Lo que comenzó como un inocente viaje de reposo entre amigas a Vigo, rápidamente término convirtiéndose en amor a primera vista.
El viernes por la noche llegamos al Aeropuerto de Vigo, Lucía, Julia y yo. Veníamos planeando este viaje hacía mucho tiempo, y recién ahora pudimos acomodar todas nuestras agendas, dejar el trabajo, el matrimonio, los niños… Todo, para pasar dos semanas las tres solas, disfrutando de unas merecidas vacaciones.
De camino al hotel, no podíamos dejar de ver la bella vista: las montañas se fundían con el mar en el medio de la ciudad, como si todo el paisaje pudiera moldearse con la vida diaria sin ningún problema.
Llegamos al majestuoso hotel, dejé las maletas en el recibidor y corrí hasta la terraza. Abrí las cortinas y respiré hondo; el aroma de la cercanía del mar me trajo calma. A lo lejos pude ver la silueta del Puente de Rande, colgando majestuosamente sobre el agua, sus luces bañaban el estrecho y parecía flotar.
Lo que comenzó como un inocente viaje de reposo entre amigas a Vigo, rápidamente término convirtiéndose en amor a primera vista.
El viernes por la noche llegamos al Aeropuerto de Vigo, Lucía, Julia y yo. Veníamos planeando este viaje hacía mucho tiempo, y recién ahora pudimos acomodar todas nuestras agendas, dejar el trabajo, el matrimonio, los niños… Todo, para pasar dos semanas las tres solas, disfrutando de unas merecidas vacaciones.
De camino al hotel, no podíamos dejar de ver la bella vista: las montañas se fundían con el mar en el medio de la ciudad, como si todo el paisaje pudiera moldearse con la vida diaria sin ningún problema.
Llegamos al majestuoso hotel, dejé las maletas en el recibidor y corrí hasta la terraza. Abrí las cortinas y respiré hondo; el aroma de la cercanía del mar me trajo calma. A lo lejos pude ver la silueta del Puente de Rande, colgando majestuosamente sobre el agua, sus luces bañaban el estrecho y parecía flotar.
—Mira, Lucía, una vista de un millón de dólares —dije a mi amiga mientras la arrastraba hasta la terraza.
—Es cierto. ¡Qué alegría por fin estar aquí! —contestó ella mientras tomaba una gran bocanada de aire puro y fresco.
—Deberíamos refrescarnos y salir a disfrutar de esta cálida noche —dijo Julia y todas nos pusimos en movimiento.
A diferencia de mis amigas, yo aún era soltera. Casada con mi trabajo, una abogada a tiempo completo, que no sabía cómo relajarse. Sin embargo, eso debía cambiar estas semanas. Éste viaje tenía como propósito personal, reencontrarme con mí misma. Redescubrirme.
Tomé un baño en la lujosa ducha, y me decidí por un vestido simple y fresco en color azul, que llevaba atado al cuello. Estábamos a mitad de agosto y el clima estaba muy cálido. Cerré el conjunto con unas sandalias atadas a los tobillos en color naranja, un bolso de mano y dejé mi pelo suelto y salvaje.
Optamos por caminar por la ciudad y encontrar nosotras mismas un buen lugar para cenar. Paseamos por las calles disfrutando de la impactante vista hasta que encontramos una marisquería muy cerca del puerto, en el centro y allí degustamos una excelente mariscada acompañada de un dulce vino blanco. Al terminar la cena, aprovechamos a que el lugar estaba muy cerca de los pubs y nos metimos a tomar unas copas y disfrutar de buena música.
Un joven alto, de cabellos negros como la noche, que caían hasta sus anchos hombros, llamó mi atención, y logré ver que yo también capté la suya. Luego de intercambiar unas cuantas miradas, se encaminó hasta mí.
—Buenas noches. ¿Te diviertes? —preguntó con la voz más dulce y grave que haya escuchado.
—Hola, sí claro ¿Y tú? —dije sonrojada, su aspecto era increíble y quitaba el aliento; su mandíbula bien masculina y definida hacía que su cuidada barba luciera perfecta, y sus ojos oscuros le daban un aire peligroso y poderoso.
—De momento, una bella mujer robó mi atención y he dejado de preocuparme por la diversión.
—Una mujer afortunada —respondí en un momento de sinceridad absoluta.
—Soy Javier, ¿y tú?
—Mariana, encantada.
