EXISTE gente que se impresiona al ver sangre. Una gotita, apenas, y ya se ponen pálidos. Pero hay otros que no se conmueven. Para Simón, por ejemplo, la sangre es neutra como el agua. Cada vez que se corta o se arranca un pellejo no recurre a un apósito, como hace todo el mundo, sino que chupa la sangre. Un pequeño acto de autocanibalismo. O mejor aún: de reciclaje.
La sangre no le da asco. Más bien le gusta, su sabor se aparta del repertorio gastronómico del modo más interesante. La cuestión es que, se trate de una gota o de una hemorragia, Simón no se deja intimidar. Una entereza que le fue útil cuando conoció a Lucy. Que era Lucy y no Lucía. Como la Lucy de Los Beatles.
Lucy In The Hospital With A Failed Kidney.
Simón se tomó en serio la cuestión de la sangre a los diecisiete.
Se acercaba la hora de decidir qué estudiar. Lo único que sabía era lo siguiente: no quería imitar a su padre. El hombre era master in business de la Universidad de Boston, docente en la UCA, gerente de una aseguradora y además era un gordo infeliz. Los gordos tienen propensión a los problemas circulatorios. Se les taponan los cañitos y la sangre no viaja. Y cuando son infelices, mucho peor.
A Simón el dinero le importaba poco. Cuesta mucho y no paga en proporción. Soñaba, en consecuencia, con un trabajo que lo preservase de las carreras despiadadas. No quería ascender a ninguna parte. No quería competir ni usar cuerpos como escalones. Lo que buscaba era un sitio estable. Algo que, desde el comienzo mismo, fuese tibio y acogedor como un capullo.
La clave era elegir una tarea que no se volviese odiosa. Si uno atiende teléfonos durante décadas, terminará maldiciendo a la progenie de Graham Bell.
En cambio si uno cura gente o colabora en el proceso, las gratificaciones se renuevan con cada paciente. Siempre que no sean como Lucy, claro.
Lucy In The Wheelchair With Bloody Teeth.
Contra la expresa voluntad de su familia, Simón se convirtió en técnico en hemodiálisis.
Carrera terciaria. Doce meses de estudio y ya.
Apenas se graduó, su padre le consiguió un puesto en Swiss Medical. Negocio redondo: el gordo necesitaba que Simón le estuviese agradecido y Simón no tenía problemas en agradecer algo que, a diferencia de lo recibido hasta entonces, deseaba de verdad.
Desde entonces trabajaba en el anexo del sanatorio, sobre Santa Fe, a metros de la avenida Pueyrredón. Turno noche —otro mundo—.
Recibía a los pacientes, los pesaba, les tomaba la presión. Revisaba el estado de fístula, catéter o injerto. Los conectaba al dializador. (Que todo el mundo llamaba Arturito, como el R2D2 de Star Wars). Y supervisaba el proceso, durase lo que durase: dos horas, tres, cuatro.
Algunos llegaban sin nada con qué entretenerse, pero Simón estaba preparado. A los que no se enganchaban con la tele les ofrecía juegos de mesa y de video, revistas, música. Tenía un viejo discman y CDS de Los Beatles. Que tenían la ventaja de gustarle a todo el mundo.
Salvo a Lucy.
Lucy In The Cocoon With Earplugs.
Simón se destacó por su forma de tratar a la gente. Las pacientes lo ensalzaban ante nefrólogos y nutricionistas, que lo recomendaban a otros pacientes. En cuestión de meses el turno noche se volvió un hervidero. Había lista de espera para camillas disponibles, como en los vuelos a Madrid de los tiempos de crisis.
Simón siempre había sido reservado, al punto de parecer antipático. Su don de gentes se lo debía a Rita. Que era Dora pero se hacía llamar Rita, como la de la canción de Los Beatles.
A ella le gustaba «Lovely Rita». Sobre todo el final.
Le salía muy bien la parte de los jadeos.
La había conocido en el Instituto de la calle Azcuénaga. Ella estaba en segundo año de una carrera que se llamaba «asistente materno infantil», pero que su madre descifró al vuelo.
«¿Puericultora? ¿Te metiste con una puericultora?», preguntó, con el retintín de alarma con que recibía sus noticias desde que (siempre lo ponía en estos términos) Simón le dio la espalda a la excelencia.
Con «excelencia» su madre se refería al Moorlands, al que aludía en términos superlativos: era el colegio que habían pagado tan caro, con tanto esfuerzo, durante tantos años. Cada vez que la frustración se apoderaba de ella empezaba a ensalzar a los compañeros de Simón, que habían abrazado carreras brillantes: abogados, ingenieros, economistas —fulgurantes tan sólo en su imaginación, ya que la mayoría se había graduado apenas, o todavía adeudaba materias—.
La excelencia no era un asunto neutro para su madre. Quizás porque su familia no había producido más que comerciantes minoristas y amas de casa, por cierto, muy pródigos todos en materia de hijos.
El que estuvo cerca de romper el molde fue Tito Dupesso, un tío de su madre por parte de padre. En 1968, Tito intimó con una Mitre en una fiesta a la que llegó sin invitación. La chica no quedó muy impresionada, puesto que aquel debut fue también despedida. Pero desde entonces Tito usaba los Años Nuevos para recordar, brindis mediante, la ocasión en que había estado «a una pija de distancia de la grandeza».
Esa limitación familiar explicaba la opción de su madre, que conoció al gordo cuando cursaba quinto de la carrera. Su padre (que ya era gordo por entonces, aunque menos infeliz) pintaba para profesional con título universitario, y eso ya implicaba un salto de pantalla. Asimismo, el deseo de escapar del sino Dupesso explicaba las penurias que habían tolerado, con tal de que el gordo completase el master; y también el hecho de que decidiesen cerrar la fábrica una vez concebido Simón. A quien desde entonces se mentaba, en las conversaciones familiares, como El Hijo Unico.
Su madre siempre tuvo miras altas, lo cual determinó la elección del Moorlands. A la señora Dupesso de Morlanti, que sólo hablaba español y por eso se creía menos que su marido el infeliz, le gustaba parafrasear el slogan de Bayer: si es bilingüe, es bueno.
«¿Qué tiene de malo la puericultura? Sos la única que le encuentra defecto a algo tan lindo. ¡Ni que me hubiese enamorado de un entrenador de rugby!», dijo Simón, aludiendo a otra de las carreras del Instituto —título nacional, curso de un año de duración—.
«Ésos son inventos de ahora», replicó ella. «¿Desde cuándo las madres necesitan maestras?».
«Desde hace por lo menos veinticinco años», dijo Simón.
Pero su madre no picó. Prefirió recordar a Sebastián Coleman (que dicho sea de paso, había sido pilar en Los Pumitas), a quien le esperaba un futuro brillante en el estudio de su padre.
Si es brillante, es bueno.
Simón sabía que con Rita sus padres habían perdido otra ilusión: la de que enganchase una chica que lo impulsase a ir a más. Una universitaria, o cuanto menos alguien de buena familia, cosa que según ellos no podía existir en Turdera, la patria chica de Rita. Ninguno de sus padres sabía dónde quedaba Turdera pero ni hacía falta, a su madre le encantaba decir Turrr-dera, como si la abundancia de erres denotase zafiedad.
A Simón no le molestaba. Su piel de tigre podía tolerar otra mancha. Se consideraba un hijo agradecido. La señora Dupesso de Morlanti había llenado su vida de boludeces pero también insistió en el Moorlands, y con el inglés llegaron Los Beatles.
Rita no hablaba inglés, pero Los Beatles le gustaban.
De no haber sido así, jamás habría cruzado el umbral de su casa.
Cuando se mudó al departamento que Simón alquilaba (un dos ambientes en Santa Fe y Ecuador: caro, sí, pero tan cerca de la Suizo que ahorraba mucho en transporte), Rita lo atiborró con su literatura. Libros de verdad llevó pocos: un Stephen King, un García Márquez. Lo principal eran los volúmenes de estudio y consulta. Miles de páginas con consejos para padres, ejercicios de estimulación y diagramas del cuerpo del bebé.
