la recaudadora
Alario bebía un sorbo de exquisito vino cuando la oyó. El sentido de alerta, al igual que un venado al ser sorprendido por un lobo, se disparó en su cerebro y causó que se atragantara con el licor. Tosió, escupió y lanzó una maldición mientras la campana repiqueteaba desde el fondo de la calle. El carro traqueteaba sobre la avenida de piedra que habían emplazado las legiones del Imperio en tiempos de su abuelo, durante la guerra de las Galias. El centurión gritaba, como siempre, exigiendo que abriesen las casas para hacer la requisa. Como perros feroces domados a palazos, los soldados pateaban puertas y aporreaban los postigos de las ventanas. La campana tañía incesantemente anunciando la visita de la recaudadora, como si la brutalidad y los gritos de los soldados no bastasen para alarmar a todo el mundo.
—Brenna —murmuró Alario, desesperado.
¿Cuánto tiempo había pasado desde su última visita? No más de veinte días. Lo sabía porque aún no había logrado recuperar los denarios que Brenna le había requisado en nombre del César.
Robado, mejor dicho —pensó con las tripas revueltas—. Esa perra germana es insaciable.
Trastornado, Alario miró en derredor. La casa tenía el aspecto que quería: simple, modesta, sin lujos. Las valiosas pieles y las armas que traficaba se hallaban ocultas a cuatro pies bajo tierra, en algún punto secreto del bosque. Lo mismo con el oro reunido durante el último año, lo poco que había podido esconder de las garras de Brenna.
Paseó la vista por la sala. ¿Acaso se había excedido en la cantidad de leña que ardía en el hogar? Alario gustaba de almorzar ligero de ropas, casi desnudo. Pensando en ello, volvió a escudriñar la mesa. Un plato de bronce con carne de ganso y una vasija de vino de calidad. Un vino apto para la mesa del emperador, en la lejana Roma. Se maldijo en silencio justo cuando los soldados pateaban su puerta y le exigían a los gritos que la abriese.
Quitó el pasante hecho un manojo de nervios. Antes de que llegara a aferrar la manilla, una patada brutal hizo saltar la puerta y Alario retrocedió a trompicones. Dos legionarios ojerosos y mal afeitados ingresaron a la casa con las espadas desenvainadas. Por detrás de ellos ingresó el centurión: corpulento, intimidante, enfundado en un grueso manto de lana granate y tocado con el yelmo de cimera de crin de caballo.
—Saludos, mercader —dijo con voz monótona—. Venimos en busca del tributum, en nombre del césar. Cinco denarios, y quedas en paz. —Con las manos en la cintura, paseó la vista por la sala como instantes antes hiciera Alario. Se arrimó a la mesa, olisqueó el jarro de vino y se lo bebió de un trago.
—¿Cinco denarios, señor? —preguntó Alario, acobardado—. Pero, pero… La última vez me exigisteis tres. El comercio no ha sido bueno, todos en Alesia lo saben. Las inundaciones han estropeado los cultivos y la gente ya no puede permitirse comprar mis mercancías… Si el césar se conformara con tres denarios, yo le estaría eternamente agrade…
—Cierra el pico, galo de mierda —masculló uno de los soldados, ubicándose a un palmo de Alario—. ¿Dónde escondes el oro y la plata? ¿Eh?
—Juro por los dioses que no hay oro aquí. —Elevó ambas manos en actitud sumisa, mostrando las palmas abiertas al centurión—. Lo juro por Mercurio y Júpiter, señor.
El soldado lanzó una risotada despectiva y elevó el puño para golpear al mercader, pero una breve mirada del centurión lo obligó a desistir.
—No tienes oro —dijo el oficial romano chasqueando la lengua—, pero bebes vino de Falerno. El mismo que se sirve en la mesa del procurador. Y del mismo césar.
Alario abrió la boca para protestar, pero el centurión no le dio oportunidad:
—Cinco denarios, mercader. Y dos más por mentir. Ahora mismo. —Desenvainó el gladius con un gesto lánguido, como si aquel asunto le resultase en extremo aburrido.
