País Relato - Autores

mar fernández

espejismos del ayer

Aquella tarde de viernes la oficina era un hervidero de actividad, en las últimas semanas habían tenido trabajo extra en la empresa de publicidad Albany & Connor por la llegada del verano, y los trabajadores habían hecho más horas extra que en todo el año.
Faith Anderson estaba frente a la gran pantalla de su ordenador revisando la campaña Coleman, comprobaba que la cuatricromía estuviera perfecta para dar el realismo a los colores vivos que representaban el refresco de moda del momento. Cuando estuvo segura de que era lo que buscaba, cliqueó el ratón para pedir a la impresora una prueba, y se recostó sobre el sofá de cuero que ocupaba.
Se quitó la montura de las gafas y se pinzó el puente de la nariz. No había sido consciente de lo cansada que estaba hasta que su cuello dolorido protestó. El sonido de su móvil la sacó de su estado y alargó su mano con desgana hasta dar con él y así poder activar la pantalla táctil para saber quién llamaba. Se sorprendió al ver un número que no estaba en su agenda y pensó en no cogerlo, pero, al final, y por inercia, aceptó la llamada.
―Faith Anderson ―se presentó―, ¿quién es? ―preguntó con cierta curiosidad.
―Señorita Anderson, soy Tayler Peterson, del bufete de abogados Caleb, en Nueva Orleans.
―¿Nueva Orleans? ―repitió la joven.
―Exacto. La llamo para comunicarle el fallecimiento de Isabella Wilson.
―Disculpe ―le cortó Faith sin comprender―, pero no sé quién es esa mujer.
Un suspiro sonó desde el otro lado de la línea, parecía que el señor Peterson se sentía contrariado por su actitud poco receptiva.
―La señora Wilson era hermana de su abuela.
―Perdone… señor Peterson ―replicó molesta por su insistencia―, pero no tengo ninguna abuela.
―Señorita ―le cortó molesto―, si me dejara terminar acabaríamos antes.
La prepotencia de aquella voz masculina enervó a Faith, pero suspiró varias veces intentando calmarse.
―Usted dirá.
―Solo pretendía informarla de que la señora Wilson falleció hace un par de semanas. Dejó dispuesto que usted fuera su única heredera.
―Pero…
―Mire, si me da un correo electrónico, le remitiré toda la información. Tengo otros asuntos pendientes.
Faith apretó el teléfono con fuerza, irritada por las malas maneras que mostraba aquel hombre, y sin usar un tono demasiado amable le dictó su e-mail antes de colgar sin despedirse.
Recostó su cabeza de nuevo en el cómodo sofá de oficina, intentando darle sentido a lo que aquel «abogaducho» le había dicho. Le hubiera gustado preguntar a su madre por aquella supuesta familia, pero hacía dos años que había fallecido por un cáncer que había minado sus fuerzas hasta llevársela. Hacía mucho tiempo que no la recordaba porque le hacía sufrir, pero aquella llamada se la había traído a la memoria y una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
―Eh, Faith ―la llamó la conocida voz de Andreu Albany, que se comportaba más como un amigo que como jefe―. ¿Qué pasa? ―preguntó, sus manos ya se situaban sobre sus hombros para darle un ligero masaje.
―Nada ―mintió mientras disfrutaba de la magia de sus manos.
―Por favor, no me mientas, nos conocemos desde hace mucho tiempo, y ―dijo girando el sillón quedando frente a frente―, esas lágrimas no son por nada.
Faith decidió rendirse, sabía que con Andreu no se podía, y si no le contaba la verdad, no pararía hasta escuchar salir de sus labios algo que lo convenciera.
―Está bien, he recibido una llamada algo inquietante.
―Espera, déjame adivinar, un admirador secreto que quiere una cita contigo ―comentó con humor.
―Andreu, no vayas por ahí ―dijo levantándose para dirigirse hacia la ventana situada al otro lado del despacho―, sabes que desde que Robert se esfumó, no quiero saber nada de los hombres.
Bien lo sabía su interlocutor, aún le entraban ganas de estrangular el cuello de aquel cerdo por haber abandonado a Faith cuando su madre enfermó, comportándose como el cobarde que siempre había supuesto que era. Su aspecto de dandi había conquistado a la tierna joven, y cuando tenía que ratificar todo lo que le había jurado, desapareció para no tener ninguna atadura.
