—Ayer casi me mata al tomar una curva —dijo el padre.
—Pues a mí no me obedece cuando le digo que acelere —añadió el hijo.
—Está ya viejo —concluyó la madre.
—Sí, pero… ¡lleva tantos años con nosotros, que ahora me da pena! —se entristeció la hija.
—¡Tonterías! —afirmó el hijo— he visto unos robomóviles I.B.M. Ford último modelo en la tienda de Main Street que me han robado el corazón.
—Está decidido —terció el padre—. George ya no nos sirve, así que lo cambiaremos.
—Pobrecito —dijo la hija tristemente.
—Voy a arreglarme —finalizó la madre.
El automóvil GEO 3-4719 —de ahí le venía el sobrenombre de George— modelo Bull-Renault 2037, vio entrar a la familia en el garaje. Hizo sonar alegremente su bocina, mientras sus intermitentes se encendían y apagaban.
—Mira cómo se alegra al vernos —sollozó la hija—. ¡Y vosotros queréis venderlo!
—Shhh, calla —ordenó el padre.
Pero George ya les había oído. Su motor dejó de sonar y se quedó con las puertas entreabiertas, como helado.
—¿Ves lo que has hecho? —gritó el hermano— ahora se ha calado.
—Vamos, George, vamos —musitó el padre, mientras palmeaba cariñosamente el tapón del radiador—. Tienes que comprenderlo. Todos nos hacemos viejos, y un día hemos de retirarnos. Además, te llevarán a la Fábrica, donde regenerarán tu cerebro y lo pondrán en una nueva y reluciente carrocería… podrás correr otra vez, como cuando saliste de la línea de montaje.
George abrió silenciosamente las puertas. Pero una gota de agua cayó de su radiador.
«Cambie su robomóvil viejo por uno nuevo —proclamaba el cartel en la tienda de Main Street—. Tenemos el robomóvil con la personalidad más adecuada a su carácter: deportivo, trabajador, tranquilo… ¡Pase y vea sin compromiso!».
George entró lenta, muy lentamente, en el interior, aparcando al lado de los relucientes últimos modelos, que lo miraban socarrones.
Un empleado apareció de la nada.
—¿Desean los señores? —preguntó solícito.
—Querríamos cambiar el robomóvil —dijo el padre.
—Una decisión acertada —elogió el vendedor—. Es un modelo muy viejo, ya no debe servir para nada.
George resopló indignado por su tubo de escape.
—¡Humm!, y temperamental además —añadió el disgustado dependiente—. No podré darles mucho por él.
—Eso ya lo hablaremos luego —atajó el padre—. Ahora querríamos ver los nuevos modelos.
—Miradlo, qué triste está —comentó la hija—. No puedo verlo sin echarme a llorar.
George miraba al suelo con las luces de cruce. Su radiador goteaba copiosamente.
—¿Sabes, querido? —dijo la madre—, tal vez la niña tenga algo de razón. A mí también me da pena.
—¡Sentimentalismos! —gritó el hijo—. ¡Ñoñerías!
—¡Calla, niño! —atajó el padre—. Tú no has ido tantas millas con George como nosotros.
—¡Pero esta porquería decrépita no puede gustarles! —intervino a destiempo el vendedor—. Es viejo, malo y…
George y el padre resoplaron al mismo tiempo.
El policía de tráfico escondido tras la valla vio pasar el viejo Bull-Renault a una velocidad que casi le parecía increíble en aquella reliquia.
—¿Has visto, Rover? —comentó con su robomotocicleta mientras ésta se ponía en marcha, persiguiendo al infractor— ¡si no fuese porque es imposible, diría que la toma de aire de ese trasto iba sonriendo!