PAIS RELATO

Libros de maría florencia rodriguez

Autores

maría florencia rodriguez

billete de lotería

Alan tenía el billete de lotería ganador. Las circunstancias se habían dado a la perfección para que eso ocurriera, como para que el dinero lo obtuviera específicamente él, de entre todas las personas de la ciudad. Después de todo, ¿quién más recibía el boleto de la victoria entrando por la ventana, impulsado por el viento?
Era realmente extraño ver un pequeño papelito bailar al son de la música de las ventiscas veraniegas, haciendo sus piruetas graciosas y buscando posarse en las manos del joven. Pero él, fiel a su estilo, vio el billete, sin mover su cuerpo ni un milímetro, apenas si le pidió a su celular que le mostrara los números ganadores, y al ver que todo coincidía, ni siquiera sonrió.
Alan tenía demasiada galbana, producida por el verano, como para hacer algo al respecto.
Pasaron varios pares de horas antes de que el joven, inmerso en la inmundicia de su apartamento, se diera cuenta del error que estaba cometiendo al no ir en busca del gran premio, ese que el mismísimo cielo le había enviado (literalmente).
¿Por qué era así?
Alan había tenido una bellísima y cómoda vida, hasta la edad de 15 años, cuando su padre los abandonó tanto a él como a su madre. La mujer, en la necesidad de contar con una presencia masculina fuerte en el hogar, llevó a su hijo por el camino de “la obligación”. ¿Cómo? Intentando convertirlo en más que el hombre de la casa.
De repente todos los quehaceres domésticos eran su responsabilidad. Limpiar, lavar, planchar, cocinar, pagar cuentas, pagar alquileres, ocuparse hasta del más mínimo detalle para que su madre, quien había decidido descargar su pérdida a través del juego, se sintiera a gusto con su vida.
Cuando el joven cumplió los 17, su madre ya se había convertido en una ludópata completa. A todas las obligaciones que tenía se le sumó el pequeño inconveniente de la deuda de juego, la cual ascendía a niveles catastróficos. ¿Qué se le ocurrió a su madre? Comenzar a sacar préstamos, primero en el banco, y cuando no los pudo solventar más, con prestamistas de esos con… dudosas intenciones.
¡Cuán infeliz fue Alan, al tener que sostener tres trabajos al mismo tiempo que terminaba su último año en la escuela secundaria! Realmente fue difícil al principio, pero luego se dio cuenta de que si no tenía amigos no tenía que gastar su tiempo en ellos, si no socializaba, no perdería su valiosísimo recurso en conocer personas, y si se convertía en un completo antisocial, podría ser cien por ciento efectivo como trabajador, como eso que necesitaba la mujer que lo había parido.
¿Y qué fue lo que sucedió? Los 20 años lo encontraron devastado, ojeroso, flaco como palo de escoba, con las ojeras pateando sus mejillas, y una calva prematura incipiente. Pudo terminar la secundaria y logró bajar la cantidad de trabajos de tres a dos, mucho mejor remunerados. Sin embargo, no podía darse el lujo de socializar, y los años de alejamiento de la humanidad lo habían vuelto una especie de máquina sin sentimientos. Y así fue hasta que, al cumplir los 22, la conoció a ella.
Claribel era una joven dos años menor que él, a la cual había conocido al dirigirse al supermercado de la cuadra a aprovisionarse de objetos para él y su madre. Era realmente hermosa, tanto que parecía una actriz de Hollywood sacada de contexto. ¿Qué hacía esa divinura en el supermercado de un barrio promedio?
Pronto lo supo.
Claribel era la hija de los dueños de la cadena de supermercados. Había estudiado dos años de administración de empresas, como para no quedarse con dudas acerca de lo que toda su vida su familia le había enseñado, y al ser la única heredera, quería empaparse de lo que se vivía en sus comercios. Cuando ella vio a Alan, quedó prendada a su mirada. No entendía por qué un jovencito desgarbado, ojeroso, a simple vista agotado y con una calvicie incipiente flechó su corazón.
