País Relato - Autores

mar vaquerizo

nada es más bonito que tú

―Vístete ―murmuró en su oído consciente de lo profundo que era su sueño y lo entrada que estaba la madrugada.
Elena refunfuñó un ahora ininteligible que, sin embargo, a Marcos le llegó claro.
Sonrió levemente antes de insistir.
―Venga, vamos. Te prometo que no te arrepentirás.
Ella abrió un ojo y le miró en la oscuridad. Esperaba paciente, con media sonrisa seductora y los ojos brillantes. Se dio la vuelta acurrucándose contra la almohada, ignorándole.
Conociéndola, era lo esperado y estaba preparado. Cogió un termo de humeante café que había dejado sobre la mesilla, con mucho cuidado lo abrió y dejó escapar su atrayente olor.
―¿Has hecho café? Sí que debe ser importante ―apreció con curiosidad contenida.
―Si quieres saberlo… ven conmigo.
El tono empleado había sido dulce, delicado, sexy y lleno de promesas. Lo había escuchado otras veces antes y siempre deparaba experiencias inolvidables.
Más convencida de obedecer, tiró del edredón de plumas hacia atrás. Le costaba abrir los ojos y estaba muy cansada. ¿Cuánto había dormido?
―¿Se puede saber qué hora es? ―refunfuñó bostezando.
―Si te lo digo no saldrás de la cama y te lo perderás ―contestó arrodillándose frente a ella. Eran las tres. Hacía solo un par de horas que se había acostado tras una larga jornada de trabajo. Él no había pegado ojo―. Ven conmigo ―rogó.
―Eres plenamente consciente de que si mi padre te pilla en esta habitación, no vivirás para contarlo, ¿verdad? ―aclaró sentándose en el borde del colchón con mirada cariñosa.
―Correré el riesgo ―se defendió seguro de sus palabras.
―Y también que te paga para protegerme y no para sacarme de excursión en plena madrugada.
―Sí. De momento…
Elena le miró suspicaz. Iba a preguntar qué significaba de momento, cuando un ruido la hizo callar.
Marcos puso un dedo en sus labios, sacó un móvil del bolsillo trasero de su pantalón, buscó algo en la pantalla, sonrió y se lo mostró a la mujer. Eran las cámaras de seguridad.
―Tango está dando un paseo. No hay enemigos a la vista.
El perro familiar vagaba por las habitaciones buscando el lugar más acogedor para pasar lo que quedaba de aquella fría noche de diciembre.
―Será mejor que nos vayamos antes de que despiertes a toda la casa y mi padre te haga un consejo de guerra ―se rindió calzándose unas deportivas con los cordones atados.
―Eso es un juicio militar, nena. Yo soy civil.
―Pero él, no. Sé de lo que hablo. Créeme ―aseguró peinándose con los dedos su larga melena morena solo lo justo para estar decente. A continuación, se puso una sudadera gris con borrego en su interior con la mirada fija en el guardaespaldas―. Algún día te contaré lo que le hizo a mi acompañante del primer baile del instituto por llegar cinco minutos tarde de la hora acordada.
―Perfecta ―afirmó mirando su indumentaria informal. Le encantaba que fuese tan natural y estaba preciosa incluso en pijama, con el pelo despeinado y legañas en los ojos. Sobre el comentario… lo ignoró. No le importaba enfrentarse al Coronel por ella.
La mujer se acercó, dejó un suave beso en sus labios, exigió el termo de café y esperó a que comenzase con su plan.
Marcos conocía la casa a la perfección y, con cuidado de no ser vistos, la dirigió hasta la salida marcada en caso de evacuación. Daba a la parte posterior de la casa y ya había avisado a su compañero, el único cómplice en esta aventura, para cubrir su escapada.
Una vez en el jardín, corrieron hasta alejarse de la casa lo suficiente para no ser vistos en dirección a los establos.
La familia vivía en un pequeño rancho con un bosque cercano, un pequeño lago a unos minutos caminando y caballos para poder disfrutar del entorno.
―Ven aquí. ―Tiró de ella una vez a salvo de miradas indiscretas, apoyándola en la pared de madera.
