País Relato - Autores

leila milà

bailando sola

La empresa había organizado una fiesta en la discoteca más prestigiosa de la ciudad, y ahí estaba yo, apoyada contra la pared, con mi mojito, viendo a mi ex besando a una rubia explosiva con la que trataba de bailar sin mucho éxito entre movimientos más propios de una alcoba que de un lugar público.
«No hay otra, Abby, te lo prometo.» ¡Y una mierda! No había una, sino todas las que pudiese camelarse. No debería importarme, no tendría ni que mirarle, así conservaría los añicos de mi corazón, había sido una estúpida al no verlo y aceptar que, de un tiempo a esta parte, él había cambiado; únicamente le importaba su ego y la satisfacción de su polla.
La teoría era sencilla, sin embargo, seguía ahí de pie con la canción de Robyn sonando de fondo, a punto de llorar por el abandono de mi supuesto amor y ni siquiera estaba bailando; me sentía demasiado identificada con aquella letra que estaba perforando mis sentidos junto a mi coraza a marchas forzadas.
Inspiré buscando fuerza en aquel simple acto cotidiano y aparté la vista del espectáculo que se llevaba a cabo abajo o, lo que era lo mismo, de mi ex con la rubiales.
A uno de los lados se había formado un considerable barullo, y no me había dado cuenta de la gente que se acumulaba hasta que al volver la vista, descubrí al chico en la barra que capturó por entero mi atención. Este estaba ladeado frente a la barra en una pose indolente, el codo sobre la pulida superficie horizontal, la camiseta gris pegada a su cuerpo esculpido a la perfección, luciendo un aire de pícaro rebelde, sonrisa sexy y mirada irresistible. Barba de tres días, facciones viriles, cuadradas, labios de pecado y ojos de un penetrante azul, que resaltaban gracias a su tono de piel, y el cabello negro por el que se podía hundir los dedos y aferrarlo sin problema; por Dios, que estaba tremendo, y, lo más curioso, era que no dejaba de observarme, y a la que vio que yo le prestaba atención, le vi venir hacia mí con un botellín de cerveza helado en la mano.
Tragué varias veces, nerviosa, llevándome una mano a la boca del estómago, que cosquilleó, y me humedecí los labios en un acto reflejo. Era alto, de espalda ancha donde poder agarrarse, piernas y brazos fuertes, avanzaba con gracia felina, parecía un depredador al acecho, seguro, arrogante y terriblemente arrollador. «Calma, Abby, seguro que no es por ti. A ti no te suceden cosas así y él no es de tu liga», me dije para tranquilizarme, pero ya lo tenía plantado frente a mí; los ojos entrecerrados, barbilla alzada y la sonrisa ladeada de un modo devastador. Un calor tremendo me subió por los pies al ver cómo me recorría el cuerpo con sus magnéticos ojos. Parecía poder devorar hasta mi alma con ellos. «Magnífico», pensé pasándome la palma por la tela de la falda, las manos empezaban a temblarme, y aunque no sudase, tenía la sensación de hacerlo cuando el pulso se me disparó.
―Se supone que la noche es para divertirse, y no mantenerse apartada en un rincón.
La boca se me secó al oír su voz oscura, su tono tenía una cadencia sensual que te envolvía como terciopelo. Bebí aturdida y casi me da un pasmo cuando se me acercó tanto que pude oler su piel. Olía a fresco y desenfadado, como si hubiesen mezclado limón, pimienta y la suavidad del bambú.
―¿Por eso has venido? ¿Eres de los que rescatan chicas tristes en las fiestas?
―Podría ser. ―Torció la sonrisa acompañada de otra mirada descarada, me sentí fundir por completo.
―Ya. ―Lo miré alzando la vista, era mucho más alto que yo, su cuerpo casi eclipsaba el mío, mis defensas saltaron respondiendo con más brusquedad de la necesaria; aparté la vista.
―Vaya, eres de las que muerden, no pensaba que hubiese perdido encanto tan pronto. ―Hizo pasar el aire entre los dientes.
―Será que conozco a muchos buitres de la misma calaña, he tenido suficiente, gracias.
Él me miró casi como si mi reacción lo sorprendiese o divirtiese, no sabría decir. Sonrió lánguido como el depredador que me había parecido, y se pasó la mano por el mentón sin que mis ojos dejasen de seguir ninguno de sus movimientos, casi hipnotizada.
