Esa noche yo atendía el bar solo. La nave interestelar chirpsithra había salido de la Tierra cuatro días antes, llevándose a la mayoría de mis clientes. La Draco Tavern estaba casi vacía.
El hombre sentado en la barra bebía un gin-tonic. Dos glig —seres grises y compactos, que llevaban pieles en tres tonos de verde— estaban sentados a la mesa con un guía chirpsithra. Bebían vodka y consomé, sin hielo, sin aromatizantes. Cuatro farsilshree tenían sus abultados y pesados tanques de medio ambiente alrededor de una mesa más grande. Fumaban de una humeante taza amarilla a través de unos tubos. Cada tanto yo les llevaba otro tarro de pasta.
El hombre era conversador. Se me ocurrió que estaba tratando de entrevistar al barman y al propietario de la más famosa taberna multiespecies de la Tierra.
—No, yo no —protestó—. No soy periodista. Soy Greg Noyas, del programa de televisión Scientific American.
—¿No lo vi tratando de entrevistar a un glig, hace un rato?
—Culpable. Estamos haciendo un espectáculo sobre la formación de la vida en la Tierra. Pensé que tal vez podría confirmar algunas cosas. Los gligstit (clic) optok… —Lo dijo con lentitud, pero correctamente—… tienen su propio pequeño imperio por allí, ¿verdad? Mundos parecidos a la Tierra, alrededor de doscientos. Deben de saber mucho sobre cómo forma un mundo una atmósfera oxigenadora. —Pronunció con cuidado esas palabras polisílabas. Es decir que no estaba totalmente sobrio.
—Eso no significa que quieran perder una noche hablando a los nativos.
Asintió.
—De todas maneras no lo sabían. Arquitectos de vacaciones. Me hicieron hablar sobre la vida en mi país. No sé cómo se las arreglaron. —Apartó el vaso—. Será mejor que pase al espresso. ¿Por qué a una cosa con esa forma le interesaría mi vida sexual? Y no paraban de preguntarme sobre los imperativos territoriales… —Se interrumpió, y luego se volvió para ver qué estaba mirando yo.
Acababan de entrar tres chirpsithras. Uno venía en un diván flotante con equipo salvavidas.
—Me parecieron todas iguales —dijo.
Yo repliqué:
—Hace casi treinta años que vienen chirpsithras aquí, pero no las distingo a unas de otras. Todas son perfectos especímenes físicos, al fin y al cabo, según sus propias pautas. Nunca vi una como ésta.
Le di su espresso, y luego puse tres encendedores en una bandeja y fui a la mesa de las chirpsithras.
Dos eran exactamente iguales a cualquier otra chirpsithra: tres metros treinta de estatura, vestidas con cinturones con faltriqueras y sus propios exoesqueletos, de color salmón, y parecían sentirse muy cómodas. Las chirps aseguran que hace mucho tiempo que se establecieron en toda la galaxia. Es decir, en los planetas útiles, los mundos oxigenados cerrados que giran alrededor de soles enanos frescos, y actúan como reinas absolutas de cualquier lugar donde se encuentran. Pero esas dos parecían sometidas a la tercera.
La tercera era treinta centímetros más baja que ellas. Su exoesqueleto era tan obviamente artificial como una dentadura postiza: hueso aloplástico utilizado del revés. Salían tubos de los bordes del equipo que había en su diván flotante. Su piel, entre una y otra placa, era más gris que roja. Volvió lentamente la cabeza cuando me acerqué. Me estudió, con los ojos brillantes de interés.
Pregunté:
—¿Encendedores? —Como si alguna vez una chirpsithra pidiera otra cosa.
Una de las otras dijo:
—Sí. Sirve la mezcla de etanol que prefieras para ti y el otro nativo. ¿Beberán con nosotras?
Hice una seña a Noyes para que se acercara, y se nos unió de inmediato. Arrastró una de las sillas altas que siempre tengo para que un rostro humano quede al mismo nivel que el de una chirpsithra. Fui a buscar otro expresso y un whisky con soda y al oír el gritito de lechuza imperativo del farsilshree un tarro de pasta amarilla. Cuando volví, estaban inmersos en la conversación.
—Rick Schumann —gritó Noyes—, te presento a Ftxanthir y Hrofilliss y a Chorrikst. Chorrikst me dice que tiene casi dos mil millones de años…
Rick parecía encantado pero yo sentía que dudaba. Las chirpsithras podían ser las mentirosas más grandes del universo, y ¿cómo podíamos saberlo? La Tierra ni siquiera tenía detectores interestelares cuando llegaron las chirps.
Chorrikst hablaba lentamente, con un susurro gutural, pero su caja traductora era estándar: voz un poco monótona, pronunciación perfecta.
—He dado la vuelta a la galaxia infinidad de veces, y he grabado las narraciones de mis viajes para obtener fondos con que alimentar a mi naturaleza de vagabunda. Gran parte de mi vida la he pasado al borde de la velocidad de la luz, bajo comprensión temporal relativista. De manera que ya ven, en realidad no soy tan vieja.
Acerqué otra silla alta.
—Debes de haber visto incontables maravillas —dije. Y pensé: «¡Dios mío, una chirpsithra petisa! Tal vez es cierto. Tiene diferente color, también, y dedos más cortos. ¡Tal vez la especie realmente ha cambiado desde que ella nació!».