Hablando de estimulación y de cuerpos: Rita cogía como los dioses. Para Simón, la abundancia de erres denotaba sexualidad. Durante algún tiempo, cada vez que su madre decía Turrr-dera se le empezaba a parar la pija. Debía ser un gen heredado de Tito, que coronaba sus recuerdos de la chica Mitre con una erección —la primera del año—.
Rita era una chica muy poco estructurada, salvo en una cuestión, y sólo una: la forma en que separaba vida de trabajo. Rita podía pasarse el día con un bebe en brazos, le encantaban los niños. Pero se negaba a tener hijos antes de los treinta y cinco.
Quiero mantener mis opciones abiertas, le dijo.
Simón no presentó objeción. Ser padre se le antojaba una de esas carreras de las que había querido escapar. Pero llegado el momento el tema le calzó como anillo al dedo. Cuando decidió separarse, le dijo a Rita que no tenía derecho a condicionarlo así. ¿O acaso no le constaba lo que Simón había sufrido, por el simple hecho de tener padres tan grandes? (El gordo infeliz lo concibió a los cuarenta y dos, cuando ya era un master; la señora Dupesso de Morlanti lo había parido a los treinta y nueve).
El argumento le permitió ocultar otras causas de su desamor.
A diferencia de Rita, Simón era estructurado. Y ella estaba llena de manías que no podía o no le interesaba controlar, por más que Simón se lo pidiese.
Dejaba levantada la tapa del inodoro, que su gato ya se había acostumbrado a usar de bebedero. Apilaba fósforos quemados sobre la mesada de la cocina, que por alguna razón se negaba a tirar a la basura. Y aun cuando ocasionalmente levantaba la mesa, nunca le pasaba un trapo. Simón tenía que hacerlo de modo inexorable, porque Rita era capaz de servir la cena sobre pegotes de la noche anterior: de-ses-pe-ran-te.
Dejándose llevar por la indignación que correspondía a su papel, la trató tan mal (le dijo que quería dejar abierto algo más que sus opciones, y a continuación la comparó con la Rita de la canción que, mintió, era ligera de cascos), que en la fuga cargó ropas y gato en el taxi pero abandonó los libros.
Desde entonces la biblioteca abundaba en títulos como La revolución de las madres, Ser padre es cosa de hombres, Tu hijo, tu espejo y Manual de supervivencia para mamás estupendas.
Le rindieron fruto en el trato con los pacientes. La gente llegaba a diálisis en malas condiciones, asustada y poco permeable al contacto con los otros —en especial si vestían uniformes y blandían agujas—.
En esos casos ponía en práctica los consejos de los libros. Lo único que hacía era reemplazar las palabras «bebé» o «niño» por «paciente».
Por ejemplo:
Los pacientes entenderán lo que se les diga. Lo único que necesitan es que uno conserve la calma: ¡no todos tenemos los mismos tiempos!
O también:
Mírelos siempre a los ojos. Los pacientes agradecen el contacto visual.
Siempre le habían dado resultado.
Salvo con Lucy, obvio.
Lucy In The Stretcher With Anger.
Los Beatles lo fascinaron desde pequeño. Uno de sus primeros recuerdos era el de la llamada hecha a una tía (del lado Morlanti, en este caso), para que le hiciese escuchar por el teléfono un vinilo que incluía «I Saw Her Standing There», «Misery», «Anna (Go to Him)» y «Chains».
Por aquel entonces su casa carecía de equipo de música. El gordo infeliz se lo había gastado todo en su master.
Las imágenes de infancia que atesoraba eran, pues, simples: la torta de los cinco con la cara de Donatello (no el renacentista sino el ninja), la exhibición de gimnasia en el jardín de infantes, el rock and roll que aprendió a bailar tensando el cable del teléfono.
La predilección por Los Beatles expresaba su temperamento conservador. De haber estado en sincro con su época, Simón habría bailado a los cinco con Milli Vanilli y egresado de la secundaria pogueando en «Go Let It Out». Pero Simón seguía apegado a sus ídolos originales. ¿Cuál era la gracia de berrear una canción de Oasis cuando uno conocía the real thing?
La única concesión de Simón a sus tiempos era un moderado ecologismo. Encontraba esencial la noción de reciclaje. La naturaleza era la Gran Recicladora, y la sangre se desempeñaba como maestra de esa disciplina. ¿O no se renovaba a sí misma a diario, al limpiarse de impurezas mediante los riñones —o en su defecto, gracias a Arturito—?
Pero en todo lo demás (ni siquiera su indignación en materia política era novedosa, Proudhon se le había anticipado en el diecinueve), Simón se sabía un anacronismo andante.
Los compañeros de Simón consumían música que sus progenitores odiaban. Por aquel entonces el contador en ciernes Sebi Coleman se había teñido de rubio, explotando su parecido a Eminem.
Simón no era un purista. Solía disfrutar de otras músicas, empezando por el brit pop. Sin embargo prefería los viejos discos; a lo sumo buscaba oddities o se aventuraba en las carreras solistas de John, Paul y compañía. Lo cual lo preservó de la siguiente fase padecida por Coleman y acólitos.
La señora Dupesso de Morlanti esplendía cada vez que lo contaba. Decía que los padres de sus compañeros se lamentaban amargamente, a causa de la tortura a que eran sometidos: cumbia y más cumbia, las veinticuatro horas.
En aquel tiempo el brillante era Simón y su diferencia respecto de la masa resultaba encomiable. Esto duró hasta que le reveló a sus padres lo que quería estudiar. Entonces dejó de ser diferente para convertirse en raro a secas.
En el horizonte vital de su madre, «raro» no era bueno. Aun cuando se tratase de un raro bilingüe.
A Simón no le importó. Los argumentos con que lo agredían ya le habían sido anticipados por Lennon en «She’s Leaving Home»: trabajamos duro nuestra vida entera, nos sacrificamos por vos, te dimos todo lo que el dinero podía comprar.
Rezongos de gente vieja, que Simón nunca registró de mala manera.
A conciencia o no, le habían regalado su música.
Los Beatles eran cosa de sus mayores. Por extensión, Simón no podía menos que encontrarlos —como a las canciones mismas— venerables.
*****
Lucy llegó a la sala de diálisis un martes a última hora. En silla de ruedas.
Su estado era lamentable. Saturada de urea, le habían inyectado Reliveran para frenar los vómitos de sangre.
Simón le calculó diez años de edad. Tenía una mata de pelo negro tan espeso que se veía artificial, cejas y pestañas tupidas: hundida en la silla, parecía una de esas muñecas de trapo de cabeza enorme y cuerpo mínimo, a las que llamaban con un nombre que se le escapaba. ¿Peponas?
Lucy era una Pepona que escupía sangre.
Se inclinó (mírelos siempre a los ojos, los pacientes agradecen el contacto visual) y procedió a presentarse.
«Lucy», dijo ella. Y redondeó la respuesta con una sonrisa que, Simón entendió, era un remedo de la suya.
Tenía los dientes rojos. Y una voz incongruente con su cuerpo. Sonaba como si se hubiese fumado un cartón de Gitanes.
Se ofreció a cargarla hasta la camilla.
Ella dijo que no con la cabeza. Pero al levantarse sufrió un vahído.
Simón la atajó al vuelo. Fue como recibir un traje de manos del tintorero. Tenía experiencia en este tipo de estimaciones, Lucy no debía llegar a los cuarenta kilos.
Ella produjo un gesto contrariado, lo cual le reveló que ya se sentía mejor —y al mismo tiempo, que detestaba depender de otros—.
Al meterse en el sistema con su número de afiliada, Simón comprendió que ya había cumplido diecinueve años.
Lucy In The Hospital With A Failed Kidney, pensó.
