el terriplano
I
Sucedió que la mujer más hermosa de las que iban a bordo tenía un marido de costumbres tan solitarias que no fue sino hasta la segunda semana cuando supe de su existencia.
Medía aproximadamente un metro sesenta centímetros, de mediana edad, pero ostentaba sobre su hombro un tatuaje diabólico, lo que quería decir que había estado en Kzin durante la guerra de hacía treinta años, lo que significaba que había sido entrenado para matar con el solo uso de sus manos, o de sus pies, o con los codos, rodillas o sin necesidad de ningún arma, a kzinties adultos.
Cuando nos encontramos por primera vez, él, muy decentemente me hizo la primera advertencia y para probarme que la hacía en serio, me fracturó un brazo. Aún estaba adolorido un día después, y para mí, todas las mujeres a bordo del «Lensman» parecían de una edad de más de doscientos años.
Sin ninguna compañía tomaba yo mis tragos. Malhumorado eché un vistazo hacia el espejo colocado detrás de la barra ondulada de la cantina. Con el mismo mal humor el espejo me devolvió la mirada.
—Oiga. Usted del «aquello que hicimos». ¿Qué de dónde soy yo?
Aquel se sentaba dos sillas más allá y me miraba. Sin la barba debía tener una cara redonda, casi petulante… eso creí. Esa barba suya, corta y de color negro, cuidadosamente arreglada, lo hacía verse como una cruz entre Zeus y un perro bulldog enojado. La mirada hacía juego con su barba. Sus dedos chatos se enredaban alrededor de un gran vaso que contenía alguna bebida, aferrándose en un apretón de muerte. Su estómago abultado no desentonaba con lo ancho de sus hombros y le daba un aspecto más bien de hombre fornido que gordo.
Era obvio que a mí era a quién se dirigía. Entonces le pregunté:
—¿Qué quiere usted decir con que, qué es usted?
—¿De dónde soy?
—De la Tierra.
No había que preguntárselo. El acento con que hablaba era terrestre. La simetría conservadora con que estaba recortada su barba, también lo indicaba. Su respiración inconscientemente natural en la atmósfera estándar de la nave y su constitución habían sido forjadas con una graduación de 1.0 «G».
—¿Entonces, qué soy?
—Un terriplano.
El fulgor de su mirada aumentó. Obviamente él había llegado a la cantina mucho antes que yo.
—¡Un terriplano! ¡Maldita sea! Adondequiera que voy se me dice que soy un terriplano. ¿Sabe usted cuántas horas me he pasado en el espacio?
—No. Pero lo suficiente como para saber la manera de usar un gran vaso para beber.
—¡Qué gracioso! ¡Muy gracioso! En cualquier sitio del espacio humano un ser terriplano es un novato que nunca llega más allá de la atmósfera. En cualquier sitio menos en la Tierra. Si usted proviene de la Tierra, entonces será por el resto de su vida un ser terriplano. Durante los últimos cincuenta años he andado vagando por todo el espacio humano, ¿y qué soy? Un ser terriplano. ¿Por qué?
—Terrícola es un término despectivo.
—¿Y qué es un ser de «Aquello que hicimos»? —inquirió.
—Yo soy del Mundo Destrozado. No nací dentro del perímetro de ochenta kilómetros de la ciudad «Tierra Destrozada», pero de cualquier manera me considero de allí.
Eso provocó una mueca de desagrado en él. Así lo creí. Era difícil de precisarlo con esa barba suya. Enseguida añadió:
—Por fortuna no es usted piloto.
—Lo soy. Y lo he sido.
—No bromee. ¿Acaso dejan a uno de su mundo que pilotee una nave?
—Si lo hace bien…
—No fue mi intención provocar su ira, señor. ¿Me permite presentarme? Me llamo Elefante.
—Y yo Beowulf Shaeffer.
Me compró un trago y le pagué otro. Por coincidencia los dos sabíamos jugar el «gin», de modo que llevamos nuestras bebidas recién servidas a una mesita de juego.
Cuando era yo niño acostumbraba pararme a la orilla del puerto espacial de «Mundo Destrozado» para observar las naves que llegaban. Con curiosidad veía a la multitud de pasajeros que salían de sus transportes y se movían en grupo hacia la oficina de aduanas y me preguntaba por qué parecía que todos habían tenido problemas en su navegación. La mayoría de los nacidos en las estrellas siempre caminaban zigzagueando, balanceándose y entrecerrando los ojos lacrimosos contra la luz del sol. Pensaba entonces que se debía a que venían de mundos diferentes con gravedades distintas y atmósferas raras bajo soles extrañamente coloreados.
Años después supe que las causas eran otras.
En una nave inter-espacial no hay ventanillas para los pasajeros. Si las hubiera la mitad de los que viajaran perderían el juicio. Es necesaria una mentalidad extraordinaria para observar la apariencia de un sitio sin vista alguna del hiperespacio y mantenerse en sus cabales. Para los pasajeros no hay nada que ver ni nada que hacer; si a usted no le agrada leer durante dieciséis horas al día, entonces tendrá que dedicarse a beber.
Dos días después de que conocí a Elefante, la nave aterrizó en Los Ángeles. Había sido un excelente compañero de trago. Hicimos una buena pareja con las cartas de la baraja. Él, con su agudo sentido para el juego y yo con mi suerte natural. Con lo que charlamos casi supimos tanto el uno acerca del otro como cualquiera sabe acerca de cualquiera. En cierto modo sentí verlo partir.
—¿Tiene usted mi número? —me preguntó.
—Sí, pero como le dije, no sé lo que haré —y le decía la verdad. Cuando exploraba un mundo civilizado me gustaba llevar a cabo mis propios descubrimientos.
—Bueno. Llámeme si tiene una oportunidad. Me gustaría que cambiara su modo de pensar. De verdad que me agradaría enseñarle algo de la Tierra.
—Le doy las gracias. Adiós, Elefante. Me divertí mucho.
Elefante se despidió agitando una mano y se volvió hacia la puerta de salida de los originarios de la Tierra. Yo me dirigí para encararme con los aduaneros antitraficantes. Aún tenía yo en la cabeza la última copa, pero ya me la curaría en el hotel. Nunca esperé ver de nuevo a Elefante y realmente no volví a verlo más.
Hacía nueve días que había yo estado en Jinx y había sido rico. Y también había estado deprimido.
El dinero y la depresión habían brotado de la misma fuente. Los titiriteros, esos seres de dos cabezas y tres piernas, cobardes profesionales y dedicados a los negocios, me habían engatusado para guiar un nuevo tipo de nave espacial a través del vacío para llegar hasta el mismo corazón de la vía láctea, a una distancia de treinta mil años luz. El viaje tenía fines publicitarios a fin de obtener dinero para corregir las imperfecciones de la misma nave que yo piloteaba.
Supongo que yo debía haber tenido un poco más de sentido común, pero nunca lo tuve y lo que me ofrecieron era muy atractivo. El problema fue que el corazón hacia donde me dirigía había explotado antes de que yo llegara a él. Ese centro de estrellas se había desbaratado en una cadena de reacciones de «novas» hacía diez mil años, y aun cuando yo me acercaba a ese centro y hasta la fecha, una ola de radiación barría metódicamente hacia el espacio conocido.
En solamente un poco más de veinte mil años, todos nos encontraremos en un peligro mortal.
¿No le preocupa? Tampoco a mí me importó mucho. Pero todos esos titiriteros del espacio conocido desaparecieron de la noche a la mañana, dirigiéndose solo sabiendo Júpiter hacia cuál otra galaxia.
Estuve muy deprimido. Eché de menos a los que me engatusaron y odié el saberme responsable de su huida. Tenía tiempo y dinero y una negra melancolía que disipar. Además, siempre había deseado conocer la Tierra.
II
La Tierra despedía muy buenos olores. Tenía un sabor agradable, algo que se respiraba con placer, totalmente distinto a lo que yo conocía. Esa diferencia entre el sabor del agua de manantial con el agua destilada. En cada movimiento respiratorio impregnaba mi ser de las mismas moléculas que respiraron Dante, Aristóteles, Shakespeare, Heinlein, Carter y mis propios ancestros. Los átomos de industrias pasadas flotaban en el aire, aunque no se percibían con el olfato, se sentían: la gasolina, el viejo olor del carbón, del tabaco y de los cigarrillos con filtro; los olores del aceite diésel y de las cervecerías. Salí de la oficina de aduanas con los pulmones hinchados y con una mirada inquisidora.
Pude haber tomado directamente una caseta de traslado para el hotel pero resolví caminar primero un poco.
Por lo visto todos los que nos encontrábamos sobre la Tierra habíamos tomado la misma decisión.
El camino para los transeúntes se veía atiborrado con una multitud que yo nunca me había imaginado. Los había de todas formas y colores y se vestían semejando una visión fantasmagórica. La diversidad de colores afectaba la vista y lo hacía a uno divagar. En cualquier mundo del espacio humano, en cualquiera menos en uno, usted sabe inmediatamente quiénes son los aborígenes. ¿Estaba yo entonces en la Tierra de las maravillas? Las barbas asimétricas marcaban la nobleza, y la gente común era aquella que se apartaba rápidamente del camino. ¿De «Aquello que hicimos»? El tinte de nuestra piel en el verano y en el invierno; en la primavera y el otoño; el hecho de que todos los que formábamos las razas de allá arriba, por encima de las ciudades sepultadas y en la lejanía de los desiertos florecientes, ansiosos de probar la luz del sol mientras descansaban los vientos asesinos.
¿Jinx? Allá los aborígenes son de baja estatura, gruesos y fuertes; el apretón de manos de una dulce ancianita puede aplastar el acero. Aun en el cordón de asteroides, dentro del sistema solar, una faja de cabellos bien recortada adorna la cabeza de hombres y mujeres. ¡Pero en la Tierra…!
Ni siquiera dos se parecían. Los había rojos, verdes y azules, amarillos y color naranja, a cuadros y rallados. Estoy refiriéndome a sus cabellos, ustedes me entienden, y a su piel. Durante toda mi vida he usado píldoras de secreción para proteger mi piel contra los rayos ultravioletas, de modo que mi tinte ha variado desde su blanco rosado normal (yo soy un albino) hasta (bajo el influjo de las estrellas azul claro) un tono negruzco. Pero no había sabido que existieran otras píldoras que pintaran la piel de otros colores.
Parecía que había yo echado raíces en aquel camino para transeúntes y me dejé llevar sin esfuerzo de mi parte, observando cómo la multitud se arremolinaba en torno mío. Todo eran rodillas y codos. Para el otro día estaría yo cubierto de raspones y magulladuras.
—¡Oiga!
La muchacha que me llamaba se encontraba a unas cuatro o cinco cabezas adelante de mí y era de baja estatura. Nunca la hubiera visto si todos los demás no hubieran sido también de estatura semejante. Los del mundo plano alcanzan raramente dos metros de estatura. Y allí estaba esa chica, con su cabello que era una explosión topológica en la que se mezclaban los colores naranja y plateado; el tinte de su rostro era un verde pálido, con amplias cejas negras y lápiz labial, agitaba en el aire algo y me llamaba a gritos.
Lo que agitaba era mi billetera.
Me abrí paso en dirección de ella, hasta que estuve lo suficientemente cerca para tocarla, hasta que pude oír por entre todo el barullo lo que estaba diciéndome.
—¡Tonto! ¿En dónde está su dirección? Ni siquiera le ha dejado espacio para una estampilla de correos.
—¿Qué?
Se vio sorprendida.
—¡Oh! Usted es de otro mundo.
—¡Sí! —El tono de mi voz rápidamente se elevó muy por encima del nivel de aquel ruido.
—Pues bien, mire —se acercó más a mí—. Mire, usted no puede caminar por aquí con esta billetera de otro mundo. La próxima vez quizá alguien le meta la mano en el bolsillo y usted no lo advierta hasta que esté lejos.
—¿Quiere decir que usted metió la mano en mi bolsillo?
—¡Por supuesto! ¿Cree que la encontré? ¿Piensa que expondría mis preciosas manos por debajo de esos tacones puntiagudos?
—¿Y si llamara a un policía?
—¿A un policía? Oh, a una cara de piedra —dijo riéndose alegremente—. Aprenda o váyase, hombre. No hay ninguna ley contra los carteristas. Vea en su derredor.
Eché una rápida mirada alrededor y con prontitud me volví hacia ella temeroso de que escapara. En mi billetera no solamente estaba mi efectivo sino un giro contra el banco de Jinx, bueno por cuarenta mil estrellas. Era todo lo que yo poseía.
—¿Los ve? —continuó ella—. Sesenta y cuatro millones de gentes en Los Ángeles únicamente. Ochenta billones en el mundo. Supongamos que hubiera una ley contra los carteristas. ¿Cómo íbamos a aplicarla? —Hábilmente extrajo de mi billetera el dinero y me la devolvió—. Consígase una nueva y deprisa. Tendrá un lugar para su dirección y una ventanita para una estampilla de la décima estrella. Ponga inmediatamente su dirección y la correspondiente estampilla. De ese modo el próximo que la tenga podrá sacar el dinero y depositar la billetera en el buzón de correos más cercano, así no tendrá problemas. De otro modo perderá usted sus tarjetas de crédito, sus identificaciones, todo —tomó entonces billetes por doscientas estrellas espaciales y los colocó entre sus senos, y mientras me volvía la espalda me dirigió una amplia sonrisa.
—Gracias —le dije. Sí, aún le di las gracias. Todavía estaba sorprendido, pero no había duda de que me había proporcionado una buena ayuda. Bien podía haber desaparecido con la cartera y toda mi fortuna.
