País Relato - Autores

lina perozo

regalo de aniversario

Él sonreía con verdadera felicidad mientras observaba el rostro de su esposa quien se hallaba dormida a su lado, aún no podía creer que todo fuera real, que ese ángel lo hubiese acogido entre sus brazos salvándolo de la soledad y la tristeza que marcó su vida desde que siendo un niño quedará huérfano de padres.
Se levantó muy despacio para evitar despertarla, si apartar la vista de la figura de su esposa que lucía maravillosa en el camisón de seda rosa que llevaba, posó sus labios sobre los de ella, apenas un roce y se alejó caminando en dirección al baño.
Minutos después regresaba ya listo para comenzar un nuevo día, uno especial pues era su primer aniversario como marido y mujer, antes de salir de la habitación miró una vez más a Jennifer y no pudo evitar sonreír ante la imagen de su esposa, la placidez con la cual dormía le llenaba el pecho de una maravillosa sensación, se dio media vuelta y salió de la habitación rumbo a la cocina del pequeño departamento que ocupaban.
Timothy era muy bueno en las labores del hogar y aunque no le gustaba ocuparse en estas tuvo que arreglárselas solo desde muy joven, sus padres habían muerto en un accidente de tráfico cuando él apenas contaba con diez años y pasó al cuidado de sus abuelos, pero estos ya eran personas mayores y además enfermas, así que más que cuidar de él ocurrió todo lo contrario, fue a él a quien le tocó velar por ellos.
Con esa edad tuvo que aprender algunas actividades y la cocina fue la última de ellas pues se negaba hacerlo, le tenía terror a la vieja estufa de su abuela. De pronto recordó aquellas ocasiones en las cuales sus experimentos habían terminado en desastres, comidas con sabor y aspecto horribles, utensilios quemados, sin contar con todas las veces que se cortó o se quemó. No pudo evitar reír abiertamente.
Esta vez todo sería distinto, la paciencia y el amor con el cual su mujer le había explicado cada detalle de la receta que se disponía a preparar habían logrado sacar buenos resultados, caminó hasta la alacena y sacó harina, huevos, mantequilla, tomó un bol de vidrio y comenzó a mezclar todos los ingredientes, mientras tarareaba Happy de Pharrell Williams que sonaba en la radio que tenía en una esquina de la barra, donde se movía de un extremo al otro imitando los pasos de la coreografía que acompañaba a la canción.
Dejó reposar la mezcla unos minutos mientras encendía una hornilla, colocó un sartén y le puso mantequilla tal como su esposa le había dicho para que los panqueques no se pegaran, vertió parte de la mezcla en el sartén y lo dejó a fuego lento, no podía evitar sonreír y llenarse de expectativas, era la primera vez que preparaba esa receta sin la compañía de Jennifer, luego buscó café para preparar y así fue tomando forma el desayuno que deseaba entregarle a su esposa ese día.
Caminó de nuevo hasta la habitación y constatando que ella aún seguía dormida regresó casi corriendo hasta la cocina para continuar con su labor, tomó algunas naranjas y comenzó a exprimirlas, luego buscó otro bol pequeño y cortó varias frutas para hacerle una ensalada. No sabía de donde estaba sacando tanta creatividad pero ya se encontraba haciendo figuras y acomodándolas cual chef de un restaurante famoso.
—Jenny va a creer que te has vuelto loco Tim, pero eso es lo de menos, ella merece esto y el mundo entero si pudieras dárselo —se dijo en voz alta y continuó.
Mientras seguía con la receta el recuerdo del día que conoció a Jennifer llegó hasta él con la misma nitidez de siempre, acompañado de esa sonrisa que hacía brillar sus ojos.
Había llegado a la clínica veterinaria donde ella hacía sus prácticas, solo le faltaba un año para graduarse pero ya se desempeñaba como una profesional, él entró al consultorio con su viejo perro Dalton que padecía de deficiencia renal, y había pasado por varios veterinarios, que al ver el estado del perro le aconsejaban dormirlo.
La preocupación que sentía por su fiel amigo, no le impidió apreciar la belleza de la chica que atendió a su perro ese día, quedó deslumbrado por ese hermoso par de ojos azules que tenían el color del cielo de primavera y la cabellera dorada como el sol. Sin embargo, la actitud profesional de ella le recordó que se encontraba allí para salvarle la vida a Dalton, la ayudó mientras hacía su trabajo y al final se sentía feliz porque ella había logrado estabilizarlo.
Le invitó a tomar un café para agradecerle pero ella tenía otros asuntos que atender y no pudo en esa ocasión. Él siguió llevando a Dalton a los controles tal como le había indicado la doctora Wadlow, en primer lugar para prolongar la vida de su perro y en segundo para poder disfrutar de la agradable compañía de la chica.
