1
Londres, 30 de Octubre de 1922
«Mi mente está abierta. Yo estoy perfectamente dispuesto a creer, pero… nunca he visto o escuchado algo que pueda convencerme de que exista alguna posibilidad de comunicación con una persona muerta.»
Harry Houdini
Por más que releía aquel párrafo publicado en The Sun, era incapaz de apartar los ojos de la hipnótica grafía, como si en aquellas letras de molde latiera una luz extraña y envolvente, un resplandor titilante que alimentaba la llama de la decisión que crecía en su interior de una manera apabullante.
Ya no podía resistirse más a aquel reto ni a su cruel tormento.
A finales del año 1919, tentada estuvo de sucumbir al ofrecimiento que hizo el gran ilusionista, cinco mil libras esterlinas al médium que lograra demostrar que podía comunicarse con los espíritus.
Harry era el azote de los médiums, había logrado desenmascarar a un sinfín de oportunistas desalmados que jugaban con el dolor y la desesperación de los crédulos. Y ella se había solazado por cada captura, hasta hoy.
La caza espiritista de Houdini había perdido su verdadera esencia, aunque cumplía el mismo cometido. Ya no solo se limitaba a denunciar ante el público a los inmorales estafadores para proteger a los incautos, sino que usaba sus intervenciones como verdaderas representaciones de mofa y burla sobre el tema para acrecentar su fama.
Aquel teatral cariz enervaba su ánimo, haciendo crepitar en ella una sublevación que apenas lograba ya contener. Que la gran mayoría de médiums fueran tan solo unos vulgares embaucadores, no implicaba que ella lo fuera.
Y ya era hora de demostrarlo.
Y más en este momento en que el ofrecimiento del implacable mago ascendía a diez mil libras, una cantidad nada desdeñable, y más cuando su familia malvivía a duras penas en East End, en el distrito de Whitechapel, la zona más marginada de todo Londres.
De padre desconocido, madre alcohólica entregada al meretricio por unos pocos chelines, que derrochaba en botellas de ginebra adulterada. Hermanos pequeños, carteristas y maleantes, y el último en llegar, un bebé de apenas tres meses, pálido y desnutrido que cuidaba aun sabiendo que un día más en aquel mísero cubículo nauseabundo en el que vivían rubricaría su sentencia de muerte.
Y aun así, el dinero no suponía la principal razón de su inminente atrevimiento.
Aquel párrafo en el The Sun implicaba todo un reto para ella. Debía mostrarle al gran ilusionista, que se pavoneaba orgulloso mofándose de la no existencia del más allá, su craso error. Y lo haría como a ese hombre le gustaba hacerlo todo, con pompa y dramatismo. Sería todo un espectáculo digno de contemplar.
Suspiró y cerró el periódico arrugado sobre su regazo.
Siempre supo que nada la anclaba a esa vida de lucha continua, de lágrimas amargas, de rabia contenida y de frustración desesperante. No, nada la ataba ya. Desde el primer aliento, desde el primer día en que abrió los ojos a este mundo, su primera respiración fue dolorosa, transida y acre. Sus siguientes bocanadas en los años que conformaron su niñez, no sirvieron más que para agravar aquel estado de amargura perpetua. Solo una cosa la sostenía, y era lo que veía, eso, y solo eso, la llenaba de esperanza.
Veía espíritus incorpóreos, con formas humanas, como realmente fueron alguna vez pero de apariencia etérea, blanquecinos y desvaídos, como la espesa bruma que se alzaba sobre la ciudad procedente del Támesis. En efecto, eran como siluetas nebulosas que flotaban deambulando por las calles, a menudo con semblantes confundidos y tristes. Algunos le hablaban, otros simplemente la miraban curiosos, ninguno le inspiró jamás temor alguno. No, para eso estaban los vivos, los que pateaban niños, los que colgaban y apaleaban animales, y los que ultrajaban a mujeres indefensas. Los que gozaban en la observancia del dolor ajeno, los que disfrutaban con la tortura del débil, ya no solo con actos y palabras, sino con indiferencia.
Era a los vivos a los que más temía, y de entre todos ellos, la que le causaba más espanto era su propia madre.
Si estando sobria era una mujer despiadada, dotada de un cariz tan inhumando que aterraba, sumida en la embriaguez era lo más parecido a un monstruo infame escapado del ultramundo. Solía vigilar su llegada para esconderse con el bebé en las sórdidas callejuelas de Whitechapel. Hasta llegó a pasar noches en el hediondo interior de un tonel de vino rancio, escuchando a su progenitora gritar desaforada amenazas de muerte contra ellos. Luego, se tiraba en el camastro y dormía durante horas, momento en que ella rebuscaba en los bolsillos de su vestido algún chelín huidizo para una hogaza de pan y una jarra de leche.
Aquella era su miserable vida, injusta y atroz. Pero había tenido otra. Y eran esos recónditos recuerdos los que la mantenían con vida.
Alice apenas tenía 16 años, y ya conocía el amor. No el físico, pues prefirió una paliza tras otra a ser entregada a un burdel como objeto de venta por su madre. El amor que ella conocía no era de este mundo, y aquella expresión era significativamente literal.