―Ya veo, te han hecho daño.
―Premio, Sherlock, ¿quieres una medalla? No estoy de humor como ves ―respondí a la defensiva casi a punto de bufar tal que si fuese una gata.
―Te han trasladado al equipo y es cierto que no sabes ni quién soy. ―Cambió el peso de su cuerpo de una pierna a otra.
La tela vaquera se amoldaba a sus piernas de un modo delicioso. Llevaba botas moteras y aunque por norma general no era muy aficionada a ellas, debía admitir que a él le quedaban de muerte. Joder, todo él estaba para lamerlo de los pies a la cabeza sin prisa alguna. «Abby, ¡¿pero qué te pasa?! Deja de pensar en eso. Cuando regreses a casa, solo te espera el silencio, la soledad, el vacío y el frío de la noche», me recriminé.
A pesar de todo, algo en su comentario me hizo reaccionar, había mencionado al equipo, así que presté atención obligando a mi mente a relegar las imágenes de él tendido en mi cama. No era el momento, menos cuando tenía a unos metros a mi ex pasándolo en grande, pero… ¿qué había de mí?
Me centré.
―¿Equipo? ¿Debería conocerte? ¿Eres nuevo también? ―Fruncí el ceño mirándole con la cabeza medio ladeada, al tiempo que jugueteaba, nerviosa, con la pajita de mi copa golpeándola contra el hielo.
Él volvió a torcer la sonrisa acercándose el botellín a los labios, y yo volví a tragar al ver esos labios cerrarse en torno a la boquilla de la botella. ¡Me estaba abrasando! Si aquello no era tensión sexual, que me partiesen en dos.
―No ves los deportes, ¿cierto? ―Dirigió su mirada a mis ojos, yo negué tratando de asociarlo a algo conocido y os juro que mi mente estaba haciendo horas extras.
―Soy Ian Cross, el piloto. ―Me tendió la mano, grande, fuerte, firme.
Me quedé mirándola aturdida y estupefacta, se la cogí. Aquello era demasiado violento, me sentía estúpida y muerta de vergüenza. ¡Por Dios, ¿cómo no le había reconocido?! Por eso aquel revuelo…
―Oh, cielos, menuda idiota, lo lamento, yo… llevo una mala noche. ―Intenté apartar la mano pero me lo impidió.
Debía estar roja como un tomate.
Él sonrió tan tranquilo, rozando mi mano con sus dedos, su piel estaba caliente, y a pesar de las palmas algo rasposas, seguía siendo una mano que desearías tener recorriéndote el cuerpo desnudo.
―No pasa nada, me alegra que todavía quede gente capaz de tratarme como a alguien normal. ―Sonrió con franqueza―. Te reconocí y quise venir a saludarte, y de paso ver si conseguía arrancarte alguna sonrisa. Parecías a punto de salir corriendo, y algo me dice que tú no eres de esas.
Ian captó mi completa atención al decir aquello, ¿realmente podía ver dentro de mí? Nadie más habría dado tanto en el clavo, sin embargo, él…
―Eres Abby Williams, ¿cierto?
―Sí. En serio, Ian, disculpa por como… joder, menuda forma de conocernos. ―Me llevé la mano a los labios al darme cuenta del taco que había soltado.
Él rio, una risa sincera y vibrante que hizo mantequilla mi sistema.
―Lo siento, parece que esta es la noche de las disculpas.
―¿Por qué? Has sido tú misma, qué más da, estoy harto de tanta corrección, me gusta lo real.
―Ya. ―Lo observé con fijeza sin el menor recato, haciendo chocar las uñas contra el vaso―. ¿Te trajo la escudería? ―Desplacé la vista en busca de su «séquito» para saber cuántos estarían, en apariencia, no atentos a nuestro pequeño encuentro.
No sabía por qué, pero por primera vez en lo que llevaba trabajando en ese mundillo, me estaba poniendo nerviosa.
―No, vine en mi propia moto. No es que me gusten mucho estos actos, pero el deber es el deber. ―Se inclinó un poco hacía mí, ya que el lugar empezaba a llenarse, y entre el griterío y la música, se hacía difícil escucharnos si no me hablaba cerca del oído.
Me estremecí en cuanto su aliento rozó mi piel, desde luego seguía teniendo toda la pinta de ir de caza, y yo parecía ser incapaz de ser inmune a su presencia. Reaccionaba demasiado a la electricidad que se desprendía de su cercanía. Era magnético. ¡Dios, no podía estar pasando aquello, estaba hablando con Ian Cross!
