—Unidad Económica U12H34P, avance hasta el centro del disco metálico —tronó la voz del robot Juez.
El viejo se levantó cansino del duro banquillo y caminó achacoso hasta el centro de la plataforma metálica, situada frente a la tremenda computadora que representaba el último grito en Justicia Automática; una vez allí, se quedó, incómodo, en pie, apoyado sobre su viejo bastón de fresno, y, carraspeante, dijo:
—Juan Pérez, señor Juez— con leve deje irónico en lo de señor.
—¿Cómo? —La voz metálica.
—Que me llamo Juan Pérez.
—No computable. En los Bancos de Memoria consta como Unidad Económica U12H34P. Todo otro sistema de identificación fue abolido hace cincuenta años por el Servicio de Estadística y Control.
—Sí —sonrió el viejo, y, al fruncírsele el rostro en miles de arruguitas, se vio claramente lo verdaderamente viejo que era—, pero yo nací cuando los hombres eran personas, no unidades económicas, y cuando tenían nombres, y no números.
—Computable. Actitud de tendencias recesivas. La Unidad Económica muestra nostalgia por épocas bárbaras, anteriores a la Sociedad de Consumo. Se añade este dato a su expediente.
Ante la actitud fríamente agresiva de la máquina, el viejo pareció encorvarse algo más, y decidió aguardar callado a que continuase su proceso.
—La acusación primaria en contra de la Unidad Económica es la de no utilizar totalmente la capacidad adquisitiva de sus tarjetas de crédito. Eso constituye un delito económico de primera magnitud contra la Sociedad de Consumo, y es punible con la pena de muerte. ¿Tiene la Unidad Económica algo que alegar?
—Soy un hombre sencillo.
—No computable. Las características personales de la Unidad Económica no tienen relación con este juicio —la voz metálica sonaba inflexible.
—Sí, sí, señor Juez —en el apasionamiento de su autodefensa, el viejo había olvidado el deje irónico, y hasta se dirigía a la máquina como si se tratase de un ser humano, esperando convencerla—. Tiene que ver, y mucho. Verá: yo pasé mi infancia en una sociedad que no era de consumo todavía, pertenecí…, iba a decir que aún pertenezco, pero debo ser ya el único que queda, a un grupo de humanos a los que llamaban hippies, y…
—Computable —la máquina lograba hacer sonar sus altavoces como las trompetas del Apocalipsis de las que le habían hablado al viejo en una lejana niñez, cuando aún había sesiones de catequesis y religiones—. La Unidad Económica reconoce pertenecer a una Secta de Enemigos de la Sociedad de Consumo que, afortunadamente, puede darse por extinguida gracias a la acción del Servicio de Justicia Automática. Se une este dato a su expediente.
—… Y —continuó el viejo, tercamente, con la seguridad que le da la ancianidad a quien ya no espera nada de la vida— aprendí entonces a vivir con pocas cosas, a contentarme con lo que necesitaba, sin caer en lo superfluo.
—Lo superfluo es la base de la Sociedad actual. La Unidad Económica está difundiendo teorías económicas contrarias a las oficiales. Computable y añadido al expediente.
—Y ahora —prosiguió el último de los hippies— es ya bien poco lo que necesito: algo de comida, mi estómago admite bien poca; alguna que otra prenda de vestir de año en año…; ya ni siquiera voy a espectáculos. No me gusta esta vuelta al puritanismo.
—Datos computables. Uno: La Unidad Económica admite no ir a espectáculos. Dos: También dice no estar de acuerdo con la actual moralidad pública. Incluidos en expediente.
Hasta los guardianes del Statu Quo que habían traído al viejo parecieron compadecerse de su desesperada posición: con cada nueva palabra se hundía más y más en la ciénaga de la culpa. Ya casi parecía imposible que se salvase. Uno de ellos, H98D76P, se agitó incómodo en su torrecilla de vigilancia, cambió de mano su lanzagujas de estricnina, se alisó el negro y brillante uniforme, y se atrevió, al fin, a musitar:
—Al grano, viejo. Que te pierdes.
El viejo levantó la cabeza, que desde el principio tenía hundida entre los huesudos hombros, y al hacerlo tintinearon las campanillas que colgaban de los ajados collares que llevaba sobre su pecho. Sonrió, dando gracias por el inusitado gesto del guardia del SQ.
—Unidad Económica H98D76P, su intervención no está justificada. Se computa y une a su expediente —rechinó el robot Juez.
—¿No tiene compasión? —se indignó el viejo, amenazando con su bastón.
—No computable. Este juicio tiende a sobrepasar la Media Óptima de Duración. Unidad Económica U12H34P, le ordeno diga por qué una parte de sus créditos quedan por cubrir.
