El niño lanzó la pelota con fuerza contra la verja, y el globo de tres colores botó en uno de los pilares y fue a caer en un agujero húmedo, cerca de la boca de riego, junto al macizo de gencianas. Dio una carrera para ir a recogerlo. La limpió frotándola contra el césped, se volvió y la echó por alto, con idea de lanzarla otra vez.
Pero al volverse vio al hombre, que estaba de este lado de la verja, aunque ésta permanecía cerrada y no había chirriado. Momentos antes, además, el niño había estado mirando hacia el sendero que se derramaba por la pendiente suave de la colina y estaba seguro de que por él no se acercaba nadie.
La pelota cayó al suelo, rodó unos metros y quedó inmóvil sobre los tréboles, a igual distancia del niño que del hombre.
El niño miró al hombre, cuya silueta se recortaba contra la luz del poniente, y sintió que le conocía, aunque también estaba seguro de no haberle visto nunca. Las facciones del hombre quedaban borrosas a causa de la distancia y de la escasa luz.
Entonces el hombre dio unos pasos hacia el niño y el niño se asomó al agujero profundo de una mirada que le produjo vértigo primero y miedo después, como si a través de ella fuera a parar a la caverna oscurísima de todos sus terrores, de todas sus repugnancias, de todos los sueños que le atormentaban. Durante unos instantes, se sintió prendido en aquellas pupilas de alimaña, color de sangre; en aquellas pupilas vueltas hacia dentro, nunca inmóviles, como a la búsqueda siempre de algo inencontrable; en aquel brillo apagado y repulsivo, como la superficie de un agua corrompida.
—¡No, no! —gritó el niño, sin saber bien qué negaba, pero sintiendo con fuerza que no quería mirar, que no quería ver, que no quería descubrir.
Una náusea profunda le comprimió el estómago. La vista se le nubló. Y entonces, apoyando el temblor de sus piernas, de todo su cuerpo, en el asco y en el miedo, se arrancó de lo más hondo las fuerzas necesarias para huir. Se volvió de espaldas al hombre y se encontró frente a su casa, cuyos huecos desbordaban de flores, cuyas paredes encaladas reflejaban como una risa el color de limón maduro del sol del atardecer. La puerta estaba entreabierta y por ella se escapaban cálidos aromas, ruidos familiares. Hacia ella corrió llamando a gritos a su madre.
El profesor miró al hombre y luego paseó la vista por las paredes de la celda, en las que se dibujaban manchas extensas de humedad.
—Siéntese —dijo.
El hombre negó con un gesto.
El profesor seguía mirándolo, fijamente, como si considerara aquella negación significativa y tratara de encontrarle su por qué.
Le tendió un paquete de cigarrillos y el hombre volvió a rechazar.
—_Bien —dijo el profesor.
Dio vueltas al paquete entre las manos, siempre mirando al hombre, y, finalmente, lo volvió a guardar. Se mordió el labio superior y sacudió varias veces la cabeza, como asintiendo a una pregunta interior. Sopló por la nariz, sacudió de nuevo la cabeza y dijo:
—¿Está decidido, pues?
El hombre sonrió con ironía.
—Entre dejar que me cuelguen y prestarme a sus experimentos, no creo que haya mucho que decidir.
—Es posible —concedió el profesor—. Sin embargo, debo advertirle que la máquina del tiempo no ha sido experimentada jamás. Ni siquiera con un cobaya…
—No se preocupe —dijo el hombre—, yo seré el cobaya… A usted no le… En fin, lo mismo me da ir a parar a la mesa de disección del Departamento Anatómico, que desintegrarme en medio de ese extraño viaje que me ha preparado usted.
—Bien. En tal caso… Tendrá que someterse a algunas pruebas.
—Estoy a su disposición.
—Ya.
El profesor dio un paso hacia la puerta. Pero de nuevo se volvió para considerar al hombre.
—No es lo mismo… —empezó a decir.
—¿Qué?