―Recuerda lo que te digo siempre, hay muchas flores en el campo…
El gesto de la mano de Faith, instándole a parar, lo hizo sonreír, pero no dudó en dejar el asunto por el que siempre acababan discutiendo. No era la primera vez que le concertaba una cita a ciegas con alguno de sus amigos, intentando así que recuperara la fe en el género masculino.
―Vale, pero debes contarme sobre esa llamada que te ha puesto de tan mal humor.
―Un abogado, un tal Peterson, me acaba de anunciar que tenía una supuesta tía abuela que me ha dejado una herencia.
Los ojos de Andreu se abrieron y una sonrisa se formó en sus perfectos labios.
―¿Una herencia? Deberías estar dando saltos de alegría con esa noticia.
―Lo estaría si en algún momento hubiera sabido de la existencia de esa mujer. Siempre pensé que mi madre y yo estábamos solas en el mundo.
―¿Sabes si aparte de ella queda alguien más?
―No pregunté, ese maldito abogado era un prepotente.
―¿Y qué vas a hacer? ―interrogó Andreu apoyando su trasero sobre el escritorio en actitud relajada.
―Nada ―contestó llanamente.
―Eso no pienso permitirlo, mañana mismo irás…
―Andreu, es en nueva Orleans.
Su interlocutor suspiró, encantado de escuchar aquel nombre.
―¿Nunca has estado? ―no esperó a que respondiera y siguió hablando como si ella no estuviera allí―. Es una ciudad inolvidable, envuelta en un halo de misterio que te atrapa. Sus calles son una mezcolanza de culturas, y el ambiente…
―No vas a convencerme ―exclamó Faith resuelta.
―Oh, claro que vas a ir, como te digo, una vez fui con Suzanne y no queríamos volver después de conocerlo. Además, soy tu jefe y podría decirse que es una orden ―concluyó cruzando los brazos sobre su pecho.
―No creo que sea buena idea…
―Llevas semanas sin descansar, por no decir que han pasado años desde la última vez que te cogiste unas vacaciones; como jefe tuyo que soy, te lo ordeno. No tienes que preocuparte por nada, solo por hacer la maleta.
―Espera…
―No hay peros que valgan. Yo mismo haré las reservas, al menos por tres semanas.
―¡¿Tres semanas?! ―exclamó furibunda. Su trabajo lo era todo para ella, era lo que llenaba las horas de su vida, y sin él no sabría cómo comportarse, pero la mirada azul que estaba clavada en su rostro le decía que no valía la pena discutir.
―Ahora recoge tus cosas y vete a casa. Mañana un mensajero te llevará lo que tengo planeado para ti ―finalizó con una sonrisa antes de salir por la puerta.
Faith bufó mientras cogía su gran bolso marrón para meter sus cosas en él, y lo colgó sobre su hombro antes de comprobar que todo estaba en su sitio. Se dirigió a la sala donde ya esperaba su prueba en papel de la campaña Coleman, y tras comprobar que estaba perfecta de color, se dirigió hasta la mesa de Darcy, la secretaría de la empresa, que la recibió con una sonrisa.
―Entrégale esto al señor Albany, es lo de Coleman.
―Por supuesto. Te deseo un buen fin de semana.
Faith no pudo evitar sonreír a su vez, contagiándose por la alegría de Darcy ante los próximos días de descanso.
―Lo mismo te deseo, y sé buena ―apuntilló antes de guiñarle un ojo y dirigirse a la puerta del ascensor.
Cuando salió al exterior, le recibió una oleada de aire caliente, aunque ni se le ocurrió protestar, era lo habitual en su querida Alabama. Los inviernos eran cálidos, y como consecuencia, los veranos, abrasadores. De nada le había servido ponerse un fino vestido de lino crema, el calor se adherida a su piel de una forma inclemente. Cuando giró la llave de su pequeño apartamento, una nueva oleada de fuego la embargó, había olvidado que el aire acondicionado del edificio se había estropeado el día anterior. Una sonrisa curvó sus labios al percatarse de por qué no quería abandonar la oficina donde la temperatura media era de veintidós grados.
Tiró su bolso sobre el recogido sillón verde que ocupaba parte de su salón, y se deshizo de las cómodas sandalias de piel marrón para poder disfrutar del frescor que irradiaba la fina baldosa bajo sus pies. Mientras caminaba hacia el pequeño cuarto de baño se fue desprendiendo de la poca ropa que cubría su cuerpo y agradeció el potente chorro de agua fría que cayó sobre su cabeza.
