El hombre, que parecía una cigüeña con la perilla gris, depositó las doce piezas negras sobre la mesa.
—Inténtelo de nuevo —dijo.
El estudiante suspiró.
—De acuerdo, profesor Methuen.
Miró aprensivamente a Johnny Black, que estaba sentado al otro lado de la mesa con una zarpa sobre el botón de parada del reloj. Johnny devolvió impasible la mirada, a través de las gafas que llevaba en su hocico amarillento.
—Adelante —dijo Ira Methuen.
Johnny soltó el botón. El estudiante comenzó el segundo intento de su prueba. Las doce piezas formaban una especie de rompecabezas tridimensional; ensambladas, formarían un cubo. Pero el bloque había sido separado siguiendo líneas irregulares y ondulantes, de forma que las doce piezas tenían que ser encajadas siguiendo un orden.
El estudiante jugueteó con las piezas, intentando colocar ésta y aquélla contra otra que sostenía en la mano. El reloj seguía corriendo. En cuatro minutos, tuvo todas las piezas en su sitio, menos una. Era una esquina, y simplemente no encajaba en ninguna parte. El estudiante la presionó y la apretó. La miró fijamente y lo intentó de nuevo. Pero continuaba sin ajustarse.
El estudiante se rindió.
—¿Cuál es el truco? —preguntó.
Methuen dio la vuelta a la pieza. Encajó.
—Oh, demonios —dijo el estudiante—. Lo habría conseguido si no hubiera sido por Johnny.
En vez de molestarse, Johnny Black torció la boca en algo parecido a una sonrisa. Methuen le preguntó al estudiante por qué.
—Me distrae. Sé que es amistoso y todo eso, pero… es así. Vengo a Yale para estudiar psicología. Me entero de que hacen pruebas con animales, chimpancés, osos y similares. Y cuando llego aquí me encuentro a un oso que me hace una prueba a mí. Es un poco extraño.
—Eso es —dijo Methuen—. Es lo que queríamos. No evaluábamos su habilidad para formar el rompecabezas, sino la reacción que Johnny provoca en las personas que llevan a cabo el test. Evaluamos el factor de distracción de Johnny…, su habilidad para distraer a la gente. También estudiamos el factor de distracción de un montón de cosas más, como varios sonidos y olores. No se lo dije antes porque el saberlo habría afectado su actuación.
—Ya veo. ¿Sigo cobrando mis cinco pavos?
—Naturalmente. Buenos días, Kitchell. Vamos, Johnny; tenemos el tiempo justo para llegar a la clase de Psicobiología Cien. Recogeremos todo esto más tarde.
De camino hacia el despacho de Methuen, Johnny preguntó:
—¡Eh, jefe! ¿Zientez ya algún efezto?
—Nada —respondió Methuen—. Creo que mi teoría original era acertada: la resistencia eléctrica de las aberturas entre las neuronas humanas es la más baja posible, y por eso las inyecciones Methuen no tendrán ningún efecto sobre los seres humanos. Lo siento, Johnny, pero me temo que tu jefe no se convertirá en ningún gran genio como resultado de haberse suministrado una dosis de su propia medicina.
El tratamiento Methuen había elevado la inteligencia de Johnny desde el nivel normal de un oso negro hasta la de, o más exactamente, hasta la equivalente de un ser humano. Le había permitido llevar a cabo aquellas espectaculares acciones en las Islas Vírgenes y en el Zoo de Central Park. El tratamiento también había sido aplicado a otros animales en ese mismo zoo, con resultados lamentables.
—Zigo zin creer que zea inteligente dar una claze cuando eztaz lleno de eza coza —gruñó Johnny con su acento osuno-norteamericano—. Nunca ze zabe…
Pero habían llegado. La clase estaba formada por un puñado de serios estudiantes, sobre los que el factor de distracción de Johnny tenía poco efecto.
Ira Methuen no era un buen orador. Introducía demasiados uhs y ehs y tendía a barbotar. Además, Psicobiología Cien era una asignatura elemental, y Johnny entendía bastante en la materia, así que se sentó en un lugar donde podía ver el cementerio de la calle Grove, al otro lado de la calle, y se dedicó a reflexionar melancólicamente sobre la corta esperanza de vida de su especie comparada con la de los hombres.
—¡Ouch!
R. H. Wimpus, Diplomado en Ciencias, promoción del 68, dio un respingo que convirtió su espalda normalmente arqueada en una curva convexa. Sus ojos se abrieron, llenos de muda indignación.
—… cuando se descubrió que la… uh… parálisis de los pes resultantes de la escisión de las correspondientes áreas motrices del córtex duraba mucho más entre las simias que entre otros primates catarrinos —estaba explicando Methuen—, que a su vez duraba mucho más entre ellos que entre los platirrinos… ¿Señor Wimpus?
—Nada —dijo Wimpus—. Lo siento.
—Y que los platirrinos, a su vez, sufrían más que los lemuroides y los tarsioides. Cuando…
—¡Uh!
Otro estudiante dio un respingo. Mientras Methuen se detenía, con la boca abierta, un tercer estudiante recogió un objeto pequeño del suelo y lo mostró.
—Realmente, caballeros —dijo Methuen—, pensaba que ya eran suficientemente mayorcitos como para jugar unos con otros con tirachinas de goma. Como iba diciendo, cuando…
Wimpus emitió otro gruñido y dio un respingo. Miró a su alrededor. Methuen intentó continuar con su disertación. Pero como los tirachinas salidos de ninguna parte continuaron azotando los cuellos y oídos de los oyentes, el orden de la clase se desintegró visiblemente, como un terrón de azúcar en una taza de té flojo.
Johnny se había puesto las gafas y observaba la habitación. Pero no tuvo más éxito que los demás en localizar la fuente del bombardeo.
Se bajó de la silla y correteó hasta el interruptor de la luz. La luz del día que se filtraba por las ventanas dejó la parte trasera de la clase a oscuras. En cuanto las luces se apagaron, la fuente de los disparos quedó al descubierto. Un par de alumnos corrieron hacia una pequeña caja de madera que había sobre el estante, junto al proyector.
La caja emitió un débil tañido y esparció bandas de goma a través de una hendidura, una cada pocos segundos. La cogieron y la abrieron sobre la mesa de Methuen. En el interior había una maquinaria hecha aparentemente con fragmentos de un par de despertadores, un montón de engranajes de madera y cosas parecidas.
—Vaya, vaya —dijo Methuen—. Un aparatito de lo más ingenioso, ¿no?
La máquina emitió un nuevo click. La campana sonó mientras aún la estaban observando.
Methuen miró por la ventana. Se avecinaba una de las típicas tormentas de septiembre. Ira Methuen cogió su impermeable, sus botas de agua y el paraguas. Nunca llevaba sombrero. Salió y se encaminó a la calle Prospect, con Johnny pegado a sus talones.
—¡Hola! —dijo un joven gordezuelo que necesitaba un corte de pelo—. ¿Alguna noticia para nosotros, profesor Methuen?
