País Relato - Autores

manuel pérez caramés

el okupa

Andrés se había divorciado hacía ya ocho meses. Ese día su vida cambió, naturalmente.
Pidió traslado en su trabajo a otra provincia, donde comenzar de nuevo, lejos de todo lo que le recordara a su ya exmujer.
Pero la mala suerte no le abandonó. Su empresa entró en quiebra, hubo despidos... y le tocó a él.
Solo como estaba, sin trabajo, casi sin dinero, decidió volver. Buscaría ayuda, quizas otro trabajo...
Además, le había llamado el abogado que le llevó el divorcio, mal llevado, por cierto, pues lo dejó con una mano delante y otra detrás.
Le había dicho que se pasara urgente por su despacho, tenía algo muy importante que darle.
Cuando llegó a la ciudad, lo primero que hizo fue la visita al letrado. Este lo recibió de inmediato.
—Su exesposa, a través de su abogado, se puso en contacto conmigo, a fin de hacerle llegar este documento. —Le entregó varios folios mecanografiados—. Usted lo lee luego, pero le adelanto lo que dice: le hace responsable del piso segundo izquierda, de la casa número 10 de la calle de la Iglesia, de esta localidad. Ese era el domicilio conyugal ¿no? Aquí tiene las llaves.
Le entregó un llavero con varias.
—Por lo que sé, me lo contó mi colega, su ex se lio con un extranjero, creo que de Brasil, o de por allí cerca. El caso es que intentó vender la vivienda antes de marcharse. Porque se fue a vivir con su nueva pareja.
Andrés permanecía mudo, estupefacto, oyendo al abogado, sin pestañear siquiera.
—Bueno, me firma usted una copia para devolverla al compañero, y entra en posesión del piso. Según tengo entendido, era propiedad anterior de su ex.
—Sí, lo compró de soltera.
—Pues nada, que lo disfrute el tiempo que pueda. Seguramente volverá algún día. Mientras, vaya arreglando su vida.
Salió del bufete pletórico. Sin buscarlo, había resuelto un problema: dónde vivir. Y además gratis, solo los gastos comunes.
En su utilitario se dirigió a su antiguo domicilio, a tomar posesión otra vez.
En el vestíbulo, justo antes de los ascensores, una fila de buzones en la pared. Buscó 2-I, probó una de las llaves y sacó multitud de folletos publicitarios, varias cartas de suministros de agua y luz...
Todo iría a la basura. Piso nuevo, vida nueva...
Desechó los ascensores y subió los dos tramos de escaleras de dos en dos peldaños. Tenía ansiedad por pisar otra vez su suelo.
Al salir de la escalera se habría un ancho pasillo. A la izquierda, su puerta. Enfrente el 2-D, y a la derecha, en otro pasillo, el 2-C.
Al ir a introducir la llave, no encontró cerradura, solo un agujero donde antes estuvo la bocallave. Un mal augurio se le vino a la mente...
Suavemente, empujó la hoja de madera. Había un pequeño recibidor, un pasillo, con la cocina a la izquierda, que desembocaba al salón comedor. De allí partía otro corredor hasta los tres dormitorios y los dos cuartos de baño. Lo recordaba todo a la perfección.
Todo estaba a oscuras, a pesar de la hora, casi mediodía. Las persianas permanecían bajadas y él venía de la calle, donde lucía un espléndido sol.
Penetró en su nuevo hogar con decisión, avanzando hasta la parte del salón donde estaba situada la puerta de la terraza, dispuesto a levantar las persianas...
Al tercer paso, algo le detuvo. En la penumbra de la habitación vio unos dedos férreos que se le habían clavado en el hombro, inmovilizándolo.
El miedo y la sorpresa hicieron el resto. Quiso volverse, pero la mano se lo impidió.
