En el coche sonaba una canción de Bob Dylan. The answer, my friend, is blowing in the wind…
Aunque Álex daba inglés en el colegio, su nivel era muy elemental. Curioso, les preguntó a sus padres, que iban delante, qué decía la letra de aquella canción. Ninguno le respondió. Y él, que iba detrás, solo, se permitió una ironía en voz alta que tampoco nadie comentó: «No hace falta que respondáis, que yo siempre le hago las preguntas al aire».
Como no sabía inglés, tampoco supo que, en realidad, sí estaba siendo contestado. Bob Dylan, desde el cedé del coche, le repetía, una y otra vez: La respuesta, amigo mío, está flotando en el viento…
Así, Álex se quedó sin saber que si haces las preguntas al aire, tal vez te responda el viento. Y por eso mismo, nunca buscó educar su oído para escuchar al viento, para buscar respuestas en algún lugar donde fuera a encontrarlas, y siguió haciéndolas donde el silencio habría de ser siempre el eco que se le devolvía.
Hasta que un día dejó de hacer preguntas y dejó de escuchar y dejó de esperar nada.
Cuando cumplió doce años ya era un niño que no soportaba el silencio. Necesitaba ruido para poder vivir.
lo buscaba donde fuera y como fuera. Jugaba a las máquinas, se juntaba con sus amigos de pandilla, hablaba incluso cuando corría en dirección a la portería dando patadas al balón. En clase no podía estar callado. Muchas veces lo expulsaron por faltar al respeto al profesor. Nadie tenía derecho a hablar y a ser escuchado. Nadie, como él, había sufrido ante el silencio, y él, más que nadie, se merecía hablar. Por tanto, que no le hablaran de respeto. El respeto empezaba en él y terminaba en él mismo. Los demás eran ruido de segunda clase. Su ruido era el mejor, el más justo, el más heroico. Y habría de defenderlo aunque tuviera que aplastar, por el camino, cualquier palabra de los demás.
Entre sus colegas era popular. Su encanto arrasaba.
Y en su cháchara incesante, que había desarrollado con cierto arte, envolvía a los otros, los camelaba. Su insolente actitud era un aliciente para quienes, distintos de él, no se atrevían a tal nivel de provocación o vacile. Parecía no tener límites. Consiguió así un enjambre de seguidores que, como histéricos fans de un cantante, lo seguían y lo jaleaban, conscientes de que su ídolo poseía ese don del que ellos carecían: tenía voz, si no entonada y armónica, sí capaz de hacerse oír, apagando cualquier otro sonido, en todo el inmenso imperio del colegio.
A los trece años ya era el más popular de la clase. El jefecillo máximo, emperador de un escuadrón de medianos guerreros. Hasta el momento, Álex y sus huestes se dedicaban a hacer simples escaramuzas. Incursiones en territorio enemigo con el único objeto de alimentar la llama de su dominio. Álex necesitaba a su público tanto como su público lo necesitaba a él. Era el pastor del rebaño. Hablaba a las ovejas y las ovejas le balaban al terminar cada parrafada, a modo de aplauso unánime. Pero ninguno de aquellos lanudos y obedientes corderos sabía que, en su casa, Álex no gozaba de la más mínima popularidad. Ninguno sabía que, de pequeño, había buscado, desesperadamente, un sitio para hablar y ser escuchado. Ninguno sabía que Álex, al llegar a casa, cerraba su boca con pegamento, y se encerraba en su cuarto, con los auriculares del ipod pegados a las orejas y el mando de la playstation nerviosamente aferrado en sus manos.