El profesor quedó un momento silencioso. Sus brazos, que caían a lo largo de su cuerpo, se abrieron imperceptiblemente, y las palmas de sus manos se volvieron hacia el hombre.
—Yo no he hecho las leyes que le han condenado a usted, aunque las considero justas…
—Yo también las considero justas…
—No soy su juez ni su verdugo. El hombre volvió a sonreír.
—O a lo mejor sí.
—No, de ninguna manera. Por eso necesitaba su consentimiento para esto…
—Es igual, de veras. No se preocupe por mí.
—Me preocupo —dijo el profesor.
Hubo luego un silencio, durante el cual pudo escucharse un zumbido sordo, que parecía provenir de los gruesos muros de la prisión. Un zumbido acechante, mezcla de desesperanza, de miedo y de soledad.
—Me preocupo igual que si usted no fuera un condenado a muerte; igual que si ignorara todas esas cosas horribles de que le han acusado a usted.
El hombre le miró a los ojos, inexpresivamente. El profesor sonrió con amargura.
—Ha hablado usted del extraño viaje que le he preparado yo. ¿Se ha parado algún momento a calificar el viaje que le ha conducido aqui?
El hombre arrugó la frente. De su rostro desapareció el gesto irónico que mantenía desde que el profesor titubeó por primera vez.
—Sí, si lo he hecho. Muchas veces en los últimos días. Un viaje desde una juventud esperanzadora, desde un inicio de carrera brillante —usted lo sabe tan bien como yo—, desde el seno de una familia feliz, hasta una madurez fracasada, una conducta abominable, una celda de condenado a muerte… Sí, claro que me he parado a pensarlo.
—¿Y qué?
—Y nada, profesor. Cuando uno tiene la soga al cuello, cuando ni siquiera le queda el resto de esperanza necesario para pedir el indulto, cuando se siente el miedo que siento yo, las cosas se miran de una manera muy distinta. Sería una falsedad, una trampa, querer aplicar mi pensamiento de hoy a mi conducta de ayer. Sé que de volver otra vez al punto de donde partí todo volvería a suceder igual.
—¿No está arrepentido?
—No lo sé.
Hubo un chispazo de desafío en sus ojos, de ira, o de súplica tal vez, cuando añadió gritando:
—¡Ni lo quiero saber!
El profesor se acercó al hombre. Hizo ademán de ir a tocarle el brazo en un gesto amistoso, pero se contuvo.
—Cálmese —dijo—, cálmese, por favor. Y perdóneme. Creo que por intentar justificarme ante mí mismo he sido cruel con usted. Perdóneme.
En el rostro del hombre chispeaba de nuevo la ironía.
—Ya le he dicho que no se preocupe por mí.
—Bien.
El profesor le tendió la mano, pero el hombre no la estrecho.
Ya estaba todo dispuesto. Veinte días de prueba habían bastado. Tres semanas después de la primera visita del profesor, por la mañana, antes del amanecer, sacaron al hombre de su celda.
En una furgoneta del presidio, cruzó, de una punta a otra, la ciudad.
Llegaron a un hotelito de las afueras, al pie de cuya escalinata le esperaba el profesor.
El profesor despidió con un gesto a los guardias y dijo al hombre:
—Venga por aqui.
Le condujo hasta un gabinete de suelo, techo y paredes metálicas sin ningún hueco, en medio del cual había una silla, metálica también. Ni una estera, ni un cuadro, ni un solo mueble más.
—Bien —dijo el profesor—. En cuanto yo salga, siéntese.
El hombre estaba lívido y se movía con pesados movimientos.
—¿Adónde me va a enviar?
El profesor dudó.
—Teóricamente —dijo al cabo de un silencio— puedo enviarle adonde quiera. Realmente, no lo sé.
El hombre se pasó una mano por la frente. Temblaba.
—Quisiera saberlo… Teóricamente, ¿adónde voy a ir? ¿Adónde puedo ir?
Hubo una luz de decisión en los ojos del científico.
—Elíjalo usted.