Tras una relajante ducha helada, se puso ropa interior y una amplia camisola de tirantes para evitar empezar a sudar de nuevo. Vagabundeó durante unos minutos por la casa, y finalmente se dirigió al altillo de su dormitorio. Subida en una silla, alcanzó la caja de rayas multicolor donde guardaba los recuerdos de su madre, intentaría evitar ese dolor lacerante en su pecho, pero debía buscar entre sus cosas algo que le diera alguna pista sobre esa familia que desconocía poseer. Si era sincera consigo misma, nunca había tenido el valor de husmear en aquella caja de recuerdos que tan bien protegía su madre, pero tenía que saber algo más.
La puso sobre la cama y, con reverencia quitó la tapa, que mantenía una ligera capa de polvo, para encontrarse con un sinfín de objetos. Entre ellos cogió una banda de vivos colores que ella había logrado en la escuela primaria tras ganar un concurso de dibujo. Una sonrisa se formó en sus labios al ver que su madre lo había guardado con tanto amor. Lo dejó sobre el edredón y rebuscó un poco más. Algunas invitaciones a cumpleaños de viejas amistades, una bolsita con velas de sus cumpleaños, una figurita de barro creada con sus propias manos… Todos los recuerdos estaban relacionados con ella y eso le hizo sentir un nudo en la garganta. Finalmente, llegó al fondo, donde un sobre marrón descansaba como queriendo ser ocultado. No tenía nada escrito y lo sacó con cierto esfuerzo, ya que era demasiado grande para entrar en la caja.
Buscó una zona libre y vertió su contenido para encontrarse con un abanico de fotografías de varias épocas. Sus dedos atraparon la que estaba arriba del todo. En ella, su madre se recostaba sonriente contra un pecho masculino, que era el de su padre, cuyos ojos marrones parecieran estar hablándole. La acarició con sus dedos antes de dejarla a un lado y seguir cotilleando, encontrando a cada paso su rostro en las diferentes etapas de su vida.
Estaba a punto de guardarlas cuando localizó una en blanco y negro. En ella pudo descubrir a su madre cuando apenas era una niña, sonreía alegremente mientras dos mujeres, una situada a cada lado de ella, ponían sus manos sobre sus hombros. Cogió la lupa que tenía en un cajón de la mesilla para poder estudiar sus rasgos y comprobar que eran muy parecidos a los de su madre y los propios. ¿Serían aquellas mujeres su abuela y la hermana de esta? ¿Por qué su madre nunca le había hablado de ellas? Ni una sola vez había escuchado sus nombres, y, a su pesar, una intriga acuciante la atrapó.
Guardó de nuevo todo en la caja y se dirigió a la pequeña cocina americana para rebuscar algo en la nevera para cenar. Encontró restos de comida china, que había pedido dos días antes, y ni se molestó en calentarla. Frente al televisor, cenó mientras disfrutada de su serie favorita quedándose dormida en el sofá, como otras noches de su día a día.
Sabía que estaba mal salir de casa a escondidas, si su padre llegaba a enterarse de su escapada, laceraría su piel con un látigo, como tantas veces había visto hacer con los esclavos de su poder, pero necesitaba disfrutar de la cálida caricia del sol sobre su rostro y del aire que aliviaría su piel del intenso calor de aquel mes de verano.
Había logrado despistar a aya, Mercy, que la había criado desde su más tierna infancia. Solo temía que su padre tomara acciones también contra la vieja mujer mulata que era como su sombra. No era la primera vez que escuchaba el rumor de que era la hermanastra de su padre, su abuelo había degustado siempre de los placeres de la carne con sus esclavas, pero aquello era otro de los tabús que pululaban por la plantación de la familia Wilson.
Desde que había empezado la guerra, y su hermano había fallecido en una de las contiendas, dejando viuda y un hijo, el carácter de su padre había empeorado, y como único miembro directo vivo de la familia, ella pagaba las consecuencias.