Aturdido, Alario fue hacia el pequeño arcón y tomó su morral de cuero. Con manos temblorosas rebuscó en el interior, hasta que depositó las monedas de plata sobre la mesa. Justo en ese momento volvió a escuchar la campanilla, esta vez estremecedoramente cerca. Cuando, incómodo y malhumorado, elevó la mirada, Brenna se hallaba bajo el dintel de la puerta.
La bella germana de larga y sedosa cabellera negra, de ojos claros y labios sensuales, la protegida del procurador de Alesia —y amante, según los chismes que llegaban de la villa—, ingresó a la casa de Alario como un ave carroñera que irradia el suficiente porte como para espantar a los leones de la presa abatida. El centurión y los dos soldados agacharon la cabeza a su paso.
—Bendiciones. —Su voz era melódica y cristalina, pero también firme, autoritaria e implacable, como el río de montaña que ofrece una vista paradisíaca al caminante, pero lo arroja al inframundo si trata de cruzarlo—. ¿Qué nos tributará este buen mercader de la Galia? —Volvió a agitar la campanilla y dedicó a Alario una sonrisa cálida y amistosa.
—Siete denarios, señora —dijo el centurión—. Dice no tener oro, pero compra vino de Falerno. —Le arrimó a la mujer el botellón de cerámica que contenía el licor más caro de Roma.
Brenna se humedeció la yema del índice y se lo llevó a los labios. Ladeó la cabeza y observó a Alario con expresión divertida.
—¿Cuál es tu nombre, mercader?
—Alario Vermánix, mi señora. Yo… ese vino es un obsequio. El pago por unos favores que le hice a cierto legado que pidió permanecer en el anonimato. Yo nunca podría costear ese vino, mi señora.
—¡Por Nerthus! —exclamó Brenna—. ¿De modo que trabajas de incógnito para un legado romano? ¿Quizá uno de los que conspiran en las sombras contra el César? Interesante. ¿Y qué otros obsequios has obtenido de este legado misterioso?, me refiero a obsequios de los que brillan como el dios sol, mercader.
Por toda respuesta, Alario se pasó la lengua por los labios.
—¿Dónde escondes el oro, hijo de puta? —graznó un soldado.
—Shhh. —Brenna apaciguó al hombre con un gesto de su mano pálida, delicada, de largos dedos—. No hay necesidad de ponernos agresivos, ¿o sí? —Miró a Alario a los ojos. Este, abrumado por aquella mirada de hielo que lo excitaba y acobardaba al mismo tiempo, parpadeó reiteradamente mientras negaba con la cabeza.
—No… No hay oro, mi señora. Por favor.
—Puedo olerlo, mercader —replicó la germana—. Me darás el oro ahora. Me lo darás para mis niños, en nombre del César.
La escena volvía a repetirse. Brenna siempre llegaba en busca del escaso oro que conseguían los mercaderes y artesanos de Alesia. Lo exigía «para sus niños», aunque nadie sabía con certeza a qué se refería. Cuando la bella germana no se paseaba por la villa —y la cama— del procurador, solía vivir en una gran casa de piedra, en las afueras de la ciudad conquistada. Vivía en soledad, sin hijos, con la única compañía de un grupo reducido de guardias que la protegían, por lo que nadie se figuraba quiénes eran «los niños» a los que siempre se refería durante sus requisas por la Galia céltica.
¿Podía resistirse? No, porque en ese caso los soldados y el centurión darían rienda suelta a sus más retorcidos deseos y convertirían su generoso y bien alimentado cuerpo en una masa amorfa y sanguinolenta. Alario había visto a otros en aquella condición, lacerados por los gladius romanos y abandonados en las calles para que las alimañas de la noche se diesen un festín.
¿Podía engañarlos? Tampoco, porque le destrozarían la casa hasta hallar lo que buscaban. Por tal motivo el sagaz Alario se había cuidado de esconder la mayor parte de sus posesiones en el bosque, y de guardar un poco de oro para ocasiones como aquella. Aunque, últimamente, estas ocasiones se repetían con mucha más frecuencia de la que Alario hubiese preferido. Y se le estaba acabando el oro. Su oro, el que había ganado pieza a pieza tras sortear incontables peligros y arriesgar su vida estableciendo lazos de confianza con los detractores del César.