—Me temo que no, Bruce —replicó Methuen—. A menos que consideres que el ratón gigante de Ford es una noticia.
—¿Qué? ¿Qué ratón gigante?
—El doctor Ford ha reproducido un ratón de cien kilos por mutación ortogonal. Tuvo que alterar sus características morfológicas…
—¿Sus qué?
—Su forma. Tuvo que alterarla para que pudiera vivir.
—¿Dónde? ¿Dónde está?
—En los laboratorios Osborn. Si… —Pero Bruce Inglehart ya se había marchado en dirección a los edificios de ciencias. Methuen continuó—. Sin ninguna guerra en curso, y con New Haven tan muerta como siempre, supongo que tienen que acudir a nosotros en busca de noticias. Vamos, Johnny. Me vuelvo cascarrabias con la edad.
Un perro que pasaba se sobresaltó al ver a Johnny y empezó a gruñir y a ladrar. Johnny le ignoró. Llegaron a Woodbridge Hall.
El doctor Wendell Cook, rector de la Universidad de Yale, hizo entrar a Methuen inmediatamente. Johnny, excluido del despacho, se dirigió a la secretaria del rector. Se alzó y colocó las zarpas sobre la mesa. Sonrió lascivamente —hay que ver sonreír lascivamente a un oso para saber cómo se hace— y dijo:
—¿Conzeguizte ezo, nena?
La señorita Prescott, una inconfundible solterona de Boston, le sonrió.
—Naturalmente, Johnny. Un momento.
Terminó de mecanografiar una carta, abrió un cajón y sacó una copia del «Fantazius Mallare» de Hecht. Se la tendió a Johnny. Éste se tumbó en el suelo, se ajustó las gafas y empezó a leer.
Tras unos instantes, alzó la mirada y dijo:
—Zeñorita Prezcott, eztoy a la mitaz de ezto y zigo zin ver por qué lo llaman obzeno. Creo que zolamente ez aburrido. ¿No me puede conzeguir un libro realmente zucio?
—Bueno, Johnny, no dirijo una librería pornográfica. Todo el mundo piensa que eso ya es bastante fuerte.
Johnny suspiró.
—La gente ze ezzita con las cozaz máz tontaz.
Mientras tanto, Methuen estaba reunido con Cook y Dalrymple, un hipotético filántropo en otra de aquellas interminables y no decisivas sesiones. R. Hanscom Dalrymple parecía una estatua que el escultor nunca hubiera llegado a terminar. La única expresión que aquel hombre influenciable se permitía era una sonrisita astuta y enigmática. Cook y Methuen tenían la sensación de que estaba jugando con ellos, llevándoles al fondo de una red hecha con billetes de la Reserva Federal. No era sólo porque no quisiera repartir la maldita dotación económica, sino porque disfrutaba con la sensación de poder sobre aquellos hombres tan educados. Y en el mundo de hoy uno no pierde los nervios y le dice a Creso lo que tiene que hacer con su dinero. Uno dice: «Sí, señor Dalrymple. Vaya, vaya, qué propuesta tan brillante. ¡Señor Dalrymple! ¿Por qué no lo pensamos antes?». Cook y Methuen eran viejos maestros en este juego. Methuen, aunque consideraba a Wendell Cook un asno pretencioso, admiraba la habilidad del rector para regatear los presupuestos. Después de todo, Yale ¿no había sido bautizada en honor a un mercader retirado, que hizo un donativo de quinientas sesenta y dos libras con doce chelines?
—Doctor Cook —dijo Dalrymple—, ¿por qué no viene al Taft y almuerza conmigo para variar? Usted también, profesor Methuen.
Los académicos murmuraron agradecidos y se pusieron sus botas de goma. Al salir, Dalrymple se detuvo para rascar a Johnny tras las orejas. Johnny guardó su libro, ocultando el título, y contuvo las ganas de morder la mano del hombre. Dalrymple tenía buenas intenciones, pero a Johnny no le gustaba que la gente se tomara esas libertades con su persona.
Así, tres hombres y un oso bajaron por la calle College. Cook se detenía de vez en cuando, ignorando la lluvia, para hacer estudiados gestos hacia uno u otro de los edificios de estilos georgiano y neogótico. Explicaba esto y lo otro. Dalrymple simplemente sonrió con su sonrisita neutra.
Johnny, correteando tras ellos, fue el primero en advertir que los estudiantes que pasaban se detenían para mirar, literalmente, a los pies del presidente. Y es que las botas de goma de Cook se estaban convirtiendo rápidamente en un par de enormes pies, rosados y descalzos.
El propio Cook no fue consciente de ello hasta que se congregó un grupo bastante grande de estudiantes. Éstos empezaron a toser, de la manera típica con que se intenta disimular sin éxito la risa. Cuando Cook siguió sus miradas y bajó la vista, la metamorfosis ya era completa. Su cara se puso a tono con el color de los pies, dando una nota de alegría en el paisaje gris.
R. Hanscom Dalrymple perdió su reserva por una vez. Sus aspavientos no sirvieron para evitar el aspecto casi apoplético de su rostro. Finalmente, Cook se agachó y se quitó las botas. Quedó claro que los pies habían sido pintados en el exterior y cubiertos luego con betún. La lluvia había diluido el betún.
Wendell Cook reemprendió en silencio su marcha hacia el Hotel Taft. Sostenía las ofensivas botas con dos dedos, como si fueran algo sucio y repulsivo. Se preguntaba quién habría hecho esta trastada. Hacía algunos días que no había entrado ningún estudiante en su despacho, pero nunca se puede subestimar las habilidades de los estudiantes. Advirtió que Ira Methuen llevaba botas del mismo tamaño y forma que las suyas. Pero descartó aquella sospecha antes de que se formara por completo. Estaba claro que Methuen no se dedicaría a gastar bromas con Dalrymple delante, ya que sería el titular del nuevo Departamento de Biofísica cuando —si— Dalrymple aprobaba los presupuestos.
El siguiente en sospechar que el campus de Yale estaba sufriendo una severa trastada fue John Dugan, el más alto de los dos policías del campus. Pasaba junto a la Iglesia de Cristo, una iglesia episcopaliana tan chapada a la antigua, que se refieren a Carlos I de Inglaterra como San Carlos el Mártir, de camino a Phelps Tower. Una voz le habló al oído:
—¡Cuidado, John Dugan! ¡Tus pecados te descubrirán!
Dugan dio un respingo y miró a su alrededor. La voz repitió su mensaje. No había nadie a cincuenta metros. Además, no se le ocurría pensar en ningún pecado realmente serio que hubiera cometido últimamente. Las únicas personas a la vista eran unos pocos estudiantes y el educado oso negro del profesor Methuen, que seguía a su jefe como de costumbre. John Dugan no podía sospechar de nada excepto de su propia cordura.
