País Relato - Autores

margot recast

miradas con recuerdos

¿Cuántas veces te has encontrado con personas que no te dicen nada? Caminar por la calle y mirar a la gente que camina a mi lado es algo con lo que disfruto mucho. La mayoría de las personas está sumida en sus pensamientos, otros simplemente caminan hacia algún lugar que intento adivinar, pero en ninguna de estas personas he encontrado nada especial que me haya hecho parar en seco y quedarme sin aliento, hasta hoy.
No podría describir su aspecto, si era guapo o alto, pero sin embargo puedo explicar lo que su mirada me transmitió. Caminaba por Park Avenue con un café en la mano dirección a mi trabajo escuchando la música de mi Iphone. Como siempre miraba a cada persona divertida, jugando a descubrir que se les pasaba por la cabeza y también a donde acudían, hasta que le vi a él. Como si de un acto reflejo se tratara, me paré en seco sin poder dar un paso más, incluso el café se me cayó de las manos, al ver esa mirada. Esos ojos me trajeron recuerdos tan felices como amargos, porque nunca me había vuelto a encontrar ningunos como ellos, desde que terminó el instituto.
En el mismo instante en el que se me cayó el café, nuestras miradas se cruzaron, con el rostro sonrojado por mi torpeza y descubrir que esos ojos siguen existiendo y tan cerca de mí, retire la mirada, recogí el vaso y proseguí mi camino. El corazón me latía con fuerza. Desde el día veinte de junio, cuando nos despedimos con un dulce beso en la mejilla, no había vuelto a sentir nada parecido. ¿Puedo haberme equivocado? No. Lo que esa mirada me ha transmito, nunca nadie lo había conseguido, menos él.
Todos los días me levanto con una nueva ilusión, volver a verle y averiguar si realmente es él o me he equivocado. Incluso he llegado a pensar, si mi obsesión por mirar a todas las personas durante estos años, ha sido para volver a encontrarme con él. No recuerdo la última vez que pensé en Tom, así se llama el chico por el que perdía la razón en el instituto. Siempre tan correcto y tan amable, a la vez que tenía ese aspecto de malo que tanto nos gusta a las adolescentes. Su familia vivía al lado de la mía y en innumerables ocasiones hemos cenado en casa todos juntos. Desde pequeños hemos jugado juntos y una vez empezadas las clases, estudiábamos en el misma aula. Si alguien lo hubiera visto desde la distancia, se pudiera decir que estábamos predestinados a estar juntos. Lo extraño de todo ello, es que nunca tuvimos esa confianza que en muchas ocasiones surge entre el roce de dos personas. Nuestra relación era simplemente cordial, hacer trabajos juntos y acompañarnos hasta el colegio, pero nada más que eso. Nuestros amigos eran totalmente diferentes y sin lugar a dudas su popularidad era mucho más evidente que la mía, ya que era inexistente. Pero aun así, nos reíamos de las tonterías que nos pasaban y no nos importaba que nos vieran juntos.
Un día, sin saber el motivo, ya en el último año de instituto, su actitud cambio por completo conmigo. Fueron los primeros días de clase, como siempre habíamos quedado en la puerta de mi casa el día anterior para ir juntos hacia el instituto y no apareció. Me extrañó que no apareciera y sin dudarlo llamé a la puerta de su casa y su madre con expresión extrañada me dijo que había salido antes de casa. Sin darle más importancia a lo sucedido, me marché escuchando música hasta el instituto, pero al llegar le vi rodeado de su grupo de amigos populares. Tom no me miró, ni siquiera cuando uno de sus amigos le dijera que yo había llegado. Noté como su cuerpo se tensaba, pero prosiguió hablando con sus amigos. Yo no hice otra cosa que agachar la mirada al suelo y acercarme hasta mis amigas.
—¿Pelea de enamorados? —me dijo Mery risueña.
—Solo somos amigos, por lo menos hasta hace unos días —espeté.
—Se habrá enfadado por alguna tontería.
—Si es así espero que me lo cuente.