Sonreí con picardía, arqueando una ceja, y alcé los ojos hacia él observándole bajo las pestañas.
―¿Ya te dejan llevarla? ―dije refiriéndome a la moto.
Él volvió a dejar escapar una risita, desde luego era una paradoja que un piloto de Fórmula 1 fuese sobre dos ruedas.
―Te hacía más de coches fastuosos, potentes, rápidos y caros. ―Mi dedo, desobediente, empezó a enredar un mechón de pelo en él, a la que me di cuenta, lo bajé rápidamente tratando de sonreír como si nada. «¡Por lo que más quieras, Abby, concéntrate!», me reprendí una vez más en lo que iba de noche.
―No negaré que tengo algunos ―me dijo confidente al oído sin perder la sonrisa―, pero también te diré que prefiero la sensación de libertad que te da una moto. No les hace mucha gracia, pero es lo que hay, está en el contrato.
―Haces que me plantee mi trabajo como un posible negocio de riesgo.
―Sin él, no hay gloria, pequeña. ―Bebió sin perderme de vista, evaluando el efecto de sus palabras sobre mí.
Desde luego me había sorprendido, pero no molestado que me llamase pequeña. ¿Por qué? Normalmente lo odiaba, a otro ya le hubiera lanzado la copa encima con lentitud y a conciencia, sin embargo, en él sonaba demasiado tentador.
Ian silbó.
―¿Qué? ―Parpadeé.
―Por un momento creí que ibas a echarme eso encima. ―Señaló el vaso que sostenía de forma precaria en la mano izquierda.
―Digamos que se me pasó por la cabeza.
―Pero no lo hiciste, ¿por qué? Estoy seguro que a otro lo hubieras bañado con…
―Con mojito ¿y quieres la verdad?
―Por favor ―dijo como todo un caballero sin perder esa sonrisita peligrosa de los labios.
―Sonó demasiado bien saliendo de tus labios, por eso te libraste, campeón, pero no me tientes o terminarás empapado de arriba abajo, pringoso y… ―Me interrumpí de golpe mordisqueándome el labio. Solo me faltaba haber puesto cara de loba lujuriosa. «¡Abby, no. STOP!, no sigas por ahí…», insistí en mi cabeza.
Él volvió a hacer sonar el aire entre los dientes, divertido, arrancándome una carcajada.
¡¿Pero qué me hacía ese hombre?!
―Es el efecto que suelo causar.
―¿Estas cazando, Ian?
―Ni se me ocurriría, a las mujeres como tú no se las caza, se las conquista.
―¿Ah sí? Las mujeres como yo… ―Me llevé una mano a la cintura con una mirada retadora y desafiante―. Los tipos como tú creéis que lo conocéis todo de las mujeres, pensáis que estamos deseando tener a un hombre en casa, atado y comprometido, y que con cuatro palabritas tendréis nuestra ropa interior en las manos, y no es así. No tengo ningún problema con los revolcones sin compromiso, eso sí, no soporto que me vendan milongas para quitarme las bragas.
Ian hizo una mueca, no parecía sorprendido en absoluto, solo divertido por mi arrebato.
―¿Te estás ofreciendo? ―Levantó una ceja, yo di un paso atrás, molesta―. Eso ha dolido, Abby. ―Casi sufrí un corto circuito cuando pronunció mi nombre―. Yo no he usado ningún tópico contra ti. ¿Por qué te pones a la defensiva? Ni siquiera te he atacado y eso que no he usado ninguna de mis técnicas especiales, no voy de caza.
Me derretí. ¡¿Por qué tenían ese efecto en mí esos ojitos?!
―Lo siento, simplemente es que todavía estoy… ―No terminé la frase, mi ruptura era demasiado reciente, la herida estaba abierta y me sentía una idiota.
Las manos de Ian apartaron un mechón tras mi oído, a la que su dedo rozó la piel de mi cuello, siseé estremeciéndome. Cerré los ojos y esperé, inspirando, a que el suelo dejase de moverse bajo mis pies. Por un instante, todo había dejado de existir y el mundo dejo de girar a mi alrededor. ¡¿Qué me pasaba?!
―Sé bien lo que es querer proteger el corazón, lo malo es que al final te das cuenta de que con eso únicamente te amargas y acabas solo ―dijo cada vez más cerca.
