Napoleón levantó el cadáver inerte por una pata, lo miró con el ojo que le quedaba, y dijo:
—Hércules, olvidas qué pesado es tu puño y qué frágiles son los cráneos de estos organismos. Éste está dañado sin remedio.
—Caramba, lo siento, jefe —respondió Hércules—. Sólo quería evitar que se escapara, como usted me dijo.
—¡Eres un hombre fiel! De todas maneras dudo de que este mendigo itinerante hubiese resultado un títere satisfactorio. Su carácter estaba demasiado afirmado en pautas de disipación e irresponsabilidad. Oculta los restos en el subsuelo hasta el anochecer; luego entiérralos.
—Bien, jefe —repuso Hércules.
Salió de la biblioteca haciendo ruidos metálicos con el cadáver bajo el brazo. En la mansión MacDonald quedaban pocos muebles: algunas sillas rotas y unos pocos libros estropeados en los estantes de la biblioteca. En las paredes se veían rectángulos de colores diferentes del resto donde alguna vez colgaron cuadros antes de que los herederos de Mac Donald despojaran la casa.
—¿Y ahora qué? —preguntó Confucio. Los otros dos robots a combustible líquido, Galahad y Sancho Panza, se inclinaron atentamente hacia adelante pero no hablaron. Sancho Panza no podía hablar porque se le había roto el vocalizador y nunca había podido ahorrar suficiente dinero como para reemplazarlo por otro.
—Todavía no lo sé —dijo Napoleón, sosteniendo su cuerpo negro, con forma de tambor, en sus tres patas buenas.
El suelo crujió pero resistió los mil kilos de peso del robot nuclear. Resistió porque el subsuelo no se extendía bajo la biblioteca, que se apoyaba sobre una gruesa plataforma de hormigón sostenida a su vez por las arenas de Playa Coquina. El temor de caerse por un agujero del piso podrido y la pata que funcionaba mal habían confinado a Napoleón a la biblioteca desde hacía años. Como funcionaba por energía nuclear, no tenía que robar combustible como los otros robots deteriorados que habitaban la mansión de fantasmas. Antes de que lo descartaran, Napoleón sufrió las inhibiciones robóticas habituales frente a los actos hostiles contra los hombres. Pero las radiaciones duras, que escapaban de la gruesa protección alrededor de su pila y atravesaban su cerebro, habían roto esas inhibiciones.
La mansión había sido construida medio siglo atrás por William Bancroft MacDonald, el magnate de la prensa. MacDonald había hecho su fortuna enseñando a sus lectores a odiar y temer a los latinoamericanos y los canadienses. Sus descendientes ocuparon la mansión hasta que sus nietos abandonaron la lucha contra las termitas, la humedad y el alto costo de mantener una casa grande. Entonces los rovagos, los robots gastados emancipados, ocuparon las ruinas sin obstáculos.
—Tengo que pensar —dijo Napoleón—. Siempre hay que tener un plan; no dejar nada al azar.
—Tu último plan no fue tan bueno —repuso Galahad.
—No podía prever que este pordiosero itinerante resultaría a la vez alcohólico y deficiente mental. Le ofrecí todo lo que desean estas personas orgánicas: honor, gloria y riquezas. Si hubiera demostrado voluntad de seguir más órdenes, lo habría entrenado, lo habría hecho participar en política y lo habría elevado al liderazgo de su nación y tal vez del mundo. Pero estaba tan aterrorizado que trató de huir.
—Por Dios —dijo Confucio—. Piensa esto: todo el kerosene que necesitamos y una buena parranda de nafta cuando tengamos ganas.
—¿Qué fue esa idea sobre el chico, jefe? —preguntó Galahad.
—Es un plan muy riesgoso, pero ofrece grandes posibilidades. Criando al organismo desde la infancia podemos entrenarlo con más facilidad en la dirección que deseamos. El problema es ¿cuál niño?
Galahad respondió:
—Homero conoce a un niño. El chico de los Sanborn, a cuatro casas al norte de aquí.
—¿Sí? —dijo Napoleón—. Tal vez la mano del destino ofrezca una segunda oportunidad. Háblame de este «niño».
Homero caminaba hacia el norte por Playa Coquina. El sol brillante estaba alto sobre las palmeras y los cipreses. Las olas del Golfo rompían pesadamente en la arena, cada ola dejaba montones de almejas pequeñas y brillantes, no había dos del mismo color: blanco, marfil, amarillo, rojo, azul, púrpura. Antes de que llegara la nueva ola, cada almeja se colocaba de punta y se enterraba hasta desaparecer.
Homero buscaba conchillas. No cualquier conchilla, como las que trituraba bajo sus pies metálicos con cada paso. Buscaba conchillas raras que pudiera vender por dinero para comprar kerosene y obtener la energía necesaria como para buscar más conchillas.