Su amor había muerto hacía tres siglos. Jason Davis, su otra mitad, pereció en aquella ingrata ciudad de la manera más ignominiosa. Ambos sucumbieron al gran incendio que asoló Londres, aquel fatídico 5 de septiembre de 1666.
Rememoraba, a través de sus sueños, cada instante vivido junto a él, pues desde muy niña comenzó a recordar quién era realmente, o mejor dicho, quién fue. Su nombre había sido Sanne Drescher, de origen holandés, y fue precisamente aquel origen el que condenó su destino.
Conoció a Jason en un evento social, y desde que él puso sus negros ojos sobre ella, sintió cómo todo su mundo temblaba ante su sola presencia, como su corazón se encogía ante su cercanía, como su cuerpo evidenciaba su debilidad por él. Y como era natural, fue incapaz de resistirse a su implacable seducción. Se entregó a él de la misma manera que él lo hizo con ella, con un compromiso de amor eterno.
Jason era un Lord inglés, alto, apuesto, nada convencional. Odiaba la intransigencia vacía y superficial de la alta sociedad inglesa, se rebelaba contra sus normas, enarbolando un agudo desdén hacía sus iguales mostrando un carácter sombrío, adusto y recalcitrante en su trato. Era irreverente ante las rígidas costumbres de la nobleza y desafiaba la hipocresía con una descarada, aunque refrescante, sinceridad. Solo alguien como él podía haberse fijado en ella, una joven inmigrante de padres comerciantes que usaban sus gruesas alforjas adineradas para intentar integrarla entre el rancio abolengo nobiliario inglés. Algo realmente temerario teniendo en cuenta que se libraba una guerra anglo-holandesa.
Jason, en contra de los deseos de su padre, aun a sabiendas de que se le arrebataría el título y toda brizna de herencia, decidió pedirla en matrimonio. Ambos planeaban una dichosa vida juntos, lejos de los convencionalismos sociales, cuando aquel maldito incendió quebró sus vidas.
Todo comenzó aquel aciago día, el 2 de septiembre de 1.666, y lo recordaba tan vívidamente como si fuera ayer.
El fuego se desató en la panadería de Thomas Farriner, en Pudding Lane, poco después de la medianoche del domingo, y se extendió rápidamente. El único procedimiento efectivo era demoler edificios para crear un cortafuegos, sin embargo, la ineficacia e indolencia del alcalde Sir Thomas Bloodworth fue el agravante de la tragedia. En lugar de actuar con premura, perdió tiempo pidiendo la autorización de los convecinos para la demolición, un tiempo que ya no pudo recuperar.
La tormenta ígnea asoló la ciudad, distrito a distrito, las construcciones de madera y paja, tan solo separadas por angostas callejuelas, actuó como la pólvora. Lenguas de fuego lamían el cielo con voracidad, miles de personas corrían intentando salvar sus pertenencias. El pánico corrió tan veloz como el fuego, sembrando el horror y la desesperación, la gente se atropellaba por llegar a las gabarras de los ríos Támesis y Fleet, muriendo en el trayecto pisoteado por sus congéneres.
Londres se había convertido en una pesadilla monstruosamente grotesca, donde demonios de fuego campaban a sus anchas ennegreciendo el cielo y robando un alma tras otra, pero también hicieron algo más, enajenar el ánimo de los supervivientes que buscaban un culpable para desatar su ira y su venganza.
Comenzó el rumor de que el incendio había sido obra de los holandeses, enemigos de la patria, y se organizaron comitivas de rufianes en busca de justicia. Y fue una de esas pandillas las que los sorprendió cuando huían. Mataron a sus padres y lo habrían hecho con ella si Jason no hubiera aparecido con la cara tiznada, la ropa mugrienta y un semblante de furia y terror desgarrando sus hermosas facciones. Se enfrentó con temeraria gallardía a los justicieros, mató a tres de ellos con su pequeña pistola de percusión.
Corrieron huyendo de las llamas y de la muerte, esquivando la desolación, los lamentos y los gritos de agonía. El calor era tan intenso que el aire ponzoñoso y denso quemaba sus pulmones en cada bocanada, dificultando el avance con toses violentas que los doblaban en dos.
Lograron llegar a la orilla del Támesis, Jason rebuscó entre los palés de un pescador, revelando una canoa estrecha y manejable, que había escondido con anterioridad, y se adentraron en las oscuras aguas remando hacia el centro de río. Allí, Jason la cubrió con una manta y, abrazados, contemplaron en la superficie rielante, el distorsionado reflejo anaranjado de una ciudad sacudida por una tragedia de dimensiones titánicas.
A la mañana siguiente, remaron hacia la otra orilla con un plan, el único viable: Escapar de la ciudad, a bordo de cualquier buque mercante, con destino incierto, pero juntos, aquella era su única premisa.
No obstante, el destino tenía otro plan para ellos.
