―Desde aquella primera vez que te vi, en las piscinas de nuestro pueblo, con aquel bikini… ―ronronea― supe que serías mía, que ningún otro hombre podría tenerte ―dijo muy seguro y abrazándome muy fuerte.
―Pues querido señor mío, le puedo decir a usted, muy segura de mí misma, que yo ni le miré.
Tenía que estar un poco desorientada por el sol, porque no me entra en la cabeza que no lo viese al igual que él a mí. Fue en otro lugar, donde nuestros ojos chocaron con la intensidad del mayor tsunami del mundo. Todo tembló a nuestro alrededor. Recordaré siempre ese primer contacto de mi mirada sobre su cuerpo, hasta quedarme perdida en el color único de sus ojos. Fue algo mágico. No dijimos nada, ni un hola, pero nos acariciamos igualmente al pasar uno al lado del otro, con el calor que nació aquella tarde, dentro de nuestros corazones. Todo flotaba en el aire… Todo estaba escrito...
―Tú eres magia, cariño, eres mi mundo, uno que quiero compartir contigo hasta el final de mis días. Esa parte la has cumplido, mi amor… ―diciendo esas palabras se acerca y me besa con el alma. Solo un hombre enamorado besa así, entregándose por completo a su igual―. Contigo cada día es un paseo por las nubes, tocamos el cielo de la noche arropados por nuestra pasión… Quiero seguir volando a tu lado, hasta el amanecer, quiero ser el principio de cada día en el que nazca un nuevo sol, y el final de cada noche abrazada a ti, no me dejes…
Alguien la sacude, o al menos eso parece notar, últimamente todo es bastante confuso.
―Señorita ―oye una voz a lo lejos, no es la que necesita escuchar, no quiere abrir los ojos nunca más, no hasta que él regrese. «¡Dejadme en paz, por favor…!», grita en silencio―. ¡Señorita, señorita, despierte, por favor! Si no lo hace, llamaré a una ambulancia. ―«¡Oh, Dios, eso no, no más médicos!». Abre los ojos, se siente desorientada al ver que no está en su casa, y al saber que estaba soñando.
Otra vez de vuelta a la triste realidad. Se ha quedado dormida en un banco, algo que por lo visto le pasa muy a menudo en las últimas semanas. Se levanta poco a poco, ayudada por unas manos que muestran el paso de la vida. Se da cuenta de lo débil que está cuando se apoya contra el respaldo del asiento, y lo ve todo un poco borroso. Hoy tampoco ha comido. ¿Para qué?
―Espere un momento. ―El anciano desaparece, y regresa a los pocos minutos con dos botellas de agua. Ella parece reacia al principio aceptar la suya, pero finalmente bebe animada por el hombre.
―Gracias…
―Andrés, y tutéame antes de tratarme como a un viejo. Lo soy, pero no hace falta recordarlo. ―Le guiña un ojo y la joven sonríe.
―Gracias, Andrés.
―Tienes una sonrisa preciosa, una que por lo que veo, no dejas ver mucho. ―Ella mira al suelo―. No deberías dormir en un banco, y menos en un parque como este, hay muchos robos últimamente, podían haberte quitado el bolso. ―La mujer hace un gesto que demuestra lo poco o nada que le importa, si dicho hecho ocurriese―. ¿Cómo te llamas?
―Raquel.
―Encantado, Raquel. ―El anciano sonríe y ella le devuelve el gesto sin ganas―. Creo que no está nada bien que prives al mundo de una sonrisa tan bonita. ―Está intentando ser amable, pero la verdad es que solo quiere que la tierra se la trague, para desaparecer y terminar con el dolor que desgarra sus entrañas.
―Supongo que las personas se muestran felices cuando lo son y tienen motivos para ello, yo no tengo ninguno. Al menos ya no.
Permanecen sentados uno al lado del otro y, ante esa respuesta, ambos lanzan su mirada entre la arboleda del parque por unos minutos. Ninguno habla, solo sus pensamientos gobiernan ese silencio.