Álex tenía la virtud de saber elegir al receptor idóneo de sus bromas pesadas. A veces, el seleccionado era algún alumno de otras clases 11 otros cursos, pero esa circunstancia no le reportaba al grupo tanta diversión como conseguir una marioneta de su círculo próximo, alguien a quien conocieran bien y pudieran tener mucho más controlado, alguien a quien poder hacerle un perfecto seguimiento a todas horas. En esa línea de cercanía, contaban en su propia clase con un compañero llamado Nacho, al que habían rebautizado como Grasa, apodo que aludía burdamente a su orondo aspecto físico. Normalmente jugaban con sus sentimientos. Le hacían creer que podía llegar a ser un miembro más del club y aprovechaban esa ventaja psicológica, junto con los complejos del chico, para humillarlo de continuo, para tenerlo estresado constantemente, deshojando la margarita de su aceptación: Sí… no. Sí… no. Sí… no, Grasa, eres de los nuestros. Tienes que hacer méritos, Grasa…
A mitad del primer trimestre, se incorporó un chico nuevo a la clase. Se llamaba Paul. Era alto, delgado, de ojos grandes y pelo rizado. Hizo una entrada discreta, se sentó donde le asignaron y no abrió el pico en todo el día. A la hora del recreo, Álex y su grupo no se acercaron a él. Siguieron a lo suyo, maquinando pequeñas venganzas contra el sistema. No es que a Álex no le importara la reciente adquisición de la clase. Estaba acostumbrado a que, tarde o temprano, los nuevos vinieran a rendirle honores y a solicitar humildemente su entrada en el club. Así que solo era cuestión de esperar.
Pasaban los días y Paul no hacía el más mínimo movimiento que pudiera hacer sospechar a Álex que deseaba unirse a su coro de fans. Iba por libre, estaba claro.
Grasa pasaba por una de sus habituales crisis. Harto de ser humillado, se lamía las heridas en silencio, tal vez con la secreta esperanza de que, transcurrido un tiempo, volvería a recobrar la energía suficiente como para volver a sacrificar su dignidad a cambio de no estar solo.
Una mañana, en el recreo, Grasa oteó el horizonte y vio, en primer término, al rebaño de Álex jugando al fútbol. Pero no estaba recuperado todavía. Sus heridas no estaban curadas del todo. Así que dejó que su vista pasara de largo, eludiendo la dudosa tentación de tratar de ser alguien en un lugar donde no había sitio para él más que como esclavo o criado, y acabó reparando en Paul, que, sentado en un banco, leía un libro. Paul le parecía raro. Un intelectual o algo así. Alguien que dedicaba tiempo a la lectura, a pensar, a reflexionar, a ensimismarse, embobado, en la contemplación del paisaje, o de unas páginas escritas. Un filósofo, un tío realmente raro. Pero estaba harto de las groserías de Álex y, aunque buscaba caerle bien en aras de no estar solo, habiendo sufrido sus desplantes, había llegado a conocerlo con cierta exactitud, y no dejaba de reconocer que en realidad era un ser vacío, escasamente creativo y ciertamente muy básico.
Grasa se decidió. La supuesta rareza de Paul no podía ser peor que el real y sistemático desprecio de Álex, así que se acercó a él, se sentó a su lado y le preguntó qué estaba leyendo. Paul cerró el libro y lo miró a los ojos. A continuación le explicó, con todo lujo de detalles y con un apasionamiento inusitado, lo que leía. Grasa, entonces, sintió sus kilos licuarse, y, como un milagro, se hizo ligero, aéreo; se desprendió, por un instante infinito, de su pesado lastre, y agradeció inmensamente que, por primera vez, la mirada de alguien se posara en su corazón, en lugar de en su ancha barriga. Paul se había molestado en narrarle el argumento de aquella historia. Paul lo consideraba, por tanto, un igual. Alguien digno de tomarse tiempo con él, alguien digno de compartir lo más preciado. Y Grasa, a partir de ese día, se unió a Paul con tanta gratitud como sensación de ser alguien a la par que otro.
Álex no podía tolerar aquella insubordinación de Grasa ni la obstinada displicencia de Paul hacia él. Su rebaño empezaba ya a cuestionar el poder del líder al ver al esclavo Grasa emancipado y libre, departiendo, alegre y entretenido, como un señor, mano a mano, codo con codo, con el nuevo. Y aunque ni Paul ni Grasa jamás buscaron la provocación de los otros, antes bien, parecían vivir ajenos al estridente y mundano devenir del universo vecino, precisamente eso mismo era lo que a Álex le sacaba de quicio. Que no lo necesitaran, que alguien fuera capaz de existir, y de ser feliz, sin su intervención o permiso.
