País Relato - Autores

luis javier canito barroso

el corredor

Miré el calendario una vez más antes de salir. Volví a asegurarme de que los cordones de las deportivas estuviesen bien apretados. No podía suceder lo mismo de la vez anterior, por eso, desde aquel día, me cercioro de que estén bien fuertes. Comprobé la hora de nuevo y realicé una cuenta atrás. Tres, dos, uno…, ahora.
Tiré de la puerta detrás de mí, oyendo cómo el resbalón de la cerradura encontraba su destino. Andrea esperaba el ascensor. Coincido con ella a propósito todas las noches. En los cuatro años que llevo viviendo en el apartamento del barrio de Salamanca, jamás la he visto repetir el mismo modelito. Andrea, mi vecina, es de pocas palabras. Mi madre me enseñó desde pequeño a ser educado, así que la saludé.
—Buenas noches. —Probando suerte—. ¿A tirar la basura? —Viendo la bolsa que llevaba en su mano y que iba dejando un visible rastro que no podía dejar de mirar.
Parecía que iba a contestar cuando las puertas del ascensor se abrieron invitándonos a entrar. Lo hizo ella primero, segunda norma de educación que me enseñó mi madre; las señoritas primero. El olor a tabaco probablemente del vecino del tercero, se había quedado encerrado en aquel pequeño habitáculo donde una placa aconsejaba no exceder los 225 kg. Aquel trozo de metal hizo que me preguntara cuál sería su peso. Mirándola de arriba abajo, pulsé el botón con un cero pintado con típex. Sin mediar palabra, llegamos a la planta baja. Su perfume logró disimular parte del olor a tabaco, y digo parte, porque con la primera inspiración que realicé el resto de la fragancia se encontraba dando vueltas por mis pulmones buscando una salida de emergencia. Cuando abandoné el pequeño espacio, me fijé por primera vez en el bolso de Carolina Herrera que llevaba colgado del hombro. Estaba claro que no iba solo a tirar la basura, pero eso yo ya lo sabía. Miré hacia el suelo antes de que las puertas del ascensor se cerraran. Justo donde la bolsa había seguido goteando dejando un majestuoso charco que manchó la suela de una de mis deportivas. Me encogí de hombros resignándome a llevar esa pestilente mancha durante el resto del camino.
Al salir a la calle, tomamos direcciones distintas. Me acoplé los auriculares y presioné el play en el reproductor de mi móvil que llevaba sujeto al brazo. In the Hall of the Mountain de Grieg, comenzó a viajar por mi conducto auditivo. Inicié la carrera con una marcha tranquila mientras oía música clásica. El recorrido era siempre el mismo. Termino la calle y me acoplo a la de Serrano donde seguramente hace sus compras mi vecina. Cruzo la avenida y dejo a la izquierda la puerta de Alcalá, y me adentro por una de las numerosas puertas del parque del Retiro.
Subí de dos en dos los escalones e incrementé el ritmo. Volví asegurarme de que los cordones no se habían aflojado. Miré el reloj, eran las once. Disponía de una hora para hacer mi recorrido antes de que las puertas del parque se cerraran y gran parte de Madrid entrara en un profundo sueño.
Un grupo de jóvenes sentados sobre el césped se hacían fotos con el móvil poniendo caras raras que me sacaban de quicio, seguramente, para subirlas a Instagram. Parecían un poco alegres, y digo alegres, porque seguro ocultaban alguna botella de alcohol entre ellos, que no tardarían en pasarse de unos a otros repartiendo las babas que dejaban en la boquilla. Estaba claro que no tendrían más de catorce años. Si yo hubiese estado en ese grupo y mi madre se enterase, no me dejaría volver a salir en la vida. Seguro que me haría rezar el Padre Nuestro y el Dios te salve María, durante una buena temporada. «Tranquila mamá. Seré un niño bueno». Le diría para calmar su preocupación. Uno de ellos me miró a la vez que hacia una señal de aviso con la cabeza a quien tenía enfrente, el cual se giró de inmediato para comprobar a qué se refería su amigo. «¡¿Algún problema?!» Soltó sin más. Desvié la mirada huyendo de cualquier tipo de problema. Al fin y al cabo, ellos no eran el motivo de la X pintada en mi calendario, y mi madre, me hubiese dicho que evitara los conflictos. «Sí, mamá, ya me voy».
Continué la marcha poniendo rumbo al lago. Durante el día, decenas de barcas inundaban el lugar, pero a esa hora se encontraba vacío. Ni siquiera los peces que siempre hacen presencia como si saludaran al paseante, se hallaban presentes. Unas risas llamaron mi atención. Una joven pareja se revolcaba en una fresca alfombra verdosa sin necesidad de buscar sombra ni refugio para dar rienda suelta a sus fogosos instintos; la oscuridad les protegía. Sentí la necesidad de ocultarme detrás de los matorrales y observarles, pero sabía que no era lo correcto y no me podría controlar. Si los tuviese delante mi madre, se los colocaría sobre sus rodillas con el culo al aire y les daría unos azotes hasta quedárselos bien rojos.
