País Relato - Autores

mara de la luz villa

la mansión carcarof

Ocho de la tarde, hacienda Carcarof.
Desde niño, cruzaba la mansión y sus terrenos cuando salía del colegio y no sentía el miedo que podían sentir otras personas. El exterior estaba rodeado por un grueso muro, pero todos sabíamos lo que había al otro lado. Se comentaba que en el interior de la edificación, residían unas criaturas de orejas puntiagudas y afilados colmillos que siempre estaban a la espera de nueva carnada a la que saborear.
Yo nunca me lo creí, parecía un mero cuento para asustar a los niños… Hasta que sucedió aquello. Abrí mucho los ojos y contuve la respiración, sin poder evitar la tristeza que seguía en mi pecho desde que mi hermana, Emily, desapareció en el interior de la mansión. Aquel suceso me hizo creer que algo maligno residía en la hacienda Carcarof. Algo que se la llevó.
Después de varios minutos dando vueltas alrededor de la casa, encontré una apertura por la que colarme. Al entrar, alumbré cada rincón de la entrada sin ver nada más que una casa que se mantenía en pie de milagro. Quité las telarañas que me impedían el paso, levantando la mano con la que sostenía el teléfono. Observé lo abandonada y solitaria que estaba la mansión.
Seguí avanzando hasta llegar a un amplio comedor con una larga alfombra. Alcé la mano hacia el techo y me sobresalté un segundo al creer ver algo. Parpadeé, moviendo la luz por todos lados, buscando la sombra que creí haber visto sin encontrarla. Nervioso, esbocé una media sonrisa mientras me acariciaba el rostro e intenté relajar mi mente para que no me jugara malas pasadas mostrándome cosas donde no las había. Suspiré. Nunca había creído en fantasmas, mi enfoque era más práctico: había que ver para creer.
Me fijé en las enormes ventanas que aún se alzaban majestuosas. Estaban apuntaladas con gruesos tablones de color rojo oscuro, casi negro. Fruncí el ceño, intrigado ante lo raro que era todo. Me acerqué a uno de los tablones y lo observé con detalle. Me mordí el labio, dándome cuenta de que la luz de la luna se había marchitado rápidamente, dando paso a una oscuridad llena de secretos. De repente, una risa diabólica resonó en el profundo silencio de la casa, acelerando mi corazón. Un escalofrío recorrió mi nuca, tragué saliva y me di la vuelta, observando de un lado a otro. La oscuridad avanzaba lentamente, envolviendo la estancia con suavidad. Suspiré, intentando calmar mi mente.
Entonces, unos extraños ruidos me hicieron retroceder de golpe. Me giré hacia la entrada, intentando captar cualquier señal de peligro. Sacudí la cabeza con rapidez y comencé a pensar, o más bien a imaginar, que los responsables de aquellos sonidos podrían ser pequeños ratones que se movían con una agilidad asombrosa entre los cristales rotos de platos y vasos, aunque no estaba del todo seguro.
Mi amiga Hayden jamás entendería el motivo de que me hubiese quedado a investigar la desaparición de Emily en la mansión Carcarof. Ella era periodista y le habían asignado la primicia de hacer un reportaje sobre la misteriosa propiedad, ya que nadie había tenido el privilegio de saber qué escondía aquel lugar. Y ella, sin pensarlo demasiado, un día se adentró y ya nunca volvió, como le había pasado a otros a lo largo de cien años. Asentí, escuchando los sonidos oscilantes de las criaturas, en la inmensa oscuridad.
Mi abuelo me contó que, después de las desapariciones, todo se olvidó en parte, y la gente trató de regresar a una aparente normalidad. Luego, se tomó la decisión de prohibir el acceso a la mansión, por lo que levantaron un muro para impedir que la curiosidad llevara a más tragedias.
Un ruido diabólico me sacó de mis recuerdos. Miré al frente, encontrándome con el aspecto aterrador de la criatura. Me quedé boquiabierto, con el miedo instalándose en mi interior. El ser esbozó una sonrisa escalofriante y burlona. Reuní todo el valor que me quedaba. Tenía que encontrar a mi hermana, no estaba dispuesto a morir sin al menos intentarlo. Clavé la vista en la ser mientras retrocedía lentamente, sin apartar la mirada de sus ojos amarillos.