Regresó a su lado para iniciar el procedimiento.
Ella se quitó la bufanda rosa. Le habían colocado un catéter en el cuello, la caída de la función renal había sido abrupta.
«¿Lucy por Lucía, o…?».
«Lucy por Lucy».
«Igual que la canción de Los Beatles».
Ella lo miro como si hubiese hecho gárgaras con Coca-Cola.
«Lucy in the Sky with Diamonds», aclaró Simón.
«Nunca la oí».
«¿… Nunca? Imposible. ¡Te la tenés que haber cruzado alguna vez!».
Estuvo a punto de decir que la única gente que no había oído Lucy vivía en Mozambique, o dentro de un tupper, pero se frenó. Lo más probable era que Lucy hubiese vivido dentro de un tupper desde pequeña.
«Ni siquiera escuché canciones de Los Beatles», dijo ella.
«¿Nunca?».
Simón se estaba poniendo repetitivo.
«La música está sobrevaluada. En el fondo es ruido», dijo Lucy, golpeando a Arturito con la turquesa de un anillo. «Un fenómeno físico. Vibraciones dispuestas de modo que no agredan al oído. El equivalente sonoro de una calle pavimentada».
Simón se ponía tonto cuando tenía que hablar de algo que le importaba de verdad, pero de todos modos hizo el esfuerzo. Quería avisarle a la muñeca rabiosa que se le había escapado un elemento vital: el poder transformador de la música. Algunos científicos sostenían, incluso, que las vibraciones que tanto menospreciaba producían efectos en el nivel molecular. ¿Que respondés a eso, eh, chiquita? ¡La música altera nuestra estructura atómica!
Pero lo que primó en su mente fue un concepto memorizado.
Escucha con atención lo que explica tu paciente. Pregúntale cosas que le demuestren que nos interesa lo que dice.
«Nunca lo había visto de ese modo», dijo Simón. A falta de preguntas (la única que había hecho burbuja en su mente: «¿Por qué no te vas un poquito al carajo?», habría constituido una violación al código profesional), Lucy iba a tener que conformarse con esa muestra de consideración.
Le ofreció cambiar de canal en el televisor. El resto de los pacientes estaba en la suya, podía poner lo que quisiera.
Pero Lucy declinó la oferta.
Le ofreció revistas y juegos. (Del discman ni hablar).
«La próxima traé tu laptop, si tenés», dijo Simón. «Acá hay wi fi. La mayoría…».
«No quiero nada, gracias», dijo Lucy como quien se deshace de un camarero insistente. Después de lo cual apoyó la cabeza y cerró los ojos.
Lucy In The Stretcher With Anger, pensó Simón.
Durante las horas que Lucy permaneció allí, Simón rumió argumentos. Llegado el momento encontraría la manera de decir lo que pensaba, de explicarle a esa pendeja que la vida sin música no era vida.
Pero no se le ocurrió silogismo más convincente que éste, lo cual lo llenó de vergüenza:
Si es Beatle, es bueno.
*****
Lucy llegó a la sesión siguiente caminando por sus medios. Esa vez Simón estaba preparado.
Había fingido un encuentro casual con su nefrólogo, el doctor Grinszpan, con la intención de interrogarlo. Se enteró así de que Lucy había nacido a los seis meses de gestación, pesando novecientos gramos. («Un peceto», dijo Grinszpan a modo de ilustración). Que había recibido a los cinco un riñón que estaba, ya, en las diez de últimas. Y que sus dimensiones liliputienses no eran inusuales, cuando el trasplante ocurría a edad tan temprana. El cóctel químico que ingería a diario la salvaba del colapso, al tiempo que producía estragos en su metabolismo.
Ese martes estaba maquillada. Llevaba la bufanda inexorable (que esa vez era roja), una falda corta, medias a rayas de colores y unos zapatitos de taco aguja que, Simón pensó, debía haber comprado en una juguetería.
Se le ocurrió que no desentonaría en su repisa. Entre El amor en los tiempos del cólera y La biblia del embarazo.
«Mi sangre es suya, doctor», dijo Lucy, a sabiendas de que estaba lejos de serlo. «¡Conecte el lavarropas, nomás!».
Simón dijo tan sólo lo necesario. Ni siquiera le ofreció su panoplia de entretenimientos.
Se tomó un buen tiempo antes de volver a su lado. Apenas le tocó el brazo (un palo de escoba envuelto en celofán), ella sonrió sin abrir los ojos.
«Tengo algo para vos», dijo Simón. «Si es que no te molesta».
«Tus dedos son suaves. Y siempre aplicas la presión adecuada», dijo Lucy. Sus pestañas estaban cargadas de rimmel. Producían destellos aun en la penumbra de la sala. «Soy una experta en el tema. Poca gente debe haber sido más toqueteada que yo en su vida. Y no en el buen sentido».
«Toma, ponételos», dijo Simón, un tanto inquieto.
Lucy abrio los ojos. Simón le ofrecía un par de auriculares, conectados a su MP3.
«¿Qué es esto?».
«Lucy in the Sky with Diamonds».
Ella lo contempló un instante, como si evaluase sus verdaderas intenciones. Y después se llevó el arco a sus oídos, mientras decía:
«Yo no vine por la diálisis. Vine para sentir tus dedos».
Simón apretó play.
«Si me acomodas el catéter una vez más», dijo Lucy, elevando la voz para oírse por encima de la canción, «yo creo que acabo y todo».
Simón tiró el torso hacia atrás de manera instintiva. Las palabras de Lucy habían alcanzado a los otros pacientes, que lo miraban como si fuese un abusador de niños.
Lucy se arrancó los auriculares.
«¿Qué es esto?», dijo. «¿Qué me diste, una canción infantil? ¿Te estás burlando de mí?».
Simón balbuceó. «¡N-no no no no no!», atinó a decir.
Hubiese querido explicar más (que Lucy empieza con clavicordio pero enseguida pasa a 4/4 y se pone dura, que la letra describe una alucinación, que está llena de imágenes dignas de la Alicia de Lewis Carroll: gigantescas flores de celofán, taxis de papel —Lennon, precursor del ecologismo—), pero tenía por delante un asunto más perentorio.
Lucy se había sentado sobre la camilla y trataba de desconectar el catéter. Los tirones se veían brutales. Sólo fallaron en su cometido porque su fuerza era insignificante.
Simón alzó sus manos (si la hubiese tocado se habría visto aún peor, los pacientes no le quitaban los ojos de encima) y empezó a decir con voz plañidera:
«No hagas eso por favor te lo pido por Dios te vas a lastimar Lucy oíme te lo pido no hagas eso Lucy, please!».
Lucy dejó de jalar. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Se echó nuevamente sobre la camilla y le dio la espalda.
Simón suspiró. Para hacer más absurda la situación, no podía dejar de pensar en Alicia. Menos mal que no había llegado a decir nada sobre el asunto: en ese contexto, la mención a Lewis Carroll habría sonado equívoca.
«¿Tenes más música?», preguntó Lucy en un soplo. Sin dejar de darle la espalda, le enseñaba los auriculares que había conservado.
«Todo Beatles. Apretá acá», dijo Simón, entregándole el MP3.
Se cuidó bien de no rozar los deditos pintados de negro.
Regresó a su rincón y allí se quedó, hasta que alguien reclamó su asistencia. Había llegado a ciento cuarenta pulsaciones por minuto, que bajó mirando revistas de la semana. «¿Penélope Cruz embarazada?», se preguntaba una. Otra mostraba un desfile con modelos escapadas de una clínica para zombies —eso parecían, al menos—.
Cuando despidió al paciente contiguo a Lucy, aguzó los oídos. Ella seguía usando los auriculares, pero Simón no podía oír el zumbido de rigor. O había bajado mucho el volumen, o bien lo había apagado.
Por el movimiento de su espalda, respiraba profundamente.
Lucy In The Cocoon With Earplugs.