El tiempo transcurrió y el inevitable final de su fiel compañero no pudo extenderse más, una tarde de finales de octubre tuvo que tomar una de las decisiones más difíciles y dolorosas de su vida, despedirse de quien lo había acompañado durante dieciséis años, de quien se había convertido en su último familiar vivo. La desolación que lo embargó fue tan grande que terminó sentado en un rincón del consultorio llorando como un niño, abrazado al cuerpo sin vida de Dalton, el mismo que había recogido de la calle cuando apenas era un cachorro y vagaba extraviado sin un hogar, al igual que él.
Sin embargo, Dalton antes de irse le había dejado a una amiga: Jennifer.
A pesar de que él ya no tenía motivos para frecuentar la clínica, siguieron en contacto, a veces era ella quien le invitaba un café o le pedía que la acompañara al cine, era extraño ser cortejado por una chica, se decía Timothy pues de esa manera sentía los gestos de ella, pero entonces recordaba que quizás lo hacía por compasión y eso no le agradaba.
Después de unos meses se animó y le propuso que fuera su novia, le sorprendió verdaderamente que ella lo aceptara pues para ese momento ya sabía mucho de su familia y como era lógico dudaba que ellos se pusieran felices si se enteraban que ella salía con un abogado que apenas se abría camino. Y al principio fue así, la familia de novia no se sentía muy complacida con esa relación, pero Jennifer se impuso y les dejó claro que sería decidiría con quien salía y a quien entregaba su vida.
Un toque en la puerta principal lo hizo salir corriendo a abrirla, no quería que ella despertase, todavía le quedaban algunas cosas por arreglar y la sorpresa debía ser completa.
—Buenos días, ¿señor Harrison?
Preguntó un joven de cabello rojizo y anteojos con montura de pasta oscura que apenas podía con el inmenso ramo de rosas en sus manos.
—Buenos días, sí soy yo —contestó Timothy extendiendo sus manos para recibirlo.
—Aquí esta lo que pidió, tómelo con cuidado porque pesa como un saco de plomo, seguramente su esposa quedará encantada —acotó el joven y su voz mostraba el alivio de liberarse del pesado arreglo de flores.
—Eso espero —Mostró una sonrisa mientras comprobaba que el chico tenía razón, estaba muy pesado, buscó la mesa más cercana para dejarlo.
Caminó hasta el perchero donde había dejado su chaqueta la noche anterior y extrajo la billetera del mismo, le extendió un billete al joven como propina y lo despidió con rapidez pues aún le quedaban cosas que hacer antes de que Jennifer despertara.
Media hora después todo se encontraba listo, el desayuno no solo tenía buen aspecto, su aroma también despertaba su apetito, no se aventuró a probar nada pues deseaba compartirlo con su esposa, así que puso en una bandeja todo y caminó en dirección a la recamara donde lo esperaba.
—Buenos días, ya amaneció pero mi sol aún no despierta —esbozó entrando en la habitación con toda la intención de que ella lo escuchara.
Jennifer abrió los ojos despacio para que la luz que entraba a raudales por las ventanas no hiriese sus pupilas, buscó a su esposo extendiendo la mano sobre la cama pero su lugar estaba vacío, se incorporó un poco y lo vi parado frente a la puerta de la habitación, llevaba una bandeja en sus manos y le sonreía maravillosamente.
Lo siguiente que llamó su atención fue el inmenso y bellísimo ramo de rosas que se encontraba junto a su mesa de noche, el mismo que tenía toda la habitación impregnada de su dulce aroma y la hacía sentir en medio de un rosal, como ese que tenía en casa de sus padres y que todos los días extrañaba, pues en su pequeño departamento no tenía jardín.
—¿Qué es todo esto? —Logró preguntar Jennifer sin salir sin de su asombro con una sonrisa que llegaba a sus ojos.
Timothy se acercó hasta sentarse al borde de la cama, le dio un beso de buenos días.
—Feliz aniversario amor —respondió a la pregunta de su esposa con esas palabras.
La sonrisa en sus labios llegaba hasta su mirada y sacaba bellos destellos a sus ojos oscuros, solo mirándolos de cerca se podía apreciar que sus iris tenían un hermoso tono verdoso. Timothy era un hombre bastante común, con un atractivo que muchos podían ubicar entre los cánones normales, de tez blanca, cabello castaño oscuro y una contextura que no llegaba a ser atlética con músculos definidos pero que tampoco se podía decir que le sobraran kilos, sencillamente estaba en equilibrio con su metro ochenta y la dieta que llevaba, que si bien no era la más sana pues era amante de las papas fritas, se enfocaba en hacer deporte todos los fines de semana para mantenerse en forma.