R. Hanscom Dalrymple se quedó un poco sorprendido ante el formidable entusiasmo de los profesores apartando sus respectivas porciones de la cena. Sufrían el hambre eterna que aflige a aquellos que dependen del economato del centro para su sustento.
Dalrymple sorbió su café y estudió sus notas. De un momento a otro Cook se levantaría y diría unas cuantas naderías agradables. Luego detallaría los fondos de Dalrymple que serían invertidos en construir un Laboratorio Biofísico Dalrymple y en la formación de un nuevo departamento. Todo el mundo aplaudiría y estaría de acuerdo en que la biofísica había flotado en el vacío, durante muchísimo tiempo, entre los dominios de los departamentos de zoología, psicología y las ciencias fisiológicas. Entonces Dalrymple se levantaría, se aclararía la garganta y diría, con un lenguaje muchísimo más digno:
—Venga, amigos, si no es nada.
El doctor Wendell Cook se levantó pesadamente, se adelantó y dijo sus naderías agradables. Los profesores intercambiaron miradas nerviosas cuando mostró signos de que iba a empezar con su tema favorito, no-hay-conflicto-entre-la-ciencia-y-la-religión. Ya lo habían oído antes.
Estaba ya lanzado en la Versión 3A de su homilía cuando su rostro empezó a teñirse de color azul. No era el color gris purpúreo, que se llama generalmente «azul» y que aparece en la cara de los estrangulados, sino un cobalto vivo y brillante. La verdad sea dicha, un color así queda muy bien en una pintura de un barco de vela bajo un claro cielo azul, o en el uniforme del acomodador de un teatro. Pero queda completamente fuera de lugar en la cara del rector de una Universidad. O eso pensaron los profesores. Miraron a un lado y a otro, con los ojos abiertos y jadeando, y cuchichearon.
Cook frunció el ceño y continuó. Olfateó el aire como si oliera algo. Aquellos que estaban en la mesa del orador detectaron un ligero aroma de acetona. Pero aquello parecía una explicación muy poco adecuada para entender el colorido del rostro del rector. El color de la cara del orador era ahora bastante sólido. Se había extendido hasta la zona donde tendría que haber estado el pelo de Cook si hubiera tenido alguno. Su cuello también mostraba un rastro azul.
Cook, por su parte, no tenía ni idea de por qué los miembros de su audiencia se revolvían en sus asientos y murmuraban. Pensó que era muy desagradable de su parte. Pero sus muecas no tuvieron ningún efecto. Así que abrevió la Versión 3A. Anunció la donación en términos técnicos y concisos y se detuvo para esperar la tormenta de aplausos.
No hubo ninguna. Para ser exacto, hubo un débil palmoteo, que nadie en su sano juicio llamaría tormenta de nada.
Cook miró a R. Hanscom Dalrymple, esperando que el hombre de acero no se ofendería. La cara de Dalrymple no expresó nada. Cook supuso que aquello era parte de su reserva general. La verdad era que Dalrymple estaba demasiado sorprendido por la cara azul para notar la falta de aplausos. Cuando Cook le presentó a la audiencia, tardó varios segundos en recuperarse.
Empezó bastante flojo.
—Caballeros y miembros de la Universidad de Yale… esto… quiero decir, naturalmente, que todos son caballeros… Me acabo de acordar de una historia sobre el granjero que se casó… es decir, no me acuerdo de esa historia, sino de la del estudiante de teología que se murió y fue a… —En este punto Dalrymple se encontró con la mirada del decano de la Facultad de Teología. Volvió a rectificar—. Tal vez… esto… será mejor que les cuente el del escocés que se perdió de camino a casa y…
Tal como estaban las cosas, no era una mala historia. Pero prácticamente no arrancó ni una sola risa. En cambio, los profesores empezaron a inclinarse hacia adelante, como si fueran un puñado de ascetas orientales en sus plegarias, y volvieron a murmurar.
Dalrymple se dio cuenta de aquel extraño comportamiento. Se inclinó y susurró al oído de Cook.
—¿Me pasa algo raro?
—Sí, su cara se ha vuelto verde.
—¿Verde?
—Verde brillante. Como la hierba.
—Bien, tal vez le guste saber que la suya está azul.
Los dos hombres se palparon la cara. No había duda, estaban cubiertas de alguna especie de pintura aún fresca.
—¿Qué clase de broma es ésta? —susurró Dalrymple.
—No lo sé. Será mejor que termine su discurso.
Dalrymple lo intentó. Pero estaba demasiado alterado para concentrarse. Hizo unas cuantas observaciones sobre lo contento que estaba de encontrarse entre los olmos y la yedra y las tradiciones de la vieja Eli, y se sentó. Su cara parecía más estirada que de costumbre. Si se le hacía alguna observación chistosa… bueno, aún no había firmado ningún cheque.
El vicegobernador del Estado de Connecticut era el siguiente en la lista. Cook le lanzó una pregunta.
—Pero si se me va a poner la cara de colores cuando me levante… —murmuró.
Nunca llegó a saberse si hablaría o no. En ese momento, apareció algo en un extremo de la mesa de los oradores. Era una bestia del tamaño de un San Bernardo. Parecía un murciélago común, pero en vez de alas tenía brazos con artejos en forma de disco en la punta de los dedos. Sus ojos eran grandes y redondos como platos soperos.
Hubo una conmoción. El orador que estaba sentado más cerca de la cosa cayó de espaldas. El vicegobernador se puso rojo. Un zoólogo inglés se puso las gafas y dijo:
—¡Por Júpiter, un tarsero espectral! ¡Pero un poco grande!
Un tarsero de tamaño natural cabe perfectamente en una mano, y es bastante simpático aunque sea un poco feo. Pero un tarsero del tamaño de éste no era el tipo de cosa a la que uno le echa una mirada y sigue leyendo las aventuras de Alley Oop. Le deja a uno anonadado. Le desconcierta. Puede que incluso dé ganas de gritar.
El tarsero recorrió gravemente los veinte metros de la mesa. Los comensales estaban demasiado ocupados retirándose para darse cuenta de que el animal no volcaba ningún plato ni pisaba ningún cenicero; que era, de hecho, ligeramente transparente. Se desvaneció al llegar al otro extremo de la mesa.
La curiosidad de Johnny Black luchó con su capacidad de razonar. Su curiosidad le dijo que todos estos extraños sucesos habían tenido lugar en presencia de Ira Methuen. Por lo tanto, Ira Methuen era, al menos, un posible sospechoso. «¿Y qué?», le dijo su mejor juicio. «Es el único hombre por el que sientes un afecto real. Si supieras que es el responsable, no lo delatarías, ¿no? Mejor que mantengas el hocico fuera de todo esto».
Pero al final su curiosidad ganó, como de costumbre. Lo extraño era que su raciocinio seguía intentándolo.
Se acercó a Bruce Inglehart. El joven periodista tenía reputación de ser discreto.
