I
Llanto desesperado. Hipidos. Balbuceos entrecortados.
La angustia de aquellos sonidos rasgó la gruesa cortina de su sueño.
Sonia Padín pensó que era ella la que al fin se había roto por dentro. Aún en ese estado de adormecimiento, se sorprendió. Ni siquiera en sueños se permitiría semejante debilidad. La vida era como era. Y punto. Nada se solucionaba con lágrimas y suspiros.
El llanto sonó una octava más alto. Esta vez además escuchó recitar su nombre en un tono tan lastimero que partía el alma.
Con un ojo medio abierto comprobó la hora en el despertador. Las dos de la madrugada. Sintió frío. Y la vieja congoja que le apretaba el corazón desde hacía años.
Corrió al descansillo de la escalera del quinto piso, cubierta con la camiseta anchota con la que dormía. Sola en una inmensa cama. Sin el hombre amado.
Marieta, descalza y en pijama, estaba acurrucada junto a la puerta de entrada. Asía su oso de peluche con la fuerza desesperada del que busca consuelo.
Sonia la acogió en sus brazos, y la acunó hasta calmar los incontrolados lloros.
―Te llamé.
Borró el pucherito tembloroso con un beso tierno en su boquita de piñón.
―Es que estaba muy dormida ―respondió, como si eso fuera suficiente justificación para desarmar la angustia de una niña de cinco años.
Secó sus lágrimas con pequeños y dulces toques de su lengua. «Besos de gatito», decía la chiquilla. La sonrisa llenó de paz el rostro infantil. La abrazó con fuerza. Podría haber sido su hija, pero era la de otra mujer. Aunque eso a ella no le importaba. La quería tanto…
***
El hombre entró sigiloso en la cocina. Se desnudó. Cogió el montón de ropa y lo introdujo en la lavadora. Cerró la puerta, echó el jabón y la puso a andar. El olor nauseabundo a alcohol, y al sudor ácido de los noctámbulos, quedó a buen recaudo. No quería contaminar el ambiente de pureza que él había creado en su hogar.
Se dirigió al baño para su ducha nocturna.
El bulto humano sobre el sofá de la sala, le detuvo. Se quedó extasiado. Parecía la estampa bucólica de una maternidad: la niña cobijada en los brazos de la mujer, como si esta quisiera protegerla de todo mal.
A pesar de todo, sus ojos se centraron en lo carnal, en los muslos tersos y morenos que quedaban al descubierto, con ese erotismo que desprendía Sonia. Y por un instante se permitió soñar con otra época y otro lugar, en el que esas piernas envolvían su cintura mientras él la penetraba en embestidas cortas e intensas, hasta que ambos se deshacían con la dulzura del azúcar en el agua.
Su pene saltó gozoso. Tuvo que contener la necesidad de acariciarse hasta explosionar de placer. El deseo se enroscaba en su bajo vientre, mordía las terminaciones nerviosas de su piel como si fuera una de esas serpientes que va inoculando su veneno segundo a segundo. Más intenso y apremiante que entonces, porque ahora sabía que no tenía derecho a disfrutar de Sonia. Era una fruta tan prohibida como la manzana del Paraíso.
Soltó para sí un juramento ante su necesidad dolorosa, acuciante, de hundirse en ella, por saborear su piel satinada. Se sintió culpable por esa reacción.
―Dardo, sería conveniente que te vistieras. No sé si estoy preparada para ver un desnudo integral a estas horas de la madrugada.
Eduardo sonrió ante el apelativo de otra época, cuando él era el joven desvergonzado y violento, y ella el hada mágica que trazó el sendero para convertirlo en el hombre actual. En todo ese tiempo no había perdido el sentido del humor ni la lengua afilada.
―Otra vez… ―Sonia se limitó a suspirar―. ¿Y Quico?
―Tu hijo duerme como un ángel. Un adolescente campeón de hockey sobre patines no se despierta ni aunque se caiga la casa.
Pareció quedarse más tranquilo. Entró en el baño, conteniéndose a duras penas para no acercarse y devorar su boca a besos. Esa noche, como otras tantas anteriores, su mano tendría que darle el alivio que necesitaba, mientras su mente recreaba las curvas suaves del cuerpo de Sonia.