Sin esperar a que le diera permiso, devoró su boca en la oscuridad de la noche hasta dejarla sin aliento, haciendo que sus cuerpos temblaran de necesidad pegados el uno al otro. Sus labios suaves, carnosos y dispuestos era todo lo que deseaba y por fin podía disfrutarlos.
Lo que estaba haciendo no era lo correcto. Escaparse a escondidas con su protegida sin estar en peligro su vida, no es lo que se espera de un jefe de seguridad, pero enamorarse no se puede controlar ni ignorar para siempre. A pesar de la diferencia de edad, aquella mujer le había atrapado sin ni si quiera proponérselo. Solo eran diez años, pero los suficientes para declarar la tercera guerra mundial en la familia Scott.
Cuando Elena vio a Marcos aparecer en su casa la primera vez, se sorprendió. Era invierno, como ahora, hacía mucho frío y acababa de sufrir un intento de secuestro. Su padre, un alto mando del Ejército estadounidense, estaba amenazado desde que tenía memoria sin sufrir ningún altercado, pero las cosas habían cambiado mucho desde el 11S.
El estado de bienestar estaba siendo amenazado continuamente desde entonces y la desestabilización económica que arrastrábamos desde 2008 no ayudaba, obligándoles a prescindir de medios y recursos.
El coronel Scott no estaba dispuesto a perder a su única hija en medio de esta batalla y había puesto remedio por su cuenta contratando un servicio de seguridad privado.
Muy asustada, no se negó como otras veces a llevar escolta, pero no esperaba a alguien como Marcos…
Atractivo, algunos años mayor que ella, aunque no demasiados… Creía que el estricto Coronel elegiría a un tipo más parecido a él, no como a ella le gustaría que fuera. Tras escucharles hablar entre ellos unos minutos, lo comprendió. Era muy inteligente y hábil.
Siempre había pensado que al único hombre al que de verdad importaría en su vida, sería a su padre debido a los continuos fracasos amorosos que llevaba a sus espaldas, pero ahora, diez meses después de aquella fría noche en la que él entró en su vida, un par de intentos de secuestro fallidos gracias a la pericia de su protector e incontables escapadas nocturnas como aquella, entendió que se había equivocado.
Elena se apretó contra su cuerpo y deseó que la madrugada no se acabara. Parecía que le había costado salir de la cama, pero no era verdad…
Cada noche, cuando iba a dormir, deseaba que él entrara por la puerta a escondidas y se quedara con ella… o como en ese momento, la llevara a algún lugar lejos de la casa que debía proteger y no pensar en nada más que en ellos dos.
Con delicadeza, Marcos culminó el profundo beso y se apartó un poco. Se asomó ligeramente al exterior para ver el oscuro cielo encapotado. Sonrió y tras coger su mano, la llevó en silencio hasta uno de los caballos.
Elena no entendía nada. Hacía mucho frío y para qué engañarnos, esperaba otra cosa…
―¿Hablas en serio? ―preguntó al ver cómo tiraba de Trueno, su caballo negro de crines brillantes, que se acercaba a ella en busca de una caricia.
―Totalmente ―afirmó el hombre con sonrisa seductora, guardando el café en una bolsa térmica y después en una alforja que colgaba del lomo del animal.
―¿Tú entiendes algo? ―preguntó al caballo, acariciándole cariñosa. Trueno se dejó hacer y con un gesto de su cabeza que parecía una orden, señaló su grupa.
―Estamos de acuerdo en esto. Será mejor que subas ―propuso Marcos mientras montaba el animal y le tendía una mano.
Elena le miró desde abajo, admirando su seguridad y sobre todo la ilusión que irradiaba todo él.
Sin más palabras obedeció, se colocó delante como pedía, dejó que la acurrucase contra su cuerpo tras cubrirles con una manta y esperó.
Marcos movió las riendas con suavidad y comenzaron a andar.
El frío de la noche era menos entre sus brazos, pero aun así le parecía una locura.
El ritmo del animal era lento para no sufrir por el peso de ambos y el vaivén de sus pasos les mecía en la noche.
―¿Estás preparada? ―preguntó mirando de nuevo el cielo.
―Sí ―contestó con seguridad.