—¿Por qué? —gritó el anciano, agitando por el aire el último trozo de fresno, en aquella sala totalmente hecha de materiales sintéticos, en aquel mundo de plástico y polución—. ¿En qué iba a gastarlos? ¿En comprar cada mes el nuevo modelo de robotmóvil y encontrarme que no lo puedo desaparcar, porque las calles ya son una masa sólida, atascada, de vehículos sobre los que caminan los peatones? ¿En ir a unos tridicineramas o en ver una solidvisión con unos programas insulsos y adocenados, regulados por una censura tan aberrante que ha llegado a prohibir la vieja Love Story por pornográfica?
—Computable. Computable. Computable… —se indignaba el monstruo de acero y transistores. Pero, por una vez, el hombre podía más que la máquina, y el chillido del viejo logró dominar la voz del robot juez:
—Gastar los créditos… ¿en qué? ¿En videocassettes de efectos bailando neominués cuando tengo mis viejas grabaciones del Festival de Woodstock, de Dylan, Buffy St. Marie y Janis Joplin? ¿En tabaco y anticancerígenos si he logrado conservar mi plantel de excelente marihuana que inicié con unas buenas semillas que me traje de Marruecos, cuando aún se podía viajar? ¿En comprar trajes de seudolana si todavía me sirven —y se golpeó orgulloso el pecho— estas ropas de cuero que yo mismo me hice en una comuna de Ámsterdam, cuando había comunas y la gente sabía hacer cosas con las manos?
Hasta el robot juez parecía anonadado por aquella explosión recriminatoria. Por lo menos, permaneció callado. A los guardias sí que se les veía el asombro a las claras: habían dejado de acariciar sus aspersores de gas Clorobenzalmalonitrilo (CS), y sus mandíbulas colgaban muy abiertas, mientras sus ojos se desorbitaban bajo las viseras protectoras de sus cascos de combate.
El viejo prosiguió, aunque ya sin tanto ardor, y notándose en su voz el cansancio del esfuerzo:
—Ya podéis quedaros con vuestra Sociedad de Consumo y sus nuevas necesidades, que son creadas cada día para que no se detenga la producción, y olvidadas al siguiente. Habéis transformado al planeta en un cadáver, envenenado por la polución y muerto de inanición por el despilfarro, y ahora sois como los gusanos que se alimentan de los despojos… pero, ¿hasta cuándo? ¿Qué les pasa a los gusanos cuando el cadáver ya no es más que polvo y huesos mondos? —El viejo terminó con un acceso de tos, y se quedó tembloroso sobre el frío disco metálico.
—Computable desde el principio al fin. Anotado y cerrado el expediente. Veredicto: La Unidad Económica U12H34P muestra un desprecio total hacia los más sagrados principios económicos de la Sociedad de Consumo, al no gastar la mayor parte de los créditos de que dispone. Eso ya merece ser castigado con la pena de muerte. Pero, como agravante, la Unidad Económica admite ser miembro de una secta subversiva, y difunde heréticas concepciones de la vida, constituyendo un peligroso foco de contagio de un germen más peligroso que los que atacan al cuerpo; pues sus palabras intentan subvertir la lealtad del ciudadano-consumidor, pretendiendo desalienar las restantes Unidades Económicas.
Los guardias del SQ habían recobrado su compostura, y sus manos se engarfiaban sobre las electroporras.
—Por todo lo antedicho, yo, robot juez del distrito lb006, condeno a la Unidad Económica U12H34P…
—¡Juan Pérez! —Fue el postrer grito, desafiante, del último de los hippies.
… a muerte.
Computado y grabado su veredicto en los Bancos de Memoria, el robot juez conectó un circuito, y del disco metálico del suelo saltó una carga eléctrica de tal magnitud, que la chispa llegó hasta el techo, donde sería recogida por el neón en forma de antorcha que coronaba el Palacio de Justicia Automática.
Fuera, los viandantes se detuvieron un instante, y supieron que un nuevo juicio había terminado con otra pena de muerte, al iluminarse la antorcha. Se reajustaron las mascarillas antipolución, y siguieron el trabajoso saltar de techo de coche en techo de coche…
Dentro, de Juan Pérez, el último hippie o, mejor dicho, de la Unidad Económica U12H34P, sólo quedaban unas pocas cenizas que pronto fueron absorbidas por los climatizadores.
Se había hecho la Justicia Automática.
Pero, tras la ceguera del relámpago de la justicia, la Unidad Económica H98D76P, guardia del SP, sintió rondar por su cabeza una pregunta que, cosa curiosa, parecía sonar con el cascado tono de voz del viejo:
—¿Qué les pasa a los gusanos cuando el cadáver ya no es más que polvo y huesos mondos?
Y se sintió gusano.