País Relato - Autores

lino aldani

37 centígrados

Como de costumbre, la primera persona que Nico encontró al salir de casa fue el agente de la C.M.G., el hombrecillo seco y arrugado cuyo uniforme carmesí le caía de las espaldas un poco curvadas, todo él pliegues y protuberancias, como la seda de un paraguas cerrado. Se llamaba Espósito, un meridional de piel verdosa, con un bigotito delgado y una gran verruga pilosa cerca de la oreja.
Era el responsable del bloque de casas, una carroña, metomentodo e invasor, como todos los controladores de la C.M.G.
Nico se detuvo a diez pasos y se abotonó el abrigo. Se sentía en forma, el cielo era azul, sin una nube: un verdadero día de cofias y cochecitos de niño en los jardines públicos. Y sin embargo, a la vista de Espósito, se levantó el cuello y hundió las manos en los bolsillos.
—Buenos días —saludó el hombrecillo de la C.M.G.
Nico sacó una mano, pero sólo por un instante; agitó los dedos en el aire en un saludo que quería ser confidencial, y probó a escapar con el aire de quien lo tiene todo en regla.
Pero el controlador Espósito lo agarró por un brazo.
—¿Faja? —preguntó.
—Todo en su sitio —declaró Nico.
—¿Jersey grueso?
—¡Lo llevo, lo llevo!
—Bien —dijo sin descomponerse el hombrecillo de la C.M.G.—. Se lo ruego, señor Berti, tenga cuidado. Abril es traidor, no se quite el abrigo. Sería sancionado.
—Esté tranquilo, controlador.
Se alejó con rapidez, mientras una mancha de azul oscuro le rozaba peligrosamente. Nicola Berti suspiró, continuó caminando con la mirada un poco hacia su izquierda, por donde los levacar, lúcidos y rutilantes, corrían suspendidos sobre la pista de vitroplast. Eran todos hermosísimos, incluso aquellos ya algo viejos, aún los pequeños vehículos utilitarios, minúsculos pero sin embargo comodísimos. Amarillo, rojo, amarillo otra vez, después uno azul, después verde, rojo, rojo, azul, blanco plateado, azul oscuro, verde…
Nico suspiró otra vez. Con pasos lentos, casi estudiados, recorrió los cincuenta metros que lo separaban de la parada. El helibús no se veía aún. Se introdujo entre el grupo de pasajeros que aguardaban, treinta o cuarenta personas. Un señor robusto trató de impedirle el paso, pero Nico hinchó el tórax y, manejando los codos, logró alcanzar los primeros puestos. Cuando el helibús llegó, dio un empujón a la mujer que estaba a su lado, resistió las cargas del señor robusto, y entró el primero. Alguien maldijo.
—Estas cosas no pasan en el extranjero —gruñía una señora gorda, de senos enormes y esponjosos.
—¡Villano! —chillaba en falsete un viejecillo con gafas—. Si tiene prisa, coja un taxi.
Nico sintió un dolor en la pantorrilla: un muchacho, tratando de pasarle delante, maniobraba su cartera de fibra sintética en medio de la selva de piernas.
La puerta automática se cerró, un paraguas permaneció atascado en medio, se oyó una imprecación sofocada, después una blasfemia, otro se echó a reír, mientras el helibús volvía a partir dejando en tierra a veinticinco personas con los brazos levantados en gesto de amenaza.
Fatigosamente, Nico contorneó a la mujer gorda, dio una patada a la tibia del muchacho y, deslizándose entre el viejo de las gafas y la máquina expedidora de billetes, llegó al centro del vehículo, donde había un poco menos de gente. Cogido al pasamanos, su mirada cayó de nuevo sobre los carteles publicitarios encajados entre el techo y las ventanillas.
Los sabía de memoria. Cojines pneumáticos Lichemin, Levacar-Ocasiones, Cojines neumáticos Lireppi, Giulia-Gamma, Troënci, Demerces, Dorf, Volkscar Alfa y Beta. Estaban todos. Una galería de tentaciones ante la cual era imposible tener los ojos cerrados.
¿HAS DECIDIDO SEGUIR SIENDO
UN GUSANO
DURANTE TODA TU VIDA?
¿QUÉ ES LO QUE ESPERAS
PARA COMPRAR
UN TROËNCI?
¡TROËNCI!
70.000 LIRAS MENSUALES
SIN ANTICIPO
¡TROËNCI!
EL LEVACAR QUE SE IMPONE
Y TRIUNFA
¡TROËNCI!
¡TROËNCI!
¡TROËNCI!
Tragó saliva amargamente. Los otros carteles tenían poco más o menos el mismo tono.
DEMERCES
EL LEVACAR QUE OS HACE
SENTIROS IMPORTANTES
¿A QUÉ ESPERÁIS?
LA MITAD AL CONTADO
EL RESTO EN CÓMODOS PLAZOS
Y aún:
AMIGO, ABRE LOS OJOS
SI TE GUSTAN
LOS COCHES DEPORTIVOS
ESCOGE LA GIULIA-GAMMA
280 KM. A LA HORA
VEHÍCULO APROBADO POR LA
C.M.G.
¡La C.M.G., la Convención Médica General! Una obsesión, eso es lo que era. Siempre entre tus pies, con un reglamento medieval y miles y miles de controladores atareadísimos en levantar infracciones.
Nico giró sobre sí mismo, pero incluso en el otro lado del helibús los anuncios de la C.M.G. brillaban con letras fosforescentes. Probó a cerrar los ojos. Inútil. Aquellos cochinos sabían su trabajo, incluso en publicidad eran los primeros. Imposible no leer sus slogans.
CIUDADANO
¿CREES VERDADERAMENTE
TENER
LA CONCIENCIA TRANQUILA?
¿ESTÁS SEGURO
DE TRAER CONTIGO
TU TUBO DE ASPIRINAS?
Inconscientemente, Nico se dio cuenta de que estaba rebuscando en sus bolsillos en busca del tubo.
NO DIGAS HABER OLVIDADO
EL TERMÓMETRO
EN EL BOLSILLO
DE LA OTRA CHAQUETA.
ES UNA MEZQUINA
JUSTIFICACIÓN.
PARA CUALQUIERA QUE SEA HALLADO
SIN TERMÓMETRO
LA SANCIÓN ES DE
TRESCIENTAS OCHENTA LIRAS
Se llevó una mano al costado. El termómetro estaba allá, al lado de la pluma de duroplomo y del peine de concha artificial.
¡AYUDADNOS
A SERVIROS MEJOR!
RECORDAD:
POLIVITAMÍNICO
DOS VES AL DÍA
Nico resopló. Buscó el dispositivo que regulaba la apertura de la ventanilla, pero una mano rápida cayó sobre la suya.
—¿Qué es lo que quiere hacer? —preguntó con voz amable pero firme un hombre que estaba a su lado.
—Abrir —dijo jadeante—. Tengo un calor de infiernos, me estoy sofocando.
El otro lo miró con calma, cara a cara, después sacudió la cabeza resueltamente.
—La ventanilla no se abre.
Nico se echó a reír.
—Ésta sí que es buena. Me falta aire. ¿Qué le importa a usted si bajo o no el cristal?
—Basta ya —dijo el hombre con voz decidida. Había sacado de su bolsillo una tarjeta y la agitaba delante de su nariz—. Soy controlador de primera clase de la C.M.G., y la ventanilla permanecerá cerrada: artículo 5, apartado segundo, del acuerdo estipulado entre la Compañía de Transportes Públicos y la Convención Médica General.
Nico abrió la boca, después alzó los hombros en un residuo de protesta destinado de antemano al fracaso.
—No diga nada —cortó el otro—. El reglamento habla claro: los medios de transporte público deberán mantener las ventanillas cerradas hasta el 31 de mayo. ¡Y estamos aún en abril! Usted está convencionado, ¿verdad?
—Sí —dijo Nico, bajando de tono la voz súbitamente.
—Sus documentos, por favor.
—Pero… ¡Mis documentos no tienen nada que ver!
—Sus documentos he dicho. Tarjeta de identidad, tarjeta sanitaria y contrato de trabajo.
—¡Pero es inaudito! Sólo porque he intentado bajar el cristal…
—¡Conductor! —gritó el hombre de la C.M.G.—. Pare, por favor. Quiero efectuar un control.
El conductor frenó. Bajaron del helibús, y la puerta automática volvió a cerrarse ante un mar de caras irónicas.
—Sígame.
—Pero mire, voy retrasado, tengo sólo doce minutos para llegar a la oficina.
El hombre de la C.M.G. hizo detenerse a Nico en un portal.
—Estoy en regla —dijo éste, dándole sus documentos—. Aquí está el termómetro, el tubo de aspirinas, las pastillas para la tos… Ésta es la vitamina C, ésta la B-12, el antiséptico, el leucoplasto, la pomada oftálmica y el estuche de los antibióticos. Lo tengo todo, no puede sancionarme.
El controlador examinó cada cosa minuciosamente.
—¿Faja? —dijo después, mirándole a los ojos.
—Escuche, estoy haciendo tarde. El Ministerio de la Canción está en la plaza Flaminio, si me hace perder el próximo helibús no llegaré a tiempo…
—¿Faja? —insistió el hombre de la C.M.G.
—¡Cristo! Sí, llevo la faja. Y camiseta gruesa. Y calcetines de lana.
Abrió el abrigo, la chaqueta, se levantó el jersey y se desabotonó la camisa a la altura del estómago.
—Aquí está, véalo. Camiseta gruesa y faja. Estoy en regla.
El otro abrió una libreta de notas y empezó a escribir.
—Una inspección especial le hará bien —dijo.
—¿Inspección especial? ¿Por qué? Estoy en regla.