Él no pudo evitarlo; cuando ella se acercó a hablarle, perdió todas esas ansias de ser antisocial, y de repente el mundo entero hizo desaparecer a todos los habitantes de la Tierra para dejarlos a ellos dos solos, brillando a la luz de la lámpara del pasillo seis, repleto de bebidas gaseosas.
Así, los jóvenes iniciaron una hermosa relación de amor puro, el cual parecía trascender todas las diferencias. Ella, una heredera rica con relaciones comerciales y amistosas por todo sitio; él, un joven antisocial que solamente cambiaba su actitud con ella.
Alan se sentía feliz únicamente cuando estaba con Claribel. Por eso, en los primeros meses de relación la llevó a su casa cuando su madre no estaba (probablemente estaría en el casino como casi siempre); y cuando decidió presentarla oficialmente, su progenitora puso el grito en el cielo.
¿Cómo que Alan tenía novia? ¿Estaba loco? ¿Cómo se atrevía a hacerle caso a otra mujer que no fuese su madre? ¿Acaso era un desagradecido que pensaba abandonarla alguna vez para hacer su vida? ¡Alan no tenía nada en la cabeza, era un egoísta, un maldito hijo que ojalá no hubiera nacido! ¡No servía para nada! ¿Y esa muchachita, tan joven y hermosa, iba a quererlo para siempre? ¡Pues no! ¡Iba a llegar alguien más atractivo y con más dinero y Claribel se olvidaría de Alan en un santiamén!
Con todo eso tuvo que lidiar el joven. Claribel, espantada e indignada por ver cómo trataba la madre a su hijo (había sido testigo de todo, ya que la madre vociferó y la ignoró como si ella no estuviese presente), se fue dando un portazo. En los días siguientes, intentó convencer a su novio de cambiar su vida, de alejarse de esa madre tan tóxica que lo había instado a dejar su vida de lado para ser su esclavo… su vida.
Alan, muy en el fondo, sabía que Claribel tenía razón. Sin embargo, ¿cómo abandonar a una madre? Ella había sido quien lo había soportado desde que nació, fue quien más sufrió cuando su padre los había abandonado, y no podía hacerle lo mismo. Abandonar a su madre no era opción ni salida. Pero viendo los ojitos tristes de su novia, Alan concluyó por darle la esperanza de que pasito a paso iba a intentar hacer su propia vida, alejado de su madre hasta poder proyectar algo a futuro de manera independiente, junto a Claribel.
Los siguientes dos años fueron de pura felicidad en la pareja. Si bien se evitaba la visita de la jovencita a la casa de su novio, todo lo demás era perfección. Ella le daba la luz y alegría necesarias para continuar al joven, quien, lleno de motivación, se comportaba como el mejor de los novios en el universo. Había logrado recuperar un peso normal, ya no era un palo de escoba desgarbado lleno de ojeras, y para tener más tiempo con su novia había decidido abandonar el trabajo que menos dinero le daba y quedarse con el más serio.
Estaba claro que eso no le gustaba nada a su madre, y que cada día religiosamente la mujer le daba más que un sermón a su hijo sobre la escoria que era por ocuparse de una “muchachita ingrata” y no de la sangre de su sangre, de aquella quien le había dado la vida. Alan le debía la vida a su madre.
Y tantos repetidos reproches violentos terminaron por hacer mella psicológica, porque, aunque las experiencias buenas sean mágicas, las malas siempre terminan por pudrir lo bueno. Y así fue que, a los 24 años, el joven recibió un anuncio y una propuesta de su novia: se mudaría a Estados Unidos por temas de negocios, y quería que él la acompañara, que progresaran juntos y fueran felices.
Entonces el joven no supo qué hacer.
Varias semanas se tomó para pensar y pensar. Cada vez que su corazón le decía que tenía que elegir su felicidad y la de Claribel por sobre todas las cosas, la imagen de su madre tratándolo de desagradecido hacía acto de presencia en su cabeza. Cada vez que pensaba en la exitosa mujer de negocios en la que se había convertido su novia, manejando la cadena de supermercados y volviéndola internacional con solo 22 años de edad, la voz de su madre hacía eco en su cerebro diciéndole: “eres un hijo de mierda”. Cada vez que el cabello castaño claro, los rulos, las pecas y los ojos color miel de su novia aparecían en su mente, aparecía la tosca y deforme imagen de su madre deshaciendo lo anterior y observándolo con una mirada desaprobatoria de hijo que merece ir al infierno.
