País Relato - Autores

leila milà

aferrado a la vida

Cuando eres niño, con poco que tienes es suficiente, un beso de tu madre, un abrazo...
A medida que creces, se te exigen unos objetivos, deseas cosas a veces innecesarias y no das importancia a lo que realmente lo merece como, por ejemplo, el significado de un beso.
Yo ni siquiera me había planteado nada de eso y no tenía muy claro por qué lo hacía en este instante salvo, quizás, por el beso de esa pareja que veía a lo lejos, recortados ambos contra el sol poniente.
Si lo pensaba bien, yo no debería estar ahí, nunca había tenido futuro; la enfermedad que me aquejaba desde pequeño no iba a permitirlo y, sin embargo, y contra todo pronóstico, seguía respirando.
Nunca creí en la magia ni en los cuentos de hadas con final feliz; era consciente de mis expectativas, del destino que me deparaba al estar gravemente enfermo, hasta que un día todo cambió.
Unos dedos se entrelazaron con los míos, haciéndome regresar a la realidad, alzando los ojos hacia Ona.
―¿En qué piensas? Estabas muy lejos de aquí. ¿Te arrepientes? ―me preguntó sin ningún tipo de rencor en su delicada voz.
Sus ojos profundamente azules se desviaron de los míos hasta detenerse en la pareja que había desencadenado mis pensamientos. La suave brisa hacía ondear su pelo negro enmarcando su hermoso rostro.
―No, solo pensaba en lo curiosas que son las circunstancias de la vida. Una simple decisión puede cambiarlo todo en un segundo ―respondí finalmente.
Ella me devolvió una sonrisa sincera y prestó atención al tiempo que veía cómo yo volvía a alejarme en las profundidades de mi mente.
***
Hubo un tiempo en que ni siquiera podía pensar en qué querría ser, o en jugar con el resto de los niños o hacer trastadas que llevasen de cabeza a mis padres; mi único deseo estaba en conseguir sobrevivir un día más. Y ahora, que tenía mil y una oportunidades de disfrutar de cada instante, lo único que hacía que siguiese sintiendo pesar, era pensar en por qué yo y no otro.
La gente suele ser egoísta. Sin embargo, me sentía culpable por la suerte que había tenido. Mi conciencia seguía diciéndome que debía hacer algo con ese don que se me había concedido y sabía bien que no era tan sencillo; había consecuencias, normas y, según cómo se mirase, lo mío no era una bendición, sino una maldición. Pero, fuera como fuera, yo no me lamentaba, porque ese «incidente» me había permitido vivir y conocer al amor de mi vida, aquella que me hacía sonreír y llenaba mi oscuridad de luz y deseos.
No era de los que se quedaban en un rincón lamiéndose las heridas. No me quejaba ni lloraba por mi suerte, sino que me aferraba a cada experiencia y, sin embargo, tras el accidente todo cambió…
Yo fui el que provocó indirectamente el accidente que se llevó a mis padres. Estaba sufriendo un ataque cuando mi padre detuvo el coche en el arcén y yo sabía que ese era mi último día, lo sentía en todo mi cuerpo. Percibía el aliento de la muerte tras mi nuca, mientras veía a mi madre gritar, buscando frenética las medicinas sin dejar de presionarme el pecho insistiendo en que aguantase. Mi padre se giró para ayudar, cuando una grúa pesada que venía en dirección contraria perdió el control y se empotró contra nuestro vehículo.
Todo sucedió en una fracción de segundo, y las tornas cambiaron; el día en que yo debería de haber dejado este mundo fueron mis padres los que lo hicieron. La sangre caliente salpicó mi cara, la sentí resbalar de entre mis labios hasta deslizarse por mi garganta, mientras mi madre me aferraba la mano.
Lo último que captaron mis oídos fue un débil «vive», y cómo yo me aferraba con uñas y dientes a la vida que se me escapaba. Una explosión recorrió mi cuerpo, llenándolo de energía. El dolor y la debilidad desaparecieron. Noté cómo los huesos crujían y cómo algo cambiaba; luego, todo fue oscuridad. Todavía nadie se explica cómo sobreviví ni cómo fue que la enfermedad desapareció.
Esa parte era aún una nebulosa en mi cabeza. Más tarde descubrí que mi «maldición» se había activado con la sangre, y sangre fue lo que tuve que verter para transformarme por completo en lo que soy ahora.
―Luna llena. ¿Qué querrás hacer? ―Ona volvió a sacarme de mis pensamientos.
―Una más ―sonreí―. Quiero llevarte a un sitio. ―Me levanté tendiéndole la mano, que ella aceptó.
Saqué la cartera del bolsillo trasero del pantalón y dejé un billete sobre la mesa de la terraza, donde estábamos tomando un refresco, y la llevé hasta la moto.
Ona subió tras de mí envolviendo mi cintura, y yo sonreí de aquel modo canalla que tanto le gustaba, mientras me ponía el casco al igual que había hecho ella. No le hacía ninguna falta cogerse, pero a mí me encantaba que lo hiciese. Poder sentir su cuerpo suave pegado al mío era una sensación maravillosa que me recordaba que no estaba solo.
Arranqué y, tras hacer la indicación pertinente, me incorporé a la marcha, poniendo rumbo a las afueras del pueblo. El aire fresco del anochecer traía el olor a sal del mar, alejando el intenso calor del día. El cielo iba oscureciéndose con pereza mientras se llenaba de estrellas; aparqué en el camino exterior y Ona examinó el lugar.