―Tampoco es tan malo querer protegerse del mundo ―murmuré casi sin aire.
―Puede. ―Rozó mi mejilla muy despacio, tal como si estuviese deleitándose con el tacto de mi piel.
Yo tragué a punto de sentir como me ahogaba deseando aferrarme a él.
Su rostro estaba frente al mío y esos labios no dejaban de tentarme, me llamaban a gritos y yo no podía pensar con claridad. Ian puso un poco de espacio entre ambos apartándome hacia la barandilla de seguridad que separaba el nivel superior de la sala inferior. Desde ahí podía seguir viendo a mi ex bailando con la rubia.
―A ver si adivino, casada con tu trabajo. ―La voz de Ian me trajo de vuelta a la realidad, distrayéndome de lo que hacían las manos de Ryan, mi ex pareja―. Hum. ―Siguió como si supiese que había acertado―. Con eso solo conseguirás que un buen día te levantes y te des cuenta de que la vida ha pasado delante de ti sin que la hayas vívido.
―¿Y tú quién eres, mi gurú particular o algo así? ―Medio sonreí divertida volviendo a mirarle.
Ian rio.
―Algo así. Dime, ¿tú qué haces para divertirte? ¿Alguna locura en tu agenda? ―Apoyó la parte baja de la espalda en el murito, poniendo un pie sobre el otro con los brazos cruzados.
―¿Acaso tú tienes muchas? ―Sonreí quedando de nuevo atrapada en su influjo a pesar de que mis ojos seguían controlando a Ryan.
―Cada día me juego el tipo, ¿recuerdas?
―Yo… lo siento, perdona, qué mal. ―Me pasé el vaso frío por la frente, disimulada.
―No, tranquila; me gusta eso. ¿Alguien importante? ―Movió la cabeza hacia abajo.
―¿Cómo?
―No has dejado de mirarle. ―Seguí su mirada.
―¡Ah, no! Solo… mi ex.
Su rostro fue de absoluta comprensión.
―¿Muchos años? ―Se acercó la cerveza a los labios.
―Cinco. Oye, no deberías beber ―lo reprendí, ni siquiera sabía por qué le respondía.
―Es una fiesta. ―Se encogió de hombros―. ¿Quieres joderle un poco? Baila conmigo. ―Me alargó la mano una vez más con la palma abierta―. Te aseguro que ahora mismo eres la chica más envidiada y deseada de este local, y no es por vanagloriarme. Vamos, aprovéchate.
―Qué amable, ¿sueles hacer siempre de caballero andante?
―No, solo contigo. ―Sus ojos me taladraron por completo.
―Vaya, menudo honor, es un halago, señor Cross. ―Sonreí divertida aceptando su mano.
Él enseguida se puso en movimiento llevándome hacia el piso inferior. Todo el mundo nos miraba al pasar, incluso la cúpula directiva estaba empezando a acercarse a la barandilla. Yo reía cuando me atrajo hacia él de un tirón, ya en la pista, haciéndome caer contra su pecho duro. Olía tan bien… ¿Cómo sería recorrer ese abdomen firme y esculpido con los dedos?
«No deberías pensar en eso», volví a reprenderme.
Ian me mantuvo firme para que no perdiese el equilibrio, enseguida le seguí. Lo cierto era que era una provocación cómo se movía ese cuerpo, sabía bailar. Me mordí el labio inferior mirándole sin apartar la mano que tenía sobre su cuello ancho y robusto y seguí moviéndome.
―Eres toda una caja de sorpresas.
―No pensabas que supiera moverme ¿verdad?
―Puede. ―Me puse de puntillas para decir aquello muy cerca de sus labios, él sonrió poniendo una mano en mi cadera y otra en la cintura.
Desprendía tanto calor…
―¿Qué pasó? ―preguntó refiriéndose a Ryan.
―Simplemente, me dejó. Llegó un día de la noche a la mañana en que decidió que ya no me quería con él, quería descubrir cosas nuevas.
Ian hizo una mueca, pero no se sorprendió, al fin y al cabo también era un hombre y entre ellos solían comprender esa especie de códigos secretos.
―Por no decir otras piernas.
―Eso dije. ―Le miré sorprendida de que me hubiese respondido a eso sin perder la sonrisa―. Seguro que tú has hecho lo mismo más de una vez.