El puerto estaba atestado. La guarnición de la Torre de Londres había utilizado pólvora como cortafuego. Y la devastación de la ciudad fue tal, que todas las fuerzas militares se habían desplegado en regimientos con diferentes funciones. Y fue uno de esos destacamentos el que los sorprendió subiendo a una goleta.
No tuvieron ninguna oportunidad.
Fueron apresados, y con tan mala fortuna que uno de los soldados reconoció en Jason al agresor y asesino de aquella pandilla de linchamiento a la que se había enfrentado por salvarla. Ambos fueron conducidos a la prisión Fleet, acusados de alta traición a la Corona de Inglaterra, solo había una pena posible para ese cargo.
Jason pidió solo un deseo, y fue que la dejaran en la celda unos minutos con él.
―No habrá juicio hasta que logren contener el incendio ―había musitado con los ojos enrojecidos e inflamados por el humo―.Y puede que, incluso después, la devastación de la ciudad seá la máxima prioridad del Estado Mayor. Tengo amigos en el alto mando, intentaré que intercedan por nosotros, si no lo consigo, te juro que escaparé de este infecta prisión y daré contigo. Mantente con vida, ¿lo oyes? ―Su voz enronquecida por el humo se quebró, afectado, cerró los ojos, apretó los dientes y agregó:― Iré en tu busca, te sacaré de aquí amor mío, lo juro por mi alma, es lo único que puedo ofrecer, pues el resto es tuyo.
Se abrazaron temblorosos, se besaron angustiados, se miraron desesperados. Ella se ciñó a su pecho y sollozó desconsolada mientras él acariciaba su espalda y susurraba palabras tranquilizadoras que decidió creer.
Cuando la puerta del calabozo chirrió sobre sus goznes quejumbrosos, Jason sostuvo su cabeza entre sus manos clavando en ella una profunda mirada enamorada.
―Te encontraré ―prometió vehemente.
―Te esperaré ―gimió ella con voz rota.
El alguacil la arrastró hacia la salida, no se debatió, prendió sus ojos en los de su amante hasta que aquella tosca puerta de madera se cerró ante ella. Unos dedos asomaron ciñéndose a las rejas del ventanuco superior, una voz la acompañó por aquel lóbrego pasadizo.
―¡Resiste! ―gritaba―. ¡Volveremos a estar juntos, amor mío!
Y quizá hubiera resistido si la hubieran llevado a otra celda, pero no fue el caso.
Fue llevada a las dependencias de los soldados, un edificio anexo a la prisión, según el Alguacil Mayor, para un interrogatorio por ser considerada enemiga de la Corona. Su único delito, ser de origen holandés.
Pero no era un interrogatorio lo que allí le aguardaba. Sino cuatro soldados que la miraban con odio y lascivia.
La sujetaron entre dos hombres mientras los demás se afanaban en forzarla y golpearla sin piedad. Luego se turnaron. Ultrajada, mancillada, golpeada con virulencia, la dejaron tirada en un camastro como un objeto roto, aunque todavía en uso. Escuchó cómo decían que pasaría por ella toda la guarnición hasta que muriera de dolor o inanición. Ya sangraba profusamente, y ya anhelaba la muerte. Pero su sufrimiento despuntó tres días después.
Vejada, rota y casi desangrada, logró arrastrarse fuera de la estancia después de que los hombres salieran a trompicones ante el grito de ¡¡¡fuego!!!
Apenas sin sostenerse en pie, salió a la calle para ver con horror cómo las llamas devoraban la prisión. Infames lenguas de fuego se asomaban danzantes por los ventanucos de las celdas, justo en la planta donde estaba Jason. Los gritos desaforados de auténtico pavor se mezclaban con los agónicos lamentos de dolor y el nauseabundo olor de la carne quemada.
Cayó de rodillas, de su pecho escapó un alarido infrahumano, tan agudo y lacerante que la desgarró por dentro.
A su lado, la gente la empujaba en su afán por escapar del fuego. Un hombre la levantó y la arrastró hacia la orilla, la metió en un bote y remó tranquilizándola. Pero ella ya no era ella, le habían arrancado el alma y el corazón. La vida, que todavía titilaba en su maltrecho cuerpo, ya no tenía sentido.
Aguardó a que aquel compasivo hombre remara hasta el tramo más caudaloso del río y, en un descuido, se lanzó por la borda, rogando que la negrura del agua y del cielo apagaran su vida.
Y así fue, la negrura envolvió a Sanne y el dolor pasó.
Ahora era Alice, la ciudad era la misma, aunque no el siglo, y seguía esperando algo que no llegaba.
El espectro de Jason la visitaba, lo que significaba que él no había logrado renacer en esta época. Vivía de caricias imaginarias, de besos soñados y de esperanzas que se rompían cada día. Era hora de partir, tal vez en otra vida…, pensó cogitabunda.
2
Llamó a aquella suntuosamente labrada puerta un par de veces, soltó el aldabón, dejó a su hermanito envuelto en un canasto y corrió a esconderse.
