Año 1327 A.C. Dinastía XVIII, Reinado de Tutankamon
Pasear por Tebas, la gran urbe cosmopolita que abrazaba ambas riberas del Nilo, solía resultar una experiencia enriquecedora.
La bella Selkis, hija del gran visir y general de los ejércitos del joven faraón Tutankamon, el poderoso Horemheb, se sabía segura deambulando por las polvorientas callejuelas de la ciudad. Conocedora del poder de su padre y de los ojos protectores que la acechaban, se permitía la osadía de visitar el barrio de los esclavos, sabiéndose a salvo de peligros.
Aunque el soleado día y la trepidante actividad de mercados y plazas bullía con igual alborozo, en los rostros de sus convecinos advertía tan claro como las aguas de su amado Nilo que, en los ánimos de la gente, daba igual la casta; la sombra del temor oscurecía sus tostados rostros.
A pesar de que el faraón había contenido a los hititas en la frontera norte del reino, y devuelto a los sacerdotes de Amón la influencia y el poder que habían tenido antes de la revolución a manos de Akenatón, restaurando los templos abandonados de los templos de Amón, Osiris y Ptah. Parecía que la fortuna los hubiera abandonado, como si renegar del culto a Atón, les hubiera acarreado una especie de maldición. Las cosechas se habían malogrado; la pesca, agotado, y la enfermedad paseaba indolente por aquellas calles, sesgando tantas vidas que la alerta de plaga había movilizado a los médicos de la corte en el estudio de aquel brote de fiebres letales.
Selkis observaba con preocupación las puertas cerradas de algunas chozas de adobe, marcadas con una línea roja, evidenciando el contagio, aunque más la angustiaba el sofocado llanto de niños tras ellas, toses y quejidos lastimosos. Había ideado una ardid para sacar del Palacio Real la medicina y repartirla subrepticiamente entre aquellas gentes.
Aquella arriesgada empresa la inquietaba. Un sudor perlaba su frente, y el kalasiri, su ligero vestido de lino blanco, se pegaba a su acanelada piel. Decidió desprenderse de la capa corta que protegía sus hombros y su escote del implacable sol, a pesar de que las dos delgadas tiras de níveo lino apenas cubriesen sus senos, convirtiéndose así en el centro focal de masculinas miradas libidinosas.
Se mordió el labio ante la mirada reprobatoria del único hombre que en verdad le interesaba atraer.
El apuesto Nun, hijo de cantero, se cruzó con ella, y de inmediato bajó la mirada, no sin antes apreciar las turgentes curvas de sus senos, entre admirado y molesto.
Intentó esquivarla, pero ella se lo impidió. Aquel estrecho callejón agradablemente sombreado por las esterillas que unían una choza con otra, y por demás solitario, le facilitó su meditada intención.
―Hola, Nun, precisamente a ti te buscaba.
Se sorprendió gratamente al comprobar que podía modular seductoramente su tono, tal y como observaba en las complacientes sirvientas de la corte.
―Que los dioses guíen tus pasos, bella Selkis, pero fuera de este arrabal; no es sitio adecuado para la hija de un visir.
―¿Vas a reñirme de nuevo, mi buen Nun, cuando sabes de sobra que el objeto primordial de estos pasos es encontrar los tuyos?
Alzó sus negros ojos tan insondables como las aguas del Nilo una noche sin luna y tan penetrantes que su liviano kalasiri perdió su escasa consistencia, bajo el ardor de su mirada. Como siempre le pasaba cuando estaba junto a él, todo su cuerpo reaccionó ante su presencia, sus pezones se constriñeron anhelantes, su piel clamaba el solaz de sus caricias y sus labios temblaban suplicando un beso.
Paseó la lengua por ellos atrapando en ese gesto la candente atención del muchacho.
―Compruebo una vez más lo mucho que te place atormentarme.
Selkis negó con la cabeza, su bruna, larga y lacia melena se agitó en su vehemencia, y se aproximó a él con mirada tentadora.
―Te equivocas, Nun, eres tú el que te atormentas por voluntad.
El muchacho sacudió la cabeza, exasperado, tomando aire lentamente, haciendo acopio de paciencia. En sus ojos brilló la contención.
―Te presentas aquí, casi desnuda, y te crees intocable, por ser quién eres. Tientas tu suerte y eso me enfurece. Escucho los comentarios de los hombres y tengo que morderme la lengua y enfriar mis puños para evitar más rumores de los que ya hay.
―¿Rumores? ―inquirió alzando asombrada las cejas.
―¿Acaso crees que ignoran lo que buscas de mí? Tus ojos son tan claros y ardientes como el sol del desierto que nos rodea.
Selkis bajó la mirada abochornada, no obstante, esa veta de rebeldía que siempre la había dominado se impuso a su pudor cuando volvió a alzarla. En efecto, ardía ante la viril presencia del hombre que robaba sus sueños. Ahí, frente a ella, tan gallardo, hermoso y cautivador que cortaba el aliento, encendía cada fibra de su ser con la ardorosa necesidad de poseerlo. Resultaba toda una tentación para los sentidos, despertando tan abrumador anhelo en ella, que había de colmarlo antes de que acabara con su juicio.
―¡Tómame, Nun, tan solo una vez, y aplaca el fuego que me devora desde que te conocí! ―pidió provocadora, rozándose contra su pecho, posando las palmas de sus manos en el suave y lampiño pecho del hombre.
El esclavo la tomó por las muñecas y la apartó de él. Maldijo para sus adentros la férrea voluntad del muchacho, a pesar de que su mirada gritaba la misma necesidad que la de ella.
―¿Y caer en desgracia por permitirme tocar las estrellas una noche? ―replicó en tono estirado y contenido―. Si solo yo cayera, habrías sido mía al primer pestañeo de esos mágicos ojos tuyos, pero toda mi familia perdería el favor del faraón, y atraería sobre ella la ira de tu padre.
―Si somos cuidadosos ―comenzó, sugerente y esperanzada―, nadie tiene por qué saberlo.
Nun negó con la cabeza con mirada turbia y sufriente, pero rictus decidido.
―Estás vetada para mí, bella Selkis, y nadie lo lamenta más que yo ―confesó con hondo abatimiento―. Así pues, retorna tus pasos a palacio, te acompañaré hasta los dromos que flanquean el templo de Osiris.
La tomó del brazo con cierta hosquedad y, sin admitir ni una réplica más, la condujo apresuradamente fuera de los arrabales, entre estrechas callejuelas umbrías donde muros de adobe rojo conferían cierto frescor al sofocante calor de un mediodía abrasador.
Masticó compungida su derrota, al tiempo que maceraba obcecada la manera de gozar del favor de Osiris, a través de una ofrenda.
Sea como fuera, su visión debía cumplirse, y en ella, Nun depositaba su semilla en su vientre, del que nacería un niño que sería uno de los más poderosos faraones de Egipto, y que además, Nun fuera tan deseable, no hacía más que confirmar su destino.
Llegaron en silencio a la avenida sitiada por las imponentes imágenes vivientes, en el que altas y orgullosas palmeras zarandeadas perezosamente por una brisa cálida y seca se intercalaban entre los impasibles y adustos rostros de los leones con cabeza humana. Más allá, el alto pilono de piedra caliza que precedían a la colorida entrada al templo adornada con bellísimos jeroglíficos, dejaba divisar los majestuosos portalones del templo, tan altos como las palmeras que adornaban su entrada, bruñidos en baño de oro y repujados con escenas del dios, refulgían ante ellos, como si manara del templo un halo dorado de la divinidad que encerraba.
A la derecha, la avenida con estanques y obeliscos que conducía al Palacio Real, y que a esa temeraria hora del día estaba sabiamente desierta.
Nun se detuvo, y con mirada severa tomó a Selkis por los hombros.