—Todo fue gratis —me dijo en respuesta a mis gracias y se alejó.
En la primera caseta de traslado que vi, deposité una moneda de media estrella y marqué el número de Elefante.
El vestíbulo era impresionante.
Ya había yo esperado un vestíbulo. ¿Para qué poner una caseta de traslado en el interior de su propia casa, en donde cualquier raterillo pudiera penetrar simplemente marcando su número? Cualquiera que pudiera pagar el alquiler de una caseta de traslado privada también podía pagar un vestíbulo con una puerta dotada de cerradura y un switch de intercomunicación.
Había un vestíbulo pero era del tamaño de una sala, amueblado con sillas para masaje y una maquinita automática para operarlas. También estaba el intercomunicador, pero era un videófono simple construido hacía trescientos años y reconstruido quizá a un ciento de veces su costo original. Se veía una puerta doble de un material que parecía bronce pulido, con dos manijas talladas enormes y la altura de la puerta era de tres metros.
Ya había yo sospechado que Elefante era una persona de posibles, pero eso era demasiado. Pensé que nunca lo había visto completamente sobrio y que de hecho había yo declinado su oferta para que me sirviera de guía, ya que simplemente una mañana después de nuestra despedida habría borrado mi imagen de su memoria. ¿Debería yo entonces retirarme? ¿No había yo querido explorar la Tierra solo?
¡Pero yo no conocía los reglamentos!
Me salí de la caseta y eché un vistazo a la pared trasera. No era más que una ventana pintada, con nada en el exterior. Solamente un cielo azul clarísimo. Cuán peculiar, pensé, y me acerqué más.
Elefante vivía en la ladera de una montaña. Una escarpada montaña de casi dos kilómetros de altura.
El teléfono sonó.
Al tercer llamado lo contesté con el único propósito de que el ruido cesara.
Se oyó una voz imperiosa que dijo:
—¿Hay alguien allí?
—Temo que no —contesté—. ¿Vive aquí una persona llamada Elefante?
—Voy a ver, señor —dijo la voz. No se iluminó la pantalla pero tuve la sensación de que alguien me había visto muy claramente.
Los segundos se arrastraron. A medias me vino un deseo de saltar a la caseta de trasbordo y marcar al acaso cualquier número. Pero ese deseo fue solo a medias, y ese fue el problema. Entonces se iluminó la pantalla y apareció Elefante.
—¡Bah! ¡Cambió su modo de pensar!
—Sí, usted no me dijo que era rico.
—No me lo preguntó.
—Bueno, no, por supuesto que no.
—¿Y cómo espera saber las cosas si no pregunta? No me responda. Cuelgue, bajaré enseguida. ¿Cambió de modo de pensar? ¿Me dejará que le enseñe la Tierra?
—Sí, lo dejaré. Estoy asustado y no me atrevo a salir solo.
—¿Por qué? No, no me conteste, me lo dirá en persona —y colgó.
Segundos más tarde las enormes puertas de bronce giraron produciendo un ruido de huesos que se quiebran. Apenas se entreabrieron para dejar paso a Elefante. Me jaló hacia el interior y casi sin darme tiempo para parpadear me puso en la mano una bebida y me preguntó por qué tenía yo temor de salir solo.
Le conté lo de la carterista y lo celebró riéndose. Me contó a su vez acerca de cuando trató de salir en «Aquello que hicimos» durante el verano. Yo también reí con ganas, aunque ya había yo oído acerca de los extraños en aquel mundo que eran desaparecidos y cuando Hades pasó por lo mismo. Con sorpresa nos sentimos alejados, dejando de reír. Ocurrió como en la nave inter-espacial, aún al final de la anécdota de Elefante.
—Naturalmente de un tonto procedente del mundo plano —terminó.
—En eso he estado pensando —le dije.
—¿Acerca de qué?
—Me dijo que tendría que hacer algo completamente original, de manera que la próxima vez que alguien le llame un terriplano, arrincónelo y oblíguelo a que oiga su historia. La ha dicho varias veces.
—No solamente he dicho eso. Pero me gustaría tener algo que contar, algo como su episodio de la estrella neutrona. Aunque fuera solo para contármela a mí mismo. El tonto de otro mundo no la entendería pero yo sí.
Estuve de acuerdo con él. Mi episodio de la estrella neutrona al cual se refería, había sido mi primer encuentro con un titiritero. Este me sobornó para llevarme a una de sus naves, una de esas con casco invulnerable de la «General Products» construido especialmente para esos manejadores de hombres títeres y me hizo volarla en una órbita hiperbólica a una distancia de kilómetro y medio de una estrella neutrona. Fue la única en su clase que yo jamás haya encontrado y yo fui el segundo hombre que alguna vez haya efectuado viaje semejante. El primer viaje que llevó a cabo con su esposa lo hizo con una nave del mismo tipo. Se les encontró con la nariz de la nave aplastada, que le privó de su forma original, ocasionado por alguna fuerza desconocida. El peligro realiza cosas maravillosas para mi bien conocida pereza mental. Con solo dos minutos a mi disposición me había dado cuenta de la clase de fuerza desconocida que atacó su nave y me arrastré hasta el tubo de acceso para reparación y pude evitar un nuevo desastre. Esto se lo conté a Elefante mientras jugábamos a las cartas, una vieja costumbre que adquirí para distraer a mis oponentes, y Elefante se sintió impresionado con mi relato.
—He pensado acerca de un par de cosas que usted podría hacer —le dije.
—Escúpalas.
—Primera. Visite el mundo de los titiriteros. Nadie ha estado por allá, pero todos saben que hay uno y que es muy difícil de encontrar. Usted podría ser el primero.
—¡Grandioso! —exclamó—. ¡Grandioso! Y los titiriteros no podrían detenerme porque habrán salido. ¿En dónde está ese mundo?
—No lo sé.
—¿Cuál es su segunda idea?
—Pregunte a los de otros espacios.
—¿Cómo?
—No hay un sistema de la galaxia acerca del cual no tengan conocimiento los de otros espacios. No sabemos hasta dónde pueda extenderse el imperio de los titiriteros, aunque sí sabemos que está más allá del espacio conocido, pero nada conocemos acerca de los moradores de otros espacios. Ellos conocen la galaxia y cambian información; creo que es lo único que hacen. Pregúnteles cuál es el mundo más singular que conocen dentro de nuestro alcance.
Elefante asentía calladamente. Se advertía una mirada brillante en sus ojos. No había yo estado seguro de la seriedad con que tomaba el llevar a cabo alguna conquista singular. Pero sí hablaba en serio.
—El problema estriba —continué—, en que lo que para nosotros pueda ser singular, para los de otros espacios no podrá serlo… —dejé de hablar porque Elefante se había puesto de pie y apresuradamente se dirigía a un trifono.
No sentí la interrupción. Me dio la oportunidad de curiosear a mí alrededor.
Yo había estado en casas más grandes que la de Elefante. Mucho más grandes. Crecí en una de ellas. Pero nunca había visto una sala que halagara la vista como esa de Elefante. Era una ilusión de óptica, lo opuesto a esas imágenes en blanco y negro que nos muestran en esas conferencias para enseñarnos la forma en que vemos. Esos muchachitos clínicos de Arte Óptica dan la ilusión del movimiento; pero la sala de Elefante daba la ilusión de la inmovilidad. Un físico hubiera quedado enamorado de esa sala a prueba de ruidos. Un decorador de interiores sin duda que se había hecho famoso con la obra realizada allí; esto si ya no era famoso anteriormente, en cuyo caso de todos modos con ese trabajo no había duda de que se había enriquecido. ¿Cómo era posible que el alto y delgado Beowulf Shaeffer pudiera encajar en una silla diseñada para el tamaño del voluminoso Elefante? Sin embargo me encontraba con el cuerpo suelto hasta los huesos, sorprendentemente a gusto, moviendo únicamente los músculos necesarios para sostener un gran vaso de cristal grueso conteniendo una bebida suave, refrescante y de un sabor muy singular, llamada cerveza Tazlotz.
El vaso jamás se escanciaría. En algún sitio del cristal se encontraba un motor diminuto conectado con la cantina con el propósito de mantenerlo siempre lleno. Pero la luz proyectada en el cristal escondía ese aditamento. Otra ilusión óptica y sin duda una que había inducido a muchos hombres buenos al alcoholismo. Tendría yo que vigilar eso.
Elefante regresó. Caminaba como si pesara toneladas, como si algún kzin lo suficientemente tonto para interponerse en su camino tuviera un agujero en él.
—Todo está listo —me dijo—. Don Cramer buscará la nave de otros espacios más cercana y me hará el arreglo. En un par de días tendremos noticias.
—Está bien —le dije, y le pregunté acerca de la montaña en la cual se encontraba construida su casa. Resultó que nos encontrábamos en las Montañas Rocallosas y que él era el dueño de hasta el último centímetro cuadrado de la cara casi vertical de esa montaña. ¿Por qué? Recordé los ochenta billones de habitantes de la Tierra y llegué a la conclusión de que si no tuviera su casa en un sitio como este se hubiera visto rodeado de gentes por todas partes.
De pronto Elefante recordó que alguien llamado Diana debía estar en esos momentos en su casa. Lo seguí a la caseta de traslado, observé cómo marcaba ocho números y esperé en un vestíbulo mucho más pequeño mientras Elefante hacía uso del intercomunicador más moderno.
Diana parecía dudar acerca de permitirle la entrada hasta que Elefante rugió que tenía un huésped y que ella debía dejarse de tonterías.
Era Diana una mujer hermosa y pequeña, con lo más profundo de su piel del rojo uniforme del cielo marciano y los cabellos que caían sobre su espalda parecían como una cascada de plata. El iris de sus ojos tenía el mismo color plateado bruñido. No había querido permitimos entrar porque ambos usábamos nuestras propias dermis, pero una vez que estuvimos dentro no volvió a mencionarlo.
Elefante me presentó con Diana y al momento le dijo que había hecho los arreglos necesarios para ponerse en contacto con los de otros espacios.
—¿Cómo son los de otros espacios? —preguntó ella con repentino interés.
—Son difíciles de describir —le dije—. Piense en un gato de nueve colas con un martillo grueso.
—Viven en mundos fríos —intervino Elefante.
—Mundos pequeños, fríos, sin aire como Nereida. Pagan alquiler para utilizar Nereida como base, ¿no es así, Elefante? Y viajan por entre la mayoría de la galaxia en grandes naves no presurizadas, con guías de fusión y sin hiperguías.
—Venden información. Ellos pueden decirme acerca del mundo que quiero encontrar, el planeta más raro en el espacio conocido.
—Se pasan la mayor parte del tiempo rastreando semillas de estrellas.
Diana interrumpió:
—¿Por qué?
Elefante y yo cruzamos una mirada.
—¡Oiga! —exclamó Elefante—. ¿Por qué no buscar a alguien más para hacer un cuarto en el «bridge»?
Diana se veía pensativa. Entonces volvió sus ojos plateados hacia mí, me examinó de pies a cabeza y hablando consigo misma se dijo:
—Sharrol Janss. La llamaré.
Mientras ella telefoneaba, Elefante me dijo:
—Fue una buena idea. Sharrol tiene una tendencia hacia la adoración de los héroes. Es una analista de computación que trabaja para la Compañía de Cerebros Donovan. Le gustará.
—Muy bien —comenté preguntándome si aún estábamos hablando del juego de «bridge». Me asaltó la idea de que estaba poniéndome en deuda con Elefante—. Elefante —le dije—, cuando entre en contacto con los de otros espacios me gustaría acompañarlo.
—¿Cómo? ¿Por qué?
—Necesitará un piloto. Y ya he tratado antes con los extraespaciales.
—Está bien. Trato hecho.
Sonó en el vestíbulo el intercomunicador y Diana fue hacia la puerta regresando con nuestra cuarta compañera de juego.
—Sharrol, ya conoces a Elefante y este es el señor Beowulf Shaeffer, del mundo «Aquello que hicimos». Beo, esta es la…
—¡Usted! —le dije.
—¡Usted! —dijo ella.
Era la carterista.
III
Mis vacaciones duraron solo cuatro días. No había tenido idea de cuán largas irían a ser ni cómo irían a terminar. Consecuentemente me arrojé a ellas en alma y cuerpo. Si hubo algún momento de aburrimiento en esos cuatro días, lo pasé dormido y tengo que decir que no dormí gran cosa. Parecía que Elefante se sentía del mismo modo. Vivía hasta el último momento y muy intensamente; debió haber sospechado, como yo, que si los extraespaciales no considerarían el peligro como un factor al elegir su planeta. Por la propia ética de ellos se inclinarían a no tomarlo así. Los días de la vida de Elefante podrían estarse acortando.
Hubo incidentes enterrados en esos cuatro días que me hicieron preguntarme por qué Elefante andaba en busca de un mundo sobrenatural. Con seguridad que la Tierra era el más extraño de todos…
Recuerdo cuando arrojamos las cartas y resolvimos salir a comer. Esto era más complicado de lo que parece. Elefante no había tenido oportunidad de cambiar su estilo de terriplano, y ninguno de nosotros estaba como para ser visto en público. Diana entonces nos proporcionó cosméticos.
Yo sucumbí a un impulso original. Me vestí como albino.
Lo que nos proporcionó Diana no fueron píldoras, sino pintura para el cuerpo. Cuando terminé de aplicármela, vi en el gran espejo reflejada la imagen de un yo más joven. Pupilas de un rojo sangre, cabellos blancos como la nieve, piel pálida transparente con un tinte rosado brotando de la epidermis: el quinceañero que había desaparecido hacía muchas edades, cuando tenía yo los años suficientes para usar píldoras que coloreaban la piel. Mi mente vagó muy atrás a través de las décadas; hasta los días aquellos en que yo también fui un terriplano, cuando posaba firmemente los pies sobre la tierra y mi cabeza nunca alzaba más de dos metros y medio por arriba de las arenas desérticas… Me encontraron allí, frente al espejo y resolvieron que mi público estaba listo para recibirme.