―No sabes para qué. ¿Tan segura estás de mí? ―susurró en su oído sensual. Elena sintió un cosquilleo en la piel. Claro que lo estaba. Le había demostrado que haría cualquier cosa por ella, incluso morir.
―Más que de mí ―le regaló como respuesta agarrando fuerte sus manos a las de él sobre la silla de montar.
Aquel hombre le había enseñado que no se puede vivir con miedo, que la vida pasa mientras nos quedamos asustados metidos dentro de la cama tapados con las mantas… Cuando queramos reaccionar, puede ser demasiado tarde. Si tenía que morir, al menos que hubiese disfrutado de cada día y eso intentaba desde entonces.
―¿Alguna vez has montado por la noche bajo la nieve? ―preguntó fijándose en los primeros copos casi diminutos.
―Nunca ―contestó sorprendida.
―Me lo imaginaba ―susurró feliz. El severo Coronel no lo aprobaría y ella respetaba a su padre demasiado para saltarse las normas en su propia casa, a pesar de estar cerca de los treinta.
La nieve comenzó a caer sobre ellos con delicadeza, dejando que les acariciara el rostro, que se instalara en su pelo.
Elena no habló, solo podía reír y disfrutar como una niña de aquel paseo sobre la nieve. En su casa en la ciudad, era dueña de su vida, pero allí debía acatar las normas familiares. Desde que se instaló tras la amenaza, había vuelto a una segunda adolescencia consentida bajo la tutela parental, pero no le importó. Allí podía trabajar en sus proyectos laborales y se sentía segura.
En la boca de Marcos apareció una sonrisa perpetua que iba a ser muy difícil de borrar. Impaciente por llegar a su destino, apretó el cuero de las riendas que sujetaba entre sus manos.
Le había costado un mes entero planear aquello y ahora que lo estaba viviendo, los nervios le consumían.
Siempre había querido pasear con ella bajo la nieve en otras circunstancias distintas a cuando la conoció. Quería verla sonreír bajo los copos, disfrutar de aquel mágico accidente meteorológico que huele a Navidad y que a él le trajo el mejor regalo que jamás soñó. A ella.
Aquel primer paseo bajo la nieve muchos meses atrás, estaba lleno de pánico y odiaba que lo sintiera. Estaba muy asustada, con heridas en las manos y los brazos provocadas por los intentos de huida hasta que consiguió zafarse del secuestrador y correr desde su casa hasta la calle para pedir ayuda. Era un hombre de constitución delgada, poca fuerza y sin experiencia que acechaba su llegada. De haber sido más corpulento no habría escapado…
Tras luchar muy duro con contra el miedo, había conseguido recluirlo en un cajón al fondo del armario de los sentimientos y no quería que volviese a aparecer. Era valiente, decidida y hábil. Ya le había tocado demostrarlo un par de veces más bajo su protección… Con él estaría a salvo. Nunca le harían daño mientras tuviera un aliento de vida y esperaba que le dejaran que así fuera por mucho tiempo.
La luz de la cabaña se divisaba muy tenue en la lejanía. Ella ni se había dado cuenta, seguía disfrutando y hasta dudaba que conociera su existencia…
―Gracias por despertarme ―susurró Elena elevando las manos al cielo para dejar que los copos las acariciasen―. Es el paseo más bonito al que me han llevado jamás.
Marcos cerró los ojos y respiró. La suave brisa helada le traía el olor de su cabello. Estaba tan enamorado que no necesitaba nada más. Ese simple detalle lo hacía dichoso, completo y feliz.
―Nada es más bonito que tú ―contestó retirando un mechón de pelo negro que le caía por los hombros para dejar un beso en su cuello.
Elena se giró ligeramente sobre el caballo para mirarle. Sus ojos oscuros titilaban en la oscuridad, mostrando las emociones que sentía su cuerpo sin tapujos ni mentiras. Aquel hombre la quería por encima de todo y de todos. Lo sentía en sus manos, sus besos, sus palabras y sus actos. Regalos como ese simple paseo hacen la diferencia. Ella había comenzado a odiar el invierno un año atrás cuando comenzaron a acecharla y él había conseguido devolverle la ilusión con un solo gesto. Regalarle un recuerdo feliz.