―Yo suelo ser muy claro con las cosas que quiero, nunca engaño a una mujer, me parece una cobardía. Siempre es mejor hablarlo, si no funciona, hay que ser lo suficiente maduro para afrontarlo por el bien de ambos.
―Es bueno saberlo. ―Fijé mis pupilas en las de él que parecía de pronto sumido en sus propios pensamientos. El rostro se le había ensombrecido, así que decidí probar y cambiar de tercio―. ¿Y ahora mismo tienes algo en mente?
―Sí, dime, Abby, ¿quieres hacer una locura conmigo?, venga…
―¿Qué clase de locura? Ian, eres peligroso, pareces el abogado del diablo tratando de tentarme.
―¿Lo consigo? ―Dejó de sonreír mirándome muy fijamente, su mano presionó contra la parte baja de mi espalda pegándome a él.
Su cuerpo era un inexpugnable muro de fortaleza y arrogancia masculina, en su expresión se leía la más férrea determinación. Me asusté, sin embargo, no me moví, me quedé mirando cómo bajaba su cara hasta la mía, nuestros alientos se mezclaron.
―Respóndeme una cosa. ¿Te sientes frágil? Quiero decir, ¿considerarías muy inapropiado que te besara? ¿Estaría aprovechándome?
¡Oh, Dios santo! No estaba fingiendo…
―Si no me dices algo, lo haré a menos que me detengas.
―Nuestros superiores están ahí, soy tu enlace, no podemos hacer esto…
―¿Siempre obedeces? No he dejado de desearte desde que te vi en esa pared a punto de derrumbarte.
―Te gusta ir rápido ¿eh?
Su sonrisa fue evidente, respondió:
―Siempre cuando lo tengo claro. Aunque puede que esta vez me estrelle y sea el único que tiene la sensación de que entre ambos hay algo muy potente.
El pulso me latía desbocado, casi parecía el motor de su monoplaza, caliente, listo y preparado. Por primera vez en mi vida lancé la cordura por la borda junto al dolor. No merecía la pena perder un segundo más pensando en alguien que estaba claro que no me quería, y que no estaba guardando ningún luto por la relación terminada. Yo tampoco tenía por qué hacerlo, la vida seguía y no esperaba a nadie.
―Hazlo.
Y así lo hizo, no tardó un segundo en pensárselo, sus labios capturaron los míos, su lengua se abrió paso en mi boca, exigente, ardiente. Mis uñas arañaron su piel, y todo ardió en llamas. El deseo más primitivo y feroz nos devoró, le sentí empujarme hacia los servicios y cómo echaba a alguien entre protestas mientras yo seguía sumida en mi nube de excitación. Nuestras espaldas fueron chocando por las paredes hasta dar con el hueco apropiado sin apartarnos el uno del otro. Parecíamos dos desesperados, ciegos y hambrientos que no veían nada más alrededor. Sus manos me alzaron en vilo, le rodeé con las piernas, me aplastó contra la pared volviendo a besarme y gemí cuando su cremallera rasgó el aire, y en un instante apartó mi ropa interior; el aire frío me hizo sisear y entró en mí.
El frenesí nos dominaba así como la prisa por alcanzar el éxtasis. Mi sexo lo apresaba con fuerza exigiendo que se moviese, sus caderas presionaban entrando y saliendo, estirando mi mojado interior. A cada embestida me sacudía, y una descarga de electricidad partía de mi centro al resto de terminaciones nerviosas, haciéndome jadear hasta que su boca se acopló a la mía tragándose cualquier sonido.
Traté de abrir los ojos y alargar la mano a la puerta. Habíamos terminado en el servicio de mujeres, justo en el aseo para minusválidos cuya puerta atrancaban nuestros cuerpos. Como pude, eché el pestillo. Ian se aseguró de tenerme bien sujeta y avanzó hasta el lavamanos. La piel expuesta de mi trasero agradeció el frío del mármol. Mi frente se pegó a la de él un instante, le pasé la mano tras el cuello y a la que volvió a empujar, eché la cabeza atrás. No me podía creer que estuviese haciendo aquello ni quería pararme a pensar ahora. Únicamente podía sentir el placer zarandeándome con fuerza. A cada nueva acometida estaba más cerca de correrme, cada caricia era un suplicio delicioso que me llevaba más lejos. Mi cuerpo reaccionaba a él, y protesté cuando salió de mi interior. Sus ojos me atraparon enseguida, en ellos ardía un intenso fuego que me robó el aliento. Con una mano en mi mejilla volvió a besarme y tras romper el beso, bajándome del mármol, me volvió de cara al espejo para que pudiera vernos a ambos.