Cansada de la pasividad del mercader, Brenna se volvió hacia el centurión.
—Átale las manos y quémale los pies hasta que confiese dónde lo esconde —dijo con voz fría—. Si no habla, comienza a cortarle los dedos.
El oficial asintió y avanzó hacia Alario con gesto amenazante. Uno de los soldados le puso la punta de la espada en la zona del hígado.
—¡No! —chilló presa del pánico—. No será necesario, mi señora.
Con las manos en alto, Alario caminó hacia el rincón oscuro de la sala, junto al muro posterior desprovisto de ventana, y se agachó a remover una tabla floja del suelo. El centurión se le acercó, pero Brenna permaneció impasible junto a la puerta, con la misma sonrisa sardónica dibujada en la cara. El mercader introdujo la mano en el agujero secreto y extrajo una pequeña bolsa de tela que entregó, renuente, al centurión.
—Es todo lo que he podido ahorrar con mi trabajo —masculló ofendido—. No tengo más.
El oficial entregó la bolsa a Brenna, quien desanudó el cordel y vació el contenido sobre la mesa.
—Todos dicen lo mismo —sonrió la mujer—, pero siempre hay más, ¿verdad?... Veamos cuánto has ahorrado, Alario Vermánix. Oh, ya veo. Cuatro hermosos áureos.
—El equivalente a cien denarios, mi señora —gimoteó Alario—. Es una fortuna, es todo cuanto poseo… por favor, no puedes llevarte toda mi riqueza.
Brenna lo ignoró por completo. Tomó las monedas de oro con manos trémulas y las besó detenidamente. Extasiada con el brillo metálico que despedían bajo la claridad que entraba por la puerta abierta, permaneció un tiempo como en trance murmurando frases incomprensibles en un idioma desconocido, por lo que Alario intuyó que se trataba de su lengua materna. La cara se le transfiguró como si estuviese gozando del mejor orgasmo de su vida. Y al fin, luego de aquel momento enfermizo que a Alario se le antojó eterno, guardó las monedas y se volvió hacia el galo con ojos gélidos.
—No te atrevas a desafiarme nuevamente —siseó—. Denarios para el césar. Oro para mis niños hambrientos. Volveremos a vernos, mercader.
La mujer se retiró de la casa agitando la campanilla, en busca de su próxima víctima. La siguieron los soldados, que se apresuraron a patear la siguiente puerta. Desahuciado, Alario se dejó caer sobre la silla con la intención de servirse una copa de vino, pero el centurión se le adelantó. Tomó rápidamente el botellón, bebió un largo trago y se dirigió a la puerta.
—Un maldito néctar de los dioses, este Falerno —dijo—. Mejor que el coño de una patricia. Gracias por tu hospitalidad, galo.
Cerró la puerta de un golpe, dejando a Alario sumido en un profundo estado de impotencia y furia contenida.
∆∆∆
No eran buenos tiempos, en absoluto. Un verano lluvioso, con inundaciones y cosechas arruinadas. El César aún continuaba castigando la rebeldía de los galos que le habían plantado cara a Roma, casi cuatro décadas atrás. Marco Dominico había llegado a Alesia como procurador de la Galia Céltica, y al poco tiempo apareció Brenna. Entonces la vida de los alesianos —en especial los acaudalados— se convirtió en un infierno. Impuestos desmedidos, persecuciones, castigos, torturas, acusaciones…
Muchos se habían marchado. Hartos de aquel calvario, cruzaron las fronteras hacia Bélgica, o se dirigieron al sur, hacia la lejana Aquitania. Unos pocos incluso optaron por emigrar al corazón mismo del Imperio. Pero no era el caso de Alario. El mercader tenía buenos tratos con cierta gente importante de la zona, romanos disidentes, y buenos tratos significaba buenos negocios. Buena paga, buenas prostitutas y vino de Falerno. De modo que no estaba dispuesto a echar a perder su gallina de los huevos de oro por la avaricia y la tiranía de una maldita recaudadora de impuestos.
