Subía los escalones despacio, arrastrando perezosamente las zapatillas de felpa sobre la superficie envejecida de los escalones de madera. Estos, a su vez, emitían un sonido seco, como un quejido roto bajo sus pies. Toda la casa se le manifestaba; aquellos escalones, el goteo incesante del grifo de latón de la antigua bañera, las vigas del desván que parecían retorcerse al llegar la noche. La casa tenía algo que decir y ella, al principio, no estaba dispuesta a escuchar.
Cuando llegó, diez días atrás, a la vieja casa de sus abuelos, cada uno de aquellos soniquetes eran inapreciables para ella. Tan solo conseguía escuchar el zumbido de sus pensamientos ir de acá para allá. Al cabo de unos días, cuando ya no tuvo nada más en qué pensar, se dio cuenta de que la casa le decía cosas. Y luego empezó a volverla loca.
Estaba acostumbrada a los ruidos de la ciudad; bocinas hasta las tantas, gente discutiendo en la calle, el camión de la basura en mitad de la noche haciendo sonar los contenedores de metal. Eran sonidos conocidos, molestos, pero formaban parte de su vida, como una parentela inoportuna a la que tienes que aguantar, pero que a fin de cuentas es tu familia.
Pero aquellos sonidos, los de la vieja casa, solo hablaban de soledad y abandono, de tiempo vacío, de olvido, de desidia, de desolación. Un compás reiterado de silencio, goteo, silencio, viga, rama que choca contra el cristal de la ventana de su cuarto, otro silencio, roto de nuevo por el goteo, un crujido, silencio... Aquella casa estaba agotada, sola y quejumbrosa, como ella.
Se preguntó si también guardaría algunos secretos.
Por fin llegó hasta la planta de arriba arrastrando los pies y el final de la bata de paño de su abuelo, que había encontrado en el armario. Estaba frente a la puerta del desván. No le gustaban estos, tampoco los sótanos, eran los sitios donde la gente escondía sus cosas, apolillaba su pasado o silenciaba a sus monstruos. Pero los monstruos no desaparecen, pueden estar un tiempo dormidos, puedes intentar encerrarlos, pero tarde o temprano alguien abre la puerta y vuelven a hacer de las suyas. Si fuera por ella, las casas serían de una sencilla planta baja.
Sujetó el pomo de la puerta, primero tímidamente y después con más fuerza, intentando convencerse de que allí no había monstruo alguno, solo mantas y edredones en maletas y arcones, justo lo que ella necesitaba.
Recordó el frío que había pasado la noche anterior, hecha un ovillo en la cama, cada músculo agarrotado por el helor y, prometiéndose que al salir el sol se atrevería a subir allí en busca de alguno de los bonitos edredones patchwork que hacía años había tejido su abuela para los huéspedes. La perspectiva de pasar otra noche como aquella, la animó a girar el pomo y abrir.
El desván estaba en penumbra, tan solo algunos rayos de sol entre los tablones de madera que protegían la ventana luchaban por abrirse camino entre las motas de polvo que lo cubrían todo, haciendo el aire espeso y enrarecido. A una persona alérgica y asmática como ella, le daba una excusa extra para no permanecer mucho más tiempo del necesario.
Intentó ajustar la visión a la escasa luminosidad de la estancia. Tardó unos segundos en empezar a vislumbrar las siluetas de las formas cúbicas de los residentes de aquella parte de la casa. Cajas y más cajas, de distintos tamaños y materiales, con la apariencia del juego de construcción de un niño pequeño con mucho sentido del caos, comenzaron a surgir al acercarse a ellas. No tardó en darse cuenta de su error. Sí, los tamaños y formas eran desiguales, también los materiales y colores de aquellas cajas, pero estaban perfectamente clasificadas por fechas y número de habitación a la que habían pertenecido. Las torres abarcaban del suelo al techo del desván, de lado a lado, y una profundidad de al menos cinco metros. En algún momento, las etiquetas también habían llevado un código de color, ahora tan solo se adivinaban entre el desgaste y el polvo, unas cifras y letras.