Por su parte Jennifer era el vivo ejemplo de una muñeca de porcelana, su exuberante cabellera rubia y sus impresionantes ojos azules habían hechizado a Timothy desde el primer instante en que la vio, era alta y con una figura delgada y elegante, tenía cierto aire aristocrático y no podía ser de otra manera pues su esposa pertenecía a una de las familias más adineradas e influyentes de Oklahoma, era la tercera hija del matrimonio Wadlow.
—¿Te gusta? —preguntó Timothy sintiendo que el corazón le galopaba dentro del pecho ante el silencio de su esposa, ella estaba acostumbrada a lujos y regalos costosos.
Se había esforzado para hacer que su primer año de casados fuera maravilloso, por demostrarle cuanto valoraba que hubiera dejado una vida segura y llena de confort para vivir junto a él en ese pequeño departamento, para sobrellevar las carencias que habían enfrentado al inicio de su relación y sobre todo por creer en sus sueños y apoyarlo en cada uno de los proyectos que emprendía. Jennifer se había convertido en su razón de ser, en su norte y su motivo para cada día dar lo mejor de sí en todos los aspectos de su vida.
—Tim…
Ella no supo que más decir estaba muy emocionada, esos eran los gestos que habían hecho que se enamorara perdidamente de Timothy Harrison hacía más de un año, él no necesitaba llenarla de joyas o falsos halagos para hacerla sentir especial, solo le bastaba con mirarla como lo hacía y tratarla de esa manera para hacerla sentir una reina. Se acercó hasta él y le dio un beso, primero un roce y después apoyó su mano en la nuca de Timothy para atraerlo y hacer el gesto más profundo, su boca se abrió para darle a entender que quería prolongar ese intercambio, lo sintió envolver su cintura con las manos y pegarla más a su cuerpo ahogando con su lengua el gemido que brotó de ambos.
—Esto es maravilloso Timothy, es hermoso mi vida —decía emocionada.
Él le dio un beso en el hombro y sonreía sin poder ocultar la felicidad que le provocaba ver a Jennifer tan entusiasmada con el detalle de las flores, sabía que una de las cosas que más extrañaba ella era el rosal que había en casa de sus padres.
—Aún hay más —anunció buscando la bandeja que había colocado en una mesa cercana. Caminó de regreso y la puso con cuidado sobre la cama.
El rostro de Jennifer reflejó de inmediato su sorpresa, a Timothy no le gustaba mucho cocinar, en realidad siempre le huía a todo lo que tuviera que ver con las labores del hogar, saber que se había tomado un tiempo esa mañana para prepararle el desayuno era algo que valoraba muchísimo. Lo mejor de todo es que lucía exquisito y despertó su apetito en cuanto el aroma llegó hasta su olfato.
—¿Te arriesgas a probarlo? —preguntó divertido y también nervioso porque no sabía si sería de su agrado, pero asumió que si no le gustaba la recompensaría llevándola a su restaurante favorito esa noche.
—Por supuesto —respondió ella con una sonrisa.
Tomó un tenedor, dudó por un segundo y después cortó un trozo de panqueque y lo impregnó en el jarabe de maple, con cuidado de no dejarlo caer se lo llevó a la boca mientras sonreía para aliviar la tensión que podía percibir en su esposo. Cerró los ojos aprobando el delicioso sabor y la suave textura que tenía, se pasó la lengua por los labios y tomó una porción más.
Timothy la observaba con atención a la espera de su comentario, pero no le hizo falta que ella le diera uno pues su rostro le indicaba que le había gustado, la sonrisa que se dibujó en sus labios estaba a punto de dividirle el rostro en dos, mientras el corazón le latía rápidamente sintiéndose emocionado como pocas veces en su vida.
—Esto está divino Tim, me encanta.
Le hizo saber al tiempo que extendía su mano para probar la ensalada de frutas que mostraba una linda presentación, sonreía emocionada al ver el esfuerzo que había hecho su esposo para sorprenderla, el kiwi se deshizo en su boca y una vez más su lengua salía al rescate del néctar que pretendía desbordarse, sonriendo con complicidad se acercó a Timothy para darle un beso con sabor a fruta.
—¿En serio hiciste tú solo todo esto? —preguntó intrigada al tiempo que arqueaba una ceja y lo miró fijamente a los ojos.
—¡Claro que lo hice yo! Estoy levantado desde hace dos hora, pero como tú eres una perezosa no te diste cuenta —respondió con fingida indignación.