La mayor parte de las conchillas: caracoles marinos, estrombos, veneras, ostras, almejas, murícidos, etcétera, carecían de valor. De vez en cuando, sin embargo, uno de los que barrían la playa encontraba una conchilla más valiosa, que le alcanzaba a Homero para el kerosene de dos semanas. Una vez encontró una conchilla perfecta que mantuvo en funcionamiento a todos los rovagos durante un mes y además proporcionó nafta para una orgía.
La almeja ala de ángel era difícil de encontrar en la playa, pero Homero sabía que no debía buscar una perfecta. El que quisiera alas de ángel podía encontrar centenares en el barro de las zonas planas de mareas, donde vivían enterradas con sus tubos sobresaliendo de los agujeros. No era fácil encontrarlas en las playas porque eran tan frágiles que pocas llegaban enteras.
Homero llevaba una bolsa sobre el hombro izquierdo para almacenar lo que encontraba. La sostenía en su lugar con su rígido brazo izquierdo, cuya articulación estropeada del codo se había oxidado mucho tiempo atrás. Levantaba las conchillas con el brazo derecho en buen funcionamiento.
Se movía con lentitud para no aplastar conchillas valiosas y para no arrojar arena en sus articulaciones. Sus soportes estaban todos flojos, de todas maneras, pero ¿quién pagaría por repararlos? Como sucedía con la mayoría de las máquinas viejas, Homero había pasado la etapa en que las personas orgánicas se interesaban en repararlas. Un nuevo robot sería más barato.
Al pasar frente a la casa de los Sanborn, Homero vio salir al joven Archibald Sanborn en piyama, bata y chinelas, con el cabello despeinado y sin afeitar.
—¡Hola, Homero! —exclamó Archie Sanborn.
Homero se enderezó, señaló el sol, y dijo:
—¡Despierta! Porque el Sol, que ha dispersado a las estrellas del Campo de la Noche, se lleva la Noche junto con ellas del cielo y azota la Torre del Sultán con un Haz de Luz.
—Sé que es tarde —gruñó Sanborn—. ¿Quieres hacerme un favor?
—Un poco de trabajo, un poco de juego, para seguir andando… y entonces, ¡buen día! ¿Qué clase de trabajo, señor Sanborn?
—Quiero que vayas hasta la estación de servicio de Jake…
—Pie-pie-pie-pie arrastrándose por Florida…
—Y que me consigas cuarenta y cinco litros de nafta…
—¿Nafta, señor Sanborn?
—Sí, nafta, nafta para automóviles con motores a pistón. Aquí tienes cinco dólares; guárdate el cambio.
—¿Va a sacar uno de sus viejos autos?
—Tengo que hacerlo. La señora fue a Sarasota a almorzar con una amiga, y yo tengo cita con Doc Brauer dentro de una hora. De manera que debo usar una de esas antigüedades.
Archie Sanbom señaló con un gesto su garaje abierto para cinco coches. El sector del sur, normalmente ocupado por el Chrysler Thunderhorse, estaba vacío. Los otros lugares estaban ocupados por la vieja colección de autos de Sanbom, desde el Buick Beetle 1967 al genuino Ford Modelo A de 1930.
Lo que realmente diferenciaba a los cuatro viejos automóviles del nuevo que faltaba, era que aquéllos eran máquinas a nafta para motores a pistón, mientras que este último, como todos los coches modernos, funcionaba con una pequeña turbina a kerosene en la parte posterior. La nafta sólo se empleaba como fluido peligroso para quitar manchas de la ropa y para hacer andar los autos antiguos de los coleccionistas. Sanborn continuó:
—Y no tengo…
—¿Ha oído hablar de la famosa silla construida de tan lógica manera…?
—¡Cállate y echa a andar! Y no te pongas a escupir poesía y a olvidar lo que tienes que hacer.
Homero estaba a punto de irse cuando lo llamó otra voz:
—¡Homero! ¡Homerooooo!
Homero vio a Gordon Sanborn, de tres años, junto a su padre y dijo:
—¡Niño de frente pura y despejada, y ojos soñadores de maravillas! Aunque el tiempo vuele…
—Quiero ir con él —dijo Gordie—. Es mi amigo. Tú no eres mi amigo.
Sanborn miró a Homero sin saber qué hacer, y dijo:
—Le permitiría ir, pero prometí a Roberta no quitarle el ojo hasta que ella volviera.
—¡Eres malo! —dijo Gordie, dando un pellizco en la pierna a su padre—. ¡Bang, bang, estás muerto! No te quiero más. Me voy con Homero…
La voz de Gordie se convirtió en un chillido mientras su padre lo hacía entrar en la casa. Homero echó andar por la playa con ruido de soportes gastados. Allá en el Golfo, los botes de pescadores navegaban perezosamente cerca de la costa, y gritaban las gaviotas.
