País Relato - Autores

lester del rey

más allá, s. a.

Phineas Theophilus Potts, que habría sido el último en admitir y el primero en creer que era un hombre de bien, se revolvió en la cama y extendió airado un brazo huesudo. Aquella mañana, el persistente tintineo del despertador era un cáncer inusitadamente doloroso para su alma. Entonces su mente consciente se hizo cargo y bajó el brazo sobre el botón con firmeza y precisión, pero sin malhumor. ¿Nunca aprendería a controlar estos estallidos de furia? En este mundo uno tenía que soportar todos los problemas sin ninguna queja, no rebelarse contra ellos; de otro modo… Pero era demasiado temprano para pensar en eso.
Se levantó de la cama y se dedicó al ritual de recordar los pecados de ayer, asegurándose de que todos habían sido redimidos y borrados la noche anterior. Fue entonces cuando sintió el primer shock; no podía recordar nada del día anterior. Malo, muy malo. Bien, sin duda era otra trampa de las fuerzas conspiradas para asegurarse el alma de Potts. Tch, tch. Terrible, pero podría sortear esa trampa.
Su hábito de confesión no escondía nada: las palabras salían cuidadosamente una tras otra de su boca con pleno conocimiento y bastante vergüenza, hasta que llegó a las frases finales.
—Por los muchos pecados que he cometido y por este pecado aún mayor que ahora me aflige, perdóname y guíame para que no vuelva a pecar, pero presérvame en el bien durante todos los días de mi vida. Amén.
Tras haber evitado de esta forma el abismo y haberse salvado de nuevo de la combustión eterna, se felicitó y comenzó a buscar su ropa y su traje negro barato. Entonces se permitió desayunar tostadas secas y mantequilla sazonadas de autoindulgencia, y estuvo dispuesto para enfrentarse al mundo de tentación que le rodeaba.
El teléfono sonó y le asustó. Lo cogió impacientemente antes de que volviese a sonar; se dirigió al auricular, contrito.
—Phineas Potts al habla.
Era la voz de animal del señor Sloane la que ladraba en el receptor.
—Hola, Phin, me han dicho que está dispuesto a venir hoy al trabajo. Hay mucho que hacer y podemos utilizarle. ¿Qué le parece?
—Desde luego, señor Sloane. No soy de los que rehúyen su deber. —Potts no podía ver ninguna razón para tal llamada; no había faltado un solo día en doce años—. Ya sabe…
—Claro, claro. Perfecto. Sólo quería advertirle que nos hemos trasladado. Verá la placa con el nombre justo al otro lado de la calle cuando salga. Es un lugar magnífico también. ¿Cree que podrá conseguirlo?
—Estaré ahí dentro de diez minutos, señor Sloane —le aseguró Phineas, y recordó a tiempo que tenía que colgar sin mostrar enfado.
¡Tch, pobre Sloane!, revolviéndose en el pecado e ignorante de la condena que le esperaba. La última vez que Phineas había reprendido a su patrón (suavemente, eso sí), ¡Sloane se había reído de él! Cielos. Bueno, no había duda de que había incurrido en gracia al intentar salvar a aquella pobre alma perdida, aunque sus esfuerzos parecieran inútiles. Por supuesto, era peligroso relacionarse con ese tipo de gente, pero sin duda sus sacrificios serían tomados en cuenta.
Cuando salió de su habitación notó que había un nuevo ascensorista. Arrugó la nariz significativamente ante el humo del cigarrillo del muchacho; el muchacho hizo una mueca, pero no lo tiró.
—Vale, tío —gruñó mientras las puertas se cerraban, haciendo rechinar los nervios de Phineas—. No me gusta más que a ti, pero aquí estamos.
¡Tío! Phineas miró al chico que estaba de espaldas a él y se encogió de hombros. Ya hablaría más tarde sobre esto con la señora Biddle.
Reprimiendo sus sentimientos con cierto esfuerzo, atravesó el recibidor, sin apenas advertir nada, y salió a la calle. Entonces se detuvo. Aquello fue lo segundo que le sobresaltó. Tragó saliva dos veces, y abrió los ojos y los alzó por primera vez en semanas, y volvió a mirar. Todo había cambiado. Donde debería haber una callejuela lateral, cerca de los apartamentos, vio un amplio paseo, lleno de gente y resplandeciente bajo la brillante luz del sol. Enfrente, las feas tiendas habían sido reemplazadas por brillantes y nuevos edificios de oficinas, y los raíles elevados habían desaparecido por completo. Dio media vuelta lentamente, apoyándose en el paraguas para no perder el equilibrio mientras observaba el hotel; seguía siendo un hotel, pero no el suyo. Definitivamente no era el suyo. El recibidor tampoco era el mismo. Giró, sorprendido y atónito.