Ella soltó una carcajada ante el gesto de su esposo, le entregó una mirada cargada de ternura y lo besó de nuevo, borrando con eso el gesto que había tensado los labios de Timothy y lo hacía ver como un chico malcriado.
—Muchas gracias amor, de verdad me encanta, está realmente delicioso.
—¿Hablas en serio o solo lo haces para no hacerme sentir mal? —cuestionó mientras fruncía el ceño, no se dejaría engañar por ella como en ocasiones anteriores.
—Prueba, así tú mismo comprobarás que te digo la verdad —mencionó ella al tiempo que le ofrecía un bocado y le sonreía invitándolo a recibirlo.
Timothy no dudó un instante y tomó lo que su mujer le ofrecía, debía ser valiente y además ya estaba acostumbrando a los extraños sabores de los platos que preparaba. Saboreó, tomó otro bocado y sonrió comprobando que ciertamente le había quedado delicioso, se sentía orgulloso por haberlo conseguido.
—Creo que debo felicitarte, has sido una excelente maestra —expresó con una sonrisa y la picardía en sus ojos.
—Me alegra escuchar eso, de algo sirvieron las clases con aquel odioso y prepotente chef francés, al que en más de una ocasión quise envenenar… en verdad era insoportable pero también era un genio en la cocina —comentó de manera casual mientras seguía disfrutando de su desayuno ahora junto a su esposo que comía del mismo plato.
—Creo que voy a practicar más seguido.
Timothy se sentía muy complacido y además orgulloso al ver como su mujer en verdad disfruta de todo lo que le había preparado, compartía miradas cómplices con ella y sonreían como cuando se conocieron quedando enamorados a primera vista, claro más él que ella, pues nunca en su vida había visto a un ángel y Jennifer lo era.
—La verdad me alegra que hayas aprendido, pues vas a tener que cocinar más seguido —mencionó de pronto Jennifer, con una sonrisa que trataba de anunciar algo.
—¿Si? ¿Y eso a qué se debe?
Timothy dejó de lado el tenedor y el bol de vidrio al ver que la ensalada había pasado a la historia, le acercó una servilleta de tela a Jennifer al ver que ella intentaba pasar un bocado para continuar, mientras él le daba un sorbo al jugo de naranja.
—Yo también tengo algo que darte por nuestro aniversario —contestó ella al tiempo que se levantaba y caminaba hasta donde se encontraba su bolso.
Regreso con un sobre blanco en las manos y una sonrisa enigmática en los labios, se detuvo frente a su esposo y se lo extendió.
—¿Qué es esto? —preguntó Timothy sin comprender que podía regalarle ella que se hallara en ese sobre.
No pudo evitar tensarse al pensar que quizás los padres de Jennifer seguían insistiendo en ofrecerles dinero para financiar sus proyectos, les había dejado claro que él saldría adelante por si solo y le daría a su mujer la vida que se merecía sin necesidad de que ellos intervinieran, intentaba llevar una relación cordial con sus suegros pero no les permitiría inmiscuirse en su vida de pareja, todo lo que necesitara Jennifer se lo daría él.
—Pensaba decírtelo anoche pero te vi llegar tan cansado y me sentía tan nerviosa que preferir esperar para hacerlo hoy, puedes considerarlo mi regalo de aniversario… aunque te he comprado algo más —respondió ella con una sonrisa que intentaba ocultar los nervios que una vez más la invadían y se sentó junto a él.
Timothy abrió el sobre y extrajo una hoja de papel que comenzó a leer de inmediato, no habían pasaron treinta segundos cuando se volvió para mirar Jennifer y sus ojos estaban a punto de salir de sus orbitas, había palidecido y dejado de respirar.
—Jenny… Jenny… esto… ¿Esto es? —tartamudeando logró formular esa única pregunta y su mirada se hallaba anclada en la de su esposa.
—Eso es mi amadísimo esposo, lo que es… estamos esperando un bebé —respondió ella divertida ante la reacción de Timothy.
Él trago en seco y la observó en silencio mientras buscaba en su cabeza las palabras adecuadas para ese momento, sentía que estaba a punto de desmayarse y que el corazón se le saldría del pecho de un momento a otro.
—¿No me digas que te asusta cocinar para tres? —preguntó en tono de broma para aligerar la tensión que la había embargado ante su silencio.
Sabía que la llegada del bebé era una sorpresa para ambos, que no lo habían planeado y que por el contrario se había propuesto esperar, pero las cosas no siempre salían como se las planeaban y ya estaba hecho, serían padres en ocho meses, eso debería hacer feliz a Timothy tanto como la hacía a ella.
