tiempos de paz, amor o dejarse llevar
La salida de la noche anterior había ido como siempre. Shamira no tenía muchas ganas de asistir al encuentro, pero al final pasó un buen rato junto a sus amigos. Apenas hubo diferencias con otras quedadas anteriores; Malcolm se despistó, como era habitual, y estuvo esperando por todos en el lugar que no era, y Linda… bueno ella nuevamente les dio plantón. Menos mal que se dignó a llamar por teléfono para avisar, fue todo un detalle.
Desde que despertó, Shamira no podía sacarse de la cabeza la contestación que le dio a Noel en una de sus provocaciones;
«Te agradezco tu ofrecimiento pero ya saldré sola de mi caparazón si lo creo oportuno, ¿vale?»
Con esa inesperada frase que escapó por su carnosa pero delicada boca, más de uno se quedó sorprendido. La chica tímida que ellos conocían se estaba rebelando.
—¡Joder! Debería haberme mordido la lengua —se dijo en voz alta mientras se tapaba la cara con ambas manos.
Aquella mañana era típica de finales de otoño, de esas que solo apetecía quedarse en la cama. Ya no quedaban hojas en los árboles y el gélido aire recordaba que el invierno estaba cerca y con la llegada del frío, la Navidad.
A Shamira le gustaban mucho esas fechas. Disfrutar de la gente, de los paseos por la ciudad a pesar del frío para ver cómo, poco a poco, iban engalanando las calles para esos días. Sin duda lo que más le gustaba era que ya podía ir a esquiar. Le apasionaba ese deporte, pero siempre iba sola, aún no había conocido a nadie que la quisiera acompañar a disfrutar de la nieve. Como tenía casi un mes libre en la librería, se había propuesto pasar unas vacaciones en soledad en la sierra y así disfrutar al máximo. Eso mismo la motivó para levantarse de la cama y ponerse a hacer la maleta, pero en ese momento sonó el móvil e interrumpió sus pensamientos.
—¿Diga? —contestó Shamira con voz ronca.
—Hola guapa, soy Victoria, ¿Puedes hablar?
—Sí claro. Me pillas en la cama sacando fuerzas para levantarme, pero dime.
—¿Esta tarde te apetece quedar a tomar algo? Ayer me supo a poco el encuentro y me apetecía quedar y disfrutar de un té contigo. ¿Qué te parece? Como sé que estás de vacaciones...
—Uff.. me va fatal —dijo en tono aún dormilón—. Quiero marchar a esquiar y mi intención, si soy capaz de levantarme, es hacer la maleta y salir pitando para estar ahí a la hora de comer.
—Sin duda tengo el don de la oportunidad.
—Oye tengo que dejarte. Alguien timbra a la puerta y toca levantarme antes de que me la tire abajo. Un beso guapa.
—Vale, nos vemos al regreso. Besos.
—¡Ya voy, YA VOY! —dijo en voz alta mientras salía de su cuarto en dirección a la puerta.
No esperaba a nadie esa mañana. Aparentemente era una mujer un tanto solitaria. Pese a llevar tiempo en el edificio, no conocía a ninguno de sus vecinos que le pudieran hacer visitas inesperadas. Se cruzaba con ellos en los rellanos y poco más.
Al llegar miró por la mirilla, solo deseaba que no fuera nada importante. No era normal que alguien fuera a su casa y menos a esas horas.
—Por favor, ¿me abre la puerta? Tengo una urgencia y soy nuevo en el bloque.
Shamira abrió la puerta, tras ella un hombre de poco más de treinta y dos años estaba cubierto con una pequeña toalla que dejaba entrever sus muslos musculados y el delicioso abdomen, entre otras cosas.
«Dios, Shamira, mírale a los ojos que el chaval pensará que estás más salida de lo que pareces a estas horas y con estas pintas», pensaba Shamira mientras intentaba no desviar su mirada hacia la diminuta toalla de color rosa.
—¿Qué necesitas? Si no te importa tengo prisa, no tengo todo el día.
—Pues no sé por dónde empezar. Va a parecer todo un clásico. Salí a coger el periódico a la puerta y en lugar de dejármelo en mi felpudo de entrada, el portero se lo ha dejado al vecino de enfrente y al dar dos pasos para agarrarlo se cerró la puerta.
—¿Y? —le volvió a salir ese tono empleado con su amigo la noche anterior. Y el problema no era ese, era que se empezaba a sentir cómoda hablando de esa forma, imponiéndose.
—Disculpa si te he molestado, no era mi intención —dijo él, tuteándola —. He llamado a otras puertas pero nadie me ha contestado, muchos vecinos se han ido fuera. Te agradecería que me dejaras usar tu teléfono para llamar a un cerrajero. Prometo devolverte el favor.
En ese momento la chica tímida se echó a reír a carcajadas. No podía parar. La cara del hombre era un poema, pero la situación hacía que Shamira se carcajeara hasta no poder más.
—Venga, hombre, entra —le decía sin poder aguantar la risa—, no creo que tengas que llamar a nadie, puedes pasar a tu piso por el patio de luces. Sígueme.
Ella no iba de mejor guisa. Llevaba mal enrollado un fino pañuelo de seda. Se tuvo que levantar a abrir la puerta y como siempre dormía desnuda, cogió lo que tenía más a mano. Mientras caminaba, movía ligeramente sus caderas y el pañuelo dejaba entrever sus curvas y su culo respingón. Su melena iba ondeando al compás de sus contoneos. Parecía que lo hacía para provocar al vecino. El joven, que iba detrás, a cada paso que daba más se iba excitando, hasta el punto que en tan solo unos metros no supo evitar una erección. La situación empezaba a ser embarazosa, con esa toalla tan pequeña, ¿cómo iba a poder disimular su miembro?
—Oye, ¿qué ha pasado? Intuyo que eres un tanto delicado —dijo rompiendo a reír de nuevo.
—¿Siempre abres así la puerta a los desconocidos o solo a los hombres que vamos casi en bolas? Vamos, creo que no estás en situación de reírte, por decirlo de alguna manera, estamos en igualdad de condiciones.
—No, eso no es cierto.
—¿Cómo que no? Llevas un pañuelo que apenas te cubre las caderas y yo una toalla, ¿qué dices ahora a eso?
—Pues que me debes un favor por dejarte acceder a tu piso por mi patio de luces.