Y entonces no lo soportó. La madre de Alan tuvo más peso en la consciencia del joven, y ella logró lo que parecía querer: que su hijo no fuera feliz.
Claribel, con el corazón destrozado por la ruptura de su relación, se fue del país. Alan, devastado, comenzó a comer mucho y descuidarse. Y a los 25 años, un año después de que su querida y bella novia se hubiese marchado, se había convertido nuevamente en un hombre desgastado, agotado, ojeroso, pero esta vez rozando la obesidad, ya que para llenar los vacíos emocionales que sentía, se atiborraba de cualquier comida que la tarjeta del supermercado le permitiera. Cuando estaba con Claribel, ella le había proporcionado una tarjeta sin límites de compra de por vida para que él no tuviera que pagar por nada, y al romper la relación, como un gesto por todo lo que habían pasado juntos (deducía Alan), ella no había dado de baja ese servicio.
Y él, con la tarjeta alimentaria, y con el departamento actual heredado de su padre (el cual había muerto dos meses después de la partida de Claribel, así que hasta su vivienda le había caído del cielo), decidió dejar de trabajar. Llevaba meses sin trabajar, sin moverse de su casa, comiendo lo que ordenaba por internet. Había decidido abandonar a su madre finalmente, dejando que ella se las arreglara sola de ahí en más, en cuanto recibió el departamento; y quizás también porque descubrió que ella tenía un novio en secreto, lo cual molestó mucho al joven, ya que, ¿por qué ella podía hacer su vida sentimental, pero él no?
Y así se encontraba, con 25 años, diez meses de absoluta dejadez, sin moverse del departamento, sin trabajar, solo comiendo y robando wifi de los vecinos. El joven no hacía nada. No tenía ganas de ello.
Diez meses de dejadez, un mes por cada año de esclavitud que lo ató a su madre. El maldito de su padre, que había decidido abandonarlos, por lo menos había dejado un departamento. Claribel, la luz de los ojos de Alan, había dejado un servicio de supermercado de por vida. Su madre, ella tenía un novio; que se hiciera cargo él de las metidas de pata que la mujer tuviera de ahí en más.
Ya nada quería hacer, nada valía la pena, y aún menos cuando, al mirar las redes sociales de Claribel, vio que ella había conocido a un hombre en Estados Unidos, el cual parecía tan decente que dejaba a Alan a seis pies bajo tierra.
Se resignó a que su vida era esa. Ser un parásito más de la sociedad. Ya no sabía si existían músculos bajo tanta grasa, y menos aún ante tanta inactividad. Dormir era su actividad favorita, en ese momento no tenía que pensar. Tanto se había acostumbrado a eso que, sinceramente, ya ni despierto pensaba.
Así, con el billete de lotería en su mano, tras horas de rememorar su corta, pero desmotivante vida, el joven tuvo unos segundos de lucidez, y decidió cambiar su situación. Cambiaría ese billete de lotería por la exorbitante suma de dinero que correspondía, bajaría de peso, invertiría en algún negocio y tendría una vida decente.
Pero primero, miraría el perfil en redes sociales de Claribel. Y allí vio la novedad: la joven anunciaba su compromiso con su nuevo novio.
Allí estaba, el verdadero billete de lotería. Alan podría haber tenido el premio gordo si se hubiera ido con ella.
Ella era perfecta, sensible, inteligente, divertida, comprensiva… ¿cómo pudo dejarla ir? Y ahora… estaba con otro.
Lleno de pensamientos que consumieron sus ganas, y sin energía para tener sentimientos, extinguió de un segundo al otro sus intenciones de ir a cambiar el billete de lotería. Resignado, se volvió a acostar en el sillón, rodeado de migajas y papitas rancias, dejó caer el pequeño papelito de la victoria en un charco de bebida de cola derramada en el piso, y se dispuso a dormir. Después de todo, el sillón nunca lo haría sentir miserable.