El recuerdo de esa noche lo conservo, cuando Diana me dijo que había conocido a Elefante por siempre.
—Yo fui quien bautizó a Elefante —dijo ella con petulancia.
—¿Es un apodo?
—Por supuesto —contestó Sharrol—. Su nombre real es Gregory Pelton.
—¡Oooh!
De pronto se aclaraba todo. Gregory Pelton era conocido entre todas las estrellas. Se rumoraba que era propietario de una esfera en bruto de treinta años luz de ancho, llamada espacio humano, y que obtenía sus ingresos alquilándola. También corrían rumores que la compañía «General Products», ostensiblemente administrada por las especies de titiriteros y entonces muerta por la ausencia de los mismos, era un frente para Gregory Pelton. Pero sí era un hecho que su abuela de hacía generaciones había inventado la caseta de traslado y que Pelton era ¡inmensamente rico, rico, rico!
Le pregunté a Diana:
—¿Y por qué Elefante? ¿Por qué ese apodo en particular?
Diana y Sharrol se miraron maliciosamente y Elefante dijo:
—Use su imaginación, Beo.
—¿Para qué? ¿Qué es un elefante, sino una clase de animal?
Tres rostros registraron disgusto. Con seguridad que no había yo encontrado en dónde estaba la gracia.
—Mañana —prometió Elefante— le enseñaremos el zoológico.
Existían siete casetas de traslado en el zoológico de la Tierra. Eso les indicará cuán grande era. Pero se equivocarían, porque no habían considerado los doscientos automóviles de alquiler proporcionando un servicio constante. Estaban allí porque las casetas de traslado estaban a una distancia bastante retirada para caminarla.
Nos detuvimos a contemplar a unos animales compactos, grises, más pequeños que semillas de estrellas o asteroides, pero más grandes que cualquier animal de los que yo había visto. Elefante dijo:
—¿Ve usted?
—Sí, ya veo —contesté. Los animales enseñaban su masa compacta y una completa invulnerabilidad muy semejante a la de Elefante. Y enseguida me di cuenta de que estaba yo contemplando a otro animal en una alberca lodosa. Utilizaba un tentáculo hueco que partía de su hocico para rociar su espalda con agua. Asombrado miré ese poderoso apéndice… y continué mirándolo…
—¡Oigan, miren! —exclamó Sharrol apuntando—. Las orejas de Beo se le han puesto rojas.
Ese día no la perdoné hasta las dos de la tarde.
Y recuerdo haberme inclinado hacia Sharrol para tomar una barrita de tabaco y ver su bolso descansando entre sus otros objetos. Entonces le dije:
—¿Qué diría si en este momento me apoderara de su portamonedas?
—No lo traigo conmigo —dijo entreabriendo en una sonrisa sus labios de color naranja y plata.
—¿No sería de buen gusto extraerle su dinero del bolso?
—Solo que pudiera escondérselo en su persona.
Encontré un bolso pequeño y plano que contenía cuatrocientas estrellas y lo coloqué dentro de mi boca.
Ella me dejó llevar a cabo la broma. ¿Alguna vez ha tratado usted de enamorar a una mujer, teniendo un bolso en la boca? Fue inolvidable. Nunca lo intente si tiene asma.
Aún recuerdo a Sharrol. Recuerdo su cutis azul suave y tibio, sus ojos plateados entreabiertos con un encanto azulado y fresco. Sus cabellos de color naranja y plateados, con un modelo de rizos abstractos que nada podría opacar. Todo resaltaba en ella. Su risa también era de plata cuando tomé dos mechones de su pelo y los até en un nudo doble y cuando prorrumpí y di pequeños saltos a la vista de sus cabellos que lentamente se soltaban del nudo que les había yo hecho, como si fueran trenzas de Medusa. Su voz era un canto, como una cascada de plata.
No he olvidado las súper carreteras de la Tierra.
Eran lo primero que se veía llegando al planeta. Si hubiéramos aterrizado de noche, hubieran sido sus ciudades iluminadas; pero por supuesto que llegamos con la luz del día. ¿Por qué debía tener un mundo tres puertos espaciales? Se veían sus súper carreteras y sus pistas para autos y para heliautos, entrelazadas en una red que incluía todo a través de las caras de los continentes.
Desde unos kilómetros de altura no puede usted todavía ver las grietas. Pero allí está donde los maderos y el pavimento habían sucumbido.
Solamente dos supercarreteras habían sido conservadas en buen estado, las dos en el mismo continente: la que bordeaba Pennsylvania y la de Santa Mónica. El resto de ellas habían quedado en un caos.
Parecía que había gentes que coleccionaban viejos automóviles terrestres y que hacían competencias de velocidad con ellos. Algunos de esos vehículos anticuados tenían sus máquinas reconstruidas y muchas de sus partes remplazadas; otros eran hechos a mano.
Reí cuando Elefante me platicó sobre eso. El verlos en realidad era algo distinto.
Los participantes en esas carreras empezaron a hacer su aparición cerca del amanecer. Se reunieron en un extremo de la supercarretera de Santa Mónica, aquel punto en el cual se unían con la supercarretera de San Diego. Ese extremo era una masa de macarrones entretejidos; se veían cordones de concreto curveados pasando uno por arriba de otros y siguiendo distintas direcciones. Parecían haber perdido su solidez a través de los años, por lo que habían caído a tierra. Observamos desde arriba, suspendidos en un aerotaxi, mientras esos autos terrícolas se formaban en línea.
—El mantenimiento cuesta más que esos autos —dijo Elefante—. Yo manejé uno de esos. Se pondría blanco como la nieve si le dijera cuánto cuesta mantener este tramo de supercarretera en buen estado.
—¿Cuánto?
Me dijo y tenía razón porque mi asombro me hizo ponerme blanco como la nieve.
Y arrancaron. Todavía estaba preguntándome en qué estribaba su diversión al conducir una máquina anticuada, obsoleta, sobre un piso plano de concreto, cuando podrían estar acá volando como nosotros. Y empezaron a correr, ondulando ligeramente o quizá algo más que ligeramente, moviéndose tontamente a diferentes velocidades; acercándose peligrosamente unos a otros antes de ceder la delantera, y entonces empecé a darme cuenta de varias cosas.
Esos automóviles no estaban dotados de radar.
Eran guiados desde una pequeña cabina que encerraba a volante y piloto y la dirección era llevada directamente a cuatro ruedas que rodaban sobre el pavimento. Un pequeño error en la conducción y chocarían uno contra otro, o contra las guarniciones de las banquetas. Eran conducidos esos vehículos y también detenidos con la sola fuerza del músculo humano, pero si podían voltear en alguna dirección o detenerse, eso dependía de la fuerza de adhesión que pudieran tener cuatro llantas de goma sobre el pavimento liso. Si las llantas no podían aferrarse, entonces la primera ley de Newton se apoderaría de todo el vehículo. La masa de metal frágil continuaría su movimiento en línea recta hasta que fuera detenida por alguna mole de concreto que pudiera resistir el impacto o se estrellaría contra otro vehículo terrestre.
—Un hombre puede matarse en uno de esos muebles —comenté.
—No hay por qué preocuparse —dijo Elefante—. Generalmente nadie se mata.
—¿Generalmente?
Entonces me explicó una vez más y me puse blanco como la nieve.
Veinte minutos más tarde terminó la competencia en otro extremo de concreto caído. Todo estaba mojado. Aterrizamos y hablamos con algunos de los participantes. Uno de ellos, un tipo flacucho, con cabello verde, pegajoso y en desorden, y una cara magra adornada con una ancha boca escarlata, me ofreció un viajecito. Le di las gracias declinando su invitación y lentamente me alejé de él deseando tener conmigo algún arma. No había duda de que ese gracioso estaba peligrosamente fuera de juicio.
Recuerdo también la comida terriplana, la mejor en el espacio conocido, y una bebida extraña, suavemente alcohólica, llamada Taittinger Comtes de Champagne 59.
También conservo el recuerdo de cuando penetramos en una taberna no terrícola, en donde los cuatro de nosotros charlamos con una mujer minera picapiedra cuyas trenzas de cabellos de tres centímetros de ancho y de color marfil le caían sobre la espalda.
No he olvidado cuando volamos con un cinturón elevador y que no vimos más que la ciudad encerrando separadamente algunos sitios de cultivo de productos alimenticios.
Tengo presente la vista de un hotel sumergido en los Grandes Bancos de la Isla de Terranova y un criadero de delfines en las costas de Italia en donde un grupo de terriplanos y delfines parecía empeñado en resolver el problema general de los seres sensibles sin manos (los había muchos y probablemente aún encontraríamos más). Aquello parecía una discusión de café, más que una conferencia de negocios.
En la noche del cuarto día estábamos a punto de irnos a la cama cuando sonó el trifono. Don Cramer había encontrado en extraespacial.
Incrédulo le pregunté:
—¿Sale en este momento?
—Por supuesto —replicó Elefante—. Tome, con una de estas píldoras no sentirá sueño hasta que no nos pongamos en camino.
Habíamos hecho un trato y yo le debía mucho a Elefante. Tomé la píldora. Dimos un beso de despedida a Sharrol y a Diana. Esta subiéndose en una silla para alcanzarme y Sharrol trepándose en mí como si fuera poste de alumbrado, enredando sus piernas en mi cintura. Yo era cerca de medio metro más alto que cualquiera de las dos.
La base de Calcutta se encontraba bañada con la luz del día. Elefante y yo tomamos allí la caseta de traslado para encontrarnos con que el «STºº» había sido alistado antes de nuestra llegada.
El nombre completo de aquella nave inter-espacial era «Slower Than Infinity» (Más lenta que el infinito). Había sido construida dentro del casco número 2 de la «General Products». Una flecha de más de cien metros de largo con una reducción semejando una cintura de avispa cerca de la cola. Me sentí aliviado. Las armaduras de la «General Products» eran tan invulnerables como impermeables a cualquier materia o energía que no fuera la luz visible. Eran garantizadas por la compañía constructora y probadas a través de los miles de años de uso, pero ninguno de sus cuatro diseños hermosos y todos se parecían. Tenía el temor de que Elefante pudiera tener algún velocísimo yate espacial dudoso y vulnerable.
El cuarto de control para dos hombres parecía demasiado pequeño para un sistema vitalicio hasta que advertí la extensión de la cabina recogida en la nariz de la nave. El resto del casco encerraba un motor de empuje a fusión y el tanque de combustible, un motor hiperespacial, una arrastradora de gravedad y un tren de aterrizaje en la panza, todo eso claramente visible a través del casco que había sido dejado transparente.
Contenía combustible, alimentos y medicinas. Debía haber estado ya lista desde hacía varios días. Partimos veinte minutos después de nuestra llegada.
Entonces ya tuve tiempo de sobra para dormir. Nos tomó una semana viajando a una «G» solamente para alejarnos lo suficiente de la gravedad del sistema solar a fin de poder usar el hipermotor. Fue ese periodo cuando me removí el colorido falso de mi piel (había sido falso y continuaría entonces tomando las píldoras de secreción dérmica para protegerme contra la luz solar de la Tierra). Elefante devolvió a su piel ese tinte claro y a su barba y a su pelo el color negro. Durante cuatro días había sido Zeuz, con su piel marfilina, su barba de color oro metálico y sus ojos con el resplandor de oro fundido. La transformación le había sentado tan bien que difícilmente había yo notado el cambio.
El motor hiperdrive funcionó unas largas y lentas tres semanas. Nos turnábamos agachados sobre el indicador de masas, aunque al primer tanto de velocidades con el hiperdrive habíamos visto masas espaciales por lo menos doce horas antes de que significaran algún peligro. Creo que era yo el único hombre que sabía que existiera un segundo tanto, un secreto de titiritero. La nave extraespacial se encontraba cerca del borde del espacio conocido, mucho más allá de Tau Ceti.
—Fue el único que se localizó —dijo Elefante—, el número catorce.
—¿Catorce? Ese es el mismo con el que tuve antes tratos.
—¿Cómo? Muy bien, eso ayudará.
Días más tarde preguntó:
—¿Y cómo ocurrió?
—De una manera común. Número catorce estaba en el otro lado del espacio conocido hasta entonces y envió una oferta para intercambio de información. Yo estaba casi en «El Mundo de las Maravillas» y pesqué la oferta. Cuando dejé a mis pasajeros regresé.
—¿Y obtuvieron algo que valiera la pena?
—Sí. Habían encontrado al «Lazy Eigth II» (Octavo II «El Perezoso»).
El «Lazy Eigth II» había sido una de las viejas naves lentas, una ala circular voladora que llevaba colonizadores a Jinx. Algo malo le ocurrió antes de su regreso, y la nave continuó su vuelo llevando consigo a cincuenta pasajeros en animación suspendida y a una tripulación de cuatro, presumiblemente muertos. Con un arietoscopio para inyectar hidrógeno a su turbina de fusión, la nave podía mantenerse acelerada por siempre. Llevaba quinientos años en su trayectoria.
—Ya la recuerdo —dijo Elefante—. No pudieron alcanzarla.
—No. Pero nosotros sabremos dónde encontrarla cuando el estado del arte se mejore.
—Eso no será pronto.