Sin más, le indicó con la mano por donde salir al pequeño patio. Por suerte tenía la ventana abierta y así podría entrar en su domicilio. En cuanto entró en su casa se giró hacia ella y le sonrió haciendo un gesto con la mano como queriéndole dar las gracias.
Shamira fue directa a la ducha, estaba demasiado excitada por lo sucedido como para centrarse en maletas ni en nada. Era la primera vez que le pasaba algo de esa índole, no podía negar que estaba demasiado sofocada y solo podría aliviar eso con una buena manta de agua fría.
La mañana había empezado de una manera un tanto peculiar, ¡quién llamaba a la puerta de un vecino en pelotas! Sin duda, estas cosas solo le podían pasar a ella o salir en un buen guión de película.
Cuando acabó de ducharse y de vestirse, se fue a la cocina a prepararse un café. Se consideraba una adicta a la cafeína en cualquiera de sus formatos, tanto le daba que fuera a través del «oro negro», como ella lo llamaba, de esos pequeños caramelos de café que tanto le enviciaban o refrescos de cola. El caso era que tenía una necesidad imperiosa de tomar cafeína varias veces al día, si no, tenía la sensación de que le faltaba algo.
El pequeño piso olía a café recién hecho. Con taza en mano se dirigió a la ventana del salón y se sentó en una pequeña butaca que tenía encarada hacía la calle. En ella solía pasarse horas leyendo o viendo cómo paseaba la gente. Tenía claro, antes de la visita inesperada del vecino, que se iba a ir a pasar unos días fuera para esquiar, pero cada minuto que pasaba le daban ganas de posponer su escapada o cancelarla. Era la pereza de hacer la maleta lo que estaba haciendo que aplazara la fecha de salida.
El tiempo iba pasando y al final decidió salir a comprar algo de fruta y verdura y dejar lo que debía hacer, en principio, para el día siguiente.
—Bueno, bueno, querida Shamira, creo que será interesante salir a comprar algo para comer.
Tenía la costumbre de hablarse en voz alta, era algo que hacía desde pequeña, hasta el punto de que sus padres se preocuparon por eso y la habían llevado a un terapeuta por ese motivo, pensando que era algún tipo de trastorno. Por suerte para todos, su médico siempre les dijo que era una forma de perder su timidez, que en contra de lo que consideraba la gente, hablarse ella misma animándose a hacer cosas o comentándose lo mucho que se quería, haría con el tiempo que su carácter tímido fuera cambiando a la vez que iba ganando seguridad en ella misma.
Cogió el bolso y el abrigo, y salió a la calle. Era una mañana muy fría pero a la par soleada. Shamira iba en dirección a una pequeña tienda que quedaba a veinte minutos de su barrio. En ella solo vendían productos ecológicos, era la más cercana a su piso y de las pocas que había en la ciudad. Sin duda, los alimentos eran más caros, pero la calidad y la seguridad que le daba saber que eran orgánicos, bien merecía el paseo y el precio. Odiaba todo lo químico, estaba muy concienciada con el medio ambiente y con respecto a la comida le pasaba lo mismo.
Poco tardó en llegar. Aquella mañana en la cafetería que lindaba con la tienda hacían una muestra de tés y cafés ecológicos. También en ella solo utilizaban productos orgánicos. El olor del café inundaba las calles cercanas. Un buen gancho para atraer a la clientela.
No podía haber elegido mejor día para ir allí. Café, té y si eso fuera poco, en plena puerta había un cartel que llamó su atención.
«Se busca personal para turno de mañana, se ofrece contrato indefinido».
¡Menudo día lleno de sorpresas! Un hombre que le alegra el ojo a primera hora, una muestra de cafés y tés en su cafetería preferida y para poner la guinda, buscan personal para la tienda de productos orgánicos.
No es que no estuviera contenta con su puesto en la librería pero sí que tenía ganas de un cambio y ese no le disgustaba. Pero primero y antes de nada, se dirigió al expositor de frutas. Vendían unas manzanas no muy bonitas con la piel áspera, pero a Shamira eran las que más le gustaban. Cogió una bolsa de papel, un guante y empezó a llenar la bolsa con las que más le llamaban la atención. De pronto esta se rompió dejando caer algunas piezas al suelo. Se agachó a recogerlas y junto a ella, un hombre se ofreció a ayudarla acercándole dos manzanas. Al incorporarse para cogerlas, Shamira chocó con la cabeza de él…
—Discúlpame, solo quería ayudarte y parece que casi te lesiono, ¿estás bien?—preguntó él mientras ella intentaba abrir los ojos para verlo.
La voz le resultaba conocida pero no era capaz de recordar de quién era hasta que lo vio de frente.
—¿Tú?, ¿otra vez? ¡Veo que ahora estás vestido! —dijo Shamira sorprendida.
—Hola de nuevo, no te había reconocido, claro…¡Con tanta ropa! —Dejó pasar unos segundos—. Está claro que hoy es nuestro día.
—Sí, la verdad que sí, ¿qué haces aquí?
—Antes vivía aquí, encima de la cafetería, pero hace unas semanas me trasladé a tu bloque, aunque sigo viniendo a comprar.
—¡Qué casualidad! No había coincidido contigo antes, bueno o quizás al estar vestido, no me había fijado en ti.
Sus mejillas se empezaron a poner rojas mientras dejaba salir una ligera sonrisa entre sus labios. Ese tipo de contestaciones no eran propias de ella pero, sin duda, algo estaba cambiando en su carácter.
—¡Ja ja ja! —dijo él en un tono burlón—, después de cómo nos ha ido la mañana, creo que ya podríamos presentarnos, ¿verdad?
—Pues sí, sería buena idea. No es lo habitual en mí. Primero suelo presentarme y después, si surge, suelo verlos desnudos —decía mientras dejaba escapar alguna carcajada— y hasta compartir una manzana para comerla, o lo que sea, si la ocasión lo permite.
«Dios, Shamira, no te lances que das miedo y saldrá corriendo», pensó ella.
—Me llamo Cesar, encantado de tener una vecina tan simpática como tú.
—Yo Shamira, podría decir que el placer es mío, no todos los días alguien te timbra a la puerta en bolas y después te ayuda a coger manzanas.
Mientras se presentaban, él la cogió del brazo en un gesto de querer acercarse para darle un par de besos. Shamira no podía dejar de mirar a sus grandes ojos y sus labios. Lo que menos le apetecía era un beso en la mejilla, preferiría comerle toda la boca e incluso, dejarse llevar hasta morderle ligeramente el labio, pero no era plan. Ella no era capaz de hacerlo, o eso pensaba.