―Jamás yaceré contigo ―aseveró ceñudo―. Y por el ultrajado Atón, padre de todos los dioses, te advierto que, si osas regresar a los arrabales, marcharé a Memphis con toda mi familia y nunca más volverás a verme.
―Si no regreso, tampoco te veré ―puntualizó compungida.
―Ese es el destino que debemos respetar ―concretó Nun, apesadumbrado.
―No, nuestro destino es otro ―insistió Selkis con lágrimas contenidas y mueca dolida―. Pero no sé cómo convencerte, mi buen Nun, pues tuve una revelación en un sueño que me persigue sin cesar cada noche. Hemos de procrear a un niño que será relevante en la historia de nuestro reino.
Nun la observó con un deje desilusionado y resopló con cierto hastío negando con la cabeza.
―Por eso me persigues… ―rezongó decepcionado, con una mueca desdeñosa y ofendida en su faz―. Por un sueño.
Selkis se apresuró a negar con la cabeza, dio un paso hacia él, para comprobar desesperada cómo retrocedía mientras la fulminaba con la mirada.
―Bien ―agregó el esclavo―, ya que no eres víctima del amor, ni parece que de la lujuria, te será más fácil olvidar tus desmanes y repetirte que los sueños, sueños son.
―Te amo y te deseo, Nun ―se precipitó a replicar alzando la voz, frustrada e impaciente―. Ese sueño me llevó hasta ti, mirarte a los ojos hizo el resto.
El muchacho negó dolido, su apuesto rostro se empañó con un oscuro velo de tristeza. Retrocedió de nuevo, lentamente, pero sin darle la espalda aún.
―No regreses, Selkis, no serás bienvenida. Mis ojos, mi boca y mi cuerpo se cierran a ti, a partir de este instante.
Y dándose la vuelta con furiosa vehemencia, se alejó a la carrera, alejándose de su vista, de su vida y de su destino.
Apretó determinante los puños y caminó a buen paso hacia el templo.
Al traspasar el macizo pilono de piedra, se refregó el rostro burdamente con los puños, intentando borrar las lágrimas que quemaban sus ojos, emborronando en ese gesto el mesdemet con que maquillaba sus ojos.
Se adentró en la agradecida penumbra del templo de Osiris, acostumbrando sus ojos a la escasa luz que ornamentadas lucernas derramaban sobre el pétreo pavimento en dorados cercos. Sintió el agradable frescor de la piedra, el fragante incienso de los quemadores y los canticos sofocados de los sacerdotes que guardaban en ese momento la estatua del dios.
Caminó reverencial por la sala hipóstila, sintiéndose apenas una hormiga entre el bosque de grandes columnas adinteladas de techumbre plana, rumbo al altar central, a la naos. Sobre él, Osiris, de piel verde, y semblante regio, con su corona Atef, el cayado Heka, el látigo nejej, y el cetro Uas, pareció fijar sus ojos en ella. Junto a él, el pilar dyed, una columna conformada con gavillas de grano atadas y policromadas, representaba la estabilidad de Osiris. Selkis inclinó la cabeza con solemnidad, arrodillándose a continuación frente a la imagen del dios. Extendió los brazos hacia Osiris y pronunció en apenas un hilo de voz su ruego, entregando como ofrenda su servidumbre mortal e inmortal.
Se incorporó, y tras una inclinación respetuosa de cabeza, se dispuso a abandonar el templo, cuando de soslayo atisbó a un anciano ciego que meditaba en una esquina del templo. El oráculo. Sus pasos la llevaron inevitablemente hacia él.
―Necesito respuestas a un sueño que me persigue ―comenzó sin ocultar su turbación.
El anciano, de ajada y tostada piel, cráneo rasurado, nariz aguileña y mirada vacua, asintió quedamente. Alargó los brazos y extendió las palmas de sus manos hacia ella. Selkis las tomó y fijó la mirada en el ojo de Horus que el anciano llevaba pintado sobre su fruncida frente.
Tras un largo y silencioso instante, el oráculo asintió con firmeza, sus labios se estiraron en un mohín curioso y preocupado.
―Habéis sido elegida por Amón Ra, señor de los tronos de las dos tierras, para un importante cometido ―confirmó con voz rasgada―, salvar la vida de tu faraón o caerás presa de una maldición.
Selkis frunció el cejo, contrariada y confusa, agitando la cabeza en claro desacuerdo.
―Ese no es mi sueño ―manifestó altanera―. El todopoderoso Tutankamon es velado por su escolta, cuidado por su esposa y su corte de médicos y protegido por sus ejércitos. ¿Cómo podría yo, una simple súbdita, salvar su vida, que además no corre peligro alguno?
―Solo os digo lo que veo, muchacha, de uno de tus actos penderá la vida de tu faraón.
―Pero… pero… ¿y mi sueño? ―inquirió confusa―. ¿Y el hombre que amo?
El anciano negó con la cabeza rotunda y bufó exasperado.
―Tus deseos, muchacha, palidecen ante la magnitud de tu destino. Marchad y estad atentas a las señales que sin duda se os mostrarán y obrad con juicio; es mucho lo que está en juego.
Selkis no replicó, asintió agradecida y arrastró sus pasos fuera del Templo, con una pesada nube de oscura incertidumbre y desconcertado malestar pendiendo sobre ella.
Meditabunda e irritada, caminó hasta el Palacio Real, donde su padre pasaba la mayor parte del tiempo junto al consejero real, Ay. Juntos gestionaban el imperio, haciéndole creer al joven Tutankamon que era él quien lo gobernaba, cuando en realidad solo era informado debidamente de hechos ya decididos y acontecidos por ellos.
En realidad, Tutankamon lo prefería, nada deseaba más para su pueblo que la paz y la estabilidad. Ya tuvo que luchar contra los hititas y devolver el poder a los sacerdotes de Amón para conseguirlo. Ahora, solo gozaba del amor a su esposa la dulce Anjesenamón, y de una plácida vida sin complicaciones. Ambos habían perdido dos hijas prematuras, como si el renegado Atón los hubiera maldecido, y solo se tenían el uno al otro. Tutankamon amaba profundamente a su esposa, ella era el centro de su vida, y en ella se apoyaba diariamente. Pues a pesar de su juventud, su cuerpo era anciano, caminaba con bastones, aquejado de una terrible dolencia ósea que lo recluía en sus aposentos, rara vez salía de palacio.
Selkis pasó la tarde deambulando sin rumbo, dándole forma a la idea que emergía de su cabeza. Una medida desesperada, pensó mordiéndose el labio inferior nerviosa, pero necesaria. La hermana pequeña de Nun, Acenath, estaba enferma de fiebres, como tantos otros niños de los arrabales. Ella les llevaría el remedio, que disolvería en una tinaja de agua y les daría a beber a los enfermos, pero solo a los niños, quizá de esa manera Nun suavizara su actitud con ella, y aunque no resultara, la decisión de intentar salvar a esos pobres niños llevaba tiempo palpitando en ella.
Los médicos de la corte habían hallado hacía tiempo el remedio, fermentando hongos y extrayendo su jugo, logrando obtener un filtro efectivo para detener las fiebres y salvar al enfermo. No era la primera plaga que asolaba el imperio, curiosamente, solo lo sufrían las metrópolis cercanas a los ríos.
Se recostó en un diván, en una de las terrazas que daban a la avenida, desde la que se contemplaba las mejores vistas de Tebas sucumbiendo a un majestuoso ocaso. La música de flautines y liras la envolvió, una brisa suave se filtró entre las columnatas agitando las gasas escarlatas que las vestían, adormeciéndola con su caricia. Suspiró, cerró los ojos y se durmió plácidamente, aguardando la noche.