A partir de ese momento, Álex dedicó todo su empeño en convencer al grupo de que los rebeldes serían capturados y escarmentados. Paul no parecía temer al silencio o a la soledad, y Álex estaba determinado a demostrar que era mentira, que Paul no era tan distinto de ellos, y que a la larga se rendiría.
Una mañana, en el recreo, se paseó la pandilla por delante del banco donde la pareja de amigos solía sentarse.
—Miradlos, Don Quijote y Sancho Panza —dijo Álex alzando el tono—. Grasa, ¿ahora eres el escudero de un mierda?
Y luego siguió, esta vez mirando a Paul:
—Y tú, muerto de hambre, ¿no sabes que leer es de pringados?
Grasa, paralizado por el miedo, permaneció callado. Pero Paul ni pestañeó. Siguió charlando con su amigo.
—Te estoy hablando a ti, gilipollas.
Paul siguió a lo suyo, conversando animadamente con Grasa, como si la estridente voz de Álex tuviera el volumen desactivado. Y al igual que aquel día de su infancia, aquel día en que Bob Dylan sonaba en el cedé, Álex había sido ignorado por sus padres, tuvo que sufrir, de nuevo, el silencio que tanto odiaba.
—Está visto que la puta de tu madre no te ha enseñado educación —siguió insistiendo.
Tampoco consiguió así provocar reacción alguna, ni echando mano de la más dura violencia verbal. El destinatario de la ofensa ni siquiera lo miró.
Aquel gesto de Paul tuvo su precio. Un precio altísimo, que Paul hubo de pagar con intereses. En el equipo de baloncesto, en el vestuario, en los lavabos, en el recreo y hasta en clase, Paul recibió escupitajos, patadas rastreras, empujones, puñetazos, todos muy bien calculados para herir sin dejar pruebas. Fue acorralado y asediado en todas cuantas zonas quedaban fuera del control de adultos y profesores. Destrozaron sus libros, arrancaron sus páginas, le pegaron chicles en el asiento. Le llovían balonazos en todos los partidos y en todos los deportes. Siempre parecían desgraciados accidentes. Y siempre que ocurrían, los demás se disculpaban con él. Lo siento, ha sido sin querer. Pero el azote de sus burlas y sus golpes no amainaba.
Álex perseguía que Paul finalmente hablara. Si no respondía por las buenas, tendría que hacerlo por las malas. Y, sin embargo, Paul mantenía tercamente ese silencio que a Álex tanto torturaba.
Grasa no soportaba ver lo que le hacían a su amigo. Se devanaba los sesos diariamente para encontrar un modo de ayudarlo, pero el grupito de Álex no presentaba fisuras. No había forma de encontrar un disidente, un intrépido que se le amotinara y cuestionara sus métodos. Y dos contra ocho tenían todas las de perder.
Y aunque Paul nunca se quejaba, Grasa buscaba consolarlo y entretenerlo, sin mencionar jamás la desgraciada situación que vivía su amigo. Como un caballero, Grasa trataba de alegrar el día a Paul con lo que mejor sabía hacer: trucos de magia. Le sacaba de la oreja, de entre los mechones del pelo o del cuello de la camisa, monedas, chocolatinas, y hasta huevos de codorniz que sustraía de la nevera de su madre. Y conseguía el efecto esperado: la risa franca de Paul, su más bonita cualidad, aquella ilimitada aptitud para fascinarse, embobadamente, ante todas las maravillas del mundo.
Un día, Paul, sentado con Grasa en el recreo, vio venir a Álex hasta él. Contrariamente a su costumbre, se levantó entonces del banco, y permaneció allí de pie, mirándolo a la cara en actitud retadora. Parecía haberse cansado de aquella dinámica de terror, y dispuesto a la lucha a muerte. Álex frenó en seco sus pasos, cogido por sorpresa, pero inmediatamente avanzó, pensando que aquel gesto de Paul era un farol, pues no se atrevería a tocarlo rodeado como iba de sus tropas. Al llegar casi al límite del contacto físico, se paró, y dirigió a Paul una mirada de chulería. Era más bajo que él, y si no fuera porque sus colegas lo acompañaban, hasta resultaba ridículo a su lado.