«Nena, contrólate que te pierdes, que sois vecinos, que no lo conoces. Venga va, dale sus dos besitos y sigue comprando».
Guiándose por sus pensamientos, dejó que Cesar la besará en la mejilla.
Sin duda alguna, estaba siendo un día un tanto peculiar para Shamira. Ella era una persona que se dejaba conducir mucho por las señales y ese día, parecía estar repleto de ellas.
—Ahora que ya nos hemos presentado, ¿podemos tomar un café? —comentó Cesar sin apartarle la mirada.
—Sí, pero por las horas, me apetece más un vermut —dijo Shamira mientras se tocaba el flequillo y desviaba su mirada de él—, ¿qué te parece si vamos a mi piso y lo tomamos allí? Puedo comprar un poco de queso y unas aceitunas, las de aquí están muy buenas.
—Será un placer regresar a tu casa, esta vez vestido —sonrió—. Acepto encantado si me permites que compre el vermut y el aperitivo. Tú ya pones la casa y además, qué menos que eso, ya que si no fuera por ti, aún estaría casi en bolas en el portal esperando a un cerrajero.
—Pues perfecto, es un buen plan para empezar mis días de vacaciones —dijo ella mientras empezaba a notar que sus mejillas nuevamente se sonrojaban —. Venga, vamos a comprar lo que necesitamos y nos vamos.
Ni ella misma se creía lo que le estaba pasando, ¿estaba a punto de meter a un casi desconocido en su apartamento predispuesta a comerle la boca y lo que fuera necesario? Si sus amigos la hubieran escuchado, sobre todo Noel, pensarían que, en tan solo unas horas desde la última vez que se juntaron, había sido abducida por un equipo de extraterrestres y le habían mutado su timidez, dejando salir a esa chica extrovertida y lanzada que habitaba en Shamira sin ella saberlo.
Poco tardaron en hacer sus compras y tomar camino hacia su barrio. Parecía que ambos tenían prisa por llegar. A paso rápido iban hablando amigablemente. La empatía que desprendía Cesar hacía que Shamira se encontrara cómoda con él, pese a haberse conocido esa misma mañana. El paseo no dio para mucho y lo que más le llamó la atención de toda la conversación fue enterarse que Cesar era escritor.
—¡No me digas!, ¿escritor? Interesante tu profesión. Yo trabajo en una librería y me encanta estar rodeada de libros —iba comentando mientras, con caminar firme, seguía el sendero—, desde pequeña siempre me he sentido cómoda en ese ambiente. Mi padre también escribía pero nunca se animó a publicar.
—¿Ah, sí? ¡Qué casualidad!, sí, el destino es incierto. Quién me iba a decir a mí que hoy iba a conocer a la hija de un compañero de letras — Cesar la miró sin aminorar y le sonrió dejando ver su perfecta dentadura.
Parecía que eso había animado a ambos a ir aún más rápido. Al llegar al portal, prefirieron subir a pie en lugar de coger el ascensor. En el rellano, y ambos cargados de bolsas, siguieron hablando mientras localizaban las llaves.
—Oye, ¿cómo hacemos?, ¿me das dos minutos para guardar la compra y ponerme cómoda? Así también te da tiempo a dejar lo que has comprado en tu piso y tal.
«Cómoda te ponía yo en un plis con el mismo pañuelo de la mañana», pensó Cesar mientras no dejaba de mirar los labios de Shamira.
—Perfecto. Así me doy una ducha que el paseíto ha sido rápido y no me gusta quedarme sudado.
—Pues quedamos así, cuando acabes vente. —Se metió en su piso y cerró la puerta de golpe.
Cesar seguía buscando las llaves en su bandolera y en cuanto las encontró entró rápido, cerró, soltó las bolsas y la bandolera en el suelo de cualquier manera y se dirigió al baño mientras se iba despojando de su ropa a toda velocidad. Su cabeza calenturienta le había vuelto a jugar una mala pasada. Menos mal que esta vez su erección no era tan evidente gracias a la ropa. Abrió el grifo y pese a estar casi en diciembre, no esperó a que el agua se templara.
«Joder, esta tía me pone fatal. Esta mañana empalmado como un caballo, ahora otra vez solo con imaginármela cómoda por su piso…»
No dejaba de pensar en su estupenda vecina mientras el agua fría caía por su cuerpo y relajaba todos sus músculos. Al final, iba a resultar que era un chico sensible como había referido su nueva amiga a primera hora de la mañana.
«Sensible, sensible, tío siempre me dejas en evidencia. De verdad que no sabes quedarte mirando hacia el suelo en lugar de ponerte así, anda que te voy a aliviar que si no ya veo que no llegas al aperitivo sin volverte a poner erguido para saludar».
Se empezó a masturbar para poder bajar de alguna manera su pene. Era un hombre muy bien dotado pero, pese a su edad, no sabía dominar al macho que habitaba en él y no podía evitar excitarse con facilidad, hasta el punto que, cuando escribía escenas un tanto subidas de tono, enseguida se erguía su órgano viril tomando unas dimensiones que toda mujer desearía tener entre sus muslos.
Shamira al entrar en su apartamento y cerrar la puerta se quedó apoyada en ella, sin tan siquiera soltar las pesadas bolsas, hasta que sintió cerrar la de Cesar. Su corazón iba a cien y no precisamente por la caminata. Estaba empezando a arrepentirse.
«Nena qué has hecho, eres la leche, has pasado en tan solo unas horas de que tu timidez te dominara hasta el punto de no dejar de soltar palabras descaradamente y querer meter a un casi desconocido en tu casa. ¿Cómo puede ser esto?»
Empezó a correr de un lado al otro del apartamento, acelerada, recogiendo aquí y allá para adecentar un poco y que el pobre chico no se asustara. Parecía que en cualquier momento el corazón le iba a salir por la boca cuando, de pronto, sonó el timbre.
«¡Joder, ya está aquí y yo sudada de tanto moverme!»
De puntillas se acercó, procurando no hacer ruido, y miró por la mirilla. Ahí estaba él. Camiseta negra, pantalón holgado, pelo mojado peinado aparentemente con las manos y con una sonrisa que dejaba ver su dentadura perfecta. ¿Qué podía hacer?
—Anda, deja de mirar por la mirilla y ábreme, ¿o te has arrepentido de que tomemos juntos el aperitivo?