Oteó a ambos lados antes de traspasar las modestas casas de los negros, y llegó, no sin cierto esfuerzo, a una arboleda cercana donde sabía que su padre no la buscaría. Se sentó en el viejo tronco que siempre utilizaba para tal fin y sacó de la cinturilla de su vestido el pequeño libro de poesía que siempre la acompañaba y que era el único recuerdo de su madre que conservaba. Como había deseado, el aire fresco y los sonidos de insectos y pájaros a su alrededor caldearon su corazón tanto o más que la lectura. El tiempo pasó sin ser apenas consciente, y el sol siguió su camino al descender para, poco después, desaparecer como cada día desde que el mundo era mundo.
Estaba a punto de regresar al amparo de la gran casa cuando una mano tapó su boca y una voz le habló cerca de su oído.
―No grite, no le haré daño ―le dijo una voz masculina que no reconoció. Ante ella aparecieron todos los consejos que le había dado Mercy, y que ella había preferido ignorar.
Otra mano tomó su cintura y la hizo girarse para encontrarse frente a un hombre que le sacaba casi dos cabezas. Su rostro mostraba una oscura barba espesa, y unos ojos azules como el cielo la miraban interrogantes sin apartar los dedos de sus labios.
―¿No va a chillar? ―le preguntó desconfiado.
Savannah asintió con un gesto de cabeza, y el hombre, tras unos segundos de duda, la soltó.
―¿Qué quiere? ―preguntó ella con angustia, no le había pasado desapercibido el color de su ajado uniforme unionista, perteneciente al ejército enemigo, el que había acabado con la vida de Graham.
―Señorita ―la llamó con marcado acento norteño―, tranquilícese, no pretendo dañarla ―pronunció enfatizando sus palabras con un gesto de su mano herida, vendada con una rudimentaria gasa.
―¿Espera que le crea? ―dijo la joven apartándose temerosa de su cercanía.
El pareció contrariado y dio un paso hacia ella, arrinconándola contra un alto árbol centenario.
Faith se despertó con el corazón acelerado y el cuerpo cubierto de sudor. No sabía por qué había soñado con aquello, pero podía sentir la inquietud de aquella joven al verse acorralada por aquel atractivo soldado.
Con cierto esfuerzo, se sentó en el sofá, y pensó que había sido debido a la cena poco sana que había degustado, si su madre hubiera estado con ella, le habría dado un gran sermón sobre sus hábitos alimentarios, pero ya no estaba a su lado.
Se levantó resuelta y se dirigió de nuevo a la ducha, y sin molestarse en poner nada en su cuerpo fue hasta su cama para intentar descansar algo, el día que le esperaba sería duro y quería tener las fuerzas suficientes para enfrentarlo.
***
Faith descendió del autobús, cansada después de casi cinco horas de viaje, en el que las paradas habían sido poco frecuentes. Cuando salió de la estación, no dudó en llamar a un taxi, al que le entregó la dirección que Andreu le había dado para localizar el hotel que le había reservado. No se sorprendió cuando llegaron al conocido Barrio Francés de Nueva Orleans. Era un compendio de casas de ladrillo rojizo adornado con amplias terrazas enrejadas con labradas celosías de hierro aderezados con vistosos maceteros de flores blancas que desprendían un fragante olor.
El taxista sacó su maleta de la parte trasera y se la entregó con una sonrisa en los labios. Cuando el coche arrancó, Faith se quedó quieta admirando la entrada del pequeño hotel donde se hospedaría. Unos escalones de piedra daban paso a una entrada de grandes puertas acristaladas de estilo francés, sobre ellas se podía distinguir, claramente, gracias a los focos que allí alumbraban, el nombre del hotel Philippe d’Orleans.
En el interior, llegó hasta un refinado mostrador donde una chica, no mucho más joven que ella, recibía a los visitantes con una sonrisa. Faith dejó la maleta en el suelo antes de saludar.
―Buenas tardes.
―Buenas tardes, señora, ¿en qué puedo ayudarla?
―Hay una reserva a mi nombre, Faith Anderson.
La joven tomó nota mental de su nombre y fijó su mirada en la pantalla del ordenador que tenía frente a sí. Tardó unos segundos.
―Sí, habitación cuarenta y cinco, situada en la tercera planta ―dijo entregándole una tarjeta magnética.
Faith la cogió y la guardó en su bolso.
―Gracias, Lesly ―pronunció recalcando su nombre, que había leído poco antes en la placa que presidía su camisa blanca. Prefería llamar a las personas por su nombre para tener una mayor proximidad.
―Un placer, señorita Anderson. Y si necesita alguna cosa, no dude en llamarnos, estaremos a su servicio.