*****
Al cuestionar el valor de la música, Lucy había tocado un punto sensible. Su reacción de hidalgo mancillado en el honor constituía evidencia inapelable. A pesar del esfuerzo por evitar las competencias inútiles (Soda-Redondos, Argentina-Brasil, peronismo-resto del mundo), Simón había tomado la negación de Los Beatles como algo personal.
Y eso no entrañaba nada bueno.
Simón no era un fan en el sentido convencional. Esa gente amaba consagrarse a disputas con ánimo deportivo. Los fan clubs del interior competían con el de Buenos Aires, reeditando una disputa perenne. (Federalismo-unitarismo). Batallaban en el Messenger para ver quién resistía más tiempo con nicks de Los Beatles. (Todas las semanas desechaban el anterior —por ejemplo, «All You Need Is Love»— para adoptar uno nuevo —«Happiness Is A Warm Gun», «Please Please Me», «Don’t Let Me Down»—). Y atizaban con su fuego la industria de las bandas clones: había quienes preferían The Beats a los Danger Four, y quienes consagraban a The Shouts porque habían ganado el premio «al mejor Lennon de Latinoamérica».
No, Simón no concebía su adoración en un contexto social. El amor que les profesaba se parecía a otra cosa: una religión personal, a ser practicada en secreto, dentro de la catacumba de su apartamento.
Los Beatles le habían revelado cosas valiosas no sólo para sus oídos, sino también para su vida. Le habían demostrado que uno podía elegir el camino que quisiese, desviándose del pretedeterminado por origen o condición social; que la posibilidad de producir belleza, y más aún: de participar de ella, estaba al alcance de cualquiera; que nadie tenía derecho a esperar más retribución que la proporcional a sus obras.
Y al final, el amor que recibes equivale al amor que hiciste, decía la última canción del disco póstumo. (Si se exceptuaba la coda de «Her Majesty», que no pasaba de ser una joda de Paul).
Ellos representaban mucho más que el corazón de su discoteca. Eran sus evangelistas. Lo que va de Mateo, Marcos, Lucas y Juan a John, Paul, George & Ringo: la misma trascendente historia contada por cuatro voces distintas. En su música y en sus vidas había encontrado la verdad que necesitaba para funcionar en el mundo; una gracia inestimable. Eso sí: el hecho de haberla hallado a tan temprana edad (tenía cinco cuando ocurrió el Big Bang telefónico) había contribuido a cerrar las dimensiones de su universo. ¿Cuál era el sentido de aspirar a más, cuando ya lo había recibido todo de pequeño?
Simón nunca se había apartado mucho de su paisaje nativo: de Palermo al Belgrano del Moorlands, o a lo sumo al Centro. Estaba satisfecho con sus dos ambientes. Caminar a diario la cuadra que separaba Ecuador de Pueyrredón era toda su gimnasia. Cuando deseaba abrir una ventana, prendía la televisión. Por lo general le enseñaba un paisaje que le producía angustia, o le inspiraba desinterés. En esos casos se echaba en el sofá a escuchar música, mientras Scarlett (su empleada doméstica: paraguaya, de apellido Ortellado, una de esas cosas que la vida hace para opacar la imaginación de los escritores) le pasaba el trapo a todo.
«La música», le había dicho su madre, cuando advirtió que no dejaría de usar los auriculares para aislarse del mundo, «está bien cuando sos chico. Pero una vez que creces ya no hay tiempo para esas cosas».
Nunca entendió que Simón veía más allá de la admonición. Que la había calado como una sandía, descifrando el lamento que existía (rojo, húmedo, ligeramente pasado de punto) debajo de la filípica.
Sus padres conservaban los vinilos de su juventud, pero desde que se casaron no habían vuelto a escucharlos. Ni tampoco escuchaban otra cosa: la música era un pasatiempo superfluo, una actividad inconducente.
Simón pasó su infancia en un caserón silencioso, a excepción de la cacofonía del televisor. Y quiso conocer a Los Beatles cuando dio con los discos, que su madre había arrumbado entre los tesoros del desván.
Ahora vivía en un dos ambientes lleno de música por muchas razones, pero ante todo porque no quería convertirse en sus padres. ¿Cuál era el sentido de sacrificar lo bueno en el altar de lo utilitario? ¿Para qué perderse en la persecución de un rédito que sólo es contante y nunca sonante?
En las palabras de su madre había encontrado un eco de Mimi, la tía que le dijo a John que nunca iba a ganarse la vida con la guitarra. Simón no había aspirado nunca al genio de Lennon, pero a su manera había protegido su coto vital, su pequeña religión sonora, más allá de lo que nadie había pensado posible.
En ese apartamento estaba (casi) todo lo que necesitaba para vivir plenamente. Todo (o casi todo) lo que quería oír. Todo (o casi todo) lo que le servía leer.
La autoestima de los pacientes es un espejo de la imagen que le devuelven sus seres queridos.
¿Quiénes serían los que amaban a Lucy? Siempre la había visto sola, incluso el día que llegó vomitando sangre.
No podía dejar de pensar en ella. Eso lo preocupaba.
Se preguntaba si lo había perturbado la negativa de Lucy a prosternarse ante Los Beatles, o más bien su simple existencia.
The Bailad of Simón and Lucy.
La posibilidad de que ella fuese su Yoko. En versión de bolsillo.
Al ver que Lucy había reservado otro turno, Simón consideró dar parte de enfermo. Desde el incidente percibía miradas recriminatorias a diestra y siniestra. ¿Hasta dónde había llegado el chisme, de qué manera lo habrían retorcido en los pasillos y en las oficinas? Pero no encontró excusa para justificar su defección, o más bien no lo intentó seriamente; tan sólo postergó la decisión hasta que fue demasiado tarde.
Una huida semejante equivalía a una confesión, y Simón no había hecho nada malo. Sentía deseos de cantar a viva voz la canción de Lennon, con una ligera modificación: Todo el mundo tiene alguien que ocultar excepto yo y mi Pepona.
Pero además se sentía responsable por Lucy. Ella se había entregado al tratamiento y valorado sus habilidades, hasta el momento en que Simón se excedió en su celo beatlemaníaco. Le debía la oportunidad de que renovase, o no, el voto de confianza que había empezado a expresarle aquella noche —por cierto, de manera tan poco ortodoxa—.
Se lo había recordado uno de los libros de Rita.
No repitas ante el paciente el mismo adjetivo peyorativo, como si fuese así —indócil, quejoso, impertinente— de manera invariable. Hazle ver que no te gusta su conducta, pero expresa tu esperanza de que la cambiará.
Simón quería decirle a Lucy que tenía fe en ella. Y ante todo, quería oír de sus labios que esa fe le sería reciprocada.
Lucy llegó tarde. Un par de borceguíes reemplazaba a los tacos aguja. Las medias no eran las mismas, pero insistían en la alternancia de colores: bandas negras y rojas.
Los procedimientos iniciales transcurrieron en silencio. Se manejaron con gestos de oficio mudo y sonrisas avaras en dientes. Recién cuando se tendió sobre la camilla (Simón había sido precavido, al poner allí los escaloncitos que usaban los niños para trepar), Lucy rompió el hielo.
«A modo de disculpas», dijo.
Le estaba ofreciendo un chocolate. Milka con almendras.
«Te agradezco. Pero te va a venir mejor a vos que a mí».
«¿Estás tratando de que mi dietista me mate? Sutil, lo tuyo. Igual quedátelo, yo tengo más. A no ser que prefieras Tic Tacs. O pastillas de miel. O alfajores Havanna. ¡Mi cartera es un quiosco! Es que me ofusco seguido. Los dulces me salvan siempre. Pongo cara compungida, bato pestañas… y el ofendido se ablanda como que hay Dios. En este momento, por ejemplo, estás siendo víctima de la misma treta. ¿…Ves? Lo comprobé mil veces. ¡Soy una profesional en el arte de las disculpas!».