Johnny se explicó:
—Ze zuminiztró el tratamiento Mezzuen. Ya zabez, la inyezzión ezpinal, para ver qué efezto tendría zobre el hombre. Ezo fue haze una zemana. Ya debería de haber hecho efezto. Pero dize que no nota ninguno. Tal vez. Pero dezpuéz de la doziz, empiezan todaz eztaz cozaz raraz. Bromaz muy elaboradaz, del tipo que haría un zientífico loco. Zi ez él, tengo que detenerle antez de que cree problemaz auténticoz. ¿Me ayudaráz?
—Claro, Johnny. Chócala.
Johnny extendió su zarpa.
Dos noches más tarde, el Durfee Hall ardió. Yale había estado discutiendo la demolición de aquel edificio singularmente feo e inútil durante cuarenta años. Llevaba vacío bastante tiempo, a excepción de la oficina del tesorero en el sótano.
A eso de las diez de la noche, un estudiante descubrió unas pequeñas lenguas de fuego en el techo. Inmediatamente, dio la alarma. El departamento de bomberos de New Haven no tuvo culpa de que el incendio se extendiera tan rápidamente, como si el edificio entero hubiera sido rociado con queroseno. Cuando llegaron, junto con un millar de espectadores, todo el centro del edificio era una brasa. El ayudante del tesorero se introdujo valientemente en el edificio y salió con un puñado de papeles bajo el brazo, que luego resultaron ser formularios de exámenes bastante inútiles. Los bomberos vertieron agua suficiente para apagar el Vesubio. Algunos colocaron escaleras en los costados del edificio para abrir agujeros en el tejado.
El agua parecía no hacer ningún efecto. Así que los bomberos pidieron refuerzos, conectaron más mangueras y vertieron más agua. Los estudiantes coreaban:
—¡Bomberos, ra, ra, ra! ¡Fuego, ra, ra, ra! ¡A por él, bomberos! ¡Aguanta, fuego!
Johnny Black se topó con Bruce Inglehart, que correteaba entre la multitud con una libreta y un lápiz intentando conseguir información para su Courier de New Haven. Inglehart le preguntó a Johnny si sabía algo.
—Zé una coza —dijo Johnny deliberadamente—. Ez el primer fuego zin calor que he vizto.
Inglehart miró a Johnny y luego al incendio.
—¡Santo Dios! —exclamó—. Deberíamos notarlo aquí, ¿no? Fuego sin calor, claro. ¿Supones que es otra broma supercientífica?
—Podemoz echar un viztazo —dijo Johnny.
Dando la espalda al incendio empezaron a investigar entre los arbustos y vallas de la calle Elm.
—¡Woof! —dijo Johnny—. ¡Ven aquí, Bruze!
En la sombra se encontraba el profesor Ira Methuen y un trípode sobre el que estaba montado un proyector. Johnny tardó un segundo en distinguir qué era cada cual.
Methuen parecía a punto de echar a correr.
—Vaya, hola, Johnny —dijo—. ¿Por qué no estás durmiendo? Acabo de encontrar este… uh… este proyector.
Johnny, reaccionando rápidamente, golpeó el proyector con su zarpa. Methuen lo cogió cuando caía. Su ruidito cesó. Al mismo tiempo, el fuego se apagó y se desvaneció por completo. Aún continuaban los ruidos, pero no había ningún fuego. No había ni una sola quemadura en el tejado, donde aún caían litros de agua. Los bomberos se miraban unos a otros atontados.
Mientras Johnny e Inglehart aún se movían en la oscuridad, Methuen y su proyector desaparecieron. Le vieron dando la vuelta a la esquina de la calle College, con el trípode a cuestas. Corrieron tras él. Unos pocos estudiantes corrieron tras Johnny e Inglehart, arrastrados por el instinto que hace que los perros persigan a los automóviles.
Localizaron a Methuen, le perdieron, y le localizaron de nuevo. Inglehart no estaba preparado para correr, y la vista de Johnny era un asunto de objetivos limitados. Johnny se dio cuenta cuando ya era evidente que Methuen se dirigía a la vieja mansión Phelps, donde vivían él, Johnny y varios profesores solteros. Todos los inquilinos de la casa habían salido a ver el fuego. Methuen atravesó la puerta de entrada unos metros por delante de Johnny y la cerró en la cara del oso.
Johnny se detuvo en la oscuridad, con la idea de entrar por una ventana. Pero mientras se decidía algo ocurrió en los escalones sobre los que se hallaba. Se volvieron más resbaladizos que el hielo pulido. Johnny resbaló escalones abajo, bump-bump-bump.
Johnny se levantó bastante enfadado. Así que éste era el trato que recibía del único hombre… Pero entonces pensó que si Methuen estaba realmente loco, no se le podía echar la culpa de nada.
Algunos de los estudiantes se reunieron con ellos. Todos se encaminaron a la mansión, hasta que sus pies resbalaron, como si llevaran patines invisibles. Intentaron levantarse y volvieron a caerse, deslizándose calle abajo. Se retiraron arrastrándose sobre las manos y rodillas, con grandes rotos en las ropas.
Un coche de la policía se acercó y trató de detenerse. Aparentemente, ni los frenos ni los neumáticos aguantaron. Dio media vuelta, chocó una vez contra la cuneta y finalmente se detuvo calle abajo, más allá de la zona resbaladiza. El policía (uno importante, un capitán) salió del coche y cargó contra la mansión.
También se cayó. Intentó continuar arrastrándose sobre manos y rodillas. Pero cada vez que intentaba apoyarse con fuerza, se deslizaba hacia atrás. Aquello recordó a Johnny los esfuerzos de las serpientes de jardín por deslizarse sobre el suave suelo de asfalto de la jaula de los monos en Zoo de Central Park.
Cuando el capitán de la policía se rindió y trató de retirarse, las leyes de la fricción volvieron a actuar. Pero cuando se levantó, toda su ropa, de cintura para abajo, excepto sus zapatos, se habían desintegrado en una nube de fibras textiles.
—¡Dios mío! —dijo el zoólogo inglés, que acababa de llegar—. ¡Igual que una de esas estatuas etruscas!
El capitán de la policía ladró a Bruce Inglehart:
—¡Eh, tú, por todos los diablos, dame un pañuelo!
—¿Qué pasa, tiene frío? —preguntó Inglehart cándidamente.
—¡No, idiota! ¡Ya sabes para qué lo quiero!
Inglehart sugirió que sería mejor usar la chaqueta como taparrabos. Mientras el capitán se ataba las mangas a la espalda, Inglehart y Johnny le explicaron su versión de la situación.
—Hum —murmuró el capitán—. No queremos que nadie resulte herido ni que el lugar sufra daños. Pero ¿y si tiene un rayo de la muerte o algo por el estilo?
—No lo creo —dijo Johnny—. No ha herido a nadie. Zólo ha gaztado bromaz.
El capitán pensó unos segundos en llamar a la comisaría y hacer que le enviaran un equipo de emergencia. Pero la posibilidad de capturar a un maníaco peligroso sin ninguna otra ayuda era algo demasiado tentador para el capitán.