Elefante tenía razón. Una nave inter-espacial impulsada por motor hiperdrive no solamente tenía que alcanzarla, sino llevar combustible a reacción para igualar su velocidad. La velocidad a que se desplazaba aquel era solamente menor que la de una radiación, y la nave se encontraba a más de quinientos años-luz de distancia: diecisiete veces el diámetro del espacio conocido.
—Nos esperarán —dije.
—¿Tuvo usted algunos problemas?
—Su intérprete es muy bueno. Pero tendremos que obrar con cuidado. Lo que ocurre cuando se compra información es que no sabe usted hasta dónde es lo que ha comprado. No pudieron esos extraespaciales solamente ofrecerme la posición presente del «Lazy Eigth II». Habíamos rastreado su curso con el distancioscopio la información gratis.
Llegó el momento en que solamente se percibió una pequeña mancha verde en el indicador de masas. Una estrella hubiera mostrado solamente una línea; ninguna estrella se hubiera manifestado como una mancha. Me salí del hiperespacio y preparé el radar de profundidad para dar cacería al extraespacial.
IV
El extraespacial nos encontró primero a nosotros.
En algún sitio de aquella vaina cilíndrica de metal, cerca del centro de su masa, quizá ocupándolo completamente, estaba el motor sin reacción. Era comúnmente sabido que este estaba en venta y que el costo era un trillón de estrellas. Aunque nadie, ni ninguna nación existente podía permitirse hacer ese pago, el precio no era exorbitante. Mientras nosotros estábamos aún buscando, en dos o tres minutos, aquel motor ultrasónico había bajado a la nave extraespacial de arriba de punto nueve luces a cero relativo y la había situado al lado de la «STºº».
Un momento nada más que las estrellas. Al siguiente, la nave extraespacial estaba a nuestro lado.
La mayor parte de ella era espacio vacío. Sabía yo que su población era del tamaño de una pequeña ciudad, pero era mucho mayor debido a que se estiraba a voluntad. Allí estaba ese minúsculo motor parecido a una cápsula, y allí, en un poste de cuatro kilómetros de largo, estaba la fuente de luz. El resto de la nave eran cinchos metálicos, enredándose al interior y al exterior, cayendo descuidadamente alrededor de ellos mismos y uno contra otro, hasta que las puntas de cada cincho cesaban de enredarse y se unían a la cápsula-motor. Había alrededor de un millar de tales cinchos y cada uno tenía el ancho de una banqueta de ciudad.
—Como los adornos de un árbol de Navidad —comentó Elefante—. ¿Y ahora qué, Beo?
—Utilizarán el radio de la nave.
Unos minutos de espera y se presentó un grupo de extraespaciales. Parecían un gato de nueve colas, de color negro, con grandes y gruesos martillos. En esa especie de martillos se encontraban alojados sus cerebros y sus órganos sensoriales invisibles; en el extremo de sus colas como látigos, el racimo de tentáculos móviles, llevaban pistolas de gas. Seis de ellos se detuvieron afuera de la compuerta de aire.
Se oyó funcionar la radio.
—Bienvenidos a la nave Catorce. Por favor, salgan para trasladarlos a nuestra oficina. No tomen nada del exterior de sus trajes de presión.
Elefante me preguntó:
—¿Lo hacemos?
Le contesté:
—Por supuesto. Los extraespaciales no son más que honorables.
Salimos. Los seis extraespaciales nos ofrecieron un tentáculo cada uno y nos aventuramos a través del espacio abierto. No muy velozmente. El empuje de las pistolas de gas era muy bajo, desesperadamente débil. Pero los extraespaciales también eran débiles. Una hora en la gravedad de la luna terrestre los habría matado.
Nos guiaron a través de un desordenado laberinto de cintas plateadas y nos depositaron en una rampa contigua a una pared convexa, casi imaginaria, de la cápsula motor.
No era aquello precisamente como estar perdido entre una gigantesca taza de macarrones. Las cintas rígidas estaban muy separadas una de otra. Por arriba de nosotros estaba la fuente de luz, casi tan pequeña como intensa y de un blanco amarillento como el sol terrestre es visto desde la luna de Neptuno. Brillando a través de la senda vacumática interestelar proyectaba una red de sombras agudas y negras cruzando todo aquel millar de llamas costeras que formaban la ciudad.
A lo largo de los linderos de las sombras de luz estaban los extraespaciales. De la misma manera en que sus ancestros como plantas vegetales habían hecho hacía billones de años en algún mundo desconocido cerca del corazón de la galaxia, así los extraespaciales estaban absorbiendo energía. Sus colas rameadas en la sombra, sus cabezas en la luz del sol, mientras sus baterías bioquímicas eran cargadas con termoelectricidad. Algunos tenían los tentáculos de sus colas semejantes a raíces, sumergidas en platos de comida. Los elementos básicos que los mantenían vivos y en desarrollo eran conservados en helio líquido.
Cautelosamente los rodeamos, utilizando nuestras lámparas de cabeza a su más baja intensidad y siguiendo a uno de los extraespaciales hacia una puerta en la pared que estaba adelante de nosotros. No había barandales a lo largo de las rampas, y nada más que las frías estrellas distantes por allá abajo. Esos seres se hacían a un lado si nos acercábamos demasiado. Nuestros trajes debían haber emanado demasiado calor para ellos.
El interior del sitio al que entramos estaba oscuro hasta que la puerta se cerró tras de nosotros. Entonces la luz se encendió. No se advertía de dónde provenía; tenía el color de la luz normal del sol e iluminaba un cubículo de forma cuadrangular desprovisto de muebles. Lo único que había dentro era una esfera de un cristal muy oscuro, con la figura retorcida de un extraespacial en su interior. Aquella esfera debía haber sido desalojada y refrigerada. Solamente con extremo cuidado pudieron haberla puesto allí, como si aquel objeto fuera el huésped y no nosotros.
—Bienvenidos —se oyó en el cuarto. Cualquier cosa que hubiera dicho el extraespacial no era sónico en la naturaleza—. Este aire es respirable. Pueden quitarse sus cascos, trajes, zapatos, fajas y lo que gusten.
El que hablaba era un excelente traductor, con una excelente pronunciación y una agradable voz de barítono.
—Gracias —dije, y nos despojamos de nuestros trajes. Elefante lo hacía un poco pensativo.
—¿Quién de ustedes es Gregory Pelton?
—Yo.
—Hola. De acuerdo con su agente, usted quiere saber cómo llegar al planeta que es el más singular de los límites de la región, de sesenta años-luz de extensión, a la que llaman espacio conocido. ¿Es correcto?
—Sí.
—Necesitamos saber si usted planea ir allá o enviar agentes. También si usted planea aterrizar, o volar en una órbita cercana, o a una órbita distante.
—Aterrizar.
—¿Vamos a proteger su vida o propiedad contra algún peligro?
—No —replicó Elefante con sequedad.
La nave extraespacial era un lugar que inspiraba temor.
—¿Planea usted una colonización? ¿Explotación de minas? ¿El cultivo de plantas o animales?
—Planeo solo una visita.
—Hemos seleccionado un mundo para usted. El precio será un millón de estrellas.
—Es demasiado elevado —dijo Elefante.
Yo emití un silbido con el aliento. Sí que era elevado y no se bajaría. Los extraespaciales nunca bajan su precio.
—Aceptado —afirmó Elefante.
El intérprete nos dio un juego por triplicado de coordenadas a cerca de veinticuatro años-luz de la Tierra, a lo largo de la galaxia norte.
—La estrella que están buscando es un protosol con un planeta a una distancia de dos billones de kilómetros. El sistema está moviéndose a punto ocho luces hacia… —nos dio la dirección en un radio vector.
Parecía que aquel protosol dibujaba una cuerda poco profunda a través de un espacio conocido y que nunca se acercaría al espacio humano.
—No sirve —dijo Elefante—. No hay nave impulsada con motor hiperdrive que pueda ir tan rápido en espacio real.
—Podrían conseguir quien los llevara —dijo el intérprete—. Con nosotros. Enganchen su nave a nuestra cápsula motor.
—Eso daría resultado —aseguró Elefante.
Cada momento estaba más y más inquieto. Su mirada parecía buscar entre las paredes el sitio de donde partía aquella voz. No veía ya al agente de negocios extraespacial que estaba en la cámara vacumática.
—Nuestra cuota por llevarlos será un millón de estrellas.
Elefante se atragantó.
—Espere un segundo —dije—. Quizá tenga información que venderles.
Hubo una pausa larga. Elefante me miró, sorprendido.
—¿Usted es Beowulf Shaeffer?
—Sí. ¿Me recuerda?
—Lo encontramos en nuestros archivos. Beowulf Shaeffer, tenemos información para usted, y ya fue pagada. El antiguo presidente regional de la «General Products», en Jinx, desea que se ponga usted en contacto con él. Aquí tenemos un número de caseta de traslado.
—Esas son noticias viejas —dije—. Los titiriteros se han ido. Pero, de todos modos, ¿para qué querría verme ese tipo afilado, de dos cabezas?
—No tengo información sobre ello. Lo que sé es que no todos los titiriteros han dejado la región. ¿Aceptará usted el número de la caseta de traslado?
—Por supuesto que sí.
Fui escribiendo los ocho números como me los iba diciendo. Un momento más tarde, Elefante gritaba, como si fuera un tocadiscos antiguo puesto a funcionar en la mitad de un programa:
—¿… diablos pasa aquí?
—Lo siento —dijo el traductor.
—¿Qué sucedió? —pregunté.
—¡No pude oír nada! ¿Estaba ese mono… estaba ese extraespacial haciendo negocios privados con usted?
—Algo parecido. Luego le platico.
El intérprete continuó:
—Beowulf Shaeffer, nosotros no compramos información. La vendemos y utilizamos su producto para comprar territorios y tierras para sembradíos.
—Podrían necesitar esta información —repliqué—. Yo soy el único hombre a su alcance que la sabe.
—¿Y qué nos dice de otras razas?
Los titiriteros pudieron habérselo dicho, pero valía la pena aprovechar la oportunidad.
—Están a punto de dejar el espacio conocido. Si no hacen trato conmigo podrían dejar de recibir esta información a tiempo.
—¿A qué precio nos la vende?
—Ustedes lo fijarán. Tienen más experiencia en poner valores a los informes y son ustedes honorables.
—Quizá no estemos en condiciones de pagar un precio justo.
—El precio no excederá del que fijaron para nuestro arrastre.
—Hecho. Hable.
Les dije de la explosión de la galaxia y cómo lo había yo sabido. Me hicieron entrar en detalles de lo que había visto: aquel parche brillante de la supernova extendiéndose hacia afuera mientras mi nave se topó con ondas de luz viejas, hasta que la bola del corazón de brillantes multicolores se vio encendida con la supernova.
—No lo podrían haber sabido hasta que hubieran llegado allí y entonces hubiera sido demasiado tarde. Ustedes no utilizan motores más veloces que la luz.
—Ya sabíamos, por los titiriteros, que el corazón había explotado, pero ellos no pudieron entrar en detalles debido a que no lo vieron personalmente.
—¡Oh! ¡Ah! Bueno. Yo creo que la explosión debió haber empezado del lado posterior del corazón, considerando este punto. De otro modo hubiera parecido ir mucho más lentamente.
—Muchas gracias. No cobraremos la cuota por su arrastre. Y ahora hay algo que ofrecerle. Gregory Pelton, por doscientas mil estrellas le diremos exactamente lo que hay de peculiar en el planeta que intenta visitar.
—¿No puedo averiguarlo personalmente?
—Probablemente sí.
—Entonces trataré —hubo un silencio. El extraespacial no había esperado eso.
Enseguida dije:
—Tengo curiosidad. La galaxia de ustedes se está convirtiendo rápidamente en una trampa mortal. ¿Qué harán ahora?
—Esa información le costará…
—Olvídese.
En el exterior, Elefante me dio las gracias.
—Olvídelo. Yo me pregunto lo que harán.
Quizá puedan escudarse contra las radiaciones.
—Es posible. Pero ya no tendrán más semillas de estrellas que seguir.
—¿Y acaso las necesitan?
Solo Júpiter lo sabía. Las semillas de estrellas seguían un modelo migratorio de acoplamiento rígido afuera del corazón de la galaxia, hacia los brazos, casi hasta el borde, antes de regresar al mismo corazón. Estaban controladas. El reingreso al corazón de la ola de radiación expansiva de las novas múltiples expulsaría a las especies una por una. ¿Qué harían los extraespaciales sin ellas? ¿Y qué diablos hacían con ellas? ¿Por qué las seguían? ¿Necesitaban esas semillas de estrellas? ¿O estas necesitaban de los extraespaciales? Estos seres contestarían estas preguntas y otras relativas por un trillón de estrellas cada una. Las preguntas personales costaban mucho con los extraespaciales.
Una tripulación ya estaba llamando a la «STºº» al muelle. Observamos desde la rampa, con los hombres de la tripulación tomando baños de sol alrededor de nuestros pies. No estábamos preocupados. Del modo en que los extraespaciales manejaban todo nuestro casco invulnerable podría haber sido hecho de azúcar en polvo y rayos de sol. Cuando una telaraña de listones finísimos sujetaron a la «STºº» a la pared de la cápsula motor, oímos la voz del intérprete que nos invitaba a subir a bordo. Saltamos a unos cientos de metros hacia arriba, por la compuerta de aire, y una vez dentro nos quitamos nuestros trajes.
—Gracias de nuevo —dijo Elefante.
—Nuevamente olvídelo —dije magnánimo—. Yo le debo mucho. Me tuvo como huésped en una casa del mundo más caro del espacio conocido y actuó como mi guía en donde los salarios son…
—Está bien, está bien. Pero usted me ahorró un millón de estrellas, no lo olvide.