Simón sonrió (esta vez sí hubo un relumbrón de dientes) y aceptó el obsequio.
«El otro día me agarraste mal», dijo Lucy. «Yo estaba tratando de ser sexy y vos me saliste con Los Beatles. Éste es gay, dije yo. ¿Sos gay? Ya lo sabía, yo tengo una antena para estas cosas. Por eso mismo te seguí el juego. ¿Quiere Beatles? Vengan los Beatles. Pero cuando empezó a sonar la cancioncita, plin plin plin plin, me dije: éste me está cargando. ¡Con toda la onda que le pongo al asunto, y él me encaja una canción para chicos! Trata de entender. La gente como yo no transmite “sexy” con facilidad. Sólo atraemos a los degenerados. Los demás nos ven como bichos raros. Una de esas bromas que a Dios le gusta practicar, cuando imita a Fellini. Nos toman por chicos. Qué linda la nena. A veces me da por joder con el asunto, por subrayarlo. Éste, por ejemplo, es mi look Hormiguita Viajera».
Arturito ya había comenzado su tarea, que Lucy definía como mandar la sangre al Laverrap. El primer ciclo se ocupaba de las manchas duras: ureas y otros desechos, excesos de agua y de sal. El ciclo con suavizante equilibraba la cantidad de electrolitos. El secado final regulaba la presión.
La charla (o mejor dicho el monólogo de Lucy, salpicado por comentarios de Simón) se prolongó en los huecos que abrieron los demás pacientes. Fue una noche tranquila, la mayoría había llevado su propio entretenimiento. Un niño jugaba con la versión flamante de Grand Theft Auto. Una mujer escribía mails de un largo decimonónico, con una tipografía que se llamaba Apple Chancery. Su paciente de más larga data, el diputado Parisi, leía Trópico de Cáncer en una edición erizada de post-its.
«Trabaja en un proyecto», susurró Lucy. «Ley de remedios oncológicos. Uno de sus asesores le dijo que Henry Miller es un médico renombrado. Y el diputado marca todas las referencias anatómicas. A esta altura no sabe si el doctor Miller es urólogo o ginecólogo».
Para Lucy los políticos constituían otra de las bromas de Dios, cuando imitaba a Borat.
Mientras atendía a los demás, Simón consideró preguntar sobre el asunto. Lucy mencionaba a Dios todo el tiempo. Casi siempre como parte de una humorada, pero de todos modos lo conservaba en la punta de la lengua. ¿Quién sería Dios para Lucy? En una situación como la suya, Simón lo habría condenado al exilio sin pasaje de retorno.
Pero por supuesto, no se atrevió a decirle nada. Uno no le habla de Dios a gente a la que acaba de encontrar, y que probablemente no llegue a conocer nunca.
Cuando quiso saber su prognosis, Grinszpan no le respondió. Simón le había preguntado si Lucy tenía alguna chance pero Grinszpan eligió la salida elegante. Lo palmeó en el hombro y le dijo que el diputado le había hablado bien de él.
«Con un poco de suerte te mete en la obra social del Congreso», le dijo. «Yo que vos lo pensaría. El trabajo es más seguro. ¡Y se asciende más rápido que acá!».
Pero no tan rápido como Lucy estaba en posición de ascender, si existía el Dios con quien se codeaba.
Lucy in the Sky, próximamente en esta sala. With Wings.
Dos días después Lucy faltó a su turno.
Simón creyó que se trataba de una nueva tardanza. Para Lucy los relojes estaban sobrevaluados («¡Tanto como Los Beatles!») y el pudor era una práctica antinatural. ¿Acaso conocía algún animal pudoroso?
«Dame un turno de cuatro horas. Dos nos van a quedar cortas», le había soltado antes de irse. A esa altura Simón ya se había habituado a su desparpajo: la alusión al horario de los hoteles alojamiento le arrancó una sonrisa tibia. Que, para su sorpresa, pareció frustrar a Lucy.
«Antes te ponías colorado», le dijo. «Todo acá, en los cachetes. Bajabas la cabeza como un chico al que acaban de retar. Cuando te da vergüenza hablas con palabras graves y nada más, ¿te diste cuenta? Casi. Poco. Digo. Nunca. ¡Qué ternura! Pero es obvio que estoy perdiendo mi efecto, y a toda velocidad. La vida que me tocó padece de ADD. No logra interesarse en mí durante mucho rato».
¿La había decepcionado al punto de alejarla del tratamiento? Simón apeló a los recuerdos de aquella noche, tratando de disipar sus temores. Estaba convencido de que habían hecho clic, a pesar de su insistencia (¡siempre el mismo idiota!) en el asunto de Los Beatles.
Cuando se creyó en confianza había vuelto a mencionarlos. Por lo menos tuvo el tino de aclarárselo: no criticaba que los desconociese. (Beatle también era una palabra grave). Tan sólo le llamaba la atención. Su música era tan ubicua, que alguien que no los hubiese registrado nunca, ni siquiera en una película o en una publicidad, merecía figurar en el Libro Guinness de los Récords —libro, Guinness, récords: ¡más graves!—.
«A lo mejor los oí sin darme cuenta. Si son tan ubicuos como decís, su música debe sonar neutra a esta altura. En clave de nada, como el viento. Pero te entiendo», dijo Lucy mientras se deslizaba de la camilla al suelo. «Vos creés que la Hormiguita Viajera se ésta perdiendo a Los Beatles y te da pena. Casi toda la gente trata de encajarme algo. Las cosas a las que se aferran, para convencerse de que la vida tiene sentido. Mozart. La Biblia, Los Monty Python. Los cuadros de Pollock. Recibo más recomendaciones que remedios. Me dan ganas de anudar medias y colgarme. Aunque un único par me alcanzaría, …no, por favor no me des explicaciones. Estoy cansada, nomás. Me duele la cabeza. Pero vuelvo el viernes. Mi carnet de baile está lleno».
Ese viernes, en su ausencia, Simón acudió al libro de registros. Buscaba los teléfonos de referencia, necesitaba asegurarse de que Lucy estaba bien. Pero antes de que encontrase número alguno Zuleta golpeó el vidrio. Zuleta estaba a cargo del turno previo. Ya se había quitado el uniforme, a Simón no le quedaba otra que acudir a la puerta.
«Una piba se olvidó esto», le dijo, haciéndole entrega de un sobre de cuero con dibujos de Betty Boop. «Tenía turno con vos, pero Grinszpan llamó para que le hiciera lugar. Ésa está más cerca del arpa que del violín… La ubicás seguro: una minúscula, que parece una muñeca pero tiene boca de cloaca. Le dije nena y me mandó a hacer coger por los All Blacks».
Tan pronto despachó a Zuleta, Simón regresó al libro de registros. Lucy había tomado un turno el domingo. Su día de franco. Pero el sobre de Betty Boop le concedía una excusa. Nadie sospecharía que se estaba pasando de comedido, vivir a una cuadra de distancia tenía sus ventajas.
El domingo llegó en punto y se quedó en la antesala. La pescaría cuando saliese del ascensor. Había considerado cómo vestirse, sería la primera vez que lo viese sin uniforme. Optó por un par de jeans oscuros, camisa negra y campera de cuero: otra hormiga, para hacer pendant con la Viajera. Si todo salía bien (si juntaba el coraje necesario), pensaba invitarla a tomar algo. Otro día, por supuesto. No quería exponerse a la excusa del dolor de cabeza que solía suceder a la diálisis.
Pero Lucy nunca apareció.
*****
«Éste es el móvil de Lucy», decía la grabación. «Si no respondió es porque está ocupada, internada o muerta. En caso de que la última eventualidad no haya ocurrido aún, su mensaje será debidamente registrado».
Dejó un mensaje simple y algo torpe. El sobre que había olvidado estaba en su poder, su intención era devolvérselo, y además quería saber cómo estaba, bla, bla, bla.
Simón se dispuso a esperar. Y esperó.