—Sí, por el momento sí. Pero su tentativa de abrir la ventanilla del helibús es síntoma de tendencias individualistas muy peligrosas. Señalaré su nombre a la Comisión Superior de Vigilancia. Puede irse.
Una mirada lívida, rabiosa. Nico se metió en los bolsillos termómetro, tubos y documentos y salió a la carrera del portal.
El helibús estaba parado a cien metros de distancia, con el acostumbrado grupo de obsesos que pugnaban por subir. Nico se lanzó, en pocos segundos estuvo en medio del grupo, trabajó con piernas y brazos hasta que logró asirse a la barra del helibús, se izó a pulso y ganó la plataforma. El vehículo partió en aquel momento.
Entonces se pasó el dorso de la mano por la frente húmeda de sudor y miró afuera, a la calle. Una hilera brillante de levacars seguía al helibús y lo bordeaba al pasarle: rojo, azul, azul, amarillo, azul marino, blanco plateado, rojo, amarillo, azul, verde oliva… Cerró los ojos, se volvió, los abrió de nuevo mirando al techo. Pero después su mirada resbaló lentamente por el cóncavo metal y se detuvo en el anuncio fosforescente de la Troënci.
LOS GUSANOS SE ARRASTRAN
EL HOMBRE
QUE SABE LO QUE SE HACE
VIAJA A 200
EN TROËNCI
EL LEVACAR DE NUESTRO TIEMPO
No había escapatoria. Se dio la vuelta una vez más. El rojo de otro anuncio lo golpeó con la violencia de un puño. Era un cartel enorme, ocupaba casi toda la parte derecha del vehículo.
CIUDADANO
AL PRIMER SÍNTOMA DE RESFRIADO
¡ASPIQUININA!
HOMBRE AVISADO
A MEDIAS SALVADO
100 LIRAS DE SANCIÓN
A TODO CONTRAVENTOR
CONVENCIONADO
Trabajó durante dos horas seguidas, sin levantar la cabeza ni un instante. A las diez entró un botones y dejó sobre su mesa otro paquete de expedientes, a las diez y media lo llamó a informar el jefe del departamento, a las once tomó un café y la pastilla de vitaminas.
A las once y cinco sonó el teléfono.
—Nicola Berti —dijo, levantando el auricular nerviosamente. Esperaba que fuera Doris, pero se sintió decepcionado. Era una voz masculina, entre barítono y bajo.
—Aquí D’Andrea, de parte de la Comisión Superior de Vigilancia.
—Diga —balbuceó Nico.
—Esta tarde a las diecinueve queda usted convocado al Ambulatorio Central de via del Gambero.
—Ah… ¿Y por qué?
—Análisis de sangre, radiografía pulmonar…
—¿Eh?
—… control de índice alcohólico y nicotínico. Buenos días, señor Berti.
Aquello era lo único que faltaba. Aquel cerdo de controlador que había encontrado en el helibús había demostrado un celo casi vehemente.
Sacó de su bolsillo el paquete de cigarrillos y lo vació sobre la mesa: quedaban aún seis. Sentía deseos de encender uno, pero se contuvo: aquellos seis cigarrillos debían durarle para todo el resto del día.
—¡Puerca vida!
El compañero de la mesa de enfrente dejó la pluma y levantó los ojos de su trabajo.
—¿Qué ocurre?
Nico alzó los hombros. No era su intención desahogarse con aquel refractario de Giobbi, un imbécil digno del nombre que llevaba. Por otro lado, Giobbi nunca había fumado en su vida, no podía comprender que el límite máximo e insuperable de diez cigarrillos diarios era ridículo para un hombre de veinticinco años, siempre en movimiento y con dos pulmones a prueba de bombas. Cierto, era libre de fumar más: los distribuidores automáticos estaban repletos de cigarrillos, bastaba echar una, dos, tres, cinco monedas y la máquina le suministraría todos los cigarrillos del mundo. Pero… ¿y después? En el control del índice nicotínico la placa haría de espía, bastaba superar tan sólo un poco el límite de tolerancia para ver caer sobre sí una multa de las peores: cuarenta o cincuenta mil.
Nico hizo examen de conciencia. Durante la última semana había fumado algunos cigarrillos de más, con el propósito sin embargo de nivelar el promedio en la próxima semana. Aquel estúpido de controlador lo había arruinado todo. La radiografía pulmonar era para hoy, a las diecinueve. No había forma de arreglarlo. O quizá sí, quizá bebiendo leche y obligándose a no fumar hasta la noche…
Tomó los cigarrillos y los metió en el cajón, cerró con llave y miró a Giobbi.
—Toma —dijo, tirándole la llave—. Devuélvemela cinco minutos antes de irnos. Y si te la pido antes, házmela tragar.
El deseo de fumar se convirtió en una necesidad imperiosa. Nico mordisqueó una punta de lápiz y abrió la tapa de un nuevo expediente: el autor de «alma rota» y «ojos tristes» denunciaba que en algunas revistas de poca monta sus canciones habían sido ilícitamente parodiadas. La instancia, enviada también para conocimiento al Sindicato de Letristas, terminaba con una enérgica demanda a la superior autoridad para que procediese con un mayor celo a la tutela artística de las creaciones de los autores.
A Nico le vino de pronto a la memoria el texto original de la canción: Dulce amor, hay en mi interior, un dolor, por ti, corazón, moriré, si me niegas, el sí…
Pasó, atareadísimo, el resto de la mañana en medio de una densa documentación toda a base de «corazón, pasión, emoción, por siempre, te querré, te amaré, sólo tú, tú, tú, tú…» interrumpido, pero sólo un minuto, por aquel cargante de Ortensi, el controlador de la C.M.G. que supervisaba, con la ayuda de dos asistentes, todo el Ministerio de la Canción.
—¿Todo bien? —se informó Ortensi, asomando la cabeza por la ventanilla.
—¡Todo bien! —respondieron al unísono Giobbi y Nico.
—¿Tomada la pastilla?
Dos cabezas bascularon rítmicamente en un gesto afirmativo.
—¿Y la temperatura?
—Treinta y seis con ocho —declaró Giobbi sin levantar la cabeza de la calculadora.
—Treinta y siete —mintió Nico al azar. Aquella mañana su termómetro había permanecido inactivo en el fondo de su bolsillo. Ortensi, sin embargo, parecía tener prisa, no entraría para efectuar un control.
Doris no telefoneaba y el hecho lo ponía aún más nervioso que la convocatoria en el Ambulatorio. Varias veces estuvo a punto de marcar el número del notario Aloisi, donde Doris trabajaba, pero siempre se contuvo: el notario tenía un carácter de perros, no toleraba que sus empleados usaran el teléfono para motivos que no fueran de su trabajo.
Finalmente llegó la una, y el timbre sonó. Introdujo los expedientes en el cajón y salió de la oficina, bajó a la carrera las escaleras que conducían al subsuelo, donde estaba instalada la cantina del Ministerio.
El local estaba desierto, sólo un par de empleados habían llegado antes que él, pero pronto los distribuidores automáticos de comidas serían tomados por asalto.
Giobbi se detuvo a su lado.
—¿Qué vas a tomar?
—Leche y macedonia de frutas.
—¿Estás loco? Yo me tomaré un hermoso bistec con patatas fritas.
—Hazme un favor, Giobbi: no me llenes más la cabeza. La C.M.G. me está haciendo difícil la existencia. Esta tarde debo pasar el control de la nicotina.
—¡Hum! Mal asunto, Berti.
—Sí, en estos últimos días he fumado como un turco. Me van a multar. Y toda la culpa es de aquel hediondo que he encontrado esta mañana en el helibús. Estaba en regla, pero ha querido someterme igualmente a una inspección especial. Si me lo encuentro ahora, palabra que lo hago trizas.
Se sentaron en un ángulo, de espaldas al gran cartel en el cual la C.M.G. recordaba a todos los convencionados un antiguo aforismo de la escuela médica de Salerno: «Defecatio matutina est tamquam medicina». Una vez, Nico había presentado un escrito pidiendo que quitaran de la pared al menos aquel cartel, pero no obstante las doscientas firmas recogidas la petición había sido denegada.
La leche tenía un sabor desagradable. Nico engulló tres vasos y se quitó el mal gusto con la macedonia de frutas, después se quedó absorto contemplando el plato de Giobbi. El bistec parecía excelente, y la pequeña pirámide de patatas fritas exhalaba un aroma tentador.
Se levantó de golpe.
—Préstame el periódico —dijo—. Me voy arriba.
Tomó un vaso, otra botella de leche, y salió de la cantina con la cabeza baja.
Arriba y abajo, a lo largo del corredor de la oficina de correos. De tanto en tanto se acercaba a las grandes mesas del vestíbulo, daba una ojeada a los impresos de giro postal y telegramas, miraba el cuadrante luminoso del gran reloj eléctrico.
Nico acostumbraba ser puntual. A las ocho y media Doris comenzó a sentirse preocupada. Taconeó nerviosamente. Después, no pudiendo dominar su impaciencia, reemprendió su paseo arriba y abajo, los ojos ahora fijos en la encristalada puerta de acceso, ahora vueltos ansiosamente a la esfera del reloj.
No viene, empezó a pensar. Le ha sucedido algo y no viene. Esperaré aún cinco minutos, luego me iré a casa. Su mirada se posó en la ventanilla de certificados. C-e-r-t-i-f-i-c-a-d-o-s. Doris se puso a contar las letras que formaban la palabra: sí, no, sí, no, viene, no viene, sí, no, sí, no… ¡No! No viene, no viene ya, le ha sucedido algo.
Sin embargo, Nico apareció precisamente en aquel momento. Pálido, el rostro un poco distendido, los ojos muy abiertos y la corbata eternamente torcida.