Cuando salió, ella había desaparecido. Esa era la constante de su vida en común.
II
Metallica interpretaba una de sus baladas a todo volumen. Eduardo Montero, Dardo, antes de convertirse en el hombre de negocios que ahora era, tuvo que pegar el pulgar al timbre para que lo oyera.
Sonia le miró imperturbable desde el umbral. En el interior, su corazón bombeaba a ritmo de mambo, lanzando brillantes cohetes de color. El deseo se hacía húmedo en su sexo cada vez que le tenía delante. Todo en él le atraía. El rostro anguloso de facciones secas. El pecho duro, fortalecido por el trabajo. El aire de masculinidad que exudaba cada célula de su piel. Sin embargo eran sus ojos oscuros, cargados de una triste melancolía, los que nublaban su tan cacareado buen juicio, hasta incluso hacerla olvidar las ofensas del pasado.
Amó a Eduardo quince años atrás con toda la pasión desatada de la juventud, y seguía amándole quince años más tarde con mayor intensidad que antes, porque ahora, el hombre que había logrado salir de la nada para construirse una vida propia, sobrepasaba con mucho al chico que fue.
Años de separación en los que la vida se había portado bien con él. Tampoco lo había hecho mal con ella. Sin embargo, no había sido generosa con ambos. Sus respectivas existencias, hasta hacía once meses, habían navegado por mares distantes y lejanos. Solo la casualidad, o una jugarreta del destino, quién podría saberlo, les había vuelto a acercar de una manera imprevisible, y convertido en vecinos de apartamento.
Ni el tiempo ni la distancia, ni siquiera la traición, el dolor, la desdicha, lograron menguar su pasión por él. Su cuerpo seguía teniendo esas reacciones absurdas cada vez que lo veía ante ella. Y no era porque fuera guapo. Sino porque era el único hombre que la había despertado a la vida.
Dardo se cruzó con ella en una época lejana, cuando Sonia tan solo intuía la pasión que podría despertar el sexo. Y eso porque se hartaba a repasar una y otra vez los encuentros amorosos de los héroes de sus novelas románticas favoritas. Él fue el primer hombre que descubrió su cuerpo y su feminidad. Al que seguía amando, pese a su larga separación. Ella, tímida, apocada, un ratón de biblioteca, se sintió atraía hacia el joven descarado como si un volcán en erupción la hubiera envuelto en su lava ardiente.
Se entregó a él con la mente y el cuerpo abiertos a todo lo que quisiera hacer con ella, con el pleno deseo de experimentar el placer que solo Dardo le daría. Con la plena consciencia de que para ellos no habría un «para siempre». Eran agua y aceite. Ella había trazado un plan claro para su futuro. Dardo se regía por la norma «vive y deja vivir». Era impredecible… tanto como atestiguaba el día que la dejó plantada, para casarse con otra, solo dos meses más tarde. Pero eso formaba parte de una vulgar historia en la que no quería pensar.
―Gracias, de nuevo. Siempre te ocupas de ella. Se despierta, se asusta y sale a buscarte ―justificó ante la mujer a la que nunca había dejado de amar.
―¿Por qué no contratas a alguien para que los cuide cuando tú no estás?
―Durante unos meses estuvo una cuidadora, pero no funcionó. Esta temporada falto más. Ya sabes que he comprado otro pub, y…
No sentía ni un átomo de pena. Para Eduardo, poner un proyecto en marcha era la salsa de la vida.
―Ireland´s Flag. Estuve el otro día con un amigo.
―¿Alguien especial?
Sonia frunció el ceño, mostrando su disgusto.
―No vayas por ahí. Ese no es ni tu problema ni tu guerra.
―Tú eres mi problema. Nunca has dejado de serlo. Y yo peleo por cada batalla de esta guerra en la que llevamos envueltos tantos años.
Estuvo a punto de soltarle que sería desde los últimos once meses cuando estaba interesado en ella. Durante casi quince años no lo había visto, y por lo que sabía eso no le había quitado el sueño.
