País Relato - Autores

lorenzo silva

un poco de simetría

Helos aquí. A través de los orificios practicados en el aparatoso parapeto plástico tras el que oculto mis facciones, los veo venir hacia mí como una horda enloquecida y desenfrenada. Pronto se arremolinan a mi alrededor, con su vocerío apremiante que viene a resumirse en una sola petición: a mí primero.
La persona que me ayuda, tanto para impedir que me vaya al suelo por culpa de los arreos que llevo encima como para protegerme del entusiasmo de los pequeños fanáticos, intenta en vano ordenarlos y hacerles observar un turno. Irremediablemente se le escapan, se cuelan, se empujan. No me altero; ya contaba con que fuera así. Y en cierto modo, así lo prefiero. El tumulto me favorece para gestionar la situación a mi antojo.
Otros se toman este trabajo como lo que probablemente es: una labor grotesca y degradante, en la que uno se ve reducido a la condición de soporte publicitario para incrementar la facturación del dueño del tinglado y contribuir al desahogo de la devoción irracional de sus clientes. Por suerte, yo he logrado darle una finalidad simultánea, de índole más personal. Gracias a eso puedo venir aquí día tras día a hacer el ridículo sin que sufra demasiado mi amor propio. No aspiro, desde luego, a pasarme la vida en este empleo, pero, mientras no consiga otro, dispongo de una coartada confortable, que hasta me permite disfrutar de la que de otro modo sería tan solo una penosa faena.
Los pequeños energúmenos no lo saben, seguramente ni se lo imaginan, pero mi principal tarea consiste en observarlos. Es cierto que los orificios me ofrecen un campo de visión limitado, pero por fortuna ninguno de ellos es muy grande y desde mi superior estatura puedo examinarlos con la perspectiva suficiente. Cuento con la ventaja de que siempre me ofrecen el rostro ávido, los ojos muy abiertos, el alma saliéndoseles por ellos. Pero además, he desarrollado métodos de análisis que me permiten alcanzar conclusiones instantáneas y bastante fiables. Porque no me limito a observarlos. Extraigo consecuencias, e inmediatamente las traduzco en acciones: en mi particular misión bajo este disfraz que en teoría me convierte en siervo de otro.
Suelo darles prioridad a ellas. No por caballerosidad, si es que eso conserva algún sentido en estos tiempos de equiparación en que vivimos. Sino porque prefiero calibrarlas con la mente más fresca, porque me resultan más complicadas y mucho menos obvias que ellos. Coincide, además, que lo que busco es entre ellas más raro, aunque cuando se da tiende a revestir perfiles más graves. Hay que leer atentamente su gesto, calar en su mirada. También me fijo mucho en sus manos. La forma de los dedos, y cómo los mueven, dicen mucho de la dueña.
He calculado la frecuencia estadística: entre las que acuden, suelo encontrar lo que me interesa en una de cada diez; y una de cada veinte es realmente peligrosa. Me refiero con esto a la sutileza y a la capacidad de encubrir su carácter verdadero. No puede negarse que, tras una armoniosa carita femenina, le cuesta al más avezado atisbar la maldad. Por alguna estúpida razón, estamos programados para identificar belleza y bondad, y de eso se aprovechan: así logran ganarse a sus víctimas, hasta que las tienen a su merced, y también se sirven de esa ventaja para engañar luego a quienes deberían reprimir sus fechorías. Quién puede resistirse a esa mirada diáfana, como de cervatilla, con que suplican la atención y el afecto del prójimo.
Pero conmigo lo tienen crudo. Yo sé de la doblez del alma humana, y sé que bien puede ser una destreza precoz. Desde luego, no es patrimonio exclusivo de los adultos, como sostienen los ingenuos. La doblez surge en el momento en que la inteligencia comprende que lo que uno es no puede mostrarse abiertamente sin sufrir un perjuicio. Hay quienes hacen ese descubrimiento a edades muy tempranas, y se aplican al ocultamiento con una soltura que con el tiempo llega a ser maestría.
Por eso las observo con cuidado. Gracias al entrenamiento, he aprendido a identificarlas. Son listas, son duras, pero todavía pecan de inexpertas y se delatan. Basta fijarse en la gélida expresión con que de pronto se vuelven hacia otro niño u otra niña que trata de colárseles, o en la forma maniática en que se recomponen la ropa cuando se les desarregla en el forcejeo. Cuando vuelven a ponerme su carita de cachorrilla suplicante, ya luce sobre sus facciones como una burda máscara. Y hago lo que tengo que hacer: impartirles mi implacable justicia.