―Debes estar pasando por algo muy duro para pensar así, porque siempre hay algo por lo que seguir, y no rendirse en la vida. ―Se miran y Raquel siente una conexión especial con Andrés y, sin poder evitarlo, le devuelve ese gesto que él le muestra. La primera sonrisa sincera en mucho tiempo. Ni recuerda cuándo fue la última vez que la dibujó.
―Gracias otra vez.
―No hay de qué, pero por muy mal que te sientas, no te castigues por darte un respiro, sonreír no es pecado, aunque te lo parezca a veces. Tus ojos están tristes, me recuerdan mucho a unos que he visto reflejados en un espejo no hace mucho tiempo. No quiero entrometerme en tu vida, pero me gustaría poder ayudarte a ver, que aquello que crees que es el fin del mundo, puede que solo sea un paso más en tu camino.
Ella suspira cerrando los ojos, pensando en todo lo que está escuchando, para poder pensar como Andrés, pero resulta imposible llegar a creer que de todo lo que le ha tocado vivir se pueda sacar algo bueno. Rabia y dolor por lo injusto que es todo, siente ganas de morir, eso es lo único que ve…
―No es un paso más, ya no puedo caminar, mi camino se ha convertido en un pozo que me ha atrapado para seguir cayendo cada día más hondo. No tiene fin ―abre los ojos para decir apenas sin voz―: mi marido ha muerto. ―La cara de Andrés se contrae―. Ha pasado hace unos meses y no consigo creer que pueda ser real. ¿Iván, muerto? No, no y no. Y si algún día llega a ser cierto, pues no quiero vivir, no en un mundo donde él no vaya a estar a mi lado. Una vida sin él, no la quiero. ¿Nunca más un beso? ¿Nunca más un te quiero? ¿Estamos locos o qué jodida mierda es todo esto? ―pregunta desesperada gritando al cielo.
Un llanto desolador inunda el aire, lágrimas de sangre caen por las mejillas de la mujer, no hay consuelo, no existe pañuelo que pueda secar su cara bañada por la pérdida del amor de su vida.
―No hay nada que yo pueda decirte para que te sientas mejor. Lo siento mucho, nadie está preparado para recibir estos golpes, no nacemos programados para no sentir, todo lo contrario, somos almas que ríen y lloran, aunque ahora creas que solo sufren. ―Raquel sigue llorando, no puede dejar de hacerlo, es lo único que la tranquiliza, la calma, y la deja anestesiada durante unos minutos―. Hay situaciones en la vida, donde las palabras sobran y un gesto lo dice todo. ―Coloca su mano sobre la de ella que asiente agradecida.
El anciano suelta el aire que retenía dentro de ese cuerpo que se ha enfrentado a los avatares que le ha tocado vivir. Se dispone a hablar tras pensar cómo empezar su relato al ver que la joven ha dejado de llorar.
―Me gustaría contarte una historia, con tu permiso.
―Claro, Andrés. ―Raquel parece más relajada. El calor humano tiene esas cosas, cosas que no te puedes explicar y no puedes entender sino vives rodeado de gente increíble y maravillosa que nunca te dejará caer.
Se aclara la voz y empieza su discurso.
―Érase una vez, una chica que vivía en el seno de una familia adinerada, reconocida en la ciudad en la que dormía cada noche, y gracias a la cual no sabía lo que era no tener algo que llevarse a la boca. La joven no era materialista, pero había vivido muy bien desde que llegó al mundo. Había sido un poco rebelde, contraria a los principios de su padre. Se enfrentaba a él cada vez que se marchaba a cazar con sus amigos, le parecía cruel pasar el tiempo libre persiguiendo animales con un arma. Ella quería ser veterinaria desde muy niña, y pensar que su padre era capaz de disparar a un ser vivo, la enfermaba. Era una mujer que no casaba con las de su entorno. Era común en su círculo que las mujeres se casasen y tuviesen hijos. Nada más allá de ese papel machista. Llevar la casa y los hijos, y el marido trabajar.
―Muy normal todo ―dice irónicamente Raquel.
―Eran otros tiempos y los ricos funcionaban así.
―¡Pues vivan los pobres! ―Eso provoca que los dos se rían a carcajadas.
―Sí, hija, pero ellos dominan el mundo, los del monedero lleno.
