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laurence manning

cavernas infernales

I
Ha pasado algún tiempo desde que por primera vez hablé del Club de los Extranjeros, allá en la calle 53 poniente. Parte de ese tiempo lo he pasado en el amplio salón de fumar, escuchando toda clase de historias. Todas ellas tendrán que esperar, pues antes debo relatar algo que se inició en dicho salón, el mes pasado, y que me envolvió en una aventura tan extraordinaria como cualquiera de las que me habían contado, y que he de narrar tal como sucedió. Quizá el relatar esos acontecimientos me ayude a olvidarlos.
Supongo que, cuando se trata de ciertos temas, las mujeres son más curiosas que los hombres. Por ejemplo, los hombres taciturnos y reservados, que no dicen todo lo que saben, las vuelven locas de curiosidad. Más de un caballero debe el haberse casado con una hermosa mujer al simple hecho de que ella no pudo encontrar mejor manera de informarse de todo lo concerniente a él que volverse su esposa. Estas consideraciones no son ociosas, pues Smithers, aunque soltero aún, es precisamente de esa clase de hombres. Una vez lo vi en un baile de la caridad, en el Plaza, y pude ver a las mujeres rodearlo verdaderamente excitadas, pues Smithers rara vez asistía a un baile, y la palabra “misterio” parecía estar escrita sobre su persona y aparecer en la lenta sonrisa ligeramente burlona que con frecuencia mostraba su atractivo rostro. Lo más extraño en Smithers era que también los hombres sentían la presencia del misterio. En el club, todo el mundo lo trataba con una familiaridad exagerada, no obstante que nadie lo conocía verdaderamente a fondo. Tenía el notable don de la amistad impersonal. Esta historia se refiere en gran parte a Smithers.
Todo empezó en el Club de los Extranjeros, un viernes por la noche. Mi amigo Seeman acababa de regresar de su último viaje al África, y yo me relamía los labios en espera de sus narraciones. Hasta entonces se había limitado a murmurar en su tono bajo y apacible algo acerca de “dificultades con los caníbales” en cierto río, o algún sitio por el estilo, hasta donde condujera una expedición en busca del petróleo. Había admitido que se trataba de “algo parecido a la guerra”, y que había tenido “una escaramuza” con algunos; también reconoció que tres de sus porteadores bechuanos habían “resultado perjudicados”. Aquello era realmente típico de Seeman. Parecía absurdo imaginarlo haciendo cualquier cosa de una manera heroica. Cómo se las arregló la naturaleza para hospedar un carácter tan aventurero y un cerebro tan intrépido en aquel cuerpecillo enteco y desgarbado, es algo que no me explico. Aquella noche también se hallaba presente en el club el coronel Marsh. Él, Seeman y yo nos paseábamos por el gran salón de fumar, hablando acerca de África, y examinando algunas de las cabezas que el coronel había cobrado y obsequiado al club. La más notable era la de un gigantesco rinoceronte blanco, que parecía miramos desde la pared, un poco a la derecha de la gran chimenea.
Smithers estaba leyendo y bebiendo whisky con soda en la biblioteca, y nosotros teníamos el salón de fumar para nosotros solos. Supongo que empezamos a hablar en voz lo suficientemente alta para que Smithers nos oyese en la habitación contigua. Comoquiera que sea, al estar admirando el rinoceronte nos dimos cuenta de pronto de que Smithers estaba entre nosotros. Durante un momento lo contemplamos en silencio. Miraba con fijeza la cabeza colgada en la pared, y por fin giró sobre sus talones para enfrentarse al coronel Marsh, con aquella sonrisa ligeramente burlona que tan nerviosos ponía a sus interlocutores. El mostacho de Marsh, manchado por el tabaco de pipa, pareció erizarse, y su rostro enrojeció más de lo habitual.
—¡Vaya un ejemplar! —dijo Smithers, sonriendo ligeramente.
—Pesaba tres toneladas. Hacía retemblar la tierra cuando nos atacó —respondió el coronel, tajante.
—Pero supongo que usted tenía un buen rifle.
—Mi Martinson express. En aquel momento, hubiera deseado tener un obús.
Smithers, cortésmente, enarcó las cejas y se alejó a pasos lentos. El digno coronel se quedó hirviendo de rabia.
—¡Maldito presumido! —gruñó—. ¡Me gustaría verlo frente a un rinoceronte embravecido!
Asentimos calurosamente, pues tanto a Seeman como a mí nos habían parecido extemporáneos los comentarios de Smithers, y Seeman, que sabía no poco de aquellas cosas, dijo a Marsh que casi le envidiaba tal cabeza. “Muy tonto se necesita ser”, pensé yo, “para no darse cuenta de que el rinoceronte blanco es una pieza valiosa, tanto por su rareza cuanto por el peligro que entraña cazarlo”. Ahora bien, era evidente que Smithers no era ningún tonto. Aquello me intrigó, y la curiosidad empezó a aguijonearme durante la hora siguiente, mientras trataba, en el solitario bar del club en compañía de Seeman, de calmar al acalorado coronel con bebidas refrescantes, y de restañar las heridas causadas a su sensibilidad. En realidad, no había dicho Smithers nada insultante, pero su actitud había sido abiertamente burlona, y el coronel tardó largo rato en apaciguarse. Al cabo de un tiempo me separé de Seeman y del coronel Marsh y volví al salón de fumar. Allí, con las piernas separadas y las manos en los bolsillos, estaba Smithers en pie frente al rinoceronte, contemplando la mirada de sus ojos vidriosos. Me dije que si el coronel Marsh acertaba a entrar, tendríamos una escena. Me volví para echar una rápida mirada hacia la puerta... y allí estaba, rojo y erizado.
Yo me estremecí, y cerré los ojos. Cuando volví a abrirlos, estaban frente a frente; el uno, insolente e irónico; el otro, rígido y furioso. Smithers, con gesto paternal, puso una mano sobre el hombro de Marsh.
—Debe usted venir un día a mi casa, y tirar de verdad —le dijo.
—¡Quíteme la mano de encima, señor! ¡Maldito jovenzuelo! ¡Señor, debe usted de estar ebrio!
—Nunca he estado más sereno; pero, ¿qué le sucede? ¿No le gusta cazar?
El coronel pareció a punto de estallar de rabia, y se alejó dando fuertes pisadas. Smithers se volvió hacia nosotros.
—¡Creí que le gustaba cazar! ¿Por qué no vienen ustedes dos, cualquier día?
—Smithers, tiene usted que estar ebrio. Vive en un respetable barrio de Long Island; ¿qué se puede cazar allí?
Smithers sonrió enigmáticamente.
—Apuesto mil dólares contra un rifle de calibre .45, a que encontraremos más caza y piezas mayores que las que jamás se hayan encontrado en el África.
El coronel, en el otro extremo de la habitación, resopló como un caballo enfurecido. Smithers se volvió negligentemente hacia él.
—Eso también reza con usted, Marsh.
—Debiera aceptar... ¡Solo para darle una lección! ¡Acepto la apuesta! ¿Lo oyen usted y Seeman?
—¡Pero, Marsh, está borracho...! Tiene que estarlo.
—¡Borracho o en sus cinco, le costará mil dólares!
Me encogí de hombros. Al fin y al cabo, Smithers era bastante rico, y sin duda se merecía aquello.
—Muy bien. ¿Está hecha la apuesta, Smithers?
—Hecha está. ¿Cuándo quieren ir? ¿Este fin de semana?
Seeman tenía un compromiso, de suerte que aplazamos aquello para la semana siguiente. La mirada de Smithers iba de uno a otro, y su expresión se volvió seria.
—Traigan rifles de alto poder y balas expansivas —dijo lacónicamente—, y les recomiendo ponerse polainas de cuero y chaquetas protectoras. Estaré esperándolos el viernes por la noche.
Y salió de la habitación, dejándonos en parte divertidos y en parte airados contra él. ¡Caza mayor en Long Island!
Bueno, decidimos que allí estaríamos para quitarle su dinero sin el menor remordimiento.
—Después de todo, mil dólares bien valen el viaje —comentó Seeman, y empezó a prepararse otra bebida.
Durante un rato medité acerca de aquel incidente. Si el hombre, por algún motivo, había deseado que fuésemos a su casa, no habría podido encontrar un pretexto mejor que aquel. Pero, ¿para qué querría nuestra presencia? Claro estaba que no para cazar fieras. Entonces, ¿para qué? ¿Quizá para protegerlo de algo? Posiblemente el hombre tuviese enemigos sin escrúpulos. Era también posible que se hubiese enredado con gangsters o contrabandistas, aunque me costaba trabajo imaginar al aristocrático Smithers mezclado con tales individuos.
En el curso de la semana siguiente, fui convenciéndome cada vez más de que la invitación había sido hecha en serio. Telefoneé a Seeman, para comunicarle mis suposiciones, pero él se burló de mí hasta sacarme de quicio.
—Nos pondrá a cazar ratones o conejos. Eso será todo.
—Bueno... quizá tengas razón. De todos modos, se necesita sentido del humor para cazar ratones con un rifle de alto poder.