Grasa se levantó a su vez del banco. No parecía nervioso. Le puso la mano en el hombro a Paul, un instante, y luego la retiró. Reculó unos pasos por detrás de él y se quedó quieto, a la expectativa.
Paul no tardó en actuar. En un rápido movimiento que Álex no esperaba, consiguió situarse detrás de él, pegado a su espalda, y pasó a agarrarlo por el cuello, inmovilizándolo. Era más fuerte, así que no le resultó complicado.
La escena no podía ser más cómica: Álex gritaba, insultaba, chillaba histéricamente dando patadas al aire, pero no podía soltarse.
Sus secuaces, apelotonados alrededor, observaban la escena sin dar crédito, y no reaccionaban. Parecían más interesados en conocer el desenlace de aquel enfrentamiento, en evaluar el poder de su jefe contra el renegado, que en acudir en su ayuda. Tal vez esperando que el líder de la manada demostrara, por una vez, que era merecedor de capitanearlos. De brazos caídos, con la boca abierta, eran testigos mudos de los acontecimientos, el público silencioso de aquel reto.
Entonces, Paul levantó la mano que le quedaba libre. Todos esperaban que asestara un golpe a su enemigo. Lo tenía a su merced, era el blanco perfecto. Acercó el puño al estómago de Álex y en un gesto raro, inesperado, en lugar de hacer puntería y tomar contacto, lo acarició en el aire varias veces. Luego abrió la mano e hizo saltar de ella, como extraído directamente del interior de aquel vientre, un objeto que agarraba por un extremo. En otro movimiento ligero, visto y no visto, colocó aquello en la cara de Álex.
Cuando Paul retiró la mano, todos pudieron contemplar a su emperador con un bozal de perro perfectamente colocado en la boca.
El aullido de asombro de la concurrencia fue monumental. El fiero Álex, con la boca cerrada, parecía bien poca cosa. Mientras que Paul, por encima de él, semejaba un domador de leones, de porte majestuoso, vengador del mal. Tan elegante como victorioso.
Grasa se emocionó. No era para menos.
Paul soltó a Álex, finalmente, y volvió al banco. Se sentó y lo miró en silencio. Álex, liberado ya, tampoco se movía, solo apretaba los dientes y miraba a Paul.
Entonces, Paul habló:
—Y ahora, si quieres preguntarme algo, te escucho.
Álex se desembarazó del bozal rápidamente y lo lanzó al suelo. Empezó a pisotearlo, sin decir nada, mientras todos lo contemplaban. Luego se quedó quieto, mirando de nuevo a Paul, muy callado. Parecía querer hablar, todos esperaban que lo hiciera, pero por la boca de Álex no salía ninguna palabra.
Por fin habló:
—¿Cómo lo has hecho? —le preguntó con los ojos muy abiertos.
Paul dejó pasar unos segundos y luego respondió:
—Me lo ha enseñado Nacho.
entonces, todas las miradas se concentraron en Grasa, que había dejado de ser Grasa para pasar a ser un entendido, un experto en algo, alguien que poseía las claves de una fascinante incógnita.
Álex volvió a enunciar su pregunta:
—¿Cómo lo has hecho, Nacho?
Parecía confiar en que esta vez sí, esta vez alguien habría de darle la respuesta que su curiosidad, tantas veces postergada pero tan despierta y tan explosiva como la de un científico en racha, ansiaba.
Y Nacho, que nunca se había sentido el centro de nada, sino un incómodo lastre a la cola del universo, por primera vez en su vida se encontró revestido de solemnidad e importancia: en aquel instante era el ombligo del mundo. Puso cara interesante y dijo:
—No es habitual entre los magos revelar los secretos de nuestro oficio, pero creo que, en este caso concreto, puedo hacer una excepción que mis colegas aplaudirían…