Bradley Dawson se había criado en un pequeño pueblo cercano a Jacksonville, y a pesar de haber abandonado aquel lugar siendo apenas un niño los recuerdos aún perduraban en su corazón. Sobre todos ellos; los atardeceres bañados por el sol y aquella niña de cabello dorado que corría por los extensos campos ocres cercanos a su hogar. Su sonrisa era capaz de iluminar un condado, y sus grandes ojos azules eran expertos en derretir al ser más duro de corazón.
Entonces eran unos niños sin miedo a nada, y bailaban junto al trigo que se mecía con el viento. Y como olvidar a la abuela Emily, como la llamaba a pesar de que no les unía la sangre, que solía gritarles desde la lejanía prometiéndoles una merienda deliciosa. Adoraba aquella tarta de manzana y miel que se deshacía en su paladar y que nunca abandonaría su memoria. Se sentía abrigado en aquella morada tan distinta a la propia y a la que no pertenecía. Cuando la luz anaranjada se prolongaba en el horizonte sabía que debía regresar a la vieja cabaña cercana, donde solo le esperaban gritos, soledad y una madre sin ganas de reír junto a un padre duro como la roca.
Solo ella era la luz de su vida en aquel entonces, pero una mañana sombría de noviembre tuvo que partir junto a su familia sin un triste adiós, dejando todo lo que conocía y amaba. Y aquel campo en el jugaban en las tardes de primavera quedó atrás.
El tiempo transcurrió y la muerte de su madre cambió su interior y endureció su corazón. Cuando fue lo suficientemente mayor para valerse por sí mismo abandonó a un padre que nunca le quiso y emprendió su propio camino. Viajó durante semanas, meses y años en busca de algo que nunca encontró. En las noches, sentado junto a una hoguera, solo podía vislumbrar a la niña de cabellos dorados entre las llamas anaranjadas, y solo ese recuerdo calentaba su corazón.
Después de cientos de millas recorridas sus pasos le llevaron a aquel campo que se mantenía impertérrito, como esperando su regreso. Ahora sabía que su viaje había finalizado, que había llegado a su destino.
Se sintió ridículo frente a la puerta de aquella granja que se mantenía igual que en sus recuerdos, y aquel olor a tarta de manzana inundó su nariz.
Había regresado al hogar que nunca tuvo, pensó con el aire contenido en los pulmones. El sonido de los goznes de la puerta le sorprendieron, y ante sus ojos apareció la anciana mujer que apenas había cambiado en aquel tiempo. Sus ojos grises se clavaron en su rostro unos segundos antes de hablar.
―Muchacho, qué sorpresa verte.
Bradley la observó con asombro.
―Bradley Dawson, ¿no piensas besar a esta vieja?
Se sintió torpe mientras abrazaba el frágil cuerpo de la octogenaria, pero se sintió reconfortado como hacía tiempo que no lo hacía.
―Pasa, muchacho, que una de mis tartas te espera.
Él la siguió con el sombrero entre sus manos. Todo en el interior de la vivienda seguía tal cual lo recordaba. Emily le indicó que se sentara frente a la mesa y colocó una taza de hojalata humeante frente a él junto a una porción de tarta.
―¿Se te ha comido la lengua el gato? ―preguntó la mujer con una sonrisa en los labios mientras se sentaba frente a él.
―No, abuela Emily, solo estoy sorprendido de que me reconociera ―respondió Bradley antes de llevarse el primer pedazo a la boca.
―Chico, hubiera sido imposible lo contrario, mi nieta no paraba de hablar de ti, extrañándote durante años.
Bradley apretó el puño, molesto por el tiempo que había malgastado.
―¿Dónde está ella? ―preguntó directo.
De nuevo una sonrisa cadente se dibujó en el rostro de Emily.
―Ayer partió a San Luis.
―¿San Luis? ―repitió Bradley con el corazón cabalgando sobre su pecho.
―Aquí no queda nada para una joven como ella. Hace unos meses leyó un artículo en el periódico local donde se solicitaba una caravana de mujeres para un nuevo poblado en Oregón.
―¿Qué? ―boqueó incrédulo.
―Lo que has oído, y si no quieres que se case con cualquier buscador de oro de poca monta te aconsejo que prepares tus alforjas y partas cuanto antes. Quiero recuperar a mi niña ―le advirtió.
***
Bradley Dawson espoleó su caballo mientras sus piernas se ajustaban al lomo del animal para no caer. El pañuelo que protegía su rostro del polvo, que se elevaba en espiral a su paso, se empeñaba en dejar su posición, pero poco le importó. Achicó los ojos y siguió con la carrera como sí de ello dependiera su vida. Su objetivo era la diligencia que seguiría allá donde se dirigiera, incluso al mismísimo infierno.
***
La señora Morgan, dueña de la única pensión de Garner Ville, había sido tan amable de ofrecer una de sus habitaciones a las mujeres de la diligencia para que se recompusieran tras horas de viaje. Cuando llegó el turno de Heather Stevenson la joven entró en el cuarto y miró con anhelo el palanganero que reposaba sobre la cómoda. Tras asearse y refrescarse repasó el estado de su indumentaria. La falda de paño color borgoña no mostraba ni una sola mota de polvo, y la pelliza que completaba el conjunto tenía abrochado cada uno de los botones de latón hasta llegar a su cuello.
Se acercó al pequeño espejo situado en una de las paredes y observó su reflejo críticamente. Colocó algunos de los díscolos mechones de su cabello rubio tras su oreja, y retocó con un movimiento de dedos la situación del pequeño sombrerito de fieltro que adornaba su cabeza. Estaba preparada, se repitió por décima vez, aunque no estaba segura de estarlo realmente, para su nueva vida en Oregón.