Seeman rio.
—¡Es cierto! Llevaremos la artillería que nos pidió, y nos vestiremos como quien va al África, ¿eh? Eso le gustará al coronel.
Y así, el viernes por la tarde nos reunimos en el apartamento de Marsh y comenzamos los preparativos. Llevábamos calzones y polainas de cuero. Seeman lucía unas pesadas botas que le llegaban hasta la rodilla. Nos proveímos de cascos de caucho, y cada uno se colocó bandoleras de cuero, llenas de cartuchos. Mientras nos vestíamos, vaciamos dos pintas del bourbon del coronel y, bajo su inspiración, insistí en que debíamos llevar dos revólveres en nuestros cinturones. Debimos de dar un espectáculo extraordinario cuando, con nuestros grandes rifles en la mano, descendimos para tomar el automóvil. El portero nos miró de hito en hito, y el joven ascensorista negro, al vernos, se tragó su goma de mascar y estuvo a punto de descomponer el ascensor antes de que hubiésemos llegado al piso bajo. Ya en la calle, atravesamos la acera y entramos en el coche, mientras los transeúntes se detenían frotándose los ojos, sin poder creer lo que habían visto. Conduje el automóvil lentamente hasta llegar al puente de la calle 59, y luego pisé el acelerador.
Eran las últimas horas de la tarde cuando llegamos a Paulings, en la costa norte de Long Island. Preguntamos a un solitario y aburrido policía de tránsito la dirección de Smithers. El hombre nos informó, como preguntándose qué relación podría tener este con gente tan extraña. Puede decirse que conocía la casa bastante bien. Iba a ponerse el sol cuando doblamos en la calzada de Smithers. Su morada era bastante extraña: una amplia zona cubierta de árboles por la que serpenteaba la calzada, sobre la cual los árboles desplegaban su ropaje de otoño, y hacían doblemente grato transitar por entre ellas; luego, una vasta extensión cubierta de césped, en la que había también algunos árboles, y más allá, sobre una loma, la casa, detrás de la cual se alcanzaba a ver un pequeño lago, en una cañada rodeada de altos pinos. Solo tuvimos tiempo de echarle una ojeada antes que el sol se ocultase. Unos momentos después, nos encontrábamos frente a la entrada. Un delgado mayordomo despidió al lacayo que nos había abierto la puerta y nos condujo al salón que Smithers empleaba como biblioteca.
—El señor Smithers está aguardándolos, y bajará enseguida —dijo, y se retiró.
Al cabo de un minuto apareció Smithers, que se detuvo junto a la puerta, tranquilo y sonriente. Me pareció que examinaba nuestro armamento con un especial interés. Me pregunté de pronto si realmente habría estado en sus cabales aquella noche en el club. Evidentemente, el coronel estaba pensando en lo mismo, pues sin el menor preámbulo dijo:
—Hemos venido por esos mil dólares, Smithers. Espero que no se haya olvidado usted del asunto.
—¡Claro que no! Pero antes, tendrán que ver la caza que hay aquí; después saldaremos cuentas.
—¡Vamos, Smithers! No diga tonterías. ¿Sostiene usted que hay caza mayor aquí, en Long Island?
Smithers nos dedicó una mirada burlona.
—Comamos primero: saldremos a cazar por la noche —respondió—. ¿Desean ustedes lavarse?
Durante toda la cena, el coronel Marsh y yo acosamos a preguntas a nuestro anfitrión, tratando de obtener detalles sobre la “caza mayor” que había prometido poner ante nuestros ojos, pero Smithers era muy evasivo.
—¿Son animales domesticados? —le pregunté—. ¿Tiene usted algunas fieras enjauladas en su finca?
Smithers negó con la cabeza.
—¿Hay por aquí gatos monteses? —preguntó bruscamente el coronel.
Nueva negativa. Nadie podía penetrar los pensamientos de Seeman, pues su rostro ardiente y amarillo nada expresaba. Pero, ya a la hora del postre, hizo la pregunta más sorprendente de todas:
—¿Vamos a ir esta noche a cazar a un hombre, Smithers?
Yo me quedé helado, pero Smithers sonrió casi dulcemente, y volvió a sacudir la cabeza.
—¿No cree usted que sería mejor si nos lo dijera todo, para que pudiésemos prepararnos? —añadió Seeman—. Desde luego, en el caso de que no todo sea una broma.
—Tendrá tiempo de juzgar por sí mismo más tarde —respondió Smithers tranquilamente.
—¡Demonios! Todo esto es muy divertido para usted, pero no tanto para nosotros —intervino Marsh.
—¿Tiene miedo, coronel? —preguntó Smithers, indolente.
La nuca del coronel se hinchó visiblemente y se puso de color púrpura. Se mordió los labios y su mostacho se estremeció. No hizo más preguntas, y pasó más de media hora antes que volviese a dirigir la palabra a Smithers. Durante todo ese tiempo, se hizo evidente para todos nosotros que nuestro anfitrión traía algo entre manos. Estaba nervioso y sin su aplomo habitual. Varias veces se aclaró la garganta como si fuese a empezar a hablar, pero siempre cambió de opinión. Finalmente, se levantó y nos condujo a una extraña habitación circular de solo unos cuatro metros de diámetro. Sobre las paredes veíanse armas de todas las clases imaginables. A lo largo de la parte baja de la pared había innumerables cajones repletos de balas. Cuatro cómodos asientos estaban empotrados en la pared, distribuidos por parejas, lo que recordaba las literas de los barcos. De debajo de uno de dichos asientos sacó Smithers whisky, soda y cuatro vasos, e hizo bajar una pequeña mesa plegadiza para colocar encima todo aquello.
—Partiremos de esta habitación dentro de pocos minutos —anunció.
Me pareció que todos por igual estábamos preguntándonos si algo grave nos esperaría. ¿Qué podría ser? Aquello había excitado nuestra imaginación. Una puerta vidriera doble, enrejada, se hallaba precisamente frente a la puerta por la que penetráramos, y que había sido cenada. Me acerqué a los cristales y escudriñé las tinieblas. Pude ver las luces de algunas casas bastante lejanas, y las estrellas delataban el límite del bosque. Mientas estaba yo allí, Smithers se acercó y corrió las pesadas cortinas, sonriendo misteriosamente.
Nos reunimos alrededor de la mesa, y con parsimonia bebimos nuestro whisky, mientras Smithers se acercaba a nuestras armas y las examinaba minuciosamente. Sugirió entonces que cada uno llevase un revólver, que podría descolgar de la pared.
—Pero... ¡si ya tenemos uno! —objetó el coronel.
—Estos son de calibre .44 —respondió Smithers tranquilamente.
El whisky era fuerte, pues una o dos veces me pareció que el suelo se movía. Pero en aquellos momentos no me fijé en nada de ello. La atmósfera de la habitación empezó a hacerse opresiva. Sugerí a Smithers que abriese la ventana, pero nuestro anfitrión me dirigió una fría mirada.
—No sabe usted lo que está pidiéndome —dijo.
Seeman ladeó la cabeza ligeramente y lo observó con sus inexpresivos ojos. El coronel Marsh siguió fumando durante unos segundos, y luego dio salida a su acumulada ira.
—¡Ejem! —hizo—. ¡Qué insolente tipo! ¿Cuánto tiempo más piensa tenemos aquí? Todo lo que ha dicho es palabrería absurda. No, no trate de negarlo. Me propongo irme de su casa en este mismo momento.
Y con determinación se dirigió hacia la puerta por la cual habíamos entrado, y tiró de la perilla. ¡La puerta estaba cerrada con llave!
—Realmente, Smithers —dijo Seeman con toda calma—, creo que sería conveniente que se explicase usted.
Nuestro anfitrión nos recorrió con la mirada y sonrió, más mefistofélicamente que nunca.
—Saldremos de esta habitación dentro de cinco minutos —fue su respuesta—. Comenzaremos la cacería más apasionante, y quizá la más peligrosa, en la que hayan ustedes tomado parte. Y cuando hayamos vuelto aquí, el coronel Marsh me pagará con gusto la apuesta.
Para entonces, la habitación estaba convertida en un horno. Yo sentía que los oídos me zumbaban y que el corazón parecía querer salírseme del pecho. Smithers sacó de un cajón las linternas de mano más grandes que hubiese yo visto, y las probó, una por una. Anchos rayos de luz recorrieron las paredes de la habitación, ya bastante iluminada. Sin decir palabra, alargó una lámpara a cada uno de nosotros. Luego preparó nuevas bebidas y, con un gesto, nos convidó a beber. Aquello tenía un sabor extraño; al dar el primer trago, dirigió Seeman una aguda mirada a Smithers. Este se ruborizó un poco.
—No hay nada que temer —dijo—. En realidad, es una medicina. La necesitaremos mientras estemos en marcha.