—¿Cómo podremos entrar ahí si puede hacer que todo se vuelva tan resbaladizo? —dijo.
Pensaron.
—¿Puede conzeguir una de ezaz cozaz que tienen un palo de madera y un cuenco de goma en un eztremo? —dijo Johnny.
El capitán frunció el ceño. Johnny se movió.
—¡Oh, te refieres a un desatascador! —dijo Inglehart—. Claro. Espera. Conseguiré uno. Mira a ver si puedes conseguir una llave de la puerta.
El asalto a la fortaleza de Methuen se hizo por los cuatro frentes. El capitán, por delante, colocó el desatascador contra el escalón más bajo. Si Methuen podía abolir la fricción, no había descubierto cómo deshacerse de la presión barométrica. El extremo de goma se adhirió y el policía se impulsó, con Inglehart y Johnny detrás. Usando el instrumento en los escalones sucesivos, los subieron. Entonces el capitán se ancló en la puerta delantera y les arrastró hasta ella. Se puso en pie agarrándose al picaporte y abrió la puerta con una llave cedida por el doctor Wendell Cook.
Methuen estaba agazapado en una ventana tras una cosa que parecía un teodolito. Dirigió la cosa hacia ellos e hizo algunos ajustes. El capitán y Inglehart, sintiendo que sus zapatos perdían contacto con el suelo, se prepararon para saltar. Pero Methuen continuó utilizando el aparato y sus pies resbalaron bajo ellos.
Johnny usó la cabeza. Estaba de pie junto a la puerta. Se tumbó, colocó las patas traseras sobre el marco de la puerta y pateó. Su cuerpo se deslizó sobre el suelo sin fricción y cayó sobre Methuen y su aparato.
El profesor no ofreció ninguna resistencia. Parecía más divertido que otra cosa, a pesar del chichón que estaba apareciendo en su frente.
—Vaya, vaya, amigos, sois tozudos —dijo—. Supongo que vais a llevarme a algún hospital. Aunque pensaba que vosotros dos —señaló a Inglehart y Johnny— erais amigos míos. Oh, bueno, no importa.
—¿Qué ha hecho con mis pantalones? —gruñó el capitán.
—Fácil. Mi telelubricador neutraliza los lazos interatómicos de la superficie de cualquier sólido sobre el que caiga el rayo. Así que la superficie, a una profundidad de unas pocas moléculas, tiene la condición de un líquido superenfriado mientras la enfoca el rayo. Ya que la forma líquida de cualquier componente mojará la forma sólida, se obtiene una lubricación perfecta.
—Pero mis pantalones…
—Permanecían unidos por la fricción entre las células, ¿no? Y tengo muchos más inventos como ése. Mi baja-voz y mi proyector tridimensional, por ejemplo, son…
—¿Es así como hizo el incendio falso y aquel monstruo que asustó a la gente durante la cena? —interrumpió Inglehart—. ¿Con un proyector tridimensional?
—Sí, por supuesto, aunque para ser exactos hicieron falta dos proyectores en los ángulos adecuados, y un fonógrafo y un amplificador para conseguir los efectos de sonido. Fue divertido, ¿verdad?
—Pero ¿por qué haze ezaz cozaz? —gimió Johnny—. ¿Intenta arruinar zu carrera?
Methuen se encogió de hombros.
—No importa, nada importa, Johnny, como sabrías si estuvieras en mi… estado. Y ahora, caballeros, ¿dónde quieren que vaya? Sea donde sea, encontraré diversión.
El doctor Wendell Cook visitó a Ira Methuen el primer día de su internamiento en el Hospital de New Haven. En una conversación normal Methuen parecía bastante equilibrado, y hasta razonable. Admitió en seguida que era el responsable de las bromas. Se explicó:
—Pinté su cara y la de Dalrymple con un aerógrafo de alta potencia que he inventado. Cabe en la mano y se descarga a través de un anillo que se lleva en el dedo. Con el pulgar se puede regular la cantidad de acetona mezclada en agua, que a su vez controla la tensión en la superficie y por tanto el punto en que la aguja del rociador esparce sus gotas. Hice que el pulverizador se disolviese antes de que alcanzara su cara. Fue usted un espectáculo, Cook, especialmente cuando descubrió qué le pasaba. Estaba casi tan gracioso como el día en que pinté aquellos pies en mis botas de goma y las sustituí por las suyas. Reaccionó tan maravillosamente ante tal ataque a su dignidad… Siempre ha sido usted un asno presuntuoso, ya sabe.
Cook resopló y se contuvo. Después de todo, el pobre hombre estaba loco. Aquellos absurdos estallidos sobre la pomposidad de Cook lo probaban.
—Dalrymple se marcha mañana por la noche —dijo tristemente—. Se enfadó mucho por el episodio de la pintura en la cara, y cuando se enteró de que estaba usted en observación me dijo que no adelantaría nada quedándose aquí. Me temo que eso es el fin de su donación. A menos que pueda usted recuperarse y decirnos qué le ha pasado y cómo curarle.
Ira Methuen se echó a reír.
—¿Recuperarme? Estoy perfectamente, se lo aseguro. Y ya le he dicho qué es lo que me ha pasado, según sus palabras. Me apliqué mi propio tratamiento. Y en cuanto a curarme, no le diría cómo aunque lo supiera. No renunciaría a mi estado actual por nada del mundo. Por fin me doy cuenta de que nada importa, incluyendo las donaciones de fondos. Me encargaré de ello y mientras lo hago, dedicaré mi vida a divertirme.
Johnny había estado merodeando por el despacho de Cook todo el día. Detuvo al rector cuando regresó del hospital.
Cook le contó lo que había sucedido.
—Parece que es un completo irresponsable. Tendremos que hablar con su hijo y hacer que lo vigilen. Y también tendremos que hacer algo contigo, Johnny.
A Johnny no le agradaron las perspectivas de ese «algo». Sabía que no tenía más estatus legal que el de fiera domada. El hecho de que Methuen, técnicamente, fuera su dueño era su única protección, por si a alguien se le ocurría dispararle durante la temporada de caza de osos. Y no se sentía muy entusiasmado con respecto a Ralph Methuen. Ralph era un profesor medio, sin la habilidad científica de su padre ni su sentido del humor. Si se encontraba con Johnny en sus manos, su reacción sería donarlo a un zoo o algo por el estilo.
Colocó las patas sobre la mesa de la señorita Prescott y preguntó:
—Eh, preziozidaz, ¿quierez llamar a Bruze Inglehart, al Courier?
—Johnny —dijo la secretaria del rector—. Te vuelves más fresco cada día.
—La mala influenzia de los eztudiantez. ¿Quierez llamar al zeñor Inglehart, prezioza?
La señorita Prescott, que no lo era, así lo hizo.
Bruce Inglehart llegó a la mansión Phelps y encontró a Johnny tomando una ducha. Johnny también hacía unos ruidos terribles.