Él no dijo nada. La tomó por la mano y se apresuró a largas zancadas hacia la salida, la condujo fuera en medio de la multitud, allí donde el tráfico era ensordecedor.
La via del Corso parecía la entrada de un hormiguero, confusión, atascos, cuatro pistas elevadas llenas hasta los topes, grupos de gente delante de los escaparates y en las entradas de las aceras rodantes.
—Telefonea a casa —dijo Nico parándose en la entrada de un bar—. Di que esta noche cenas fuera.
—¿Pero por qué? ¿Qué te pasa? Responde.
—Telefonea, hazme caso. Siento deseos de estar contigo, pero tengo un hambre de lobo. ¿Has comprendido? Una pizza, una cerveza, y después a Villa Borghese.
Doris entró en el bar, se metió dentro de la cabina telefónica y arregló las cosas en treinta segundos.
—Después me explicarás —dijo, reuniéndose con él.
—Seguro, seguro… —Dio vuelta a la esquina de via Frattina, condujo a la muchacha hasta un local tranquilo, la ayudó a sentarse en la alta silla, al fondo de una sala estrechísima donde no había nadie.
Comieron en silencio. Nico engullía grandes bocados con voracidad, como si estuviera en ayunas desde hacía una semana. Doris, en cambio, jugueteaba con los cubiertos. Lo miraba absorta, una mirada melancólica, maternal, ahora dirigida al movimiento rítmico de sus mandíbulas, ahora al latido de las venas de sus pulsos.
Es un chiquillo, pensaba. Es como un chiquillo. A veces, sin embargo, Nico le parecía como un ser autónomo venido al mundo sin el concurso de progenitores, una especie de deidad absurda, inasequible.
No dijo nada, esperó a que Nico terminara. Nico retiró el plato suavemente, un gesto rudo y mesurado al mismo tiempo, se limpió los labios con la servilleta de papel, hizo una pelota con ella, la arrojó al plato y se hurgó los bolsillos en busca de los cigarrillos.
—He estado en via del Gambero —dijo.
—¿En la via del Gambero? ¿Y por qué?
—He estado en via del Gambero —repitió Nico—. En el Ambulatorio Central. He pasado el control nicotínico.
Doris abrió su bolso, se puso a buscar algo en su interior, más que nada para darse una continencia. Nico se lo contó todo.
—¿Y entonces?
—El resultado de los análisis no estará hasta pasado mañana. Pero estate tranquila, no ocurrirá nada. Hoy he bebido leche casi hasta la náusea. ¡Y no he fumado, sólo cuatro cigarrillos!
Al fondo de la via Frattina, la escalinata de la Plaza de España se extendía en sus blancos peldaños de piedra como el salto de una cascada de leche sucia. La luna asomaba los ojos tras los tejados, entre una inextricable maraña de antenas de televisión.
—Estate tranquila —seguía repitiendo Nico—. No ocurrirá nada, les he engañado, ya lo verás.
Continuaba sujetándola por la mano, la conducía lentamente por las suaves curvas de la escalinata, subiendo bajo los globos de luz y los densos arbustos de laurel rosa.
Se detuvieron a lo largo de la avenida, junto a la balaustrada. Había una bóveda de palmeras y de pinos altísimos. Y una fuente, al lado, que murmuraba levemente. Una sombra profunda, olorosa. Más allá de las terrazas del Pincio, bajo una cúpula fosforescente, Roma parpadeaba enigmática.
Comenzó a besarle las manos, las muñecas, los antebrazos. Doris intentaba resistirse, un poco por juego, un poco por temor a que alguien los viese.
—Escucha —dijo Nico, sujetándola por los hombros mientras la besaba en el cuello—. Escucha…
—Estate quieto, Nico. Ven, vamos a sentarnos.
Pero él la tenía prisionera. La besó en la boca, largamente, y otra vez, y otra, hasta que sintió el cuerpo de Doris relajarse y abandonarse entre sus brazos.
Un levacar vino a detenerse a pocos pasos. El conductor abandonó la calzada de vitroplast e hizo tomar tierra al aparato al borde del terreno herboso. La luz de los faros les dio de lleno.
—¡Mira este cretino dónde ha ido a meterse!
Ella recobró rápidamente la compostura.
—Vayamos a sentarnos —dijo—, ahí hay un banco libre.
La siguió de mala gana. Doris reía, pero él estaba furioso, caminaba con los puños apretados, los músculos contraídos.
—Cálmate, Nico. No seas ridículo. Siéntate aquí a mi lado y dime alguna cosa…
Nico resopló.
—¡Vamos, vamos! ¿Por qué te lo tomas tan a pecho?
—Voy a ir allá y le desfondaré el coche a fuerza de patadas.
Ella le apoyó los dedos sobre los labios.
—Nico, aquí también se está bien, cálmate.
—Sí… El día que me compre yo el levacar, voy a hacer una degollina. Voy a llenar el tubo de escape de bombas fétidas. Quiero apestar Roma, quiero asfixiarlos a todos, y al primero que se atreva a decirme una palabra le parto la cara.
Recogió un puñado de piedrecillas y se puso a echarlas, una a una, a la fuente. La cólera desapareció lentamente, dejando su lugar a una melancólica resignación. Poco a poco la conversación tomó el giro acostumbrado, el tema fue el de todas las tardes, tú de qué color lo preferirías, yo gris, aunque el azul marino también me gusta, pero negro no, el negro es fúnebre, de todos modos no tengo más que sesenta mil, hace falta esperar aún un año, si no tuviera que pagar todos los meses la cuota de la C.M.G. podría comprarlo ahora mismo, el día menos pensado rescindo el contrato, cállate, Nico, es una locura, sabes bien que la C.M.G. es indispensable, lo sé, lo sé… pero también el levacar es indispensable.
Y aún: pero incluso el rojo es dentro de todo un buen color, tengo ya sesenta mil, es mejor que las guardes tú aparte, podré reunir probablemente otras sesenta mil este verano con las horas extraordinarias, si no fuera por la C.M.G. todo sería tan sencillo, por favor Nico no empieces otra vez, piensa un poco, sí, sí, pero con el dinero que todos los meses regalo a esos cerdos podría pagar los plazos, cállate, no digas eso, ya lo sé, pero sería todo tan sencillo, tan sencillo…
—Sí, pero dime, ¿y si te sales de la Convención y después te pones enfermo?
—¿Quién, yo? Reviento de salud, nunca he tenido ni siquiera un poco de temperatura en toda mi vida. Se me han comido millones, esos cochinos. Desde que nací estoy pagando esta estúpida tasa.
Hablaron aún, largamente. Después Doris empezó a mirar el reloj.
—Es tarde —dijo suspirando.
—¿Tarde? ¿Quieres acaso volver ya a casa?
La acariciaba suavemente.
Doris apoyó la cabeza contra su hombro y le dejó hacer. Le gustaba la voz de Nico cuando le hablaba dulcemente, con los labios pegados a su oreja.
Cerró los ojos, pero un rumor de pasos sobre la arena se los hizo abrir de golpe. El hombre de la C.M.G. se había parado delante de ellos, inmóvil en la penumbra. La placa fosforescente con las dos serpientes entrelazadas campeaba en su ropa, un ojo sádico e inquisidor.
—¿Y bien? —dijo Nico con voz súbitamente agresiva—. ¿Qué pasa, está prohibido?
El otro encendió su linterna eléctrica, miró su reloj, después sacó el higrómetro del departamento especial de su sombrero.
—Es demasiado tarde —dijo—. Y hay humedad, muchachos. Mejor que se vayan a un café.
—¡Pero qué tarde ni qué café! Nosotros vamos donde nos parece.
—Con cortesía, jovencito. No se agite. Yo le he dado un consejo… —consultó de nuevo el higrómetro—. Dentro de media hora esto estará lleno de niebla, será mejor que se vayan. Si la humedad aumenta y algún compañero mío los coge aquí, entre las plantas, se encontrarán en un atolladero.
—¡Pero aquí no estamos ni mucho menos solos! ¡Hay una pareja tras cada arbusto, y viene a tomarla conmigo, precisamente conmigo! ¡Basta, por Dios! Vaya a pararle los pies a algún otro, a aquellos del 600 por ejemplo.
El hombre de la C.M.G. dirigió la luz de su linterna en la dirección indicada.
—Aquel señor está en el levacar —dijo tranquilamente—. La capota está cerrada, los cristales alzados. No hay infracción. Para mí es como si estuvieran en su casa.
Nico apretó los dientes, echando espuma por la boca. Doris tiraba de su manga, lo irritaba aún más. Pero su garganta estaba bloqueada, no conseguía pronunciar ni media palabra.
—Yo les he advertido —dijo el hombre de C.M.G.—. Era mi deber. Buenas noches, buena suerte y salud.
Nico necesitó un cuarto de hora para tranquilizarse.
—Ha sido un día negro —murmuró—; todo me ha salido mal, todo se me ha atravesado.
Lentamente recorrieron las pendientes del Pincio, la Piazza del Popolo, el paseo de Ripetta. La casa de Doris estaba en el Trastevere, faltaba aún un buen trecho, pero Nico prefirió acompañarla a pie, no obstante las aceras rodantes que aún estaban en funcionamiento.
—Adiós —la saludó, cuando llegaron, deteniéndose delante del cerrado portal. Una cariñosa palmada, una sonrisa leve—. Te llamaré mañana.
Era tarde. Nico apresuró el paso, compró un periódico en el kiosco del Puente Garibaldi y echó a correr para alcanzar el helibús-exprés.
Mantuvo los ojos bajos durante todo el trayecto, atormentando el periódico entre sus manos nerviosas. Estaba irritado, irritado hasta reventar. La C.M.G. lo perseguía por todas partes, en la oficina, en la calle, en casa, en el helibús, en el espaciocine. ¿Cuánto tiempo resistiría? Él no era como Giobbi, no era una oveja imbécil dispuesta a dejarse llevar por la nariz para siempre.