***
Íbamos al cementerio.
Me siguió en silencio, quedándose a unos pasos de mí. Cuando llegamos a las tumbas, pasé los dedos por la piedra y suspiré, leyendo los nombres de mis padres.
―Hacía mucho tiempo que no venía, no me veía con fuerza. Siempre creí que esto era innecesario, que las personas a quienes amamos en vida las llevamos siempre dentro, aún cuando no están, pero creo que era por miedo a lo que podrían pensar al ver en lo que me he convertido.
Ona sonrió con languidez y me envolvió con su brazo.
―¿Y en qué te has convertido? En un hombre fuerte, decidido, luchador y poderoso. No eres ningún monstruo; forma parte de ti y tus padres querían que vivieses, jamás te culparían.
―Por eso te quiero tanto, cielo, y por eso te he traído, para que, de algún modo, te conozcan de modo formal. ¿Es una locura, verdad?
Ella se encogió de hombros sin perder la sonrisa; su piel canela parecía satén bajo la suave luz de la luna, que empezaba a ascender creando un río de plata entre las callejuelas del cementerio.
―No me lo parece, es un gesto muy bonito, necesitabas hacerlo.
Asentí desviando la vista de ella hacía las lápidas.
―Si no hubiese sido por ti no sé qué habría sido de mí. Tú me enseñaste a controlar todo esto ―dije, mientras miraba cómo mis uñas se afilaban hasta convertirse en garras.
―Lo lograste tú, yo solo estuve ahí para darte cuatro indicaciones. Eras un guerrero y lo sigues siendo, lobito mío.
―Tuyo, que bien suena. ¿Sabes? Ya solo por esto valió la pena transformarme. ―La atraje hacia mí, agarrándola del trasero y alzándola. Sus piernas me envolvieron la cintura y sus manos se cerraron tras mi nuca. La besé con ganas hasta sentir cómo se estremecía, y la miré. Sus ojos ahora dorados, mostrando lo cerca que estaba su cambio, brillaban con intensidad.
Si lo pensaba bien, aquello no era una maldición, sino un milagro. Era fuerte, rápido, letal y podía sanar mis heridas, además de tener una larga vida. No enfermaba y había pocas cosas a las que debía temer. Mi condición se podía controlar, y la luna llena no tenía por qué ser una pesadilla en la que las ansias de matar me dominasen.
No sé si era ella o que realmente era tan fuerte como me decía, pero sentir mi vínculo con Ona era lo que me hacía vivir; mi corazón latía solo por mi loba, me hacía saber quién era y por qué respiraba.
Y es que hasta en la oscuridad hay luz, y querer y saber apreciar cada instante es un motor que me impulsa cada día: vivir por mis padres, por mí y por ella.
Porque ahora estaba más seguro que nunca de que tenía todo lo que había deseado en la vida: alguien con quien compartirla y exprimirla.
Sonreí dejando a un lado todos aquellos recuerdos amargos y volví a sumergirme en los ojos de mi compañera, que enredaba sus dedos en mi denso cabello oscuro.
―Ya sé lo qué quiero hacer hoy ―susurré pasando un mechón de ella tras su oreja―. Nada de locuras esta noche, ni siquiera de paseos, ni quedarnos tendidos mirando la luna. Hoy no correremos entre la humedad del bosque.
―¿Entonces?
―Pienso llevarte a nuestro dormitorio, abriré la terraza para que la luna inunde nuestra alcoba. Te tenderé en la cama, y allí nos amaremos hasta no poder más.
Ona se humedeció los labios.
―¿Me vas a llevar a tu casa? ―Me miró con su pulso latiendo al galope.
―Nuestra casa ―corregí, al tiempo que cogía la llave que colgaba de la cadena metálica que siempre llevaba al cuello―. Ya es hora de hacer lo que siempre he querido, disfrutar de esta oportunidad.
Desde la muerte de mis padres no había regresado allí, la casa en la que viví con mis padres; Marisa, la mejor amiga de mi madre y la que me cuidó hasta la mayoría de edad tras la muerte de estos, se encargaba de mantenerla en mi ausencia.
Ona se puso de puntillas sin soltarme la nuca. Paseó su vista por mi rostro y me besó pegándoseme al cuerpo. Le rodeé la cintura devolviéndole el beso.
―Esa idea me gusta, nada de mirar atrás.
―Nada de eso, solo nosotros y el mundo que nos espera. Por primera vez vamos a hacer realidad nuestro propio cuento.
Ona dejó escapar una risita que me hizo sonreír y, tras despedirnos de mis padres, de mi pasado, regresamos a la moto, para poner rumbo a nuestra casa.
Cuando llegamos entramos cogidos de la mano. Subimos a la buhardilla, abrimos la terraza dejando ondear la vaporosa cortina blanca y nos reunimos en el centro de la habitación.
Frente a frente, bañados por la misma luna que me vio renacer, la tomé de la nuca atrayéndola hacia mí. Nuestros labios se encontraron fundiéndose en uno solo mientras, fuera, el rumor del mar nos mecía con el mismo vaivén.
Hoy comenzaba una nueva vida que no dejaría escapar entre los dedos. No me pararía a contemplarla, sino que iba a comérmela de un solo bocado por todos aquellos que, como yo, luchan cada día aferrándose a la emoción de poder respirar.
Ambos lanzaríamos nuestro canto a la vida caminando bajo el filo de la delgada línea entre la luz y la oscuridad.