La muchacha de los ojos risueños que se encontraba tras el mostrador le sonrió. Desde luego no era la encargada. Ni la señora Biddle, que acudía a su misma iglesia, habría contratado a una mujer así; para empezar, sus labios y sus uñas estaban pintados de un brillante tono escarlata. Prefirió no seguir mirando.
La descarada muchacha le sonrió de nuevo, como si le glorificara en obvia idolatría.
—¿Ha olvidado algo, señor Potts?
—Yo…, eh…, no. Es decir…, ¿sabe usted quién soy?
Ella asintió alegremente.
—Desde luego, señor Potts. Se trasladó usted ayer. Habitación 408. ¿Le parece todo satisfactorio?
Phineas asintió a medias, tragó saliva y se marchó de nuevo. ¿Trasladarse? No podía recordarlo. ¿Por qué iba a dejar a la señora Biddle? Y el 408 era el número de su antigua habitación; la habitación era idéntica a aquella en la que había vivido, incluso la grieta gris sobre el papel pintado, que tanto había molestado sus ojos durante años. Algo funcionaba mal…, primero la falta de memoria, luego la extraña llamada de Sloane, y ahora esto. Se sintió demasiado trastornado como para darse cuenta de que esto era probablemente otra tentación dispuesta ante él.
Mecánicamente, Phineas buscó la placa con el nombre de Sloane en uno de los nuevos edificios y cruzó la calle.
—Buenos días, señor Potts —le dijo el ascensorista, y Phineas dio un respingo. Tampoco había visto antes a esta persona—. Cuarta planta, señor Potts. La oficina del señor Sloane está sólo dos puertas más abajo.
Phineas siguió la dirección automáticamente; encontró la puerta marcada G. R. SLOANE. ARQUITECTO, y entró en una amplia habitación llena del ruido casi insoportable de las máquinas de escribir y las calculadoras, el murmullo de las voces y el continuo traqueteo de una máquina que escribía sobres. Pero esta mañana, la familiaridad del sonido parecía un refugio para su desolación, hasta que volvió a mirar. No sólo se había mudado Sloane, sino que también se había ampliado y cambiado la mayor parte de sus empleados. Sólo quedaba el viejo Callahan, y Callahan… Que extraño, estaba seguro de que Callahan se había jubilado o algo parecido el año pasado. Oh, bueno, aquella era la menor de sus preocupaciones.
Callahan pareció advertir que le miraba, pues se puso en pie y le dio una palmada en la espalda que casi le hizo escupir la dentadura postiza.
—¡Phin Potts, viejo carcamal! ¡Bienvenido!
Volvió a darle otra palmada y Potts tosió, intentando alcanzar su puesto y apartarse de allí.
No sólo Callahan tenía que ser un ateo (y uno que siempre daba argumentos), sino que tenía que ser indulgente en este grosero jueguecito. ¿Por qué no se había quedado jubilado?
—¿El señor Sloane? —consiguió preguntar.
Fue el propio Sloane quien contestó. Su cara arrugada escupió una sonrisa.
—Hola, Phin. Déjenos solos, Callahan. Otro golpe como ése y tendré que contratar a un nuevo dibujante. Vamos, Phin, hay un montón de trabajo que tiene que hacer ahora que se ha recuperado de su pequeña enfermedad.
Le condujo por entre un puñado de mesas donde unas tunantas pintarrajeadas escribían a máquina, le hizo recorrer un pasillo y le llevó a la sala de dibujos, intercambiando con los otros ciertas palabras que hicieron parpadear a Phineas. Realmente, su lenguaje era cada día más zafio.
—Señor Sloane, ¿quiere por favor…?
—… No usar un lenguaje así —completó Sloane, y sonrió—. Phin, no puedo evitarlo. Me siento demasiado bien. El negocio va viento en popa y tengo al mundo en mis manos. ¿Cómo se encuentra?
—Muy bien, gracias. —Phineas bajó la vista y recogió el hilo de la conversación pasada que le había estado molestando—. ¿Dijo usted algo sobre… enfermedad?