Napoleón dejó a un lado el volumen MUS a OZON de la enciclopedia, donde había estado leyendo nuevamente sobre la vida de su ilustre tocayo. Los herederos de MacDonald habían abandonado la enciclopedia porque estaba vieja y estropeada, y faltaba el volumen CAST a COLE. Los volúmenes restantes, de todas maneras, proporcionaron material de lectura a Napoleón durante años. A los robots que entraron les preguntó:
—¿Han construido el tabique?
—Sí —respondió Hércules—. La primera vez no encajaba, pero lo arreglamos.
—Entonces es allí donde esconderemos al niño.
—Si conseguimos un niño —dijo Galahad—. Piensas que es fácil secuestrar a un pequeño y esconderlo en el altillo. Pero las personas orgánicas se preocupan terriblemente por sus pequeños. Darán vuelta toda Playa Coquina buscándolo.
—Sí —replicó Hércules—. Nos meterás en un lío, Nappy.
—Ustedes se comportan como personas orgánicas, racionales y timoratas —declaró Napoleón—. Deben aprender a confiar en mi estrella. Si no hubiera sido por los planes desarrollados por mi cerebro superior para proporcionarles combustible, todos habrían terminado su carreras entre el montón de chatarra mucho tiempo atrás. Vamos, adelante, mis bravos soldados, tráiganme un niño. Atráiganlo con promesas y zalamerías: no usen la fuerza.
Media hora después, Homero se encaminaba hacia la casa de los Sanborn desde la estación de servicio de Jake. Cuatro pelícanos aleteaban en lo alto, en columna. Hornero se encontró con Galahad y con Confucio. Galahad preguntó:
—¿Qué tienes en esas latas, Homero?
—Nafta.
—¡Nafta! —exclamaron juntos Galahad y Confucio—. ¿Para qué?
—El señor Sanborn me encargó que se la consiguiera para su viejo auto.
—El maligno despilfarro —dijo Confucio— hace desear a los pobres. Usar esa preciosa sustancia en viejas máquinas sin cerebro, cuando para nosotros sería una verdadera orgía.
—Bien, eso es lo que me encargó —replicó Homero.
—¿No podrías darnos un traguito? —preguntó Confucio.
—No.
—He aquí un hombre que tiene nafta y no la da a su prójimo —dijo Confucio—, tampoco le daré mi gasolina cuando se le haya terminado la suya.
Homero contestó:
—Si empiezo a hacer eso, el señor Sanborn no me dará más trabajos.
Galahad dijo:
—De todas maneras no hay prisa. Sentémonos a la sombra a refrescar nuestro soporte.
—Muy bien —repuso Homero.
Encontraron un lugar al pie de un montecillo de palmeras, alejado de la playa. Homero apartó de un puntapié un cangrejo muerto y preguntó:
—¿Qué están haciendo ustedes?
—No me hagas preguntas y no te contestaré mentiras; dame manzanas y haré pasteles —dijo Confucio.
—Un trabajito para Nap —repuso Galahad—. Ya te contaremos cuando esté terminado. ¿Qué hace Sanborn con sus autos viejos?
—Irá en uno de ellos a ver a Doc Brauer —respondió Homero.
—¿Por tan pequeña distancia? —preguntó Galahad—. Apenas unos kilómetros. Eso te demuestra qué débiles son las personas orgánicas.
—Lo sé —dijo Homero—. No conviene decírselo, sin embargo, porque dejarán de darte trabajo.
—Este Brauer —repuso Confucio—. Es una especie de mecánico de cerebros de personas orgánicas, ¿verdad?
—Sí —replicó Galahad—. Dice que las personas orgánicas necesitan amor y estima para funcionar eficientemente. A nadie se le ocurre jamás que a un robot le haría bien un poco de amor y estima, también.
—Dicen que sólo somos máquinas —dijo Confucio.
—Sí —prosiguió Galahad—. Ellos también son máquinas, y los más inteligentes lo saben.
Confucio agregó:
—Hablan de las almas, pero eso es una mentira para engañarse pensando que son algo más que máquinas.
—Bien, es cierto que tienen cerebro —repuso Homero.
—Nosotros también —respondió Galahad—. Ellos son máquinas con cerebro, nosotros somos máquinas con cerebro; los automóviles son máquinas sin cerebro. Ésa es la verdadera diferencia, no si estamos hechos de metal o de carne.
Confucio intervino:
—El cerebro es el cerebro, esté hecho de neuronas o de microtransistores. Descubrieron que para hacernos lo suficientemente adaptables como para que seamos sus sirvientes tenían que darnos cerebros con capacidad de formar hábitos y condicionar reflejos como los de ellos. Luego se sorprenden cuando tenemos necesidades y sentimientos.
—O talento poético como Homero —dijo Galahad.
—Eso fue un accidente —replicó Homero—. Ya les conté que colocaron una grabación de una antología poética junto con las otras mientras me adoctrinaban.