―No estabas ―se limitó a contestar para no meterse en reproches absurdos que no les llevarían a ninguna parte.
Sí estaba. Observándoles como un voyeur desde la oscuridad de su despacho. No había querido acercarse porque no se fiaba de sí mismo, y de esos ataques de posesión que rugían en su pecho ante la sola idea de que ella estuviera con otro.
―Ando todo el día por ahí ―respondió evasivo.
―La ambición tiene esos pequeños inconvenientes.
―¡No puedo quedarme atrás! Este negocio es exigente, si no progreso, otro lo hará en mi lugar.
―Y tú, no lo consentirías…
―¿Qué es esto? ―pensó que con ella sería mejor cambiar de conversación. Si mordía un hueso, no lo soltaba, parecía un perro de presa.
Sonia miró hacia los dibujos de sus alumnos que él sujetaba con esa mano firme que en otra época recorría su piel, enervando cada una de sus células.
Bajo el puño de la camisa blanca, se asomaba el borde de un tatuaje. Sonia no pudo evitar que se le escapara una sonrisa cargada de dulzura. Recordaba cuándo se lo había hecho. Tenía veinte años y por entonces aún no había aparecido en su radar esa ambición desmedida por progresar.
Aquella tarde había ido a buscarla con su moto al instituto, como hacía siempre, y le había enseñado la piel tatuada, aún sanguinolenta: una triqueta celta, la representación de las tres fuerzas del universo, tierra, fuego, agua, con una letra diminuta inscrita en uno de los anillos.
―La inicial representa tu nombre. Siempre estás aquí ―explicó apretando con furia el puño cerrado sobre su corazón―. Ahora también te llevo escrito en mi piel.
Y Sonia, por aquel entonces se lo había creído porque no comprendía una vida entera sin él.
Claro que eso había ocurrido poco antes de que un nombre completo, más exuberante, con más tetas y culo que su inicial, hubiera ocupado su puesto.
―Son dibujos de mis alumnos… y te ruego que no cambies de conversación. Me sé el truco de memoria. Te ruego que vuelvas a contratar a alguien. Los chicos no pueden estar solos tantas horas.
―¡Joder, Sonia, no me atosigues! ―exclamó con aire de derrota― Ya sabes qué ocurrió con la última. Se quedó dormida y ni se enteró cuando salió al descansillo. Solo te necesitan a ti. Ni siquiera echan en falta a su madre. Claro que tampoco se ha ocupado nunca de ellos como lo haces tú.
Obvió decir lo que ambos sabían. La que ya era su ex se había largado un buen día, dejando atrás a sus hijos, cuando la peque acababa de nacer.
―Deberíamos casarnos…
―¿Por qué? ¿Por qué, Dardo? ¿Por qué?
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de viejos anhelos. Estaban uno frente al otro, sin tocarse, y sin embargo, parecía que sus cuerpos ardieran de pasión, como si reconocieran el tacto del pasado. El deseo crepitaba en el ambiente, crudo, brutal.
―Somos viejos conocidos, siempre nos hemos llevado bien. El sexo era perfecto entre nosotros.
Contestó al fin con voz plana, sintiendo el peso de su falta de valor. Era incapaz de formular las dos palabras que les unirían hasta el fin de sus vidas. Esas que el miedo a equivocarse no le dejaba pronunciar. ¿Y si eran todo imaginaciones suyas y ella ya no sentía lo mismo? Sonia jamás le tocaba. Era él quien se acercaba a ella, quien se la comía con los ojos, quien se desesperaba cada noche por no tenerla. Solo el brillo ocasional de sus ojos, aquella pasión cruda, hambrienta, que sorprendía de tanto en tanto en su mirada, le hacía concebir esperanzas.
«Perfecto». Él decía «perfecto». Para Sonia, la palabra se quedaba corta. El sexo con Eduardo era sublime. Tormentoso. Ardiente. Con la vehemencia febril del fuego que arrasa todo cuanto toca.
Se alejó en dirección a la cocina. La desesperación apenas la dejaba respirar. Era útil, pero no amada. Cuánta más tierra pusiera por medio, mejor.