Shamira empezó a hacer gestitos tras la puerta: que si tirones de pelo, que si agarrar la cara con las dos manos… Al final terminó por abrir.
—¡Qué rápido has sido!, yo todavía ni me he duchado. ¿Por qué no vas a la cocina y preparas lo que has traído? Abre las puertas de los armarios para encontrar lo que necesites sin vergüenza, vaya como si estuvieras en tu casa, yo mientras me voy a dar una ducha rápida.
—Vale, si no es molestia, sino vengo más tarde.
—¡Qué va hombre! Entra y acomódate en el sofá a que acabe o si no lo dicho, vas preparando con toda confianza.
En cuanto Shamira indicó a Cesar donde estaba todo en la cocina, y en el salón donde tenía los mandos del equipo de música y de la televisión, marchó a ducharse y a ponerse cómoda. Por suerte en su habitación tenía el vestidor y un amplio baño, así no estaría de un lado al otro del apartamento.
Mientras esperaba, Cesar prefirió mirar los libros que tenía repartidos por la estancia; que si apilados en una esquina, que si sobre la mesa o en las estanterías que colgaban de las paredes de ese acogedor salón, que más parecía una salita de estar muy agradable con ese gran ventanal que animaba a leer todo el día. Su apartamento era interior, y echaba de menos tener un rincón con luz natural como el que tenía Shamira allí para poder escribir.
—¿¡Sabes!? Por lo que leen las personas se pueden conocer muchas cosas de ellas, pero en ti me resulta difícil adivinar nada, veo que tienes un poco de todos los géneros —gritó para que ella le pudiera escuchar desde la otra punta del apartamento—. A mí también me gusta leer de todo un poco, no le hago ascos a nada.
De fondo se escuchaba cómo el agua seguía corriendo. Cesar continuó disfrutando de los libros. Le llamaba mucho la atención que Shamira tuviera de varios estilos: romántica, erótica, fanta-sía… Incluso llegó a ver algún cómic entre novelas de los más conocidos autores. Detrás de una figura, vio una de sus novelas, “Voice of love”. Era normal ver que alguna de sus obras rondaba entre los libros de sus amigos o de su familia, la mayoría regalados por él, pero, ¿en casa de alguien que hacía apenas un puñado de horas que conocía? Jamás. Deseaba saber qué opinaba de su trabajo, pero no quería desvelar que él era el que firmaba como Jam Kirt. Era muy celoso de su intimidad.
—Disculpa la tardanza, pero mi calentador falla bastante y tardaba en salir agua caliente —se disculpaba Shamira.
—Discúlpame a mí —miraba de arriba abajo a Shamira y comprobaba que el vestido dejaba ver que iba sin ropa interior apreciando sus pezones color chocolate—. Me he puesto a ver tus libros y, la verdad, se me ha pasado el tiempo sin darme cuenta.
Conforme Cesar hablaba, iba pasando las hojas de la novela. Se estaba pensando cómo hacer para conocer la opinión de ella acerca de su trabajo. Tenía necesidad de ver cuál sería su reacción si hablaba de su obra.
—Con lo delicado que eres no te recomendaría que leyeras eso. Es un poco, solo un poco, subido de tono, además, ¿qué tal vas de lenguas?, no está escrito en nuestro idioma.
—¡Oh, no me había dado cuenta!, ¿tú dominas este? La verdad que ando un poco parco en otras lenguas y más últimamente que no practico.
—¡Quién lo diría! Un hombre como tú y dándole poco uso a su lengua… quizás es deformación profesional y prefieras darle a los dedos, me refiero que prefieras escribir que hablar.
—Siempre puedo hacer un esfuerzo.
Cesar paró de pasar las hojas. Parecía mera casualidad, buscó el fragmento apropiado para el momento, para leer mientras iba haciendo traducción simultánea para sorpresa de Shamira.
«Con sutileza, puso a Mimi mirando hacía la ventana, y quedando él a su espalda empezó a desabrochar, uno a uno, los pequeños botones rojos del vestido negro. La luna les daba la luz justa para ese momento de placer que estaban buscando. La ventana dejaba entrar aire fresco con olor a azahar. Le recordaba a su Sevilla natal pese a estar en la otra punta del mundo. Mientras besaba el cuello de la joven, dejó caer suavemente el vestido al suelo. El descubrir que ella había acudido a la cita sin ropa interior lo excitó tanto que empezó a acariciar su espalda con la yema de los dedos. Ella se giró y lo apartó lo justo para que viera cómo se acariciaba para él todo su cuerpo. Con mirada viciosa, acercó la cara del joven a sus pequeños pechos. Peter empezó a juguetear con los dedos entre sus piernas y a morder sus pezones, dejándose llevar por los deseos de Mimi. Ella se sentó en el marco de la ventana, no tenía miedo a caer ya que la reja de forja estaba a una altura en la que podría agarrarse. Se abrió de piernas y usando sus pies acercó a Peter para, mientras lo besaba apasionadamente, bajarle la cremallera y así poder coger su pene entre sus manos…»
—¿Qué te ha parecido?, ¿crees que domino la lengua o no?
—Sí, veo que la dominas. No todo el mundo puede leer un fragmento de un libro en otro idioma y hacer la traducción simultánea poniendo tanto énfasis. Pero sigues sin dominar tu pene.
Cesar se acercó a ella. No podía volver a reprimir lo que su cuerpo le pedía. Sabía que esto pasaría, deseaba que Shamira lo follara hasta correrse, que le acariciara su cuerpo con sus delicadas manos, que le lamiera su cuello mientras ella, desnuda, se refregaba contra él.
—Espera, dame un segundo —pidió Shamira—, creo que voy a estornudar.
Cesar la miró con cara de loco. ¡Para una vez que tomaba la iniciativa! Por suerte todo fue una falsa alarma. Shamira se acercó a él y cogió su cara entre sus manos acercándose a sus labios, fundiéndose en un beso ardiente que ambos llevaban esperando desde el primer encuentro.
Era la primera vez que Shamira se veía en una tesitura así, no sabía muy bien por donde iba a salir todo y qué sucedería después, pero tenía una cosa clara, llevaba toda la vida reprimiéndose y a su edad, ya era hora de dejarse llevar y cometer alguna locura.
Cogiéndolo de la mano lo llevó a su habitación. Tras ellos, cerró la puerta dejando el apartamento en silencio. Mientras, dentro de esa habitación dejaban volar libre al deseo y la pasión retenida durante horas sin percatarse que el día había dado paso a la noche.