En casa se sirvió una abundantísima dosis de coñac, llevó el vaso y el periódico sobre la mesilla de noche y se desvistió lentamente. Después, encendió un cigarrillo y se metió en la cama. Fumaba y leía, bebía y pensaba. Una isla, pensaba, querría una isla desierta. Yo y Doris, en la isla, y vivir como Dios manda.
—¡Ahí en el cuarto piso! —gritó una voz de hombre desde la calle—. ¡Eh, ahí arriba, señor Berti!
Era Espósito, el controlador del bloque. Nico no se movió.
—¡Cierre la ventana, señor Berti!
—¡Muérete! —dijo Nico en voz baja. Y bebió un largo sorbo de coñac.
—¡La ventana, señor Berti!
—¡Muérete! —repitió Nico. Y aspiró ávidamente el humo del cigarrillo. Mejor no responder, pensó. Mañana, cuando lo encuentre y me pida explicaciones, le diré que no estaba en casa y que me había dejado la luz encendida.
Espósito llamó aún cinco o seis veces, después se hizo el silencio. Antes de apagar la luz. Nico terminó el paquete de cigarrillos.
—Mi joven amigo —decía el profesor Crescenzo—, usted es un hipersensible. Como todos los jóvenes, por otra parte. Pero esté tranquilo, la juventud es una enfermedad que no dura mucho, un buen día incluso usted se dará cuenta de que estará completamente curado…
Tocó el borde del tablero, lo alineó con el de la mesa y colocó las piezas en sus casillas, meticulosamente.
—¿Y entonces? —dijo Nico—. ¿No hay esperanzas de que la cosa cambie algún día? El sistema es absurdo, es inicuo, es insoportable…
—Perdóneme —lo interrumpió el profesor Crescenzo—, pero usted ¿ha venido aquí a jugar al ajedrez o a discutir problemas sociales?
—Yo… yo querría un consejo, profesor.
—¿Un consejo? —Crescenzo levantó la cabeza y por un instante lo miró fijamente. Después se quitó las gafas, echó el aliento sobre los cristales y se los limpió con un pañuelo—. Un consejo… Hummm… ¿Y de qué naturaleza?
Nico vaciló.
—Éste… Querría salirme de la Convención.
El profesor Crescenzo permaneció impasible. Terminó de limpiar las gafas y encendió otro cigarrillo, el cuarto desde que Nico había entrado.
—No espere que yo le diga bravo —dijo Crescenzo—. ¿Ha reflexionado lo suficiente sobre lo que intenta hacer?
—Bien, es una idea que estoy acariciando desde hace ya bastante tiempo.
—Hágame caso, acaricie todo lo que quiera la idea, pero continúe acariciándola. No tome nunca una decisión de este género.
Nico sonrió.
—Dígame, profesor, ¿desde hace cuántos años está usted fuera de la Convención?
—¿Fuera? Yo nunca he estado inscrito en ella. En el 74, cuando las viejas formas de asistencia sanitaria adoptaron la estructura actual, hice un profundo examen de conciencia y decidí que no. No fue por el dinero, se lo aseguro. La cuota mensual, al menos en los primeros tiempos, no era muy alta. Pero en mi vida jamás he aceptado imposiciones o chantajes. Lo hice por una cuestión de principios. Y me equivoqué.
—Pero en suma, ¿se ha arrepentido de ello?
El profesor se levantó, abrió una alacena y volvió al lado de la mesa con dos vasos y la botella de whisky.
—Escúcheme bien —dijo, sirviendo el licor—. He fumado siempre cuarenta cigarrillos al día, he bebido todo el alcohol que me ha dado la gana, no he seguido nunca ninguna dieta alimenticia, ninguna cura de calcio, rayos, reconstituyentes o cosas así. No sé en absoluto lo que son todas esas pastillas, pomadas o inyectables que todos ustedes están obligados a llevar encima, en los bolsillos. ¡Incluso he ahorrado mucho dinero, es cierto! Esta casa, los libros, los cuadros, los objetos de arte… Seguramente no tendría nada de eso si hubiera tenido que pagar a la caja de la C.M.G. mi contribución mensual. Pero esto no significa que yo no haya sufrido. Jovencito, usted no puede saber lo que significa despertarse sobresaltado, en medio de la noche, bañado en el sudor helado de la pesadilla. Usted no sabe nada de la lenta, continua y corrosiva aprensión, del miedo que se insinúa en cada pensamiento, un miedo siempre presente, siempre listo para envenenarte cualquier instante de alegría, para destruirte cualquier momento de serenidad. Esto no es retórica, jovencito. Desde hace demasiados años me voy cada noche a dormir con el terrible pensamiento de levantarme enfermo, moribundo, sin un perro de médico dispuesto a visitarme, a prescribirme una cura eficaz.
Nico frunció los labios, como para hablar, pero el profesor le previno:
—No me plantee ahora la estúpida pregunta de costumbre. Usted sabe bien por cuáles motivos, muy a mi pesar, he debido renunciar siempre a la idea de reconciliarme con la C.M.G. Usted sabe bien que para volver a entrar es necesario el pago de todos los atrasos, más una sanción que da vértigo, una cifra que en conjunto es imposible reunir. Piénselo bien, amigo. No tome decisiones precipitadas. Una vez se haya separado no tendrá otro médico que usted mismo, deberá fiarse únicamente de su buen sentido, de su instinto. Y de la suerte. Sobre todo de la suerte.
—Pero en compensación seré libre —suspiró Nico amargamente—. Podré comprar inmediatamente el levacar y un montón de otras cosas. Y después… Y después no deberé soportar más los reglamentos, todos esos controles ridículos, los rostros estúpidos de los controladores cuando te soban para ver si llevas la faja…
—Tonterías —decía Crescenzo—. Tonterías… Bien, ¿empezamos esta partida?
Nico sujetó el tablero por un lado, indeciso.
—Siento necesidad de desahogarme, profesor. Ya no puedo más. Yo… yo no comprendo cómo el gobierno puede dar su beneplácito a una organización como la C.M.G.; no comprendo cómo haya podido enraizarse, imponer sus propias condiciones a placer, sin control, sin freno, sin que nadie en un cierto momento haya dicho basta, terminemos con esa payasada y volvamos al viejo sistema. Sé que hace cincuenta años el médico, sin ser un millonario, vivía igualmente bien. Cuando uno se sentía mal lo llamaba, se hacía visitar y después lo pagaba, más o menos como se pagan todas las prestaciones de este mundo. Ahora no, ahora es necesario pagar una prima cuando se está sano, para tener el triste consuelo de interrumpir el pago cuando uno enferma. Es un contrasentido idiota, un abuso, un absurdo más de nuestro loco siglo…
—No, amigo mío. No es un absurdo. Es un sistema que fue puesto ya en práctica hace cinco mil años.
—¿Eh?
—Estoy doctorado en historia, y si lo digo yo… Mire, hace cincuenta siglos los ciudadanos de Manchuria tenían poca confianza en la seriedad comercial de sus médicos. Y siempre ha sido así, en cualquier época y lugar. El médico, en general, ha tenido siempre tendencia a aprovecharse de las enfermedades de sus clientes: cuanto más larga es la enfermedad, mayores son sus honorarios. En resumidas cuentas, digamos la verdad: aunque se trate de una enfermedad sin importancia, un médico sin escrúpulos sabe sacarle provecho, comienza a prescribirte esto y aquello, te receta pastillas que no te sirven para nada, te mira, te palpa, te examina, viene a visitarte día y noche. Bien, un buen día un ciudadano chino se sintió harto de ser engañado. «Te pagaré cuando esté bueno —dijo a su médico— y continuaré pagándote cada luna una cantidad igual mientras guarde buena salud; pero si vuelvo a enfermar, desde aquel mismo momento no recibirás de mí ni un gramo de plata ni un grano de arroz, no te daré nada durante todo el tiempo que esté enfermo». El médico aceptó la propuesta y el hombre sanó al día siguiente. ¿Has comprendido? Nosotros nos hemos dado cuenta con cincuenta mil años de retraso que es más conveniente apoyarlo todo en el aspecto económico del asunto que en la ética profesional…
Nico palideció.
—Pero entonces… ¡Entonces usted da la razón a la C.M.G., usted encuentra que es justo, usted defiende el sistema!
—Sí, pero condeno el método que ha hecho degenerar el sistema. La sabiduría china supo indicar el camino justo, pero la avidez occidental lo ha arruinado todo. Y esto era preciso prevenirlo, era preciso desde el principio impedir que la unión de los médicos adquiriese tanto poder, la ley debería haber intervenido fijando las tarifas y sobre todo no permitiendo que el interesado celo de los Esculapios penetrase poco a poco en la vida privada de los ciudadanos, asfixiándolos. Ciegos y obtusos legisladores no han visto todo eso. O quizá sí, quizá lo han intuido, pero alguno habrá abierto los cordones de su bolsa y así la ley ha pasado. Al principio era una locura. Usted no lo sabe, no puede recordar, pero había gente en aquella época que corría a hacerse visitar cuatro veces al día, así, por el simple gusto de desnudarse delante de una bata blanca. Y los médicos, siempre amables, siempre paternales. Tenían buenas palabras para todos, para los histéricos, para los crónicos, para los enfermos imaginarios. Venían después los inconscientes, aquellos que no tenían el menor cuidado con su salud: ¿para qué?, decían; si enfermo, tengo ahí al doctor listo para curarme en un dos por cuatro. La C.M.G. se cansó pronto. Y entonces, de organización exclusivamente curativa, terminó transformándose en organización también y principalmente preventiva. De este modo, los médicos trabajan menos y ganan más, las enfermedades son menos frecuentes, los ingresos son mayores…
—¡Es una vergüenza, eso es lo que es!