Bailamos y charlamos hasta muy entrada la noche, luego de unas cuantas copas, se ofreció a mostrarme la ciudad al día siguiente, era oriundo de las islas, así que acepté de buen gusto. Le di el nombre del hotel y nos marchamos a descansar.
El reloj marcaba las ocho de la mañana y yo salté de la cama como una loca y me metí al baño a por una ducha. Desayunamos en la terraza de la habitación y les comenté a mis amigas que pasaría el día con el dios del mar; ese era su nuevo apodo entre nosotras. Ambas se mostraron muy dispuestas a dejarme disfrutarlo. Al rato, Javier llegó por mí, bajé y allí estaba, nos saludamos con dos besos en las mejillas y me monté en su motocicleta.
Me llevó a lugares increíbles, paseamos por el puerto, la calle de las ostras y degustamos unas riquísimas ostras al vino blanco. Después abordamos el ferry para cruzar hasta las islas de Cíes, y durante un poco más de una hora charlamos sobre nuestras vidas, mientras disfrutábamos del maravilloso paisaje.
Cuando llegamos a la isla, nos tiramos en las blancas arenas a disfrutar del sol y el agua. Su cuerpo en traje de baño era aún más increíble, su marcado torso y sus fuertes piernas hacían que mis mejillas se ruborizaran cada vez que me encontraba mirándolo como tonta. Me tomó por la cintura y me cargó sobre su hombro. Cuando el agua le llegó hasta la cintura, me arrojó, chapoteamos en ella e intenté hundirlo un par de veces, sin ningún éxito.
Después de tomar unos jugos deliciosos en el parador, nos fuimos a pasear, recorrimos la costa hasta el Faro de Porta y luego me llevó hasta un lugar de ensueño: una playa algo escondida, donde el verde musgo de las grandes rocas se fundía con el azul del mar. Me tomó entre sus brazos y me besó dulcemente los labios. Fue el beso más perfecto del mundo: dulce, romántico, encantador. Increíble.
La noche comenzó a caer, y él tenía una sorpresa; había preparado todo para pasar una noche de acampada allí. El cielo se tornó naranja y yo me sentí en un cuento de hadas, un hombre magnífico, un lugar paradisíaco, un cielo de novela, y nosotros sentados alrededor de un suave fuego, abrazados y besándonos. Hicimos el amor allí, en la arena, bajo un cielo repleto de estrellas.
Al día siguiente partimos de regreso, me dejó en el hotel y apenas crucé la puerta de la habitación las chicas comenzaron el interrogatorio. Les conté todo, con lujo de detalle y ellas se pusieron felices por mí. Antes del mediodía nos fuimos a pasear a la Porta do Sol y luego de compras a la calle del Príncipe.
Vi a mi dios del mar cada noche y algunos días también.
Dividía mi tiempo entre él y mis amigas, y varias fueron las veces en que él nos acompañó.
El viaje llegaba a su fin, y mi corazón se rompía de solo pensar en abandonar Vigo y a Javier. Pero de regreso a Madrid me esperaba mi vida, mi trabajo, mi apartamento, la rutina.
Nuestra última noche fuimos a comer las tres solas.
—No quiero regresar —les confesé mientras esperábamos el postre.
—Tienes que hacerlo, Mar —respondió Lucía.
—No, no tienes que hacer nada, ¿Qué te espera allí que no puedas tener aquí? —dijo Julia. Lo pensé unos minutos. Era cierto, nada me ataba a Madrid, solo un trabajo mal pago y estresante.
—No sé si pueda simplemente dejarlo todo —me excusé más para mi auto convencimiento que lo que la realidad me mostraba.
—Te extrañaremos, pero tendremos una buena excusa para volver cada año —concluyó Julia.
Pasé esa noche con Javier en su casa.
—No te marches —dijo mientras me vestía por la mañana.
—¿Por qué no?
—Porque me he enamorado de ti y no quiero perderte.
—No lo dices en serio.
—Claro que sí. Quédate y te lo demostraré, haré que valga la pena.
Dejé su casa con el corazón en la mano, llegué al hotel a recoger mis maletas. El auto para llevarnos al aeropuerto estaba esperándonos, las chicas subieron sus maletas, pero entonces no pude hacerlo, no pude irme. ¿Cómo podría abandonar lo único que me había hecho feliz? Me despedí de ellas con lágrimas en los ojos. Pero con la alegría de saber que había encontrado mi lugar en el mundo. Y al amor de mi vida en el mismo lugar.