—No piense en ello. Después de trabajar doce años para mí, no voy a reducirle el sueldo por una simple ausencia de un mes. Es una lástima que no estuviera usted aquí cuando más le necesitaba, pero son cosas que pasan, así que vamos a olvidarlo, ¿eh? —Ignoró los intentos del otro por preguntar y fue directamente al grano—. Tenga, será mejor que empecemos por esto. Se dará usted cuenta de que hay algunos cambios, pero estamos acostumbrados a eso; algo como el Oswego que construimos en el 37. Lo único que le dará problemas es el nuevo hacer que fabrican ahora, pero puede seguir las especificaciones al respecto.
Phineas cogió las especificaciones, les echó un vistazo y parpadeó. Esto no funcionaría nunca; por mucho que repudiara el trabajo, era un dibujante excelente, y entendía bastante de diseño estructural para saber que esto nunca saldría bien.
—Pero vigas de dos pulgadas aquí…
—Está bien, Phin. La fuerza estructural es unas doce veces superior a lo que usted estaba acostumbrado. También hace posible algunos diseños realmente bonitos. Las cosas han cambiado un poco desde que ha estado delirando. Pero ahora tengo muchísima prisa. Le veré luego. —Salió por la puerta, volvió la cabeza y alzó una ceja—. ¿En el almuerzo? Apuesto que necesitará a alguien que le muestre las instalaciones.
—Como usted guste, señor Sloane —accedió Phineas—. Pero ¿le importaría…?
—No jurar. Claro, de acuerdo. Y nada de discusiones religiosas esta vez; si estoy condenado, me gusta.
Entonces se marchó, dejando a Phineas solo. No podía trabajar con la distracción de los otros, y siempre tenía una habitación para él solo.
¿Así que había estado enfermo, incluso había delirado? Bien, eso podía explicar las cosas. Phineas había oído que esas cosas a veces producían un hiato en la memoria, y era mejor explicación que nada. Con cierto alivio, lo apartó de su mente, recordando sólo que tenía que confesar lo pecador que había sido al perder su confianza en la guía divina esta mañana, sacudió la cabeza quejumbroso y empezó a trabajar con resignación. Ya que se le había ordenado que se ganara la vida dibujando, dibujaría, sin quejas, y no cometería ninguna falta.
Entonces la pluma empezó a rascar. La limpió y la ajustó, sin encontrar nada raro, pero ésta siguió haciendo ruiditos en el papel, poniéndole los nervios de punta. Si Phineas hubiera creído en la evolución, habría dicho que el pelo que sus antepasados habían llevado estaba intentando volver. Pero no tenía sentido entretenerse con aquellas ideas herejes. Bien, no era de los que se quejan. Apretó los dientes y buscó en su interior paz y paciencia.
Entonces, fuera, la máquina de escribir direcciones empezó a sonar de nuevo, y tuvo que esforzarse para no estropear las líneas mientras su cuerpo empezaba a temblar. Sé paciente, todas estas pruebas serán recompensadas. Finalmente, se dedicó a la única distracción que conocía, la contemplación del destino de los herejes y pecadores. Por supuesto, lamentaba que ardieran eternamente en el infierno y pidieran agua, cosa que nunca conseguirían… Sentía mucha lástima por aquellas pobres criaturas engañadas, como debería sentir cualquier hombre de bien. Sin embargo, se les había dado su oportunidad y no habían hecho buen uso de ella, así que era justo. Imaginando morbosamente el infierno de sus antepasados puritanos (algo muy real para él), casi no se dio cuenta del dolor que sus zapatos baratos le producían en los dedos de los pies.
Callahan canturreaba en la oficina, y Phineas pudo reconocer la tonada. Una vez ese ateo había aparecido completamente borracho, y antes de que le enviaran a casa, acorraló a Phineas y se la cantó enterita. Ahora, no sólo la tonada, sino que también la letra de la tonada insistían en hacer sufrir la mente del hombrecillo, y por mucho que lo intentaba, no podía olvidarlas. La oración no sirvió de nada. Entonces sumó a Callahan al grupo de los pecadores torturados, y eso le relajó.
—¿Lápices, cordones de zapatos, plumas?
Estas palabras, que sonaron a sus espaldas, le sorprendieron, y recuperó su equilibrio en la banqueta con dificultad. Justo en la puerta había un jorobado cojo con un puñado de artículos baratos.