—Mi joven amigo, las recriminaciones son del todo punto inútiles; hay que considerar la realidad efectiva, como decía un historiador del siglo dieciséis. Los métodos que hoy persigue la C.M.G. son ciertamente inicuos, pero en absoluto extravagantes. En resumen, una vez que uno acepta ponerse bajo la tutela de la Convención, no debe asombrarse de que luego la Convención haga todo lo posible por impedir que la temperatura de su cuerpo supere los treinta y siete grados centígrados.
—De acuerdo, pero ¿y el gobierno? ¿Por qué el gobierno no acude a resolver la situación?
—¡Pfff! —rezongó el profesor Crescenzo—. El gobierno, desde que el mundo es mundo, ha estado siempre al servicio de las clases más poderosas. Eso es una emanación directa de los centros de poder económico. Su deber es defender el capital. ¿Qué queremos entonces? La riqueza está hoy en manos de la C.M.G., de los constructores de levacars, de los canta-autores de canciones…
—¡Por caridad, no me hable de canciones: paso todo el día en medio de litigios musicales!
Pero el profesor estaba ya lanzado, de su boca salían ráfagas de palabras, y Nico no era capaz de seguirlo.
—El grupo más potente es el de los médicos —continuaba Crescenzo impertérrito—, tan potente que incluso ha puesto a la iglesia bajo sus órdenes. Siempre ha habido una cierta tirantez entre la medicina y la religión, entre los que cuidan la salud del cuerpo y la del alma, entre los de allí y los de acá. Hoy la balanza parece inclinada hacia la parte de aquí, la de la tierra. El mundo siente unos deseos incontenibles de vivir, no tiene tiempo de escuchar a la religión. El cuerpo ha ganado su batalla ideológica, y el médico su batalla económica. Él es el dueño, el dominador absoluto e indiscutible, el que tiene en sus manos las dos llaves de Federico…
—No le comprendo, profesor.
—Bromeaba, muchacho. Decía cosas por decir. Pero se vocifera que el treinta y cinco por ciento de las acciones de las Industrias Automovilísticas Reunidas pertenece a la C.M.G. Son potentes, amigo mío. Son potentísimos, tienen en sus manos las dos llaves: la salud y el levacar, las dos más grandes preocupaciones del hombre moderno. Sí, uno puede siempre intentar evadirse a través del pathos de la canción, ese grano de opio que se ofrece al pobre para idiotizarlo debidamente, para desviarlo, para no hacerle pensar en cosas importantes. Creo, sin embargo, que la C.M.G. también ha puesto sus tentáculos incluso en las casas editoras musicales.
El profesor Crescenzo se echó a reír, una risa demente que hizo sobresaltarse a Nico.
—Esculapiocracia… —decía Crescenzo—. ¡Es-cu-la-pio-cra-cia!
Y reía, reía, con los dientes apretados. Reía…
Sábado. Sábado por la mañana, a las nueve. Es hermosa Roma, toda agujas y cúpulas, el cielo azul pálido y las cascadas de estilizadas golondrinas que se lanzan desde los campanarios. El aire huele a pino y a menta. A lo largo del Tíber no hay aceras rodantes, allí no pasan tampoco los helibús. ¡Son tantas las calles de la Roma vieja que aún permanecen así, como cien años antes!
Doris camina lentamente. La oficina ya no existe, está cerrada, han desaparecido todos, esfumados como fantasmas, hombres y cosas, la máquina de escribir, los papeles timbrados, los sellos, las copias de las cartas. El notario ha muerto, ha muerto hasta el lunes. Por dos días no deberá soportar su voz estridente como una sierra, sus cambios de humor, la fatiga, el aburrimiento.
Nico la espera a la entrada del metro que conduce a los Castelli, pero ella ha llegado demasiado pronto; vacila, vuelve casi sobre sus pasos, se detiene un instante delante del puesto de flores, atraviesa la calle, se apoya en el pretil del puente y mira abajo; el Tíber se desliza en vórtices de oro líquido, una motora emerge de bajo la arcada, el hombre que hay a bordo parece de metal.
A lo largo de la calle los plátanos tienen las hojas translúcidas, puñados de gemas, parece que los troncos blancos y azulados distiendan sus cortezas, como animales bostezando al final de su letargo. Le gusta pasar la mano sobre la áspera corteza, acariciar, caminando, los nudos y las irregularidades de la madera, sentir que más allá del cemento, el plástico y el acero existe también el misterio vital de las plantas, algo hecho por sí mismo y no por las manos del hombre.
Se da cuenta, en aquel momento, de que es realmente primavera. Y entonces, a la luz de la calle que se le aparece repentinamente distinta, acelera el paso, casi corre, como abrazando estrechamente su descubrimiento…
—¡Nico!
Está aún pálido, con el rostro distendido. Tiene profundas ojeras, pero su mirada es lúcida, cariñosa. Y las manos. Las siente, las reconoce: un nido de ternura, una certeza.
Nico la toma del brazo, se encamina en dirección opuesta a la entrada del metro.
—¿Qué pasa? ¿Algún contratiempo? No me digas que el paseo se ha ido al traste.
Nico se detiene delante de un puesto de bebidas.
—Tomemos un café —dice. Y se pone a silbar, tabalea en la tapa del azucarero, mira al techo y al tubo neón violeta que circunda toda la pared.
—Pero en fin, ¿vamos a los Castelli o no?
—Por supuesto; el tiempo de tomar un café y nos vamos.
Mira afuera, la taza pegada a los labios. Hay un levacar al lado de la acera rodante, un utilitario rojo, nuevo flamante.
—Me gustaría ir en aquello —suspira, señalando con la barbilla— en lugar del metro, más de veinte kilómetros bajo tierra, apretados como sardinas…
Doris sacude la cabeza.
—Por favor, Nico, no comiences otra vez.
Salen. Pero él vacila, da una vuelta al vehículo, lo acaricia con los ojos y después apoya una mano en la carrocería.
—Es hermoso —dice—. ¿Qué te parece?
—Es hermoso, sí. Pero ahora vámonos, si no encontraremos todos los sitios ocupados.
—¿Te gusta de verdad?
Un manojo de llaves. Nico tiene en la mano un manojo de llaves, lo tiene bien a la vista, a la altura de los ojos, y lo agita, ríe, lo hace tintinear.
—¡Es mío!
Doris se echa a reír.
—¡Loco! ¡Siempre tienes ganas de andar bromeando!
Pero cuando él introduce la llave en la cerradura y abre la portezuela, palidece.
—¡Oh, Dios!, ¿qué historia es ésa?
—Sube.
—No. Quiero primero una explicación.
—¡Vamos, sube! Te lo contaré todo.
Doris está indecisa, mira con desconfianza el tapizado de los asientos, la palanca del cambio, los pedales. Nico ha insertado ya la llave del contacto, en el cuadro de mandos se han encendido las luces espía verde y roja. Se ve ridículo al volante, no parece verdadero, no, todo es una broma, ahora bajará y dirá que estaba jugando, pedirá excusas, se dará cuenta de que ha sido una broma de mal gusto, una tontería…
—¡Vamos, ¿qué esperas?!
Las piernas le tiemblan. Entra en el levacar con movimientos torpes, casi se deja caer en el asiento y no sabe cómo se cierra la portezuela.
—Hermoso, ¿eh? Nuevo flamante. Y tiene de todo, ¿sabes? Mira, esto es la radio; aquí está la boca de la calefacción, el limpiaparabrisas, las luces de mando, el portarevistas, la refrigeración… Y aquí el sitio para el tocadiscos. Apenas reúna un poco de dinero lo haré instalar.
—Pero entonces… ¡Entonces es realmente tuyo!
—¿Y de quién quieres que sea? ¿De mi abuelo?
Nico introduce la marcha, el levacar se empina en una arrancada un poco brusca, de principiante. Al otro lado del parabrisas, la calle parece un teatro, los peatones andan aprisa, aprisa, grotescos, son grotescos, parecen marionetas.
—Por favor, Nico. Explícame…
El levacar se ha metido en medio del tráfico. Nico conduce atentamente, gira a golpes la mirada, teme los cruces, frena, acelera de nuevo, se ladea en las curvas, rozando casi la calzada opuesta al entrar en ellas.
—Nico…
—¡Calla!
El levacar es pequeño, una cosa insignificante, pero Nico coge el volante como si fuera el timón de un velero. Después la ciudad se termina, los edificios se hacen más raros, comienzan las fábricas, los prados desnudos aparecen entre las manzanas de casas como tapetes sucios y llenos de agujeros.
La carretera es ancha, con cuatro pistas. El vehículo se desliza veloz, no se advierte ni un zumbido. Ahora Nico está tranquilo, enciende un cigarrillo.
—Llegó ayer —dice—. Al mediodía.
—¿Ayer? ¿Qué?
—El resultado del análisis.
Doris hace chasquear los dedos.
—Ahora comprendo. Los has engañado, ¿eh? Te has quitado de encima el miedo a la sanción, y con el dinero que tenías aparte has comprado el coche. Pero no tenías bastante. ¿Quién te ha dado lo que faltaba para el anticipo?
—Nadie. Había bastante con lo que tenía. He firmado veinticuatro letras de cuarenta mil…
—¡Tú estás completamente loco! Has hecho estos mismo cálculos miles de veces, sabes muy bien que unas letras así no podrás pagarlas nunca.
—Ahora podré. Escúchame, Doris. Me atraparon, ¿comprendes? El análisis dio resultado positivo. Siempre a la caza de dinero, los vampiros. Querían que les pagara la sanción dentro de un mes. Pero son unos ilusos. Con esto ya me he hartado. La idea de tener que darles a ellos todo lo que había reunido, la sola idea de tener que volver a comenzar de nuevo…
—¿Qué has hecho, desgraciado?