―Cierto, muy cierto. No lo podemos cambiar. Así que, vamos a lo interesante ―está intrigada por saber cómo sigue el relato―. No te olvides de la historia.
―No lo haré, creo que nunca me será posible. Bueno, que me voy por las ramas.
―Así es, continúe, caballero.
―Era una chica muy solicitada, varios hombres la deseaban como esposa, pero ella no estaba dispuesta a pasar el resto de su vida con un hombre al que no amase por muy llena que tuviese la cartera. Solo tenía que ver a sus padres para saber el futuro que le esperaba si seguía las directrices de los mismos. Ni hablar. Ella se negaba a bajar al salón cada vez que un nuevo pretendiente era invitado a su casa, a tomar el té para presentarlos como posible candidato a marido.
―Menudos padres, ¡qué joyitas!
―Sí, hija, sí, ¡qué cosas las de antaño!
―Terribles, y aún pasan.
―Hay cosas que nunca cambiaremos, como las injusticias.
―Pero hoy las aparcamos porque estamos…
―¡Voy, voy! ―Sonríen. Raquel está muy centrada en esa historia, al menos puede evadirse unos minutos de la triste realidad gracias a Andrés―. Un día se la llevaron, para comprarle un vestido, había un hombre muy interesado en ella, y su padre sabía que era un buen partido, por lo que quería envolver a su pequeña como un bonito regalo. Estaba feo, sí, pero solo quería que a su hija no le faltase de nada el día que ellos no estuviesen para cuidarla. Era otra idea muy común en aquel entonces. Tenía dieciocho años e iba a ser su cumpleaños, y esa fecha que señalaba su mayoría de edad, también marcaba para su familia un cambio en su vida como mujer.
―¡Por favor, gracias universo universal, por haber nacido en otros tiempos, porque si no, hubiese acabado en la hoguera por bruja! ―Eso les robó una carcajada sincera a los dos.
―De verdad, que es realmente bello ver sonreír esos ojos tristes ―Raquel lo miraba agradecida―. Ágata ―continuó Andrés―, así se llama nuestra protagonista, era una joven que, por donde pisaba, dejaba huella. Todos se giraban para admirar su belleza, era todo un placer para las personas que compartían el aire con ella poder deleitarse con semejante mujer. Tenía unos rizos negros, tanto o más que su mirada, su piel color chocolate te invitaba a querer devorarla. Su cuerpo lleno de curvas, te embobaba si no dejabas de mirarlo… ―suspira―, era lo más bonito que caminaba por estas calles en aquellos tiempos.
―Me hubiese gustado conocer a una mujer así, decidida, con carácter y a la par hermosa. En esa época, por desgracia, muchas mujeres eran sometidas a los deseos de sus familias por intereses económicos.
―Sí, pero Ágata no quería ser como su madre, solo pedía vivir sus sueños, elegir su vida, y si para ello debía revelarse, pues lo haría. ―Bebe un poco de agua para aclararse la voz y continuar con la historia que tiene a Raquel intrigadísima. Hace mucho que nada le interesa de su día a día, pero Andrés es especial y ha sabido captar su atención.
Cuarenta años atrás…
«Caminaban los tres juntos, sus padres y ella, se veía mucha gente por las calles esa mañana, apenas podían ver a los viandantes que caminaban a dos metros de ellos, pero justo antes de entrar en la boutique donde comprarían su regalo de cumpleaños, pudo distinguir algo entre aquella multitud. No se explicaba cómo en medio de aquella marabunta de mujeres y hombres, pudo dejar sus ojos clavados en un punto.
Alguien preguntó:
―Hija, ¿qué ocurre?
Nadie contestó, solo silencio ante aquella puerta y frente todo aquel bullicio. Sus padres, ante la quietud de Ágata, enfocaron su mirada en ese punto que la tenía absorta, y pudieron descubrir algo que no les gustó nada. Un hombre, por llamarlo de alguna forma según su manera de pensar, vestido como un mendigo, miraba a su hija. Estaba rodeado de otras mujeres, curiosamente de clase alta. Seguro que eran unas desvergonzadas, pensaron ellos. El joven, porque no parecía tener más de veinte años, ni las escuchaba, seguía con la atención puesta en Ágata.