Y, al hablar, nos mostró su propio vaso, que ya había vaciado. Una vez que todos hicimos otro tanto y dejamos los vasos sobre la mesa, Smithers los retiró y volvió a poner en orden la habitación. Abrió luego un cajón, y de él sacó dos bombas de dinamita que colocó en el suelo al lado de la puerta vidriera. Un momento antes, el piso se había movido ligeramente. Aquello me intrigó sobremanera, y más aún me hubiese intrigado de no haberme dolido tanto la cabeza y no haberme zumbado los oídos tan horriblemente, al ritmo mismo de mis pulsaciones. Smithers descorrió las cortinas y apartó una ligera barra con la que estaba asegurada la puerta. Entonces, formando un grupo compacto, salimos a las tinieblas.
II
Todo era oscuridad en el exterior. Un olor a moho llegó a nuestras narices. El aire de la noche no era ya tan fresco como lo fuera cuando llegamos. Evidentemente, el cielo se había nublado, pues no pude ver luces en ninguna dirección, por más que agucé la vista. Había un silencio mortal: ni siquiera los habituales ruidos nocturnos podían percibirse. Aquella opresión indefinible se hizo más intensa que nunca; los oídos me dolían cada vez que tragaba saliva. Smithers dijo:
—Durante un trecho, el terreno es rocoso y desigual; fíjense en dónde pisan —y alumbró el suelo con su lámpara.
Me pareció que empezábamos a descender rumbo al pequeño estanque que viera detrás de la casa, aunque antes no me había parecido que la pendiente fuese tan empinada. Sobre las rocas no se veía vestigio alguno de tierra, y no había por ninguna parte la menor vegetación. Al principio me intrigó aquello; pero después de bajar durante casi un kilómetro por la pendiente llena de guijarros, mi sorpresa se convirtió en asombro. Smithers acalló uno o dos intentos de entablar conversación, y seguimos bajando, tan silenciosamente como nos fue posible, aunque el ruido que hacíamos debía de poder oírse a más de un kilómetro, en aquel silencioso lugar. De pronto, Smithers se detuvo y apagó su linterna. Todos nos acercamos a él, en aquellas tinieblas extraterrenales.
—Ahora, tendremos que avanzar con cuidado. Agucen el oído tanto como la vista —nos dijo en un murmullo.
—¿Para oír qué? —gruñó la voz del coronel Marsh, en la oscuridad.
—No puedo decírselo.
—Pero, ¿por qué no, hombre? ¿Es algún secreto?
—No hay palabras en el idioma que puedan expresarlo. Pero ya he estado aquí antes, y vi... No puedo decirles lo que vi. ¿Creen que no lo diría si pudiera?
—Hábleme con franqueza —intervino Seeman—. ¿Habla usted en serio? ¿No es una broma todo esto?
Smithers suspiró, impaciente.
—¡Si dejan de cuchichear y aguzan su vista y su oído, podrán convencerse por sí mismos!
Mientras hablaba, vi algo, y me así al duro brazo de Seeman. Era una luz lejana, tenue, casi fosforescente, que me pareció que flotaba en el aire, a unos cien metros de distancia. Segundos después de que la vi, empezó a alejarse, y se desvaneció. A mi memoria acudieron en tropel los cuentos que mi vieja aya escocesa me contaba durante mi infancia... ¡El fuego de san Telmo! Aquella explicación podría parecer tonta; pero, ¿quién podía dar una mejor?
Era evidente que los cuatro habíamos visto el fenómeno, pues nadie se movió; apenas podíamos respirar. Entonces, tres diminutas chispas aparecieron, a una distancia imposible de precisar en la oscuridad, y parecieron ponerse a juguetear, danzando lánguidamente sobre aquel fondo parecido a un manto de terciopelo negro. Oímos a Smithers avanzar cautelosamente, y lo seguimos en tropel. Así continuamos durante unos cinco minutos. Al parecer, Smithers avanzaba tanteando el camino con los pies.
—Hasta aquí llegué la otra vez —dijo—. A partir de aquí, el camino desciende abruptamente.
Y al decir esto, alumbró con su lámpara frente a sus pies, y los demás retrocedimos, a la vista de un acantilado de unos ocho o diez metros. Abajo se extendía entre las sombras un terreno plano. De pronto, nos sobresaltó una luz que apareció súbitamente. Luego, se alejó parpadeando, y durante un largo minuto no pudimos ver nada. ¡Pero oímos algo! Como en respuesta a aquella señal luminosa, se oyó a nuestra derecha una especie de siseo proveniente de la lejanía.
Smithers cuchicheó:
—¡Preparen sus linternas y sus pistolas!
Al punto encendí mi linterna, y el chorro de luz pareció abrir un hoyo en las tinieblas, en la dirección de la que provenía aquel siseo. Algo de un color amarillo grisáceo se movía allí...; estaba aproximándose. Parecía encontrarse a una enorme distancia, pero avanzaba con terrífica velocidad. Luego, mis ojos empezaron a distinguir su tamaño y su forma y... era algo indescriptible. Una gigantesca cabeza llena de dientes como agujas, y unas patas deformes, aparentemente blandas... Esa descripción podría dar una idea de aquello. La boca estaba abierta, y su tamaño, comparable al de una caverna, ocultaba todo el resto del cuerpo. Apenas había tenido yo tiempo de parpadear cuando oí, como un trueno, la descarga del rifle del coronel Marsh. Seguramente erró el tiro, pues aquello siguió arremetiendo contra nosotros, sin detenerse un segundo. El siseo semejaba ahora el ruido del vapor que se escapara de una caldera, y aquel ser se arrojó contra las rocas del acantilado, mientras Seeman y Smithers hacían fuego casi a quemarropa contra su hocico abierto. Supongo que el impulso que llevaba le permitió dar un último y gran salto que le hizo alcanzar más de la mitad de la altura del precipicio. Saltamos hacia atrás en el momento en que las balas expansivas estallaban dentro de su cuerpo, y la luz de mi linterna osciló durante un instante sobre un cuerpo inmenso.
Cuando, temblando, aterrado, volví a dirigirla hacia abajo, casi esperando ver atacarnos a aquel monstruo, la linterna iluminó una enorme masa, que yacía inerte a media altura del acantilado.
—Mantenga la luz allí —me ordenó Smithers—. ¡Veamos si es posible subirlo hasta aquí!
Los tres se afanaron durante algunos minutos, y lograron remover aquello cerca de un medio metro. Yo me acerqué un poco más, pero tuve que retroceder al sentir un olor inmundo, como el de huevos podridos. Aquel ser medía por lo menos cuatro metros, y debía de pesar una tonelada. Era de un color amarillo pardusco, y carecía de pelo. El hocico era la parte más horrenda de él, pues las mandíbulas eran como dos semicírculos, de un metro de diámetro, y los dientes, cientos de ellos, parecían otras tantas lanzas clavadas en su interior. Recordé haber visto en alguna parte una boca y unos dientes como aquellos.
—¡Gran Dios, Smithers! ¿Qué clase de ser es este?
—Sabe usted de ello tanto como yo. ¿Creen que podríamos llevarlo hasta mi salón de armas?
—¡Más vale avisar a la policía! ¡Una bestia como esta rondando por estas comarcas...!
—Hmm —hizo Smithers—. ¡Silencio, un momento!
Volvimos a aguzar ojos y oídos. ¡Una de aquellas luces distantes se acercaba, flotando! Mientras la contemplábamos, se levantó por encima de nuestras cabezas y luego descendió rápidamente. Mientras la luz de mi linterna mostraba un ser volador negro, parecido a un murciélago, oí el disparo de uno de los rifles. El animal se retorció, y cayó a mis pies. Me incliné a recogerlo, asombrado al ver que su boca y dientes eran muy similares a los de la gran bestia que habíamos matado. ¡De su frente, formada por un largo tendón elástico, sobresalía una protuberancia fosforescente! Recordé entonces dónde había visto semejantes seres: en fotografías y pinturas de monstruos de las profundidades del mar. Eran exactamente iguales.
—¡Tenemos que echar hacia abajo este gran bicho! —anunció de pronto Smithers, con súbita alarma en la voz—. ¡Deprisa, denme una mano!
Y al decir esto, empezó a empujar frenéticamente el cuerpo del monstruo. Luego se detuvo un momento para gritarme:
—¡Apague esa luz!
Así lo hice, y todos nos pusimos a ayudarlo. Necesitamos dos largos minutos para acercar el cadáver unos cincuenta centímetros al borde, hasta que lentamente le hicimos dar vuelta y caer rebotando por el precipicio.
—Ahora, ¡si aprecian sus vidas, no se muevan! —cuchicheó Smithers, en las tinieblas.
Oí entonces otro lejano siseo, que fue aproximándose hasta que pude distinguir un sordo rumor de grandes patas, proveniente de abajo, y luego el ruido de unas fauces que despedazaban carne. Al cabo de unos segundos, cesaron aquellos sonidos, y otro siseo se oyó en la lejanía, y luego otro en una dirección diferente. Ambos se aproximaban. Puedo decir sin exagerar que todos nos habíamos quedado sin respiración. El pelo que cubría mi nuca se había erizado como el de un gato furioso. De pronto, los gruñidos y mordiscos volvieron a oírse, y luego un inconfundible rumor de contienda, cuando las enormes bestias empezaron a disputarse su horrible alimento. Tal era la oscuridad que nos envolvía y tan tensos estaban mis nervios que, al sentir que algo tocaba mi brazo, estuve a punto de dar un grito. Pero era solo la mano de Seeman, que tiraba de mí. Puso la boca junto a mi oreja y susurró:
—Dice Smithers que retrocedamos mientras nos sea posible.