Las observó con detenimiento, aquella era la letra de su abuelo.
Había contemplado durante años esa letra de caligrafía perfecta. En las manos de su abuelo, un simple bolígrafo había sido siempre una herramienta para el arte. En la época de sus abuelos, los que habían tenido la suerte de estudiar, habían hecho mucho hincapié en elaborar una caligrafía elegante y legible. En muchas ocasiones, al recibir algún documento manuscrito, como la receta de su médico de cabecera, había echado de menos aquella antigua exigencia en los colegios. Ahora la gente dedicaba más tiempo a correr que a ver por dónde caminaba. A hablar sin escuchar sus palabras, o lo que era peor, sin pensarlas. Todo eran prisas y sinsentidos. Aquella caligrafía impecable detonaba mucho más que un esfuerzo por hacer las cosas bien, era la señal clara de dar un sentido a cada cosa que hacía.
Limpió el polvo de la primera etiqueta que tuvo a mano con el dorso de la manga de la bata de paño. «Habitación 3. Del 23-04-91 al 30-04-91». Un escalofrío le recorrió la espalda. Aquella parecía ser la última etiqueta que había escrito el abuelo. Sí, la última, pues poco después de aquella fecha lo perdían para siempre. Engulló la congoja que el pensamiento le confería, como una bola de espinas desgarrándole la garganta, y se concentró en la tarea que la había llevado hasta aquel lugar tan poco deseable para ella.
¿Cuál habría sido la primera caja que había clasificado su abuelo?
Un ataque de tos evidenció que su exposición al polvo había sobrepasado los límites desaconsejados. Tomó la caja y se dirigió a la puerta, se dio cuenta, en ese momento, de que no había cogido el edredón y arrastró también hacia afuera el arcón de madera de la abuela. Cerró la puerta a su espalda y bajó las escaleras empujando el arcón por los escalones hasta el piso de abajo donde se encontraba su dormitorio.
Una vez allí, lo primero fue sacarlo y ponerlo a lavar. Aunque las noches habían comenzado a ser frías, pues estaban a finales de septiembre, los días aún eran soleados y tendría tiempo de sobra de disfrutarlo limpio y seco para la noche.
Cuando lo tuvo tendido, se detuvo unos segundos a la entrada de la casa sin saber a dónde ir. Aún se sentía desorientada. Llevaba demasiado tiempo realizando la rutina de ir de su casa al trabajo y de manera mecánica, ahora no se encontraba a sí misma en ningún otro lugar. Tenía que comenzar a pensar de otra manera.
Aquella era su nueva casa. No sabía qué iba a hacer, pero sí que era el comienzo de su nueva vida, una vida que no quería que tuviese nada que ver con la anterior. Una oportunidad de comenzar de nuevo, ahora quedaba decidir qué sentido iba a darle. Aunque no tenía que ser en ese instante, de momento, podía conformarse con subir y ver qué contenía la caja del abuelo que había dejado en su cuarto.
El cartón no estaba muy deteriorado, a pesar de llevar décadas allí amontonada. Rompió los precintos de cinta de embalar con los que el abuelo la había cerrado y la liberó de la tapa. El interior de la caja la dejó confusa. Ocho almohadones en fundas de plástico, embasados al vacío y perfectamente etiquetados. Cada uno correspondía a uno de los días que venían anotados en el exterior de la caja. A la fecha acompañaban otros datos. Tres estaban etiquetadas a nombre del señor Castle; cuatro más, a nombre de la señora Romero, y la última de la señora Carbajal. Debajo de cada nombre una anotación más completaba la etiqueta: «Sin resultado».
¿Sin resultado de qué? No le encontraba ningún sentido. Revisó las fundas, eran almohadas individuales, normales y corrientes. Las que habían tenido sus abuelos siempre en la casa de huéspedes. Recordaba bien esas almohadas, siempre impecables. Las sábanas y edredones que utilizaba la abuela eran ahora auténticas obras de arte, confeccionadas a mano con los mejores tejidos. Entendía que aquellas exquisitas piezas estuviesen empaquetadas y enfundadas con sumo cuidado, pero no los almohadones.