Cuando despertó, la oscuridad engalanaba la ciudad con un manto azul intenso, desvaído ante el halo luminoso que prendía de las ventanas de las casas y las altas lucernas de las avenidas. Antorchas imponentes parpadeaban en un juego de luces y sombras sobre los policromados muros de la ciudad. La belleza del paraje resultaba un bálsamo para el espíritu y un goce para los sentidos.
Selkis se frotó el rostro para despejarse y se puso en pie. No tenía tiempo que perder. Correteó subrepticiamente por los anchos pasillos del Palacio, escondiéndose tras alguna columna, cuando el eco de unos pasos llegaba hasta ella. Con el corazón desbocado y respiración agitada, fue avanzando hasta la Cámara donde los médicos trabajaban en el estudio de enfermedades. Por fortuna, las innumerables vasijas que saturaban los anaqueles estaban etiquetadas. No le fue difícil encontrar el remedio para las fiebres, pues estaba todavía en la mesa central, rodeado de alambiques, morteros y potes.
Lo tomó envolviéndolo en un paño y salió rauda y sigilosa.
Descorrió sus pasos hasta la entrada principal, donde tomó una tinaja, la llenó de agua de una de las grandes fuentes rectangulares y vertió todo el contenido de la pequeña vasija. Se desprendió del cordón que ceñía la cintura de su Kalasiri y, no sin dificultad, se ató prolijamente la jarra a su espalda.
Tomó una gran bocanada de aire y salió ocultamente de palacio, apresurando el paso y oteando tras ella, temerosa.
Llegó a los arrabales fatigada y más inquieta aún que en palacio. Algo la turbaba como si un mal auspicio comenzara a enredarla en un halo de creciente malestar que incluso aquejaba su estómago con nauseas y agriaba su gaznate.
Recorrió las desérticas y oscuras callejuelas con un nudo en la garganta y preocupada por la reacción de Nun ante aquella temeridad. Se detuvo ante su destartalada puerta y llamó suavemente con los nudillos conteniendo el aliento. Aquella era, sin duda, su última oportunidad.
La puerta se abrió, el titilante resplandor de un candil de aceite iluminó el adormecido rostro de Nun. Cuando enfocó su mirada y la reconoció, su faz se contorsionó en un amasijo de emociones entre las que predominaron el asombro y la furia.
―¡Por todos los dioses! ¿Perdiste el juicio?
En ese momento, el firme paso del guarda que hacía la ronda esa noche, precipitó el brazo de Nun hacia ella, impulsándola al interior de la choza.
En el interior, los padres de Nun y su hermana pequeña todavía dormían arrebujados en sus camastros, aunque en ese instante se removieron inquietos, cambiando su posición. Nun chitó y la llevó a un rincón aparte.
―Traigo una cura para Acenath, y para todos los niños enfermos del arrabal. La sustraje al Sun-un el médico real, nadie hay enfermo en palacio y ellos pueden hacer más ―comenzó Selkis, desprendiéndose de la vasija de metal que llevaba en la espalda y entregándosela al desconcertado Nun―. No me parece de justicia que, habiendo un remedio para evitar muertes, no se utilice.
Nun la miró boquiabierto, aturdido y airoso. Sus negros ojos se entrecerraron coléricos, y su rictus se crispó tensando sus facciones.
―Has debido enloquecer sin duda, pues no hallo sensatez a tus actos ―reprendió contenido―. ¿Acaso has pensado cuál será tu castigo cuando se enteren de que robaste la medicina del faraón? Ve y devuélvela de inmediato.
―No ―respondió con obcecación―. Si me he expuesto es para ayudar a los que en verdad la necesitan, tu hermana entre ellos. ¿No quieres salvarle la vida a la pequeña Acenath?
Nun la miró con recelo y pesadumbre, agitó la cabeza, su rostro se oscureció pesaroso.
―Y dime, Selkis, ¿cómo pretendes que pague este gran favor que nos haces? Porque si es con lo que ahora mismo se me viene a la mente, solo te pagaría con el más absoluto desprecio.
Selkis bajó la mirada, herida, las lágrimas se acumulaban en sus ojos, y el dolor en su corazón. En efecto, resultaría ignominioso si en su corazón no se alzara por encima de ese fin, el deseo por salvar las vidas de aquellos pequeños. La acusadora y decepcionada expresión de Nun evaporó cualquier brizna de esperanza en el cumplimiento de su sueño. Y con honda derrota, pesarosa y compungida, acepto para sí que, seguir insistiendo no solo le arrebataría la poca dignidad que ya le quedara, sino que conseguiría el efecto contrario.
Negó con la cabeza y suspiró abatida, sus grandes ojos se nublaron en ardoroso llanto y dirigió su mirada a Acenath que dormitaba entre temblores.
―No requiero pago alguno, Nun ―musitó queda―. Ofrece la medicina a tu hermana y olvida que me conociste. Prometo no regresar a los arrabales, ni a incordiarte con mi presencia. Llevas razón en cuanto dices, solo atraería desgracias sobre vosotros, ningún futuro faraón de Egipto merece tanto sufrimiento.
Nun arqueó las cejas con asombro, frunció el ceño, depositó el cántaro en el suelo y la tomó por los hombros.
―¡Por Atón, Selkis! ¿Cómo un hijo de esclavo podría gobernar Egipto? ¡No hay sentido alguno en tu visión, es un disparate!
Selkis lo empujó airada, y dio un paso atrás, fulminándolo con mirada enojada.
―¡Da igual ya, porque no se cumplirá! ¡Nunca lo sabremos! Te mofas de mis sueños, me desprecias y te librarás de mí en cuánto salga por esa puerta, tú ganas. Concédeme, al menos, no hacerme sentir peor de lo que ya me siento.
El resplandor marfileño de una luna plena reveló un rictus arrepentido pincelando el masculino rostro de Nun.
―Yo… lo lamento más de lo que crees.
―Toma una taza y dale de beber el remedio, he de darme prisa ―pidió, cerrando sus oídos y sus sentidos al muchacho.
Asintió apesadumbrado, la tristeza inundaba su mirada. Tomó una taza y la llenó hasta el borde con el contenido de la jarra. Medio incorporó a su hermana y poco a poco logró que la fuera bebiendo. La pequeña sudaba y apenas lograba entreabrir los ojos, ardía en fiebre.
Selkis volvió a manipular la jarra cuidadosamente para sujetarla a su espalda. Nun se aprestó a ayudarla y desde atrás le fue pasando el cordel rodeando el recipiente. Sentir sus dedos rozar su cuerpo, fue el último suplicio que se llevaría como recuerdo. Cuando estuvo preparada, se dirigió a la puerta, ansiosa por atravesarla y aligerar el nudo de dolor que oprimía su pecho. Ya salía a la calle cuando una mano aferró su muñeca desde atrás.
Se giró hacia Nun contrariada y desconcertada, pero se dejó arrastrar de nuevo al interior de la choza.
―Se me ha ocurrido que no tienes por qué arriesgarte más ―comenzó en un susurro―. Deja aquí la jarra, que yo la repartiré esta noche por las casas marcadas. ―Sus ojos emitieron un brillo extraño cuando se posaron sobre sus labios, parecía contenido y tan frustrado como ella―. Regresa a Palacio, no te arriesgues más.
Selkis, incapaz de hablar, obnubilada por el anhelo que manaba de él, se dejó desprender las ataduras para liberar la jarra que regresó a un rincón en el suelo.
―Que los dioses te provean de fortuna y te otorguen una vida plena y dichosa―murmuró como despedida, escapando nuevamente hacia la puerta.
Cada instante a su lado era un puñal que horadaba su pecho.
―Selkis ―pronunció Nun con voz rota, aferrando esta vez su antebrazo.
Cuando se abrazó a ella por detrás, y la estrechó contra su pecho, su corazón se detuvo.