Llevaba tiempo observando a aquella pareja joven de alta alcurnia, los había seguido hasta su domicilio. Había presenciado su gesto amable y bondadoso con los más desfavorecidos, la compasible dulzura de sus ojos cuando veían un niño pequeño, el anhelo se reflejaba en su mirada tan claro como el agua de un manantial. Allí, Fredy tendría un hogar en lugar de una muerte lenta y dolorosa.
Acechó en la esquina de enfrente hasta que la gran puerta de doble hoja se abrió, y una doncella miró espantada el canasto. Acto seguido, barrió la calle con la mirada y llamó a su señora.
La joven dama acudió presta al porche, se inclinó con asombro sobre la cesta y tomó en sus brazos al bebé. Por la expresión de su rostro supo que no iba a hacer falta la suplica que adjuntaba en una nota…
«Sálvelo de una muerte infame o, peor aún, de una vida ingrata, deposito en sus gentiles manos mi mayor tesoro, mi único, en realidad. Con mi más profunda gratitud, alguien que pronto será salvada.»
Con lágrimas en los ojos vio por última vez a su hermano gorjear y revolverse en el desarrapado manto, y a la dama, sonreír emocionada leyendo aquel sucio trozo de papel. Fue la primera vez en su vida que le dio buen uso al conocimiento de las letras que la buena de Dolly, una doncella bondadosa, le había enseñado hacía ya tantos años.
Esa puerta se cerró, ahora quedaba la suya.
Caminó sin rumbo, Londres bullía a su alrededor, no solo de vida, también de muerte. Ella veía ambos viandantes, los sólidos y los incorpóreos, tan similares en sus andares, en sus gestos y en sus inquietudes que era incapaz de discernir cuál era real. Solo había un diferencia entres ellos, los muertos no lucían el orgullo en su expresión, sino más bien un humilde pesar.
Se sentó en un banco en el parque St. James, y sollozó durante casi toda la tarde, nadie reparó en ella, y si lo hacía, desviaban la vista con prontitud, incómodos y molestos, como si observar la desgracia ajena fuera tan contagioso como la peste.
Otra vida desperdiciada, otra vida en la que él no estaba.
Cuando se secó las lagrimas, se dirigió hacia el hotel donde se hospedada el gran mago y consiguió que un chico de servicio le pasara una nota.
No albergó ninguna duda sobre que el gran Houdini acudiría a donde lo esperaba ella, en la calle lateral al hotel. Le habían prestado un vestido decente, un sombrero aceptable y unos zapatos lustrosos. Y así caminaba de un lado a otro hasta que algo la detuvo y la obligó a mirar tras su espalda. Era él.
―Muchacha, ¿eres tú la que acepta el reto?
Alice observó la mirada aguda y perspicaz del hombre y asintió.
―Soy yo, Alice, señor Erik Weisz.
El hombre parpadeó claramente sorprendido de que conociera su verdadero nombre. Había usado ese apelativo en la nota.
―No mucha gente conoce mis orígenes ―comenzó―. No obstante soy un personaje famoso, no sería difícil averiguar sobre mí.
―Míreme, ¿de veras cree que puedo pagar un detective privado? ¿Cree que existe alguna forma de que sepa lo que sucedió en aquel hotel de Atlantic City con sir Arthur Conan Doyle y su esposa Jean? ¿Cree que alguien pudo contarme lo desdichado y decepcionado que se sintió cuando la esposa de su gran amigo lo engañó con un mensaje falso supuestamente transmitido por su madre muerta? ¿De veras cree que tengo los medios?
La sagaz y asombrada mirada del hombre la estudió un instante.
Hacía apenas unos meses que Houdini había participado en una sesión espiritista con la esposa de sir Arthur, una médium reconocida, que se comunicaba con los espíritus mediante la escritura automática. Le habían asegurado que Jean sería capaz de contactar con la madre de Houdini, pero cuando la mujer, sumida en su peculiar trance, trazó en el papel una cruz y unas palabras en inglés, el mago entró en cólera. Alice leía y veía en su mente, con perturbadora claridad, aquel suceso.
―No, no tienes lo medios económicos ―convino―, pero ya sabes que son otras capacidades las que a mí me interesan, y esas, señorita, hasta el momento, prometen. Así que, dígame, ¿por qué el mensaje que me transmitió la esposa de Sir Arthur era falso?
―Porque no utilizó su lengua materna, su madre no sabía inglés a pesar de vivir en América, y porque el mensaje de escritura automática emitido por la señora Conan Doyle lo encabezaba una cruz cristiana. Su madre era judía.
―¡Impresionante!
―¿Dónde desea que le ofrezca el espectáculo que tanto ansía?
Houdini se atusó su rizado cabello y le dirigió una mirada incrédula.
―Parece estar muy segura de sí misma.
―Lo estoy, e impaciente además.
El hombre sonrió interesado y se acercó a ella con curiosidad.
―Intuyo que le urge el dinero.
Alice detuvo su mirada en él, derrochando en ella toda su agonía. Pudo ver con somera claridad cómo las pupilas del gran mago se dilataban con creciente intriga.
―Lo que me urge es escapar.