Dos chicos con la misma ropa deportiva venían de frente y me pasaron de largo en poco tiempo. Uno de ellos, el más entrado en carnes, dejaba claro que era el primer día que hacía cualquier tipo de ejercicio. Su rostro enrojecido y sudoroso, junto a su descompensada respiración, lo delataban. En ese momento, sentí asco. El compañero, sin embargo, iba fresco como una rosa. Me aposté, sin que lo supiera mi mamá, que se aburría corriendo solo y había convencido al sin aliento sudoroso, aconsejándole que no le vendría nada mal perder unos kilos. Miré hacia atrás sin aminorar mi ritmo, y vi cómo a unos metros más adelante, tuvo que detenerse a vomitar. Ahora sí que me dio asco. El muy burro seguro que se había comido una gran Big Mac antes de ponerse a correr. Mi madre solo me daba cosas sanas para comer.
Avancé durante un tiempo sin encontrarme a nadie. Eso me desconcertó. El parque es tan enorme que no ver presencia a esas horas lo hace lúgubre. Empecé a ponerme nervioso. Estaba tardando demasiado en encontrar mi objetivo y hoy era el día, lo decía mi calendario, ¿sabe?, aquel en el que plasmé una enorme X roja ocupando todo el recuadro sin salirme. Voces, se oían voces, pero no veía quién las emitía. Doblé la esquina del jardín siguiendo el trayecto en el que siempre me encontraba con mi futura X, pero quienes se vieron descubiertos fueron los causantes de aquellas voces. Un grupo de jóvenes con móviles en mano comentaban una partida de algún juego de moda. Ni siquiera notaron mi presencia del entusiasmo que mostraban. Así que aproveché para asegurarme de que los cordones seguían en el mismo sitio. Miré el reloj. Una farola intentaba fijar la luz que emitía su bombilla de bajo consumo provocando un sonido chispeante cada vez que hacía el intento. Estuve un minuto completo observándola. Miré de nuevo la hora.
Faltaban escasos minutos para las doce y las puertas se cerrarían. La ansiedad recorrió todo mi cuerpo. ¡Tenía que ser esa noche! ¡La marqué en el calendario! ¿No lo entiende? Mi madre me enseñó a ser ordenado, ¿sabe? ¡Si descubre que no lo he sido, me castigará, me bajará el pantalón y me pondrá sobre sus rodillas para darme unos azotes como hace cada vez que la desobedezco! Pero la vi, sí, sí, reconocí aquel modelito y el bolso de Carolina Herrera colgado de su hombro. Iba sola, hablando por el móvil. Caminaba por el mirador de Alfonso XII, y yo me aproximaba por su espalda, así que, no notó que me acercaba. Subí el volumen del reproductor, los auriculares retumbaban en mis oídos con el Requiem de Mozart haciendo que mi corazón se acelerara aún más. La adrenalina me embriagó. Sentí una excitación como no había experimentado en ninguna de las anteriores veces. Saqué una fina barra de acero de treinta centímetros que llevaba sujeta a mi pierna. Quedaba oculta por el pantalón. Me permití mirar hacia todos lados buscando testigos, no los vi. Incrementé mi marcha, acelerando como si de una competición se tratara queriendo apoderarme de la meta. ¿Sabe? Ahora que lo pienso, ella siempre había sido la meta. Sentí el gélido metal en mis manos sudorosas y su brillo me deslumbró apenas un segundo. Lo agarré con fuerza como si un niño pequeño pretendiese quitármelo y lo clavé en su muslo derecho haciéndolo salir por su ingle. Cayó al suelo sin saber qué había pasado, dejando que el aparato por el que hablaba impactará a su lado. Saqué el arma punzante provocándole un desgarro por el que emanó gran cantidad de sangre, y seguí corriendo. Más tranquilo, deseé llegar a mi apartamento para colocar la siguiente X en el calendario. Y así lo hice.
—Está completamente loco —dijo el comisario en la sala de interrogatorios deteniendo la grabadora.
—Loco… mamá dice que los locos tienen que estar en un manicomio.
—Su madre también estaba loca. Pero tiene razón. Se va a pasar el resto de su vida encerrado en un centro penitenciario psiquiátrico.
—¿Podrá mamá venir a traerme la comida? Siempre lo hace. Solo ella sabe lo que debo comer.
—Su madre está muerta. Usted la mató —concluyó el comisario levantándose de la silla viendo cómo aquellas últimas palabras habían impactado al detenido—. Le voy a decir más… —dijo poniéndole la mano sobre el hombro mientras se detenía a su lado—. Andrea está viva. La encontraron ese grupo de jóvenes que jugaban al Hearthstone en el parque. Esta casi recuperada. Ella le ha identificado.