―Vamos dentro de la tienda ―dijo su madre arrastrándola al interior de malas maneras. Ella no quería entrar, pero por no montar una escena, obedeció. Ni siquiera se probó un vestido, eligió el primero que le enseñaron. Tenía que salir a la calle otra vez para verlo, para contemplar una vez más a ese joven de mirada verde esperanza... ¡qué hermosa palabra! Como hermoso era él… Todo su cuerpo había reaccionado ante esos ojos, pero su corazón, que latía descontrolado, era el que más castigado había salido de ese cruce de miradas. Ya dentro del coche, disgustada por no poder conseguir su objetivo, su padre habló alto y claro:
―Nunca vuelvas a dejarnos en evidencia perdiendo un segundo de tu vida, mirando a la escoria de esta sociedad.
Eso enfureció mucho a nuestra protagonista.
―No puedes hablar así de las personas que no han tenido la suerte de nacer en una familia rica como tú, padre. Tienen los mismos derechos que nosotros. No somos mejores que ellos, de hecho, creo que la peor escoria de la sociedad se mueve dentro de las altas esferas ―resolvió sin inmutarse escandalizando a su progenitor y curiosamente, provocando que su madre se tuviese que tapar la boca para evitar reírse. Eso hizo que su marido gruñese más fuerte, pero no pronunció palabra calificada como tal. Regresaron a su casa en silencio, pero miradas de complicidad nacieron en ese coche entre una madre y una hija.»
―Su madre estaba de su lado ―afirma Raquel.
―Ella era una de las víctimas del machismo de esa época. No quería que su hija fuese una mujer desdichada como ella, compartiendo cada día la cama con un hombre al que no amaba.
―Pobre mujer.
―Sí, menos mal que su hija luchó por las dos.
―¿Lo hizo? ―preguntó esperanzada de que ocurriese esa pequeña victoria en aquella sociedad tan arcaica de mente.
―Ya lo creo que sí.
«Una tarde, mintió a sus padres para decirle que tenía que ir a la biblioteca. Tenía las salidas muy controladas, después de rechazar a todos los candidatos a marido en su fiesta de cumpleaños, disgustando a su padre. Ágata sabía que algo había pasado aquella mañana con aquel joven, y necesitaba verlo otra vez, para saber si era cierto. Su cómplice desde niña, Ramiro, el cochero, la llevó a su destino, a la misma calle donde había pasado todo. Buscó con la mirada su objetivo, no había tantas personas ese día, por lo tanto debería ser más fácil encontrarlo. Pero no vio nada. Decepcionada, se disponía a regresar al coche, pero sintió que le rozaban el bolso, entonces se aferró a él con fuerza, pues sabía lo habitual que eran los robos en el centro de la ciudad cuando una mujer paseaba sola.
―No es el bolso lo que robaría ―su cuerpo se estremeció―, sino a la bella mujer de ojos negros que me persigue cada noche en mis sueños más íntimos y excitantes, desde el día que me hechizó como una bruja.
¿Era él? ¿Si se giraba sería él a quién vería? Su respiración se aceleró, pero sin poder esperar más, se volvió para ver de quién provenía esa voz tan varonil y ronca. ¡Dios mío! ¡Gracias! ¡Por fin lo tenía frente a ella para deleitarse con cada centímetro de su rostro!
―Hola ―dijo ella apenas en un susurro, notando un calor evidente en sus mejillas.
―Has tardado demasiado en venir a buscarme, pero gracias de todos modos ―respondió él con la sonrisa más arrebatadora del mundo. Vestía con ropa vieja, pero nunca había visto hombre más hermoso.
―¿Por qué? ―preguntó intrigada.
―Por haberme elevado al cielo desde que apareciste en mi vida, siento que he tocado las nubes, que puedo pasear por ellas desde entonces…»
―Joder… ―Raquel se tapó la boca emocionada, sin poder evitar que nuevas lágrimas cayesen por su cara. Aquello era lo que Iván le decía a ella en sus momentos dulces, que una vida a su lado, era un paseo por las nubes.