No es que fuera el típico chico que sale corriendo, pero al escuchar las carcajadas que surgían de todas direcciones, un escalofrío me recorrió. La impaciencia y el miedo me traicionaron; tropecé, y el pánico me hizo saltar hacia atrás. Rebusqué el móvil en el bolsillo del pantalón y lo agarré deprisa, alumbrando hacia la oscuridad. Eché a correr, escuchando los rugidos mezclados con risas que se dispersaban por las paredes. Avancé a toda velocidad, con el corazón latiendo descontrolado, buscando sin descanso la salida. Entonces, unos afilados colmillos y unos ojos de color amarillo eléctrico se interpusieron en mi camino. Me detuve en seco.
«No puedo morir aquí. Tengo que encontrar ese maldito hueco», me dije, asustado.
Sin dudarlo, me adentré en una sala donde había un sofá lleno de polvo y cortes en forma de garras; en la madera aparecían mordiscos. Me acerqué y palpé la envergadura de las garras y la mandíbula. Una mala sensación me recorrió la nuca y me la acaricié suavemente, chasqueando la lengua. Decidí seguir adelante y un aroma repugnante, como a amoniaco, afloró en el aire. Mi garganta se contrajo, produciendo una saliva abundante que me ardía, como arcadas. Escupí con asco en el suelo y di la vuelta para ir hacia las escaleras que descendían.
Era una mala idea. Negué rápidamente. Tragué saliva mientras pensaba que los seres se me echarían encima en cualquier momento. Cada vez estaban más cerca. Rápidamente, rodeé la estancia con la mirada, buscando la forma de esconderme para darme algo de tiempo. Caminé hasta las escaleras y descendí con un largo suspiro de desesperación. En la planta baja, solo quedaban en pie unos ventanales resquebrajados y un mueble para quemar en la hoguera; no había mucho que salvar. Sin embargo, unas pisadas apresuradas en la segunda planta, cerca de las escaleras, captaron mi atención. ¿Me había metido en la boca de lobo? Me sentí confuso un segundo, debatiéndome entre volver arriba o largarme pitando. Me moví por la habitación, buscando una salida.
—No podrás huir eternamente, humano —sisearon miles de voces, fuertes y claras. Gotas de sudor bajaban por mi frente; los nervios me estaban asfixiando—. Te encontraremos.
Las carcajadas macabras y burlonas resonaron a mi alrededor. Noté una presencia detrás de mí, una presión que me ahogaba, paralizando ese instante. Negué con fuerza, apretando los puños. Miré de reojo de un lado al otro, sin terminar de girar la cabeza. Noté que innumerables seres me rodeaban.
Me mordí el labio y eché a correr, reuniendo todo el valor que me quedaba. Estaba preparado para luchar por mi vida. De repente, escuché un cuchicheo, y una voz se alzó:
—¡Humano! ¿Con qué derecho entras en nuestra guarida? —dijo una voz maliciosa y chirriante que molestaría hasta al más pequeño insecto, y que me hizo temblar.
—¿Vuestra guarida? —pregunté confuso, mientras miraba de reojo en busca de la salida. La encontré. Fruncí el ceño, molesto; todo se complicaba. Agaché la cabeza, resoplando, y vi que una tubería sobresaliendo de entre unas piedras. La tomé, apretándola contra mi pecho. Risas burlonas emergieron de todos los rincones y escondrijos de la mansión—. ¿Cuántos sois?
Algo cayó en mi hombro, nada más y nada menos que sobre la camiseta de Dragon Ball que me había comprado hacía poco. Torcí la boca, molesto. Alcé la vista, y noté que miles de esas criaturas se movían ansiosas. Me encontraba en un serio problema.
—¿Qué sabéis de mi hermana Emily? —exigí. Una de las criaturas salió de las sombras, frunciendo el ceño con desdén mientras mostraba los colmillos. Alzó una zarpa y negó con un dedo.