—Shamira, es casi hora de cenar y ni tan siquiera hemos tomado el vermut —decía él mientras salía de la habitación con dirección a la cocina—, ahora te tendré que invitar a cenar para reponer fuerzas, vecina.
—No, creo que ahora te deberías ir a tu casa.
—¿Estás molesta?, no entiendo —decía con una voz que dejaba entrever que estaba descolocado—, pensé que nos lo habíamos pasado bien y que éramos adultos y como tal, seguiríamos actuando.
—No es eso, tenía intención de irme unos días a la montaña pero al final, entre unas cosas y otras —miró hacia el suelo como intentando evitar que le viera los ojos—, se ha hecho tarde, de noche y no he podido hacer nada de lo que tenía pensado.
—Me sabe mal. De haberlo sabido, quizá, no sé. ¿No has estado a gusto? ¿He hecho algo que te haya molestado sin darme cuenta?
—No, tranquilo, simplemente necesito mi espacio. Disculpa si estoy siendo descortés, no es mi intención. Pero podemos vernos otro día, si quieres.
—Bueno acepto lo que dices. Deja que me termine de vestir y me voy para que puedas descansar.
Cesar cogió la camiseta, los zapatos y se despidió de ella con un beso en la mejilla antes de salir de su piso. El chico estaba sorprendido. La actitud de Shamira le había desconcertado por completo. Era un hombre que no solía acostarse con nadie a la primera, pero con esa chica le había pasado algo que jamás antes le había sucedido.
Shamira se apoyó en la puerta en cuanto la cerró al salir Cesar. Se dejó caer al suelo apoyando su cabeza en las rodillas. Sus lágrimas caían por su rostro. Algo le estaba pasando, ¿se podría haber enamorado de él?, ¿qué pensaría Cesar ahora de ella después de haberse acostado unas horas después de conocerse? En cuanto se calmó, se levantó y cogió el teléfono de encima de la mesita. Necesitaba hablar con Noel de lo sucedido, no sabía el motivo, pero sí que él podría calmarla y ver las cosas de otra forma.
—Noel, buenas noches.
—Hola, guapa, ya sabía que no podrías pasar ni un día sin escuchar mi voz. Dime, cuéntame, soy todo tuyo —dijo.
—No sé si llamo en mal momento, pero necesitaba hablar con alguien. —Con su última palabra no pudo reprimir las lágrimas por más tiempo.
—Shamira, ¿qué pasa? ¿Qué sucede?¿Quieres que vaya a tu casa?
—No, gracias —decía ella entre sollozos—, solo necesito que estés ahí.
—Me dejas preocupado nena, ¿qué ha sucedido? Sabes que puedes confiar en mí, siempre he estado ahí.
—Hoy he roto mis esquemas. Me he dejado llevar y no sé si he cometido una locura o no. Estoy confusa.
—Bueno, tranquila. Te conozco más de lo que te puedes imaginar. Dudo que tengas que ponerte así. En ocasiones todos hacemos tonterías y nos dejamos llevar. Nos hace bien hacerlo.
—Ya, pero ahora me siento rara, desubicada, confusa…
—Debes tranquilizarte. Piensa en la parte positiva. Todo pasa por algún motivo. Debemos de afrontar nuestras locuras e incluso disfrutarlas —con sus palabras y apenas si darse cuenta, ella fue dejando de llorar—. Mira, lo desconocido hace que en ocasiones nos sintamos así, pero eso no significa que hayamos hecho algo malo, sino diferente a lo normal o a lo que se espera de nosotros.
—Ya, entiendo…
—Tú eres una mujer muy cabal y el dejarte llevar, conociéndote como te conozco, es lo que te ha descolocado. No sé de qué se trata, pero no te engañes sola, cariño. Eres fuerte, ya basta de esconderte bajo una falsa estrechez. Afrontarás las consecuencias, incluso las disfrutarás.
—Gracias, no sé cómo lo consigues. Siempre logras tranquilizarme.
—¿Sabes qué necesitas ahora? Una buena ducha. Sin duda eso te ayudará a terminar de relajarte y tranquilizarte. Seguro que después verás las cosas de otra manera.
—Sí, tienes razón. Iré a ducharme y después me meteré en la cama. Ha sido un día muy intenso.
—Venga, te dejo que disfrutes de esa agua caliente. Ya sabes que puedes llamarme cuando quieras.
—¿De verdad?, ¿pese a mis borderias?
—¿Claro! Si en el fondo me gustan. Venga, cuelga y vete al baño, un beso guapa y estate tranquila.
—Vale, gracias por escucharme y tranquilizarme, eres un amor de hombre.
Según colgó el teléfono, Shamira se fue a la ducha. Quizás, y como le dijo Noel, después vería las cosas de otra forma.
Cesar entró en su piso y se tiró en el sofá, en silencio, a oscuras. No era de esos típicos tíos que echaban un polvo a una tía y la sacaban de sus vidas de una patada. Se había enamorado de ella desde el momento que le abrió la puerta y lo sabía. Hasta ese instante no había sentido jamás todo eso en persona; amar a primera vista, desear a alguien de tal forma sin conocerla de nada, sentir que el amor le nublaba el sentido. Solo a través de sus personajes, de esas historias plasmadas en papel. En sus propias carnes jamás se había interesado así por alguien, desde la primera mirada, nunca.
Por la mañana ambos despertaron pensando en lo sucedido el día anterior. Cesar no sabía cómo hacer, cómo acercarse a ella, y Shamira estaba tentada a marcharse a esquiar y no regresar hasta el día de reencontrarse con sus amigos para evitar cruzárselo. Tenía miedo a dejarse llevar y otra vez salir dañada de una relación, rota, como le había pasado en otras ocasiones. Pero por otro lado, sentía la necesidad imperiosa de verlo, de hablar con él, de seguir compartiendo e incluso de dejar que saliera ese tono burlón, irónico y sarcástico que tanto le empezaba a gustar usar dejando de lado a esa mujer tímida, blanco de burlas de algunas personas.
«Shamira, creo que ya es hora de levantarse y tomar una decisión», pensó en voz alta como otras tantas veces.
Se levantó de la cama, cogió una camiseta, un pantalón y, descalza, salió de la habitación decidida a ir al encuentro de Cesar. Esta vez, sería ella quien tocaría su puerta.
—¡Ya voy, YA VOY! —gritó Cesar desde el sofá donde había pasado la noche.