―Mañana, en mi habitación de hotel ―concedió―, habrá testigos, todos tan incrédulos como yo. ¿Le supondrá un problema a su… concentración, señorita?
Percibió la sorna en su tono, estranguló una sonrisa jactanciosa. La que realmente iba a disfrutar de aquel particular show, sin duda, sería ella.
―No se preocupe, no necesito concentrarme.
Houdini balanceó su elegante bastón, las comisuras de sus labios se estiraron en una mueca sardónica.
―Veo que, aunque parece muy joven, derrocha experiencia y confianza.
―Solo confianza, será mi primera sesión pública.
Sus cejas se enarcaron con asombro, chasqueó la lengua en un gesto decepcionado.
―Joven, incauta y audaz ―murmuró―. Casi me apena liquidar su carrera antes siquiera de haber comenzado.
Alice sacudió la cabeza esgrimiendo una sonrisa mordaz.
―No finja aflicción, señor Weisz ni simule compadecerse, no busco nada de eso en usted, ni siquiera su dinero.
―¿Debo entender que lo rechaza?
―No. Exigiré el premio, como exigiré su palabra de caballero con respecto a mis deseos expresos de ingresar el dinero, en su totalidad, repartido en los principales orfanatos del país.
Los oscuros ojos del mago se entrecerraron suspicaces.
―¿No reservas nada para ti?
―No, no necesito nada, excepto tal vez… volver a vivir.
Arrugó el ceño, negó asombrado con la cabeza, depositando en ella una mirada de sincera admiración.
―Eres la primera persona que hace que destelle de nuevo en mí, la fe que perdí hace tantos años.
―La verdadera fe, señor Weisz, se siente en el corazón sin necesidad de pruebas.
―Sin embargo, yo las necesito.
Alice se encogió de hombros. Indagó en el rostro de aquel hombre nervudo y fuerte, de expresión inteligente y mirada profunda, de ensortijados cabellos oscuros y piel cetrina, y supo que, a pesar de su apariencia segura, de su firme aplomo y de la decisión de su mirada, no era el hombre que aparentaba ser. En realidad, solo era un espíritu inconformista y triste, inseguro y frustrado. Intentando convencer al mundo que con tesón y esfuerzo todo era posible, incluso los hechos más asombrosos, que la razón y el ingenio eran la única fuerza sobrenatural sobre la tierra. Sin embargo, en su fuero interno, solo anhelaba fervientemente a alguien que realmente lo convenciera de lo contrario, de que existía un más allá, una esperanza tras la muerte.
Frente a él tenía a ese alguien, a su lado, lo que tanto ansiaba.
―Cecilia y yo se las daremos ―aseguró ella, embebiéndose de la sorpresa que destelló en el semblante del mago.
Cecilia era la madre de Houdini, la que ahora estaba a su lado, susurrándole anécdotas, y mirando a su hijo con infinita ternura desde su tenue opacidad.
El hombre tragó saliva visiblemente incómodo, miró a ambos lados con cierto desconcierto y clavó de nuevo su mirada en ella.
―No sé cómo ha descubierto el nombre de mi madre, pero créame si le digo que tretas más bajas han usado para engatusarme. Pruebas, jovencita, y más contundentes que un nombre o un alarde.
―Cuidado con lo que desea, Gran Houdini, tal vez se cumpla.
Giró sobre sus talones y caminó lentamente alejándose de él. Su voz, cargada de impaciencia, nerviosa y enérgica, llegó hasta ella.
―¡Mañana, a las diez en punto, habitación 102!
3
Apenas había logrado dormitar tumbada entre cartones, en una esquina oscura y fétida.
Había intentado soñar con él, con Jason, pero no había conseguido evocarlo. Esta vez iría a buscarlo ella misma, atravesando dimensiones, mundos, eternidades, purgatorios e, incluso, el infierno si fuera preciso.
El alba rompió sus pensamientos y fue entonces cuando el dolor surgió de nuevo. Un sufrimiento heredado, viejo pero inagotable, un puñal conocido, casi asumido, una pesadumbre pesada y cargante que le arrebataba cualquier atisbo de nostalgia en la despedida a su joven vida.
Deambuló por los muelles con paso desganado, con semblante oscuro, con mirada perdida. Estaba exhausta, y ya no era su cuerpo el que flaqueaba, era su alma, transida y marchita, la que gemía en su interior. Un gemido roto que reverberaba en los confines de su ser aullando como un animal moribundo. Estaba incompleta, exigua y tan necesitada de amor que los minutos que la separaban de su liberación se alargaban eternos.
Se percató durante su caminata de la creciente atención que despertaba entre los etéreos espíritus con que se topaba, como si intuyeran que pronto sería uno de ellos.
Sus pasos vagos la condujeron al hotel sorprendentemente a la hora exacta de la cita.
Se alisó el vestido y se atusó, apática, el dorado cabello que caía descuidado sobre sus hombros. Respiró profundamente y se adentró en la suntuosa recepción. Un amplio e inmaculado hall se abrió ante ella.
Un botones, alarmado, corrió hacia ella, malhumorado.
