que se pudiera, y al contrario de lo que uno creería, sus deseos no se calmaban, no se veían saciados. Su ardor la llevaba a no tener ni un solo escrúpulo en la vida, y es por esto que no tenía amigas, porque a todas, les quería “robar el novio” para un instante de placer; tampoco tenía amigos, porque siempre terminaba teniendo sexo con ellos. Ya no tenía a su madre, pues un año antes, al enterarse de que su hija se había “revolcado” (así lo decía ella) con todos los hombres del vecindario, tuvo un ataque de emoción violenta tan fuerte que, terminó entrando al hospital para nunca más salir… viva.
Entonces, cuando ya nada le daba el placer que buscaba constantemente, Mariana comenzó a caer en la desesperación. No podía encontrar a las personas que la ayudaran a saciar su sed de sexo, ya que nadie era suficiente para ella. Con todos lo intentaba, pero constantemente fracasaba de manera rotunda.
Un día, cuando ella ya tenía 26 años de edad, dos “motochorros” la quisieron asaltar en la oscuridad de la noche. Lejos de asustarse, la joven se excitó. Sin pensar en que había una pistola de por medio, la joven se acercó a uno de los dos “malandros” y apoyó todo su cuerpo candente en el del muchacho, quien estaba confundido. El que conducía la moto le gritó a Mariana que “le diera todo lo que tenía”, y ella, sin mirarlo, le arrojó la cartera y comenzó a besar al que la había apuntado con el arma segundos antes.
Sus ojos desprendían fuego. Allí nomás, tomó el miembro del maleante, comenzó a hacer excitantes movimientos, y el hombre se dejó llevar. No contenta con eso, sin dejar de besar al hombre, se acercó al que estaba sobre la moto, y abrazando a ambos, los invitó a ser suyos durante esa noche, una noche salvaje que fue testigo de actos impuros que incluso involucraron a la pistola.
Así fue cuando Mariana se dio cuenta de que el peligro le daba calma a su ardor; por esta razón, puso su vida constantemente en situaciones arriesgadas para llegar a tener relaciones sexuales con cualquier persona que se viera involucrada en ellas. No le importaba más nada que calmar sus apetitos sexuales, que calmar el hambre de carne que le daba la lujuria constante.
Pasaron unos años más. Y con 29 años, Mariana, la seguidora de María, se sentía acorralada por los 30. Temía que dejara de ser joven y atractiva, y que por ende le costara mucho más conseguir gente a la que poder utilizar para sentir placer. Además, había un pequeño detalle que la volvía loca: las personas, principalmente los hombres, que eran sus favoritos, ya no calmaban su ardor, ese ardor que la quemó desde niña. Cuanto más tiempo pasaba, más le costaba llegar al orgasmo, y si hubiera sido por ella, elegiría vivir en un clímax constante.
Casi 30… esa barrera que la asustaba se interponía entre ella y el disfrute. Consiguió todo tipo de juguetes en un sex shop para variar un poco y darse placer cuando los demás no pudieran; también funcionaron al principio, sobre todo esa ropa interior con vibrador incorporado. Pero como con todo, al tiempo dejaba de tener efecto, entonces la mujer quedaba totalmente sumida en la desesperación.
Nada, nada, nada le daba placer. Y sí que lo buscaba, sí que insistía. Pero faltaba una semana para su cumpleaños, y ¿cómo iba a ser capaz de disfrutarlo, si no podía llegar a ese clímax que tanto le gustaba, con nada?
En eso iba pensando mientras volvía de su trabajo, cabizbaja, con su ropa interior vibrando, pero sin producirle ningún efecto, y con esa frustración de haber hecho tantas cosas sexuales en su vida y sin embargo no encontrar algo que le diera el placer supremo, el cual era su objetivo de vida.
Entonces lo vio. Allí había, en la calle, un obrero de la construcción trabajando en las reformas del pavimento. Quien hubiera visto al pasar, hubiera dicho que ella estaba profundamente atraída por ese hombre tan viril y trabajador. Pero si se analizaba la dirección de su mirada, se podía ver qué era lo que le causaba esa sorpresa.
El martillo demoledor. Lo que algunos llamaban coloquialmente “el taladro gigante”.
¿Qué eran esos movimientos tan sugerentes? ¿Qué clase de vibración producía? ¿Qué tenía ese vaivén que no tenía ningún humano?
Mariana lo necesitó. Y fue a por él.
Obsesionada con esa idea, esperó todo el día a que anocheciera, como tigre acechando a la presa. Desde la ventana de su apartamento veía a la perfección los movimientos de los obreros, y al finalizar la jornada, supo dónde guardaban la maquinaria.
Entonces, por la madrugada, la mujer se escabulló en ese recinto y gracias al gran poder de la voluntad, robó el martillo demoledor del depósito y lo llevó a su casa.
No fue hasta la mañana del día siguiente que la policía se encontró con el cuerpo de Mariana, el cual yacía sin vida, desnuda, y en una pose comprometida con el martillo demoledor. La mujer había muerto taladrando su cuerpo en busca del placer absoluto. Fue un final triste, antes de su cumpleaños número 30; pero allí quedaba su rostro, eternamente joven, sumido en el sueño eterno con una expresión de absoluto placer, y sin importarle si el infierno que prometía su madre sería el destino de su alma.