―Dejarte marchar es lo más duro que haré en toda mi vida, que ni será plena ni dichosa, porque en ella no estará nunca la mujer que amo.
Ella cerró los ojos, un reguero de lágrimas recorrió sus mejillas, un débil y estrangulado sollozo escapó de sus labios.
―¿Tienes idea de las veces que he imaginado tenerte entre mis brazos, besarte y hacerte mía? Infinitas mi adorada Selkis, infinitas.
―¿Por qué me torturas, Nun? Tomaste una decisión, no desgarres más mi corazón.
El muchacho la giró entre sus brazos, tomando el rostro de Selkis en sus manos.
―Tortura fue tenerte cerca, tentarme con tu belleza y luchar conmigo mismo. Quiero… quiero que comprendas que mi corazón es tuyo y que me lo arranco para que ni tú ni mi familia paguéis por mi falta de voluntad.
Se sostuvieron largamente la mirada, nunca habían estado tan cerca, y el cuerpo de ambos reaccionó con virulenta lascivia. Percibió la dureza de Nun, que apenas llevaba un calzón de lino como única vestimenta, contra su vientre. Sus enhiestos pezones se oprimieron contra el musculado y lampiño torso del esclavo.
Cuando él la tomó por la cintura y la ciñó a su cuerpo, un gemido ardoroso escapó de ella. Nun clavó su turbia mirada en su entreabierta y suplicante boca, y preso de un irreprimible impulso, se abalanzó sobre ella, liberando cuánto había reprimido desde que la conoció.
Una pasión hambrienta los devoró, sus lenguas se frotaron ávidas, sus manos, sedientas de piel, buscaron consuelo con fervoroso afán, sus cuerpos se frotaron anhelantes y desesperados. Envueltos en una candente nube de lujuria, se arrinconaron contra el penumbroso rincón, jadeantes y enloquecidos.
Nun apartó las delgadas tiras que apenas cubrían sus opulentos pechos, cobijándolos en sus manos, derramando en su boca un ronco gruñido.
―Tantas veces los acaricié con la mirada… ―gimió apasionado―. Selkis, me arrebatas la cordura, no puedo más... Tu sueño y el mío radican en el mismo principio: el de poseerte hasta desfallecer. En el tuyo engendras un hijo, en el mío, lo criamos juntos.
Apenas se separó para clavar en ella una mirada enamorada.
―Quizá el tuyo se realice, ya que el mío jamás se cumplirá.
El corazón de Selkis reventó de amor y de dolor, por el destino de ambos sueños. Inclinó la cabeza hacia atrás liberando un sofocado jadeo cuando Nun le alzó una de las piernas y la enlazó a sus caderas, al tiempo que su boca tomaba en ella uno de sus altivos pezones. El esclavo llevó la mano al vértice entre sus muslos, deslizándola por su tersa femineidad.
―¡Por los dioses, estás tan húmeda…!
Y la acarició con tal pericia que se arqueó contra el muro, presa de un placer delirante. Mordió el hombro de Nun, para sofocar sus gemidos, hasta que él apresó de nuevo su boca.
―No puedo esperar más ―gimió tirante―, el deseo me quema las entrañas.
Deshizo la tira de lino de su calzón, con tosco apremio y de un profundo empellón se hundió en ella, aguardando un instante a que su carne se amoldara a su intrusión. Sintió cómo se cerraba en torno a él, estrecha y palpitante y temió derramarse sin lograr alargar el goce de la mujer.
Nun apretó los dientes, y comenzó a moverse lánguidamente, absorbiendo en su boca los jadeos de la mujer. El placer lo acuchillaba implacable, confiriendo brío a sus envites. Jamás en toda su vida, había sentido nada igual.
Selkis sintió que algo la rompía por dentro, todo su cuerpo se sacudió vibrante, zarandeado por un estallido de placer desgarrador, que la tensó violentamente, arrancado de ella un torrente húmedo que resbaló por sus muslos.
Todavía intentaba recomponerse de aquella inusitada sensación, cuando confusa sintió que Nun salía de ella y se acuclillaba entre sus piernas, colocando una de ellas por encima de su hombro. Sentir la lengua del hombre lamiendo ávida sus jugos, la convulsionó de placer. Se mordió tan fuerte el labio para no gritar, que se hizo daño.
No tardó en alcanzar otro nuevo clímax, que Nun saboreó con delirio.
Cuando se apartó de ella y se puso en pie, sus ojos refulgían tan opacados de lascivia que todo su cuerpo se agitó. Nun la tomó por la cintura alzándola, aferrándola por las nalgas, y ella instintivamente rodeó las caderas de hombre con sus suaves piernas. No pudo evitar dejar escapar un jadeo entrecortado cuando fue penetrada de nuevo contra la pared. Un embate tras otro la fueron prendiendo como una antorcha, consiguiendo que su cuerpo se deshiciera una y otra vez en clímax incesantes.
Bebió los jadeos del hombre, en largos y candentes besos que los enloquecieron. Cuando Nun se derramó en ella con un gruñido largo y ronco se abrazó con fuerza a su cuello, sofocando el temblor que lo sacudía.
Se miraron a los ojos tan intensamente como si además de fundir sus cuerpos, quisieran fundir sus almas. Ambos con mirada húmeda y semblante afectado, con sus rostros todavía arrebolados por la pasión, temblorosos e incapaz de separarse, reafirmaron sus sentimientos en un revelador silencio que selló sus corazones eternamente.
―Te amaré mientras me quede un aliento de vida ―murmuró Selkis―, e incluso creo que sin él.
Nun se obligó a salir de ella, la bajó de sus caderas y tomó con extrema dulzura el hermoso rostro de la mujer en sus ahuecadas palmas.
―Ve, amada mía, porque de mi corazón jamás saldrás.
Tras un último y emotivo beso, Selkis salió de la choza embargada en llanto, corriendo entre las callejuelas penumbrosas, cobijada por aquella grandiosa luna y por su dolor.
***
A la mañana siguiente, en el palacio se respiró un aire desconcertantemente tenso que la preocupó sobremanera. Percibió una desacostumbrada y agitada premura en los ademanes de sirvientes y esclavos, y una letanía de murmullos soterrados e inquietos, que flotaban en el ambiente conformando una melodía sobrecogedora.
Algo grave estaba ocurriendo.
Captó uno de aquellos susurros que iban y venían de boca de una de las esclavas y palideció en el acto, Tutankamon había contraído las fiebres.
Encontró a su padre en la antesala a las estancias privadas del faraón, conversando con el sun-un real, el médico de más estatus, que en ese instante, ofuscado y abrumado, agitaba las manos con evidente incomprensión.
―¿Y el remedio? ―bramaba Horemheb encarándose al asombrado médico.
―No está, ha desaparecido. Alguien debió robarlo.
―¡Maldición! ―rugió su padre, paseando furioso de un lado a otro de la sala―. Juro por Amón, que encontraré al culpable y pagará con su vida este atrevimiento.
Selkis se estremeció, su pulso se aceleró y su vientre se agitó preso de un malestar opresivo.
―Mientras busco al culpable, debéis confeccionar un nuevo filtro sin pérdida de tiempo, Tutankamon empeora por momentos.
El sun-un tragó saliva y se toqueteó nervioso su alopécica cabeza.
―Tardaríamos demasiado ―replicó angustiado―, no es un remedio fácil de conseguir.
En ese instante la puertas abatibles de la alcoba real se abriendo para dejar salir de ella a la menuda y frágil figura de la esposa de Tutankamon.
Anjesenamón avanzó hacia el sun-un con la ansiedad desdibujando sus facciones.
Por sus mejillas rodaban gruesas lágrimas que no lograban arrancar el tormento que manaba de su mirada.
―Está peor ―informó en tono desgarrado―, tenéis que hacer algo, os lo ruego.