—¡Waaaaa! —aullaba—. ¡Hooooooo! ¡Yrrrrrr! ¡Waaaaaa!
—¿Qué estás haciendo? —gritó Inglehart.
—Tomando un baño —replicó Johnny—. ¡Wuuuuuuuh!
—¿Estás enfermo?
—No. Zólo canto en el baño. La gente canta cuando ze eztá bañando, ¿por qué yo no? ¡Yaaaaaaaaaaaaa!
—Por el amor de Dios, no lo hagas. Parece que te estuvieran cortando la garganta. ¿Para qué necesitas todas esas toallas esparcidas por el suelo?
—Te lo demoztraré.
Johnny salió de la ducha, se tumbó sobre las toallas y rodó. Cuando estuvo más o menos seco, recogió las toallas con sus zarpas delanteras y las tiró a un rincón. La limpieza no era uno de los puntos fuertes de Johnny.
Le contó a Inglehart la situación de Methuen.
—Veraz, Bruze, creo que puedo curarlo, pero tendraz que ayudarme.
—De acuerdo. Cuenta conmigo.
¡Pop!
El enfermero de guardia apartó la mirada del periódico. Pero ninguno de los botones estaba encendido. Así que, seguramente, ninguno de los pacientes necesitaba nada. Reemprendió su lectura.
¡Pop!
Parecía como si se estuviera rompiendo una bombilla. El enfermero suspiró, apartó su periódico y empezó a caminar. Cuando llegó a la habitación del profesor chiflado, la número 14, notó que olía a queso limburgués.
¡Pop!
No había ninguna duda de que el ruido procedía de la habitación 14. El enfermero asomó la cabeza.
Ira Methuen estaba sentado en un extremo de la habitación. Tenía en las manos un aparato hecho con una vara de cristal y cables. En el otro extremo de la habitación, había una serie de taquitos de queso. Una cucaracha salió de las sombras y se dirigió a los taquitos. Methuen miró por su vara de cristal y apretó un botón. ¡Pop! Un destello, y la cucaracha desapareció.
Methuen dirigió la vara hacia el enfermero.
—¡Atrás, señor! ¡Soy Buck Rogers y éste es mi desintegrador!
—¿Eh? —dijo el enfermero débilmente.
Aquel tipo podía estar loco, pero después de lo que le había pasado a la cucaracha… Salió rápidamente y llamó a un grupo de internos.
Pero los internos no tuvieron ningún problema con Methuen. Éste arrojó el invento sobre la cama y dijo:
—Si pensara que tiene importancia, organizaría un buen escándalo por el hecho de que haya cucarachas en un hospital.
—Pero si aquí no hay ninguna —protestó uno de los internos.
—¿Y cómo llama usted a esto? —preguntó Methuen secamente, señalando los restos de una de sus víctimas.
—Deben de haber sido atraídas desde el exterior por ese olor a queso. ¡Fiuuu! Judson, limpie el suelo. ¿Qué es esto, profesor?
Recogió la vara y la batería de luces que tenía adosada.
Methuen agitó una mano, desdeñoso.
—Nada importante. Sólo un truco que se me ocurrió. Aplicando f.e.m. a cristal puro es posible aumentar su índice de refracción hasta un grado notable. El resultado es que la luz que golpea el cristal es refrenada de tal manera que tarda semanas en atravesarlo de manera normal. La luz atrapada puede ser liberada, provocando una pequeña chispa cerca del cristal. Así que, simplemente dejé la varilla en la ventana durante toda la tarde, para que se empapara de luz, parte de la cual se libera provocando una chispa con este botón. Así, puedo disparar una hora de energía acumulada por el extremo de la vara en una pequeña fracción de segundo. Naturalmente, cuando el rayo alcanza un objeto opaco, aumenta su temperatura. He estado divirtiéndome atrayendo las cucarachas y haciéndolas explotar. Puede quedarse con ella; su carga está casi agotada.
El interno se quedó de piedra.
—Es un arma peligrosa. No podemos dejarle que juegue con cosas como ésta.
—Ah, ¿no? No es que importe, pero sólo estoy aquí para que me cuiden. Puedo salir de aquí en cuanto quiera.
—No puede, profesor. Está usted recluido temporalmente bajo observación.
—Muy bien, hijo. Sigo diciendo que puedo salir de aquí en cuanto quiera. Lo que pasa es que no me importa mucho si lo hago o no.
Dicho esto, Methuen empezó a sintonizar la radio que tenía junto a la cama, ignorando a los internos.
Exactamente doce horas más tarde, a las diez de la mañana, encontraron vacía la habitación de Ira Methuen. Una búsqueda por todo el hospital no consiguió localizarle. La única pista de su desaparición era que su radio había sido desmontada. Tubos, cables y condensadores yacían esparcidos en completo desorden por el suelo.
Los coches de policía de New Haven recibieron instrucciones para buscar a un hombre alto y delgado con el pelo gris y perilla, armado probablemente con armas de rayos, desintegradores y todas las otras armas avanzadas, tanto reales como de ficción.
Recorrieron la ciudad durante horas haciendo aullar las sirenas. Finalmente, localizaron al loco amenazador sentado plácidamente en un banco del parque, a tres manzanas del hospital y leyendo un periódico. En vez de resistirse, les sonrió y miró su reloj.
—Tres horas y cuarenta y ocho minutos. No está mal, muchachos, no está mal teniendo en cuenta lo bien que me escondí.
Uno de los policías descubrió un bulto en los bolsillos de Methuen. Era otro aparato hecho con cables. Methuen se encogió de hombros.
—Mi solenoide hiperbólico. Proporciona un campo magnético cónico y permite manipular objetos de hierro desde lejos. Manejé la cerradura de la puerta y los ascensores con él.
Cuando Bruce Inglehart llegó al hospital a eso de las cuatro, le dijeron que Methuen estaba dormido. Luego rectificaron y le comunicaron que se estaba despertando y que podría visitarle durante unos minutos. Encontró a Methuen en bata.
—Hola, Bruce —dijo Methuen—. Me han envuelto en una sábana húmeda, como a las momias. Es magnífico para dormir; te relaja. Les dije que podrían hacerlo cada vez que quisieran. Creo que se molestaron por mi escapada.
Inglehart estaba ligeramente cohibido.
—No te preocupes —dijo Methuen—. No estoy enfadado contigo. Me doy cuenta de que nada importa, incluyendo los resentimientos. Y me he divertido muchísimo aquí. Verás cómo se ponen la próxima vez que me escape.
—Pero ¿no le preocupa su futuro? —preguntó Inglehart—. Le trasladarán a una celda acolchada en Middletown…
Methuen agitó una mano.
—Eso no me preocupa. Allí también me divertiré.
—¿Y qué pasará con Johnny Black y la donación de Dalrymple?
—Me importa un rábano lo que les pase.
Entonces el enfermero asomó la cabeza para comprobar el estado de su impredecible paciente. El hospital, falto de personal, no podía vigilarle continuamente.