—¿Lápices? —repitió—. Sólo diez centavos. ¿No ayudará a un pobre lisiado?
Pero la sonrisa que tenía en la cara contradecía sus palabras.
—No, no quiero lápices. —Phineas se echó a temblar mientras el tipo se acercaba a una ventana y escupía el tabaco que estaba mascando—. ¿Por qué no va a una casa de beneficencia? Además, no permitimos mendigos aquí.
—No hay ninguna —contestó el tío con una alegría ambigua, mordiendo un nuevo bocado de tabaco.
—Entonces tenga fe en el Señor y Él proveerá.
Naturalmente, el hombre había sido destinado a sufrir durante todos los días de su vida en esta esfera mortal, y a través del sufrimiento debía conseguir la salvación. No tenía intención de impedir que este pecador perdiera su única oportunidad de ser salvado manteniéndole en el pecado.
El mendigo asintió y se llevó la mano a la gorra.
—Usted es uno de ésos, ¿eh? Lástima. Bien, mantenga la cabeza alta; tal vez será mejor más tarde.
Entonces salió por la puerta, silbando, dejando a Phineas confundido con aquellas palabras y enfrascado en un trabajo que le estaba saliendo mal.
Potts se frotó los juanetes suavemente y luego desistió, dándose cuenta de que el dolor era sólo una prueba y que debía soportarlo mansamente. La pluma aún rascaba, la máquina de los sobres tronaba, y una abeja había conseguido entrar de alguna manera y zumbaba a su alrededor. Era una abeja grande y activa.
Phineas se encorvó y se puso a trabajar, sudando un poco mientras la abeja revoloteaba sobre su tablero de dibujo. Luego, por fortuna, acabó marchándose volando, y durante unos pocos minutos no pudo oírla. Cuando comenzó de nuevo, estaba detrás de él. Empezó a girar la cabeza, luego decidió no hacerlo; la abeja podría tomar el movimiento como un acto de agresión, y declararle la guerra. Sus manos estaban húmedas y rígidas en torno a la pluma, y sus dedos le dolían de agarrarla con demasiada fuerza, pero de alguna manera se obligó a seguir trabajando.
La abeja, evidentemente, no tenía ninguna prisa por irse. Revoloteó alrededor de su nariz, zumbando, haciéndole retroceder y verter una mancha de tinta en los planos, y luego se puso a dar vueltas alrededor de su cabeza y se posó sobre su calva. Phineas contuvo la respiración y la abeja se quedó quieta. Diez, veinte, treinta segundos. Exhaló el aliento de repente con un soplido. El insecto emitió un leve zumbido, decidiendo evidentemente que el sonido era inofensivo, y empezó a caminar por su frente hacia su nariz. La abeja le hizo cosquillas.
—No, no —susurró Phineas desesperadamente—. ¡N-AYYY-YOOOO!
Se agarró la nariz y dio un salto, golpeándose las piernas contra la mesa y derramando más tinta sobre los planos.
—¡Maldito, oh, mal…!
Era increíble; ¡no podía ser cierto! ¡Su propia boca le había traicionado! Con dedos temblorosos y torpes, soltó la pluma e inclinó la cabeza, pero ningún sentimiento de gracia apareció. Recordaba demasiado bien que incluso el menor pecado merece la justa condena. Ahora estaba sudando de veras, y las visiones del tormento eterno regresaron; pero esta vez él estaba en el lugar de Callahan, y por mucho que lo intentara no podía evitarlo. ¡Estaba condenado!
Callahan le encontró en esa postura un minuto más tarde, y su risa burda y burlona lastimó el alma herida de Phineas.
—Vaya, aquí tenemos un ángel como yo —dejó caer unos papeles sobre la mesa y le dio otro golpe en la espalda—. ¿Has terminado las primeras hojas, Phin?
Tristemente, Phineas meneó la cabeza, mirando al reloj. Tendrían que haber estado terminadas hacía una hora. Otro pecado más sobre sus espaldas, sin esperanza de redención, y precisamente Callahan, de todas las personas, le había sorprendido sin trabajar. Pero el viejo irlandés no parecía contento por aquello.
—Vamos, no lo tomes tan a pecho, Phin. Nadie espera que trabajes como un mulo cuando has estado enfermo. El señor Sloane quiere que vayas a almorzar con él ahora.