Se giró vehemente y corrió hacia la alcoba de nuevo, la seguimos hasta ella, encontrando en una inmensa cama el enjuto cuerpo del joven faraón, sin apenas vida en él.
Jadeaba, convirtiendo su respiración en un silbido agónico que erizaba la piel. Sus grandes ojos parecían perdidos en oscuras y huesudas cuencas. Su lamentable estado sobrecogió a los presentes.
―No es posible que haya empeorado tan rápido ―se lamentó el sun-un, examinando al faraón.
―Llevaba días muy irascible, se aquejaba de dolores de cabeza y apenas lograba conciliar el sueño ―explicó Anjesenamón alterada y sollozante―. Pero ha amanecido ardiendo en fiebre y no logro que recupere la consciencia.
El médico pidió una vela prendida, cuando se la alcanzaron ordenó que la pasearan a un lado y a otro de los cerrados párpados de Tutankamon, mientras él se los entreabría con dos dedos. No hubo respuesta a aquel estímulo, chasqueó la lengua y miró con grave preocupación a Anjesenamón.
―Tenemos que bajarle la temperatura, o no volverá a despertar.
La reina ahogó una exclamación, se llevó la mano a la boca, su rictus se contrajo en una mueca desolada y angustiada, y mandó en tono crispado que trajeran paños de agua fría, y extracto de corteza de sauce.
Selkis, sintió la afilada culpa hundiéndose en su pecho, lacerándola con pesados remordimientos que la sepultaron implacables, pero nada podía hacer ya, más que aceptar el destino que ella misma había forjado.
Los esclavos corretearon prestos a cumplir su encargo. Horemheb, con un gesto ofuscado la convino a seguirlo y ambos abandonaron la habitación.
En la antesala encontraron a Ay, que ya impartía órdenes a la guardia para buscar al ladrón del remedio. Selkis sintió como su pecho se agitaba y su vientre se encogía gestándose en ella la duda de si confesar su felonía.
―Tutankamon no puede morir ahora que vuelven a sublevarse los hititas ―comenzó el gran general Horemheb―. Si descubren que Egipto queda sin faraón, crecerán sus ánimos, y si además tenemos en cuenta que la mitad de nuestro ejército ha sucumbido a la plaga, nos hallaríamos en una situación muy delicada.
Ay frunció el ceño, el gran Consejero Real, se desprendió del nemes, el lienzo a rayas que siempre llevaba de tocado, y se rascó su pelo corto ensortijado con enojo y desazón.
―Delicada sería suavizarla, trágica sería más adecuada ―arguyó con voz estirada―. Y solo se me ocurre una cosa. Si lamentablemente fallece el faraón, hemos de mantenerlo en secreto hasta que reduzcamos a los enemigos. En cuanto al maldito ladrón, hay que encontrarlo y ejecutarlo. Ya mandé a la guardia para que investigara los hechos, tendremos un culpable antes de que acabe el día, te lo aseguro amigo mío.
Ambos se aferraron al antebrazo del otro y asintieron quedos.
―Ya avisé a los sacerdotes del Templo de Amón, para que pidan por la vida del faraón ―murmuró Ay.
―Selkis, ve al Templo y reza ―ordenó Horemheb―. En nada puedes ayudar aquí.
La muchacha se mordió el labio inferior, y asintió cabizbaja, desdoblada por una angustiosa incertidumbre. Si se confesaba culpable, no solo atraería la ira de su padre sobre ella, sino que quizá siguieran sus pasos hasta Nun. En cambio, si permanecía en silencio, otro desdichado pagaría su culpa.
―¡Padre, necesito hablaros!
Horemheb, entrecerró suspicaz la mirada, y con gesto reprobador se acercó a ella.
―Ahora no es momento, Selkis, bien lo sabes.
―Pero es urgente, padre.
―¿Más que el destino de Egipto?
Bajó la cabeza, las lágrimas anegaban sus ojos, y la culpa su corazón. De nuevo, vaciló indecisa, hundió los hombros y resopló cogitabunda.
―Está relacionado con el ―afirmó contrita.
Se frotó las palmas de las manos, nerviosa y tragó saliva con dificultad.
Horemheb la escrutó con agudo recelo, frunció sus labios ante lo que vislumbró en la faz de su hija y asintió grave. La tomó del brazo y la arrastró a la relativa privacidad de un rincón.
―Habla Selkis, no tengo tiempo que perder ―susurró quedo.
―Fui yo quién robó el remedio y lo entregó a los niños esclavos que lo necesitaban.
Temerosa, observó cómo se obraba el cambio en la expresión del gran general ante aquella revelación. Sus ojos se abrieron asombrados, la furia los inyectó en sangre, su rostro se demudó y sus puños se crisparon. Todo su cuerpo se tensó al borde del colapso, y tras aquel abrupto manto de cólera que lo sepultaba en su yugo, llegó un pavor que palideció su moreno rostro y agitó su pecho en una respiración entrecortada.
―¡Por los dioses, Selkis, dime que no hablas en serio! ―siseó entre dientes.
En su velado llanto comprendió que era la verdad lo que había manifestado su hija. Horemheb sintió como apuñalaban su corazón con una daga envenenada. Miró furtivamente a su alrededor y en especial a Ay, que dirigía fugaces e intrigados vistazos hacia ellos, y se obligó a mantener el aplomo necesario para no dar rienda suelta a la desazonada ira que lo dominaba.
―¡Nadie, escúchame bien, nadie debe saber esto! ―advirtió rotundo en un estirado susurro―. Yo intentaré olvidar estas palabras que ahora horadan mi pecho. Pero has de prometerme que nunca más saldrán de tu boca. Si Tutankamon muere, alguien tendrá que morir con él, y será el hombre que traigan a palacio como culpable. No voy a pedirte explicaciones, porque jamás las entendería. Has caído ante mis ojos, Selkis, no solo has puesto en riesgo al imperio, a tu faraón y a ti misma, sino que posiblemente hayas condenado tu inmortalidad. Los dioses no perdonarán esto tan fácilmente, y francamente, creo que yo tampoco.
Tras una dolida mirada, que se grabó a fuego en su alma, Horemheb se apartó abrumado, sin poder ocultar la honda decepción y el incipiente desprecio que nublaba su semblante.
Se abrazó trémula así misma y corrió a su cámara envuelta en tan amargo llanto que cada lágrima era veneno que corroía su piel y emponzoñaba su alma de culpa y remordimientos. Alguien moriría por su causa, sin duda merecía el desprecio de su padre y de sus dioses.
***
La despertó un desgarrado grito que erizó su piel, incorporándola bruscamente del lecho.
Se vistió a toda prisa y salió de sus aposentos con el corazón galopando atrozmente en su pecho.
Se topó con una de las sirvientas de Anjesenamón, que caminaba cabizbaja y apenada.
―¿Qué está ocurriendo? ―inquirió Selkis alterada.
―Nuestro faraón ha muerto ―contestó abatida―. La desgracia se cernirá sobre nuestro pueblo. La dolida Anjesenamón, ha maldecido al que robó el remedio, y piensa sellar su tumba con esa maldición, desde dentro. Acompañará a su amado esposo y hermanastro al más allá, no lo dejará solo en la oscuridad, lo guiará hacia los dioses llevado por su mano. Ya están acumulando sus más preciados bienes en la cámara del tesoro de la tumba real, para que los acompañen en su último viaje.
Selkis ahogó un sollozo que reverberó en su interior como una onda dolorosa que se fue extendiendo por todo su cuerpo.
―Al menos ―prosiguió la esclava―, encontraron al culpable. Ojalá y pague con el mayor de los tormentos todo el daño que ha causado.
Un aleteo angustioso nació en su vientre, imprimiendo en ella un malestar tan agudo, que sintió nauseas.
―¿Dónde tienen al culpable?