No nos atrevimos a encender luz alguna, pero evidentemente Smithers conocía el camino, y avanzamos a tropezones, bañados en sudor, por aquella cuesta rocosa y empinada, tan silenciosamente y tan deprisa como podíamos. Necesitamos quince minutos para llegar a la casa (que asimismo se hallaba envuelta en la oscuridad), y solo al chocar contra la puerta y sentir el frío hierro de las rejas me di cuenta de que habíamos llegado. Entramos precipitadamente, cerramos la puerta de un portazo, volvimos a colocar en su lugar la barra que la aseguraba, y corrimos las cortinas antes que Smithers encendiera la luz eléctrica. Y ni siquiera entonces profirió palabra alguna, hasta que los pesados cortinajes estuvieron perfectamente ajustados, de tal manera que ni la más insignificante lucecilla se dejara ver desde aquella oscuridad nocturna llena de seres de pesadilla.
Hasta ese momento no me había dado cuenta de que aún sostenía en la mano el cadáver del murciélago luminoso, pero en cuanto lo vi, sentí su olor. También lo percibieron los demás. Era un hedor bastante repugnante, como el que podía esperarse de tal ser.
—¡Arroje eso afuera! —dijo el coronel.
—No... Tengo aquí un refrigerador eléctrico. Guardémoslo allí para examinarlo mañana —dijo Smithers, abriendo otro cajón, en el que estaba adaptada una pequeña nevera eléctrica.
Se dedicó entonces a envolver aquel horrible ser en papel encerado. Tuve la sensación inexplicable de que trataba de mantener nuestra atención concentrada en él, para que no advirtiéramos algo misterioso que deseaba ocultarnos. Una vez cerrado el refrigerador, examinó Smithers el rifle de Seeman, y lo comparó con el del coronel Marsh. Aquello me permitió echar un vistazo a mí alrededor, y Smithers se dio cuenta de ello (por lo menos, esa impresión tuve), y sugirió que uno o dos tragos no nos vendrían mal. Se tardó un buen rato en prepararlos, y antes que hubiésemos bebido siquiera la mitad del primer vaso, propuso que tomáramos otro.
Seeman contempló su reloj.
—¡Las doce y media! No. Esto ha sido todo para mí. Con permiso de ustedes, me voy a la cama.
El coronel Marsh levantó vivamente la cabeza.
—¿Antes de avisar a la policía? ¿Se da usted cuenta de que esos monstruos son una amenaza para la seguridad de miles de personas?
Smithers, nervioso, se aclaró la garganta.
—¿Quién le creería a usted? —preguntó.
—Haré que vengan y los vean por sí mismos. ¡Traeré todo un regimiento!
—¿Esta noche? —dijo Smithers, y sonrió desdeñosamente.
Aquello nos dejó silenciosos. En efecto, nadie acudiría antes de la mañana. Y, ¿qué podríamos hacer para proteger a todo Long Island mientras amanecía?
—Pero... ¡usted ya los había visto antes! ¿Cómo no se ha tomado ninguna medida hasta hoy? ¿De dónde pueden haber venido esos monstruos?
El rostro de Smithers adquirió una expresión de seriedad absoluta.
—Mañana, al amanecer, saldremos por esa puerta. Entonces comprenderán ustedes por qué no se ha hecho nada al respecto —dijo.
—En ese caso, me voy a la cama —anunció Seeman, y se dirigió hacia la puerta.
Esta seguía cerrada con llave, y Seeman se volvió, impaciente, hacia Smithers, quien se le acercó con parsimonia y empezó a buscarse la llave en los bolsillos. Cuando por fin la encontró, se tardó toda una eternidad en meterla en la cerradura.
Luego, sin hacerla girar, se volvió hacia nosotros, como si un pensamiento súbito lo hubiese asaltado, y preguntó:
—¿Qué me dice de nuestra apuesta, coronel?
El digno mostacho de Marsh volvió a erizarse, y su rostro a enrojecer.
—Creo que ha ganado usted —admitió—. Pero no es muy correcto de su parte sostener que nos ha enseñado unas fieras peligrosas que merodean por esta región, y al mismo tiempo negar que deban darse algunos pasos para proteger a los vecinos.
En aquel momento sentí que el suelo daba una ligera sacudida, y vi que uno de los fusiles que colgaban de la pared cerca de mí, temblaba levemente. Smithers dio entonces vuelta a la llave, y abrió la puerta de par en par. Atravesamos el vestíbulo y entramos en la biblioteca. Antes de conducimos a las habitaciones en las que pasaríamos la noche, volvió a asegurarnos Smithers, con toda seriedad, que sabía lo que estaba haciendo, y que nos rogaba no ponemos en ridículo llamando a la policía.
—Una vez que hayan examinado el terreno mañana, podrán hacer lo que mejor les parezca. Pero puedo asegurarles que, por lo menos, se llevarán una sorpresa.
El coronel Marsh empezó a gruñir, reflexionó un momento, y luego guardó silencio, inconforme.
Por lo que a mí respecta, descansé bien poco, pues estaba demasiado nervioso para poder dormir. A las primeras luces del alba me levanté y miré al exterior por la ventana de mi habitación. Desde allí pude ver una parte del lago, y la ladera que a él conducía. Más allá se elevaban unos cuantos pinos de gran tamaño. Y detrás de ellos... ¡había otra casa! Entonces, ¿dónde habíamos visto a los monstruos la noche anterior? Permanecí allí, asombrado, durante una media hora. Luego me vestí y bajé a la biblioteca, donde hallé al coronel Marsh fumando mientras paseaba por la habitación. A mi saludo contestó solo con una mirada penetrante, dirigida en silencio.
—¿Ha visto usted? ¡Estoy seguro de que todo es alguna locura de Smithers!
—¿Qué quiere usted decir?
—¡No existe ese lugar que nos pareció ver anoche!
—¡Oh, vamos...!
—Venga, y convénzase por sí mismo.
Pero en aquel momento entró Seeman, y unos minutos más tarde el mayordomo de Smithers nos anunció que podríamos pasar a desayunarnos en cuanto lo deseásemos, El señor Smithers, dijo, se levantaría al cabo de una hora. No eran las siete aún. Comimos a toda prisa, y nos encaminamos al salón de las armas, que estaba tal como lo habíamos dejado. Descorrimos las cortinas, y abrimos la puerta vidriera que daba al jardín. Ante nosotros iba inclinándose el campo, salpicado de rocas, es verdad, pero estas estaban muy lejos de cubrirlo. Toda clase de bellos y pequeños arbustos crecían allí. Al pie de la ladera brillaba el lago, y más allá una hilera de pinos señalaba el límite de la finca. Dije haber visto otra casa más allá de los árboles, pero todos, incluso yo mismo, sentíamos el mismo deseo de ir a explorar aquello y ver todo con nuestros propios ojos. Al cabo de diez minutos, nos hallamos en el límite marcado por los pinos, desde donde descubrimos vanas casas diseminadas por doquier, cada una en el centro de una parcela de medio acre. ¡Y, más allá, pasaba una carretera!
¿Qué explicación podía haber? Recorrimos la comarca en todas direcciones. Seeman sugirió que quizá hubiese una gran abertura, como la boca de una caverna, pero pronto comprobamos que aquello era imposible, pues solo nos rodeaban prados y setos, limpios y bien cuidados. ¡Y, sin embargo, unas horas antes en algún lugar de aquella región, los tres habíamos tenido que luchar para salvar nuestras vidas!
Completamente desconcertados y no poco temerosos, regresamos a la casa y atravesamos el salón de las armas.
Al entrar en el gabinete, se detuvo Seeman bruscamente. Todos lo miramos, expectantes.
—No... —dijo, como hablando consigo mismo—. No puede ser eso... ¿O lo será...?
—¿Qué cosa?
—Estaba pensando que... En el oriente de la India y en alguna otra parte he visto algunas cosas extrañas. ¿No creen ustedes posible que Smithers nos haya hecho imaginar todo lo de anoche?
Yo me eché a reír, pero noté que la inexpresiva mirada de Seeman indicaba que por lo menos él empezaba a dudar de la realidad de lo ocurrido. Mientras nos hallábamos allí, apareció Smithers en la puerta, detrás del coronel.
—¿Fueron ya a echar una ojeada?
—Hmm... Sí.
—¿Desea llamar a la policía, coronel? —preguntó, y su sonrisa fue lo único que había faltado para hacer que el digno Marsh hiciera explosión.
No recuerdo ya todas las cosas de las que acusó a Smithers: meterse a mago sin saber siquiera lo que era eso, tratar de ganar una apuesta mediante mesmerismo, cometer una estafa, carecer de espíritu deportivo, y muchas otras cosas.
Smithers sonrió.