El cochero de la diligencia les había dado un par de horas de asueto, y el sonido de su estomago indicó a Heather que hacía horas que no había probado bocado. Las viandas que le había entregado la abuela Emily se habían agotado horas antes. Con resolución se encaminó hasta el edificio de cuyo porche colgada un letrero que prometía las delicias de la señora Campbell.
Entró en el salón y el delicioso olor de un estofado de ternera le confirmó que había acertado con el restaurante. Muchos de sus compañeros de viaje debían haber pensado lo mismo porque solo quedaba una mesa libre que ella se apresuró a ocupar. No se sorprendió cuando Catherine, la joven que llevaba su mismo destino, se sentaba frente a ella y pedía un plato idéntico al que Heather ya degustaba.
―Estoy agotaba ―comentó la joven deseando entablar conversación.
Heather se limpió los labios con la servilleta antes de hablar.
―Son muchas millas las que nos separan de Oregón ―comentó amigablemente.
―A veces pienso que he cometido un error al emprender este viaje ―confesó Catherine apoyando su barbilla sobre la mano que se acodaba contra la mesa.
―Catherine, no pienses eso, buscamos una vida mejor.
―¿Y de verdad piensas que la encontraremos lejos de nuestros seres queridos?
***
Su pregunta hizo dudar a Heather. Le había roto el corazón separarse de su querida abuela, pero el pueblo donde vivían estaba casi muerto tras la desaparición de la mitad de los hombres tras la guerra. Durante años había tenido la esperanza de que Bradley regresara, y como en sus sueños infantiles, se enamorara de ella. Con el tiempo se había dado cuenta que eso nunca sucedería, y que su amor infantil no tenía sentido. Cuando leyó aquel anuncio en el periódico pensó que era una señal del destino para que buscara al hombre a quien entregar su corazón, pero ahora no estaba tan segura. La voz de Catherine la sacó de sus pensamientos.
―No he probado un guiso igual en mi vida ―proclamó la joven mientras volvía a llenar su cuchara.
―Yo sí, el de mi abuela.
―¡Oh! Mi madre es muy buena mujer, pero sus guisos no los quieren ni los perros ―confesó Catherine con humor.
Ambas jóvenes prorrumpieron en sonoras carcajadas que lograron que varios pares de ojos se clavaran en ellas por el alboroto provocado.
***
Bradley desmontó de su caballo con soltura antes de entregarle las riendas al muchacho de la herrería para que lo cuidara mientras buscaba a la joven. Se ajustó el sombrero sobre la cabeza y se arremangó la camisa en torno a los codos. Observó la calle principal y comprobó el lugar que ocupaba el sol en el firmamento antes de encaminarse a la parada de postas, donde le habían informado que aún continuaba el vehículo en uno de sus descansos.
Faltaban menos de quince minutos para que la diligencia emprendiera de nuevo el viaje, y el lugar estaba atestado de gente, pero Bradley encontró sin dificultad a la joven de cabellos dorados. Se acercó, haciéndose paso entre los viajeros y llegó hasta ella. La observó a poca distancia, pero sin atreverse a hacerse visible, y la estudió. Ya no era la niña de sonrisa cantarina, ni él aquel pobre niño necesitado de su luz. Era la mujer más hermosa de la parada y cuando sus ojos se clavaron en su persona creyó que su corazón dejaba de latir. Quiso hablar, pero su boca estaba seca. Cuando ella se aproximó dejó de respirar al ver la intensidad de su mirada clavada en su rostro.
―¿Bradley Dawson? ―preguntó Heather a media voz.
Bradley obligó a su voz a hacerse presente, aunque sonó rasgada.
―Sí, soy yo, y he venido a por ti.
Heather abrió los ojos plausiblemente, incrédula ante sus palabras. Llevaba medía vida soñando con aquel momento, y ahora que había llegado no sabía cómo reaccionar.
―No entiendo ―respondió a sus palabras confusa.
―Sé que quizás he llegado tarde ―se excusó el hombre mientras se quitaba el sombrero y jugueteaba con él entre sus dedos―, pero no quiero que te marches a Oregón ni a ninguna parte. He tardado años en descubrir donde estaba mi hogar, y si ahora tú te marchas nunca podré volver a sentir su calor.
Heather le observó durante largos minutos, que a Bradley le parecieron eternos.
―Mi maleta está en la parte superior de la diligencia ―expresó la joven―, si no te das prisa se irá a Oregón con todas mis pertenencias.
Bradley quiso gritar de júbilo, saltar como un niño, pero simplemente le dedicó una radiante sonrisa antes de seguir sus indicaciones, encaramándose al vehículo ante los ojos del resto de pasajeros, que los observaban con una sonrisa en los labios.
***
La diligencia abandonaba Garner Ville seguida por una nube de polvo mientras en la parada de postas una pareja se besaba con timidez después de años buscándose.
Bradley siempre había proclamado que la tarta de la abuela Emily era lo más dulce que había probado, pero ahora ya no pensaba lo mismo. Cuando había unido sus labios a los de Heather había conocido un sabor nuevo, excitante y dulce a partes iguales, y al que no pensaba renunciar. La estrechó entre sus brazos y su fragante olor traspaso sus fosas nasales.
Heather sentía el corazón acelerado en su pecho. Aún estaba sorprendida por la decisión que había tomado al encontrarse con Bradley, pero no se arrepentía porque cuando la besó supo que estaba frente al hombre que amaría toda la vida.