—Las exigencias no son buenas consejeras. Nos hemos comido a tantos humanos que ni siquiera recordamos sus nombres —respondió sin escrúpulos.
Me crucé de brazos, sujetando la tubería. Una multitud de risas siniestras rompieron el poco silencio que quedaba.
¿Eran estas criaturas las responsables de la desaparición de Emily? Asentí despacio. No sabía qué eran y en el pueblo no se comentaba nada. Estaba seguro de que nadie creería en su existencia. Volví a escupir con rabia, mientras apenas podía controlar los latidos apresurados de mi corazón. Estaban por todas partes.
De repente, las carcajadas se apagaron como una cerilla. Solo podía distinguir cientos de ojos amarillos observándome con una intensidad escalofriante. Tenía la sensación de que aquellas cosas se repasaban sus afilados colmillos con la lengua. Tragué saliva, sintiendo escalofríos.
—¿Qué sois? ¿Cuánto lleváis aquí? ¡Decidme dónde está mi hermana! —lancé preguntas sin pensarlas demasiado. Noté cómo la curiosidad se apoderaba de mí. No recibí respuesta, pero sus ojos me acechaban sin descanso—. ¡Maldita sea! ¡Decídmelo, engendros del infierno!
En ese momento, miles de párpados se alzaron de golpe. Retrocedí lentamente manteniéndome alerta. De repente, sus carcajadas resonaron con tanta violencia que me tapé los oídos. Escombros pequeños caían al suelo, haciéndose añicos. Me aparté justo a tiempo. El silencio sepulcral que se había adueñado de la estancia fue interrumpido por un chirrido insoportable.
—Somos muchos —respondieron miles de voces con una sonrisa diabólica.
Observé con horror a las criaturas: poseían cuerpos medianos de un verde oscuro, ojos grandes y amarillos, y unos colmillos afilados que rozaban con sus lenguas rosadas y oscilantes.
Sin pensarlo dos veces, eché a correr hacia la abertura por la que había entrado. Los sonidos de risas burlonas y los gruñidos furiosos me confirmaron que la caza había comenzado. Me detuve en seco cuando resbalé con un cartón empapado. Demonios por todas partes me cortaban el camino, saliendo de cada recoveco de la casa.Apretaba la tubería con todas mis fuerzas, viendo cómo las criaturas me cortaban el paso hacia la libertad. Me puse en posición de ataque, alzándola como si fuera un bate. Guardé silencio, asombrado al ver cientos, quizá miles de aquellas enfermizas criaturas que parecían haber salido del infierno y me rodeaban con las garras en alto, listas para despedazarme.
Posiblemente moriría, pero me llevaría conmigo a cuantas pudiese. Tendría el mismo destino que Emily. Al fin me reuniría con ella.
—Dejadme marchar —ordené con la tubería en alto.
Todos me miraron en silencio, moviendo sus puntiagudas orejas de un lado para el otro. Luego, risotadas sarcásticas y rugidos bajos empezaron a surgir de entre la multitud de bestias. Sentí un toque en la espalda y me giré bruscamente.
—Ya es tarde para marcharte, humano. —La criatura se relamió los colmillos con la lengua, sin apartar sus ojos de mí.
—No dejaré que me comáis, bichos asquerosos —espeté con tono firme. Levanté la vista de la criatura en busca de otras salidas, pero todas estaban colapsadas por aquellos seres.
Uno de ellos, el que parecía el jefe, se adelantó. Tenía una cresta de pelo blanco y relieves en rojo. Negó con la cabeza, enseñándome su dentadura mientras le miraba de reojo.
—Como te dije, somos muchos. Puedes defender tu vida si así lo deseas, pero te advierto que nos divertirá, y seremos aún más despiadados. —Entorné el labio superior en una tenue sonrisa. Tomé aire y me preparé—. Igual que lo fuimos con tu hermana. Qué sabrosa estaba.
Mi gesto se torció de angustia y enfado al escuchar sus palabras. El líder rio con carcajadas violentas, mientras el resto de las criaturas saltaba sobre mí, con sus garras extendidas y sus burlonas risas, atacándome como una bandada de pájaros hambrientos.