—Uh…, yo…
Las palabras no le salían de la boca.
Callahan volvió a darle un manotazo en la espalda, esta vez con suavidad, por lo que sólo le lastimó dos costillas.
—Venga, ve. Lo que queda es asunto de principiantes y lo terminaré cuando estés comiendo. Iré adelantando el trabajo, de todas formas no tengo nada que hacer. Ve.
Prácticamente levantó al hombrecillo del banco y lo empujó hacia la puerta.
—Sloane está esperando. ¡Demonios!, me alegro de hacerlo. Me siento tan bien que nada me es suficiente.
Sloane estaba flirteando con una de las mecanógrafas cuando Phineas le localizó, pero pospuso aquel asunto con un guiño y se dirigió hacia su sombrero.
—¿Cansado, Phin? Tiene mal aspecto. Tiene la nariz roja. Bien, un buen almuerzo arreglará lo primero, al menos. Tenemos la comida más cojonuda que haya comido usted nunca, y justo a la vuelta de la esquina.
—Sí, señor Sloane, pero ¿quiere…? ¡Oh!
No podía pedir eso ahora. Él mismo era un pecador, entregado a un lenguaje violento. Sombríamente, siguió al otro hombre a la salida y llegó al restaurante de la esquina. Entonces, mientras tomaba asiento, se dio cuenta de que no podía comer; la primera de sus penitencias sería dejar de almorzar.
—Yo… ¡oh!… no tengo mucha hambre, señor Sloane. Creo que sólo tomaré una taza de té.
El olor de la comida en el limpio restaurante le provocaba retortijones en el estómago que hacían su penitencia mucho más meritoria.
Pero Sloane estaba pidiendo para dos.
—Lo mismo que de costumbre, preciosa, y trae lo mismo para mi amigo —se volvió hacia Phineas—. El problema con usted, Phin, es que no come suficiente. Espere a probar el jamón que sirven aquí… ¡Y los postres! A partir de ahora mismo, va a comer aunque tenga que meterle la cuchara en la boca. ¡Ah!
El servicio era rápido, y los platos empezaron a aparecer ante los ojos del hombrecillo. Pudo sentir que la boca se le hacía agua, y tuvo que tragar saliva para protestar. Pero la expresión de los ojos de Sloane le hizo desistir. Bien, podría ayunar por la mañana y por la noche. Asintió en silencio, deseando que su cobarde apetito no insistiera en sacar demasiado placer de la comida.
—Bien —la voz de Sloane rompió la de su consciencia de nuevo—, después de esto, tiene que prometerme que comerá tres veces al día o iré y le daré de comer yo mismo. ¿Me oye?
—Sí, señor Sloane, pero…
—Bien. Lo tomo como una promesa.
Phineas tembló. No había sido ésa su intención; no podía hacer esa promesa.
—Pero…
—No hay peros que valgan. Allá abajo suponía que tenía usted el mismo derecho que yo de tener razón, y no abrí la boca sobre el tema. Pero aquí arriba se acabó. No hay razón por la que no pueda disfrutar de la vida ahora.
Aquello era demasiado.
—La vida —dijo Phineas, cogiendo el cuchillo y preparándose para pasar al asalto—, tiene por finalidad prepararnos para la vida que vendrá, no para que la malgastemos en placeres desenfrenados. Es mucho mejor sufrir unos cuantos años y resistir las tentaciones que estar luego condenado eternamente a la perdición. ¿Quiere sacrificar el cielo por unas simples debilidades mundanas que no tienen trascendencia y no significan nada?
—Alto, Phin. No me parece que me haya sacrificado mucho para llegar hasta aquí.
Observó la mirada sorprendida de Phineas.
—No me diga que no se ha dado cuenta de dónde está. Me dijeron que le iban a mandar a un muchacho con el mensaje; bueno, supongo que se les pasó. ¡Está usted muerto, Phin! ¡Esto es el cielo! ¡No hablamos mucho sobre el tema, pero es así!
—¡No!
El mundo daba vueltas bajo el asiento de Phineas. Miró a Sloane sin comprender, sin encontrar en la cara del hombre la más mínima señal de burla. Y estaba el agujero en el recuerdo de sus pecados, y los cambios… ¡y Callahan! Claro, Callahan había muerto y lo habían enterrado un año antes; y aquí estaba, con aspecto de ser diez años más joven, y tan sano como siempre. Pero todo era una ilusión; por supuesto, todo era una ilusión. Callahan no podía estar en el cielo.