Hizo un lento gesto de asentimiento.
—La vida nunca cansa. Siempre hay cambio. Durante la época en que estuve afuera, el anillo de Saturno se ha separado en varios anillos, y es aún más magnífico. ¿Qué puede haber provocado eso? ¿Las mareas de las lunas? Y la Tierra ha cambiado hasta hacerse irreconocible.
Noyes derramó un poco de café.
—¿Estuviste aquí? ¿Cuándo?
—El aire de la Tierra era de metano y amoníaco y óxidos de nitrógeno y carbono. Los nativos habían enviado mensajes a través del espacio interestelar… dirigiéndolos a los soles amarillos, por supuesto, pero una de nuestras naves pasó a través de un rayo, y de esa manera establecimos contacto. Teníamos que usar equipos salvavidas —siguió ágilmente, mientras Noyes y yo la mirábamos con las mandíbulas colgando—, y el equipo era menos cómodo entonces. Nuestro puesto espacial era una plataforma flotante, porque los temblores eran frecuentes y violentos. Pero valió la pena. Sus ciudades…
Noyes dijo:
—Un momento. ¿Ciudades? ¡Nunca hemos encontrado huellas de ciudades no humanas!
—Después de setecientos ochenta millones de años, yo diría que no. Además, vivían en las costas de un océano que era ya ligeramente salado. Aunque se libraran de los terremotos, sus herramientas y sus ciudades se deterioraban rápidamente. Sus vidas eran cortas, también, pero sus memorias eran heredadas. La muerte y el cambio eran hechos aceptados por ellos, más que por las especies más inteligentes. Sus obras de filosofía llegaron a circular mucho entre mi gente, y se extendieron a otras especies, también.
Noyes luchó con su instinto por conservar el tacto y los buenos modales, y ganó:
—¿Cómo? ¿Cómo es posible que algo se haya desarrollado a tanta distancia? ¡La Tierra ni siquiera tenía atmósfera oxigenada! La vida apenas había comenzado, ¡ni siquiera había trilobitas!
—Tenían una evolución tan larga como la de ustedes —respondió Chorrikst con tranquilidad—. La vida comenzó en la Tierra hace mil quinientos millones de años. Había sustancias químicas orgánicas en abundancia, por el pasaje de los rayos a través de la atmósfera reductora. Se desarrolló la inteligencia, y enseguida se construyó una civilización impresionante. Vivían con lentitud, por supuesto. Su bioquímica era menos energética. La comunicación era difícil. No eran estúpidos, sólo lentos. Yo visité la Tierra tres veces, y siempre observé que habían hecho progresos.
Casi contra su voluntad, Noyes preguntó:
—¿Cómo eran?
—Pequeños y suaves y frágiles, mucho más que ustedes. No puedo decir que eran bonitos, pero llegaron a gustarme. Llegué a brindar con ellos de acuerdo con sus costumbres —dijo la chirpsithra—. Construyeron cosas bellas en sus ciudades y belleza en sus filosofías, y sus obras todavía están en nuestras bibliotecas. No caerán en el olvido.
Tocó su encendedor, y sus compañeras más jóvenes la imitaron. La corriente pasó entre sus dos garras, por el sistema nervioso. Dijo:
—SSSSSSS…
Levanté mi vaso, y toqué a Noyes con el codo. Bebimos por nuestros predecesores. Noyes bajó la copa y preguntó:
—¿Qué sucedió?
—Se dieron cuenta de que venía un desastre mundial —respondió Chorrikst—, y se prepararon; pero pensaron que serían terremotos. Construyeron ciudades que flotaran sobre la superficie del océano, y vivían en las zonas inferiores. Nunca advirtieron la espuma verde que aparecía en ciertos estanques.
»Cuando percibieron el peligro, la espuma verde ya estaba en todas partes. Por fotosíntesis convertía al dióxido de carbono en oxígeno, y el oxígeno crudo mataba todo lo que tocaba, y dejaba fertilizante para alimentar la espuma verde. El mundo se estaba muriendo cuando nos enteramos del problema. ¿Qué podíamos hacer contra una espuma que actuaba a través de la fotosíntesis y que crecía detrás de una estrella amarillenta? En las bibliotecas chirpsithras no había nada que pudiera ser útil. Lo intentamos, por supuesto, pero no pudimos evitarlo. El cielo había adquirido un color azul transparente que era hermosísimo, y el agua estancada que dejaban las mareas era verde, y las ciudades de la costa se derrumbaron antes de que abandonáramos la lucha. Hubo un intento de trasplantar a algunos de los nativos a un mundo donde pudieran vivir; pero la alteración biorrítmica destruyó sus hábitos de apareamiento. Desde entonces no había vuelto, hasta ahora.
Fue Chorrikst misma quien rompió el deprimente silencio.
—Bien, la Tierra está muy cambiada, y por supuesto la evolución de ustedes comenzó con la plaga verde. He oído historias de la humanidad contadas por mis compañeras. ¿Querrían decirme algo de sus vidas?
Y hablamos de la humanidad, pero no sé por qué, yo no encontraba mucho entusiasmo. La vida anaeróbica que sobrevivió al advenimiento de la fotosíntesis incluye la gangrena y el botulismo y no mucho más. Me pregunté qué encontraría Chorrikst la próxima vez que viniera, y si tendría alguna razón para brindar por nuestra memoria.