—¿No ha echado usted una ojeada a la nevera en la que dejamos aquel pájaro maloliente?
El coronel Marsh se sobresaltó visiblemente.
—¡Por san Jorge! —exclamó, y a toda prisa salió de la habitación.
Lo seguimos hasta el salón de las armas, donde lo hallamos tratando de encontrar la gaveta correspondiente. Smithers se adelantó, abrió el cajón y levantó la tapa, que lo cerraba herméticamente. Tuvimos entonces que cubrirnos las narices, pues el hedor era terrible. Smithers descolgó de la pared un largo puñal, y con la punta levantó algo negruzco y repugnante. Estaba descomponiéndose más a cada segundo. Apenas tuvimos tiempo de echar una mirada a sus contornos, antes de que perdiera toda forma. Algunos pedazos cayeron dentro del cajón situado abajo.
—¡Uf! —hizo Smithers, y lo dejó caer. Colocó luego la tapa en su lugar, librándonos así de la vista de aquello.
El coronel Marsh miró fijamente la nevera cerrada, como si hubiese visto salir un conejo del sombrero de un prestidigitador. Luego se encaminó hacia donde estaba su rifle apoyado contra la pared, y examinó la recámara.
—Tiene que ser verdad —murmuró.
Volvió a dejar el arma en su lugar, y se retiró majestuosamente hacia la biblioteca.
—Supongo que no llamará —dijo lentamente Seeman.
Smithers se limitó a sonreír.
Cuando volvimos a la biblioteca, hallamos al coronel escribiendo en su libreta de cheques, sobre una mesa lateral. Arrancó el cheque, lo agitó para hacer secarse la tinta, y lo extendió a Smithers, que lo tomó sin decir palabra.
—¿Todo fue como realmente lo vimos anoche?
—Sí, coronel.
—¿Existen aún esos monstruos?
Smithers asintió con la cabeza. Pareció que iba a decir algo, pero luego cambió de opinión, y se limitó a repetir su gesto afirmativo.
Yo sentía para entonces una curiosidad invencible; pero cuando Seeman dijo que pensaba volver a la ciudad, me pareció que aquello sería lo mejor. Era terrible permanecer en aquel lugar, sin tener manera alguna de enterarse de nada. Valdría más tratar de olvidar todo el asunto. El coronel empacó sus cosas, y al salir de la casa, encontramos nuestro coche, que había sido llevado para nosotros. Subimos a él en silencio, mientras Smithers permanecía en pie a un lado, para despedirse.
Puse el motor en marcha, y agité la mano. Smithers se inclinó junto a la ventanilla y dijo:
—Hoy es sábado. Si los tres están a estas horas en el Club de Extranjeros el sábado próximo, quizá reciban noticias mías.
Dicho esto, se volvió, y encaminó sus pasos hacia la casa.
Mientras avanzábamos entre el tráfico de Long Island, hablamos de aquello, y convinimos en acudir a la cita; aun cuando, ¿qué explicación podría haber de aquel insoluble misterio?
III
El sábado siguiente llegué al Club de Extranjeros unos minutos después de las nueve. Hallé al coronel Marsh recorriendo con fuertes pisadas los desiertos salones.
—¿Dónde está Seeman? —me preguntó, y, sin esperar una respuesta, siguió paseándose por la habitación—. En realidad, no espero que venga Smithers, ni que nos envíe noticia alguna. Ese joven es el tipo más atolondrado que haya yo conocido en mi vida. Pero aquí estoy, perdiendo mi tiempo inútilmente, ¡y no hay nadie que me sirva un trago!
Yo sentía una enorme curiosidad, pero no pude dejar de sonreír cuando oí aquello. Nuestra aventura de la semana anterior parecía irreal y lejana, en cierto modo, y había yo dejado de tomarla muy en serio. Creo que, antes bien, prefería esperar los acontecimientos futuros y escuchar una explicación. Me maravillo ahora de haber podido olvidar aquellas fauces de un metro de diámetro, provistas de centenares de dientes. Pero así estamos hechos los humanos. Los camareros del club llegaron a las nueve y media, y el coronel no se calmó hasta que tuvo un vaso lleno entre las manos. Después suspiró, satisfecho. En esos momentos llegó Seeman. Nos sentamos en corro, y durante media hora nos revolvimos, nerviosos, en nuestros asientos. Por fin, el coronel se puso en pie, murmurando que no perdería más tiempo en tonterías; pero en aquel momento oímos abrirse la puerta principal, y un ruido de pasos que se aproximaban. Todos nos volvimos a un tiempo, y vimos al mayordomo de Smithers. Se acercó a nosotros, alargó un sobre al coronel, y se retiró luego al vestíbulo, donde esperó pacientemente, mientras Marsh rasgaba el sobre y extraía de él una docena de hojas de papel cubiertas de escritura a máquina. Los tres acercamos nuestras cabezas y leímos. Cuando hubimos llegado cerca de la mitad, llamó Seeman al mayordomo.
—¿Está usted esperando una respuesta?
—El amo me ordenó rogarles que fuesen a Paulings. El coche está afuera, con el chófer esperándolos, señor.
—¡Vamos, entonces, inmediatamente! —grité—. Terminaremos de leer la carta en camino.
Descolgamos sombreros y abrigos y salimos precipitadamente hacia la limosina estacionada junto a la acera. Arrancó al punto, y su velocidad aumentó cuando terminamos de leer la carta y ordenamos ir más deprisa al chófer. Este se volvió a medias en su asiento y nos echó una mirada de curiosidad; en cambio, el mayordomo, sentado rígidamente a su lado, no mostró nunca el menor asomo de interés, y siguió mirando hacia adelante.
Esta es la carta escrita por Smithers, y dirigida a nosotros tres:
“Quizá no hayan encontrado aún la explicación de su aventura de la semana pasada. Tal vez no haya sido muy cortés de mi parte hacerles devanarse los sesos, pero tenía mis razones para ello. Por supuesto, esos animales que vieron no rondan por Long Island. Están en un nivel de existencia diferente. Hay tres kilómetros entre ese nivel y el nuestro. ¿Han comprendido ya? El salón de las armas es un ascensor. ¿Notaron que el suelo se movía en el momento de detenerse? Allí debajo de la tierra, se halla una gran caverna. Y en ella moran las bestias contra las que disparamos.
“Descubrí la entrada un día en que estaba inspeccionando mi jardín, y me introduje por una grieta abierta en una gran peña, que me condujo debajo de mis propias bodegas, y luego bajaba abruptamente. Las paredes eran lisas y mostraban huellas de haber soportado grandes calores en otra época, por lo que supuse que, quizá hace miles de años, era el cráter de algún volcán prehistórico.
“Abrí una abertura en el suelo de mi bodega, y fui a parar a él directamente. Días y noches pasé explorando sus profundidades, mediante cuerdas y escalas que sostenía en barras de acero apoyadas en las paredes. Mes tras mes trabajé en ello, y casi no podía creer las profundidades a las que llegaba. Al fin, llegué al fondo, a más de mil quinientos metros bajo la superficie, y hallé esa gran caverna que ustedes, en la oscuridad, tomaron por una parte de Long Island. Hace ya dos años de esto.
“Decidí conservar secreto mi descubrimiento y guardar exclusivamente para mí el placer de explorarlo; pero subir a lo largo de kilómetro y medio no es ningún placer, por lo que invertí varios miles de dólares en instalar un ascensor eléctrico, y luego en acondicionar las paredes, y en dar a mi ascensor la forma de un salón de armas. No estoy muy seguro de lo que me proponía; posiblemente proveer de una buena iluminación a la caverna y utilizarla como un gran salón de baile o un teatro. No me di cuenta de la verdadera significación de mi descubrimiento hasta que terminaron todos los preparativos. Había hecho venir a los obreros desde comarcas muy distantes, y los había despedido con la esperanza de que nadie les creería en el caso de que hablaran. También despedí a mis sirvientes, después de conseguirles buenos empleos en otras casas, y contraté personal nuevo que no estaba enterado de la existencia de la caverna, ni del uso secreto del salón de armas, tan simple en apariencia, en el cual me encerraba yo durante largos ratos.
“Hace aproximadamente seis meses, provisto de una linterna y de comida abundante, descendí para emprender mi primer viaje de exploración. Seguí el camino que tomamos el sábado pasado, y llegué hasta el acantilado. No es difícil el descenso, y bajé iluminando con mi débil linterna aquella gran extensión rocosa y el altísimo techo de la negra caverna. Sin temor alguno oí acercarse aquel sonido como de un siseo, hasta que la luz de mi lámpara descubrió uno de aquellos monstruos, que se acercaba a toda velocidad, y del que escasamente me separaban unos cien metros. Yo estaba totalmente desapercibido para correr cualquier peligro, por lo que, presa del pánico, dejé caer la linterna y subí a toda prisa, en busca de un refugio.