―Houdini me espera, soy Alice ―se apresuró a replicar antes de que la echaran a patadas de allí.
El muchacho, sin dejar de fruncir el ceño, asintió y la condujo al primer piso.
El eco de sus pasos fue absorbido por una mullida alfombra de colores sobrios y diseño elegante que cubría el largo pasillo punteado de puertas lustrosas.
Se detuvieron frente a la puerta número 102.
Un hombre la abrió. Alto y corpulento, de expresión bonachona, frondoso bigote canoso, mejillas flácidas, frente ancha y mirada compasiva.
Supo al instante de quién se trataba. Era sir Arthur Conan Doyle, el afamado novelista, la antítesis de Houdini, un prominente espiritualista. Acababa de publicar su último libro, La llamada de las Hadas, sobre las controvertidas fotografías de dos niñas junto a unas danzantes hadas de arroyo en el pueblo de Cottingley.
Cuando localizó a Houdini entre el resto de asistentes, se dirigió hacia él.
―Creí que solo habría testigos incrédulos ―musitó mirando a sir Arthur―, agradezco su deferencia, aunque no la necesito.
―Acompaña a su esposa Jean, exigí que ambos estuvieran presentes ―explicó lanzándoles una mirada recelosa―. Pienso desmontar hoy hasta la más mínima duda, lo lamento por usted, no sé cuánto le han pagado para que se preste a semejante vodevil, pero le aseguro que será el único dinero que verá.
Denotó de inmediato la tensión entre ellos, las suspicacias y la recientemente amarga decepción sufrida a manos de su gran amigo, como un telón gélido que los separaba indefectiblemente.
―Yo solo veo rencor y orgullo ―arguyó con voz pausada―. Es usted un hombre pretencioso, señor Houdini, espero que resista el golpe de humildad que está a punto de sufrir.
El gran ilusionista dibujó una amplía y condescendiente sonrisa en sus labios.
―Adelante, Alice, estoy impaciente.
Le dedicó una sutil y aristocrática reverencia e hizo el gesto de invitarla a entrar en la sala contigua.
La sala estaba en penumbras, una cortina tupida matizaba la escasa iluminación de una mañana nublada. Varias personas de pie aguardaban en silencio. Advirtió la presencia de varios periodistas y de hombres distinguidos que la miraron condenatoriamente.
Houdini la condujo hasta una pequeña mesa circular, le ofreció asiento e hizo lo mismo frente a ella, penetrándola con una mirada profunda e inquisidora.
―Estoy a vuestra merced, y a la de vuestros espíritus ―comenzó alzando teatralmente el tono.
―No son mis espíritus los que ahora veo aquí, sino los vuestros.
Escuchó un rumor sorpresivo entre los asistentes. Observó a sir Arthur y a su esposa Jean; junto a ellos, el pálido espectro de su hijo Kingsley muerto de neumonía durante la Gran Guerra. Tras el gran Harry Houdini, su madre Cecilia, y algún pariente fantasmal más que acompañaba a alguno de los testigos.
Bien, pensó. No le faltarían informantes.
Posó sus pálidas manos en el tapete de la mesa, boca arriba, en clara invitación. Houdini se aprestó a tomarlas. Acto seguido cerró los ojos, solo faltaba el ser más importante, al que evocaría con toda su alma, mientras cerraba bocas y repartía humildades. Mientras tanto, ofrecería su don, su cuerpo y su voluntad a los entes que aguardaban su turno.
―Pregunten cuánto deseen ―empezó.
Dejó su mente en blanco, respiró hondo y acumuló su energía en una luminosa invitación a entrar en ella a la primera invocación.
―¿Puede hablar con mi madre? ―inquirió el mago.
―Puedo verla ―admitió abriendo los ojos―, está tras usted. Apoya las manos en sus hombros.
Los asistentes dieron un respingo.
―Ni veo ni siento nada ―replicó el hombre con evidente desconfianza.
Alice miró al espíritu de Cecilia y asintió casi imperceptiblemente.
De pronto, sintió una caricia gélida, un vacío vertiginoso, un temblor agudo y una presencia llenándola. Una voz llana y suave salió de ella.
―Ne feledje, hogy Dr. Lynn, az én kis Erik?
Houdini ahogó un respingo, agrandó los ojos, sus labios se entreabrieron mudos de asombro. Por alguna razón ella comprendió el idioma… Cecilia preguntaba si el pequeño Erik recordaba al Dr. Lynn.
―Igen, anya ―contestó afectado.
(Sí, madre.) Aquella respuesta caldeó al ser que la ocupaba, sintió su alivio.
―Volt 8 év. Azon a napon kezdődött, a tehetség a varázslat. Az apja azt mondta nekem.
(Tú tenías 8 años. Ese día comenzó tu vocación por la magia. Tu padre me lo dijo).
Entonces, la mirada de Houdini se nubló con recuerdos emotivos. Cuando la miró de nuevo. Su mirada cambió. Ya no la veía a ella, por fin, veía a su madre.
―¿Anya? ―balbuceó conmocionado.
(¿Madre?)