Alario Vermánix había decidido quedarse en Alesia, y estaba dispuesto a recuperar su bienestar a cualquier costo. Por este motivo se había trasladado treinta millas al este, a las afueras de Vesontio, a entrevistarse con el bruto que le recomendaba Flavio, su contacto secreto romano.
—¿Y cuántos guardias dices que tiene la puta? —El gigante se alisaba frenéticamente sus largos e hirsutos bigotes. Sobrepasaba a Alario por dos cabezas, y su musculatura era bestial. Una mano gruesa, velluda, de dedos como morcillas, reposaba en la empuñadura de la espada, forrada con piel de lobo.
—No más de cuatro, según me han informado. Legionarios de bajo rango, indeseables, más propensos al vino y a los dados que a empuñar las armas. ¿Serán un problema?
—Las hormigas pican, aunque les eches humo, mercader. Puedo encargarme de tus legionarios de bajo rango, sí, podría sorprenderlos en la oscuridad, pero no será un trabajo sencillo.
—Veinte denarios por cada legionario muerto —susurró Alario, mientras escudriñaba a los campesinos que tomaban el camino a Vesontio con sus carros de grano—, y treinta por Brenna. Ese fue el acuerdo que sellamos con Flavio. ¿Me ha recomendado mal, Briccio?
—Puedo encargarme de los romanos —masculló Briccio con gesto fiero—, pero la puta germana es otro cantar. Degüello a los romanos y me largo con tus ochenta denarios, puedes conservar la diferencia.
—No. —Alario subió la voz contra su voluntad. Comenzaba a ponerse nervioso y veía trastabillar el perfecto plan que se había trazado—. Sin Brenna no hay trato. La quiero muerta… Tiene oro, ¿sabes? Mucho oro saqueado a lo largo y a lo ancho de Alesia. Flavio necesita ese oro. Yo lo necesito. Mata a la germana, Briccio, y tendrás también tu parte.
—No me agrada esa mujer. —El gigante celta se pasó la lengua por los labios—. Las ancianas aseguran que ha venido de la selva negra, y todos saben que allí se invoca a los espíritus del inframundo. No quiero que esa puta germana me eche una maldición o me deje estéril.
—No digas estupideces, Briccio —Alario sonó exasperado—, es solo una maldita germana que ha ganado el favor del procurador abriéndose de piernas. Es una vil ladrona que saquea nuestro oro, amparada en el poder que le da Roma. ¿Le temes a una mujer, Briccio? ¡Es hora de que alguien le dibuje una gran sonrisa roja en la garganta! —Con el rostro morado por el esfuerzo, el mercader se llevó una mano a la boca y comenzó a toser ante la mirada impasible de Briccio, que mantenía sus brazos, gruesos como troncos, cruzados sobre el pecho.
—Han estado desapareciendo niños —dijo este—. En las afueras de Alesia y al otro lado del río, territorio de lingones. Que yo sepa, los romanos no andan raptando niños en el bosque.
—Osos. —Alario, aun tosiendo, hizo un gesto despectivo con la mano—. Lobos. Algún león de montaña.
—No es lo que dicen los lingones. Ellos aseguran que les ha caído una maldición desde que la germana llegó de la selva negra.
—Sí, a mí también me ha caído una maldición. Ya he perdido nueve áureos. Me los ha robado esa hija de puta. ¿Sabes cuánto oro es eso, Briccio?
El guerrero no contestó. Murmurando insultos y frases incomprensibles, Alario abrió su morral y extrajo dos objetos que elevó para ubicarlos frente a los ojos de Briccio.
—Muérdago y oreja de jabalí —dijo—. Me los ha dado el druida. Con estos amuletos, nadie podrá echarte maldiciones ni secarte las pelotas. Treinta denarios por la puta germana, Briccio, y una parte del botín que esconde. ¿Tenemos un trato?
El gigante celta tomó los amuletos y los observó detenidamente. Los olfateó, los besó y finalmente se los metió en el bolsillo de su abrigo de piel.
—Trato, mercader.