“Al encontrarlo, me detuve, jadeando, y pude ver la luz de mi linterna que no se había apagado, y a la que cubría el cuerpo de mi enemigo. Empezaba yo a preguntarme si efectivamente sería seguro mi refugio, cuando se presentó una segunda bestia, y entre las dos comenzó una furiosa pelea, por debajo de donde yo me hallaba. En el fragor de la lucha se rompió mi lámpara, dejándonos en la más absoluta oscuridad. Aproveché el ruido del combate para retirarme en silencio, y subí arrastrándome la larga colina que conducía al sitio en el cual creía yo que se hallaba el ascensor. Pero... ¡no estaba allí!
“Tenía yo dos fósforos en uno de mis bolsillos (¡solo dos, siendo fumador de pipa!), y encendí uno de ellos, solo para encontrarme en un terreno absolutamente desconocido. Supongo que perdí la cabeza en aquellas tinieblas, y regresé tropezando, sin rumbo fijo, no sé durante cuánto tiempo, colina abajo. Llegué finalmente a una pared de roca, a lo largo de la cual anduve a tientas hasta que me hallé en un túnel de unos seis metros de diámetro. Me di cuenta de que no iba en la dirección debida, y estaba a punto de volver sobre mis pasos cuando mis ojos, que habían adquirido una penetración enorme en aquella constante oscuridad, percibieron un ligerísimo destello rojizo delante de mí. Quizá la mayor locura que hice fue la de avanzar para averiguar la causa de aquella luz, pero un hombre perdido en la oscuridad no tiene dónde escoger; tiene que seguir cualquier luz, así sea esta el más leve asomo de un destello. Aquella luz me guio durante cerca de un kilómetro, hasta que llegué a una caverna. No sé por qué tuve la sensación de que era enorme, pues no podía ver nada de ella. Lo que vi fue un verdadero océano de una luz tenue.
“Comenzaba allí mismo, a mis pies. Me incliné, y toqué algo que se desmoronó. A mis narices llegó un hedor que me causó vértigos. Avancé, metido en la luz hasta los tobillos, como si se tratara de agua. ¡Y esto a más de kilómetro y medio bajo la superficie de la tierra, donde no hay nunca lluvia ni sol! Y, sin embargo, aquella luz era fosforescente, y denotaba que en ella había alguna especie de vida.
“Yo estaba fatigado, y aquel hedor me daba náuseas, Un miedo súbito me hizo retroceder precipitadamente, hasta asegurarme de que podría volver a encontrar la entrada del túnel, pues estaba seguro de que tendría que regresar. Posteriores exploraciones podrían esperar hasta que pudiese equiparme adecuadamente. Lo primero era localizar el hueco del ascensor. Retrocedí a lo largo del túnel, agarrándome a la pared, y nunca supe a ciencia cierta cuándo salí de él y fui a parar a la caverna interior. Pero el suelo empezó a elevarse y a cubrirse de guijarros, lo que me hizo pensar que, valiéndome de ello, podría orientarme. En cierto modo, lo logré, y al cabo de una hora, cuando ya desesperaba de encontrar mi objetivo, temerariamente encendí mi segundo y último fósforo, y lo vi, unos seis metros adelante, en medio de las tinieblas. Entré en el ascensor, hice subir la palanca, y tardé una larga media hora en llegar hasta mi casa. Al mirar mi reloj, comprobé que había pasado siete horas en las profundidades de la tierra.
“Pido disculpas por esta larga narración, pero es indispensable para explicar lo que ocurrió a ustedes y lo que me dispongo a intentar. Una semana después, emprendí un segundo viaje, provisto de una potente linterna y de un buen rifle. Decidí explorar tan solo la rocosa pendiente en cuya cima se hallaba la base del cubo del ascensor. Llevé conmigo una brújula, y papel, en el cual dibujé el mapa que adjunto.
“Cómo pueden ustedes ver, al norte termina la pendiente en un bajo acantilado, y más allá se extiende una región poblada por fieras demasiado peligrosas para que yo me aproximase solo. Al lado este hallé la entrada del largo túnel que conduce a la cueva iluminada. Pero, antes de explorar aquellos sitios, di un largo rodeo por el sur y el oeste, y no hallé sino un muro uniforme, con excepción de un lugar en el que una enorme grieta, de cerca de cien metros, se abría, dando paso a las aguas de un gran lago subterráneo. Me pareció que este tenía más de un kilómetro y medio de anchura, aunque a la luz irreal de mi linterna, apenas podía ver la orilla opuesta. Sin embargo, es posible que mida cien kilómetros, pues para poder precisar sus dimensiones habría que ir a explorarlo en una lancha, lo que no he hecho aún. Estos tanteos preliminares tardaron varias horas. Cuando volví a la superficie, me sentí más tranquilo al pensar que, en exploraciones futuras, aquellas bestias no podrían atacarme, a menos que yo descendiera por aquella pared natural que les impedía el paso. Afortunadamente, no se me ocurrió provocarlas, pues ustedes recordarán que aquella a la que matamos estuvo a punto de llegar al borde del acantilado cuando nos atacó.
“Resolví descubrir el misterio de la fosforescencia, y efectúe un viaje por aquel sitio (al que se llegaba por el túnel), para llevarme algunos especímenes para examinarlos. Los conseguí, a pesar de su hedor, y los analicé a la luz del día. Eran muy parecidos a hongos (de la especie llamada bejín), pero bajo los rayos del sol se secaron inmediatamente, y ante mis ojos perdieron forma y color. Al cabo de unos minutos estaban putrefactos; su olor era algo inimaginable y de ellos escurría algo repugnante. Yo había colocado todos aquellos ejemplares en un cuenco, sobre el cual los sostuve para examinarlos; luego examiné el contenido del cuenco. Luego, en otra expedición, vi uno de los murciélagos luminosos, lo maté con mi rifle, y asimismo lo subí para examinarlo. Ya saben ustedes lo que ocurrió con él, pues vieron el que cazó el coronel Marsh y el aspecto que ofrecía a la mañana siguiente. También a ese lo analicé.
“Los resultados no fueron definitivos, pero algo me indicaron, lo que me hizo interesarme por la vida subterránea en general. Conseguí un buen número de libros acerca de tritones ciegos y peces descubiertos en famosas cavernas del mundo exterior. Logré incluso procurarme unos cuantos ejemplares, que analicé para compararlos con mis propios hallazgos, y aquí está mi teoría, que presento sea cual sea el valor que pueda tener. Hasta el día de mi descubrimiento, todas las formas de vida subterránea que se conocían no eran sino del tipo de la vida de la superficie, aunque adaptado a la oscuridad; incluso el pez extraído de las mayores profundidades del océano puede ser considerado una simple adaptación de la vida en la superficie. Ahora, supongamos que formas de vida hubieran quedado atrapadas en cavernas, centenas de metros bajo la superficie, hace cientos o miles de años. Supongamos que la presión aumentara gradualmente, que la caverna se hundiera cada vez más, que la atmósfera subterránea contuviera impurezas (sulfuro, pongo por caso), y que al cabo de larguísimos períodos de tiempo, se modificara la vida para adaptarse a las nuevas condiciones. De vez en cuando habrá aparecido una salida hacia el exterior, pero los seres que por ella surgieran, ciegos, deben de haber sido fácil presa para los carnívoros de la superficie, de tal manera que todos aquellos que hayan salido, habrán muerto. Algunas especies habrán sido incapaces de salir, pues los rayos del sol les habrán resultado insoportables, y los habrán obligado a regresar. Dichos seres se habrán multiplicado, y vivirán allá abajo.
“Las leyendas están llenas de menciones de tales seres. Decíase que los dragones moraban bajo la superficie de la tierra, y que salían de cavernas, escupiendo fuego (¿no podría esto significar que los dragones se habían adaptado a una atmósfera en la que faltaba el oxígeno, en lugar del cual había sulfuro, por lo que, al salir al aire del exterior, ardía su aliento?). A mayor abundamiento, si la leyenda merece algún crédito, recordemos que los griegos creían en el Hades, un lugar en el que los mortales mordían el polvo entre las tinieblas, y en el que perros infernales de enormes mandíbulas custodiaban la entrada. Algo me dice que lo que matamos la semana pasada fue uno de esos clásicos perros infernales.
“Bueno, ¿y qué me dicen de los demonios?
“¿Será posible que existan allá abajo? Cascos hendidos, piel coriácea, cabezas provistas de cuernos, rabos rematados en forma de tridente... No falta nada. Francamente, no me sorprendería que allá estuviesen. Y he de encontrarlos, si vivo para ello. Hace un mes hice una expedición a la caverna llena de luz, y caminé unos ocho kilómetros en círculo, sobre el suelo cubierto de un polvo que me pareció de origen vegetal.
“Llegué hasta una hendidura que se abría en el suelo, de cerca de un kilómetro de ancho y casi otro tanto de profundidad. Mirando hacia abajo, percibí, allá en el fondo, cerca de media docena de pequeños cráteres coronados de fuego, probablemente de origen volcánico. Allí el aire parece vapor, y la luz solo un pálido fulgor rojizo. Aunque no puedo asegurarlo, tengo la casi certeza de haber visto unas figuras moverse alrededor del fuego. Llevaba ya conmigo un gran rollo de cuerda, y las paredes de aquel cañón eran lo suficientemente desiguales para intentar el descenso por ellas. Pero cuando me hallaba a la mitad de la altura del acantilado, aquel aire semejante a vapor pareció enrarecerse más aún a mí alrededor, y estuvo a punto de asfixiarme, pues su olor era de «fuego y azufre», como observaron los antiguos. Permanecí fuertemente asido a la roca, ahogándome, hasta que aquel vapor se alejó, y me permitió volver a subir.