Al acercarse y mirar por la mirilla, se puso a bailar como si un ejército de ladillas se le hubieran metido por los pantalones. Estaba sorprendido a la par que contento de volver a ver a Shamira, no creía que pudiera estar pasando, y menos después de la forma en que se despidieron la noche anterior. ¿Shamira en su puerta?
—Venga abre, sé que estás ahí detrás. Saltando, ¿verdad? Va, hombre que estoy descalza —Cesar abrió, la cogió de las manos y la invitó a entrar en su piso.
—¿Qué haces aquí tan temprano?, apenas son las ocho, niña.
—¿Tienes azúcar? Es todo un clásico y quizá cuela.
—Sí, tengo azúcar, pero no creo que hayas venido aquí solo por dulce. Dime, ¿qué te ha movido para venir a verme a esta hora, descalza y sin peinar?
—Me desperté, no era capaz de volverme a dormir pensando en todo lo que pasó ayer —decía mientras no dejaba de tocarse un mechón del pelo—. Tengo que ser sincera, ayer me lo pasé muy bien contigo. No quiero que tengas una mala opinión de mí. Soy muy tímida o eso creía hasta que has aparecido en mi vida. Gracias a ti está saliendo una chica que me encanta, que dice lo que piensa y se deja llevar.
—No mujer, ya que nos estamos sincerando, ayer me quedé descolocado. No entendí el motivo por el cual me dijiste que me marchara. Pero el problema no es ese —la cogió de la cintura y se la acercó para poderla susurrar al oído—, el problema es que este escritor solitario se ha enamorado de ti. Y tengo miedo a perderte ahora que te he encontrado.
«Dios, tierra trágame… esto parece una novela de esas pasteleras que suelo leer, no debe ser verdad», pensaba Shamira mientras se quedaba mirando a Cesar sin saber qué decir.
—No sé tú, pero yo tengo hambre. Desde el café de la mañana de ayer aún no he comido nada —dijo Cesar para romper un poco el momento—. Y la verdad, hago unas tortitas de muerte.
—¿¡Qué desde ayer no has comido nada!? Eso se lo dirás a todas las vecinas que acuden a ti para que les des algo de azúcar.
—Sí, cambio de táctica, un día aparezco en bolas, otro las dejo entrar a ellas descalzas y con pelos de loca y les ofrezco tortitas. Nada, técnicas de ligar mías. Ya ves.
Los planes de Shamira cambiaron drásticamente. Después de esas confesiones mutuas había decidido no marchar a esquiar sino quedarse con Cesar y dejar llevarse por el momento, disfrutar de cada instante. Toda la vida leyendo acerca del amor a primera vista y de pasiones casi increíbles, y al final ella lo estaba viviendo en sus propias carnes. A Cesar le pasaba algo similar, siempre escribiendo temas así, metiéndose en la piel del personaje y, ahora, parecía que fuera él uno de esos protagonistas que encontraban el amor en cualquier sitio; un flechazo, como se suele decir.
Semanas después…
Los días fueron pasando y Shamira seguía sin creer el giro que estaba dando su vida en tan poco tiempo. Un cambio que ella llevaba esperando años. Quería dejar de ser esa dependienta de librería a la que todos etiquetaban de tímida. Hacía tiempo que ya no estaba cómoda ahí, pese a su pasión por los libros. Siempre tuvo las cosas claras y sería ir en contra de sus principios trabajar en un sitio donde ya nada le aportaba. Se había guiado por señales y sobre todo por su instinto. Anteriormente había visto un cartel en su tienda habitual, buscaban una dependienta, el mismo día que empezó su historia con Cesar. Poco tardó en ir a informarse por la oferta. Hay que decir que tuvo ayuda para que la cogieran; Cesar era amigo del dueño y medió para que fuera ella la elegida.
Ese gran deseo que tardaba en llegar y que, año tras año, veía más lejos, el poder encontrar a alguien como ella, con sus inquietudes y que ante todo, no la hiciera sentir como un tímida-mojigata, sino una mujer con las ideas claras la cual podía ser como le gustara, con ese carácter, irónica, sarcástica, divertida y lanzada, cosa que antes no era capaz de dejar salir de su adentro, estaba ahí.
«Shamira nena, pasa a la ducha, hoy será un gran día»
—¿¡Qué dices, Shami!?—gritó Cesar desde la cocina mientras hacía café para los dos.
—Nada, estaba pensando. Esta noche he quedado con mis amigos. Realmente ya hace unas semanas que quedé con ellos —decía mientras iba hacia la cocina—, pero no sé. Estos días han pasado tantas cosas en mi vida, que no sé por donde empezaré a contarles. Cómo será mi miedo por la reacción de mis amigos que hace unos días me encontré con Sury de camino al trabajo y no le comenté nada de estos cambios. Sí que hablamos, pero preferí evitar comentar nada— seguía hablando—.Quizá piensan que estoy loca.
—¿¡Loca!?, de amor. ¿O no me dirás que estás conmigo por mi cuerpo y por lo bien que te trato en la cama?, ¿verdad?
—Cesar, Cesar, no me tires de la lengua. Es que cada vez que pienso que en tan solo unas semanas ya estamos viviendo juntos… Quien me conociera un poco de antes, no lo creería.
—Oye, mejor, así tendréis temas de que hablar. ¿Te imaginas?
—Pues fliparán, sin duda alguna. ¡Yo metiendo en mi casa a un tío así sin más! Y eso no es todo, dejar mi trabajo fijo para currar en una tienducha, como dirían ellos. Lo dicho, fliparán, sin duda, fliparán.
Cesar se acercó a ella, la abrazó con fuerza y empezó a besarla mientras que al tiempo iba dejando salir unas palabras.
—Oye, ¿y si te pones mala hoy y no vas a trabajar? Llamo a Jony y que te dé el día. Prometo hacer que se te vayan esas dudas y esos miedos a base de amor, mucho amor.
—¡Amor dice!, pero si lo que quieres es estar follando toda la mañana, vicioso. ¡Me tienes escocida de tanto amor que me das cada día!
Los dos se pusieron a reír. Esa acción era algo que no paraban de hacer desde que habían tomado la decisión, en tan solo un par de días desde la primera vez que se encontraron, de compartir sus existencias. Total, la vida era corta como para dejar pasar las cosas buenas. Shamira estaba dispuesta a seguir disfrutando sin miedo de cada cosa que le ocurriera. El tiempo de meditar las cosas y no dejarse llevar, había pasado de moda.