Fueron días interminables. Ni siquiera se duchaba sin colocar el móvil al alcance de su mano.
Mientras escuchaba música dejaba el teléfono dentro de su campo visual. En caso de recibir llamados en medio de, por ejemplo, «Sexy Sadie», vería la luz que se encendía en la caparazón del móvil.
Pero Lucy no se comunicaba.
El martes era el día que Grinszpan atendía en la obra social. Simón lo buscó antes de empezar su propio turno. Le informaron que se había retirado más temprano.
El sobre permaneció en la mesa del living. Simón organizó su actividad alrededor: comía, desparramaba discos, libros y facturas por pagar, de tal modo de no interferir con la ubicación que había destinado a aquel tótem.
Scarlett lo vio durante sus abluciones pero no lo movió, ni dijo nada. Sin embargo la información circuló.
Una mañana el teléfono vibró debajo de su almohada. Apenas lo abrió entendió que no se trataba de la persona esperada.
«Turro, decime quién es», le espetó su madre.
«¿Quién es quién?».
«La chica que durmió en tu casa».
«Me cago en Scarlett».
«¿Está ahí con vos, ahora? Dale, compartí. ¡Soy tu madre!».
Simón explicó la parte explicable del asunto. Lo demás se lo guardó.
Se reservó la parte en que imaginaba una relación que iba más allá de los roles paciente / técnico. (Los libros de Rita no decían nada al respecto).
Calló la fantasía que había pergeñado sobre el día de la presentación formal («Vieja, ella es mi novia Pepona») y la emergencia médica que sobrevendría tan pronto Lucy abriese la boca.
Pero también puso sordina a otra parte. Aquella que se preguntaba por el sentido del vínculo con alguien de inminente fecha de vencimiento.
Lucy se había definido con precisión, cuando le dijo: «Tengo un cuerpo de diez años, un riñon de sesenta y un corazón de cien».
Ni siquiera estaba seguro de sentir algo por ella. Ya le había pasado una vez, cuando estuvo a punto de perder a una amiga. El miedo sobredimensiona las emociones. Uno empieza a creer que siente más, o al menos distinto, de lo que en verdad siente.
No lo sabría hasta que volviese a verla. Si es que volvía a verla.
Lucy llamó justo en el momento en que había ido al baño. Respondió de inmediato. Había tomado la precaución de identificar su número, la pantalla decía L U C Y mientras el aparato vibraba en sus manos.
«¿Qué estás haciendo?», fue lo primero que ella preguntó.
«… Nada».
«Simón el grave».
Scarlett había vuelto a comprar ese papel higiénico, a pesar de sus protestas. Decía que los cincuenta metros constituían negocio: más extensión por el mismo precio. Pero el producto presentaba complicaciones prácticas. El rollo nuevo resultaba demasiado gordo para el nicho de la pared, y no giraba. Simón tiraba del papel y obtenía un trocito del tamaño de una estampilla.
A pesar de la explicación su madre había insistido, quería saber el nombre de su «paciente». Simón se lo había revelado para sacársela de encima. Así cayó en la cuenta de lo que entonces diría, mientras coleccionaba triangulitos de papel esponjoso.
«Pero Simon es agudo —le dijo—. En cambio Lucy…».
Lucy era grave.
Había un bar en Riobamba que había pisado años atras, tan sólo una vez. Su madre lo había llevado a tomar una Coca, mientras esperaban la hora de entrar al cine. Fue el único sitio que se le ocurrió, cuando Lucy lo insto a definir coordenadas para la cita. Ni siquiera estaba seguro de que el bar existiese todavía. El cine ya había muerto, en su lugar habían inaugurado un Zara. ¿O era un estacionamiento?
Cuando salió del baño corrió a cerciorarse. El bar seguía allí, a mitad de cuadra entre Santa Fe y Arenales. Siete mesas, sillas de madera, barra con reloj en forma de timón. Quedaba a prudente distancia de la Suizo (Simón no quería que Lucy se sintiese intimidada), y aun así a tiro de su casa.
El frente era vidriado, pero a Simón no le molestó la exposición. Habían convenido encontrarse después del trabajo. A esa hora del martes la calle estaría desierta.
Se tomó un café mientras la esperaba. Las mesas ocupadas eran cuatro, más de lo que había supuesto. Dos parejas, una señora con un perrito que se conducía como habitué y un joven de su misma edad, conectado umbilicalmente a una laptop por el cable de sus audífonos.
Aun así el ambiente era tranquilo, casi íntimo. Media luz y música a bajo volumen, un popurrí de clásicos transformados en bossa novas. En los últimos tiempos bossificaban todo, hasta «Sunday Bloody Sunday» de U2. Tarde o temprano se meterían con el punk. Una versión así de «I Wanna Be Sedated» tendría gracia.
Su intención era persuadir a Lucy de que regresase al tratamiento. Estaba dispuesto a seducirla, de ser necesario, aunque más no fuese para arrojarla en brazos de otro —en este caso, de Arturito—.
Carecía de precisiones sobre su estado. Grinszpan se había limitado a emitir un pronunciamiento oracular: «Lucy es así», sin manifestar preocupación. Pero la experiencia de Simón indicaba que, si no levantaba el peso con que había llegado a la sala, la mecha de Lucy no iluminaría mucho tiempo más.
«¿Otro café?», preguntó el camarero. Miraba el paquete sin disimulo, Simón lo había dejado sobre la silla vecina. ¿Qué temía ese tipo, que hubiese envuelto un arma en bolsas de Carrefour?
«No gracias. Mi amiga está por llegar», respondió. «Pero llévese la taza, si quiere». Prefería despejar la mesa de aquello que subrayase cuánto había esperado.
Simón había embolsado el sobre de Lucy para que resultase menos conspicuo. La idea de andar por la calle con un ramillete de Betty Boops lo atormentaba.
No había tardado mucho en sucumbir a la curiosidad. Pero su contenido lo había decepcionado. En lugar de un par de esposas, un spray de gas o un ejemplar de Une Saison en Enfer (de Lucy podía esperarse cualquier cosa), se encontró con puras chucherías femeninas. Un broche y una hebilla. Labiales, lápices delineadores, un rimmel que fue lo único que extrajo, para comprobar si estaba lleno de brillos como las pestañas de Lucy.
Si es brillante, es bueno.
Reaccionó tarde, cuando uno de los dos pibes ya se había plantado a su lado, en medio del bar. Era el que había dicho algo en voz alta que Simón se perdió, su cabeza estaba en otra parte —pensando en Lucy—.
Al ver ese otro brillo en su mano (la pistola era plateada y de caño corto), comprendió. El pibe había anunciado la acción general, que ahora procedía a detallar.
«Dejen todo encima de la mesa y no les va a pasar nada. Móviles primero, los quiero ver ya mismo. Vamos, no se hagan los loquitos», dijo, y sacudió su mano armada como quien bate un bote de pintura en aerosol.
A Simón le pareció un gesto extraño. Pero entendió que era efectivo, en tanto producía la inquietud buscada. Todos los presentes hurgaron en sus bolsillos, vaciando su contenido: llovieron teléfonos y billeteras pero también llaves y monedas, una banda sonora tintineante.
«A los dos del fondo los quiero acá». El chico le hablaba al hombre de la caja, un tipo de anteojos y pulover arremangado. El adicionista golpeó la puerta de la cocina, con un rat tat tat que comunicaba histeria en clave Morse.
El otro muchacho se había quedado atrás, custodiando la puerta. Su arma era negra y parecía pesarle.
«Relojes también. Y anillos, carteras, lo que haya», dijo el que llevaba la batuta. Su cara estaba hecha un nudo. A causa de los nervios, quizás. O tal vez fuese un tipo de avería, simplemente. Capaz de matar. O peor aún, con experiencia en la materia. Eso era lo que su rostro expresaba, aun cuando Simón no pudiese discernir si era real o estaba actuando: que no titubearía a la hora de disparar.