―Y entonces podríamos convertirnos en una familia unida y feliz ―respondió con todo el sarcasmo del que era capaz, mientras asomaba la nariz por el vano de la puerta.
Le pareció notar su tristeza infinita, un anhelo desesperado por escuchar un sencillo «te amo», la confirmación de que a pesar de todo, el fuego aún estaba vivo entre ellos. Sintió vergüenza por esa declaración suya, más cercana a una transacción comercial que al fiero amor que sentía por ella. Pero el pánico a malinterpretar las señales estaba ahí, mordiéndole la piel. De ninguna manera podía volver a perderla.
―Sonia, ¿por qué te niegas? Les quieres más de lo que los ha querido nunca su propia madre. Y ellos a ti ni te cuento.
No se atrevió a profundizar más. ¿Cómo podría hacerle entender que jamás había conseguido alcanzar con otra tal cota de placer? Por eso había fracasado su matrimonio. Dos desconocidos que solo compartían casa. Ni siquiera cariño por los hijos. Su ex se los había cedido gustosa. La satisfacción plena solo había sido posible con Sonia.
Ella sintió el ardor de las lágrimas. Un nudo de dolor se formó en su pecho. Creyó que no le iba a salir la voz para poder responder.
―Será mejor que te marches ―contestó apareciendo con una gran taza de café con leche―. Tengo un montón de cuadernos que corregir para mañana.
―Esto de echarme de tu casa se está convirtiendo ya en una costumbre. ¿Por qué te niegas? ―preguntó acariciando su melena lacia.
Se encerró en sí misma para no sentir. Tampoco hoy pensaba regalarle una caricia en aquel rostro tenso, tan amado.
Los ojos verdes de ella, llenos de serenidad, se reflejaron en los oscuros de él. La pasión y el dolor por lo que pudo haber sido y no fue, cruzó sus miradas.
Ella desvió la suya y la fijó en el brillo azulado de su pendiente. Dardo aún conservaba aquel aire de macarrilla de barrio que tan bien le iba para su negocio.
―Porque tú me estás ofreciendo un trabajo. Y me temo que yo ya tengo uno. No necesito otro.
Eduardo bajó la cabeza. Seguía sin atreverse a desnudar su alma, a abrir su corazón a la mujer amada. Habían pasado tantas cosas en la vida de los dos… Sabía que a ella no le importaba esa dulce carga que llevaba detrás. Sonia quería tanto a sus hijos como él mismo. Era el miedo al rechazo, y con él a perder la amistad, y ese nuevo vínculo que con tanto esfuerzo se estaba creando entre ellos.
Volvió a mirarla. Sonia poseía una belleza serena, que a él le atraía más que cualquier cuerpo voluptuoso, quizás porque en el gran error de su vida, ya había tenido demasiado de uno.
Aunque también poseía un erotismo capaz de conducir a un hombre a las cumbres más altas. Él no había olvidado sus largas tardes de placer, en cualquier rincón. Solos los dos. Sabía bien dónde y cómo tocarla con su lengua y sus manos para que ella se deshiciera de placer.
Nada de eso ocurriría en aquel momento. Dardo aún tenía que demostrar que su amor por ella seguía tan firme e intenso como en aquellos lejanos tiempos.
No dijo nada. Se dio media vuelta y se alejó.
Con el sonido de la puerta al cerrarse, Sonia dejó correr las lágrimas.
III
―Eduardo, eres un hombre con suerte. Siempre lo digo.
Ni siquiera levantó la cabeza del paño de hilo con el que frotaba la copa, como si pretendiera convertirla en un diamante. No quería mirar al tío, un colega de los viejos tiempos tan salvaje como él mismo, convertido en todo un señor con su pancita de feliz casado, que era ahora cliente del nuevo pub. «Suerte» se rio para sí. Esa no existe. La ambición y la furia por progresar es lo que mueve al ser humano. Y él tenía toneladas de ese par.
De ahí que todo lo que tocara se convirtiese en oro.
Era su corazón el que carecía de suerte. Seguía sangrando por ella.