—Profesor… —empezó el hombre.
—Profesor, en estas tres semanas que han durado las pruebas he pensado mucho en aquel viaje mío de que usted me habló. Yo…
Se llevó las manos a la garganta y tuvo un ademán como de querer arrancar de allí algo que le oprimía, la soga del patíbulo tal vez.
—No es seguro que vaya usted a morir. Si así fuera, puede estar seguro de que yo no…
—¡Qué me importa! —gritó el hombre—. Bueno, si me importa, pero qué más da. De no ser por sus experimentos, a estas horas, no viviría ya.
—Bien —dijo el profesor impaciente—. Diga lo que iba a decir.
El hombre se pasó la lengua por los labios resecos. Inspiró aire con fuerza.
—Profesor, fue a los diez años cuando cometí mi primera crueldad. Fue jugando. Nadie dio importancia al hecho, pero yo bien sé que aquello fue el principio, el arranque del viaje que me ha conducido aquí… Profesor, quiero ir a un momento en que todavía era inocente. Quiero ir a un momento de mis diez años, anterior al día aquel. Quiero ir al jardín de mi casa, de la casa de mi madre… ¿Es posible, profesor?
El profesor asintió con la cabeza.
—¿Dónde vivía usted?
El hombre dio unas señas de aquella misma ciudad.
—¿Es posible? —repitió.
—Teóricamente, ya le digo, creo que sí.
El hombre pareció tranquilizarse y su crispación cedió.
—Profesor, si me es posible llegar a alguna parte, que sea allí.
El profesor salió cerrando la puerta tras de sí y el hombre se sentó.
Miró a su alrededor. La estancia aparecía intensamente iluminada, pero él no lograba descubrir de dónde brotaba la luz. Buscó la puerta por la que el profesor había desaparecido y no la pudo distinguir. La habitación era un gran cubo de unos cinco metros de lado y tanto el suelo, como las paredes y el techo ofrecían el mismo aspecto: planchas metálicas sin aparente solución de continuidad que, con un brillo mate, reflejaban la extraña luz.
Pasado un tiempo cuya duración se sintió incapaz de precisar, el hombre creyó percibir —aunque no estuvo seguro de si había empezado a percibirlo en ese momento o bien desde el principio— una especie de zumbido que no sólo afectaba a su oído, sino a su tacto y a su vista también. Algo como un temblor del aire quieto de la estancia, que penetraba hasta lo más hondo de su ser.
En un cierto momento, tuvo la sensación de flotar en el vacío, a la vez que empezaba a dejar de sentirse a sí mismo. Entonces notó que el zumbido había cesado y que le rodeaba una vaga niebla gris. Luego le acometió una especie de vértigo. Luego nada. Su último pensamiento fue el de la seguridad de estar cayendo hacia un abismo sin fondo. De caer y caer sin cesar.
Aquel era el jardín de su casa, de la casa de su madre, el escenario de su niñez. Reconoció la verja de entrada, la boca de riego, el macizo de gencianas, los tréboles, los tiestos de flores, las paredes encaladas de la casa, que reflejaban como una risa el color de limón maduro del sol del atardecer. Reconoció la pelota de tres colores y al niño y aquella inocencia esperanzada y temblorosa que era la misma que un tiempo le había poseído a él.
El niño le miraba ahora y en sus ojos había una pregunta a la que él quiso responder. Dio unos pasos para acercársele, pero la mirada del niño le paralizó. Una mirada en la que había miedo, repugnancia y a la que afloraban todos aquellos sueños amenazantes que luego se habían convertido en realidad.
—¡No, no! —gritó el niño.
Y el hombre supo que le negaba a él, que le rechazaba, y deseó con todas sus fuerzas no estar allí. Y a la vez que el niño corría hacia la casa llamando a su madre, el hombre experimentaba el vértigo que ya conocía, la sensación de flotar en el vacío que le acometiera dentro de la máquina del tiempo, de estar cayendo hacia un abismo sin fondo, cayendo y cayendo sin cesar.