―Así lo haré ―le dijo antes de dirigirse al ascensor situado al fondo del hall.
Como el resto del edificio, le pareció una obra de arte. Según pasaba los pisos, podía vislumbrar los pasillos a través del enrejado del ascensor, que no era la común cabina con espejos, asemejaba más a una jaula ornamentada que oscilaba en el aire.
Cuando entró en la habitación y encendió la luz, pudo disfrutar del estilo elegante que se vislumbraba por doquier, y lo encontró tan romántico que no le extrañó que Andreu hubiera conquistado en ese viaje a Suzanne, su esposa desde hacía un par de años. No podía negar que sentía cierta envidia por aquella pareja tan perfecta. Estaba segura de que ella nunca encontraría a nadie con quien compartir un amor tan grande como el que ellos dejaban traslucir.
Deshizo su escasa maleta, y decidió darse una ducha antes de salir y cenar algo en los restaurantes que había por los alrededores. Estaba cansada, pero no quería malgastar el tiempo, y el barullo que sonaba en el exterior presagiaba lo que tanto le había recalcado su amigo, que Nueva Orleans podía ser una ciudad muy especial.
Ya en la calle se dejó llevar por el gentío que iba y venía por la amplia avenida, donde la gente disfrutada del maravilloso espectáculo de los grupos de jazz que tocaban en cualquier esquina para diversión de los turistas, que abrían sus ojos asombrados por lo bohemio del lugar.
Oteó los múltiples restaurantes de la zona y al final se decidió por uno pequeño, situado en medio de las tiendas comerciales llenas de suvenires del lugar. El camarero la recibió con una sonrisa y le entregó la carta antes de dirigirse a la siguiente mesa. Cuando regresó a su encuentro, Faith ya tenía claro lo que iba a tomar: Jambalaya, una extraña mezcla a base de pollo, marisco y chorizo. Sabía que quizás era demasiado pesado para cenar, pero su estómago protestaba después de horas en las que solo lo había saciado con un sándwich vegetal.
Con el primer bocado notó el sabor que hizo que su boca salivara y, a pesar de su primera impresión, degustó con felicidad el desconocido manjar. Estaba a punto de terminar con el plato cuando el sonido metálico de su teléfono hizo que abandonara el tenedor para buscar en el revoltijo que solía ser su bolso.
Pensó que se trataba de Andreu, que llamaba para saber si había llegado bien, pero cual no fue su sorpresa al descubrir la voz grave del abogado de su supuesta tía abuela.
―¿Señorita Anderson?
―Sí, la misma.
―Soy Tayler Peterson.
―Le he reconocido ―contestó Faith con voz hosca.
―La llamaba para concertar una cita con usted.
―Supongo que para eso he viajado hasta aquí ―replicó con sorna.
―¿Le vendría bien mañana en la tarde? ―la atajó Tayler molesto.
―Por supuesto, deme la dirección y allí estaré. Me gustaría acabar con esto cuanto antes.
―Por supuesto, señorita Anderson, estoy de acuerdo con usted. Le mandaré un mensaje con la calle y el número exacto ―contestó él antes de colgar sin esperar respuesta.
Faith soltó el aparato en su bolso con rabia. Aquel hombre le hacía sacar lo peor de su persona y no le gustaba. Daba gracias a los cielos de que solo fueran a encontrarse en un par de ocasiones como mucho, porque si no fuera así, estaba segura de que sus manos acabarían en el cuello masculino.
***
Hacía dos semanas que sus cansados pasos lo habían llevado hasta aquella grandiosa finca y había conocido a la señorita. Ella, pese a su reticencia, al final había limpiado su herida y alimentado su estómago, y desde entonces se habían encontrado en el claro del bosque cercano donde él se ocultaba.
Esa tarde apareció una gran sonrisa pintada en sus apetitosos labios, aquellos que había probado pocos días antes sin poder contenerse y sorprendiéndose de que ella no lo rechazara. Al llegar a su altura no dudó en arrojarse en sus brazos y enlazar los suyos tras su nuca.
―Te he extrañado ―le confesó la joven con timidez.
Richard rozó la suavidad de sus labios con deleite antes de contestar.
―Y yo a ti, mi amor.
―No me mientas ―suplicó ella sin creer sus palabras.
―¿A qué te refieres? ―cuestionó él sin saber a qué se debían sus dudas.