—Venga, Cesar, anda, vamos a tomar el café que verás que llegaré tarde. Esta tarde libro, podremos estar juntos horas y horas.
—Suena bien, pero se te olvida una cosa, tú has quedado con tu gente, la cual, por cierto, no conozco y tampoco me has hablado de ellos.
—¿¡No me digas que estás celosillo!? Anda ven, que te voy a dar lo tuyo — Shamira le cogió de la mano y lo llevó al sofá—. Siéntate y deja que sea yo la que hoy haga algo por ti. Pero rapidito, ¿eh?, que no quiero llegar tarde.
Cesar se sentó en el sofá. Ella estaba solo con un jersey de lana de color rosa. Se puso encima de él, de frente. Empezó a acariciar su nuca. Sabía muy bien cómo hacer gozar a Cesar y cuáles eran sus puntos erógenos. Le volvía loco sentir los dedos de ella acariciando su cogote y cómo, con delicadeza, jugueteaba con su corto pelo mientras lo besaba. Shamira le quitó la camiseta del pijama que aún llevaba puesta y la tiró al suelo. Poco a poco fue besando y lamiendo su cuerpo; el cuello, los hombros, el pecho, el abdomen. Al llegar al ombligo, donde Cesar tenía un tatuaje que la enloquecía, se echó a reír.
—¿Qué pasa ahora? Definitivamente lo tuyo es cortarme el rollo, nena—dijo con una sonrisa que dejaba entrever sus dientes perfectos.
—Sigues siendo mi chico sensible. Parece que no eres capaz de controlar tu pene, casi me das en un ojo, nene —dijo Shamira mientras intentaba dejar de reír.
—Joder, ¿pero no consiste en ir rápido? Ahora ya no seré capaz de remontar.
—Pues casi mejor, voy con atraso. Venga va, no te molestes, que estaba de broma. Esta tarde seguiremos jugando. O vente conmigo y pasas allí la mañana escribiendo. Quién sabe, quizá me da un calentón y te llevo a la trastienda.
—¡Acepto ambas!, venga nos vestimos, cojo el bloc de notas y nos vamos.
Ambos se fueron a preparar para poder salir cuando antes hacia el trabajo de Shamira.
De camino, ella le iba contando un poco acerca de sus amigos y de cómo eran. Sin duda cada uno tenía algo peculiar y de todos hablaba con mucho cariño. Lo que si notó Cesar era un cierto miedo a dejar que ellos vieran a esa Shamira que en esos días había resurgido y que él tanto amaba. Esa que nada tenía que ver con la chica tímida que apenas abría la boca para no molestar o que se sonrojaba con los comentarios de Noel.
—Pero Shamira, ¿por qué dudas? Seguro que ellos estarán encantados de ver a esta fantástica mujer que has dejado salir de dentro de ti.
—Son muchos años, sé que alguno se echara las manos a la cabeza. Es que si lo pienso bien, estos días parecen más bien un guión de película o un capítulo de alguna de tus novelas —seguía hablando sin parar de andar para no llegar tarde a la tienda—. Ya sé que no me darán de lado, todos tienen sus vidas como yo. Y realmente sé que todos tienen otro «yo» dentro de ellos.
—Pues ya está, no le des más vueltas, mi bicho.
—Es que estos días apenas he tenido contacto con ellos, no he querido compartir lo que me está pasando, ni yo misma me lo creo aún.
—¡Va! Deja el tema, ya verás que esta noche te sentirás ya liberada del todo en cuanto te vean llegar y os pongáis al día, todo recobrará una relativa normalidad y esos miedos tuyos —le dijo mientras le tocaba con la punta del dedo la nariz— desaparecerán, como lo ha hecho esa chica tímida para dar lugar a esta mujer.
Cesar se sentó en una de las mesas de la cafetería de al lado de la tienda. Durante años se había sentado en esa misma ubicación para escribir. Le encantaba ver pasar a la gente y fijarse en cada detalle que, quizá, para otras personas, pasaban desapercibidos. Pese a estar ya compartiendo techo con Shamira, habían decidido seguir manteniendo los dos apartamentos, así él tendría su lugar para escribir y sus cosas sin tener que invadir el espacio de Shamira. Con el tiempo, y si todo seguía yendo como hasta la fecha, tenían pensado buscarse un piso más grande o quizás una casa en las afueras, con grandes ventanales y amplias habitaciones.
Era increíble que con tan poco lapso, tuvieran la confianza que se tenían ambos. Pese a eso, Cesar aún no le había confesado quién era él realmente, con qué nombre publicaba fuera de esas fronteras. Tenía miedo que empezara a mirarlo de otra forma y que su fama cegara a Shamira, sin dejar que el amor siguiera fluyendo como en esos días, siendo él, simplemente Cesar. La conversación que habían tenido de camino le había abierto los ojos. Sin miedo, ella confió en él y le contó lo que le pasaba por su cabeza. En el fondo los dos tenían algo en común, dos «yo», uno que les gustaba y otro que, por algún motivo, tapaban. En su caso no quería desvelar su seudónimo, pero ya había llegado el momento de hacer como ella.
Su cabeza no dejaba de pensar: «Se lo debo, sé que para ella está siendo difícil tener que contar a sus amigos todos sus cambios, qué menos que yo hacer lo mismo y abrirme a ella, confesándole ese secreto que con tanto celo guardo, sé que no me defraudará y que quedará entre nosotros.»
Con sus pensamientos y sus notas, fueron pasando las horas sin percatarse que Shamira ya había acabado.
—¡Eh, niño! Por hoy he acabado. ¿Nos vamos a casa?, estoy cansada y me gustaría relajarme un poco y descansar para esta noche.
—Perfecto. Vamos. Yo por hoy ya he acabado de escribir. Si las musas ya no me pellizcan más los codos y me permiten un descanso, creo que cerrare el bloc hasta mañana. Así descasaremos esta tarde.
—Por cierto, Cesar, que no te he preguntado antes, ¿te apetecería venir conmigo esta noche? Creo que estaría más tranquila contigo cerca, sería más fácil para mí hablar con mis amigos y ponerles al día.
—¡Claro! Desde que me hablaste de ellos ya deseo ponerles caras. Será un placer acompañarte. Espero no les parezca mal.
—Que va, más bien les sorprenderá el vernos llegar.