∆∆∆
Llegaron en las gélidas horas que anteceden al amanecer. La hora de las brujas. La mansión de piedra —hogar de algún jefe galo en el pasado— era el único edificio de la aldea conquistada que se mantenía en pie. Las chozas que rodeaban a la mansión habían sido quemadas, y el edificio se erguía solitario en un área de tierra yerma a las afueras de Alesia. El viento agitaba las ramas de los árboles en las márgenes del bosque que se extendía por detrás de la aldea incinerada, el lugar por donde Alario y Briccio habían llegado.
A pesar del espeluznante quejido de los árboles y de los horribles sonidos de la noche, Briccio no demostraba temor. Guiaba la marcha, antorcha en mano, convencido hasta la médula de que los amuletos del druida los protegerían de cualquier espíritu maligno. Alario, quien temía más al acero romano que a los poderes místicos, no estaba tan seguro.
Pero cuando Briccio hundió la antorcha en la tierra y avanzó los últimos metros en la oscuridad, hasta salir del bosque, el mercader respiró aliviado. Tal como le había informado Flavio, aquello no sería una tarea difícil. Más allá, bajo la tenue luz de la luna menguante, una única tienda de campaña se levantaba en el área abierta de la aldea, a veinte pasos de la casa de piedra. Junto a la tienda, una pequeña fogata brindaba calor al adormecido legionario que montaba guardia apoyado en la asta de su pilum.
Flavio no había mentido.
—¿Lo ves? —susurró excitado—. Pan comido, Briccio.
El guerrero masculló algo que Alario no llegó a descifrar, desenvainó la espada en silencio y se alejó a paso furtivo, siguiendo el trazado del bosque hacia la tienda romana.
Con las manos crispadas y sudorosas por el torrente de adrenalina que fluía por sus venas, Alario vio la silueta oscura de Briccio saltar como una pantera sobre el legionario de guardia. No hubo gritos ni llamados de advertencia; si el romano emitió algún sonido, no fue suficiente como para imponerse al susurro del follaje. Briccio depositó el cadáver en el suelo e ingresó a la tienda con la espada goteando sangre. Quince, veinte latidos, y la figura del gigante celta volvió a aparecer bajo la luz de la luna. Hizo un gesto con la espada, y el sutil chistido de lechuza que habían acordado. La señal del éxito.
Alario salió del bosque sintiendo el corazón desbocado dentro del pecho. La mandíbula le temblaba ligeramente, y se percató de que tenía la urgente necesidad de orinar. Apretó el paso a través de la aldea, hasta llegar junto a Briccio, que lo esperaba agazapado, con la vista clavada en la mansión de piedra. El olor metálico de la sangre que impregnaba al guerrero le revolvió el estómago, Alario se llevó un puño a la boca para sofocar las arcadas.
—Contrólate, mercader —susurró Briccio—. Si no puedes con esto, quizás debas regresar al bosque. Yo me encargo de la germana.
—De ningún modo. —Jadeó Alario—. Quiero ver morir a esa perra con mis propios ojos. Y recuerda, no puedes matarla antes de que confiese dónde esconde el oro… Sí, quizá debamos usar métodos un tanto indeseables, pero la recompensa lo vale, ¿verdad?
Briccio no respondió. Se humedeció los labios con la lengua y avanzó hacia la casa. Alario, sintiendo la vejiga a punto de estallar, se le pegó como una sombra. En ese momento el viento amainó. Primero se tornó en una suave brisa, pero instantes después murió por completo, sumiendo a la aldea en un silencio profundo, opresivo, donde hasta los insectos y las aves nocturnas parecían haberse esfumado de la faz de la tierra. Sin embargo, la excitación por lo que estaban a punto de hacer era tan grande que ninguno de los dos galos se percató de ello.