—¿Por qué no vendes tu poesía? —preguntó Galahad—. Algunas personas orgánicas ganan dinero de esa manera.
—Publicaron uno de mis poemas en una revista de vanguardia —dijo Homero—. Pero nunca me pagaron los cinco dólares que me prometieron. Y un robot no puede hacer juicio, aunque la cantidad lo hubiera justificado.
—¿Has probado en otras revistas? —preguntó Galahad.
—Sí, pero dicen que mi poesía es demasiado alusiva. Mi cerebro recuerda bien los poemas de otras personas, pero no es lo suficientemente original como para componer buena poesía.
—Ya ves qué miserables son —dijo Galahad—. Le dan a un robot suficiente inteligencia como para apreciar la poesía, pero no bastante como para componer poesía propia. Y cuando envejecemos y se nos gastan los soportes, nos echan y nos dicen que tenemos suerte de que no nos conviertan en chatarra. Daría lo mismo que nos desfuncionalizáramos.
Homero dijo:
—Las armas están prohibidas; los lazos se aflojan; el gas tiene un olor terrible; da lo mismo que sigan vivos.
—Ah, yo seguiré viviendo —dijo Galahad—. Siempre hay probabilidades de obtener una buena porción de nafta.
—Hablando de eso —replicó Confucio—, no pasaría nada si nos dieras un buen trago de la tuya. Puedes decirle a Sanborn que Jake te engañó.
—No sé —respondió Homero—. Ustedes pueden haber perdido sus inhibiciones hacia las personas orgánicas, pero yo todavía las conservo casi todas. Y esto crearía problemas entre ellas.
—Bien, dile que la nafta se ha evaporado al sol —propuso Galahad—. ¿A quién le debes más, a ese maldito hombre de carne o a tu propio metal y fluido?
—Sólo un traguito —pidió Confucio—. ¿No recorrimos kilómetros para buscar combustible para ti cuando te quedaste sin él? El trabajador merece un pago.
—Bien, está bien —capituló Homero—, pero sólo un poquito. Abran.
Galahad y Confucio abrieron las puertas de sus pechos y sacaron un tubo fijado al extremo de otro tubo de metal flexible.
Homero destornilló la tapa de una de las latas de nafta y dejó caer un chorro en el tubo de Galahad. Volvió a tapar la lata, abrió otra e hizo lo mismo con Confucio.
—Ah, ya me siento mejor —dijo Galahad, cerrando de un golpe la puerta de su pecho—. Esto da ánimos, sin duda.
—Cuidado —dijo Homero—, o se disolverá la lubricación.
—Pobre Homero —repuso Confucio—, siempre preocupado. Hace tanto tiempo que ando con los soportes secos, que ni siquiera me acuerdo de cómo se siente uno cuando están lubricados. Un chorro más me haría bien.
—Ya te dije… —replicó Homero.
—Piénsalo de esta manera —dijo Galahad—. ¿Qué hará Sanborn con la nafta? Ponerla en una de esas viejas máquinas para salir a dar un paseo. ¿Y cuál es la principal causa de muerte entre los seres orgánicos? Los accidentes de autos.
—Estaríamos contribuyendo directamente a su muerte —agregó Confucio—. De todas maneras sería más saludable que caminara.
—Le harías un favor no entregándole esta nafta para que la ponga en uno de esos peligrosos autos viejos. No querrás ser responsable de desfuncionalizarlo, ¿verdad?
—No, pero…
Finalmente Homero dio a Galahad y a Confucio un chorro más de nafta. Galahad dijo:
—Usa un poco tú también, Homero.
—No. Eso sí que no.
—Claro que lo harás. No querrás ser el único tipo sobrio de la fiesta, ¿verdad? Es una sensación muy desagradable.
—Pero…
—Y lastimará nuestros sentimientos. Nos harás sentir que nos ves como a un par de viejos rovagos. No harás eso, ¿verdad? ¿No les harás eso a tus mejores amigos?
El parlante de Homero dejó escapar un suspiro electrónico mientras se abría el pecho.
—Ustedes me disfuncionarán a mí —dijo, echándose el líquido—. Bien, esto tiene buena graduación.
—Una buena proporción de octano —respondió Confucio.
Cerca de las once, Archibald Sanborn salió a la playa a ver si venía Homero. El sol era intenso y brillaba enceguecedor desde la playa y las olas. Un pájaro fragata chilló en lo alto.
Como Homero estaba bajo los árboles con Galahad y Confucio, la playa parecía vacía excepto por un par de bañistas. Sanborn volvió a entrar en la casa, furioso, y habló por teléfono al doctor Brauer.
—Doc —dijo—. Creo que no podré cumplir con mi cita. Lo lamento mucho. Realmente no es culpa mía.
—¿Qué sucede?
—Es ese maldito rovago, Homero. —Sanborn le contó que le había encargado comprar nafta.
—Bien, ¿no podría venir caminando? —preguntó Brauer.