Me dio una palmada en el hombro y se apresuró al cuarto de control para preparar una carta de crédito que debía recoger la próxima nave extraespacial que pasara.
—No lo olvidaré —le dije cuando se retiraba.
Me pregunté lo que había querido yo decir con eso.
Mucho tiempo después me pregunté acerca de algo más. Elefante había planeado llevarme a «su» mundo. ¿O había pensado ir solo para ser el primero en verlo y no uno de los primeros? Después del capítulo con los extraespaciales ya era demasiado tarde. No podía ya arrojarme de su nave.
Hubiera querido haberlo pensado antes. Nunca quise ser un «batman». La misión que me llevaba era el impedir si era necesario, con mucho tacto y gentileza, el que Elefante se matara. Con toda la confianza que se tenía a sí mismo con sus vastas riquezas y generosidad, con su vasto volumen, todavía no era más que un terriplano, y, por lo tanto, un poco necesitado de ayuda.
V
Nos encontramos en la cápsula de expansión cuando aquello ocurrió. La cápsula tenía asientos inflables y una mesa semejante. Se encontraba allí para matar el tiempo y para hacer ejercicios, pero también ofrecía una vista magnífica. La superficie era transparente.
De otro modo no la hubiera advertido.
No había presión contra el asiento de nuestros pantalones, ni sensación de arrastre en la boca del estómago, ni ninguna sensación de movimiento. Pero Elefante, que me contaba acerca de una frágil jinxiana que había encontrado en una taberna de Chicago, se detuvo precisamente cuando ella estaba a punto de hacer pedazos el sitio, debido a que un suicida idiota la había insultado.
Alguien de mucho peso se sentaba en el universo.
Bajó lentamente, como lo hiciera un hombre gordo que cuidadosamente va descansando su peso sobre una gran pelota de playa. Desde el interior de la cápsula pareció como si todas las estrellas y nebulosas de nuestro alrededor fueran aplastándose unas a otras. Los extraespaciales, sujetos a los cinchos del exterior, nunca se movieron, pero Elefante rugió alguna mala palabra y yo me erguí para mirar hacia arriba.
Las estrellas, por arriba de nuestras cabezas, se veían de un blanco azulado y envueltas en destellos. A nuestro alrededor se apretujaban unas a otras; por allá abajo se tomaban rojizas y cintilaban una a una. Nos había tomado una semana salir del sistema solar, pero la nave extraespacial lo podía haber hecho sola en cinco horas.
Se oyó la voz del intérprete en la radio:
—Señores, nuestros tripulantes desenlazarán su nave de la nuestra, después de lo cual podrán ustedes seguir por sí solos. Ha sido un placer el haber hecho negocio con ustedes.
Un enjambre de extraespaciales arrastró nuestra nave a través de una masa de cordones y rampas y nos dejó libres. Al instante desaparecieron repentinamente, para dedicarse a sus propios asuntos.
Entre aquella extraña luz de estrellas, Elefante emitió un largo y estremecedor suspiro. Algunas gentes no pueden aceptar extraños. No consideran a los titiriteros ni graciosos ni hermosos; los consideran horribles, equivocados. Ven a los kzinties como esclavistas carnívoros cuyo único amor es la pelea y el asesinato, lo cual es verdad, pero no ven el código riguroso de honor, ni el control personal que permite a un embajador kzin caminar por una banqueta de una ciudad humana sin hacer trizas con sus garras aquellos codos y rodillas impertinentes. Elefante era una de esas gentes.
—Muy bien —dijo con sorprendente alivio de que aquellos seres extraespaciales se hubieran ido realmente—. Haré la primera guardia, Beo —no quiso decir: Esos bastardos tomarían nuestro corazón como garantía colateral sobre un préstamo de una décima de estrella.
No podía verlos tan cerca de lo humano.
Si la debilidad de Elefante eran los extraños, la mía era la relatividad.
El viaje a través del hiperespacio era ya una rutina. Había yo sido entrenado para tomar la vista de las dos pequeñas ventanillas, convirtiéndose en manchas oscuras, en áreas de una nada que parecía hundir los objetos alrededor de ellas. Así Elefante había volado mucho, pero prefería la comodidad de un crucero espacial de lujo. Más el Protosol Rápido se encontraba a una semana de distancia, y aun el mejor de los pilotos ocasionalmente tenía que retroceder ante las estrellas para reflexionar un poco y asegurar a su subconsciente que el universo aún estaba allí.
Y cada vez que lo hacía, había cambiado, cambiado totalmente. Las estrellas azules amontonadas se encontraban adelante; las estrellas separadas, de un tono rojizo y débil, quedaban atrás. Hacía cuatrocientos años que hombres y mujeres habían vivido con una vista semejante del universo. Pero ya no había vuelto a ocurrir desde la invención del motor hiperdrive. Yo nunca había tenido ante mí una vista semejante del universo. Y eso me molestaba.
—No, a mí no me incomoda —dijo Elefante cuando lo mencioné.
Nos encontrábamos a un día de distancia de nuestro destino.
—Para mí las estrellas. Pero he estado preocupado con algo más. Beo, ¿dice usted que los extraespaciales son honorables?
—Lo son. Tienen que serlo. Tienen que mantenerse muy por encima de sospecha de cualquiera otra especie con la que tratan, ya que serán recordados en su ética intachable, siglos más tarde. ¿No se da usted cuenta? Los extraespaciales no se dejan ver más a menudo que eso.
—Mmm. Está bien. ¿Y por qué trataron de sacarnos esos doscientos kiloestrellas extras?
—Mmm.
—¿Ya ve usted? El maldito problema estriba en que si era un precio justo, ¿qué hubiera pasado si de verdad necesitábamos saber lo que hay de peculiar acerca del Protosol Rápido?
—Tiene razón. Conociendo a los extraespaciales, probablemente es una información que podríamos haber utilizado. Muy bien, husmearemos alrededor antes de aterrizar. Lo hubiéramos hecho de todos modos, pero ahora lo haremos más detenidamente.
¿Qué había de peculiar acerca de ese Protosol Rápido?
Alrededor de la hora del almuerzo, en el séptimo día de viaje, apareció en la esfera indicadora de masas una línea verde y empezó a extenderse. Era ancha y confusa, precisamente lo que se pudiera esperar de un Protosol. La dejé llegar casi hasta la superficie de la esfera antes de lanzarnos al espacio normal.
El universo aplastado se percibía por la ventanilla. Pero al frente de nosotros estaba el oscurecimiento circular y borroso de la estrella de un azul blanco vívido, y en el centro del círculo estaba un resplandor rojo firme.
—Vayamos a la cápsula de extensión —dijo Elefante.
—No, no.
—Tendremos una vista mejor desde allí —insistió, moviendo el tablero para volver transparente la cápsula. Naturalmente que la manteníamos opaca durante el curso por el hiperespacio.
—Repito, no lo hagamos. Piénselo bien, Elefante. ¿Qué caso tiene utilizar un casco impermeable y después pasar la mayor parte del tiempo fuera de él? Hasta saber lo que hay aquí debemos mantener la cápsula contraída.
Movió su voluminosa cabeza y nuevamente tocó el tablero. Los ruidos que se oyeron nos indicaron que el aire y el agua habían sido desalojados de la cápsula. Elefante se movió hacia la ventanilla.
—¿Ha visto alguna vez un Protosol?
—No —dije—. No creo que haya ninguno en el espacio humano.
—Esa podría ser la peculiaridad.
—Podría ser. Pero una cosa no lo es, y es la velocidad de él. Los extraespaciales emplean mayor parte de su tiempo desplazándose más rápido que esto.
—Pero no los planetas, ni las estrellas. Beo, quizá esto haya venido del exterior de la galaxia. Eso lo haría ser muy poco común.
Ya era tiempo de que hiciéramos algunos apuntes. Encontré una libreta y con solemnidad apunté la velocidad de la estrella y su posible origen extragaláctico.
—Encontré nuestro planeta —dijo Elefante.
—¿Antecedentes?
—Casi al otro lado del Protosol. Podremos llegar más rápido en el hiperespacio.
El planeta aún estaba invisiblemente pequeño desde donde Elefante nos llevó. El Protosol se veía casi lo mismo.
Un Protosol es el feto de una estrella: una pequeña masa de gases y polvo, agrupados por lentos reflujos en campos magnéticos interestelares o por la presencia de un punto troyano en algún núcleo suelto de estrellas. Una masa que se desploma y se contrae debido a la gravedad. Yo había encontrado datos acerca de protosoles en la biblioteca de la nave, pero todo era solamente datos astronómicos; nadie había visto ni estado cerca para mirar alguno. En teoría, el Protosol Rápido debió haber estado precisamente en su evolución, no solamente porque tuvo que haber sido formado antes de adquirir su singular velocidad, sino porque ya estaba fulgurando.
—Allí lo tenemos —dijo Elefante—, a dos días de distancia a una «G».
—Muy bien. Podremos verificar nuestros instrumentos durante nuestro curso. Bajemos ahora.
Con el motor de fusión impulsándonos hacia nuestro destino suavemente, Elefante regresó hacia el distancioscopio y yo empecé a verificar los otros instrumentos. Advertí algo que resaltaba como un potente rayo de luz.
—Elefante, ¿ha notado usted en mí alguna tendencia a usar palabras malsonantes para dar más énfasis a algo?
—Realmente no. ¿Por qué?
—Porque hay allá una maldita radiactividad.
—¿Podría usted ser más específico, señor?
—Los escudos protectores de nuestros trajes se romperán en tres días. La cápsula de extensión se desintegrará en veinte horas.
—Está bien, agréguelo a sus apuntes. ¿Alguna idea de qué es lo que la origina?
—Ninguna —anoté algo más en mis apuntes. No estábamos en peligro. El casco de la General Products nos protegía contra cualquier fuerte impacto.
—Ningún cinturón de asteroides —apuntó Elefante—. La densidad meteórica cero, hasta donde puedo decirlo. Ningún otro planeta.
—A estas velocidades el gas interestelar puede alejar cualquier masa pequeña.
—Hay algo muy seguro, Beo. El dinero que he gastado ha valido la pena. Este es un sistema extrañamente singular.
—Sí. Pero, no hemos almorzado. Hagámoslo.
—¡Filisteo!
VI
Elefante comió deprisa. Estuvo de regreso en el distancioscopio antes de que yo fuera a tomar mi café. Observándolo moverse me vino a la mente compararlo con un porrón en movimiento, pero cuando estuve con él en la Tierra nunca lo vi tan resuelto. Si un kzin hambriento se hubiera interpuesto entre él y su telescopio, Elefante hubiera volado a hacerlo a un lado.
Pero lo único que podría haberse interpuesto en su camino en ese sitio era yo.
—No puedo lograr un acercamiento hacia el planeta —dijo Elefante—, pero se ve pulido.
—¿Cómo una bola de billar?
—Precisamente así. No veo la menor señal de atmósfera.
—¿Y trazas de algunos cráteres de impactos?
—Nada.
—Tenían que apreciarse.
—Este sistema está perfectamente limpio de meteoros.
—El espacio que nos rodea no tenía que estarlo. Y a estas velocidades…
—Mmm… Eso tiene que anotarlo.
Así lo hice.
Dormimos en los sillones de emergencia. Frente a mí estaban las luces amarillas del tablero de control; se apreciaban a través de las ventanillas los rojos fulgores de las estrellas por un lado y por otro azules. Permanecí despierto durante largo tiempo, hurgando con la mirada por la ventanilla vi que estaba opaca, pero en mi imaginación veía al Protosol claramente, como una mancha sangrienta oscura, extendiéndose en un estanque de agua inmóvil.
La radiación permaneció estable durante todo el día siguiente. Llevé a cabo una verificación más cuidadosa, utilizando lecturas de temperaturas y profundidad de radar tanto en el sol como en el planeta. Por dondequiera que volvía la mirada encontraba una nueva anomalía.
—Definitivamente, esta estrella no debía estar fulgurando. Está demasiado extendida; el gas tenía que estar demasiado delgado para fusionarse.
—¿Está lo suficientemente caliente para fulgurar?
—Por supuesto. Pero no debía.
Quizá las teorías sobre protosoles están equivocadas.
—Agréguelo en sus apuntes.
Una hora más tarde:
—Elefante…
—¿Otra peculiaridad?
—Sí.
Me miró por debajo de sus cejas espesas. Los ojos de Elefante me decían claramente que estaba cansándose de peculiaridades.
—De acuerdo con la sombra del radar de profundidad, este planeta no tiene ninguna litosfera. Ha caído en un estado en lo que debe ser el magma, pero no es debido a que haga aquí tanto frío.
—Anótelo. ¿Cuántas anotaciones ha hecho?
—Nueve.
—¿Alguna de ellas vale el haberse ahorrado esos doscientos kiloestrellas con anterioridad?
—Quizá la radiación, si es que no tuviéramos un casco de General Products.
—Pero —dijo Elefante dirigiendo la mirada hacia el enorme disco oscuro— los extraespaciales sabían que lo teníamos. Beo, ¿hay algo que pueda penetrar un casco como el nuestro?
—La luz, o algo como los rayos laser. La gravedad, como olas que aplastan la nariz de una nave cuando se acerca demasiado a una estrella neutrona. El impacto no dañaría el casco, pero sí lo que se encuentra dentro de él.
—Quizá el planeta está deshabitado. Mientras más pienso en él, más seguro me siento de que llegó del exterior. Nada en esta galaxia pudo haberle dado esa velocidad. Está precipitándose a través del plano de la galaxia; no tenía que haber sido impulsado desde el borde.
—Muy bien. ¿Qué pasará si alguien nos lanza un rayo laser?