—No es que no me guste Johnny —continuó Methuen—. Pero cuando se adquiere un auténtico sentido de la proporción, como yo, te das cuenta de que la humanidad no es nada más que una enfermedad cutánea en una pelota de suciedad, y que no merece la pena ningún esfuerzo más allá de la subsistencia, la vivienda y la diversión. El Estado de Connecticut está ansioso por proporcionarme las dos primeras, así que me dedicaré a la tercera. ¿Para qué has venido?
Tienen razón, pensó Inglehart, se ha vuelto un genio científico infantil e irresponsable. De espaldas a la puerta, el periodista sacó su herencia familiar, una gran petaca de plata de la época de la prohibición. Su tía Martha se la había dejado, y él pensaba donarla a un museo.
—Brandy de albaricoque —murmuró.
Johnny le había instruido en los gustos de Methuen.
—Bruce, ahora dices algo sensato. ¿Por qué no lo sacaste antes, en vez de hacer llamadas inútiles a mi sentido del deber?
La petaca estaba vacía. Ira Methuen extendido en la silla. De vez en cuando se pasaba una mano por la frente.
—No puedo creerlo. No puedo creer que me sintiera así hace media hora. Oh, Señor, ¿qué he hecho?
—Muchas cosas —dijo Inglehart.
Methuen no actuaba como un borracho. Estaba lleno de sobrios remordimientos.
—Lo recuerdo todo… esos inventos que se me ocurrían, todo. Pero no me importaba. ¿Cómo sabías que el alcohol contrarrestaría los efectos de la inyección Methuen?
—Johnny lo supuso. Investigó sus efectos y descubrió que en dosis masivas coagula las proteínas de las células nerviosas. Supuso que reduciría su conductividad para contrarrestar la conductividad incrementada a través de las aberturas entre ellas que causa su tratamiento.
—Así que cuando estoy sobrio estoy borracho, y cuando estoy borracho estoy sobrio —dijo Methuen—. Pero ¿qué haremos con la donación de fondos, mi nuevo departamento, el laboratorio y todo lo demás?
—No lo sé. Dalrymple se marcha esta noche; tuvo que quedarse un día más para atender algunos negocios. Y no le dejarán salir de aquí en una temporada, aunque sepan que el alcohol contrarresta el tratamiento. Será mejor que piense algo rápido, porque la hora de visita está a punto de terminar.
Methuen pensó.
—Recuerdo cómo funcionan todos esos inventos —dijo—, aunque posiblemente no podría inventar ninguno que más o menos me devolviera al otro estado. —Se echó a temblar—. Tenemos el baja-voz, por ejemplo…
—¿Qué es eso?
—Es como un altavoz, sólo que no habla fuerte. Lanza un rayo supersónico, modulado por la voz humana, para dar el efecto de ondas de frecuencia audibles cuando alcanza el oído humano. Ya que se puede lanzar un rayo supersónico casi con la misma precisión con que se lanza un rayo de luz, se puede enfocar el baja-voz a una persona, que oirá entonces una vocecita en su oído, venida aparentemente de ninguna parte. Lo intenté con Dugan el otro día y funcionó. ¿Podrías hacer algo con eso?
—No lo sé. Tal vez.
—Espero que puedas. Esto es terrible. Pensaba que estaba perfectamente cuerdo y racional. Quizá lo estaba… quizá nada es importante. Pero ahora no me siento así, ni quiero volver a sentirme así de nuevo…
La omnipresente yedra, de la que Yale está tan orgullosa, proporciona unos asideros magníficos para escalar. Bruce Inglehart, con un ojo puesto en los policías del campus, subió la alta torre en la esquina de Bringham Hall. Abajo, en la oscuridad, esperaba Johnny.
El extremo de una cuerda bajó danzando. Johnny insertó el gancho en la escalera de cuerda. Inglehart izó la escala y la aseguró, deseando que él y Johnny pudieran cambiar de cuerpos por un ratito. La escalada por la yedra le había hecho sentir mucho miedo, y le había sacudido bastante. Pero él podía escalar por la yedra y Johnny no.
La escalera crujió bajo los trescientos kilos de Johnny. Pocos minutos más tarde, reptó pegada a la pared, como un gigantesco ciempiés, al ser izada. Entonces Inglehart, Johnny y la escalera estuvieron en la cima de la torre.
Inglehart sacó el baja-voz y apuntó con la mira telescópica a la ventana de la habitación de Dalrymple en el Taft, más allá del cruce de las calles College y Chapel. Encontró el rectángulo de luz amarilla. Podía ver la mitad del interior de la habitación. Su corazón se aceleró cuando una figura fornida entró en su campo de visión. Dalrymple no se había marchado aún. Pero estaba haciendo las maletas.
Inglehart se colocó el micrófono transmisor alrededor del cuello para que así el transmisor estuviera cerca de su laringe. La próxima vez que apareció Dalrymple, Inglehart enfocó la cabeza del hombre.
—¡Hanscom Dalrymple! —dijo, y vio que el hombre se detenía súbitamente—. ¡Hanscom Dalrymple!
—¿Eh? —dijo Dalrymple—. ¿Quién demonios eres? ¿Dónde diablos estás?
Inglehart no podía oírle, naturalmente, pero se imaginaba lo que decía.
—Soy tu conciencia —dijo Inglehart en tono solemne.
La agitación de Dalrymple era ya evidente a pesar de la distancia. Inglehart continuó.
—¿Quién obligó a todos los trabajadores de Hephaestus Steel a afiliarse en aquel sindicato falso? —Pausa—. ¡Tú lo hiciste, Hanscom Dalrymple!
»¿Quién forzó a un senador de los Estados Unidos a cambiar su voto para subir las tarifas del acero, con cincuenta mil dólares y la promesa de otros cincuenta mil más, que nunca fueron pagados? —Pausa—. ¡Tú lo hiciste, Hanscom Dalrymple!
»¿Quién prometió a Wendell Cook el dinero para un nuevo departamento de biofísica y luego se echó atrás, con la débil excusa de que el hombre que iba a dirigir el nuevo departamento había tenido un colapso nervioso? —Pausa. Mientras, Inglehart pensó que aquélla era una forma amable de decir que Methuen se había vuelto loco de remate—. ¡Tú lo hiciste, Hanscom Dalrymple!
»¿Sabes qué es lo que te sucederá si no cambias tu conducta, Dalrymple? Te reencarnarás en una araña, y probablemente una avispa te capturará y te usará como alimento vivo para sus larvas. Qué te parecería eso, ¿eh?
»¿Qué puedes hacer para enmendarte? No seas cretino. Llama a Cook. ¡Dile que has cambiado de opinión y que renuevas tu oferta! —Pausa—. Dile que no sólo vas a renovarla, sino a doblarla. Dile…
Pero en este punto Dalrymple se dirigió al teléfono.
—Ah, eso está mejor, Dalrymple —dijo Inglehart, y desconectó la máquina.