―En el patio trasero, a la intemperie, atado a un poste, mientras se decide su condena.
―¿Ha… ha admitido su culpa?
―Sí, confesó que fue él quien se filtró en palacio y robó la medicina.
Aquello atenazó su pecho en un nudo que casi la privó de respirar.
Dejó a la muchacha y corrió por los pasillos hacia el gran patio trasero. Cuando descendió la escalinata, sus pasos se frenaron en seco.
Un sol abrasador azotaba las piedras del pavimento, y al desdichado que habían atado a un poste y que apenas se sostenía en pie. Sus pies resbalaban continuamente en un denso charco de sangre que se extendía bajo él. Había sido azotado concienzudamente, su espalda abierta en sanguinolentas brechas rezumaba regueros escarlata, que sinuosos se deslizaban por sus piernas. Estaba completamente desnudo, y apenas se sostenía en pie.
Cuando giró la cabeza y la alzó al implacable sol, Selkis se sintió morir. A pesar de que su hermoso rostro se hallaba desfigurado por los golpes, fue fácil reconocerlo.
No logró estrangular el alarido aterrado y rabioso que nació del centro mismo de su ser y cayó de rodillas al pie de la escalinata, sobrecogida y desgarrada por la magnitud de sus actos.
―Que no os aflija ver un hombre en semejante estado ―consoló uno de los guardias―, merece todas las penurias de este mundo.
Selkis rechazó la mano del soldado y se puso en pie tambaleante.
―¡¡No fue él!!! ―gritó desaforada―. ¡¡¡Fui yo, yo debo estar en ese poste!!!
Los hombres se miraron confundidos, negaron con la cabeza y la observaron como si hubiera perdido el juicio.
―Será mejor que regrese a su cámara ―aconsejó el hombre―. El espectáculo no ha hecho más que empezar.
―¿Puedo… puedo ofrecerle agua al menos? ―logró barbotear―. O morirá antes de que acabéis de castigarlo.
El hombre alzó con asombro las cejas, para fruncirlas a continuación. Al cabo asintió.
―Si eso os hace sentir mejor, adelante.
Selkis apretó los dientes, ahogó un profundo sollozo, tomó la jarra de agua que descansaba en la parte umbrosa del patio, y se dirigió hacia Nun con el corazón tan hecho trizas como la espalda del muchacho.
Cuando llegó hasta él, y vio con horror la dureza del castigo en su rostro, se sintió desfallecer.
―Nun, amor mío… ¿Por qué…? ―sollozó rota.
El muchacho tenía la frente pegada al poste, parpadeó confuso, hasta que logró enfocar el único ojo que pudo abrir sobre ella. Sus labios partidos en varios puntos, se estiraron lastimosamente en una débil sonrisa.
―Los dioses… me escucharon ―murmuró en voz quebrada―. Pedí… pedí verte por última vez.
―No voy a permitir que sigan haciéndote daño ―replicó Selkis embargada en llanto―. Tú no fuiste culpable de nada, tú… tú solo fuiste una víctima, mi víctima.
Nun negó con la cabeza, su sufrida mirada la taladró admonitoria y grave.
―¡No! ―exclamó con firmeza―. Tú… tú tienes que vivir, llevas… mi semilla en tu vientre, y… ahora sé que tu visión se cumplirá. Ya… ya cumplí mi destino, y a pesar de su final, lo considero un destino dulce, pues me llevo el corazón de la mujer que amo, y dejo el mío con ella.
―Nun, no podré vivir sin ti, sabiendo además que fui yo quien te mató ―gimió ella, sintiendo como su corazón se resquebrajaba con cada palabra, con el peso del destino que ya los había aplastado sin conmiseración.
―Selkis, mi amor…, lo harás por ese ser que nacerá de ti y al que habrás de amar también por mí. Si he de morir para que él nazca…, y para que tú vivas, nadie tendrá jamás mejor razón para abandonar este mundo.
Se sostuvieron la mirada un largo instante, sollozando en silencio, liberando cuánto sentían y asumiendo que aquel encuentro sería la más amarga de las despedidas.
Selkis acercó sus labios lentamente, depositando un suave y afectado beso en la boca de Nun, que gimió emocionado. El sabor de la sangre no impidió que paladeara también la dulzura de su boca, y con extremo mimo acarició su magullado rostro, derramando en cada gesto todo el amor que la embargaba.
―Espérame en la otra vida, en el Duat, Nun, allí nos reuniremos de nuevo y que Osiris nos juzgue, poniendo nuestros corazones en la balanza, pues estoy segura que pesan más que la pluma de Maat y que Ib nos asista ―masculló derrotada.
―Sé que mi camino es el más fácil ―susurró Nun―. Ya que tú quedas aquí presa del sufrimiento y la pérdida…, pero no permitas que los remordimientos te envenenen, mi bella Selkis, pues no olvides nunca que nuestro destino lo decidieron los dioses.
Su voz rasposa se apagó en un acceso de tos violenta. Giró la cabeza al tiempo que escupía una abrupta bocanada de sangre.
Selkis tomó su cabeza entre las manos, inclinó la jarra sobre su boca y le dio de beber, derramando el sobrante sobre su cabeza.
―Ve, amor mío, no me alejaré de ti ―se despidió Nun―, pues me adentré en tu pecho para no abandonarlo nunca.
Unos pasos apremiantes y firmes la tensaron. Los guardias se acercaron a ellos. Se abrazó a Nun sollozante y rota, revolviéndose furibunda contra los guardias que tiraban de ella.
―Nooooooo… ―aulló desaforada, mientras la alejaban del maltrecho cuerpo de Nun.
***
Luxor, 30 de noviembre de 1925
Por enésima vez, releyó el artículo en The Times, de hace tres años, escrito por Marie Corelli, la afamada novelista gótica, que había incendiado la actualidad asegurando que las muertes relacionadas con la polémica tumba de Tutankamon, eran producto de una maldición. En el artículo aseguraba que su afirmación se basaba en el descubrimiento de unos ancestrales textos árabes que tenía en su poder.
Legajos que él había conseguido estudiar, no sin haber seducido previamente a la controvertida Marie, que además de excelsa novelista, se había revelado como una apasionada amante. Zaid Nasser sonrío para sí ante aquellos recuerdos, había tenido algunas amantes inglesas y precisamente no se caracterizaban por su fogosidad en el lecho; sin duda Marie era una mujer peculiar.
Zaid, a pesar de ser de origen egipcio, había sido adoptado por un matrimonio británico, apasionados de la arqueología y muy activos dentro de ese campo, con lo que había logrado ser asistente del profesor y arqueólogo Hugh Evelyn-White, colaborador adjunto del afamado Howard Carter, el descubridor de la tumba de Tutankamon, y última víctima, la octava, de la oscura maldición que perseguía a los que habían tenido cualquier contacto con la tumba del faraón.
Paseó de nuevo la mirada por sus anotaciones, sintiendo un nudo en su estómago, temiendo ser el siguiente en aquella fatídica lista negra. La releyó mientras el miedo lo atenazaba, reafirmándose en él, la única salida que vislumbraba….
«Listado Cronológico de muertes atribuidas a la maldición:
Mayo de 1923 muere el profesor La Fleur, arqueólogo canadiense y amigo intimo de Carter.
También en mayo de 1923 muere el magnate de los ferrocarriles en los Estados Unidos, George Jay Gould, de una neumonía después de haberse resfriado en su visita a la tumba.
El 5 de abril de aquel año de 1923 a la 1:50 A.M. en El Cairo, ciento treinta días después de la apertura de la tumba, deja de existir Lord Carnarvon, mecenas de Carter, por culpa de la picadura de un insecto y una repentina neumonía. Sus últimas palabras, en medio de su delirio fueron: «He escuchado su llamada y le sigo». El mismo día hay un apagón en toda la ciudad, y disturbios. También, el mismo día, casi a la misma hora, pero en su Londres natal, fallece la perrita de Lord Carnarvon, inexplicablemente.