―A que no puedes amarme, hace apenas…
Él no dejó que acabara la frase, y con sus manos sobre la estrecha cintura le dijo la verdad que clamaba su corazón.
―Sé que es una locura, pero desde el mismo momento en que mis ojos se posaron sobre tu persona, mi corazón dejó de pertenecerme. Ahora es tuyo ―enfatizó sus palabras con una mirada cargada de intensidad que la apabulló.
Sus labios volvieron a unirse, pero esta vez el beso amenazó con incendiar sus cuerpos al igual que sus corazones.
Tayler se despertó con el sudor surcando su cuerpo y aquellos ojos verdes esmeralda clavados en su corazón. No era la primera vez que tenía esos extraños sueños que le acuciaban en la noche desde hacía semanas y que no llegaba a comprender.
Se giró en el colchón y comprobó en el despertador que la luz roja indicaba que eran la cinco de la madrugada. Resignado a no dormir, se levantó y se acomodó en el sillón situado frente al escritorio que había colocado en la habitación de su pequeño apartamento y decidió dedicar aquellas horas extras para revisar uno de los casos que tenía entre manos.
El día fue más largo de lo esperado, y cuando llegó la tarde, recordó la cita que tenía con la señorita Anderson. No le apetecía nada, y menos con el trato que le había dispensado la susodicha, pero era parte de su trabajo y él era un hombre responsable.
Se aflojó la corbata azul que apresaba su cuello y no dudó en desanudarla y meterla en la guantera del coche antes de dirigirse hacia la casa que la joven había heredado.
La mansión seguía siendo tan señorial como recordaba. Era una casa centenaria, pero se había conservado tan exquisitamente que parecía que su estampa venía de otros tiempos. Sacó la llave que pesaba en su bolsillo, la introdujo en la cerradura y entró al amplio hall. A tientas dio con la llave de la luz y cuando tubo visión, se maravilló de la madera de nogal que cubría las paredes. Estaba a punto de entrar en el amplio salón, situado a la derecha, cuando el sonido de unos muebles moviéndose en la planta superior le alertó. Sin dudar, subió las escaleras de dos en dos hasta llegar al dormitorio de donde procedía el sonido. No sin cierto temor, cogió el pomo dorado de la puerta y lo giró para entrar.
Cual no fue su sorpresa al encontrarse bajo la luz de unos candiles que no recordaba que estuvieran allí cuando realizó las fotos para el informe de venta. Un delicioso olor a flores le atrapó y la respiración desapareció de sus pulmones cuando ante él se dibujó la imagen de la mujer que había aparecido en sus sueños en varias ocasiones. Ella no parecía ser consciente de su presencia, y con parsimonia seguía peinando su cabello con un cepillo de plata y con maestría…
Se había citado con Robert aquella noche para fugarse con él. Sabía que era una locura y que su padre los perseguiría hasta el fin del mundo, pero no pensaba dejar partir al amor de su vida para no verle nunca más. Había preparado un pequeño saco con lo imprescindible, no necesitaba nada más que estar junto al hombre que le había robado el corazón. Se había vestido sencillamente, una simple tela de algodón color azul que solo usaba para estar cómoda en la casa, y en aquel momento se cepillaba el cabello con la intención de recogerlo en una trenza para que no le molestara.
Tenían todo planeado.
Sabía bien quién se ocupaba de los caballos de la finca, el viejo Tom era un buen hombre, pero le perdía en demasía aquel brebaje que los negros preparaban con la caña y estaba segura que pasada la media noche dormitaría sobre el heno. No sería difícil sacar de la cuadra dos de los caballos más rápidos de la yeguada y desaparecer en la noche.
Estaba a punto de colocarse la capa negra sobre los hombros cuando la puerta se abrió dando paso a Robert, que mostraba su rostro ensangrentado, y restos de sangre en la camisa azul que ella le había conseguido. Savannah se levantó de la banqueta que ocupaba frente al espejo y corrió a su encuentro.
―¿Qué haces aquí? ―preguntó mirando con temor hacia la puerta.
―Tenemos que irnos ―contestó este apurado.
―Mi amor, ¿qué ha pasado?
―Uno de los hombres de tu padre me ha descubierto, me ha costado dejarlo inconsciente, pero no estoy seguro de que no haya dado la voz de alarma.
Ella se tapó la boca con la mano, le miraba aterrorizada, sin ser capaz de reaccionar a sus palabras hasta que Robert la zarandeó.