¿Qué sentido tenía guardar aquellos almohadones? ¿Qué había motivado a su abuelo a no solo a atesorarlos, si no, a clasificarlos de aquella manera tan extraña? La intriga le hizo realizar un acto impensable para ella.
Volver al desván.
Tenía que revisar el contenido del resto de las cajas, algo que le iba a llevar mucho más de los cinco minutos que aguantaba estar allí.
Lo primero, ponerse la indumentaria adecuada: una mascarilla, unos guantes de látex y ropa desechable. Y las armas necesarias: un martillo, tijeras y bolsas de plástico.
Salió del desván tras cinco horas de masticar polvo, y lo peor, mucho más confusa de lo que había entrado. Su primera tarea había consistido en quitar los tablones de la ventana para poderla abrir por completo. Una vez expuesta la habitación a toda la luz y con el aire fresco y renovado del exterior, la estancia no resultaba tan aterradora. Al contrario, podía tener hasta un encanto especial. El techo, aunque inclinado, era bastante alto, con lo que no había tenido que agacharse en ningún momento. Las vigas y las paredes, forradas de madera, hacían que fuese muy acogedora y era, decididamente, muy amplio.
Después de una inspección superficial, se dedicó a hacerla de manera mucho más exhaustiva, quería revisar el contenido de cada caja. No había conseguido hacerlo con todas, pero tampoco le hacía falta para saber lo que contenían las que aún seguían precintadas.
Todo eran almohadones.
No había nada más. Almohadones y más almohadones guardados y clasificados a lo largo de treinta años. Cada uno llevaba una etiqueta en la que se especificaba el nombre de la persona que lo había utilizado y la fecha en la que lo hizo, junto con una anotación al final que no variaba en ninguna. «Sin resultado».
¿Qué resultado había esperado conseguir el abuelo de aquellas almohadas? ¿Qué sentido tenía guardar las que habían utilizado los huéspedes de la casa durante décadas? No habían sido reutilizadas, cada huésped había usado una nueva, que posteriormente había sido guardada celosamente a su partida. ¿Con qué fin? Tenía que averiguar por qué. Pero, ¿dónde conseguir más información? Jamás había escuchado hablar a sus padres de aquella obsesión del abuelo por coleccionar almohadas, y ya tampoco se lo podían decir.
Estaba sola. Todo cuanto tenía sobre su familia estaba en aquella casa. Nadie podía contarle nada sobre ellos ni sobre lo que había pasado allí. El abuelo debía tener un motivo para coleccionar aquellos almohadones de los que había esperado conseguir algo. Algo que no consiguió, de ahí la reseña «Sin resultado».
Transcurridas las cinco horas que había pasado en el desván, bajaba las escaleras perdida en sus pensamientos, más parecidos a delirios que a reflexiones de una persona cuerda.
En la biblioteca había estado siempre el escritorio de su abuelo. En los días que llevaba allí se había mantenido alejada de él, no queriendo cotillear demasiado entre sus papeles. Ahora, sin embargo, tenía la necesidad imperiosa de saber... Si encontraba en aquel escritorio algo que la ayudase a entender lo que acababa de ver en el desván, tenía que hacerse con ello.
Se dirigió a la planta baja poseída por una resolución que hacía meses no sentía. Por primera vez desde que llegó, cada paso de los que daba tenía un sentido, no eran una sucesión de movimientos que se limitaban a desplazarla de un lado a otro, había una razón. Y eso fue sencillamente revitalizador.
Aquella era una casa enorme. La planta baja era la zona de los espacios comunes; una gran sala, una biblioteca, una cocina con comedor, y un baño. Subiendo la escalera, seis dormitorios y dos baños, y arriba, el desván. La vieja casa era una herencia familiar de los bisabuelos, padres de la abuela. Ella la convirtió en casa de huéspedes al heredarla, y así conoció al abuelo, que fue a hospedarse allí al regresar de un viaje de trabajo, de camino a su casa, en una ciudad cercana. Iba a casarse con su novia de toda la vida hasta que vio a la abuela y ya no se marchó de allí.