―Eres el mejor hombre que conozco. No creo que en mi vida pueda encontrar a alguien que me ame tanto tú ―declaró sin saber por qué. No era una mujer que confesara sus sentimientos. Hasta la fecha jamás había sido tan sincera con ninguna pareja, pero él lo hacía tan fácil…― Solo espero estar a la altura y no defraudarte.
Marcos se sorprendió. Él era quien hablaba así habitualmente. Elena demostraba las cosas, no las contaba. Esas palabras le erizaron la piel.
―Tú siempre estás a la altura. Nunca podrás decepcionarme.
Tras apretar los labios y aguantar la emoción que le provocó escuchar de su boca la fe que le profesaba, lo besó. Lo besó con pasión contenida, con deseo, con admiración, con respeto, con miedo, con alegría… En definitiva con todo el amor que sentía en su corazón bajo una nevada que tanto significaba y que ya dejaba un manto blanco a su alrededor.
Marcos la habría devorado en ese mismo instante, le habría hecho el amor allí mismo, pero había elegido el invierno para aquella declaración espontánea y arrebatadora.
―Debemos seguir ―susurró aún en su boca. El frío estaba haciéndose más intenso y para qué engañarse, estaba deseando llegar a la cabaña.
―Contigo me voy al fin del mundo.
La miró con intensidad, deseando que nunca cambiara de opinión, que día tras día pensara en esa frase y el afortunado para escucharla fuese él. La vida le había enseñado que la pasión se acaba, el deseo decrece y cuando eso sucede por el descuido y la rutina, los caminos se separan. Si además le sumábamos que era una década mayor que ella y quizá se cansase de él antes de lo que imaginaba, aun parecía más difícil que así fuera.
Guardando esos sentimientos y el miedo que los acompañaba, sonrió mientras con un talón golpeó con suavidad el lomo de Trueno para retomar el camino.
El pequeño refugio de madera tenía la chimenea encendida y velas repartidas por la estancia para dar luz. Desde el exterior Elena no podía verlo con claridad, pero Marcos sabía exactamente donde estaba colocada cada una de ellas, en qué momento había sido encendida y con qué deseo lo había hecho.
Le interrogó con la mirada cuando descubrió el lugar unos metros antes de llegar. La nevada era más copiosa y dificultaba la visibilidad. Él solo sonrió con picardía mientras la acurrucaba contra su cuerpo.
Tras desmontar en la puerta, el hombre acomodó a Trueno en el porche a cubierto de la tormenta blanca, le tapó con un par de mantas que sacó de las alforjas, cogió el café y entraron.
A Elena no le salían las palabras. El lugar era de ensueño, decorado de forma simple con mucho cariño, iluminado por luz tenue creando un ambiente especial. La chimenea encendida, un sofá y a sus pies colchones cubiertos de mantas de pelo suave junto a almohadas de plumas.
Marcos estaba tras ella esperando paciente su reacción.
Había sido difícil llevar hasta allí todo lo que quería para dejarlo como deseaba sin que se diera cuenta de que tramaba algo. Sobre todo porque el deber era lo primero y había tenido poco tiempo libre últimamente al sufrir nuevas amenazas que ella aún ignoraba.
Hacía cuatro días que todo estaba acabado, solo faltaba la nevada de madrugada y podría llevarla al lugar más especial que jamás había imaginado.
Con lágrimas peligrando con derramarse de un momento a otro, incrédula de que a poca distancia de su casa hubiese algo tan único y personal creado con tanto amor sin necesidad de lujos ni viajes, se giró hacia él, le miró unos segundos emocionada y le besó.
Esperaba que aquel beso transmitiera todo lo que estaba segura no harían sus palabras.
Marcos la recogió entre sus brazos. No confiaba en que dijese nada. Era su respuesta natural y le bastaba.
Dejó caer el termo sobre las mantas para poder agarrar su cuerpo mejor y atraerlo hacia el suyo. La deseaba, la deseaba tanto que le podía la impaciencia.
Nervioso como si fuese la primera vez que estaban juntos, acarició su piel bajo la chaqueta y el pijama, incapaz de decidir con coherencia el orden en que quería amarla, olvidando el motivo por el que la había llevado hasta allí, incapaz de recordar las palabras adecuadas que con tanto detalle había buscado, estructurado en su cabeza y ensayado.