Alice asintió, una fuerza invisible alargó sus labios en una desconocida sonrisa tierna.
El mago cerró los ojos con fuerza, reprimiendo un estrangulado sollozo.
―Jól vagyok, a szív nem engem, mikor utazott Svédországba, de nem vagyok egyedül. Állj keresi a választ, és éld az életed békében.
(Estoy bien, el corazón me falló, cuando viajaste a Suecia, pero no estoy sola. Deja de buscar respuestas y vive tu vida en paz.)
―Nagyon büszke vagyok rád, Erik.
(Estoy muy orgullosa de ti, Erik.)
Houdini se envaró en su silla, se incorporó y se dejó caer de rodillas frente a ella, apoyando la cabeza en su regazo, mientras lloraba con desconsuelo.
―Szeretlek, anya.
(Te quiero, madre.)
Otra fuerza llevó la mano de Alice hasta la rizada cabellera del hombre, y la impulsó en caricias rítmicas que arrancaron más sollozos.
―Shalom aleijem.
(Que la paz sea con vosotros.) Finalizó en hebreo.
Y la paz la invadió a ella, otorgándole un solaz revitalizador. Cecilia salió de su cuerpo, dejándola lánguida y cansada.
―Se fue en paz, Erik, es hora de dejar tu cruzada ―murmuró Alice con dulzura.
El hombre alzó su rostro, constreñido por la pena y el alivio a partes iguales y le sonrío entre lágrimas.
―Gracias.
Alice paseó la mirada por los paralizados y turbados miembros de aquella peculiar sesión y descubrió a la mujer de Conan Doyle, llorosa, sufriendo su propio y desgarrador anhelo. Se compadeció de ella.
―Kingsley está junto a usted, Jean. Nunca se fue de su lado, y no lo hará mientras lo llore. La neumonía se lo llevó, no sufrió, solo dejó de respirar. Me pide que le diga que lo deje marchar, que desea estar junto a los seres queridos que lo aguardan en el otro lado. Cuando llegue su hora, él la recibirá. Libérelo y sea feliz, sus lágrimas son sus cadenas, deje de aferrarse a su recuerdo, a sus objetos personales, a sus buenas noches, a abrazar al oso con que dormía de niño. Guárdelo en su corazón, pero con una sonrisa.
La mujer cayó de rodillas, se cubrió el rostro con las manos y se sacudió presa de un llanto violento y liberador.
Su esposo se arrodilló junto a ella, la abrazó y acunó compartiendo su despedida.
Alice se puso en pie, cerró los ojos extendió, los brazos y echó la cabeza hacia atrás.
¡¡¡¡Jason, recíbeme!!!!
Lo invocó con un alarido que escapó de su alma.
Los murmullos soterrados de su alrededor cesaron de pronto. Un silencio sepulcral invadió la sala. La temperatura cayó, sintió el frío penetrando en su interior. Supo, complacida, que él estaba cerca, podía sentirlo.
Entonces, lo vio.
Sus rodillas flaquearon, su corazón se encendió de súbito, su piel se erizó.
Jason la contemplaba con desmedida dulzura, con pronunciado anhelo, despidiendo un amor tan grande, una veneración tan desbordante que sintió una oleada de calor acariciando cada rincón de su ser.
A pesar de ser tan solo un esbozo blanquecino y nebuloso, incorpóreo e ingrávido, sintió la fuerza de su presencia con rotundidad. La cruenta necesidad de tocarlo, de fundirse en su pecho era desgarradora. Apenas podía esperar un instante más a deshacerse de su esclava e ingrata envoltura. Ansiosa de libertad, de dicha, de solaz, metió la mano en el bolsillo de su vestido y sacó una pequeña navaja que escondió sutilmente en la palma de su mano. Si alguno de los presentes llegaba a intuir su próxima acción, sin duda la detendrían.
Jason avanzó hacía ella, su expresión conmovida rasgó su alma.
«No pude encontrar un cuerpo donde renacer, mi amor», se disculpó. «He vagado por la tierra, buscándote sin descanso, y ahora que te encontré voy a enlazar mi alma a la tuya para que renazcamos juntos. No volveré a perderte, mi Sanne.»
―Mi vida acaba aquí, mi amor, ya no soporto más estar sin ti ―confesó en un quejido lastimero y amargo.
Los asistentes clavaron sus inquisidores y temerosos ojos en ella.
Houdini siguió su mirada encontrando el vacío, pero aunque no podía ver a Jason, observó con complacencia que sin duda creía que había alguien frente a ella.
Alice miró en derredor con una sonrisa imprecisa, descubriendo rostros de horror, de temor, pero también de satisfacción y reverencia, de congratulación y comprensión.
―Les pido perdón por lo que están a punto de presenciar, pero este es el momento que anhelé toda mi vida.
La miraron fijamente, aturdidos y agitados.
Ella dedicó toda su atención al gran Harry Houdini, regalándole una sonrisa amplía, sincera y afectuosa. El hombre la contemplaba claramente arrobado, emocionado y apabullantemente impresionado.