No hubo más comentarios al respecto, entramos en clase y cada uno nos sentamos en nuestros respectivos asientos, desde hace tiempo separados, ya que habíamos decidido hace más de cinco años sentarnos con nuestros amigos.
Todo el año pasó distante conmigo. Mis amigas me insistían para fuera a hablar con Tom, pero como acercarme a alguien que sin motivo alguno ha decidido no volver a estar cerca de mí. Con que derecho le iba a pedir cuentas sobre algo que no sabía. Mis padres se dieron cuenta de nuestro distanciamiento, pero por raro que parezca no dijeron ni una palabra sobre ello, de hecho, desde ese día, Tom no volvió a venir a casa a cenar con sus padres. Yo siempre me preparaba de forma especial por si llegaba el día en que apareciera por la puerta y poder tratar lo que le sucedía. Un día, me miré al espejo mientras me ponía el maquillaje y sus ojos me vinieron a la mente. Los latidos del corazón se me aceleraron y por un instante las mejillas se me pusieron rosáceas de tal forma que ni el propio maquillaje podía disimularlo. ¿Me había enamorado de él sin quererlo? Moví la cabeza para que esa idea se me fura de la mente, no me podía suceder algo así. ¡Enamorada del chico con el que me había criado! Cuando escuche el timbre de la entrada los nervios se me agolparon en el estomago. Me acerqué a la entrada y abrí la puerta con mano temblorosa y lo primero que vi fue a los padres de Tom. Respire tranquila y puse una sonrisa, pero una vez de hacerles entrar, allí esta él, detrás de ellos, tan guapo y elegante, que tuve que hacer un gran esfuerzo por no derrumbarme delante de él. Tom me saludó como si nada hubiera pasado, como si hace más de seis meses que no nos habíamos dirigido ni una sola mirada. Pero sus ojos se quedaron fijos en mí esta vez y esa mirada volvió a ser la que era conmigo. La cena transcurrió normal, pero yo no me sentía como siempre. El acabar de descubrir mis sentimientos por Tom me hicieron estar más callada de lo normal y sé perfectamente que él lo notó.
Una vez que se fueron pensé que todo había terminado por fin y que nuestra amistad volvería a ser la de siempre, pero no fue así. Nunca me volvió a esperar para ir juntos, ni me dirigió la palabra en el instituto, pero en las cenas todo era diferente, la normalidad en sus actos y palabras me hacían dudar. No sé las veces que deseado mantener una conversación intima con Tom, pero mis inseguridades me hacían retroceder y quedarme con las dudas.
El día de la graduación llegó y las despedidas con todos los compañeros de clase. Todos nos abrazamos y nos besamos por si no nos volvíamos a ver nunca más. Cada uno había decidido una universidad diferente y seguramente las relaciones se romperían. A mí solo me quedaba acercarme a él para despedirme. El miedo se apoderó de mí y las ganas de salir corriendo se hicieron fuertes en mi interior. En cuento me di la vuelta Tom me agarró del brazo y ese fue el instante donde se me paró el corazón.
—Suerte en esta nueva etapa —me dijo con su tono dulce habitual.
—Igualmente, ojalá te vaya todo bien.
—Me han dicho mis padres que te marchas mañana —me dijo, podría decir que con pena.
—Me voy unos días de vacaciones para luego irme a la universidad.
—Estoy seguro que nos volveremos a encontrar.
—¡Suerte! —me despedí.
Le sonreí y en el momento en el que me iba a marchar, se acerco a mí y dejo un suave beso en mi mejilla. Ese sería el último recuerdo que tendría de él.
Pero no sé si llamarle destino o Karma, pero ese día fue cuando me volví a encontrar con él, como Tom dijo. Sé que esa mirada era la suya y que llegará el día en que me lo vuelva a encontrar, pero esta vez he decidido que tendré esa conversación que de adolescente no pude ser.
Todos los días camino buscando esa mirada que me ha traído tantos recuerdos. En todas esas personas que caminan a mí alrededor, busco esos ojos que hacen que se me pare el corazón al instante y solo deseo encontrarlo con todas mis fuerzas, porque desde ese beso de despedida supe que él, solo él sería el hombre de mi vida.