Ella arrollaba con todo. Su pasión, su fuerza, su deseo de él le nublaba la mente.
Era inútil detener su anhelo. Al fin y al cabo era uno de los motivos por los que la había llevado allí. Hacía tiempo que no tenían oportunidad de estar solos y disfrutar el uno del otro, pero necesitaba respirar, refrescar la mente los segundos necesarios para tomar aliento.
La separó sutilmente de sus labios, la miró con mil promesas en sus ojos que ella entendió a la perfección mientras le quitaba el abrigo, después se lo quitó él y de nuevo tomó su boca.
Disimulando su impaciencia la dirigió sutilmente, paso a paso hasta la preciosa cama improvisada en el suelo. Con lentitud la ayudó a tumbarse sobre aquel lecho más digno de otra época que del siglo XXI, pero igual de romántico antes que ahora.
Elena sintió su cuerpo contra el suyo, el peso de la pasión apretando su deseo y como su piel se encendía ansiosa por ser tocada por sus manos grandes y fuertes.
Como si escuchara su mente, se metió bajo las prendas, subió la camiseta con decisión y bajó su boca hasta la cintura para besar su piel.
Elena necesitaba más de él con cada caricia, cada beso. Cuando rozó sus pechos con los labios calientes se arqueó buscándole.
Marcos la conocía, era fuego y sabía cómo tentarla. Al revolverse bajo su cuerpo, le excitaba más, le tentaba más.
Le cogió el rostro con las manos, sujetó su pelo mientras le miraba intensamente recuperando el aliento. Sus respiraciones entrecortadas y la agitación de sus pechos, delataba su estado.
―Nunca te doy las gracias por arriesgarte por mí ―confesó. Sabía de sobra el peligro que suponía su profesión, pero llevaba días pensando que también su relación.
―Elena, es mi trabajo ―explicó regalándole una sonrisa agradecida, que borró durante los escasos segundos que guardó silencio a continuación―. Pero aunque no lo fuera, lo haría porque eres lo más valioso que tengo, lo más importante. ―La mujer se aferró al fuerte brazo que recorría su cuerpo con suaves caricias mientras le escuchaba y sentía su peso sobre ella.
―Y yo te lo pago con un padre mega protector que si se entera de esto te matará… ―confesó apenada. Si su progenitor tuviera otro carácter, todo sería más sencillo.
Marcos tenía delante la oportunidad que necesitaba. Había preparado todo aquello para hablar con ella y era el momento.
―Si tengo que morir, no encuentro mejor forma de hacerlo que luchando por ti, aunque el enemigo tenga que ser tu propio padre en lugar de un secuestrador o un terrorista.
Elena cogió aire con un nudo en la garganta. Toda su vida había temido que un oficial llamara a la puerta con la peor noticia que podría recibir, haber perdido lo que más quería, a su padre, en acto de servicio o asesinado por una de sus múltiples amenazas. Ese miedo se había duplicado sin darse cuenta…
―No digas eso… ―rogó en un susurro aterrado al pensar en la posibilidad.
Él supo lo que pasaba por su cabeza. Mil veces le había repetido que si algún día regresaban a por ella y tenía que elegir entre su vida o la propia, se salvara, pero solo con recordarlo sentía nauseas.
El sentimiento desgarrador al pensar en la pérdida, era igual de devastador para ambos.
Acarició su rostro limpiando una lágrima de tristeza.
―Por favor, no llores y escúchame ―pidió intentado elegir una buena sonrisa para que se sintiera mejor―. No voy a morir, ¿de acuerdo? Es solo una forma de hablar. No hemos venido aquí para esto, hemos venido para estar solos por unas horas. ―Elena asintió cogiendo aire.
Había pensamientos inevitables que intentaba esquivar cuando él estaba cerca para no mostrar su debilidad, pero no siempre podía ser fuerte. A veces flaqueaba en su empeño.
Marcos, observando el giro inesperado tan cruel de la situación, se sentó sobre las mantas, apoyó la espalda en el sofá y la invitó a sentarse entre sus piernas tumbada sobre su pecho para poder abrazarla.
Elena obedeció y ovillada contra su cuerpo, dejó que la envolviera en él.