—No, no puede ser.
—Pero lo es, Phin. ¿Recuerda? Yo iba de camino a su casa para encargarle un trabajo extra, y le grité cuando salía de allí. Entonces empezó a cruzar la calle, le grité de nuevo… ¿Recuerda ahora?
Un chirrido de neumáticos, Sloane corriendo frenéticamente hacia él y luego… ¡nada!
—¿Entonces me atropelló? Y esto es…
—Oh-oh. Parece que a mí tuvieron que recogerme con una escoba, pero usted tardó un mes en morir. —Sloane se concentró en la tarta, se metió un bocado en la boca y dijo sonriendo—: Y esto es el Más Allá. Y se está bastante bien, aunque nadie salga a recibirlo en la puerta para decir «Bienvenido al cielo».
Phineas se agarró a un clavo ardiendo.
—No le dijeron que esto es el cielo, ¿verdad? Oh.
Eso lo explicaba todo. Por supuesto, tendría que haberlo imaginado. Esto no era el cielo, después de todo; no podía serlo. Y aunque difería de sus concepciones, podía ser ciertamente el otro lugar; ¡aquella abeja! Tch, era lógico que Callahan y Sloane disfrutaran con la perdición, ya que eran pecadores sin guía, que se ufanaban de su falta de santidad.
El mundo se enderezó lentamente, y Phineas Potts recuperó su estado normal. Claro, estaba acostumbrado a un mundo feo, pero ¿qué podía esperarse de él en este vil lugar? Nunca se apoderarían de él bajo las presentes circunstancias. Bajó los ojos agradecido, sin prestar atención a las enfermizas observaciones de Sloane. Si pudiera encontrar a las autoridades de este lugar y hacer que solucionaran este error, todo podía arreglarse para bien. Siempre había hecho todo lo posible por ser bueno. Tal vez algún ligero retraso, pero no por mucho tiempo; y luego… ¡Adiós Callahan, adiós Sloane, nada de dibujos, nada de abejas o ruidos molestos!
Se recuperó y miró a Sloane, con tristeza, pero justamente condenado a este extraño infierno.
—Señor Sloane —pidió firmemente—, ¿hay algún lugar donde pueda encontrar… esto… a las autoridades para… mmm…?
—¿Quiere decir que quiere presentar una queja? Claro, hay un gran edificio blanco unas seis calles más abajo. La oficina de Ajustes y Arreglos. —Sloane le estudió pensativo—. Puede protestar si hay algo que no le haya gustado. Mire, Phin, a veces cometen errores, por supuesto, pero si han cometido algún fallo con usted, iremos y lo arreglaremos.
Phineas sacudió la cabeza rápidamente. La actitud adecuada, sin duda, era dejar que Sloane no supiera la verdad durante el máximo tiempo posible, y eso significaba que tendría que ir solo.
—Gracias, señor Sloane, pero iré solo, si no le importa. Y… esto… si no vuelvo…
—Claro, tómese toda la tarde libre. Eh, espere, ¿no va a terminar el almuerzo?
Pero Phineas Potts se había marchado ya. Sus piernecitas le habían llevado al iluminado exterior y hacia el enorme edificio blanco que debía ser su destino. El destino del alma de un hombre no era algo para tomarse a broma. Se colocó el paraguas bajo el brazo para evitar el contacto con las hordas de los condenados, temblando ante la idea de mezclarse con ellos. Sin embargo, indudablemente esta tortura sería añadida a la lista de otras, y su recompensa sería mucho más grande. Entonces llegó a la oficina de administración, Arreglos y Ajustes.
Había otra Jezabel pintada ante la mesa marcada INFORMACIÓN, y se dirigió hacia allí, calmando sus pensamientos a tiempo para evitar otro desgraciado estallido de excitación. ¡Ella le sonrió e incluso le hizo un guiño!
—El señor Potts, ¿no? Siento tanto que se marchara antes de que llegara nuestro mensajero… Pero si hay algo que podamos hacer ahora.
—Lo hay —dijo él firmemente, aunque sin demasiada rudeza. Después de todo, ella ya tenía suficiente castigo sin su furia—. Desearía ver a alguien con autoridad. Tengo una queja que hacer. Una queja de la mayor importancia.
