País Relato - Autores

luis gómez garcía

un tío como los de antes

El alcoholismo estuvo anclado en mi familia dos o tres generaciones. Quizá más. Era un secreto a voces mantenido en silencio, como todas las conductas que nos avergüenzan por ser nuestras, no por su naturaleza destructiva.
Mis dos abuelos tuvieron en común la bebida. Conservo unas fotografías de su juventud en las que el porte y la mirada les pertenecen todavía. El rostro luce esperanzado, sin señales de alarma, apuntando a un breve futuro que la guerra civil se llevará por delante. Puede que luego acumularan tantos muertos en los ojos que solo dejaban de verlos interponiendo una botella de vino. No lo sé. Uno de ellos insultaba a Franco en las tabernas, arruinado por la cárcel y el desaliento, mientras le llenaban el vaso a la espera de la insensatez definitiva. Esa parte de su vida es silencio en la mía. El otro, el camionero de ropa arrugada al que sí conocí, azotaba borracho a sus hijos. Usaba cualquier cosa que tuviera a mano. Sentía predilección por mi padrino, el hermano menor de mi madre, que hablaba de aquellas palizas con un sentimiento de legítimo orgullo, agradecido por esa infancia de golpes y resentimiento.
El chico endurecido a bofetones se convirtió en un hombre capaz de beberse tres o cuatro litros de vino, coñac y chinchón a lo largo del día. Suman entre quince y veinte copas, una cada sesenta minutos, ciento cuarenta por semana. Bebía con la docilidad de quienes no se interesan por sí mismos.
Yo apenas tenía nueve o diez años cuando fui consciente de su enfermedad. Vivíamos en un barrio de calles cercadas por chabolas y descampados, él tres pisos más arriba. Su lugar preferido en mi casa era el mueble bar del salón. «Sobrino», decía, «sírveme una copa». Yo le obedecía sin dudar, con el apresuramiento de los niños que admiran a los adultos insolentes. Mi tío tenía la prestancia de un galán romántico: espigado, de hombros anchos y ojos desafiantes, acostumbrados al envite. Aunque había perdido la transparencia de la voz y le gustaba pronunciar frases sin sentido —chistes, así los llamaba—, encarnaba ese aire de transgresión que ambicionamos en la pubertad. La paradoja es que era policía, un gris en un país de claroscuros.
Lo recuerdo a caballo, de servicio. Mis padres lo saludan en los aledaños del Vicente Calderón. Es una tarde de domingo, de deseos sin estrenar, de madres agarrando de la mano a sus hijos en medio de la multitud, que hormiguea en torno a los puestos ambulantes festoneados de bufandas y banderines rojiblancos. Alzo la vista cegado por el sol y veo a un héroe.
Pasado el tiempo supe otras verdades. Los apaleamientos en la universidad, por ejemplo. Me lo confesó en un bar del barrio, achispado, como era habitual en él. Cuando evoco esa escena, incluso hoy en día, se me aparecen al instante aquellas porras negras, larguísimas, que colgaban anhelantes de sangre en las monturas. «Una vez me acertaron con un ladrillo y casi me caigo del caballo». Risas. «Otra copa», repite. Era un fanfarrón deslumbrado por la nostalgia y la ausencia de arrepentimiento.
Contaba sus hazañas desde un punto equidistante de la barra, de pie, alejado de la pared engalanada con fotos de futbolistas de otros tiempos, retratos del dueño en sus jornadas de pesca y una vitrina de trofeos. Nunca lo vi sentado. Desde allí captaba con facilidad la atención de sus oyentes: otros policías que vivían en el barrio, mecánicos y aprendices de un taller próximo, desconocidos que abandonaban el local tambaleándose. Los camareros lo consideraban un charlatán simpático, aunque no siempre escucharan con agrado sus historias. A veces les enseñaba su arma reglamentaria.
Yo diría que buscaba la manera de redimirse a sí mismo. Pertenecía a una generación educada en el castigo violento de los vencidos. Y a sus ojos, eso es lo que era: un fracasado. Con diecisiete años lo acusaron en falso de un hurto insignificante de dinero. Huyó de casa y se alistó en la Legión. Después ingresó en la policía gracias a la recomendación de un tío suyo: deudas de sangre contraídas en la guerra, esa clase de asuntos. No hubo mérito ni esfuerzo, nada de lo que sentirse orgulloso. Si los borrachos beben para olvidar, él lo hacía con una gran eficacia. Nadie le ponía freno, nadie le recriminaba su conducta, nadie se atrevía a dar esperanzas a su mujer y a sus hijos. Lo normal en aquellos días.
Mis abuelos y mis tíos bebieron hasta morir. Él solo tuvo el dudoso honor de ser el más longevo. Visto en retrospectiva, resulta admirable que su disposición suicida se tradujera en una larga vida de casi setenta años. Esa estela de uva fermentada pudo quebrarse en muchas ocasiones. Sobrevivió a su propio destino con el instinto de un chacal hambriento. La muerte lo reclamaba sin éxito a diario. Era un tipo con suerte, sin duda. Otra cosa es que la mereciera. Pero conmigo mantenía ocasionales destellos de lucidez en medio de la ebriedad cotidiana.