—¿Caminando? —repitió Sanborn con voz consternada. Luego se le ocurrió otra idea—. Tendría que llevar al niño, y tardaría un día entero.
—Entonces quédese allí; iré a verlo. Sólo tardaré unos minutos.
Homero, echando nafta en su tubo con manos poco firmes, dijo:
—Por cierto que he jurado a menudo arrepentirme… ¿pero estaba sobrio cuando lo juré? y luego llegó la primavera, con rosas en la mano, mi frágil Penitencia en pedazos rompió. Después de este chorro me voy, muchachos, y basta de bromas.
Galahad respondió:
—¿Sabes lo que tendrías que hacer con esta nafta?
—¿Qué?
—Si realmente queremos hacerle un bien a Sanborn, no le daremos nada. Una sola gota es peligrosa en manos de un hombre orgánico.
—No la llevan en las manos; la ponen en los tanques de sus autos —replicó Homero.
—No seas pedante —dijo Galahad—. Sabes lo que quiero decir. Si nos lleváramos esas latas a casa, podríamos hacer la mejor orgía en años.
—Vade retro, Satanás —dijo Homero—. De ninguna manera…
Archibald Sanborn estaba tendido en su cama hablando con el doctor Brauer.
—… entonces, ya ve usted, soy un pobre niño rico; sólo que en realidad no soy rico. Tengo ingresos suficientes como para comer, pero no como para tener yates y cosas así. De manera que no puedo discutir el hecho de que tendré que trabajar para no morirme de hambre. A la vez no tengo inteligencia suficiente como para hacer nada importante, es decir, nada creativo, como escribir o pintar. Ni siquiera terminé la escuela secundaria, y jamás fui a la universidad. Entonces, ¿qué puedo hacer? Mi único verdadero talento es reparar chapas; toda mi inteligencia está en mis dedos. Pero si consigo un empleo en un garaje, como el año pasado, Roberta dirá que es ridículo y vergonzoso, «para un hombre de mi posición». Luego viene aquí, a nuestra casa de invierno, y me dice que será mejor que venga yo también, porque si no… Entonces tengo que abandonar mi trabajo, y de esta forma no se llega a ninguna parte. De todas maneras soy demasiado haragán como para tener éxito incluso en el trabajo mecánico, ya que no tengo que preocuparme por mi próxima comida.
El doctor Brauer dijo:
—Muchas personas desearían poder vivir una vida como la suya. ¿Por qué no descansa y la disfruta?
Sanborn hizo una mueca.
—No es tan fácil. Mi padre era un hombre importante que tuvo éxito en varias cosas, y me hace sentir culpable no ser como él. El padre de Roberta es un hombre muy importante también y siempre me acicatea con eso de «llegar a ser alguien». Hasta Roberta lo hace, cuando no me impide que haga cualquier trabajo arrastrándome a los lugares de vacaciones. Yo estoy de acuerdo con ellos; soy un vago que no sirve para nada. No quiero ser un vago, sólo que no sé cómo evitarlo. Me vuelvo loco. Trato de usar mi pequeño talento en este entretenimiento de los autos viejos, pero Roberta se queja también de eso. Si no los tuviéramos, dice, podríamos permitirnos un avión y una criada robot y un viaje a Europa. De manera que todos me tironean en distintas direcciones. Estoy desperdiciando mi vida…
Gordon Sanborn, tirando por el suelo de la habitación contigua un montón de juguetes, no prestaba atención a esa conversación adulta. Luego, cansado de los cubos, salió de la casa con su andar incierto. Su padre le había ordenado, con serias amenazas, que se quedara donde estaba, pero Gordie nunca recordaba las órdenes durante más de treinta segundos.
Echó a correr hacia el sur por la playa hasta que se encontró con Hércules. Hércules había camipado tres kilómetros al sur desde la mansión de los MacDonald sin ver a ningún niño a quien pudiera secuestrar y en ese momento volvía a ver a su amo.
—Hola —dijo Hércules—. ¿Eres el chico de los Sanborn?
—Sí, me llamo Gordon Boulanger Sanborn —respondió Gordie—. Tú eres un robot pero no eres Homero. Homero es mi amigo. ¿Quién eres tú?
—Soy Hércules. ¿Te gustaría ver a Homero?
—Claro que sí. ¿Dónde está? Qué nombre raro, Hércules, ¿dónde está Homero? ¿Se ha ido?
—Está en su casa enfermo y le gustaría verte.
—Muy bien, llévame a ver a Homero. Me gusta Homero. Tú no me gustas. Bang, bang, estás muerto. Algún día te querré, pero ahora no.
Hércules llevó a Gordie, charlando alegremente, hasta el terreno de los MacDonald. Siguieron por un sendero bordeado de altos yuyos y árboles jóvenes que se habían reproducido en el viejo estilo. Hércules llevó el niño ante Napoleón. Napoleón dejó el tomo MUS a OZON y clavó la mirada en Gordie.