Briccio empuñaba el hacha que había llevado para derribar la puerta, pero arrugó el ceño con asombro cuando la punta de su bota empujó la hoja de roble, que cedió sin resistencia girando sobre un par de goznes bien engrasados. Dentro, en el gran salón que dominaba la casa, ardía una única vela a medio derretir sobre el entablado de la mesa. El frío que emanaba del interior de aquel edificio era más intenso que el propio clima invernal que se extendía por Alesia. Desde el umbral de la puerta, Alario vio condensarse la potente respiración de Briccio, que formaba una nubecilla perlada en torno a sus frondosos bigotes. El guerrero tendió el hacha a Alario, volvió a empuñar la espada e ingresó a la casa estrujando la oreja de jabalí con la mano libre.
Alario no tenía una explicación, pero podía jurar que la casa latía con vida propia. No era algo tangible, pero el rumor sordo que le taponaba los oídos y le helaba el sudor en el cuerpo le provocaba un terror que nunca antes había experimentado. Era, imaginó con febril ansiedad, como estar en el útero de una mujer instantes antes de parir. Los muros eran de piedra, pero él los sentía, los percibía, de carne viscosa y pulsante. Un órgano vivo que reacciona ante la llegada de intrusos.
—Dioses, debo estar volviéndome loco —susurró, y dirigiéndose a Briccio—: Dame el muérdago. Necesito… necesito un amuleto.
—Te lo dije, mercader. —Briccio miraba ahora la única puerta cerrada de la casa, la que conducía a las cámaras de descanso—. La puta germana está maldita.
Alario abrió la boca para responder, pero en ese momento un aullido desgarrador se propagó como un vendaval desde la cámara cerrada. Un grito profundo, estridente y primitivo. Un alarido de odio y desesperación que erizó los vellos en el cuerpo de Briccio y terminó por aflojar la vejiga de Alario.
El mercader retrocedió a trompicones sintiendo la orina derramarse cálida por su entrepierna. Elevó el hacha con manos temblorosas mientras intentaba en vano recuperar el aliento.
—¿Treinta denarios? ¿Eh? —farfulló Briccio. Se arrojó contra la puerta, la abrió de una patada y bramó—: ¡Brenna! ¡Te ha llegado la hora, perra germana!
En el salón, Alario se estremeció. Arrugó la cara, preparándose para escuchar el golpe de gracia y el estertor final de la mujer. Quizá incluso otro de aquellos aullidos bestiales. Estrujó con fuerza el mango del hacha y avanzó un paso. Pero lo que oyó volvió a paralizarlo de pies a cabeza.
Era una risa. Sí, podía llamarse así, pero no era una risa normal. En absoluto. Aquello era como si todas las deidades del inframundo hubiesen decidido dar rienda suelta a su brutal algarabía al mismo tiempo. Una risa chillona, despectiva, horriblemente gozosa, que espesaba la sangre hasta volverla granizo dentro de las venas.
Un pavor primigenio se derramó desde la médula espinal de Alario y le inundó el cuerpo de terror, un terror que ningún amuleto del mundo sería capaz de anular.
Briccio salió de la cámara trastabillando, caminando hacia atrás con pasos vacilantes. Dejó caer la espada al suelo, y cuando se giró Alario pudo ver el pavor que le contorsionaba la cara. El gigante celta no fue capaz de pronunciar palabra, solo atinó a tomar una bocanada de aire y escapó a la carrera de aquella casa de locura.
Alario empeñó toda su voluntad en seguirlo, intentó imprimirles fuerza a sus miembros agarrotados para que se moviesen, pero no le fue posible. Desde la cámara, la risa tétrica y burlona seguía punzándole los tímpanos, pero ahora se sentía obligado a ir hacia ella. Algo lo empujaba hacia allí dentro, hacia el último lugar en el mundo donde quería ir.
Jadeando como un cerdo herido de muerte, empapado de sudor y orina, Alario avanzó contra su voluntad hacia la cámara de Brenna. Incluso antes de llegar a la puerta, un hedor a muerte y putrefacción le hizo doblarse por la mitad y vomitar.
Gimoteando y sollozando, con la plena certeza de que ya no era dueño de su propio cuerpo, se plantó en la puerta y observó el espectáculo que la recaudadora de impuestos tenía para obsequiarle: la cámara era espaciosa, pero solo había una cama en ella. Una cama descomunal, construida en madera negra y retorcida, como los troncos de las hogueras en los que se sacrificaba a las brujas. Brenna se hallaba sentada en la cama, completamente desnuda, pero no estaba sola. La hermosa germana de piel nívea y cabellera azabache sostenía una vela mientras sonreía a Alario con la cabeza ladeada. Sus ojos no eran como el mercader los recordaba, se habían tornado negros y espesos como pozos abismales.