Aullaba de dolor por el mayor error que había cometido en su vida. Jamás había pensado en los demás. Su ambición desmedida por salir de la miseria fue el impulso que movió cada paso de su vida. Y el día que se mostró generoso, la fastidió del todo. En aquel entonces le pareció que si él se alejaba, Sonia tendría todas las posibilidades de salir adelante. Era trabajadora, muy inteligente, y con un expediente académico extraordinario. Él carecía de estudios, de trabajo y de dinero. Sus únicas cualidades eran beber y follar, un experto en ambas. Le arruinaría la vida antes de poder empezarla.
La había dejado marchar. A ella. A Sonia, a la única mujer que había amado con cada célula de su ser.
La rabia y el dolor por su ausencia le habían llevado a cometer el mayor acto de traición que un hombre podía hacer. Engañarla con otra, con quien se había tenido que casar para dar nombre al hijo fecundado en una noche de gran borrachera.
Y a eso los demás le llamaban «suerte». Era como para ir a mear y no echar gota.
Dejó la copa y cogió otra. Comenzó a abrillantarla con la intención de convertirla en el cristal de un prismático con el que mirar el futuro de ambos.
¿Cómo sería ahora la vida de sus hijos, y la de él mismo si no se hubieran vuelto a encontrar? Ambos compraron los áticos sin saber quién sería su vecino de puerta, casi al mismo tiempo, en una nueva urbanización de las afueras. Un lugar tranquilo con jardín y piscina, porque Eduardo quería que tuvieran la vida de la que él había carecido.
Una noche, al llegar del trabajo, se encontró a Sonia sentada en la escalera con Marieta y su oso en brazos. La niña se había despertado y llamado a un papá ausente.
Jamás pensó en volver a verla. A veces se preguntaba qué buena acción habría realizado él para que se le diera una segunda oportunidad, tan generosa.
Desde entonces, Sonia se había convertido en una madre para ellos. Lo mismo les preparaba la cena, que recogía a Marieta de la escuela infantil, o se ocupaba de su baño nocturno. Para Quico, el comprometido adolescente con la naturaleza y el deporte, ella era su confidente, la persona a la que recurría antes de plantear cualquier conflicto, permiso o pregunta a su propio padre.
Eduardo la amaba por lo que era y por cómo era. Por sus recuerdos de entonces, por la mujer valiente, y firme de carácter, en la que se había convertido. Por esa fina sexualidad que desprendía, por el aroma de su piel, y la intensidad de su mirada.
Sonia era Sonia. Su mujer, aunque ella se negara a verlo, o aunque él fuera incapaz de decírselo.
Debería dejar atrás el miedo y dar el paso definitivo cuanto antes. El día que la vio en su pub, casi se desmaya de angustia. Estaba sentada con un hombre, y él estuvo a punto de dirigirse hacia ellos. Se contuvo al ver a aquel tipo con el brazo apoyado en el respaldo de su silla, acariciando su hombro, con esa actitud tan masculina de «prohibido pasar, propiedad privada». Ella no parecía sentir lo mismo. Pero ¿quién le decía que no acabaría sucumbiendo ante las atenciones de otro?
¿De qué pasta estaba hecho? Había luchado con uñas y dientes por convertirse en un buen padre, lo más diferente posible al suyo. Había sacado adelante a sus hijos él solo, temiendo equivocarse, sin dormir noches seguidas cuando Marieta, una niña llorona y debilucha, se ponía enferma de todo cuanto cogía en la guardería. Habría cruzado océanos por la oportunidad de ser mejor, de ganar más, de triunfar en la vida y en la familia. Y ahora se acobardaba ante un nuevo reto. El más importante de su existencia.
Soltó el paño con furia sobre el pulido mostrador de teka, traído de un verdadero pub de Irlanda.
―¿Te vas ya, jefe?
―Y tú cuidarás del negocio como si te fuera la vida en ello. Nada de borrachos ni de peleas ―avisó.
―Descuida, sé lo que me hago.
Y tanto que lo sabía, pensaba Eduardo mientras cogía la cazadora de cuero de su despacho. Su camarero había hecho un largo recorrido desde que le descubrió tirado en un callejón y entregado su confianza. No se arrepentía. Si sus negocios funcionaban a la perfección era gracias a su olfato. Justo el sentido que le fallaba con ella.