Mientras se despedía de su contribución al botín, Simón se llamó a recato. Recordaba haber oído que en presencia de un asaltante, lo mejor era evitar sus ojos. Esa gente teme ser identificada, por eso convenía mirar hacia abajo, o a cualquier otra parte: para comunicar sumisión, la decisión de entrar en el juego con la promesa de no hacer trampas.
Simón buscó el suelo. Lo primero que encontró fueron las Adidas del asaltante más próximo. Colores flúo, colchón de aire. Volteó la cara hacia atrás. Los dos cocineros ya estaban a la vista, apretados contra el hombre de la caja. Habían dejado sus móviles sobre la barra encima de unos billetes arrugados.
«Ahora tranquilitos, se me van yendo todos para el fondo —los intimó Adidas—. Parate, flaco, ¡dale, dale, que no tengo todo el día!».
Simón recordó el contenido de la campera que colgaba de la silla.
«¿Puedo sacar las llaves? Las tengo ahí».
«Al fondo, dije. ¡Mové el orto, ya!».
Se congregaron en la cocina: el personal y las parejas, la señora con el perro que sacudía la cola, el chico que lloraba por la pérdida de su laptop y también Simón. Adidas vigilaba sus movimientos. Su cómplice venía detrás. Tenía los brazos llenos de abrigos ajenos, pero estaba concentrado en otra cosa: la bolsa de Carrefour.
Simón agradeció que Lucy hubiese sido más impuntual que de costumbre. Y se preguntó qué ocurriría si llegase en ese instante.
Decepcionado, el socio de Adidas lanzó el sobre al suelo. Sus tesoros rebotaron y rodaron, dispersándose. El lápiz. La hebilla. El rimmel.
«De rodillas. Las manos adelante, pegadas al piso», dijo Adidas.
Al mirar en dirección a los pies del otro pibe (que no calzaba Adidas, sino unas Topper negras), Simón descubrió en el suelo algo sorprendente. Era un pin de Love, la remezcla de la música beatle que los Martin habían hecho para el Cirque du Soleil. Estaba familiarizado con el logo, lo reconoció a pesar de la distancia. ¿Había estado ahí desde antes, lo había perdido alguno de los presentes en la estampida… o era una de las piezas que guardaba el sobre de Lucy?
De todas las personas que conocía, Lucy era la candidata más improbable a ser dueña de un pin semejante.
Y aun así entendía que no era imposible. Podía haber estado en el interior del sobre todo ese tiempo. Debajo de labiales, lápices y broches.
Topper lo recogió del suelo.
Simón abrió la boca para reclamárselo («Eso no es tuyo», quiso decir, como si Topper tuviese una noción acendrada de la propiedad), pero a último momento se contuvo.
¿Qué podía significar Love para Topper? ¿Qué música produciría ese chico si le pusiesen una guitarra en las manos? Los pibes de la clase trabajadora de Liverpool habían transformado su resentimiento en canciones, topándose con la belleza en el camino. Pero los pibes proletarios de Buenos Aires (Adidas is the nigger of the world) no podían producir nada memorable en el mismo sentido. Carecían de una legado musical que incendiar con su energía, no habían heredado más tradición que la violencia.
Simón pensó en alguien que se entendería con ellos. Los unía la experiencia de vivir al límite.
Lucy In Hell With Punks.
Aunque su boca relumbrante (tenía los dientes blanqueados, un gesto de coquetería que no había pasado por alto: a la gente en su condición se le ponían marrones) la habría metido en problemas de inmediato. La imaginó protestando, porque Adidas no la había palpado en busca de más tesoros.
¿Quién, «nena»? «Nena» vos, pelotudo. ¡Andá a hacerte coger por los Chicago Bulls!
«¿De qué te reís, forro? —dijo Adidas—. ¿Tas de joda, vos?».
El trallazo llegó antes de que alzase los brazos en su defensa. Una explosión desprovista de ruido, que lo pintó todo de un blanco deslumbrante. De inmediato sobrevino la puntada: entre el golpe y el dolor existía un delay, como lo había entre el rayo y el trueno.
Le había pegado con la pistola en la nariz.
«Twist and shout», piensa Simón. Pero no puede gritar. Apenas retorcerse, y lo menos posible. No quiere volver a llamar la atención sobre su persona.
Una de las mujeres solloza a sus espaldas.
«Ahora se me quedan acá, sin moverse, hasta que llegue la policía —dice Adidas—. El que asome la cabeza es boleta, ¿se entendió?».
Al recuperar la vista, Simón advierte que su nariz sangra por fuera y por dentro. Gotea sobre el piso, ya hay una mancha redonda delante de sus piernas —del tamaño del pin—.
Piensa en los tiempos de coagulación. En quince minutos ya habrá comenzado. La sangre tarda una hora en reducir su volumen a la mitad.
Si hubiese tenido un lápiz a mano (o un alfiler como el del pin), habría escrito Love sobre la mancha.
Cuando todo concluye ya es medianoche. La policía los retuvo para que prestasen declaración. Desfilaron de a uno, las mujeres primero. El adicionista aportó café y bebidas espirituosas.
A Simón le disgustó revelar lo que había perdido. Los policías usarían la información para presionar a los ladronzuelos, a cambio de su parte en el botín. La explicación que proporcionaron al fallo de su vigilancia (que Topper y Adidas atacaron durante el cambio de guardia, anticipándose al relevo) le sonó a excusa. El resto de las víctimas compartía su intuición, pero nadie dijo nada. Vivir en una sociedad donde se teme a la policía más que a los delincuentes era, por cierto, descorazonador.
Apenas detectaron la herida se ofrecieron a llevarlo hasta el Clínicas. Pero Simón no quiso saber nada. La idea de conocer el interior de un patrullero le daba escalofríos. Por lo demás, tanto la hemorragia como el corte externo —un tajo de tres centímetros, justo arriba del tabique— estaban ya bajo control.
«La sacaste barata, pibe —le dijo un cabo—. Podes hacer la denuncia por agresión, si te piace. Pero en ese caso nos tenés que acompañar».
Simón prefiere irse. Por eso calla la verdad: no tiene dónde pasar la noche.
Lo del móvil es un dolor de cabeza, allí conservaba el número de Lucy. Se ha pasado horas mirando más allá de los policías, a través de la vidriera del bar, con la ilusión de descubrirla: una Tinker Bell punk, maquillada como mapache, de falda cortísima y botas pesadas, oculta detrás de un poste o de un auto. Pero no la ha encontrado y teme por su salud. Ni siquiera se le cruza que puede haberlo plantado por otro motivo.
Pero el incordio más grande son las llaves. Maldito Adidas. ¿Qué le costaba cedérselas?
Al principio se devana los sesos, preguntándose si en alguno de los documentos figura su dirección. Teme que Topper y Adidas lo despojen de los libros de puericultura, del reproductor de CD, de su música. Fantasea que se instalan allí, que maltratan sus discos, que coquetean con Scarlett y malgastan su papel higiénico —cincuenta metros al precio de la competencia, una ganga irresistible—,
Pero en los documentos sólo consta su dirección original, la de la casa de sus padres. Menos mal que no tiene copia de esas llaves.
Los llamaría para pedir asilo. Pero si el teléfono suena a esa hora los asustará. Simón no quiere jugar con el corazón del gordo infeliz, ni soportar a la señora Dupesso de Morlanti reiterando su queja por la inseguridad.
La que tiene otra copia de las llaves es Rita. Lovely Rita, meter maid. Habían quedado que un día pasaría a buscar los libros y harían el intercambio, pero nunca cumplió.
Llamarla es inútil, Rita apaga el móvil antes de dormir. Tampoco puede ir a su casa nueva, ni siquiera sabe dónde vive. A la altura del departamento, le había dicho, pero camino al Once. ¿Anchorena? Frente a un Laverrap, creía recordar: un dato tan preciso como inútil.