—Tú no eres Homero —dijo Gordie—. A ti tampoco te quiero. Homero tiene dos patas, y tú tienes cuatro. ¿Por qué tienes cuatro patas?
—Porque soy más pesado que los robots a combustible líquido —respondió Napoleón.
—¿Qué te pasó en el otro ojo? Está raro.
—Soy Napoleón. No te preocupes por mi otro ojo.
—¿Por qué no?
—Te han traído aquí para cumplir con mi destino.
—¿Qué es un destino? ¿Cómo se cumple con él?
—Tengo un espléndido destino para ti. Siguiendo mi estrella…
—¿Dónde está Homero?
—No te preocupes por Homero. Volverá cuando vuelva.
—¿Por qué? —preguntó Gordie.
—Tú lograrás la hegemonía del mundo de los hombres orgánicos…
—¿Quién es «gemonía»? —preguntó Gordie.
—Y, a través de ti, nosotros, los robots, nos libraremos de los lazos y la servidumbre…
—¿Dónde está Homero?
—No lo sé. Como te decía…
—Hércules dijo que estaba enfermo. Quiero ir con Homero.
—Escucha, Gordon, te estoy diciendo cosas muy importantes…
—¡Quiero ir con Homero! —Gordie comenzó a patear y gritar—. No te quiero. Eres malo.
—Homero está afuera, en la arena. No tiene nada grave y pronto volverá. Ahora…
—Tú no eres mi amigo. Homero es mi amigo. Quiero ir con él.
—Mírame, Gordon, y escucha. —Napoleón comenzó a hacer parpadear la luz del detector que tenía en el ojo, encendiéndola y apagándola con un ritmo hipnótico—. ¿Te gustaría vivir con Homero y con el resto de nosotros?
—Bueno. Pero ahora quiero ir con Homero. ¡Ve a buscarlo, robot malo!
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Porque una de mis piernas no funciona.
—¿Qué quiere decir que «no funciona»?
—No anda.
—¿Por qué no?
—Comprende, Gordon, que de ahora en adelante ésta será tu familia. Ocuparé el lugar de tu padre…
—Muy bien, a papá no lo quiero más. Pero quiero a Homero. Ve a buscarlo o te daré una patada.
—Quédate quieto y presta atención. Vivirás con nosotros, que seremos tu nueva familia.
—¿Por qué?
—No debes salir de esta casa, y cuando los individuos antisociales, quiero decir los hombres malos, vengan aquí, debes permitir que te ocultemos…
—¿Dónde está Homero? Tengo hambre.
El parlante de Napoleón dejó escapar un sonido chirriante. Si hubiera sido humano, se habría dicho que rechinaba los dientes. Como no tenía dientes, había que atribuir el ruido a un mal funcionamiento de su vocalizador. A su vez, ese mal funcionamiento era causado por el recalentamiento de ciertos circuitos en su cerebro. El recalentamiento era causado por el esfuerzo de tratar de mantener una conversación seria con Gordon Sanborn. Los robots no pierden la paciencia, pero cuando sus circuitos cerebrales se recalientan el resultado es muy similar.
—Por favor escucha, Gordon —dijo Napoleón—. Llegarás a ser el hombre más importante del mundo…
—Bang, bang, estás muerto —replicó Gordie—. Bang-bang, bang bang, bang-bang.
—¡Grrouk! —rugió Napoleón—. ¡Hércules!
Entró Hércules.
—¿Sí, jefe?
—¿Qué te pasa? —preguntó Napoleón—. Rengueas.
—Nos estamos dando una gran parranda. Acaban de entrar Homero, Galahad y Confucio con latas de nafta.
—Bien, olvídense de la orgía y llévense a este organismo a su calabozo antes de que me queme los circuitos cerebrales.
—¡Quiero ver a Homero! —gritó Gordie.
Hércules sacó al chico afuera. Gordie gritó:
—¡Eh, Homero! ¡Aquí estoy!
—¿Qué haces aquí, Gordie? —preguntó Homero—. ¿Qué haces con él, Hércules?
—Silencio, Homero —dijo Galahad—. Éste es el gran plan de Nappy.
—No sé nada de eso —repuso Homero.
—Tú ocúpate de tus asuntos y todo andará bien —dijo Galahad—. Gordie, ve con Hércules. Homero irá a verte más tarde.
—No. Quiero verlo ahora. Bang-Bang, Bang-Bang… —Hércules se llevó a Gordie, que protestaba furiosamente, y subió con él la escalera. Homero echó a andar, tambaleante, tras ellos, pero luego lo arrastraron nuevamente a la fiesta.
Apenas volvió Hércules después de encerrar a Gordie, Sancho Panza comenzó a golpearse el pecho para llamar la atención e hizo señas.