“Fue entonces cuando me decidí a solicitar la ayuda de personas en cuya discreción pudiese confiar. Ya saben de qué medios me valí para lograr que fuesen ustedes a mi casa, y a cazar los perros infernales conmigo. El experimento dio resultados tan poco favorables que no veo la ventaja que pueda obtener llevando rifles conmigo en mis exploraciones. ¿Por qué arriesgué cuatro vidas en lugar de la mía únicamente? Para el momento en que lean esto, estaré abajo, tratando de resolver el misterio de ese cañón en que ardían los fuegos. Si sus peligros son insuperables, no volverán a verme. Si obtengo lo que me he propuesto, tendré mucho gusto en pedirles su ayuda para posteriores estudios e investigaciones en mi reino subterráneo. Pero no volveremos a la caverna habitada por los monstruos.
“He adquirido ya las cosas siguientes en previsión de lo que pueda ocurrir: una escala, fuerte y ligera, de fibra de seda; un equipo de buzo de esos a los que puede adaptarse un tanque de oxígeno (tiene un casco de goma, con un teléfono, cuyos dos finos cables de cobre están conectados al pozo del ascensor), más para ayudarme a encontrar el camino de regreso rápidamente en caso de emergencia que para valerme de ellos como medio de comunicación. Pero podré hablar con ustedes, si así lo desean, mediante el teléfono oculto detrás de la enciclopedia, en la biblioteca de mi casa. De esa manera no se perderán de nada, aun cuando no les permita yo afrontar los riesgos de la expedición. He tomado las medidas necesarias para que puedan ustedes llegar a mi casa casi al mismo tiempo en que yo inicie el descenso desde el suelo de la caverna hasta el del cañón.
“Es posible que haya demonios allí, o bien, dragones, o quizá solo fuegos subterráneos. Si encuentro dragones, ¿se acordará de nuestra apuesta, coronel? ¿Le habré ganado dos veces?”
Al terminar de leer este asombroso documento, vimos que el automóvil pasaba por el puente de la calle 57.
—¡Maldito loco! —bramó el coronel, pero la envidia y la admiración eran claramente visibles en su rostro.
Logramos persuadir al chófer de que acelerase para llegar a Paulings en cuanto fuera posible. Lo que no puedo recordar es qué nos retrasó más de una docena de veces.
IV
Entramos como una tromba en la casa de Smithers, apartando al escandalizado lacayo. Estaba tratando de gritarnos algo a propósito de “maneras indecorosas”, cuando vio aparecer detrás de nosotros al impasible mayordomo, y se calmó. Nos encaminamos directamente hacia la biblioteca, olvidando todo lo demás, y en nuestra precipitación arrojamos al suelo los volúmenes de la enciclopedia. Hallamos un teléfono, cuyo auricular había sido reemplazado por una pequeña pieza de metal conectada mediante cables a un altavoz. Seeman se inclinó sobre él y gritó:
—¡Smithers!
El coronel Marsh, impaciente, lo apartó con brusquedad.
—¡Smithers! ¡No sea estúpido! ¿Puede oírnos? —rugió, más que gritó.
Una risa se oyó por el altavoz. Luego, nos llegó la voz de Smithers.
—Llegaron ahí bastante pronto. Apenas estoy ajustando el equipo de buzo. Si me hubieran llamado hace cinco minutos, hubiesen tenido que esperar hasta que me pusiera el casco para poder contestarles.
—Queremos bajar y estar cerca de usted cuando descienda a ese cañón —dije.
El coronel dio un rugido.
—¡Vamos a bajar! ¿Nos oye usted?
Hasta nosotros llegó una risita.
—Creo que eso no va a ser posible. El ascensor está bien cerrado. Es cierto que lo envié arriba, pero lo hice para evitar que alguien viniera aquí, y no para que ustedes lo hicieran.
—¡Destrozaremos el suelo de su salón de armas y bajaremos mediante cuerdas!
—Hay una capa de cinco centímetros de acero, y quince centímetros de hormigón, coronel. Necesitarían emplear dinamita. Además, ¿de qué les serviría? Acabo de sujetar la escala de seda y de arrojar el otro extremo. Ahora comenzaré a descender. Si ustedes tres estuvieran aquí esperándome, no podrían ayudarme en el descenso. Mientras vaya bajando estaré a salvo de los perros infernales, pero si uno de ellos entrara en la caverna iluminada mientras ustedes estuviesen allí, los atacaría. No podrían ayudarme, y solo lograrían exponerse.
—¡Al diablo todo eso! —gritó el coronel—. ¿Cree usted que tenemos miedo? ¡Vamos a bajar, aunque le pese a usted!
Y corrió hasta el salón de las armas, con Seeman y yo casi pisándole los talones. Perdimos miserablemente diez minutos en buscar en todos los cajones y estantes algún mecanismo oculto, pero finalmente nos vimos obligados a abandonar la búsqueda. El coronel estropeó un magnífico rifle al tratar de usar su culata como palanca y al golpear con ella el suelo de la habitación. El piso resultó ser muy sólido, a juzgar por el sonido que producía al ser golpeado, por lo que volví a colocarme junto al teléfono de la biblioteca.
—¿Dónde está usted ahora, Smithers? —pregunté.
—¡Uf...! ¡Un momento...! ¡Uf! Casi a la mitad del descenso.
Se oyó entonces respirar dificultosamente.
—¿Se habían ido? ¿dónde estaban? —preguntó por fin la voz de Smithers.
Le conté entonces nuestro intento de encontrar el dispositivo oculto del ascensor. Smithers rio.
—¡Locos! —exclamó—. Nunca lo encontrarán. Además, coloqué los controles debajo del aparato antes de enviarlo a la superficie. Será mejor que no se aparten del teléfono y gocen de esta aventura, aunque sea por conducto ajeno, en vez de perder el tiempo.
En aquel momento entraron Seeman y el coronel Marsh, y oyeron la última observación de Smithers, bastante cabizbajos.
—Se dificulta un poco el descenso, aun en la escala. La maldita se mueve bastante. Y este traje de buzo es la cosa más incómoda que me haya puesto en mi vida. Tendré que descansar a cada rato —y por el altavoz nos llegó su agitada respiración.
Se tardó Smithers media hora en llegar al fondo de aquel cañón subterráneo. Durante todo el descenso sostuvimos la más fantástica conversación, sobre todo durante las breves y frecuentes pausas que se veía obligado a hacer.
—Hay unos remolinos de vapor debajo de mis pies —nos anunció de pronto—. Son de un color amarillento; el fuego que veo a lo lejos es anaranjado, y la roca por la que voy bajando es pulida, de un negro brillante. Sin embargo, hay aquí tan poca luz que antes imagino que veo los colores, excepto donde brillan los fuegos. Traigo una linterna y una pistola automática, pero no sé por qué, tengo la impresión de que esas no son las armas adecuadas para este mundo subterráneo.
Luego, se hizo otra pausa.
—Ahora, todo es borroso y negruzco a mí alrededor; sin embargo, puedo distinguir los fuegos, así que supongo que podría ver perfectamente a través de esta niebla si hubiera alguna luz. No me atrevo a encender mi linterna. Ya imaginarán ustedes que, si encuentro por aquí formas de vida, serán de una vida bien extraña. Supongo que un fuerte rayo de sol las aniquilaría en un momento. Se me acaba de ocurrir algo: dentro de millones de años, cuando el sol se enfríe y la atmósfera de la tierra se congele en sus rayos rojos, estos seres de aquí abajo, si es que existen, subirán a la superficie y heredarán la tierra.
Mientras Smithers hablaba, vagas ideas pasaban por mi cabeza; los Poderes de las Tinieblas aprisionados en el centro de la tierra por la Justicia...; seres diabólicos que no podían soportar la luz del día.
—Smithers —dije—, entonces podrían salir durante la noche.
—Quizá salgan —gruñó Smithers—. ¡Este maldito cable del teléfono es un estorbo!
—¡No se atreva a cortarlo! —bramó el coronel.
—No lo cortaré, no se preocupe. Quizá lo necesite para poder regresar hasta la escala.
—¿Por qué cree usted que quizá salgan? —pregunté yo, fiel a mi idea.
—Diablillos, dragones, fuegos fatuos, gnomos, elfos... Todos ellos aparecen durante la noche, ¿verdad? Quizá salían de sus cuevas durante la noche y volvían al amanecer. O quizá no han existido nunca. No lo sé. ¡Por Job! No... ¡Sí! ¡He llegado al fondo!
Volvió a hacerse una pausa. Podíamos oír la respiración de Smithers como si estuviésemos junto a él. En cuanto a nosotros, apenas respirábamos.