Él dejó salir el aire de golpe pues desde que leyó el contenido del papel había dejado de respirar. Pensaba sorprender a su esposa, pero una vez más ella le ganaba la partida y de qué forma, si bien habían tomado precauciones para no tener hijos por el momento pues ambos querían aprovechar y para desarrollarse de manera profesional, él en el bufete de abogados y ella en la clínica veterinaria. Sin embargo, la sola idea de tener un bebé lo llenaba de emoción y de miedo a la vez, jamás imaginó que sería tan pronto.
Se encontraba aturdido y no lograba coordinar las ideas en su cabeza, solo sabía que la noticia era de una magnitud asombrosa y que cambiaría toda su vida, abrió la boca para pronunciar algo pero no consiguió hacerlo y al ver que los ojos de Jennifer se llenaba de lágrimas y dudas salió del trance donde se encontraba.
—Jenny… yo… nosotros…
—¿Sucede algo? ¿No te sientes feliz con la noticia Tim?
Esta vez la angustia no era en broma, comenzó a sentirse preocupada realmente pues todo parecía indicar que su esposo no se encontraba tan feliz con la noticia, la tristeza la invadió de inmediato y el llanto se hizo presente.
—No estás feliz… no quieres que tengamos al bebé. —No hizo una pregunta, fue una afirmación y su voz mostraba el dolor que eso le provocaba.
—¡No! ¡No llores mi sol! No es eso… ¡Claro que quiero al bebé! Por supuesto que lo quiero Jenny —mencionó acunándole el rostro con las manos.
—Entonces… ¿Por qué no dices nada y tienes esa cara? Parece que te hubiera dicho que tengo una enfermedad terminal en lugar de seis semanas de embarazo —le reprochó mirándolo a los ojos y su lágrimas brotaban con mayor intensidad.
—No, es solo que… no sé cómo explicar lo que siento… es algo extraño —respondió él mirándola a los ojos y pegó la frente a la de su esposa.
—¿No te emociona? —cuestionó con la voz ronca por las lágrimas que no dejaban de brotar y su cuerpo había comenzado a temblar.
—Esta emoción es mucho más grande mi sol, nunca en la vida había sentido todo esto, es como si el pecho me fuera a estallar de solo pensar que seremos padres, temo que si me levanto caeré al suelo —se alejó un poco para mirarla mejor tomando el rostro entre sus manos de nuevo dejó correr su propio llanto al ver que ella le sonreía. —¿Tú cómo te sientes Jenny? —Sentía que necesitaba con urgencia esa respuesta para darle un sentido a lo que estaba experimentando él.
—Yo tampoco había sentido esto antes —respondió con una sonrisa —es como dices, como si la sola idea me llenara por completo y se desbordara de mí, cuando el doctor me dio los resultados ayer no sabía si llorar o reír, gritar, correr —mencionaba acariciando el rostro de su esposo mientras sentía la suave caricia que él le brindaba en su espalda.
—Pues yo en este preciso instante quiero hacer todo eso, ¡nunca pensé que sería tan feliz Jenny! ¡No estaba ni cerca de lo imaginé que sentiría cuando me dieras esta noticia! Esto sobrepasó todas mis expectativas, es sencillamente increíble.
Timothy se puso de pie y caminaba de un lugar a otro, ella nunca lo vio tan emocionado antes, ni siquiera el día de su boda o cuando consiguió abrir el bufete de abogados con dos de sus mejores amigos, la feliz que vio en su esposo en esas dos ocasiones palidecía ante la que desbordaba en ese instante. Ella sonreía al verlo de ese modo y toda la angustia que sintió minutos atrás se había esfumado tan rápido como llegó.
Se puso de pie para caminar hasta él y detenerlo pues comenzaba a marearla, sonrió pensando que él le daría síntomas primero que el bebé, lo detuvo llevando sus manos al pecho de su esposo y sintió de inmediato el latir acelerado de su corazón.
—Le das un abrazo a tu feliz y embarazada esposa —pidió mostrando una amplia sonrisa que iluminaba sus ojos azules con un brillo especial.
—Te daré mucho más que eso, te daré la promesa de hacerte la mujer más feliz del mundo, gracias por creer en mí y por amarme, eres la persona más maravillosa que he conocido en mi vida Jennifer Harrison —expresó envolviéndola entre sus brazos y la besó.
Y de esa manera lo que Timothy pensó que sería un aniversario como el que compartían la mayoría de los hombres junto a sus esposas, pasó a ser el día más feliz de su vida y a ser él el sorprendido pues el mejor regalo de aniversario no era el que había entregado, sino el que recibió de la mujer con la cual había decidido compartir su vida.