Lo más lógico sería ir a la Suizo. Hacer que en la guardia le revisen el corte. Y sacarse una radiografía, era posible que el tabique estuviese roto.
Después se echaría en algún sillón. Una vez que amaneciese, desayunaría algo (entre una cosa y otra, no había probado bocado) y después llamaría a sus padres sin alarmarlos.
Pero Simón olvida esos planes. Se le deshacen entre los dedos, como el papel de Scarlett.
Empieza a caminar. Por Riobamba hasta Paraguay, donde vira. El Hospital de Clínicas es una mole oscura. En otros tiempos lo iluminaban de noche y se veía imponente, un edificio digno de Ciudad Gótica.
Cuando llega a Ecuador no dobla a la derecha, rumbo a su apartamento inaccesible, sino a la izquierda: en dirección a Once.
La calle es un páramo. De tanto en tanto irrumpe algún auto. A la sexta cuadra se cruza con alguien. Un tipo de mediana edad y buen porte, que fuma en la marcha. Carterita de cuero debajo del brazo. Al aproximarse a Simón, sus rasgos se encienden. Acto seguido cambia de vereda.
Simón frena delante de un almacén. La vidriera le sirve de espejo. No le resulta fácil reconocerse. Lleva la camisa salpicada de sangre. Se había lavado la cara en el baño del bar, pero olvidó enjuagarse la boca. Su nariz está torcida e hinchada. De frente parece Javier Bardem. Si se mira de tres cuartos perfil, tiene algo de Lennon.
El primer intento de sonreír es doloroso. Simón saborea la ironía (tiene un gusto que siempre ha disfrutado, sabe a sangre): Adidas y Topper no sólo lo han asaltado, también lo han convertido en uno de ellos.
El cartel del Laverrap asoma a la distancia. No se hace ilusiones, puede haber muchos edificios enfrente.
Al acercarse descubre que no. Registra una pinturería y una casa baja y un quiosco de golosinas y una única torre de apartamentos.
Se persuade de molestar al encargado. Le pedirá disculpas (con un Milka a mano sería más fácil, Simón es un principiante en este arte) y dirá que ha sufrido una emergencia. Si llama a la comisaría Diecinueve podrá corroborarlo. Todo lo que necesita, lo que redimiría la noche del desastre más completo, es saber dónde vive Rita (no, Turrr-dera no, no puede incurrir en semejante desliz): Rita Simone, hija de Luisa y de Fermín, bautizada Dora en la catedral de Lomas.
El discurso está casi moldeado cuando repara en el panel de los timbres. Su tía vieja, que le dejaba escuchar «Misery» por teléfono, vivía ahora en un edificio que tenía el mismo portero eléctrico. Uno con visor de video, para identificar al visitante.
Aun cuando el encargado se sobrepusiese al rostro amoratado, teme que Rita no lo reconozca. No quiere verse obligado a contarle intimidades a un panel de metal, a gritar sus miserias en la madrugada, a cantar el repertorio beatle para que acepte que es quien dice ser. La posibilidad de que dude de su identidad le suena a afrenta. ¿Qué secreta conmoción ocurre en el alma cuando un ser querido nos niega?
Al final se larga de allí.
*****
No tarda en advertir que se ha perdido. El mundo conocido, cuya trocha tendió Simón sobre el eje Belgrano-Palermo-Centro, quedó atrás hace rato. Ahora es un nowbere man, de visita en una nowhere land.
Deambula hasta una plaza clausurada por un cerco. El concepto le suena absurdo. Cerrar una plaza es como alambrar un río, como blindar las venas.
La sangre sigue congestionando su cara (extraña sensación, la de ver la nariz propia sin necesidad de espejos), pero aún así Simón se siente liviano. No posee chaqueta, ni documentos, ni llaves, ni dinero.
Una pintada concita su atención. Dice George Ringo I, el nombre del Papa que el mundo necesita (John Paul ya ha habido dos, sin resultados concluyentes), pero no: lo que está escrito es Grande Racing!, así, con un único signo de admiración.
Completa la vuelta a la plaza sin ver a nadie. Eso lo alivia. Con esa cara de minotauro, no podría preguntar cómo salir de allí sin matar a alguien de un susto.
Tampoco hay policías ala vista. Si no hay policías, es bueno.
El salto con que sortea el cerco le inspira placer. ¿Cuánto tiempo pasó desde que dio un salto semejante, o trepó a un árbol por última vez? En alguna excursión del Moorlands, seguramente. El gordo infeliz no lo sacaba a pasear, nunca actuó como hijo de la Madre Naturaleza.
Se aleja del vallado, buscando el corazón de la plaza. Allí estará a salvo de miradas indiscretas. Los plátanos lo protegerán. La luz amarilla se fragmenta entre sus hojas, creando un sinfín de planos que disuelve a su paso.
¿Lo había estado engañando Lucy todo el tiempo? ¿Y si había dejado el sobre con premeditación, confesándole que amaba a Los Beatles de modo que neutralizase su enojo: esto es, mediante el pin? ¡Por algo se había tomado el trabajo de establecer su maestría en el arte de las disculpas!
La explicación le suena demasiado perfecta. Todos urdimos planes, Simón mismo había prefigurado el día hasta en sus detalles, y sin embargo estaba ahí: despojado hasta de sus rasgos, viviendo en el palacio de la incertidumbre. A Dios le divertía arrollar los planes de los hombres. Lo hacía con la impunidad de Simón al atravesar los planos de luz.
Las plazas están siempre llenas de niños, perros y adolescentes en celo. Pero una plaza exclusiva es otra cosa. Se pregunta si Topper y Adidas experimentarán su misma alegría, cada vez que se apoderan de algo ajeno.
Se siente embargado por un amor que, dada la hora y la circunstancia, peca por inoportuno. Ama en ese instante a Rita, la de los polvos y los fósforos; ama al gordo que compró los vinilos cuando era feliz y a la madre a la que decepcionó. (Con el tiempo, también Simón cobrará el valor de un disco de colección). Ama hasta a la Lucy que lo plantó. Y al mismo tiempo se asume lejos de todo y de todos. Se siente como los rollos de papel higiénico de Scarlett: inmaculado, potencia en estado puro, y al mismo tiempo, incapaz de desenvolverse.
Si pudiese hablar con Lucy se conformaría. Quiere decirle que la entiende. Que imagina el esfuerzo que hizo para despedirse de lo que ama. Y que le consta el que está haciendo para desprenderse lo que nunca tendrá: la posibilidad de crecer, de coger (¡de coger mucho, al menos!), de engendrar, de equivocarse tanto y tan profundamente como el resto.
Cuando llega al centro de la plaza percibe un ruido. Se pregunta si tendrá compañía. El coto cerrado es un arma de doble filo, entraña privilegio y riesgo a la vez. No le queda otra que valerse por sí mismo, por más que grite y se retuerza nadie acudirá a defenderlo.
A un par de metros del mástil sin bandera hay una rejilla. Por ese entramado mana un líquido. A borbotones. Serpea por la calzada de cemento, avanzando a cada segundo. Simón lo encuentra oscuro, casi negro. Parece sangre (las ciudades también tienen sistemas circulatorios), pero es agua, mezclada con un coloide oscuro. Posiblemente tóxico.
El Simón de antes no habría tocado un líquido sospechoso. Es el shock posterior al trauma, se dice. Ahora se me va a caer el dedo.
Le parece oír la voz de Lucy.
«Para eso Dios nos dio diez, Simón. Para que podamos invertir dos, cuatro, siete dedos en la busca de experiencia, sin que perdamos el tacto».
Se tiende sobre un banco de madera. Su último pensamiento antes de dormirse es simple: en algún punto de la ciudad existe un ladrón que lleva un pin de Love en el pecho. La idea es extraña, pero aun así lo reconforta.
Pasa la lengua por sus dientes. El sabor familiar lo ayuda a dejarse ir.