—Pereceremos, así lo creo. Tengo pintura reflexiva extendida alrededor de la cabina, con excepción de las ventanillas, pero el resto de la nave es transparente.
—Aún podemos lanzarnos hacia el hiperespacio. Y aún podremos durante las próximas veinte horas. Después ya estaremos demasiado cerca del planeta.
Y esa noche, a pesar de la falta de ejercicio, me dormí inmediatamente por lo cansado que estaba. Horas más tarde me di cuenta de que estaba siendo examinado. Pude verlo a través de mis pestañas entrecerradas; pude sentir el calor de una roja mirada muy vasta, la auscultación de un ojo enojado, la terrible fuerza de una mente detrás de él. Traté de escabullirme y tiré un manotazo sobre algo, despertando con una fuerte impresión.
Permanecí allí tirado en esa roja oscuridad. El borde del Protosol penetraba por la ventanilla. Podía sentir su fulgor hostil.
Entonces llamé:
—Elefante…
—¿Mmm?
—Nada —por la mañana lo haría.
Llegó ese mañana.
—Elefante, ¿me haría un favor?
—Por supuesto. ¿Quiere a Diana? ¿O mi brazo derecho? ¿O que me rasure la barba?
—Me quedaré con Sharrol, gracias. Póngase su traje, ¿lo hará?
—De acuerdo y gracias a que soy masoquista lo haré en este instante. Y ahora, odio disfrutar de tal placer solo…
—¿Ya tiene la respiración colocada?
—Apenas lo suficiente.
—Cualquier cosa por un amigo. Usted primero.
Teníamos apenas espacio para ponernos los trajes tomando turno. Si la compuerta del aire no hubiera estado abierta no hubiera ocurrido eso. Intentamos dejar nuestros cascos sobre nuestra espalda, pero nos estorbaban cuando queríamos sentamos en nuestros sillones, de modo que los colgamos de la ventanilla, enfrente de nosotros.
Me sentí mejor así, pero Elefante claramente pensó que estaba perdiendo el juicio.
—¿Está seguro de que no quiere colocarse el casco? —me preguntó.
—Odio la comida en forma de jarabe. Los tendremos a nuestro alcance para el caso de que tengamos alguna perforación en la nave.
—¿Cuál perforación? Nos encontramos en un casco de la General Products.
—Sigo recordando que los extraespaciales lo sabían.
—Ya lo hemos dicho.
—Repasémoslo nuevamente. Presumamos que ellos pensaron que de todos modos si no estábamos preparados podríamos morir. ¿Entonces qué?
—¡Zass!
—Ellos esperaban que nosotros saliéramos con nuestros atavíos espaciales y ser muertos, o sabían de algo que puede alcanzar el interior de la nave a través del casco de la General Products.
—O ambas cosas —comentó Elefante—. En cuyo caso los trajes no nos servirán para nada. ¿Sabe usted cuánto tiempo hace que falló un casco como el nuestro?
—Nunca oí que algo semejante ocurriera.
—Porque nunca ha ocurrido.
—Tiene toda la razón. He sido un tonto. Vamos, quítese el traje.
Elefante me miró fijamente, y dijo:
—¿Y usted?
—Yo seguiré con él puesto.
Elefante frunció sus cejas pobladas y regresó a su distancioscopio. Para entonces ya nos encontrábamos a solo seis horas del aterrizaje, y desaceleramos.
—Creo que he encontrado el cráter de un asteroide —exclamó Elefante.
Eché una mirada.
—Sí, creo que tiene razón, pero está a punto de desaparecer.
Nuevamente miró a través del distancioscopio.
—Es lo suficientemente redondo. Casi tiene que ser un cráter. Beo, ¿por qué tenía que estar tan desvanecido?
—Tiene que haber sido el polvo interestelar. Si así es, entonces esa es la razón por la cual no hay ni atmósfera ni litosfera. Pero no puedo ver por qué el polvo tenga que ser tan denso, aun a estas velocidades.
—Escríbalo…
—Sí —repliqué, tomando mi libreta.
—Si encontramos alguna otra anomalía desataré mi cólera.
Media hora más tarde encontramos vida. Para entonces ya nos encontrábamos lo suficientemente cerca para usar la arrastradora de gravedad. Lo hermoso acerca de este aditamento es que requiere muy poca energía. Convierte un momento relativo de la nave a la masa poderosa más cercana en calor, y todo lo que hay que hacer es liberarse de esa alta temperatura. Considerando que la «STºº», con su maravilloso casco, solo cruzaría por varios alcances de radiación correspondiente a lo que los diversos clientes de los titiriteros o tratantes de seres de otros mundos llaman luz visible, los constructores de nuestra nave habían hecho funcionar un radiador grande, haciéndolo sobresalir desde la arrastradora de gravedad y a través del casco. Detrás de nosotros aquello resplandecía al rojo. Y el motor de fusión lo teníamos desconectado. No había ante nosotros ninguna llama de fusión blanca que nos impidiera la visibilidad.
Elefante tenía su distancioscopio ajustado a su máxima amplificación. Al principio, cuando espié por el aparato, no pude ver aquello de lo que él hablaba. Solo advertí una planicie blanca y llana, toda del mismo color, excepto por unas masas esféricas azulosas. Esas masas no hubieran sobresalido a no ser por la superficie uniforme que las rodeaba.
De pronto una de ellas se movió. Muy lentamente, pero se movía.
—Correcto —dije—, verifiquemos la temperatura.
La temperatura de la superficie en esa región concordaba con la del Helios II, y asimismo para el resto del planeta. El protosol no emanaba gran cosa de calor, aunque sí radiaciones.
—No creo que eso que se mueve sea semejante a ninguna de las especies que conozco.
—No puedo decirlo —comentó Elefante.
Atendía el distancioscopio y la pantalla de la biblioteca al mismo tiempo, con una esfera de Sirio VIII proyectándose en la pantalla.
—He encontrado en este libro veinte especies diferentes de vida helios y todas se asemejan.
—No del todo —objeté—. Algunas deben tener una cubierta natural a prueba de succión. Y puede usted advertir esos gránulos en la…
—Acepto mi ignorancia en la materia, Beo. De todos modos no encontraremos en este mundo ninguna especie conocida. A estas velocidades aun la semilla de un árbol no viviría con el impacto.
No objeté más.
Nuevamente Elefante escrutó «su» planeta con el distancioscopio, esa vez en busca de más formas esféricas. Eran muy grandes para la vida de un Helios II, pero no tan caprichosas. Muchos mundos helados desarrollan la vida utilizando las propiedades peculiares del helio súper-fluido, pero como tal clase de vida no tiene muchos usos para lo complejo, generalmente permanece en estado de amiba.
Y encontré otra singularidad más que apenas advertía. Todos los animales se encontraban en la parte posterior del planeta con relación a su curso a través de la galaxia. No tenía temor de la luz del protosol, pero parecían estar temerosos del polvo interestelar.
Y transcurrieron dos horas.
El fulgor rojo del radiador se acentuó más. El planeta más cerca de nosotros, pero sin mayores detalles.
—Lo llamaremos «Bola de Billar» —apuntó Elefante.
—Ya es trillado. Se le aplicó a Beta Lira I.
—Malo. Entonces, ¿qué le parece «Swoosh»?
—¿Mmm? Oh, Swoosh. No está mal.
—Entonces así queda bautizado. Swoosh, descubierto por Gregory Zhiv Pelton y amigo.
—Elefante, ¿qué hacemos aquí?
Se volvió hacia mí, sorprendido.
—¿Qué quiere decir?
—Mire, usted sabe que estoy con usted hasta donde haya que llegar, pero me gustaría saber algo. Ha gastado un millón de estrellas para llegar aquí, y hubiera invertido dos millones si hubiera tenido que hacerlo. Podría usted estar en la casita de las Rocallosas con Diana, o suspendido por arriba de Beta Lira, lo que es suficientemente extraño y tiene mucho mejores panoramas que, mmm… Swoosh. Podría estar recogiendo muestras de drogas esféricas y bioquímicas en Mundo Aplastado, o en busca de demonios de bruma en Plató, o quizá cazando «bandersnatchies», o viceversa, en cualquier costa de Jinx, pero, ¿por qué estamos aquí?
—Porque aquí está.
—¿Qué clase de graciosa respuesta es esa?
—Beo, había una vez un tipo llamado Miller. Hace seis años que sacó de su museo una nave inter-espacial dotada de un motor de fusión ramscoica y suplió este con un nuevo motor hiperdrive, lanzándose entonces hacia el borde del universo. Calculaba que podría obtener su hidrógeno en el espacio normal y utilizar una planta de fusión para proporcionar energía a su motor hiperdrive. Probablemente a estas fechas aún siga vagando en la inmensidad. Y quizá continúe por siempre, a menos que encuentre algo. De modo que…
—No soy psiquiatra.
—El tal Miller quería ser recordado. Cuando hayan transcurrido cien años de su muerte, Beo, ¿qué acción suya le hará ser recordado?
—Seré el idiota que viajó con Gregory Pelton, que empleó dos meses de su vida y un millón de estrellas para hacer llegar su nave hasta un planeta totalmente inútil.
—¡Bah! Pero ya ve usted. Será recordado.
—Hay mejores cosas para que lo recuerden a uno.
—No puedo escribir novelas. Sería yo un pésimo presidente planetario. No soy un científico. Entonces, ¿qué me queda?
—Funda una dinastía.
Los labios de Elefante se contrajeron y lanzó una mirada fulgurante, no a mí, sino hacia adelante.
—Grrr… —gruñó—. Sería yo también un pésimo emperador. Olvidemos esto, ¿quiere?
—Está bien —dije, y lo acepté porque algo se me había ocurrido.
Ese tipo Miller… sí había oído hablar de él. Había quedado estéril cuando se encontraba parado demasiado cerca de una planta de fusión eléctrica el día en que a esta se le ocurrió filtrar un poco de su energía. Había otros héroes cuyos nombres serían recordados debido a que habían llevado a cabo cosas extrañas y difíciles aunque no particularmente útiles. Mac Doolin, que había ascendido sesenta kilómetros por un lado del monte Lookitthat (monte Vean Eso) enfundada en un traje que ella misma había diseñado. Si hubiera empleado un par de meses más en elaborar ese traje a prueba de presión, hubiera logrado regresar. Lino (su verdadero nombre es desconocido), quien luchó contra los kzinties sin arma alguna y aún vivió para enseñar a los Hellflare Boys (Muchachos Infernales) cómo debían hacerlo. ¿Alguno de ellos tenía familia?
¿Elefante tenía hijos? ¿Podía tenerlos?
Podía hacerle la primera pregunta, si es que la hacía con delicadeza. Tocaría el tema.
—Elefante, ¿es usted est…?
Se oyó un ruido seco, aplastante, instantáneamente seguido por una presión que me estrangulaba la laringe y una fría y sofocante sensación sobre la superficie de mi piel, acompañada de un intenso dolor en mis oídos.
Oí el principio desnudo de una alarma al desalojarse el aire. Ya había yo alcanzado mi casco y me lo coloqué rápidamente, sujeté el cuello, y al mismo tiempo que el aire era expulsado de mis pulmones se me vino un gran eructo.
VII
No había manera de darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, y tampoco tiempo para hacerlo. La succión nos rodeaba y el aire rociaba mi traje, provocándome una intensa frialdad. Sentía la sensación de que por mis oídos y fosas nasales penetraban puntas de acero, pero sabía que viviría. Sentí en mis pulmones un enorme vacío, pero mi traje se inflaba, entonces viviría.
No sabe usted cuán egoístas pueden ser sus pensamientos hasta que se ve usted tan cercano al golpe mortal. Empezaron a temblarme las manos. Procuré controlarme y me volví hacia Elefante.
El temor de la muerte se leía en su rostro. También se había puesto el casco, pero tenía problemas para sujetarse el cuello. El rocío empapaba su collar y tuve que forzar sus manos para que se sujetara el casco. El frente del cristal de su casco se había empañado y enseguida empezó a aclararse; estaba recibiendo aire. Pero, ¿lo había recibido a tiempo?
Lo que había ocurrido era una locura.
El casco de nuestra nave se había convertido en polvo. Todo en un instante y nada primero, el exterior de la nave, se había desintegrado y desaparecido en una voluta de aire respirable. Lo había yo visto.
Con toda seguridad, el casco no existía ya. Solamente las partes interiores de la nave quedaban. Ante mí, el tablero de control iluminado. Un poco más abajo de él, el compartimiento de la cápsula de extensión y el paquete de esta. Por arriba del tablero se veía el medio disco llano de Swoosh y estrellas. Estrellas a la izquierda; a la derecha Elefante, que se veía asustado, sorprendido y con vida. Más allá de él, más estrellas. Por detrás de nosotros, la compuerta, el almacén de cocina y el tablero de control, un destello de las patas de aterrizaje y del fulgor del radiador sobresaliente, y más estrellas. La STºº era un esqueleto.
Elefante sacudió la cabeza y entonces hizo funcionar la radio de su traje. Dentro de mi casco oí el clic amplificado.
Nos miramos uno a otro y esperamos. Parecía que tuviéramos nada que decir, ningún comentario encajaría, pues todo era obvio.
Suspiré, hice funcionar el tablero de control y le imprimí al motor de fusión. Por lo que podía yo apreciar, con excepción del casco todo lo demás de la nave se había conservado. Nada vital faltaba. Todo lo que estaba sujeto al casco también había sido fijado a otros aditamentos.
—¿Qué hace, Beo?
—Salir de aquí. Ahora puede usted desatar su ira.
—¿Por qué? Quiero decir, ¿por qué retirarnos?