Cesar se levantó y le cogió a Shamira la bolsa que llevaba con algunas cosas de la tienda. En su cara se notaba cansancio. Sabía que ella estaba contenta con el cambio de trabajo, pero también lo que eso suponía. Ahora era bastante más duro que antes, y pese a que trabajaba menos horas, debía de estar la gran parte del tiempo de pie.
De camino, Shamira seguía hablando de sus amigos y de las ganas que tenía, ahora, de que conocieran al hombre que le había hecho tomar tantas decisiones en tan poco tiempo. Ya no estaba tan nerviosa como por la mañana, se sentía apoyada por Cesar como nunca antes nadie la había apoyado.
Cesar, como siempre, dejó que Shamira subiera antes las escaleras, mientras él intentaba localizar sus llaves en la bandolera que a todos lados le acompañaba.
—Joder, las putas llaves —gritó para asombro de Shamira.
—¡Pero si mi chico sensible sabe gritar! —dijo ella—. Venga va, ahora que yo estoy tranquila parece que eres tú el que se pone nervioso.
Cesar se giró hacia ella y, sin mediar palabra, la tomo por la cintura y la besó apasionadamente delante de la puerta. No había encontrado las llaves pero tuvo la necesidad imperiosa de besarla. Cuando se apartó, sonrió y le dijo:
—Que difícil me lo pones, me he visto obligado a besarte —soltó una carcajada— a ver si así consigo que te calles y me concentro en localizar las llaves.
—Sí, ahora resulta que me besas para que esté callada. Buena técnica la tuya. Lo cierto es que cualquier excusa te es buena para hacerlo, ¿verdad? Anda, aparta que yo tengo aquí mis llaves.
Dentro del piso, Cesar se sentía incomodo, sabía que tenía que hablar con Shamira y abrirse tal como lo hizo ella.
—Shami, tengo que confesarte una cosa.
—Dime —contestó ella sin apenas poder entender a que venía eso.
—¿Recuerdas el primer día que pasamos el día juntos, el del vermut?, no sé si te acuerdas que cogí un libro y te leí un fragmento.
—Claro que lo recuerdo, pero, ¿qué quieres contarme?
—Ese día, mientras tú estabas en la ducha, estuve mirando tus libros. Entre ellos encontré uno del cual te leí un fragmento, ¿lo recuerdas?
—¡Como para olvidarlo!
Cesar se acercó a ella. No tenía muy claro cómo se tomaría Shamira el enterarse de que él era Jam Kirt, el escritor de “Voice of love” entre otras obras. Siempre había publicado bajo ese seudónimo. Su pudor y sencillez le impedían hacerlo de otra forma. No le gustaba ser conocido ni que nadie se enterara de que era un escritor de éxito fuera de su tierra.
—Es que no sé como decirte. No sé por donde empezar— decía Cesar sin apartar la mirada de sus ojos—, tú has compartido conmigo tus miedos y me has hablado de tus amigos, sin tapujos, y yo me veo en deuda contigo. No quiero que en nuestra relación haya secretos. Quiero que sepas todo de mi vida, como ahora sé yo de la tuya.
—Ya sé por donde vas, Cesar. Y creo que no tienes que contarme nada que yo no sepa.
—¿Cómo?, no, déjame que te cuente y después…
—No tienes que contarme nada, Cesar. Llevamos semanas conviviendo y pasamos muchas horas juntos, compartiendo paseos, charlas, ilusiones, sueños, cama, lecturas, obras tuyas que me lees mientras compartimos el sofá y un café caliente. Al principio me sonaba tu prosa, pero no era difícil, habiendo trabajado tantos años en una librería, y el ser una gran lectora; he leído de todo y podía ser que me sonaras a algún escritor. Entre unas cosas y otras, me fui dando cuenta que te había leído antes, en otro idioma, pero eras tú, tu esencia, ese duende inconfundible. Al final, decidí pedir ayuda a Jarel para saber si él podía sacarme de la duda de quién era Jam Kirt o quién había detrás de él. Pasados unos días me confirmó que mi intuición no me había fallado y que tú eras Jam.
—Discúlpame, debí decírtelo desde el primer día, pero según fueron pasando me resultaba más difícil.
—Cada vez que me besabas, que me acariciabas, que me leías o paseabas de mi mano, me estabas diciendo que eras tú. Tu esencia estaba en cada uno de esos gestos, la misma que dejas plasmada en tus obras. Para mí hace tiempo que dejó de ser un secreto.
—Es que hoy, tú, yo, las confidencias, tus miedos… Mi vida también cambió de la noche a la mañana al conocerte. Contigo puedo ser yo mismo, y no quería romper esa magia.
—Anda chico sensible, ven aquí, nada se ha roto. Todo lo contrario, seguirá igual y tu secreto estará a salvo conmigo.
—Gracias, es que no quiero dejar de ser jamás como soy, sencillo, ese loco escritor que nadie reconoce, pero que en el fondo desde hace unas semanas se ha cumplido su deseo: conocer a una persona con la que compartir su vida.
—Va, déjate de tonterías, nada cambia —se paró a mirar el reloj— lo que sí sé, es que será mejor que tomemos algo y descansemos, si no llegaremos cansados a la cita con mis amigos.
La tarde fue igual que las anteriores pese a las confesiones mutuas de ese día. Ambos habían decidido no hacer nada en esas fechas y, como donde trabajaba ahora Shamira abría todos los días, no estaban agobiados como todo el mundo pensando en menús para esas fechas ni cansados de organizar reuniones familiares.
Después de descansar un poco, salieron a dar un paseo y así hacer tiempo para poder ir junto a los amigos de Shamira a la hora acordada. Ella deseaba ver la cara de todos cuando la vieran aparecer de la mano de Cesar. Mientras paseaban para ir haciendo tiempo, disfrutando de los escaparates navideños y de ese ambiente, no dejaba de darle vueltas a la cabeza. ¿Cuál sería la reacción de sus amigos?¿Aceptarían a Cesar en el grupo o tendría que distanciarse de ellos para poder vivir su sueño? Tenía claro que Cesar era el hombre de su vida y deseaba que ellos respetaran y apoyaran esa locura suya.
La tarde había pasado volando y poco faltaba para la hora del encuentro. Estaban ya cerca del lugar donde habían quedado. Los dos iban agarrados de la mano dejando que su amor los delatara en cada paso, en cada mirada cómplice. A Shamira se le había cumplido su deseo y ahora, quería hacer a sus amigos participes de él.