―¿Estás bien? ―preguntó pasados muchos minutos. Ella solo asintió en su pecho. Él cogió aire―. Me alegro porque necesito hablar contigo… necesito decirte algo importante…
La mujer se incorporó sentándose frente a él.
Ahora sí tenía miedo.
Mucho.
Todo.
Él sonrió ligeramente, recogió sus piernas flexionándolas para apoyar los brazos, dejándolas abiertas con el espacio suficiente para que permaneciera entre ellas. La quería cerca.
―Voy a hablar con tu padre ―soltó a bocajarro―. Estoy harto de escondernos a todas horas, de ocultarnos y disimular. Necesito tener una relación normal.
Ella no sabía que decir. Estaba conmocionada. Nunca pensó que sucediera tan pronto o mejor dicho, nunca pensó que llegase este momento. Punto.
Él era mayor, tenía un tramo de vida andada que a ella le faltaba y vivencias que le habían dejado huella, marca y heridas tan profundas que creía que la elegida tras esa decisión sería una mujer más cercana a su edad, gustos e incluso profesión. Le amaba tanto que se había preparado para dejarle marchar, no para hacer pública su relación.
―Sé que no será fácil, el Coronel es una persona complicada en muchos aspectos y en lo que concierne a su hija, autoritario, estricto e implacable, pero yo también lo soy en todo lo que implica la relación entre tú y yo.
―Es una locura ―susurró atónita―. Aún es demasiado pronto. Tienes que estar seguro, con mi padre no valen medias tintas, Marcos… Creo que es mejor dejarlo aquí antes de que sea demasiado tarde.
Hablaba el miedo, no su cabeza.
El escolta se arrodilló, acercándose a ella. Cogió su rostro con las manos. Estaba muy nerviosa, su piel se había vuelto blanca como la cal y le temblaban los labios.
―Tranquila. No pasa nada. Esto en realidad es solo entre tú y yo, poco importa lo que opinen o digan los demás. Tarde o temprano tendré que hacerlo de todas formas. No quiero esperar más.
―No ―contestó nerviosa―. No tienes que hacerlo.
―¿De verdad? ―Elena asintió convencida. Marcos en respuesta metió una mano bajo su camiseta deslizándola con suavidad por su piel y con la que cogía el rostro, acarició su mejilla con el pulgar mientras acercaba la boca a la suya y la besa con pasión.
Elena se estremeció bajo sus manos, sus labios y la seguridad de ese devastador beso.
Solo quería demostrar que lo que había entre ellos no se podía frenar a estas alturas y que cuanto antes se hiciera público, mejor. Cada vez era más difícil ocultarlo.
Se apartó para confirmar su teoría. Ella estaba tan enamorada como él, sus ojos brillaban, su cuerpo le buscaba y su boca le anhelaba ya.
―Te quiero, Elena, y ni tu padre ni nadie en este mundo me lo puede prohibir.
Sin dejar tiempo de réplica, Marcos arrolló su boca con pasión, devoró sus labios y con cuidado la tumbó sobre el lecho suave y cálido preparado con tanto mimo.
―Ahora voy a hacerte el amor todas las veces que me lo pidas. Disfrutaré de ti y tú de mí. Sin interrupciones, sin prisas porque es lo que deseo…. Porque te quiero.
―Si mañana has cambiado de opinión, lo entenderé ―replicó asimilando cada palabra, enamorándose más mientras sentía como sus manos la desnudaban con pericia.
El guardaespaldas levantó la vista con picardía. ¿Por qué era tan cabezota?
―No sé qué pasará en el futuro, nadie lo sabe. No puedo prometerte algo que no puedo controlar. Tú también puedes cambiar de opinión ―contestó sabiendo que hoy por hoy se pertenecían el uno al otro, pero que la vida hay que vivirla día a día. Se colocó entre sus piernas con cuidado, arrastrando los labios desde la cintura hasta su cuello mientras hablaba―, pero sí sé lo que va a pasar ahora ―aclaró tras caricias y besos penetrándola con movimientos suaves y lentos. Elena cerró los ojos dejando que las sensaciones que él le proporcionaba se extendieran por su cuerpo―. Te voy a amar hasta que nuestros cuerpos digan basta ―susurró en un apasionado hilo de voz.