—He rescindido el contrato. Una hermosa carta certificada con acuse de recibo. ¡Ha sido bastante! Me he salido de la Convención, ahora podré hacer todo lo que quiera. ¡Soy libre!
Estuvieron discutiendo toda la mañana, apoyados en la balaustrada de la Villa Aldobrandini, bajo un sol blanco, cegador como un sol de estío.
Había carteles por todas partes.
PASEAD BREVEMENTE
NO ESTÉIS LARGO TIEMPO
BAJO LOS ÁRBOLES
¡HUMEDAD!
EL ENEMIGO PÚBLICO NÚMERO UNO
—Dime —argumentaba Nico indicando los carteles—, ¿puede un hombre soportar todo esto? No podía más, Doris.
Un razonamiento lleno de rencor, de irritación. Llevaba dos horas repitiendo las mismas palabras, las sempiternas acusaciones genéricas. Ella se sentía agotada, no encontraba ya fuerzas para replicarle, para decirle que se había equivocado, que había cometido una imprudencia enorme.
Había en el horizonte una neblina azul pálida que ocultaba el mar, el cinturón de montañas y la ciudad lejanísima. Se oía una música entre las encinas del parque. Notas agudas, aflautadas, trinos, gorjeos, un sonido de voces antiguas y mágicas. Bisbeos.
Doris no replicó. Puso un brazo bajo el de Nico, apoyó la cabeza en su hombro y sonrió; estaba cansada, cansada, no tenía ya más deseos de pensar, de discutir, de establecer si estaba equivocado o no, no podía, con todo aquel sol… Era hermoso así, abandonarse en el descenso, a lo largo de la vieja calle excavada en el tufo, entre el conglomerado de piedras porosas, la tierra negra de castañas y arcilla.
Cuando regresaron al vehículo, sintió deseos de llorar. Un desahogo inconcreto, pero sin rencor, sin amargura. Las dudas, las aprensiones, el incierto futuro, se deslizaban rápidos, sin importancia, como juegos de manos resueltos en seguida, adivinanzas facilísimas, infantiles.
Acarició la plastopiel de los asientos, pasó un dedo por el aro de goma del parabrisas, apretó el pulsador que ponía en marcha la refrigeración.
—¿Funciona la radio?
—¡Qué pregunta! Es completamente nueva. —Nico giró el dial y la onda sonora invadió la cabina. Doris apoyó la cabeza en el respaldo, cerró los ojos, se dejó mecer por la música, por el zumbido del motor, por el cabeceo suave y amortiguado del vehículo al entrar en las curvas. Parecía que Nico condujera en sincronía con la orquesta. Él le guiñó un ojo. Doris quiso responderle del mismo modo, pero no sabía: le salió una mueca ridícula, infantil, y Nico se echó a reír.
—Corre, ¿eh? —dijo, dando una ojeada al tablero de mandos—. Y esto aún no es nada, todavía está en rodaje. Verás dentro de unos meses, les ganará a todos.
Llegaron a campo abierto en un abrir y cerrar de ojos. En la puerta de un bar había un muñeco que bamboleaba la cabeza. Una mano enorme tenía el índice apuntando hacia un cartel luminoso en forma de corazón.
¡KRON!
BEBIDA TÓNICA
DESCAFEINADA
—¡Voy a tomarme un café de verdad, a la salud de la C.M.G.!
Después, Nico entró en una tienda que olía a pimienta y especias, compró un pan de pueblo, una bolsa de olivas, cerdo asado y pepinillos en vinagre.
—Vámonos —dijo—. Quiero comer al aire libre, bajo una pérgola, donde no haya carteles.
El levacar volvió a partir, tomó la carretera de Grottaferrata, una sucesión de casitas verde pastel, ocres, anaranjadas. Nico atravesó el pueblo, giró a la derecha, bordeando la Abadía de los Ortodoxos, se detuvo delante de una casa de muros agrietados, sucia y enmohecida, la puerta llena de placas y clavos oxidados.
No había nadie. El interior estaba lleno de botellas, damajuanas, tubos de plástico apelotonados, útiles.
Llamaron al dueño. Del sótano les respondió un gruñido. Mientras, Nico se había puesto a observar las ristras de ajos colgadas de las vigas del techo y las guirnaldas de pimientos morrones dispuestas un poco por todos los sitios.
—¡Fantástico! —repetía—. ¡Mira! Mira aquella mesa, y la pared; sucios, mohosos, dan deseos de acariciarlos.
El dueño apareció de pronto, cargando a la espalda un barril. Llevaron una mesa al aire libre, junto a un matorral de enredaderas. Nico abrió el paquete, después olisqueó la mesa.
—Huele a vino —dijo—. Como si fuera un barril. Inténtalo, prueba de oler tú también ese sano aroma.
Doris obedeció por complacerle.
—Llámalos estúpidos —decía Nico entre bocado y bocado—. Estos campesinos chapados aún a la antigua, viviendo al aire libre, saben al menos lo que comen y lo que beben. Nosotros, los que vivimos en la ciudad, somos un hatajo de idiotas, en medio del hedor y del ruido. Como en prisión. ¿No te has dado cuenta de que vivimos prisioneros?
Otro discurso de Nico. Otra requisitoria inútil. Doris lo dejó decir, esperó pacientemente a que su excitación se apagara. Nico era así, ya lo conocía, hacía falta solamente no contradecirlo y su tono polémico se apagaba en pocos minutos, su voz descendía una octava, se volvía suave, apagada. Como ahora.
—Escucha —decía—. ¿Qué haremos luego? ¿Quieres ir al lago? En Nemi dicen que hay fresas. O quizá no. Quizá sea mejor Tuscolo. Hay allí un bosque encantador. Y no está demasiado lejos.
Quería que Doris bebiera aún. Ella se resistía, alejaba el vaso riendo, un conjunto de interjecciones y de palabras cortadas. No estaba acostumbrada al vino, aquel poco que había bebido se le había subido ya a la cabeza.
Desde lejos, el dueño les hizo un signo. Un gesto de aviso, de complicidad. Pero Doris tenía la mente ofuscada, no se dio cuenta del peligro hasta que el hombre de la C.M.G. compareció a espaldas de Nico.
—Tenemos visita —dijo entre dientes. En aquel momento Nico estaba bebiendo. Se limpió con el dorso de la mano y volvió la cabeza.
Vestido rojo, placa, brazalete, sombrero con termómetro, higrómetro y reactivos. Parecía un buscapleitos.
—Pido perdón —el hombre de la C.M.G. era gentilísimo—. Una simple formalidad, señores. ¿Aquel levacar?
—Es mío.
—Nuevo, ¿eh?
—Novísimo, me lo entregaron ayer.
—¿Y la conducción? Supongo que será usted un principiante…
—Por completo. Conduzco pésimamente.
—Bien. La sinceridad es una virtud que apreciamos muchísimo, pero la afirmación es grave. Se dará cuenta de que como principiante está usted obligado a observar la más estricta disciplina —indicó el vaso y la botella de vino—. Usted representa un peligro público incluso con la mente lúcida, querido señor. Debería controlarse, no entregarse a Baco.
El hombre de la C.M.G. hurgó en su bolsillo, sacó un estuche de plástico, lo abrió, tomó una bolita blanca, grande como una avellana.
—Por favor —dijo, tendiéndosela a Doris—. Manténgala en la boca durante medio minuto.
—Un momento. El levacar lo conduzco yo, ella no tiene nada que ver con esto. Tú; Doris, quédate quieta. —Los ojos de Nico se habían hecho pequeños—. No está ebria —dijo—; no bebe nunca, es abstemia. Puede pasar el control del índice alcohólico ahora mismo, pero la bola no, no veo por qué tenemos que darle esta satisfacción. Hágame el favor, guarde sus reactivos y lárguese. ¡Vamos!
El hombre de la C.M.G. vaciló, pero en seguida hinchó el pecho y recuperó la compostura.
—De acuerdo, digamos que la señorita está en regla. Pero ¿y usted? Usted está ebrio, señor, y puedo demostrarlo. Por favor.
Dejó la bolita blanca al lado del vaso. Nico se echó a reír.
—¿Quiere que me la ponga en la boca? ¡En seguida!
Guiñó el ojo a Doris, se metió en la boca el reactivo y encendió un cigarrillo. Después se sirvió de beber. El inspector palideció, consultaba constantemente el cronómetro, procurando mantenerse impasible.
—Déjemela ver —dijo.
Nico escupió la pequeña bola sobre la mesa. Era de color cereza.
—Tal como había supuesto —dijo el hombre de la C.M.G. con aire de triunfo—. Queda usted sancionado, señor.
Nico sacudió lentamente la cabeza.
—Se ha equivocado de hombre. Me río de su sanción: ¡yo no estoy convencionado!
Se volvió de espaldas, riendo. El controlador de la C.M.G. adoptó un color terroso.
—Es inaudito. ¿Por qué no lo ha dicho en seguida?
Nico se alzó de hombros.
—Presenté mi renuncia ayer. —Sacó los documentos de su bolsillo y los abrió sobre la mesa—. Tome buena nota y compruébelo si gusta.
El hombre de la C.M.G. se alejó con la cabeza baja. Doris reía, pero se puso seria cuando vio a Nico hacer un gesto obsceno en dirección al inspector.
—Déjalo, ya basta.
Pero estaba alegre, no había nada que pudiera enturbiar su buen humor, continuó riendo. Levantó una mano e imitó unos cuernos. El puño parecía la cabeza de un enorme caracol.
—Dame de beber, hoy es un día muy especial.