—Oh, es una lástima, señor Potts. Pero si habla con el señor Alexander, la tercera puerta al fondo del pasillo, estoy segura de que él podrá arreglarlo.
No esperó más y se dirigió apresuradamente hacia el lugar donde ella señalaba. Al aproximarse, la tercera puerta se abrió y un hombre de aspecto digno, vestido con un traje gris le salió al paso. El hombre le tendió la mano instantáneamente.
—Soy el señor Alexander. Entre, ¿quiere? Katy dijo que tiene usted una queja. Siéntese aquí, señor Potts. Bien, ahora, si me habla del tema que le preocupa, estoy seguro de que podremos solucionarlo.
Phineas se lo contó… en detalle.
—Y por eso —concluyó firmemente— creo que se me ha hecho una grave injusticia, señor Alexander. Estoy seguro de que mi destino tendría que haber sido el otro lugar.
—¿El otro lugar?
Alexander parecía sorprendido.
—Exactamente. El cielo, para ser más preciso.
Alexander asintió, pensativo.
—Ya veo, señor Potts. Pero me temo que ha habido un pequeño malentendido. Verá…, esto… es el cielo. Sin embargo, puedo ver que no me cree todavía, así que hemos cometido un error al colocarle adecuadamente. Queremos realmente que la gente sea feliz aquí. Por tanto, si me dice qué está mal, haremos lo que podamos para rectificarlo.
—Oh —consideró Phineas.
Esto podía ser un truco, naturalmente, pero no habría nada malo si podían hacerle feliz aquí, darle su debida recompensa por los años llenos de resistencia a la tentación y noble sufrimiento en humildad y paciencia. Se le ocurrió que, posiblemente, había diversos grados de beatitud, e incluso criaturas como Callahan y su ralea tenían garantizados los menores, aunque aquello no parecía justo. Pero desde luego su nivel no era el de Callahan.
—Muy bien —decidió—. Para empezar, me encuentro viviendo en esa habitación con la grieta gris en la pared que he aborrecido durante años, señor; y el despertador y el teléfono y…
Alexander sonrió.
—Cada cosa a su tiempo, por favor. Empecemos por la habitación. La verdad es que pensaba que habíamos hecho un trabajo magnífico con ella. ¿No es exactamente como su habitación en el nivel de vida anterior? Ah, veo que sí. ¿Y no escogió y amuebló esa habitación usted mismo?
—Sí, pero…
—Ah, entonces teníamos razón. Naturalmente, señor Potts, asumimos que ya que era de su propia creación, era la que mejor le iría. Y además, necesita usted el despertador y el teléfono para despertarle a tiempo y mantenerle en contacto con su trabajo, ya sabe.
—¡Pero odio dibujar!
Phineas miró a este demonio que intentaba atraparle, esperando que adquiriera su forma auténtica. No lo hizo. En cambio, la cosa que era el señor Alexander sacudió lentamente la cabeza y suspiró.
—Eso sí que es una lástima; y nosotros que estábamos tan contentos pensando que incluso podríamos darle el mismo patrón que antes. La verdad es que pensábamos que se sentiría más feliz con él que con un extraño. Sin embargo, si no le gusta, creo que podríamos cambiarlo. ¿Qué otro tipo de trabajo le gustaría?
Tal vez había juzgado mal a Alexander. Trabajar era algo que no había esperado, pero… sí, no estaría mal si lo podía arreglar así.
—Una vez sentí la llamada —sugirió.
—¿Quiere decir al sacerdocio? Eso sí que está bien. Nunca hay demasiados, señor Potts. Hombres maravillosos que hacen un trabajo magnífico aquí. Completan enormemente la felicidad de nuestro cielo, ya sabe. Déjeme ver, ¿qué experiencia ha tenido?
Dirigió a Potts una sonrisa, que lo amansó; luego se dirigió a la estantería y seleccionó un grueso volumen y lo consultó. Lentamente, la sonrisa desapareció y en su lugar apareció la preocupación.
—Ah, sí, Phineas Teophilus Potts. Sí, entró en el seminario en 1903. Fue despedido después de dos años de estudio, debido a la sensación de que podría no estar capacitado para el trabajo y porque era un poco demasiado faná… ¡ejem!, demasiado celoso en sus críticas hacia los demás. Luego pasó a la tienda de su tío y empezó a dibujar, lo que se convirtió después en el trabajo de su vida. La verdad, es una lástima. —Alexander se volvió hacia Phineas—. Entonces, señor Potts, ¿debo entender que nunca ha tenido ninguna experiencia real con este tipo de trabajo?