—¿Cómo zabez todaz ezaz cozaz zobre él? —preguntó Johnny.
—Averigüé que cree en la reencarnación por los libros que compró. Y uno de nuestros redactores, que solía trabajar en Washington, dice que allí todo el mundo conoce las otras cosas. Lo que pasa es que no se pueden publicar, a menos que tengas evidencias con que respaldarlas.
Bajaron por la escalera de cuerda y reinvirtieron el proceso por el que habían subido. Recogieron sus trastos y se encaminaron a la mansión Phelps. Pero cuando doblaban la esquina de Bingham casi chocaron con una figura familiar. Methuen estaba emplazando otro invento en la esquina de Welch.
—Hola —dijo.
Hombre y oso le miraron.
—¿Se escapó otra vez? —preguntó Inglehart.
—Ajá. Cuando estuve sobrio y recuperé mi punto de vista. Fue fácil, a pesar de que me habían quitado la radio. Inventé un hipnotizador, usando una bombilla y un reóstato hecho con alambres de mi cama, e hipnoticé al enfermero para que me diera su uniforme y me abriera las puertas. Dios, eso sí que fue divertido.
—¿Qué está haciendo ahora?
Inglehart advirtió que el negro pelaje de Johnny había desaparecido en la oscuridad.
—¿Esto? Oh, pasé por casa y ensamblé un baja-voz improvisado. Éste funcionará a través de los muros. Voy a dormir a todos los estudiantes y les diré que son unos monos. Cuando despierten, será la mar de divertido verles corriendo a cuatro patas y rascándose y escalando por las enredaderas. Ya son prácticamente unos monos, así que no resultará difícil.
—¡Pero no puede hacer eso, profesor! Johnny y yo acabamos de solucionar el problema haciendo que Dalrymple renovara su oferta. No nos querrá dejar en la estacada, ¿no?
—Lo que hagáis Johnny y tú no me interesa lo más mínimo. Nada importa. Voy a divertirme. Y no intentes interferir, Bruce. —Methuen apuntó a Inglehart con otra vara de cristal—. Eres un tipo simpático y sería una lástima que tuviera que soltar contra ti tres horas de acumulación de rayos solares, y de una sola vez.
—Pero esta tarde dijo usted que…
—Sé lo que dije esta tarde. Estaba borracho y había vuelto a mi antiguo estado mental, lleno de responsabilidad y consciencia y toda esa basura. Nunca volveré a beber, si el hacerlo me provoca ese efecto. Sólo un hombre que ha recibido el tratamiento Methuen puede apreciar la futilidad de todo esfuerzo humano.
Methuen retrocedió en las sombras cuando un par de estudiantes pasaron junto a ellos. Luego volvió a emprender su trabajo en el invento, usando una mano y apuntando a Inglehart con la otra. Inglehart, sin saber qué otra cosa hacer, le hizo preguntas sobre la máquina. Methuen le respondió con una sarta de vocablos técnicos. Inglehart, desesperado, se preguntó qué podía hacer. No era un hombre excesivamente valiente, especialmente ante un arma como aquélla. La huesuda mano de Methuen ni siquiera temblaba. Hacía los ajustes en su máquina casi sin mirar.
—Esto debe estar listo ya —dijo—. Contiene un metrónomo tónico que les enviará una nota de frecuencia de trescientos cuarenta y nueve ciclos por segundo, con sesenta y ocho con cuatro pulsaciones de sonido por segundo. Esto, por varias razones técnicas, tiene el máximo efecto hipnótico. Desde aquí puedo alcanzar los colegios de toda la calle College… —Hizo un ajuste final—. Ésta será la broma más divertida de todas. ¡Y la guinda de todo es que, ya que el Estado de Connecticut está determinado a considerarme loco, no pueden hacerme nada! Ahí va, Bruce… Fiuuu, ¿ha abierto alguien un barril por aquí, o qué? Llevo cinco minutos oliendo y saboreando alcohol… ¡ouch!
La vara de cristal emitió un destello y entonces el peludo corpachón negro de Johnny salió como una catapulta de la oscuridad. Ira Methuen se derrumbó en el suelo.
—¡Rápido, Bruze! —ladró Johnny—. Coge eze aerógrafo que he dejado caer. Abre el contenedor de la parte de abajo. No lo vuelquez. ¡Luego vuelve aquí y viértezelo en la garganta!
Así lo hizo, mientras Johnny mantenía abiertas las mandíbulas de Methuen con sus zarpas, como Sansón con los leones, sólo que con cierta cautela.
Esperaron unos minutos a que el alcohol surtiera efecto, prestando atención a los ruidos de sus alrededores por si habían sido descubiertos. Pero los edificios permanecieron en silencio, a excepción del tecleo ocasional de alguna máquina de escribir.
—Corrí a caza y cogí el aerógrafo de zu habitazión —explicó Johnny—. Luego hize que Webb, el ayudante de inveztigazión en biofízica, me dejara entrar en el laboratorio para que buzcara alcohol. Luego intenté alcanzarle la boca con el pulverizador mientraz hablaba. Conzeguí meterle algo, pero no lo ajuzté bien, y el pulverizador le alcanzó antes de eztallar, y le llenó de pezte. No tengo dedoz, ya zabez. Azi que tenemos que uzar lo que loz libroz llaman fuerza bruta.
Methuen empezó a mostrar signos de normalidad. Sin su vara de metal no era más que un viejo profesor inofensivo; Johnny le dejó ponerse en pie.
—Me alegra tanto que lo hicieras, Johnny… —dijo—. Has salvado mi reputación, tal vez mi vida. Esos cabezotas del hospital no quisieron creer que tenía que estar lleno de alcohol, y naturalmente, cuando me despejé y me volví loco de nuevo… tal vez ahora me crean. Vamos, regresemos rápidamente. Si no han descubierto mi ausencia, puede que esta escapada quede en secreto. Cuando me saquen, trabajaré en busca de una cura permanente para el tratamiento Methuen. La descubriré si no muero antes de una úlcera de estómago por todo el alcohol que tendré que beber.
Johnny se dirigió a su casa en la calle Temple, sintiéndose bastante orgulloso de su habilidad para arreglar las cosas. Tal vez Methuen, cuando estaba sobrio, tenía razón al hablar de la futilidad de todas las cosas. Pero si esa filosofía servía para alterar la agradable existencia de Johnny, prefería que Methuen estuviera borracho.
Se alegraba de que Methuen pudiera ponerse bien muy pronto y volviera a casa. Methuen era el único hombre por el que sentía afecto. Pero mientras estuviera encerrado, Johnny iba a aprovechar el tiempo. Cuando llegó a la mansión Phelps, en vez de entrar directamente, escarbó con una pata delantera en el seto que estaba junto al muro. Sacó una gran tableta de tabaco de mascar. Johnny mordió aproximadamente la mitad, metió el resto en su caja y entró en la casa, balanceándose felizmente con cada paso. ¿Por qué no?