En julio de 1923, el príncipe egipcio Ali Fahmy Bey, quien había visitado la tumba, es asesinado en un hotel de Londres, y su hermano se suicida.
En septiembre de 1923 muere a los 43 años, tras una operación dental, el coronel Audrey Herbert, hermanastro de Lord Carnarvon, y que estuvo presente en la apertura de la cámara real.
En noviembre de 1923 muere Woolf Joel, un millonario sudafricano que había visitado la tumba. Fue asesinado a tiros en Johannesburgo.
En enero de 1924 muere a causa de una misteriosa enfermedad Archibald Douglas-Reid, el especialista que radiografió la momia de Tutankamon.
También en 1924 muere el profesor Hugh Evelyn-White, colaborador de Carter y uno de los primeros a penetrar el cuarto mortuorio, sufriendo de depresión nerviosa. Se ahorca».
Cerró su libreta de un manotazo y refregó burdamente su rostro. Resopló apesadumbrado y se recostó en su sillón, pasándose, inquieto, las manos por su espeso cabello negro.
Tenía que regresar a la tumba, a pesar de la inscripción que rezaba sobre ella en una tablilla de coloridos jeroglíficos, un ostracon de arcilla en el que se hallaba grabada la leyenda… «La muerte golpeará con sus alas a aquel que ose perturbar el reposo del faraón».
Tragó saliva y se puso en pie, transpiraba y su camisa de hilo blanca dejaba entrever su acanelada piel. Se desprendió de ella y de los pantalones y se vistió con una túnica liviana y fresca, de suave lino egipcio, azul noche, con bordados en negro. Ideal para hacerse pasar por uno de los guardianes de la tumba. Por primera vez, su aspecto lo ayudaría en su empresa. Sobre su cabeza, dispuso hábilmente una Kufiyya del mismo color ocultando su cabello. A pesar de no tener práctica en el uso del turbante árabe, le bastó observar cómo lo hacían los excavadores de Carter para no vacilar en su disposición, sería la sangre, pensó irónico.
Tomó su pequeño maletín y salió al frescor de la noche.
El ocaso en el desierto era una de las cosas más hermosas que había visto en su vida. Las onduladas dunas azuladas, se asemejaban a las dulces crestas de un mar calmo. Y el cielo, el cielo apagaba su incendio en un torrente de intensos púrpuras, cobres y rosados que perfilaban las sombras de palmeras y pirámides, conformando un fondo tan místico y sobrecogedor que robaba el aliento y enamoraba el alma. Quizá fuera el último que disfrutara, pensó cogitabundo. No obstante, no iba a permitir que la muerte lo sorprendiera, él la sorprendería a ella.
Su pequeña villa alquilada no estaba lejos de las excavaciones. Decidió ir caminando, quizá para saborear cada espectacular retazo de aquel soberbio atardecer, quizá para alargar la riesgosa decisión que había asumido días atrás.
A cada paso, en su mente rememoraba el día que entraron en la cámara funeraria, flanqueada por dos espectaculares leones de bronce. Al instante, evocó las coloridas pinturas murales que representaban a la corte del faraón, tan fastuosas y tan bellas como todo lo que se acumulaba en la tumba… Estatúas reales, el carro ceremonial, arcos, flechas, una imponente réplica de gran tamaño del dios chacal Anubis; cofres de oro, madera y marfil, bellamente taraceados; tronos ricamente labrados, bustos del faraón, suntuosas máscaras funerarias, joyas y todo tipo de ornamentación ostentosa, maquetas de barcos. Un impresionante escarabajo alado realizado en lapislázuli dentro de un disco solar, que él acarició completamente obnubilado y perplejo ante la magnificencia de aquel esplendoroso tesoro.
Pero lo mejor fue presenciar lo escondido que estaba en verdad el cuerpo momificado del faraón: dentro de un sarcófago de cuarcita amarilla, que ocultaba en su interior tres ataúdes antropomórficos, sucesivos, uno dentro de otro, donde reposaba la ennegrecida momia, de facciones delicadas y cuerpo menudo.
No olvidaría jamás el resuello de ultratumba que pareció escapar del mismísimo Tutankamon, cuando rompieron el sello de la tapa mortuoria. Un velado soplo que erizó la piel de los presentes. Tampoco olvidaría el gesto de absoluto pavor de los trabajadores egipcios de Carter, señalando horrorizados la tablilla que avisaba de la maldición.
De algún modo, supo que ese día había marcado sus vidas para siempre, y por lo que parecía, también sus muertes.
El suicidio de su profesor fue lo que lo llevó a trazar un plan tan inverosímil como desesperado. La muerte lo seguía, sentía su presencia y su gélido aliento demasiado próximo a él.
Se agitó sacudido por un escalofrío y acarició pensativo su maletín, aquellos textos árabes que le había cedido Marie eran su única oportunidad.
Llegó a la tumba, ya entrada la noche.
Los guardianes armados se encontraban en torno a una hoguera, riendo y comiendo, ajenos a la entrada. El hecho de que la maldición hubiera recorrido medio mundo había espantado a turistas y curiosos, habituando a sus guardianes a relajar sus funciones.
Subrepticiamente, se pegó al murete de arenisca de la entrada y se deslizó escalones abajo, sigilosamente, hacia el interior de la tumba, tomando la antorcha de la entrada.
Liberó el aliento contenido y respiró hondo, antes de abrir su maletín y sacar el añejo legajo.
Según aquellos textos, debía erradicar el origen de la maldición para anular su efecto. Y tras casi haber memorizado cada palabra, supo que todo se desencadenó en el mismo corazón de Tebas.
La hermosa hija de Horemheb, uno de los generales de Tutankamon, la bella Selkis, había provocado de manera indirecta la muerte del faraón, robando la medicina para su amado Nun, hijo de cantero y esclavo para colmo de males. Anjesenamón, que después de haber perdido dos hijas prematuras, enloqueció con la muerte de su joven esposo y ayudada por los sacerdotes del Templo de Amón, logró formular una maldición que perdurara a través de los tiempos. La misma que había atado el alma de Selkis, a una dimensión vacía, donde vagaba su tormento en el inframundo, en el oscuro reino de Osiris, sin poder atravesar las puertas, cavernas y montañas vigiladas por criaturas sobrenaturales y terroríficas. La maldición la había privado del libro de los muertos, el que contenía los sortilegios adecuados, que debía recitar para protegerse de esas criaturas y poder llegar hasta el ecuánime Osiris, para ser juzgada.
Zaid la compadeció, pues si su único pecado había sido amar tan profundamente, llevar retenida durante tantos siglos en aquel infierno egipcio era, sin duda, una cruel e injusta condena. Pero él la liberaría, o quizá compartiera su destino.
Encajó la antorcha en uno de los anclajes de la cámara mortuoria, y la recorrió con la mirada. Los tesoros que quedaban, los de menor escala, estaban clasificados y numerados, a la espera de ser retirados para su estudio. Hacía apenas diez días que la momia de Tutankamon había sido llevada al Museo de El Cairo, por eso Carter había abandonado el enclave momentáneamente. Sin embargo, Anubis, el dios chacal, permanecía en una esquina de la cámara del tesoro. Y era a Anubis a quien invocaría con el preciso sortilegio, para que guiara a Selkis hacia Osiris, en busca de justicia y piedad.
Extrajo del maletín el legajo árabe y suspiró hondamente. A continuación, en uno de los anaqueles de una de las muchas cajas numeradas, sacó la herramienta que necesitaba para la invocación. El libro de los muertos del mismo Tutankamon.