Su voz era un poco ronca, parecía la de una actriz cuando hace el papel de una alcoholizada. Nico sintió un deseo agudísimo, una necesidad de conocer la verdadera naturaleza de Doris, como si la muchacha se la hubiera estado escondiendo siempre, como si Doris, por meses y meses, le hubiera recitado una comedia, el papel de chica formal.
Le sirvió el vino con mirada atenta. Pero después, aún mirándola, sintió de improviso un sentimiento de culpabilidad.
Partieron en seguida.
Era una vieja carretera asfaltada. El levacar avanzaba, con el motor a toda marcha, bajo una galería de vegetación, entre hendiduras de colinas verde esmeralda, a través de valles inundados de sol. Después, tras una larga serie de estrechos e imprevistos recodos, la carretera terminó bruscamente en un claro rodeado por una balaustrada. No había casi nadie, tan sólo tres o cuatro levacar aparcados a la sombra de los castaños.
Nico echó a correr, subió por un camino empinadísimo. Doris lo seguía a duras penas, el bolso al hombro y en la mano el transistor.
Una explanada que casi tocaba al cielo. Hierba, matorrales, arbustos opulentos de verdor y de sombra. Y las ruinas. Emergían en medio de la hierba, viejas y rotas, como esfinges premonitorias. El valle se extendía allá abajo en una sucesión de viñedos y olivares, profundo y lejano, inmenso, y la figura de Nico, inmóvil, se recortaba sobre el borde del abismo, contra el perfil de los azulados montes.
Gritó. Un grito sin motivo, sin miedo, un modo cualquiera de demostrarse a sí misma que estaba viva, de reconquistar el tiempo que se había detenido, para no morir inmersa en la grandiosidad del paisaje.
Puso la radio a todo volumen. Pero la música sonaba ridícula, inadecuada. Las ruinas eran los restos de un antiguo teatro romano. Probaron de bailar sobre los escalones quebrados, musgosos. Nico la estrechaba hasta casi cortarle la respiración. Música ligera, un ritmo artificioso. Doris apenas oía la voz del cantante, un joven castrado que aflautaba las notas, que se esforzaba por prenderla en el estúpido mundo de una cancioncilla sentimental. ¡Ella quería otra cosa! Era un momento perfecto aquél. No podía estropearse así, en el juego aburrido y estúpido de una discusión.
—Ven, Doris; ven. —La voz de Nico era irreconocible.
Había un sendero blanco, empedrado, con musgo entre las fisuras de las antiguas piedras. Cuando él la cogió por la mano y la arrastró hacia allá, no opuso resistencia. El sendero se perdía bajo un túnel de ramas entrelazadas, una cúpula de hojas translúcidas, verde brillante.
Estaba ahora recostada a su lado, en un lecho de musgo, en un nido blanco y acogedor, casi respirando la felicidad vegetal que emanaba de las plantas y de las flores de saúco.
—Escucha…
La tenía entre sus brazos, seguía repitiéndole aquella palabra: Escucha… Escucha… No era capaz de decir otra cosa. Y daba vueltas sobre la hierba, voluptuosamente, respirando su frescor húmedo. Incluso se hizo daño: un cable de hierro oxidado que apenas emergía de la tierra, un arañazo en el cuello, bajo la nuca, un corte sutil que descendía hasta la mitad de su garganta.
Pero él continuaba abrazándola como un loco. No se dio cuenta del arañazo. Sintió el dolor más tarde, cuando se inmovilizó finalmente, cara arriba, mirando fijo al cielo.
Hay una canción que habla de amaneceres floridos. Otra canta las noches llenas de perfume y de sombra, el sol blanco sobre los mares de agosto. Otra aún, banalísima, habla de un amor perdido.
No hay nada más, no surge otra cosa de aquella maldita radio. Siempre así todo el día, desde la madrugada: canciones, publicidad, canciones y canciones, transmisiones para idiotas. Y aún publicidad, un slogan detrás de otro, aire acondicionado, frigoríficos, levacars, el hombre moderno usa esto, usa aquello otro, la C.M.G., toda una secuela de comunicados, de advertencias.
Doris apaga el aparato, aburrida. Termina de peinarse, por un momento permanece delante del espejo, se vuelve de perfil, entreabre los ojos y los labios según un misterioso mohín expresivo.
Cuando le telefonean para decirle que Nico está mal, se echa a reír.
—¡Oh, por favor! Diga a Nico que no haga el estúpido, eso no va conmigo…
Del otro lado del hilo una voz responde secamente. Doris tiene un momento de vacilación.
—Escuche, ahora voy a salir. Debo ir a la oficina. ¡Si es una broma, dígamelo!
Pero el otro insiste. Doris cuelga el receptor.
—¿Quién era? —pregunta su madre asomándose.
—Nada. Nico, que hace el estúpido.
Bebe el café con leche en pie, cerca de la cocina. La sombra de una sospecha se insinúa furtivamente entre los pliegues de su cerebro. No, no puede ser, lo dejé ayer y rebosaba de salud. Hoy voy a divertirme yo, le telefonearé al Ministerio y le diré que me voy a América.
Pero después, en la calle, mientras espera el autobús, la duda la asalta nuevamente. Se inmoviliza, vacilante, viendo a la gente afanarse para coger el vehículo. Deja que éste se vaya, atraviesa la calle, toma el que se dirige en dirección opuesta, a casa de Nico.
Sube corriendo hasta el cuarto piso, llama con rabia. Cretino, piensa. Nico es un cretino, pero me las pagará, obligarme a hacer esa carrera inútil…
En el umbral de la puerta aparece un hombre viejo, en ropa de casa.
—Venga —dice en voz muy baja—. Soy Crescenzo, vivo aquí, en la puerta de al lado. Soy yo quien la ha telefoneado.
Doris se pone blanca como el papel.
La casa de Nico es pequeña, un dormitorio, baño, cocina y salita. Un piso de soltero. Crescenzo la empuja a la salita.
—¿Pero qué tiene? ¿Qué sucede? ¡Dígame!
El profesor abre los brazos.
—Náuseas, vértigo, toda la noche se la ha pasado vomitando. Después han venido los calambres, por todo el cuerpo. Le he dado un analgésico. Déjelo dormir ahora.
No es verdad, Nico no duerme. Del corredor llega un gemido larguísimo. Doris se precipita en la otra habitación: está sentado en la cama, oprimiéndose el costado, las rodillas, los músculos de las piernas. Tiene los ojos que casi imploran, la frente empapada de sudor, el rostro contraído. Después comienza a dar vueltas en la cama, pide agua, algo para beber, el cuerpo se enarca, a golpes, como sacudido por una corriente eléctrica. Y de nuevo aquel gemido largo, doloroso. Doris no acierta a decir nada, tiene miedo de tocarlo, no sabe qué hacer, las piernas empiezan a temblarle, parece como si fuera a perder el sentido y se apoya en el armario.
—Es necesario hacer algo —dice al profesor—. Llamar a un médico, alguien…
Sabe bien que no es posible. Nico se salió de la Convención el viernes, la noticia habrá ya llegado seguramente al ambulatorio de la zona, inútil telefonear, no vendrá nadie, no responderá nadie aunque se le llore. Incluso presentar una carta solicitando de nuevo la inscripción será como dar un puñetazo en el agua. Aparte el dinero de la sanción prevista para volver a ser admitido, son necesarios tres días para tramitar los documentos, y otro día, quizá dos, para que llegue la ficha al ambulatorio. Si no está todo a punto, el médico no se mueve.
—¿Y entonces?
Crescenzo se pasa los dedos por la barbilla, sacude la cabeza, indeciso.
—Conozco un médico —dice—. Pero hace falta saber si vendrá, vive en el campo, a treinta kilómetros de Roma. Ahora ya no ejerce, se dedica a la agricultura desde que lo expulsaron por haber curado a un enfermo no inscrito. Pero falta, saber si vendrá, si estará dispuesto a arriesgarse a ser detenido.
Los ojos de la muchacha tienen un destello de esperanza…
El profesor descolgó el teléfono, Doris se acercó al lecho, tomó entre las suyas una mano de Nico, comenzó a llorar, a decir palabras incoherentes. Él la miró, y sus ojos reflejaban un profundo dolor.
—Es como si tuviera mil perros dentro del cuerpo, mil perros que me mordieran…
Después se volvió al otro lado, de su garganta salió un profundo lamento, y agua, una bocanada de agua amarillenta y viscosa.
—No está —dijo Crescenzo—. La mujer dice que se ha marchado a pescar, que volverá al mediodía. Le he dicho que envíe a alguien a avisarlo, que llamaré dentro de una hora.
—¿Una hora? ¿Pero no ve que está grave? Ha vomitado otra vez, y continúa temblando…
—Haga una cosa. Usted está convencionada, ¿no? Vaya abajo, a la farmacia. Estas pastillas no sirven para nada, necesitamos otras. Diga que tiene ciática, lumbago…, no, mejor una neuralgia, una muy fuerte neuralgia. Quéjese, tiemble, pero hágase dar un analgésico más fuerte, el más fuerte…
Doris estaba indecisa. Miraba al profesor, después a Nico que se retorcía en la cama.
—Yo no puedo —dijo Crescenzo—. No estoy convencionado, no me lo darían.
Salió a la carrera, descendió los peldaños de cuatro en cuatro. Allá en la calle los levacar pasaban constantemente. Imposible atravesar. Y el paso subterráneo estaba lejos, una desviación inútil, con la farmacia al otro lado, allí al frente, un tiempo perdido, irritación; y de pronto un cambio, una laxitud por todo el cuerpo, un desfallecimiento agudo y repentino: no ha ocurrido nada, estúpida, verás como se pondrá bien, no es nada.