―En ese momento, todo cambió para ellos, y para sus familias. Ninguna de las dos partes estaba dispuesta a ver con buenos ojos esa relación. La clase desfavorecida tampoco aprobaba que uno de los suyos se mezclase con los aristócratas, cada uno debía quedarse en el cerco en el que había nacido. Así, todos contentos. Pero eso nada tenía que ver con los deseos de nuestros protagonistas, que pelearon por aquello que amaban con uñas y dientes, que era pertenecerse eternamente, con toda la fuerza que les brindaba el amor que se tenían. Su paseo por las nubes, nunca tendría fin.
―Valientes enamorados.
―Lo fueron, te lo aseguro, pero valió la pena cada lágrima, Raquel. Mereció la pena no rendirse nunca. ―En ese momento, la joven se dio cuenta de algo y frente al asentimiento de Andrés, sus ojos se abrieron como platos.
―Erais tú y ella…
―Mi vida, mi mujer, lo es todo para mí.
―Su mujer… Ágata es su mujer…―dijo muy emocionada―. Vaya… ¿Ella…?
―Murió hace tres años. Enfermó y nada se pudo hacer por mi niña bonita.
―No sé qué decir ahora, Andrés. ―Ambos se han quedado incompletos por el resto de sus días.
―Nada, hija, no hay nada que decir. Tienes que saber que siempre vivirás con ello, pero solo hay una cosa que tienes que hacer, y que verás con el paso de los días.
―¿Qué cosa?
―Vivir.
―¿Cómo? No puedo sin él, no quiero…
―Lo harás, por él, pero especialmente por ti, porque tú eres la que sigue aquí, la que tiene que comenzar un nuevo andar, la que debe seguir por los dos. ¿Crees que tu marido quería que su mujer se rindiese? Piensa cada día en lo que desearía para ti. Por muy imposible que te parezca, aprenderás a vivir otra vez, volverás a ver la multitud de razones que tienes para seguir aquí. Familia, amigos, tus propios sueños… ―Ella mira al suelo pensando en cada una de sus palabras, aquellas que fueron pronunciadas por tantas personas que la aman pero que sonaban vacías, dolían porque Iván no estaba en ellas, implicaba vivirlas sin él a su lado―. Tu marido te enseñó muchas cosas, estoy seguro, que una de ellas era que siempre quieres lo mejor para la persona con la que compartes tu vida. Aunque ya no puedas estar a su lado, porque la amas de verdad.
―Sí, me enseñó la única cara del amor verdadero, aquella donde compartirlo todo con tu igual era un camino de rosas, donde vivir haciendo feliz a tu pareja era una razón para levantarse cada día… Pero ya no está, Andrés, ahora solo quedan las espinas que se clavan en mi corazón, y un alma vacía…
―¿Quieres tirar por la borda el legado que te ha dejado? Todo aquello por lo que peleabais cada día, ¿vas a echarlo a perder?
―No, por supuesto que no, es mi mejor regalo ―contestó abrazándose a sí misma.
―Entonces, no pierdas tu regalo, uno que es único en la vida, aquel que Ágata e Iván nos han dejado. Uno maravilloso que no ves ahora porque tu dolor te ciega, pero el tiempo, que es muy sabio, calmará tu corazón herido, suavizando y cicatrizando su pérdida, porque los llevamos grabados a fuego en nuestra alma, son una herida de guerra de esta batalla que es la vida, una marca de lucha que lucimos orgullosos. Raquel, somos afortunados por el amor que hemos conocido, aunque nos parta el alma vivir sin él. Y aprenderás algo más que te hará sonreír cada vez que pienses en él, te lo prometo, hija.
―¿Qué aprenderé? ―susurró.
―Que una historia de amor no se ve truncada en esta vida, ni siquiera la muerte puede matarla, aprenderás que los finales felices, no tienen cabida en este mundo, porque el verdadero amor que nace de las buenas historias, nunca termina, y…
―¿Y…?
―Y tocar el cielo cada día paseando a través de las nubes, de la mano de la persona a la que pertenece tu alma. Es un paseo eterno, infinito…
El verdadero amor nunca se acaba, llega
más allá de la vida, la muerte solo es la
última puerta que hay que cruzar para no
separarnos jamás…