―Jefe, ¿vuelves después por aquí?
No obtuvo contestación. No sabía si Eduardo iba a comprar otro de sus negocios o a escalar el Everest, pero se había llevado consigo esa mirada de determinación que conocía tan bien. La misma que había evitado que él diera con sus huesos en la cárcel. La misma que le había convertido en un tío honrao.
Dardo salió del ambiente cerrado del local y se quedó contemplando las luces amarillas y rojas del tráfico de la ciudad. Gentes que iban y venían. Alguno pasaría la noche de aquí para allá, en busca de su destino.
Notó el frescor. Un escalofrío le recorrió de arriba abajo. El viejo ramalazo del miedo le azotaba sin compasión.
En cuanto tuvo su potente moto entre las piernas, supo que esa noche cabalgaría hasta el infinito solo por volver a tenerla un instante entre sus brazos.
Era un hombre renovado. Nada le detendría ya.
IV
Llamó al timbre. En los últimos tiempos solo hacía eso. Llamar al timbre de Sonia y mendigar una de sus miradas.
―Papá, llegas a tiempo. Acabamos de empezar a cenar.
La sonrisa de Quico le llenó de alegría. Él jamás recibió así a su padre. Claro que tampoco su padre jamás se preocupó lo más mínimo por su existencia.
Entró y dejó la cazadora tirada sobre el respaldo del sofá con un aire despreocupado que no sentía. Se preguntó cuándo había empezado a cambiar la voz de Quico y si Sonia se habría percatado. Seguro que sí. A ella no se le escaparía algo tan importante.
Se inclinó sobre Marieta y le dio un beso en la frente. Se deleitó en el aroma a vainilla del pelo aún húmedo de la niña. Sonia también lo tenía mojado. Se habrían bañado juntas, como solían hacer cada noche.
El deseo acudió presto. Tuvo que sentarse con rapidez. Su pene se había alzado con el ansia de la libertad y ahora oprimía los pantalones, deseoso de sentir sobre él las manos pequeñas y suaves de Sonia. Las mismas con las que mimaba a sus hijos, pero que jamás le tocaban ni de refilón.
―¿Te pongo un plato?
―No.
Hasta a él la respuesta le sonó tan rotunda como un disparo. No quería comer, solo devorar sus labios, hundirse en las profundidades de su cuerpo femenino. Deseos imposibles de explicar ante sus propios hijos.
―Ahora que estamos juntos quiero hacerte una pregunta, Sonia.
―¿No puede esperar al final de la cena? Se enfriará la pasta ―protestó ella.
―Esta vez no puedo esperar ―respondió en tono bajo y sensual.
Se puso en pie, le quitó los cubiertos de servir de las manos y se las sujetó entre la suyas. Tiró de ella. La encajó en su pecho, y suspiró ufano al ver que nada había cambiado a lo largo de esos años de separación.
―¿Te quieres casar conmigo?
Sonia sintió en su propio pecho los latidos erráticos del de él. El mundo parecía haber dejado de girar. Era una bola inmensa suspendida en el vacío del espacio infinito. Quiso asentir, expresar con su boca, con las yemas de sus dedos, con sus palabras el amor y la pasión que despertaba en ella. Y sin embargo, la duda y la desconfianza la contuvieron. Antes, él tendría que desnudar su alma.
Se hizo el silencio en la habitación. Eduardo miró a sus hijos sobre el hombro de la mujer amada. Ambos aguardaban expectantes, con un brillo especial de ilusión y esperanza en sus ojos.
Recordó en ese instante un viejo comentario de Quico.
―Jamás le importamos, ¿verdad?
Y él no había tenido arrestos para contestar. El chico tenía razón en lo de «jamás». Nunca hubo amor en la mujer que les había traído al mundo y que desapareció de sus vidas sin echar una mirada atrás.
―¿Por qué? ¿Por qué quieres casarte conmigo?
Se levantó la manga de la camisa hasta el codo y mostró su tatuaje, aislado del resto que cubría su antebrazo. Señaló la S, incluida en la triqueta, rodeada de una rama floral, como símbolo del renacer.