Lo abrió por el capítulo 129, y pasó delicadamente las páginas cosidas. Todos los párrafos comenzaban con la palabra ro, habla…
Y eso hizo, pronunciar en voz alta y clara el párrafo seleccionado, utilizando los nombres que había memorizado del texto, en representación de Selkis.
Su voz, grave y sentida, reverberó entre aquellos ancestrales muros. Vibrante y clara flotó en ondas por la sala, en un eco lóbrego que regresaba a él provocándole escalofríos, no reconociéndose en ella.
Y a medida que recitaba, podía sentir cómo la temperatura descendía abruptamente, y su aliento blanqueaba en un vaho sobrecogedor. La llama de la antorcha retembló repetidas veces, como si alguien soplara insistente sobre ella. Se mantuvo firme, entonando cada frase e imprimiendo solemnidad a su tono, en una cadencia reverencial y regular, a pesar de los estremecimientos que lo sacudían.
Cuando terminó, un sonoro soplido, como una brisa helada y susurrante, apagó la antorcha sumiéndolo en una opresiva negrura. Permaneció inmóvil, tenso y expectante, mientras el pulso amartillaba irregular y atronador su sien, y su respiración se agitaba sumiéndolo en un aterrador desasosiego.
Y de repente, escuchó un siseo que le cortó el aliento seguido de un escalofriante estertor. Una leve caricia en sus labios erizó todo el vello de su cuerpo. Sus latidos se descompasaron cuando un irreal halo azulado emergió de los murales, de la pared donde estaban grababas algunas inscripciones del libro de los muertos.
De cada trazo refulgió un resplandor intenso que perfiló una silueta frente a él.
Retrocedió tambaleante, impresionado y sumido en un pavor que le cerró la garganta.
Aquella silueta femenina, translúcida pero definida, era la de una mujer joven, egipcia, y tan asombrosamente hermosa, que le robó el aliento. Avanzó hacia él con un gesto plácido, en el que creyó ver un deje de afectada gratitud.
¿Aquello era real? ¿Estaba presenciando una aparición del más allá? Supo, al instante, de quien se trataba.
Dejó de retroceder, fijando su mirada en ella, y conteniendo el deseo de alargar el brazo e intentar tocarla, temiendo que se volatilizara.
―No invoquéis a Anubis, todavía no ―suplicó ella.
Su voz fue como una tersa y cosquilleante caricia que se filtrara hasta su alma, como el susurro de hojas arremolinándose en torno a su cuerpo, o el aleteo de una mariposa en su corazón. Se estremeció y la miró intrigado y absolutamente arrobado por ella.
―Solo deseo liberaros de la maldición y que os reunáis con Nun en el Aaru, vuestro paraíso ―arguyó Zaid en tono dulce.
―Antes tenéis que enlazaros a mi alma y presenciar cómo fue mi vida y la de Nun, para testificar por nosotros ante Osiris. ¿Aceptáis que me filtre en vuestros sueños y abra vuestra mente a mi vida?
Zaid asintió quedo, mientras todo su cuerpo se revelaba, impeliéndolo a salir corriendo de aquel lugar maldito. No obstante, permaneció impávido, aceptando que estaba atrapado. Era eso, o compartir el destino de sus compañeros.
―Nun fue condenado, torturado y asesinado al día siguiente de fallecer el faraón ―replicó él con semblante turbado, recordando lo que manifestaban los textos árabes.
―No ―aclaró la mujer―. Yo ofrecí mi destino a cambio de su vida, y mi padre aceptó. Nun no murió, tampoco yo, pero fue mucho peor.
―Reveladme vuestra vida, Selkis, para intentar desgreñar la maldición que por desgracia nos une.
―Marchad a vuestro lecho ―murmuró ella esgrimiendo una sonrisa conmovida―. Acudiré a él esta noche para susurraros la vida que sufrimos tras la muerte de Tutankamon. Para abrir vuestra mente a ella y reforzar en vuestro corazón la decisión de defender nuestra causa ante Osiris, y por ende, libraros de la muerte que os acecha. Escribid nuestra historia, para que perdure en la eternidad, completad esos legajos y concédenos la paz.
Selkis se puso frente a él, permitiéndole ahondar en su oscura y cautivadora mirada, en la exquisita proporción de un rostro de líneas regias, de una boca de labios llenos y hermosamente perfilados, de un cuerpo exuberantemente sensual. Y a pesar de su ingravidez, de ser solo una especie de proyección luminosa, su cuerpo reaccionó ante ella, como si fuera tangible.
―Enlazad mi alma a la vuestra ―murmuró subyugado―, pues aunque es cierto que mi vida pende de ello, he de confesar que siento incluso impaciencia por gozar de semejante privilegio.
La mujer asintió, alargó un brazo y posó su mano en su pecho. Atónito y maravillado, no solo sintió la caricia y el peso de aquella pequeña mano, también una aguda punzada atravesando su corazón. Un viento cálido, como la brisa del desierto al atardecer, caldeando su interior e inundando su alma de un bálsamo reconfortante que le hizo sentir tan ingrávido como ella.
―Nuestras almas están selladas….
Y tras ese liviano y alargado susurro, la antorcha se encendió sola, mostrándole la normalidad de la cámara y el apesadumbrado encogimiento de su pecho, ante la soledad que lo rodeaba.
No era soledad, se dijo, mientras suspiraba y acompasaba su corazón, era vacío, era pesar, era nostalgia, era casi angustia y desazón, era una inefable sensación de pérdida que lo desconcertó casi más que la aparición en sí.
Cerró los ojos para rememorar cada una de sus facciones, para grabarlas en su memoria, ante la incertidumbre de si, en verdad, la vería de nuevo en sus sueños, como ella había asegurado. Ante el temor de que aquello tan solo hubiera sido producto de su imaginación.
De pronto, se descubrió sonriendo, no sabía si lograría escapar de la maldición, pero sí que sus días, muchos o pocos, gozarían de un carácter tan especial y mágico como la de presenciar la vida del Antiguo Egipto, y llevado además de la mano de una mujer como aquella.
Y en aquel preciso instante, halló dentro de él, su propio destino, que no era más que aquel que se perfilaba ante él. Ahora encontraba explicación a su pasión por esa época determinada, a su tesón por descubrir y revivir aquella dinastía en particular, a su fervor por Tebas y a no haber encontrado más anclaje y propósito a su vida que a la de consagrarse a sus estudios. Siempre había rebuscado ocultamente la razón de aquella necesidad que lo había marcado desde siempre, y ahora la había encontrado.
Ahora emprendería el viaje más apasionante de todos, y en su pecho comenzó a brotar un sentimiento que nunca había imaginado sentir.
Salió de la tumba todavía flotando en aquella nebulosa de dicha y ansiedad que lo acompañaba.
La noche, punteada de estrellas, oscura y límpida, era presidida por una luna plena y nacarada, que plateaba las dunas, arrancando de la arena el brillo de diminutas partículas semejantes a perlas engarzadas a un manto ondulado, guiando sus pasos por un sendero trazado, que por fin recorría consciente del destino que hallaría.
Entró en su villa, se despojó de la túnica y la Kufiyya. Abrió la ventana para que la luna y Selkis entraran por ella y se tumbó desnudo en la cama.
Cerró los ojos, y aguardó ansioso.
Tras un breve instante, sintió la caricia de la brisa en su pecho, y abrió los ojos. Ella estaba inclinada sobre él. Ambos sonrieron. El corazón de Zaid se encogió emocionado.
―Ven conmigo, Zaid, Tebas nos espera…
Tomó su mano y sintió que tiraba suavemente de él.
Se dejó llevar por ella con una amplia sonrisa estirando sus labios y una burbujeante emoción inundando su pecho.
Iba a ser testigo presencial, intuía, de una historia tan inmortal como la del alma que lo arrastraba a través de los tiempos.