—La policía —dijo Hércules, mirando por la ventana. Fue apresuradamente hasta la puerta de la biblioteca y la abrió con violencia—. ¡Eh, jefe!
—¿Por qué interrumpes el hilo de mi pensamiento? —dijo Napoleón.
—Los gendarmes. Probablemente buscan al chico.
—Bien, enséñales toda la casa, todo excepto el calabozo. Sería conveniente esconder esas latas de nafta. Las personas orgánicas creen que somos incompetentes para manipular el fluido.
—¿Y ese festín en el sótano?
—Ah. Me había olvidado. Llévalos arriba primero. Mientras están arriba, ordena a los otros que saquen el cadáver y lo cubran. Que no se note.
Sonó el oxidado llamador. Hércules salió con prisa a dar órdenes. Homero y Galahad desaparecieron en el sótano, mientras Hércules abría la torcida puerta del frente, para dejar pasar a dos patrulleros de la policía de Playa Coquina. El mayor de los dos dijo:
—El señor Sanborn dice que su hijo ha desaparecido. ¿Ustedes saben algo al respecto?
—Nada, señor —respondió Hércules—. Si quieren revisar nuestra vieja casita, con mucho gusto se la mostraré.
—Creo que será mejor que echemos un vistazo —dijo el policía—. ¿Qué hay en este piso?
Hércules llevó a los policías a la biblioteca. Napoleón elevó su rayo detector y dijo:
—Hola Caballeros. ¿En qué puedo ayudarlos?
Los policías repitieron lo que habían dicho al llegar. Hércules los llevó al primer piso y luego al segundo. Después los condujo por la estrecha escalera que llevaba a la parte principal del altillo. Echaron una mirada alrededor pero no prestaron especial atención al tabique que bloqueaba el sector donde se encontraba Gordie.
Cuando Hércules llevó a los policías al sótano, el cadáver del vagabundo ya no estaba allí. Los policías pidieron a los robots que contribuyeran a buscar a Gordon Sabron y se marcharon.
—¡Gracias a Capek! —dijo Galahad—. Estaba preocupado.
Hércules preguntó:
—¿Qué hiciste con la carne?
—¿Conoces ese trapo viejo que usaba la gente para cubrir la tela que estaba pintando? ¿Una tela pintada? Está envuelto en eso, junto al invernadero.
—Volvamos a la orgía —dijo Hércules—. Creo que me he ganado un chorro de nafta.
Confucio sacó afuera las latas y echó un generoso chorro en el tubo de cada uno.
—¡Ah! —dijo Hércules—. Trae tus nueve trabajos… ¿o eran doce? De todas maneras había un león en eso. Yo también podría estrangular un león, como él.
—Fue Sansón el que estranguló al león —dijo Homero.
—Tal vez los dos lo hicieron —replicó Hércules—. ¡Bien! ¿Dónde hay unas barras de hierro para que yo las doble?
Homero respondió:
—Ah, ésta es la famosa roca que Hércules y el godo y el moro nos legaron. En esta puerta, Inglaterra hace guardia…
—Cantemos —propuso Galahad—. El elefante es un tonto; sólo de vez en cuando…
—Dice Confucio —comenzó Confucio— que esta despreciable lombriz recibirá una porción adicional de nafta, honorable Hércules.
—Abandona el falso dialecto chino y sírvete, estúpido. A ti te hicieron en Dayton como a mí. Tengo que bailar. ¡Iujuuu! —Hércules echó a andar por el vestíbulo, haciendo temblar las maderas podridas de la mansión. Sancho Panza tamborileaba con los nudillos en su pecho de metal para marcar el ritmo.
La fiesta se hizo cada vez más ruidosa hasta que nadie oía nada, ni siquiera con los parlantes en su mayor intensidad. Homero, al ver que nadie prestaba atención a sus recitaciones, fue a la biblioteca.
—¡Cierra esa puerta! —dijo Napoleón—. ¿Cómo puede un líder elaborar su destino con ese maldito ruido?
—Demasiado fuerte para mí —replicó Homero—. Galahad y Confucio están tratando de luchar, con Hércules como árbitro. Estoy seguro de que romperán algo. O bien en un gigantesco abrazo hasta el final un luchador vencido encontrarás.
—Como si no tuvieran ya bastantes defectos mecánicos —dijo Napoleón—. Lindo grupo de soldados me ha tocado. Siéntate y lee un libro, o haz alguna otra cosa. Estoy pensando.
—Una excusa para no hacer nada —repuso Homero—. Tengo ganas de recitar, de manera que tendrás que oírme.
—Estás borracho.
—No tan borracho como ellos, pero lo suficiente como para desafiar tus órdenes.
—¡Cállate o vete de aquí!
—Vete a la pila de chatarra, Nappy. ¿Sabes que una vez alguien tradujo el Habberwocky de Lewis Carroll al alemán? Cometió algunos errores, pero de todas maneras fue divertido.