—Desde aquí abajo no puedo ver los fuegos... Esto está obscurísimo... ¡Dios mío! ¿Qué fue eso...? Me pareció oír que algo pequeño corría, entre las tinieblas... No deja de ser inquietante no poder ver ni oír nada...
Sus palabras quedaron vibrando en nuestros oídos durante un momento. Yo me humedecía los labios resecos. Pudimos oír unos pesados pasos, y un leve tropezón, y comprendimos que Smithers iba avanzando.
—Puedo ver un destello de luz roja entre las tinieblas —cuchicheó—. Supongo que es uno de esos cráteres... Sí, así es...; puedo verlo mejor ahora... Pero parece que no hay animales a su alrededor.
Nuevo silencio.
—Bueno, no hay moros en la costa; por lo menos, cerca de los cráteres. Quizá fue mi imaginación la que me hizo ver ciertas cosas por aquí... Sin embargo, estaba yo seguro de haberlas visto... ¡Santo cielo!
La voz se interrumpió.
—¡Hable, hombre! ¿Qué pasa? —gritamos al unísono.
—Hmmm... Supongo que solo es lava. Es un hoyo de unos siete metros de diámetro, calculo que de unos cien metros de profundidad, y en el fondo hay una masa ardiente, que se mueve hacia arriba y hacia abajo, como carne desganada que palpitara. Da un poco de vértigo mirar hacia abajo...
Luego, volvimos a oír sus pisadas.
—Parece ser que no hay aquí forma alguna de vida. Creo que encenderé la linterna. ¡Caramba, este es un lugar inmenso! Y no hay nada en él.
De pronto le oímos inhalar fuertemente, durante un segundo completo. “¡Gran Dios!”, exclamó. Se oyeron unos fuertes ruidos como de pisadas, y luego la alterada respiración de Smithers.
Me incliné sobre el teléfono.
—¿Qué pasa, Smithers? —pregunté, angustiado.
No recibí respuesta alguna; en cambio, oímos unas pisadas precipitadas, y luego:
—¡El lugar está lleno de ellos...! ¡Hay miles...! ¡Qué seres más horribles! Esto parece una pesadilla... Gracias al Señor, se me ocurrió traer este cable, para poder seguirlo... ¡Vienen tras de mí!
Evidentemente, Smithers estaba hablando para sí mismo y no para nosotros. No nos atrevimos a interrumpirlo.
—¡Allí está...! ¡Gracias a Dios! ¡Qué a tiempo! ¡Ah! ¡Qué bien!
Luego, oímos los sonidos de una agitada respiración, lo que quisimos interpretar como la indicación de que había encontrado la escala y estaba subiendo por ella. Luego, una nueva pausa, supusimos que para recobrar el aliento.
—¡Casi me alcanzó! —un jadeo—. Pero ahora estoy cinco metros por encima de él —nuevo jadeo—. Y... Ahora están al pie de la escala, pero no se atreven a subir. Puedo verlos allí abajo, a la luz de la linterna. Nunca han visto ustedes seres semejantes... parecen de un cuero color marrón...
De pronto, se le cortó la respiración. Luego habló lentamente, horrorizado:
—¡La escala se mueve! ¡Hay algo encima de mí!
Nuestros nervios estaban en tal tensión que amenazaban con romperse. El coronel se inclinó, con los ojos saliéndosele de las órbitas.
—¡Dispare hacia arriba! —gritó.
Al momento, oímos el sonido de un disparo, y luego el de otro, y el de otro más, en rápida sucesión, hasta en diez ocasiones. Luego se oyó un grito ininteligible, seguido de un rumor de lucha, y de unos golpes dados evidentemente sobre el casco de metal de Smithers. Luego, un largo grito de agonía que nos heló la sangre, el ruido de un cuerpo que cae, y finalmente, el silencio.
—¡Dios! ¡No puedo resistir esto! ¡Lo han tirado de la escala! ¡Probablemente está muerto! —gritó el coronel, dando vueltas por la habitación y retorciéndose las manos.
Pero Smithers no había muerto. ¡Dios hubiese querido que así fuera! Por el magnavoz nos llegó un quejido. Volvimos a precipitarnos hacia el aparato.
—¡Smithers! ¿Puede oírnos?
Otro gemido.
—Me despacharon —murmuró débilmente—. Creo que tengo rota la espina, pues no puedo mover las piernas... ¡Qué idiota fui al no dejarlos bajar conmigo...! ¡No se rompió la lámpara! No puedo alcanzarla, e ilumina todo lo que tengo a la derecha... ¡Por allí vienen! ¡Se acercan! ¡Coronel Marsh! ¡Coronel Marsh! ¡Desconecte el teléfono! ¡Ah...! ¡Por favor, desconéctelo! ¡Es necesario que no oigan...! ¡Nadie debe oír lo que...! ¡Santo Dios! Esto no puede estar pasándome a mí; debe de ser una pesadilla. ¡Tiene que serlo! Con solo cerrar los ojos dejaré de ver esos dientes... Cuando despierte, me reiré de todo esto...
Oímos una respiración agitada, y... Los cinco minutos siguientes fueron de una ansiedad intolerable. No me atrevo a describir lo que oímos. El coronel Marsh bajó la cabeza, se tapó las orejas con las manos, y no dejó de murmurar, hablando para sí mismo. Seeman permaneció inmóvil, con las manos detrás de la espalda.
La piel de su rostro, amarilla y apergaminada, parecía pegarse más que nunca a sus pómulos; sin embargo, su expresión era tan tranquila y apacible como siempre. Y cuando se echó hacia adelante, lanzando una horrible maldición, y arrancó el aparato de la pared para estrellarlo contra el suelo, aquello nos pareció de una violencia incongruente. En el súbito silencio que siguió, mis miradas recorrieron la habitación, sin rumbo fijo; yo trataba desesperadamente de conservar el dominio de mí mismo. De pronto, noté cuán apaciblemente se reflejaba el sol en la mesa colocada bajo la ventana. Era aquella una sana y pura luz solar...
Luego hicimos toda clase de desatinos. Tratamos de levantar el suelo, reforzado con acero, del salón de las armas, ante las protestas del mayordomo. Sostuvo que su amo le había dado órdenes de dejarnos entrar, pero que no estaba autorizado a permitirnos destrozar la casa. Tratamos de explicarle lo que había ocurrido —o estaba ocurriendo aún— al pobre Smithers, pero el hombre nos contempló fijamente, y luego salió de la habitación para ir a telefonear a la comisaría.
Aquello nos hizo volver a la realidad. Convinimos en que, de cualquier manera, el asunto era de la incumbencia de la policía. Esperamos su llegada, guardando un silencio huraño. Y necesitábamos hasta de la última gota del fuerte brandy que tomamos mientras aguardábamos, pues nuestros nervios no podían soportar mucho más. Pero cuando llegaron dos patrulleros —bastante estúpidos, por cierto—, se limitaron a escuchar, con desconfianza creciente, nuestras desordenadas explicaciones. Al fin, uno de ellos se inclinó hacia el coronel, y sorbió por las narices, pensativo.
—Hmmm —hizo, levantando mucho las cejas—. De modo que eso es lo que pasó. Ahora, ¿prefieren ustedes salir de aquí tranquilamente e irse a sus casas, o causar dificultades e ir a parar a la estación de policía? ¡Debiera darles vergüenza!
—¡Maldito descarado! —bramó el coronel Marsh—. Smithers está allí, debajo del suelo, luchando contra esos monstruos, en este mismo instante. ¡Le digo que él mismo nos lo explicó!
Cómo puede ver el lector, aquella era una causa perdida. El propio coronel lo comprendió así. Dejó de hablar y permaneció mordiéndose el labio inferior y golpeando el suelo impacientemente con el pie.
—Vámonos —dijo Seeman, lacónico.
Al volver a la ciudad, empezamos a hacer investigaciones —¡era aún la tarde de aquel increíble día!— y nos enteramos de algunos de los asuntos del desventurado Smithers. Al parecer, tenía un sobrino, a quién tocaría en herencia la finca. Ese sobrino vivía en Inglaterra. Llamé a un abogado amigo mío, y le hice ciertas preguntas delicadas. De acuerdo con sus informes, nada podría hacerse hasta que transcurrieran siete años después de la desaparición de Smithers. Hasta entonces, legalmente se le consideraría vivo. Después de aquello, convinimos sombríamente en hacer al primo una oferta por la propiedad (el coronel Marsh es rico). Así tendríamos aún una remota posibilidad de saber, algún día, algo más acerca de aquellas cavernas infernales.
Esa noche, Seeman y yo tratamos desesperadamente de emborracharnos, pero no lo logramos. Consumimos cantidades increíbles de licor fuerte en mi apartamento, y luego fuimos al Club de Extranjeros, y seguimos bebiendo allí. El horror de aquellos últimos minutos me acompañó durante tres días, y aún en la actualidad, me guardo muy bien de pensar en él. Sin ir más lejos, anoche volví a soñar con aquella voz agudísima, sobrenatural, que gritaba... gritaba... gritaba...