—¡Manos arriba! ¡Póngalas sobre la cabeza! ¡Ni un movimiento más!
Obedeció. Por un momento observó que el teléfono quedaba colgando, balanceándose como un recién ahorcado. El tipo que encañonaba al espía, añadió, irónico:
—Comunicaba, ¿verdad?
—Sí. ¿Quién se lo ha dicho? ¿Fue mi compañero quien me traicionó?
—Oh, no. Le aseguro que no. Es más. Quizá ahora mismo su compañero esté haciendo al mío una pregunta igual. Vamos. Adelante. ¡Vamos!
Le empujó con la pistola. Ni siquiera se molestó en cachearle. El edificio estaba rodeado de agentes. Le explicó según caminaban hacia la puerta:
—Su compañero le ha sido leal. Tan leal como usted a él. Y esa lealtad fue precisamente lo que nos permitió capturarles. Ustedes habían planeado la fuga demasiado bien. Pusieron los relojes exactamente en punto, al segundo, a la décima de segundo. Quedaron en llamarse a las nueve acordaron que si uno de los teléfonos comunicaba era de suponer que sucedía algo anormal, de modo que volverían a llamarse un cuarto de hora después. Si en esta ocasión también seguía comunicando se llamarían un cuarto de hora más tarde. Si se repetía esta vez, tratarían, sin más, de huir.
—¡Usted me ha dicho que nadie nos traicionó!
—Cierto. Le dije que su compañero era leal. Y lo es. Cuando descubrimos su plan, el agente que les seguía solamente pudo escuchar. No estaba en condiciones de detenerles. De manera que se limitó a informarnos. Oyó el número de sus teléfonos, todo. Pero nosotros andábamos escasos de tiempo. Por suerte ustedes fueron exactos, puntuales, precisos. Casi podríamos decir: perfecto. Y esa media hora extra, fue la que nos dio suficiente margen para echarles el guante.
—¿Media hora extra?
—Exactamente. En ninguno de los dos teléfonos hubo más personas que ustedes. Si uno cualquiera se hubiera adelantado o retrasado un instante en marcar el número se habría hablado con normalidad y escapado inmediatamente. Pero se llamaron ambos al mismísimo tiempo, levantaron ambos el teléfono a la vez y, claro, al oír que comunicaba esperaron el cuarto de hora que habían convenido. Y después, otro nuevo cuarto de hora. Moraleja: “en nuestro oficio jamás trabajes con la precisión de un robot”.
Llegaron en silencio a la salida del edificio. El inspector jefe se les acercó, funcional:
—¿Qué tal resultó?
—Igual que habíamos pensado, jefe.
El espía les miraba sonriente. Ante aquella sonrisa el jefe se encrespó:
—¿Le hace gracia su situación? ¿No sabe que le espera la horca?
—Ustedes dirán. El caso es que mi compañero va a tener el mismo destino que yo. Estoy seguro. Y se lo voy a demostrar. Ahora verán.
Desabrochó con calma la camisa y les mostró el pecho desnudo. Todo estaba construido de metal. Su mano tocó un interruptor. Instantáneamente el robot espía se desintegró.