—Vuélvete tranquilo, sin intentar nada...
El brillo de la hoja de un cuchillo relampagueó ante sus aterrados ojos.
Al darse lentamente la vuelta, se encontró con un tipo alto, fornido, en camiseta sin mangas, dejando ver unos musculosos brazos.
—¿Quién eres? ¿Qué buscas?
—Es mi casa, vengo a vivir en ella —pudo balbucear.
—Pues lo siento, compañero, llegaste tarde. Ahora es MI casa. Búscate otra.
—Pe... pero este piso es mío, usted no puede meterse aquí, sin más. Tendré que denunciarlo a la Policía...
—Tú no vas a denunciar nada. —Y le enseñó el cuchillo de ancha hoja que empuñaba—. Este piso lleva sin usarse casi un año, lo tenía vigilado. Así que aquí me quedo. Y si quieres lo discutimos. —Volvió a blandir el arma.
Iba Andrés a responderle cuando una vocecita llamó desde la esquina del pasillo:
—¡Papá! Me dijiste que me traerías la leche. Tengo hambre...
Volvimos la cabeza al unísono. El hombre puso cara tierna, ocultando la hoja brillante. Andrés, asombrado.
—Sí, Juancho, te lo iba a preparar, pero ha llegado...
No lo dejó terminar la frase:
—¡Ha venido! Mamá no me engañó. —Corriendo se abalanzó sobre Andrés, abrazando sus piernas—. ¡El tío! ¡Ha llegado mi tío!
Andrés no daba crédito. Su primer impulso fue de rechazo, pero enseguida reaccionó: cogió al chiquillo, rubio, riente, lo alzó y lo abrazó con fuerza.
A espaldas de la criatura, su padre, sin saber qué hacer, miraba. Andrés se sentó con la rubia figurita en su regazo, mientras el hombre fue retrocediendo hasta alcanzar la cocina, desapareciendo de la vista de Andrés.
Este no dejaba de mirar al pequeño, y él no dejaba de mirarlo a su vez, ora tocando su cara, ora su pelo...
Volvió el hombre con un vaso de leche y unas madalenas en un plato.
—Toma, Juancho, come, y deja descansar a tu tío, que tiene que marcharse.
Andrés no sabía qué decir. Su mente trabajaba...Aquel ángel le había conquistado.
Se levantó e invitó al hombre a que le siguiera a donde no los oyera el pequeño.
—Mira, busquemos una solución... Yo no tengo familia, ni dónde ir. Esta es mi casa, aunque a ti no te importe. Pero... si consigo echaros ¿Dónde irías? ¿Y ese ángel? ¿Qué sería de él?
— ¡Qué me quieres decir!
—Se me ha ocurrido lo siguiente: en el piso hay tres dormitorios y dos baños. Uno para mí, tú y tu mujer os quedáis en el grande y tu hijo, Juancho, el otro. Y lo que tarde mi ex en volver a reclamarlo, lo disfrutamos nosotros. ¿Qué te parece la idea?
Atónito por lo inesperado de la propuesta, el hombre movía la cabeza arriba y abajo.
—¿Harías eso?
Dos gruesas lágrimas rodaron por sus curtidas mejillas. Andrés también se emocionó. Un fuerte apretón de manos precedió a un sentido abrazo.
—Gracias, gracias... Mi mujer no se lo va a creer...
—Me llamo Andrés. ¿Cómo se llama el tío que cree que soy?
—Yo, Juan. Mi mujer, Laura, y a Juancho ya lo conoces. El tío del que habla se llamaba José, murió en Nicaragua, de unas fiebres. Pero Juancho era pequeñísimo. Su madre le cuenta historias y él sueña con su vuelta.
—Pues ha vuelto... Ahora soy José Andrés.
Ambos rieron, lo que llamó la atención del niño, que acudió corriendo a abrazar las piernas de los dos hombres.
—Y ahora, lo primero que vamos a hacer es poner una cerradura. Acompañadme, y así me ayudas a subir mis maletas.
En cinco minutos, lo que tardó en vestir a Juancho, bajaron.
El pequeño asió con fuerza la mano de Andrés, y, mientras lo miraba, reía.
—¡Mi mamá me dijo que mi tío vendría a verme! ¡Ha venido! ¡Ha venido...!