―Siempre te he llevado conmigo. En mi piel. Un día huí de ti, Sonia, asustado de una pasión que devoraba mis entrañas. Temía que descubrieras que yo no valía nada y me abandonaras, y convertí mi vida en un infierno. Ahora deseo más que nada entrar en el paraíso. Quiero casarme contigo porque adoro cada partícula de tu ser. Porque a lo largo de todos estos años no he dejado de amarte. Porque cuando volví a encontrarte, por casualidad, pensé que existía Dios. ¿Y aún me lo preguntas?
Un silencio cargado de expectativa cubrió la habitación.
―Sí, Dardo, aún te lo pregunto ―musitó ella deseando escuchar solo dos sencillas palabras.
―Porque mi vida sin ti, carece de sentido. Y… y… porque… te amo. Te amo, Sonia. Así de sencillo. Te amo, por encima del pasado, del presente y del futuro.
Una lágrima rebelde corrió por el rostro de Sonia. Él se la secó con uno de los pulgares, con el mismo que acarició con enervante suavidad la mejilla sonrojada. Con el mismo que colocó sobre sus labios para hacerla callar y que no le interrumpiera. Si lo hacía, tal vez se sintiera incapaz de desnudar sus pensamientos más íntimos ante todos ellos.
―No quiero desperdiciar ni un solo segundo más sin ti. Mi vida carece de sentido si no es a tu lado.
Sonia se soltó de sus brazos y dio un par de pasos atrás. Todos contenían la respiración. La ansiedad flotaba en el ambiente, como si quiera aplastarlos contra el suelo.
Dejó correr las lágrimas con total libertad, sin el freno que se impuso durante años y meses para no gritar el sufrimiento que la embargaba.
―Te amo, Dardo.
Él intentó volver a tomarla en sus brazos. Ella puso la mano sobre su pecho para contenerlo. Notó de nuevo sus latidos erráticos. Contempló sus ojos, tan llenos de la antigua pasión.
Se separó un poco más. Necesitaba ver la escena desde una cierta distancia. Aquellos niños eran ya sus hijos. Y él… Jamás había dejado de amarle. A pesar de la traición que tan cara habían pagado ambos.
Cuando se enfrentó de nuevo a él, sus ojos tenían un fulgor especial. Levantó el dedo y lo clavó sobre el duro pecho masculino.
―No permitiré que llegues a casa a la hora que te dé la gana. Ni que te dediques a comprar un pub tras otro y a ganar dinero a mazo sin que nos lleves al menos una vez al año a Disney París o al Teide, sin que te ocupes de Quico y de sus partidos de hockey, sin que recojas a Marieta en la escuela el día que yo esté ocupada, sin que…
―Cielo, ¿has acabado ya de mandar?
A Sonia le dio la impresión de que aquel pendiente suyo destellaba más fuerte que en otras ocasiones.
―Pues claro que no he acabado.
―Bueno… pues creo que sí ―dijo bebiendo de sus labios con todo el ardor que le quemaba las entrañas, sin importarle las miradas avergonzadas de su hijo mayor.
―Ejem…, creo que la pasta se está quedando asquerosa. Eso… podríais dejarlo para más tarde, ya sabéis, para cuando los dos estemos en la cama.
Ambos le miraron sorprendidos. El rubor cubría el rostro y cuello del adolescente. Sonia se acercó a él y cobijó su cabeza de rizos largos contra su vientre.
―Colega, mucho me temo que tendrás que acostumbrarte. Pienso recuperar todos los besos que me debe tu padre de todos estos años. Pero no te apures. Tú también recibirás unos cuantos. Navidad, Reyes, cumple… ya sabes, en fechas señaladas.
Quico enlazó sus brazos en la cintura de ella. Hacía tiempo que la consideraba su madre. Sonia se dejó abrazar, sintiendo la fuerza del amor que transmitía el niño.
En medio de las risas infantiles, sus ojos se cruzaron con los de su amado. En ellos relucía el amor, y una pasión salvaje que estaban dispuestos a disfrutar el resto de su vida.