Cuando la edad les impidió seguir llevando la casa de huéspedes, cerraron las habitaciones a las que ya no iban a dar uso y descuidaron el mantenimiento. A pesar de ser una casa con mucho encanto, ahora tenía un aspecto desalentador. Si decidía quedarse allí, iba a tener que destinar gran parte de sus ahorros a la reforma y rehabilitación de la casa.
Por fin llegó hasta la biblioteca, su habitación favorita. Lo había sido desde niña, entonces, su pasatiempo favorito consistía en coger un libro y meterse bajo el escritorio del abuelo a leer. Era su escondite, uno ridículo pues siempre sabían que podían encontrarla allí, pero a ella le hacía sentir segura. En aquella ocasión, no iba a sentarse debajo, en lugar de eso, iba a ocupar la silla de su abuelo, de madera oscura y robusta, con ruedas en las patas, y respaldo tan alto que le llegaba hasta el cuello. Intentó abrir los cajones del escritorio, pero estaban cerrados con llave. Entonces, se le ocurrió algo que había visto en las series televisivas de misterio, pasó la mano por la parte baja del escritorio, y allí estaba, pegada con un trozo de cinta. Una pequeña llave dorada que recordaba colgada siempre en el llavero de su abuelo. La metió en la cerradura y, en un segundo, se encontró frente a todo tipo de documentación que había estado atesorando durante años.
Los ojeó por encima hasta que algo llamó su atención, un cuaderno forrado en piel negra con unas letras labradas en verde que decían «Diario».
¿Diario? ¿El abuelo escribía un diario? Lo abrió sin otorgarse demasiado tiempo a pensar en lo que estaba haciendo.
«A los pocos días de llegar aquí, me di cuenta de que ya no los tenía. No he vuelto a tenerlos, ni esos ni ningún otro, y no sé qué hacer. ¿Cómo los puedo recuperar? Lo he estado meditando, y he llegado a la conclusión de que si no puedo recuperar los míos, quizás pueda obtenerlos de las personas que se hospedan en la casa, pero ¿cómo? Me niego a pensar que jamás volveré a tenerlos.»
¿De qué hablaba el abuelo? ¿Qué había perdido al llegar a aquella casa? ¿Qué pretendía conseguir de los clientes? ¿Y tenía aquello algo que ver con su colección de almohadones? Era demasiado mayor para sentarse bajo el escritorio a leer, decidió coger el diario y seguir haciéndolo en su cuarto. De camino a su habitación pasó por la puerta de la cocina. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no había comido en todo el día, se le había olvidado, también pasó por alto sacar el edredón de la lavadora, ya no estaría seco para la noche. Tendría que ingeniarse la manera de no pasar frío.
Hacía unas horas, lo que le preocupaba era no pasar otra fría noche como la anterior, pero en aquel momento no le dedicó ni un par de segundos al problema. Quería averiguar qué había perdido el abuelo al llegar a aquella casa.
Mientras se preparaba un par de sándwiches, pensó en encender la chimenea del salón y enroscarse en el mullido sofá de flores que había enfrente. Era un buen sitio para leer. Cuando lo tuvo todo preparado, se acomodó y abrió el diario ya tan solo hambrienta de curiosidad.
«He comenzado a clasificar los almohadones de los huéspedes. Los cambio con cada uno. No quiero que algo ponga en peligro poder recuperarlos. Si con esto consiguiera volver a tenerlos, sería muy afortunado.»
¿Recuperar el qué? ¿Qué tenían que ver aquellos almohadones con lo que había perdido el abuelo?
«Llevo meses haciendo pruebas, hemos tenido catorce huéspedes en este tiempo, pero no he obtenido resultados. He preguntado a Irene si ha notado algo extraño en el suyo, pero mi querida esposa dice que está como siempre. ¿Es posible que solo los haya perdido yo?»
Esa era la siguiente anotación del abuelo, cada vez estaba más confusa. Empezó a temer que el hombre que toda su vida le había parecido la persona más cuerda que había conocido, al que consultaba cada vez que sentía tambalear su mundo, hubiera perdido la cabeza. Pero una cosa así se habría notado. En algún momento, su comportamiento habría denotado anormalidad, desequilibrio, obsesión. Pero jamás se dio el caso.