Mis mejillas eran dos faros, tenía los labios hinchados y enrojecidos. El pecho me subía y bajaba aprisa, al ritmo de mi respiración acelerada e irregular. Me rodeó la cintura pegándose a mí, su miembro rozaba, duro, la parte baja de mi espalda. Me mordisqueó el cuello y siseé en cuanto tanteó mi entrada, empujo con suavidad la palma contra mi espalda, y me incliné hacia delante apoyándome en la superficie del mueble. Separé las piernas un poco más para darle mejor acceso, y me mordí el labio para no cerrar los párpados cuando volvió a enfundarse en mi interior.
Ian bombeó y yo gemí, arqueé la espalda y él volvió a tirar para que me pegase a él obligándome a incorporarme. Le sentía moviendo las caderas, implacable, llegando a rozar puntos que ni siquiera sabía que tenía. Mi piel vibraba, el sudor empezaba a resbalar por la columna perlando mi piel. Todo pulsaba, se contraía y endurecía, el final se precipitaba en esa danza descontrolada mientras nos veía a ambos en el espejo.
Y juro que grité cuando volvió a abandonar mi interior.
Me volvió, su peso me empujo contra el lavamanos y alzándome una pierna, regresó justo al lugar donde le quería. Sus dientes pellizcaron mis labios y su lengua salió después, tentando la mía a salir a su encuentro, nuestras bocas se fundieron exigentes; descubriendo, saboreando, reclamando y dejándose llevar al tiempo que nuestros cuerpos seguían hablando su propio idioma acoplados a la perfección. Definitivamente, sabía manejarse más que bien, porque no iba a poder contenerlo más, iba a estallar y él no estaba mucho más lejos.
―Joder, Abby, lo siento…
―¿Qué? ―Le miré atribulada sin comprender―. No pares, por favor, ahora no… sigue.
―No llevo protección.
―Tomo precauciones, no te preocupes ahora por eso, estoy sana. ―Le miré sintiendo cómo todo mi interior se preparaba para precipitarse. La tensión era dolorosa, y el pulso me ensordecía, no quería pararme a pensar y que la nube estallase por culpa de un arrebato.
Si pudiera, estaría gritándome por cómo había podido ser tan irresponsable y dejarme arrastrar así.
―Yo también, hacía mucho que no hacía algo así ―jadeó con voz ronca junto a mi oído.
Podía sentir el intenso latido de su corazón contra mí.
No dudaba de la veracidad de sus palabras, los pilotos estaban muy controlados y su salud era una prioridad.
―¿El qué, echar un polvo? Lo dudo… ―Sonreí maliciosa, estaba claro que esa no era una práctica que tuviese en desuso…
―No, perder así la cordura y dejarme llevar de este modo. ―Me besó de forma salvaje empujando de nuevo.
Me tensé, la deflagración me cogió por completo desprevenida, mi cuerpo se distendió y el placer se adueñó de mí como un tsunami imparable. Me estremecí, hundí las uñas en su espalda y gemí al sentir cómo el espasmo nos sacudía a los dos. Al poco, el calor se precipitaba dentro, haciendo que él me acompañase y quedase con la frente apoyada en mi hombro.
No sé muy bien qué pasó luego, salvo que atravesamos la discoteca en dirección a la salida. Los labios me palpitaban, las piernas flotaban y, en vez de avergonzarme, salí de la mano de Ian con la cabeza bien alta. No pensaba ni en mi ex, en la escudería ni la directiva. Tanto daba si era una más de sus muescas o no, lo había disfrutado y era mi vida.
Quizás, esa fractura era justo lo que necesitaba, porque ni siquiera me importó la mirada oscura de Ryan ni la de su acompañante cuando la apartó a un lado como si solo fuese mercancía, porque para él todo se limitaba a eso, a poseer y alardear.
Todo pasó como en un sueño. Subí a su moto, me abroché el casco y me aferré a su cuerpo duro y fuerte.
Lo último que recuerdo, fue caer con él entre las sábanas de la suite del hotel que tenía alquilada, tras darnos una ducha muy entretenida.
Sin duda, la mejor noche de toda mi vida.
Al final, no bailé sola y no me importaría si debía volver a hacerlo. Mi vida no se acababa con Ryan. Podía volver a quererme y ser yo misma.