El sol que caía sobre el techo del mercado le hizo venir a la memoria la tarde anterior, la cúpula verde del bosque, la risa de Nico. No es nada, estúpida, se arreglará todo.
Cuando pidió la medicina el hombre de la bata blanca que estaba en la otra parte del mostrador no puso objeción alguna. Habitualmente, para aquello se necesitaba receta del médico. Pero Doris estaba desencajada. El farmacéutico la miró unos instantes, después bajó los ojos y le entregó lo pedido.
A mediodía vino su madre. Estaba irritadísima. Continuaba sacudiendo la cabeza, rezongando: te lo había dicho, es un loco, no debías haberte enredado con este cabeza hueca. Y ella respondía: Nico será un loco, un cabeza hueca, todo lo que tú quieras, pero es un buen muchacho; no es su culpa, no ha tenido suerte y esto es todo.
Crescenzo se paseaba agitado de una habitación a otra, y abría los brazos como un sacerdote. Intentó telefonear otra vez.
No respondía nadie.
Una cancioncilla. Una cancioncilla que de chiquilla le gustaba muchísimo. Doris no sabe comprender por qué vuelve a su mente precisamente ahora. Su madre está aún allí, en pie, junto a los pies del lecho: parece una pava, inmóvil, con el cuello tendido, escuchando. Sacude de tanto en tanto la cabeza, un movimiento casi imperceptible de desagrado.
—No respira —dice con voz neutra—. No puede… ¿No veis que no puede respirar?
Pero lo dice por decir algo, se ve bien que no le importa nada.
Crescenzo no está un momento parado, hace crujir sus dedos, rebusca en sus bolsillos y saca el paquete de cigarrillos, pero de pronto vuelve a guardarlo porque el humo molestaría a Nico.
A las dos y media la madre toma a Doris por un brazo y la hace salir de la habitación.
—Vámonos a casa —dice en un tono que a duras penas esconde su enfado—. Comes con calma, descansas un par de horas y después regresas…
Doris hace un signo negativo, se da la vuelta bruscamente y regresa al lado de la cama.
El rostro de Nico es una mueca, mandíbulas apretadas, los ojos fijos, alucinados, un hilo delgadísimo de baba que le cae por el ángulo de la boca.
No habla. Han intentado sacudirlo un poco. Doris se ha puesto a llorar, le ha implorado, pero inútilmente. De su garganta sólo sale un gemido largo, sofocado, casi un ronroneo que acompaña el ritmo de su respiración.
Crescenzo intenta aún otra vez telefonear. Pero el médico-pescador no está, la mujer dice que lo ha buscado sin resultado a lo largo de toda la orilla del lago.
Crescenzo la mira con ojos culpables.
—Más tarde volveré a probar. Voy allá a prepararme alguna cosa…
También el profesor está cansado. Disimula a duras penas los bostezos, la necesidad imperiosa de fumar un cigarrillo. Su madre, un barril de grasa embutido en un traje floreado, obstruye casi enteramente la puerta. Los labios de un rojo fuerte, pintados más allá del diseño natural para que parezcan menos delgados, la sombra azul en torno a los ojos, el trazo agresivo del lápiz sobre el arco depilado de las cejas. Una máscara. Tamborilea los dedos contra el batiente, rezonga algo. Y vuelve a la carga, no soporta ver a su hija en el papel de enfermera.
Y de nuevo el estribillo. Aún aquella tonada recogida cuando era pequeña. Una cancioncilla olvidada, que vuelve ahora a su memoria quién sabe por cuál asociación de ideas. Una luz amarilla, dorada. Y un círculo de vestidos blancos, una infancia serena, los días fáciles, preordenados, que transcurren sin la menor variación.
Un tiempo lentísimo, interminable. Un fluir construido segundo a segundo, una larga duermevela de pensamientos amargos.
Se ha quedado sola. Su madre se ha marchado. Crescenzo está en su casa. Ahora la habitación es un pozo de silencio, un enrejado de sombras y penumbra, sólo el latir del reloj sobre la mesilla, la mano de Nico, con la palma sudada y el dorso helado, y aquel lamento sofocado, siempre igual, siempre en el mismo tono, monótono, enervante. Un loco y un descontento, eso es Nico. Una mezcla de cosas buenas y malas, de generosidad y de testarudez, de premura y de egoísmo. Un muchacho poco afortunado. Salirse de la Convención e inmediatamente, a los pocos días, coger aquella enfermedad. No un enfriamiento, no la influenza o alguna otra tontería de poca consideración. No, aquélla es una enfermedad con E mayúscula, seguramente una infección, algo maligno y misterioso, de consecuencias tal vez irremediables.
Acerca los labios a su oído, intenta llamarle, quedo.
Nico apenas advierte la mano que le acaricia la frente. Está agotado, debilitado, no consigue fijar sus pensamientos, es como si alguien, dentro, absorbiera sus sensaciones, creara imágenes falsas, pusiera interrogantes sin significado. En la pared, las manchas de penumbra se borran y se rehacen según esquemas fantásticamente imprevisibles. Animales, flores, pájaros, cristales de nieve, figuras geométricas de caleidoscopio. Después un rostro largo y huesudo toma casi consistencia, aumenta de tamaño, parece que se despegue de la pared, que le venga al encuentro atravesando los muelles, como un espectro. Blanco, lleva una bata blanca, es un médico, ve el termómetro que emerge fuera de su bolsillo, y en su mano derecha tiene un inyectable, el índice está levantado, presto para bajarse e inyectar el líquido.
Una risotada, un repentino resplandor en el cerebro y la visión desaparece. Pero otras figuras aparecen en su lugar, una hilera larguísima de batas blancas emerge de los ángulos de sombra de la estancia, se le acercan uno a uno, le tocan, le auscultan, cada uno cumple su visita escrupulosísima, cada uno parece estar a punto de inyectarle el líquido salvador. Sin embargo, uno detrás de otro, esconden riendo el inyectable en su maletín y desaparecen.
La estancia se llena de termómetros enormes, gigantescos, con los canales de mercurio gruesos como tubos, los bulbos que rozan el techo. Y después un ruido de cristales, un chirrido larguísimo, miles de huesos que diseñan en el aire un mosaico de enorme blancura. Masas pálidas, sepulcrales, campos de cruces, un cementerio desierto bajo el sol, y la ciudad que grita al otro lado del muro encalado.
Alguien ha encendido la luz. Es Doris a su lado, y Crescenzo, y también alguien más, un desconocido.
—Ahora el doctor te curará, no te preocupes.
El doctor… Nico querría mover un brazo, decir alguna cosa, pero el nudo en la garganta le impide pronunciar una sola sílaba. Mira al desconocido con ojos incrédulos.
También Doris está observando al recién llegado. Es un tipo insólito, no tiene nada de médico, es grueso, sanguíneo, las mejillas entrecruzadas por miles de venillas, los cabellos cortísimos, gris plateados. Parece más bien un tendero o un corredor de comercio. O quizás es su traje, aquella camisa de franela bajo la chaqueta desabrochada, y los pantalones de pana. Lleva colgado del hombro un gran cesto de mimbre, uno de esos cestos con tapa de madera para meter la pesca. Lo pone sobre la mesilla, lo abre y saca de dentro un maletín de médico.
Es un clandestino, un doctor expulsado de la C.M.G., un hombre que se arriesga a ser detenido por el solo hecho de estar a la cabecera de la cama de Nico. Doris sigue cada uno de sus movimientos, recuerda el apretón de manos, enérgico, una mano callosa y grande, la voz gruesa cuando ha dicho su nombre, falso naturalmente, una precaución comprensible en sus circunstancias.
El doctor se ha inclinado sobre la cama, ahora toca la frente de Nico, le toma el pulso, le mira los párpados, le ausculta, después da vuelta a uno de sus labios y pone al desnudo las pálidas encías.
—¿Qué es esto? —pregunta, pasando un dedo por el arañazo que surca el cuello de Nico.
Doris se siente embarazada. Enrojece, balbucea.
—Un cable de hierro… El sábado fuimos al campo…
El médico se rasca la mejilla. Empieza de nuevo, una visita minuciosísima. Doris no sabe comprender por qué el doctor continúa sacudiendo la cabeza. Cuando abre el maletín y lo ve preparar un inyectable lo sujeta por un brazo.
—Pero en resumen, ¿qué tiene?
El médico alza los hombros.
—No lo sé. Podría ser el tétanos. Pero quizá me equivoque. Sí, sin duda me equivoco. Casi seguramente se tratará de una estúpida infección. Esto —y muestra la jeringa llena de líquido— tal vez pueda ayudarle. Entendámonos, no puedo hacer nada más. Tengo un botiquín reducidísimo. Si se trata de una infección genérica podemos estar tranquilos. Pero si por casualidad… En fin, la antitetánica no la tengo. Y además sería tarde, no llegaríamos tampoco a tiempo.
—Pero entonces…
—¿Por qué quiere pensar en lo peor? Ahora le pondremos esta inyección, y dentro de tres o cuatro horas la temperatura deberá descender.
Doris se vuelve de espaldas, se acerca a la ventana, mira al patio, un paralelepípedo de color blanco sucio donde hileras de pañuelos extendidos van de una ventana a otra.
Ya está hecho. El médico está metiéndolo de nuevo todo en el maletín, mira a su alrededor como buscando quién sabe qué cosa.
—No puedo hacer nada más —repite.
Tiende una mano enorme: un gesto forzado, amargo.
Crescenzo lo acompaña a la puerta.
—A mí puede decírmelo —murmura—. ¿Hay alguna esperanza?
Tan sólo un gesto, una mirada vaga. Una imperceptible negativa.
Pero Doris no lo sabe. Doris no lo ha visto, no se ha dado cuenta de nada. Tiene aún esperanzas; se sienta muy junto al lecho, y aguarda.