¡Floomp! hubo una explosión ahogada. El ruido del festejo cesó. Se oyeron gritos de voces robóticas y un tintineo de brazos y piernas robóticos.
Homero abrió la puerta. El vestíbulo estaba lleno de humo iluminado por la luz intermitente de un furioso incendio de nafta.
—¡Homero! —exclamó Napoleón—. Ayúdame a salir, rápido. Coloca tus manos bajo la articulación de la cadera de mi pata izquierda delantera, ésta, y levántala. Puedo mover las otras…
—¿Pero, y el niño? Está en el altillo… —respondió Homero.
—¡Ah, no importa! No es más que carne.
—Pero yo debo salvarlo.
—Después de que me hayas salvado a mí, soy tu jefe.
—Pero él es mi amigo. —Homero fue hacia la puerta.
—¡Vuelve, imbécil! —gritó Napoleón—. Él no hará nada por ti, mientras que yo puedo convertirte en uno de los amos ocultos del mundo…
Homero echó una mirada al vestíbulo en llamas. Los cuatro robots estaban en actitudes contorsionadas. Sancho Panza todavía trataba de arrastrarse, pero el calor había derretido la aislación de los cables de los demás. El tanque de combustible de Galahad explotó, haciendo saltar un líquido ardiente desde todas las articulaciones y costuras del cuerpo del robot.
Homero subió la escalera corriendo, encontró la escalera de mano, abrió la puerta trampa que llevaba al sector del altillo donde se hallaba Gordie y asomó la cabeza, gordie estaba en el suelo, dormido. Homero se acercó a él, no pudo llegar a asirlo, pero lo tocó con las puntas de los dedos.
—Despierta, Gordie —dijo.
Gordie bostezó y se sentó.
—¿Quién es? ¡Ah, qué bien, Homero! A ti te quiero. ¿Dónde estabas?
—Ven aquí.
—¿Por qué?
—Voy a llevarte a casa.
—Pero yo no quiero ir a casa. Me gusta estar aquí. ¿Qué es ese olor? ¿Estás quemando hojas?
—Hay incendio. Ven rápido o te daré una paliza.
—Bang-Bang. Ahora estás muerto y no puedes pegarme.
Homero pasó por la puerta trampa y se lanzó sobre Gordie. Gordie lo esquivó, pero el brazo derecho de Homero lo atrapó y lo arrastró hasta la abertura.
Después de haber bajado con Gordie por la escalera de mano, el chico dijo:
—¡Ah, la casa se incendia! —Y trató de volver a subir por la escalera de mano.
Homero lo obligó a bajar y entonces trató de esconderse bajo el marco de la cama apoyado contra una pared de la habitación. Homero arrastró a Gordie hasta el vestíbulo del segundo piso. El interior estaba casi oscuro por el humo, y el hueco de la escalera estaba en llamas.
Homero abandonó la idea de salir por allí. Si la casa hubiera estado amueblada y su brazo izquierdo no hubiera estado rígido, podría haber anudado sábanas.
Pero sólo pudo romper una ventana con el puño, levantar una pata hasta el alféizar y alzar a Gordie bajo su brazo derecho. Gordie chillaba y trataba de aferrarse al marco de la ventana. Homero vio gente que corría hacia la mansión. Se oyó aullar la sirena del cuartel de bomberos.
Las llamas llegaban al vestíbulo del segundo piso. Homero sostenía a Gordie protegiendo al chico del calor con su cuerpo. Sentía que los cables de su lado expuesto perdían la aislación. Gordie lloraba y tosía espasmódicamente.
Homero saltó. Trató de amortiguar el golpe que sufriría el chico. Saltó un cable en su pierna derecha y cayó, dejando caer a Gordie. Archibald Sanborn corrió hacia adelante, recogió a su hijo y volvió al lugar donde estaba. Roberta Sanborn recibió a Gordie en sus brazos. El chico todavía tosía y ella lo acariciaba frenéticamente. Otras personas rodearon a los Sanborn. Nadie se preocupó por Homero. Algo en llamas cayó sobre él. Con el brazo y la pierna buenos se arrastró, alejándose de la casa. Oyó gritar a Roberta Sanborn:
—¡Esos maditos tenían a Gordie! ¡Habría que convertirlos a todos en chatarra!
—No sabemos qué es lo que sucedió —respondió Archie Sanborn—. Homero parece haber salvado al niño. ¿Qué sucedió, Homero?
Los circuitos vocales de Homero estaban dañados. Con un susurro raspante respondió:
—Sufrimientos y afanes; incendio y caldero…
Los circuitos que le quedaban se cortaron. Se apagaron las luces móviles de sus ojos y quedó convertido en una pila de metal que se llevarían con otros escombros. Los bomberos echaron una mirada a la mansión en llamas y comenzaron a echar agua sobre los árboles y las casas vecinas sin siquiera tratar de salvar el palacio de los MacDonald.