Había perdido el juicio. Los terriplanos son básicamente inestables. Tenía yo el motor impulsándonos a baja energía, desconecté la arrastradora de gravedad y me encaré a él.
—Mire, Elefante, no tenemos casco —señalé con la mano alrededor nuestro—. No quedó nada de él.
—Pero lo que queda de la nave aún es mío.
—¿Mmm…? Por supuesto.
—Quiero aterrizar. ¿Puede usted decir algo en contrario? —Detrás de su impresionante barba se veía su seriedad. Continuó hablando—: Las patas de aterrizaje están intactas. Nuestros trajes pueden detener la radiación durante tres días. Podemos aterrizar y despegar en doce horas.
—Probablemente podríamos, si es que no ocurre algo más.
—Y hemos empleado un mes y medio para llegar aquí —insistió.
—De acuerdo. Es tonto, pero estoy de acuerdo.
—Me sentiría como un idiota al estar tan cerca y después regresar a casa. ¿Usted no?
—Ya me siento un idiota al haber llegado tan cerca, punto. No, retiro eso. Sí, me sentiría un tonto al regresar a casa sin tener nada que mostrar, pero nosotros tenemos algo que enseñar.
—Una nave desnuda. Está bien, de modo que el casco se convirtió en polvo y se esfumó. ¿Qué quiere decir eso? Significa que tuvimos un casco defectuoso, y voy a desollar vivos a los de General Products cuando regresemos. Pero, ¿sabe usted lo que haya causado eso?
—No. ¿Y usted?
Ignoró la pregunta, y se concretó a decirme:
—Entonces, ¿por qué deducir que eso ha sido alguna clase de amenaza?
Elefante estaba equivocado. Yo lo sabía. Pero, ¿cómo decírselo?
—Le diré lo que voy a hacer —dije, al mismo tiempo que enfilaba la cola de la nave hacia Swoosh—. Ya estamos. Si insiste en aterrizar lo haremos dentro de tres horas. Este cadáver desnudo es suyo, pero quiero hablarle de algo.
—Es justo —dijo, pero su boca cuadrada y rodeada por su barba demostraba menos justicia que la que pudiera enseñar la concha de una tortuga.
—¿Ha tenido usted algún entrenamiento como espacionauta?
—Naturalmente.
—¿Incluyó algún curso de historia?
—Todo lo que me enseñaron fue volar una nave y un poco del desarrollo del estado del arte.
—Ya es algo. ¿Recuerda que primero exploraron el sistema con combustibles químicos? ¿Y qué la primera nave que tocó un asteroide fue construida en órbita alrededor de la luna de la Tierra?
—Acepto lo que dice.
—Pero esto quizá no lo sepa. Hubo una nave antes que aquella que se suponía llevaría a cabo la misma labor. Fue lanzada en trayectoria que tomó precisamente en el interior de la órbita de la luna, después afuera y enseguida se alejó. Después de treinta horas del lanzamiento, la tripulación se dio cuenta de que todas sus ventanillas se transformaban en cristal congelado. Dos de los hombres quisieron continuar para terminar la misión. Ocurrió que el tercer hombre era el capitán. De modo que inutilizaron los motores y así pararon la nave.
«Recuerde, los mejores materiales de que disponían eran aleaciones de hierro. El casco fue construido con una aleación de carbón de hierro; las ventanillas eran de un cristal grueso de dos capas. Nuestros héroes detuvieron la nave a trescientos cincuenta mil kilómetros de la luna y llamaron a la base para informar que la misión había fracasado».
—Usted recuerda aquello perfectamente bien, ¿por qué?
—El doctor Spinoza nos contó esos sucesos una y otra vez. Todo lo que nos enseñaba lo ilustraba con algo que había ocurrido. Y así permaneció bien grabado en mi mente. Aquellos pioneros llevaron a cabo una buena labor adiestrando espacionautas para naves de pasajeros.
—Prosiga.
—Llamaron a la base y les dijeron lo que había ocurrido con las ventanillas. Alguien llegó a la conclusión de que tenía que ser polvo, grandes cantidades de polvo. Alguien más se dio cuenta de que habían lanzado la nave directamente a través del punto Troyano de la Luna.
Elefante rio y después tosió.
—Qué treta tan estúpida —comentó—. Ojalá que no hubiera yo respirado tanta succión. Señor, se va acercando a algo.
—Si aquellos tres hombres no hubieran detenido la nave, el polvo la hubiera hecho trizas. Los puntos Troyanos son colectores de polvo. Y la moraleja de este cuento es que todo lo que usted no entiende es peligroso hasta que logre entenderlo.
—Eso suena a paranoico.
—Posiblemente sí para un terriplano. Usted proviene de un planeta muy bueno para usted, aparentemente tan adaptado para usted, al grado de que piensa que todo el universo es un gran conjunto habitacional de lujo del gobierno. Debía usted oír a los Finaglistas. «La Perversidad del Universo Tiende Hacia lo Máximo». Cierta estrella neutrona me hubiera matado si no hubiera entendido ese efecto invasor a tiempo.
—¿De modo que eso le iba a pasar? ¿Y usted piensa que todos los terriplanos son tontos?
—¡Maldita sea! Había tocado su nervio más sensible.
—No, Elefante. Solo lo suficientemente paranoicos. Y me rehúso a disculparme.
—¿Quién se lo ha pedido?
—Aterrizaré con usted si puede decirme qué fue lo que convirtió nuestro casco en polvo.
Elefante se cruzó de brazos y lanzó miradas de fuego hacia adelante. Yo guardé silencio y esperé.
A pesar de todo, si insistía tendría que aterrizar. No solamente porque aquella fuera su nave, ni porque podría simplemente esperar a que regresara, sino porque había sido yo el que me había invitado a formar parte de la aventura.
Después de un corto silencio, dijo:
—¿Podemos volver a casa?
—No lo sé. El hiperdrive funcionará y podremos utilizar la arrastradora de gravedad cuando lleguemos a algún sistema. No podríamos haber hecho eso con el protosol, porque tendríamos demasiado gas a través del sistema. Físicamente sí seríamos capaces de regresar.
—Está bien, regresamos. Pero le diré esto, Beo: si estuviera yo solo, bajaría y al diablo con lo que le pasó al casco.
Y así maniobré la nave para alejarnos de Swoosh, bajo las protestas de Elefante. Después de diez horas nos encontrábamos lo suficientemente lejos de la gravedad de Swoosh y listos para entrar en el hiperespacio.
Hice funcionar el hiperdrive, respiré convulsivamente y lo detuve tan pronto como pude. Y allí estuvimos sentados, temblando.
—Podemos inflar la cápsula —dijo Elefante.
—Pero, ¿podremos entrar?
—No lo sé. No tiene compuerta de aire.
Sin embargo lo hicimos. Había un control de presión en la cabina y la ajustamos a cero. El campo electromagnético que la plegaba se expandiría sin presión. Entramos al fin, la presurizamos y nos despojamos de nuestros cascos.
—Estamos más allá de la radiación —dijo Elefante—. Ya eché una mirada.
—Muy bien —uno puede recorrer una gran distancia utilizando el motor hiperdrive aun durante un par de segundos—. Ahora, hay algo que quiero saber, ¿puede soportar eso nuevamente?
Elefante se estremeció.
—¿Puede usted? —preguntó.
—Creo que sí. Podré hacer toda la navegación si me veo precisado a ello.
—Todo lo que usted soporte lo soportaré yo.
—¿Podrá soportarlo y conservar su juicio?
—Sí.
—Entonces trato hecho. Pero si cambia de manera de pensar, dígamelo al instante. Un buen número de hombres muy capaces han perdido el seso en el Punto Ciego, y a todo lo que tenían que hacer frente era a un par de ventanillas cubiertas.
—Lo creo. Por supuesto que lo creo, señor. ¿Cómo nos las arreglaremos?
—Tendremos que planear un curso a través de las regiones menos densas del espacio conocido. El mundo habitado más cercano es Kzin. Odio tener que confiar en los kzinties para pedirles ayuda, pero es lo mejor que tenemos a nuestro alcance.
—Le diré algo, Beo. Al menos dirijámonos a Jinx. Quiero utilizar ese número que usted tiene para armarles un lío a los tratantes titiriteros.
—Correcto.
Si resultaba que nuestras mentes no pudieran soportar aquello, en cualquier momento podríamos detenernos.
Me pasé una hora planeando un derrotero. Cuando terminé, había unos pocos pero preciosos huecos de gravedad a lo largo de nuestra ruta. Tendríamos que verificar nuestro indicador de masas a lo sumo una vez cada veinticuatro horas. Elefante ganó el primer descanso en una apuesta, y yo la primera guardia.
Nos pusimos nuestros trajes espaciales y despresurizamos la cabina. Mientras me arrastraba a través del pasadizo vi a Elefante que opacaba la cápsula. Me acurruqué en el sillón de emergencia. Nos encontrábamos solos entre aquel conjunto de estrellas comprimidas. El protosol se había desvanecido detrás de nosotros.
Más de la mitad del alcance de mi vista era espacio vacío. Sin darme cuenta me encontré mirando pensativamente la compuerta del aire. Se encontraba a la izquierda y atrás, era una pieza de metal oblongo colocada sola al borde de la cubierta, con ambas puertas fuertemente cerradas. La puerta interior se había golpeado cuando bajó la presión y protegían entonces los mecanismos de la compuerta de aire, la presión interna contra la succión de ambas puertas. Nadie estaba adentro para que se beneficiara, pero, ¿cómo explicar eso a un censor de presión?
Significaba una demora. La nave estaba enfilada; apreté las mandíbulas y envié la STºº hacia el hiperespacio.
Lo llamaban el Punto Ciego. Y encaja el nombre.
No hay manera de encontrar en sus ojos el punto ciego. Cierre un ojo, ponga dos manchas en un trozo de papel y acérquelo hacia usted, tratando de fijar la vista del ojo abierto en una sola mancha. Si sostiene en posición correcta el papel, la otra mancha desaparecerá repentinamente.
Deje que una nave penetre en el hiperespacio con las ventanillas transparentes y estas darán la impresión de que desaparecen de su vista. Y así las incluirá el espacio. Los objetos de ambos lados se extenderán y se unirán para llenar el espacio perdido. Si mira lo suficiente, Punto Ciego empezará a extenderse, las paredes y los objetos colocados contra ellas se acercarán más al espacio perdido hasta verse envueltas. Ayuda el cubrir las ventanillas; después de un rato el Punto Ciego empezará a borrar las cubiertas.
—Todo eso es metal, así me lo dijeron. Entonces, ¿qué?
Hice girar la llave, y la mitad de lo que tenía a la vista era el Punto Ciego.
El tablero de control se alargó y se extendió. La esfera indicadora de masa trató de enredarse a mí alrededor. Intenté sujetarla y vi mis manos también desfiguradas. Con un esfuerzo considerable las volví contra mis costados y las mantuve ahí fuertemente.
En lo que había sido la esfera indicadora de masas había una línea verde y borrosa.
Y toda ella se extendía hacia atrás y para los lados. La nave pudo volar sola hasta que Elefante tomó su turno. Dando traspiés, me dirigí al pasadizo y me arrastré para cruzarlo.
VIII
Horas más tarde, Elefante me sorprendió revisando mis apuntes. Los tomó de mis manos y empezó a estudiarlos.
1) Velocidad de la estrella: 8 luces.
2) Naturaleza de la estrella: Protosol. Único en el espacio conocido.
3) Origen de la estrella: Extragaláctica, en todas sus probabilidades.
4) Radiación extraordinaria.
5) El planeta no tiene atmósfera.
6) Ninguna señal de cráteres por impacto sobre el planeta.
7) El protosol extrañamente muestra temperatura muy elevada.
8) El planeta no tiene litosfera.
9) Un cráter por impacto, muy desvanecido. ¿Polvo? ¿Por qué tan denso?
10) Animales de Helios II confinados a la parte posterior del planeta. Temen al polvo.
Elefante asintió para consigo mismo, agregó algo a la lista y me la devolvió. En los apuntes había anotado:
11) El casco desintegrado.
Once anotaciones. Once irregularidades sin explicación.
Tenían que estar relacionadas.
—Si supiéramos algo más acerca de nuestro casco —le dije—, probablemente podríamos desentrañar eso.
—Ninguna oportunidad —comentó Elefante—. Ese casco es un secreto de los tratantes.
Y allí murió nuestra conversación.
Todas morían jóvenes. Ninguno de los dos sentíamos la urgencia de hablar. Pasaron las horas, que se convirtieron en días. Nos turnábamos en la pantalla de la biblioteca; pensé que si la cápsula no hubiera tenido una extensión no habríamos sobrevivido. Cada veinticuatro horas uno de los dos salíamos para ver si no teníamos cerca alguna masa peligrosa, a fin de retroceder al espacio normal para hacer algún arreglo y corregir nuestro curso. Las pocas horas que pasábamos juntos, después de cada turno, no hablábamos ni una palabra, porque durante ese tiempo alguno de los dos se encontraba presa de una tensión que lo haría morder al otro.
Durante mi tercer viaje al espacio no hice otra cosa que mirar y mirar.
Y llegó el momento en que me cegué del todo. En mi campo visual no había otra cosa que el Punto Ciego.
Pero fue algo más que ceguera. Un hombre ciego, aquel cuyos ojos han perdido su función, al menos recuerda cómo se ven las cosas. Pero un hombre que ha sufrido el daño en el lóbulo óptico de su cerebro no recuerda ninguna figura. Podía recordar para qué había salido: para buscar masas cercanas que pudieran dañarnos, pero no podía recordar cómo hacerlo. Toqué una superficie curva y tersa y supe que ese era el aditamento que me lo indicaría, si es que solo pudiera adivinar su secreto.