Alario dejó de mirar a la mujer y trasladó la vista hacia los siete niños que parecían dormir junto a Brenna. Eran criaturas de entre tres y seis años, de caras cenicientas, labios ennegrecidos y párpados hinchados. Tenían los cabellos pajosos y revueltos, y parecían dormir en posición fetal junto a la mujer. Aunque Alario sabía que ningún mortal podría conciliar el sueño en aquel antro de horror y desesperación.
—¿Vienes a entregarme el tributo, Alario Vermánix? —preguntó Brenna con voz correosa, y Alario estuvo a punto de volver a orinarse—. Oro para mis niños hambrientos. —Adelantó una mano con la palma hacia arriba, como si pidiera limosna.
Moviéndose como si lo hiciera en sueños, el mercader desanudó la bolsa que colgaba de su cinturón —la paga prometida a Briccio— y se la tendió a Brenna. La mujer se puso de pie, tomó delicadamente la bolsa y se ubicó a espaldas de Briccio. Hizo sonar las monedas junto a su oído, mientras le recorría la oreja con la punta de la lengua.
—¿Te excita, no es así, mercader? —siseó—. Mi cuerpo y el dinero. La belleza y la muerte. ¿Te excitan, mercader?
—No... —logró articular con un hilo de voz, observando de pronto un brillo metálico que le llamó la atención, un reflejo dorado que escapaba de la boca entreabierta de uno de los infantes.
Brenna sonrió divertida, como lo haría una madre frente a un hijo que prueba un dulce por primera vez.
—Mis niños siempre están hambrientos —dijo. Volvió a sentarse en la cama, junto a una niña de cabellos rizados, y elevó el índice de su mano diestra. Enloquecido, Alario vio cómo la uña crecía hasta volverse la afilada garra de un buitre.
—No, por favor… —sollozó el mercader.
Brenna desgarró el camisón de dormir de la niña y volvió a sonreír. La pequeña tenía el cuerpo hinchado de forma grotesca, como si fuese un fuelle que alguien rellena con grava. Ante los horrorizados ojos de Alario, clavó la garra y efectuó un tajo sobre el vientre de la niña. Pero lo que emergió de aquel cuerpito no fueron vísceras ni sangre, sino monedas de oro y plata, que se derramaron sobre el colchón de heno y el resto de los niños muertos.
Brenna comenzó a jadear ante la visión de las monedas, como si de pronto una descarga de placer se disparara en su cerebro.
—Vete, mercader. —Jadeó, y se acostó entre los cadáveres y el oro—. Ve a conseguir más oro para mis niños hambrientos. Sí, pronto volveré a visitarte. Iré por tu oro, mercader. Y necesitaré más niños. Sí, por supuesto. Siempre hay más oro, mercader, y siempre habrá más espacio para los niños en mi cama.
Cuando Alario percibió que aquel órgano latente finalmente lo liberaba, abandonó la casa de Brenna a trompicones, sujetándose el pecho, con la sensación de que el corazón le estallaría en cualquier momento. En su otra mano, aún cargaba el muérdago apelmazado que le había dado el druida como amuleto.
Corrió, tropezó, se arrastró, corrió y volvió a caer. Se internó en el oscuro y lúgubre bosque, con la certeza de que ningún horror nocturno sería peor de lo que acababa de vivir en la casa de la recaudadora de impuestos.
Corrió y se arrastró hasta que ya no pudo seguir, y se dejó caer para recuperar el aliento. Pero incluso entonces, y a pesar de que se golpeaba y arañaba los oídos, Alario no pudo dejar de escuchar la risa frenética, chillona y gozosa de Brenna. Una risa de avaricia y muerte. Una risa surgida desde las entrañas del inframundo. Una risa que acompañaría al mercader galo hasta el incierto fin de sus días.