Con ellos resulta mucho más fácil. Para empezar, son más. Calculo que entre tres y cuatro de cada veinte encajan en el perfil, en mayor o menor medida. Por otra parte, los síntomas que los acreditan tienden a resultar notorios: ademanes matoniles, acometividad incontrolada, envergadura física por encima de la media, lenguaje estentóreo. Si entre ellas a menudo es una superior astucia lo que las predispone al mal, entre ellos predomina como factor de riesgo el poderío corporal puro y duro. Y la costumbre de ejercitarlo e imponerse por esa vía, intrínsecamente reñida con cualquier forma de sigilo, los hace tan identificables como si lo llevaran escrito sobre la frente en letras de color rojo. Resulta cómico contemplar la decepción en sus semblantes, cuando les aplico el tratamiento que les tengo reservado y se dan cuenta de que esta vez no van a salirse con la suya. No logran entender por qué la fórmula que les dio siempre resultado se revela inútil ante mí. Algunos incluso reaccionan de forma destemplada, actitud que calmo colocándoles la mano en el hombro durante unos segundos. Basta con ponérsela ahí, sin decirles nada. Se quedan paralizados, sin saber si mi gesto los invita a esperar indulgencia o a todo lo contrario. Simplemente, no están preparados para desafiarme. Conmigo no funciona su truco, porque de pronto son ellos quienes están en desventaja.
A estas alturas confío bastante en mi instinto, pero en caso de duda todavía puedo hacer una comprobación que suele ser concluyente. Se trata de relacionar al sujeto en cuestión con sus progenitores. A veces sorprende la claridad con que la simple observación del porte y el talante de alguno de ellos me permite afinar el diagnóstico. Por la forma de mirar a su alrededor, por cómo nos perdonan la vida a mí y a quienes compiten con sus vástagos por el ansiado trofeo, puedo ubicar con precisión casi absoluta a quienes están criando a uno de los que busco. Y si los oigo hablar, entonces queda disipada cualquier incertidumbre. En alguna ocasión los oigo referirse a mí de forma despectiva, como quien despotrica contra un criado incompetente, por no acertar a darle a su retoño lo que anhela. Hasta los hay que están en un tris de encararse y ponerse agresivos, pero ahí mi disfraz y mi acompañante resultan una protección razonablemente eficaz. Ninguno se atreve a pasarse de la raya con el ídolo de los chiquillos, aunque le conste que quien está dentro no es más que un don nadie con un contrato basura.
Esa es la verdad. No soy nadie, o mejor dicho, soy un desgraciado que hace esta patética pantomima por un mísero puñado de euros. Pero me permito el lujo de juzgar y dictar sentencia sobre todos ellos cada día. Sé que mi castigo no les produce excesivo daño; no pasa de ser una contrariedad que olvidarán al poco tiempo. Pero así les hago compartir, por unos instantes, lo que sienten aquellos a cuya costa se divierten: la humillación de ser menos que el resto, la frustración de no tener lo que los demás tienen, la perplejidad y el dolor que produce ser marginado, la desazón que se apodera de quien sufre el desprecio ajeno. No aspiro a que con ello se enmienden; sé que hace falta algo más que la insignificante lección que yo les doy para que reconsideren su conducta y se limpien de toda la ponzoña que han bebido, muchos de ellos, de la fuente que debería alimentar la salud de su espíritu. Pero confío en que sea una señal para aquellos que aún no están del todo perdidos, un pequeño recuerdo que se quede prendido en su memoria como una especie de advertencia que en alguna circunstancia futura puedan descifrar.
Llega el momento. Mi acompañante me hace la seña convenida y empezamos a movernos discretamente hacia la vía de escape. Según mi contrato, debo aguantar durante un cuarto de hora. Luego tengo derecho a un descanso de duración equivalente. Y cambio de emplazamiento. Así, cinco veces más. Conforme me instruyeron en el breve periodo de formación, interrumpo bruscamente la faena y salgo corriendo con mi acompañante a la máxima velocidad que me permite mi impedimenta. La experiencia enseña que es la única forma de hacerlo; de otro modo, el público le impide a uno zafarse de su acoso. Algunos niños corren tras nosotros, pero se rinden en cuanto perciben nuestra determinación de eludirlos. Poco después, estamos en el refugio y me quito la careta para respirar. He negado a dos niños y a dos niñas el autógrafo. Una de las niñas se abalanzó sobre mí de las primeras, y me ha hecho falta echar mano de mucha sangre fría para ignorarla durante quince largos minutos. Al final, se le saltaban las lágrimas. Lo siento y no me enorgullezco, pero así es la vida. Un día vas al parque temático, aparece tu dibujo animado favorito, vas a pedirle que te firme en la libreta y tienes la mala suerte de que el idiota que va dentro del muñeco es un tipo al que de pequeño torturaron personas crueles como tú. Alguien que sabe reconocerte, y que no piensa apiadarse de ti.
No es rencor. Solo un poco de simetría.