En julio de 1976, lo recuerdo bien, mi padre me dejó acompañarlo en una de sus interminables jornadas de pesca. Ignoro la razón, dada la antipatía que le profesaba. Quizá quería compensar el dolor familiar de mi madre o quizá no prestó suficiente atención o simplemente era verano. Dije que sí. Ir a pescar carecía de interés, claro. Con quince recién cumplidos aceptaba cualquier propuesta que me permitiera pasar el día fuera de casa. No por enojo con mis padres, pues tuve una niñez afortunada, sino por el ansia de libertad propia de la adolescencia, en esa época política y acuciante.
El grupo lo formaban mi tío y dos amigos suyos de rostro enflaquecido y bienintencionado. Amontonaron en el maletero del coche las cañas de pescar, una nevera portátil de color azul llena de cebo y otra con chorizos, queso, pan para las migas, tasajo de cabra, cuatro conejos enteros ya despellejados, un par de melones, tres garrafas de vino, seis botellas de Brandy Espléndido y Anís del Mono. Íbamos bien surtidos.
Salimos un sábado a las cinco de la madrugada. La noche desapareció de nuestra vista a medida que avanzábamos por la autovía de La Coruña, a la que ellos se empeñaban en llamar «carretera de La Coruña», para que sonara más antiguo o más moderno, quién sabe. En la orilla arenosa del pantano hicieron una fogata que apestaba a queroseno. Nos quitamos el frío de encima con una copa y plantamos los aparejos cada diez o doce metros. Aprendí sin mucha convicción a lanzar una caña de mosca artificial y otra de gusano.
Llegué medio borracho al desayuno. Trataba de no tropezar y respondía a mi tío sin comprender apenas sus preguntas. No tardé en excusarme para ir a vomitar. Disimulé como pude para que no cuestionaran mi hombría, que sentía tan maltrecha. Lo cierto es que nadie me prestó atención.
Seguí trasegando vino con lentitud huidiza hasta la hora de comer. Me aburría. Un sol cegador caía sobre el agua. Los lucios, los barbos y las percas americanas parecían rehuirnos. Mi padrino dijo que ya era suficiente, que era demasiado joven para beber tanto. Mis protestas no sirvieron de nada. ¿Quién era él para prohibirme beber? Me sacudió una bofetada. «Soy tu tío», respondió.
Más tarde les hice una foto. Cuatro hombres todavía guapos, que ríen agradecidos por el hecho extraordinario de estar juntos, abrazados por los hombros, en espera de algo o conscientes, a lo mejor, de que no pueden esperar nada más de sus vidas. Se profesaban una lealtad espontánea. Meses después, durante una manifestación ilegal, detuvieron al hermano de uno de ellos. Este debió pensar que la amistad evitaría lo innombrable: la tortura, la cárcel, la pérdida del trabajo, el señalamiento. Mi tío regresó de madrugada con el hermano. Indemne. Sus nombres han desaparecido de mi memoria. Todos están muertos, excepto yo. Puede que ya lo estuvieran entonces.
Conocí la historia del arresto al día siguiente, en el bar. Corrían el vino y la cerveza. Hice saber a mi tío que su comportamiento me parecía ejemplar. Se volvió hacia mí. «Si te metes en líos», dijo muy serio, con aquel aliento suyo de coñac y Ducados, «yo mismo voy a Sol y te doy de hostias hasta que se te quite la tontería».
Lo miré confundido. El borrachín amable dejaba de serlo. Salía el espectro. Dos meses más tarde ingresé en las juventudes comunistas.
No tardaron en reclutarme para mi primera pegada clandestina. Era la oportunidad que necesitaba para demostrar mi valor. Fumé como un poseso mientras llenábamos de engrudo las paredes. El anochecer nos favorecía, pero yo veía la sombra de mi tío en todas las esquinas. Celebramos el éxito en un bar que olía a gallinejas y entresijos, a pajaritos fritos, a fatiga de los trabajadores. Tú qué tomas, chaval, le habéis echado cojones, sí señor. Alcé la voz. «Un sol y sombra», dije. Su bebida favorita. Antes de llegar a la comisaría ya había dado cuenta de tres o cuatro copas. Entraba a las ocho de la mañana. Es así como se empieza.
Mi tío pesaba treinta y cuatro kilos cuando falleció. No se podía mover de la cama. Un cáncer de hígado lo retenía en el hospital desde el invierno.
Una semana antes de ingresar en urgencias con las piernas infestadas de llagas, sintiéndose morir, había discutido en el bar con un africano que se negaba a regatear el precio de un reloj de imitación. Hablamos de cinco o diez euros. «Te meto un tiro», le gritó, completamente borracho. Los camareros lo echaron a patadas del local.
—¿Cómo es posible que siguiera bebiendo así? —le pregunté a su hija mayor, mi prima—. ¿Tu madre no le controlaba el dinero?
—Se lo roba a escondidas —contestó afligida, casi llorando.
—¿A escondidas? ¡Es un alcohólico, joder! —repliqué enfadado; esos fantasmas todavía me visitaban a pesar de haber dejado la bebida hacía dos décadas.
Guardamos silencio y esperamos bajo la lluvia a que apareciera mi mujer con el coche. Oscurecía, las luces de Navidad bailaban en los charcos, junto al bordillo de la acera, y, por un momento, tuve la desagradable sensación de que mi tío moriría en el hospital sin recibir consuelo, porque así mueren los náufragos.
Mi esposa me preguntó por su estado nada más verme. Pensé que necesitaba una copa.
—Vámonos, por favor —respondí—. Vámonos antes de que se haga tarde.
Arrancó el motor y desaparecimos al fondo de la noche.