«He comenzado a hacer preguntas a los huéspedes. No dejo que sospechen, excuso mis interrogatorios como mera preocupación por su comodidad y confort en la casa. Ellos aceptan de buen grado mis preguntas, y así he conseguido averiguar que todos ellos los han perdido. Todos ellos.»
Aquella anotación era de unos meses después. Pero seguía sin ser aclaratoria. Cuanto más leía, más necesitaba saber. Pasó la página en busca de la siguiente anotación que databa de años después.
«¡Llevo tantos años investigando, y no he conseguido progresar en mis averiguaciones en este tiempo! He esclarecido que Irene no los ha perdido porque nunca los tuvo. ¿Es eso posible? El resto de los huéspedes, cuando llegan aquí, también los pierden. Dentro de esta casa nadie los puede tener. Por esta razón he pedido a mi hija que no deje a la niña más de una semana aquí seguida. No quiero que la niña viva sin ellos. Me da miedo que luego no pueda recuperarlos.»
Leer que el abuelo había pedido a su madre que no la dejara con ellos más de una semana seguida, le aclaró algo que la había inquietado durante muchos años. De niña había pasado grandes temporadas en la casa con los abuelos, de repente, cerca de sus ocho años de edad, su madre comenzó a dejarla solo por unos días cada varios meses, pensó que había hecho algo que molestaba a los abuelos, pero su madre le dijo que estos se hacían mayores y no quería darles trabajo. Aun así, siguió teniendo dudas y, por lo visto, bien fundadas. El abuelo tenía otras razones. De esta a la siguiente anotación también pasaron varios años.
«El desván está repleto, y hace años que perdí toda esperanza. Perdí los míos y no los pude recuperar a través de los demás. Aun así, he seguido guardando esos almohadones. Irene cree que son manías de un viejo tonto, yo solo le respondo que otros coleccionan monedas. Yo, noches vacías. La casa tiene algo mágico, algo que hace que toda persona que pasa la noche en ella sea incapaz de soñar. Fuera de esas paredes sí se puede, pero dentro es imposible. Hace años me resigné a vivir sin sueños. Primero me sentí el hombre más desgraciado del mundo, pero después me di cuenta de que podía seguir soñando despierto. En realidad, esos son los sueños que queremos que se hagan realidad. Yo tengo una bella casa, una bella familia y una colección de almohadones, que aunque no pudieron devolverme los sueños, ni propios ni prestados, son todo un homenaje a las noches vacías. En estos años he descubierto que, para muchos, esa influencia que ejerce la casa sobre ellos, ha sido toda una liberación. Hay muchas personas perseguidas cada noche por sus fantasmas, sus monstruos, y aquí son libres, por eso me siento feliz, porque he visto a muchas personas entrar con el alma agotada y salir recuperando las energías y soñando despiertos con un nuevo camino. Seguiré almacenando esos almohadones vacíos, en tributo a ellos, mientras pueda. Todo el mundo debería poder refugiarse de su mente.»
¿Aquello era posible? ¿La casa tenía algún tipo de influencia mágica que impedía a las personas soñar cuando dormían en ella? El abuelo había perdido la cabeza. ¿O no? Si se paraba a pensarlo, desde que llegó allí, ¿podía recordar haber tenido algún sueño? No, no podía. Pero no recordarlo no significaba no haberlos tenido, ¿verdad?
Dos meses más tarde abría las puertas de la nueva casa de huéspedes «Noches vacías». Sin hacer honor a su nombre, en cuanto la anunció en Internet ofreciendo el descanso especial que podía conseguirse allí, las reservas se hicieron tan abundantes como para llenar la agenda de varios meses. Ella no había vuelto a tener sueños, ni buenos ni malos. Lo que hacía que se despertase siempre con las energías renovadas y soñando despierta. Aunque tampoco le hacía falta, porque aquella casa que no la dejaba soñar, le había devuelto la ilusión por cumplir sus sueños.