―Hay vida más allá ―comenzó―. Todos renacemos, todos gozamos de una oportunidad tras otra para enmendar errores o completar carencias. Los burladores serán burlados; los crueles, sentenciados, y los inocentes, vengados. Respeten el mundo de los espíritus, ni los desdeñen ni los busquen. Solo pueden verse con el corazón, hállenlos allí, venérenlos allí, no consagren sus vidas a ellos, ni para ofenderlos ni para agasajarlos. Pues la vida es breve, y el más allá, eterno. No desperdicien el escaso descanso en esta larga obra de teatro, aprovechen los salpicados intermedios que nos son concedidos para mejorar la función. Perfilen su papel con mimo y sabiduría, para que cuando llegue realmente el final, puedan estar orgullosos de su intervención y reciban el único aplauso que se requiere… el de un alma pura que va al encuentro de su Creador.
―¡Alice! ―sollozó el mago. Un atisbo de conocimiento destelló en sus ojos, adivinando el siguiente acto de su particular y breve función.
―He de partir, Erik, me esperan.
El hombre asintió quedamente, preso de una afectación que demudaba su semblante con un velo fúnebre y desolado.
Fijó sus ojos en Jason que aguardaba tan ansioso como ella.
Enlazó sus ojos con los del hombre que tanto amaba, alzó lentamente su mano derecha hacia la garganta y suspiró por última vez.
Con rápida precisión sesgó la delicada piel de su cuello en un movimiento tajante y veloz, solo gozaba de un intento, y habría de ser certero.
La sangre manó a borbotones, escandalosa, brillante y cálida, impregnando la pechera de su vestido.
Los concurrentes exclamaron impávidos, expresiones aterradas, las mujeres gritaron, alguien corrió a la salida.
Houdini fue en su auxilio, justo cuando ella se desplomaba la tomó en brazos. Cayó de rodillas con ella en su regazo, e intentó presionar fútilmente con su mano derecha, el profundo corte abierto en su garganta.
―¡Alice, no puedo permitir que mueras! ―sollozó, afanándose por controlar el abundante y viscoso caudal de sangre que brotaba incontenible―. ¡Yo cuidaré de ti!
Intentó hablar, pero solo consiguió emitir un gorjeo espeluznante.
Entonces, sonrió beatíficamente, alzó una mano y acarició la mejilla de Houdini con ternura. Negó lentamente con la cabeza como única despedida y fijó sus ojos en la figura etérea que se arrodillaba a su lado.
Sintió cómo su cuerpo languidecía, cómo un sopor denso la invadía, cómo el frío atería sus miembros. Y conforme la vida escapaba de su cuerpo, la figura de Jason cobraba consistencia. Su sonrisa se amplió, iluminando su demacrado rostro.
Comenzó a temblar, escuchó apremio y detectó movimiento a su alrededor. Houdini la cubrió con su cuerpo, evitando que nadie la tocara.
―Nada podemos ya hacer por ella ―comprendió lloroso.
Aquel hombre orgulloso y confiado, exitoso y vehemente, la acompañaría en su último aliento. Nada quedaba ya de su arrogancia ni de su ambición ni de su ego, pero lo que quedaba era tan puro y noble que no necesitaba alabanza.
Las fuerzas de Alice comenzaron apagarse, su vista se nubló, un cansancio extremo tiraba de ella cubriéndola con una somnolencia gratificante.
Alzó pesadamente su brazo y estiró la mano hacia Jason desesperada por sentirlo.
De repente, percibió una grácil caricia justo en el centro de su palma, un fugaz instante después, sintió cómo unos dedos se entrelazaban con los suyos. Se estremeció ante el suave tacto. Supo que era él. Su amor.
Por última vez, notó cómo una lágrima cálida surcaba zigzagueante su mejilla. Un estertor la sacudió ligeramente, profirió un gemido apagado, sus párpados pesados cedieron y dejó de respirar.
Apenas escuchó una ligera conmoción y llantos soterrados.
Cuando pudo abrir los ojos, todo había cambiado.
Se incorporó desprendiéndose de su cuerpo, como el que se quita una túnica pesada, mojada y áspera.
Y se enfrentó a la mirada turbia y sobresaltada de Houdini que la miraba con reverencial asombro. La veía.
Giró la cabeza hacia Jason que la contemplaba afectado.
Unos brazos la abarcaron, un pecho la estrechó, por fin, pensó, estaba donde siempre anheló estar. Aquel era su destino, estar junto a él, no importaba en qué mundo ni en qué época, ni siquiera el estado, vivos o no, su amor era imperecedero; su unión, inmortal, su compromiso, eterno.
Jason le rodeó la cintura, su sonrisa hizo vibrar su alma de júbilo.
Una luz surgió sobre ellos, una oquedad luminiscente e hipnótica que destelló con un refulgor intenso y hermoso.
―¡Por fin juntos, amor mío! ―susurró él.
―¡Por siempre!
Atrás quedó el dolor, la soledad, la miseria, la lucha, la espera, la incertidumbre, el anhelo, el cansancio, la amargura, la esperanza, la vida.
Delante… luz, renacimiento y recompensa.