Phineas se retorció.
—No, pero…
—Lástima —suspiró Alexander—. La verdad es que me gustaría que las cosas fuesen según sus deseos, pero después de todo, ya que no tiene ninguna experiencia… me temo que no podrá ser. No nos gusta precipitarnos en nuestro juicio: Si nos describe exactamente la vida que quiere… No hace falta que la describa realmente. Bastará con que lo piense. Tal vez podamos ajustar las cosas. Concéntrese ahora.
Phineas lo intentó sin mucha esperanza. La voz de Alexander le urgió.
—Un poco más. No, eso es sólo una imagen negativa de lo que no le gustaría hacer. Ah… Hmmm, no. Pensé por un momento que tenía algo, pero ha desaparecido. Creo que está intentando visualizar abstracciones, señor Potts, y ya sabe que eso no puede ser; recibo algo muy vago, pero no tiene sentido. ¡Así! Eso está mejor.
Pareció escuchar unos cuantos segundos más, y Phineas se convenció entonces de que todo era un truco; dejó de intentarlo. ¿Qué sentido tenía? Vagos pensamientos difusos eran todo lo que quedaba, y ahora la voz de Alexander irrumpió en ellos.
—La verdad, señor Potts, es que me temo que no podamos hacer nada por usted. Recibo una imagen muy clara ahora, pero es exactamente la vida que hemos dispuesto para usted. La misma habitación, el mismo trabajo. Aparentemente, ésa es la única vida que conoce. Por supuesto, si quiere mejorar tenemos muchas escuelas, muy buenas, emplazadas por toda la ciudad.
Phineas se enderezó, y apenas si conseguía controlar su indignación.
—¿Quiere decir…, quiere decir que tengo que seguir así?
—Eso me temo.
—Pero ha dicho usted que esto es el cielo.
—Lo es.
—¡Y yo le digo que no es más que el infierno! —chilló Potts, sin poder controlar su furia por más tiempo.
—Como quiera, nunca lo he negado. Señor Potts, me gustaría seguir discutiendo sobre este asunto, pero hay otras personas esperando, así que me temo que tenga que pedirle que se marche.
Alexander alzó la vista de sus papeles, y mientras miraba, Phineas se encontró fuera, aturdido y enfermo. La puerta permaneció abierta mientras la muchacha llamada Katy se acercaba, lo miraba sorprendida y entraba. Entonces la puerta se cerró, pero él permaneció allí, incapaz de moverse, apoyado contra el marco de madera.
Hubo un murmullo de voces en el interior, y sus confusos pensamientos se agarraron a ellas como a un ancla. Oyó la voz de Katy:
—… parece que es terriblemente duro, señor Alexander. ¿Hay algo que podamos hacer?
Luego la voz grave de Alexander:
—Nada, Katy. Ahora depende de él. Le sugerí que fuera a la escuela, pero me temo que es otro desgraciado. Probablemente está ahí afuera en este momento convenciéndose a sí mismo de que esto es una simple ilusión hecha para probar su alma y su habilidad para mantenerse incólume. Si ése es el caso, bueno, pobre diablo, ya sabe que no hay mucho que podamos hacer.
Pero Phineas ya no estaba escuchando. Se agarró fieramente a las palabras que había oído y salió rígido y regresando a la oficina de G. R. Sloane enfrente de su habitación, la número 208. Por supuesto que era una ilusión. Tendría que haberlo sabido. Todo era simplemente una ilusión, hecha para probar su alma. Ilusión y prueba, nada más.
Que lo probaran. Descubrirían que era tan humilde en sus sufrimientos como siempre, sin queja alguna, resistiendo firmemente sus tentaciones. A pesar de que Sloane le negara el derecho al ayuno, ya encontraría otra manera de hacer una penitencia adecuada por sus pecados; aunque Callahan le rompiera la espalda, aunque un millar de abejas le atacaran a la vez, resistiría.
—Perdóname y guíame para que no vuelva a pecar, pero presérvame en el bien, todos los días de mi vida —repetía mientras se dirigía al edificio donde había más trabajo y más miseria esperándole.
Con el tiempo sería recompensado. Con el tiempo.
En el interior de su cabeza, un hilillo de duda se rió alegremente.