Advertí que me dolía el cuello, por lo que moví la cabeza. Eso devolvió la existencia a mis ojos.
Cuando presurizamos nuevamente la extensión de la cabina, Elefante dijo:
—¿En dónde estaba, Beo? Ha estado ausente desde hace media hora.
—Y tuve suerte. Cuando vaya usted allá, evite el mirar hacia arriba.
—¡Oh!
¿Por qué, habiendo tanto de que hablar, nosotros no podíamos encontrar algún tema? ¿Acaso se debía a que acabaríamos hablando acerca de Swoosh? El planeta nos había derrotado sin siquiera habernos advertido. Lo habíamos bautizado, nos acercamos a él y nos retiramos. Dos mosquitos insignificantes que el misterioso mundo ni siquiera había tenido que aplastar.
Nos habíamos retirado, a instancias mías.
Un día lo abracé con ello.
—Elefante, hay una palabra que no aparece en nuestro lenguaje.
Retiró la mirada de la pantalla de lectura, y comentó:
—Más de una. Las cosas han estado hasta cierto punto silenciosas.
—Una palabra. Tenemos tanto miedo de usarla que hasta tememos hablar del todo.
—Dígala.
—Cobardía.
Elefante levantó las cejas y enseguida cerró el switch de la pantalla.
—Muy bien. Hablaremos de ella. Antes que todo, usted la dijo, no yo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. ¿Ha pensado en ella?
—No. He estado pensando en eufemismos, como «extraprecavido» y «no dispuesto a exponer su humanidad». Pero ya que hablamos de esto, ¿por qué estuvo tan ansioso de regresar?
—Estuve asustado —dejé que la palabra penetrara en su cerebro—. La gente que me entrenó me hizo estar cierto de que estaría asustado en ciertas situaciones. Con el debido respeto, Elefante, he tenido más entrenamiento que usted y creo que su deseo de aterrizar fue solo el resultado de su ignorancia.
Elefante lanzó un suspiro, y preguntó:
—¿Está seguro de ello?
—Ciertamente no. Mientras más días pasan estoy menos seguro de ello. Quizá estuve confundido. Es posible que hubiéramos aterrizado con perfecta seguridad, salido de nuestra nave y encontrado una buena y razonable respuesta a estas once anotaciones que hice en mi libreta; enseguida regresar, despegar y volver a Jinx doce horas más tarde de lo que lo haremos.
—Es posible que así hubiera sido. Esas respuestas no las encontraremos aquí, ¿verdad?
Y no las encontraríamos. Uno de los dos tenía razón, y el otro estaba equivocado. Si el equivocado era yo, entonces habría perdido una gran amistad. Odiaba eso. No estaba seguro siquiera de que Sharrol apoyara las ideas de Elefante. Pero si ella llegaba a la conclusión de que yo había sido un cobarde…
Sharrol me conoció solamente durante cuatro días.
¿Era yo un cobarde? Yo no fui un héroe de nacimiento, y nunca me jacté de serlo.
Esa era la primera vez en mi vida que tal pregunta me había preocupado. Algunas veces, durante aquel primer viaje, realmente pensé acerca de regresarme y entonces, durante unos minutos, mientras me encontraba frente al Punto Ciego, cuando me tocó mi turno, deseaba regresar para alcanzar lo más pronto posible Jinx.
Regresamos del hiperespacio cerca de los soles gemelos de Sirio. Pero eso no era el final; aún teníamos que encararnos a un universo que se movía a una velocidad de 8 luces. Nos tomó casi dos semanas el frenar nuestra velocidad para bajar hasta la normal. El radiador sobresaliente de la arrastradora de gravedad tenía la mayor parte del tiempo un fulgor blanco-naranja. No puedo precisar cuántas veces circulamos regresando a través del hiperespacio para otra nueva carrera y cruzar aquel viaducto de gravedad del sistema.
Pero al menos ya nos encontrábamos circunvolando en órbita alrededor de Jinx.
El silencio de horas que había prevalecido fue roto por mí.
—¿Y ahora qué, Elefante? Regresa usted, ¿no es cierto?
—Tan pronto como estemos a su alcance voy a hacer una llamada con ese número que usted tiene.
—¿Y luego?
—Lo dejaré a usted en la Madre de Sirio con el dinero suficiente para que regrese a casa. Me daría mucho gusto si usara mi casa, considerándola suya, hasta que yo regrese de Swoosh. Aquí conseguiré una nueva nave.
—¿No quiere que lo acompañe?
—Yo aterrizaré, Beo. ¿No se sentiría usted como un maldito tonto si entonces muriera?
—He pasado tres meses en la extensión de una cápsula debido a ese estúpido planeta. He realizado una jornada épica sin casco protector en la nave a través del hiperespacio. Si lo conquistara usted solo, entonces sí que me sentiría como un maldito tonto.
Elefante se veía infeliz hasta un punto exagerado. Empezó a hablar, pero contuvo el aliento… Si alguna vez escogí el tiempo preciso para hacer callar a un hombre, fue entonces.
—Espere. Llamemos primero a los traficantes. Tenemos mucho tiempo para decidir.
Elefante asintió. En un momento me había dicho que no quería que yo fuera debido a que me había rehusado a exponer mi humanidad. Entonces se volvió hacia el teléfono de la nave y marcó.
Jinx se veía abajo de nosotros, como un huevo de pascua multicolor. A un lado se veía a Binaria, inflada, de un color naranja, el planeta primario del cual Jinx es una luna. Nos encontrábamos lo bastante cerca para comunicarnos con Jinx… y el número de la caseta de traslado de los traficantes titiriteros también servía como número de teléfono suyo.
La voz que contestó al llamado de Elefante era una voz dulce y aguda de contralto. No hubo imagen, pero yo podría decir que ninguna voz de mujer era tan agradable.
—El casco de mi nave, fabricado por la «General Products», ha fallado —dijo Elefante, yendo directamente al punto que deseaba tratar.
—¿Cómo decía usted?
—Me llamo Gregory Pelton. Hace dos años que compré un casco N.º 2 de la General Products. Hace mes y medio que ese casco falló. Se convirtió en polvo. Desde entonces hemos tratado de llegar a casa. ¿Puedo hablar con alguno de los traficantes?
—La pantalla se iluminó. Aparecieron dos cabezas triangulares, sin cerebro, y nos miraron con un ojo cada una.
—Eso es una cosa muy seria —dijo el traficante con un aspecto estúpido. Con aquellos labios pulposos, uno de esos seres no puede verse más que estúpido—. Naturalmente que lo indemnizaremos con el valor total. ¿Es usted Beowulf Shaeffer?
—Sí —repliqué—, pero primero tratemos esto. Más tarde averiguaré para qué querían ustedes verme.
—Por supuesto. Gregory Pelton, ¿querría usted detallarnos las circunstancias bajo las cuales se desintegró su casco?
A Gregory Pelton no le incomodaba relatar aquello. Lo hizo con toda vehemencia. Sus orejas y cuello tomaron un tinte rojo oscuro; su barba saliente parecía haber adquirido vida propia. De verdad que causaba placer oírle. La timidez con que se había portado ante los extraespaciales había desaparecido; trataba al traficante como si fuera uno de los torpes ingenieros de su propia fábrica. Las expresiones tontas de aquel ser extraño nunca desaparecieron, pero cuando Elefante terminó su relato, parpadeaba rápidamente.
—Ya veo —dijo—. Nuestras disculpas son insuficientes, por supuesto, pero usted comprenderá que hemos incurrido en un error natural. No pensamos que la antimateria existiera en cualquier punto de la galaxia, para no mencionar también el espacio conocido, y menos en cantidad tal que pudiera desintegrar nuestro casco.
La voz rugiente de Elefante se suavizó repentinamente:
—¿Antimateria? ¿Dijo usted antimateria?
Me dio la impresión como si Elefante hubiera dicho esa palabra a gritos. Oí dentro de mi cerebro cómo su eco rebotaba de un lado a otro.
—Naturalmente. No ofrecemos disculpas, pero usted debió haberse dado cuenta al momento. El gas interestelar de materia normal había pulido la superficie del planeta con explosiones minúsculas y despojado su litosfera al punto de reducirla al magma, había elevado la temperatura del protosol más allá de la espera razonable, y fue causando una azarosa radiación verdaderamente notable. Barrió la colección de gas y polvo normal del protosol. ¿No llegó usted a preguntarse acaso acerca de todo aquello? Usted sabía que el sistema en que se encontraba estaba situado más allá de la galaxia. Se supone que los humanos son curiosos, ¿no es verdad?
—Pero el casco —insistió Elefante.
—Sí. Tiene usted derecho a saberlo. Un casco de «General Products» es una molécula artificialmente generada cuyos límites interatómicos son fortalecidos artificialmente por una fuente pequeña de energía. Los límites reforzados son una prueba contra cualquier clase de impacto y contra el calor de millones de grados. Pero cuando han sido removidos de la molécula por colisiones antimateria átomos suficientes, entonces, naturalmente, la molécula se desintegra.
Elefante entraba en razón. Me preguntaba si él se había quedado sin voz.
—¿Cuándo esperamos que cobre usted su indemnización? Entiendo que ningún humano resultó muerto. Eso fue una fortuna. Nuestros fondos son muy bajos.
Elefante desconectó el videófono. Tragó saliva una o dos veces y se volvió a mirarme directamente a los ojos. Me dio la impresión de que había hecho uso de toda su fuerza para mirarme, y si hubiera esperado a que me hablara no sé lo que me hubiera dicho.
—Me agrada que haya oído todo eso —dije. Odio las escenas cursis—. Verdaderamente me alegro. Yo tenía razón y usted estaba equivocado. Si hubiéramos aterrizado en su planeta olvidado lo hubiéramos hecho convertidos en una luz. Llega el momento en que me causa gran placer decir: «Se lo dije».
Sonrió débilmente.
—Me lo dijo: Antimateria.
—¡Oh, se lo dije, se lo dije! ¡Una y otra vez se lo dije! ¡Ese planeta está maldito! Le dije que robaría su vida y alma. Ha habido señales en los cielos que…
—Ya está bien, mequetrefe; no exagere. Le debo a usted dos veces mi vida, más de un millón de estrellas, y ni un centavo más.
—Está bien, olvidémoslo. Pero hay una cosa que quiero que usted recuerde.
—Si no la entiendo, será peligroso.
—Eso es precisamente lo que quiero, que usted recuerde además de que «Se lo dije».
La mitad de la casa que había construido Elefante estaba incrustada en la cara de la montaña de su propiedad, sin ningún soporte aparente. La otra había sido proyectada en el espacio. Un balcón muy ancho y circular también pendía del vacío, sin apoyo visible y sin ningún barandal que lo protegiera. El campo de fuerza que protegía el borde era naturalmente invisible. Aparte, Elefante se encontraba en algún otro sitio, ocupándose de sus negocios. Se había perdido de una buena comida.
Sharrol nos sirvió de una botella verde, cuadrada, tres bebidas después de la cena. Esa botella tenía una etiqueta con la típica verborrea terriplana; se leía: «Rothschild Extra Fine Brandy Napoleón 2680». El líquido era claro, con un tinte café.
—Una última pregunta —dijo Diana—: ¿Qué era lo que los tratantes titiriteros querían de ti?
—Querían que por su cuenta explorara yo las nubes de Magellan. Pero decliné la invitación.
Las muchachas se quedaron mirándome y después se vieron una a la otra. Era yo un mentiroso. ¡Qué injusticia! Había yo dicho al menos la mitad de la verdad, y el resto era un secreto del traficante. Me habían pagado una pequeña cuota de consulta para que aquella comunicación fuera privilegiada. Me sacudí entonces de mis escrúpulos de mentiroso y de un trago bebí aquello.
Trataba yo de aclarar mi garganta cuando Elefante irrumpió en la casa, gritando desde el vestíbulo:
—¡La nave está lista! ¡Saldremos dentro de una semana! ¿Qué ocurre, Beo?
Al decir esto se encontraba ya en el balcón.
Al fin pude controlar mi respiración y balbucear:
—¿Semana? ¿Salir? ¿Nave?
—¿No mencioné algo de eso? ¡Bah! Creo que no. Beo, quiero regresar al protosol. Compré un casco N.º 2 cubierto con una capa de espuma plástica de medio metro de grueso. Hay, sobre las ventanillas, medio metro de cristal que las refuerza; en caso de que llegaran a congelarse pueden ser removidas y colocar otras automáticamente. La velocidad será lograda con una arrastradora de gravedad agrandada. ¿Quiere venir conmigo?
El objeto que llevaba consigo tenía un metro y medio de largo, metálico, cubierto con una tela enrollada que colgaba ligeramente. La reconocí como una bandera vacumática, con resortes de alambre, diseñada para verse como si se agitara en donde no existe el viento.
Debió haber leído bien mi expresión, porque dijo:
—No, idiota; no voy a aterrizar. ¿Por quién me toma? Hay un cohete sólido en mástil. Quiero plantarlo en Swoosh arrojándolo a distancia. Hará un gran impacto, ¿no cree usted?
—¿Y quiere usted que lo acompañe?
—Por supuesto.
—La nave parece lo bastante segura. ¿Disponemos de una semana?
—Más o menos. Hay que aprovisionamos.
—Le resolveré con toda anticipación.
Saldremos mañana.
Tengo una cámara tripié sujeta sólidamente al tablero de control, y un contrato con la compañía radiotransmisora más grande en el espacio conocido. Tendrá esa compañía los derechos exclusivos sobre la primera explosión macroscópica antimateria que jamás haya sido registrada. Esta vez tengo una razón poderosa para ir.