―Savannah, tienes que apresurarte, tenemos que marcharnos antes de que…
―¡Ninguno de los dos saldrá de esta casa!
Tronó una voz a su espalda. Se trataba del padre de Savannah, que los esperaba en la puerta de entrada con un rifle apuntando a ambos.
―Señor… ―intentó hablar Robert, pero el hombre que le miraba con ojos llenos de odio se lo impidió.
―¡Sucio bastado!, pagarás por haber osado tocar lo que nunca estuvo a tu alcance ―le amenazó apuntando a su pecho.
Savannah sintió su corazón latir acelerado, y cuando escuchó amartillar el arma no dudó en ponerse delante de su amado, pero llegó demasiado tarde. Una mancha carmesí empañaba ya la camisa azul de Robert, que caía derrotado…
Tayler sintió un dolor agudo que le hizo caer de rodillas agarrándose el pecho que parecía arder. Un sudor frío surcó su rostro y sintió cómo sus pulmones se quedaban sin aire. La oscuridad le envolvía, y a pesar de que sus ojos querían cerrarse, intentó evitarlo.
***
Faith estaba cansada de esperar a la entrada de la casa señorial donde le había dejado el taxi diez minutos antes. Había llamado en dos ocasiones al número del abogado para desahogar su malestar, pero parecía no querer responder. Notaba cómo el enfado iba creciendo por momentos, y, resuelta, se dirigió a la puerta.
Cual no fue su sorpresa al encontrar que había luz en el interior, y cuando intentó girar el pomo se percató de que estaba abierto.
Entró con pasos inseguros, pero cogió soltura para subir las escaleras al escuchar un estruendo que procedía de la segunda planta. El aire abandonó sus pulmones al presenciar la escena que se presentaba ante sus ojos. Solo llegó a tiempo de ver cómo un hombre, vestido con ropajes de otra época, cayó herido sobre el suelo…
Savannah acunó entre sus brazos a Robert hasta que sus ojos se apagaron a la vida. Su propio corazón se había detenido y sus ojos se habían plagado de amargas lágrimas.
―Suelta a ese hombre ―le exigió su padre, con el arma aún humeante entre sus manos―, has deshonrado a la familia.
La ira se apoderó de la joven y dejando a su amado inerte en el suelo, se levantó para enfrentarlo.
―¡Te odio! ―vociferó, acercándose a su progenitor―. Y no me importa nada el nombre de la familia. Amaba a ese hombre…
Una bofetada acalló sus palabras, pero Savannah ni se inmutó, acostumbrada como estaba a los desmanes de su amo y señor. Volvió a levantar su rostro con valentía para demostrarle que no le afectaban sus golpes.
―Te has convertido en una perdida como lo era tu madre ―le recriminó él con la intención de herirla―. Pero no me importa, igualmente te casarás…
Savannah sonrió anchamente mientras se alejaba, acercándose a la ventana abierta por donde se filtraba una tenue brisa.
―Nada me importa ya, y ni mucho menos serviré para tus tejemanejes. Te maldigo por destrozar mi vida y mi amor, y espero que tu condena sea recordar cada día lo que perdiste por tu egoísmo.
Sin mediar palabra se precipitó por el hueco de la ventana, dejándose caer al vació de dos pisos de altura. Sintió que volaba, feliz al saber que se reuniría con su amado en un lugar mejor que aquella hacienda maldita…
Faith salió del estado en el que se encontraba y fue consciente que había vuelto a la realidad, y que frente a sí había un hombre vestido con un traje actual. Estaba arrodillado a sus pies y se palpaba el pecho dolorido.
―¿Robert? ―preguntó inconscientemente.
Unos ojos oscuros se clavaron en su rostro con intensidad antes de dejar de palparse el pecho y levantarse hasta llegar a su encuentro.
―¿Savannah?
No hubo respuesta por parte de ninguno, perdidos en el embrujo que los envolvía a ambos. Sin ser conscientes de ello, sus labios se unieron como si hubieran pasado siglos esperando ese contacto que hizo que sus cuerpos sintieran una corriente eléctrica que les atravesó.
La madrugada los encontró agazapados entre las sábanas y abrazados el uno al otro. No querían separarse por miedo a volver a perder algo que había nacido mucho antes y que ahora retomaban en otros cuerpos, pero con las mismas almas de antaño que llevaban buscándose décadas.