Entonces
El aire apestaba a humo.
La gente corría y los otros la perseguían.
Ella no paraba de tropezar. Mamá la llevaba a rastras, pero tenía la mano resbaladiza y se le escurrió; cayó cuan larga era sobre la acera entarimada.
Mamá estiró el brazo hacia ella, pero la muchedumbre la arrastraba hacia delante.
Sólo acertó a ver la cara de Mamá, aterrorizada, y sus manos, tendidas, y luego desapareció.
Todo el mundo corría a su alrededor, la sorteaba, la pisaba. Se cubrió la cabeza con las manos y se encogió hasta formar una bolita.
Se hizo cambiar de color, marrón grisáceo como los tablones de la acera, con rayas negras de un lado a otro.
Las faldas la sobrevolaban de cerca. Las botas la rozaban. Los tacones le pellizcaban la piel de los brazos.
«Nada de púas —decía siempre Mamá—. Nada de púas o se darán cuenta».
De modo que contuvo el aliento, con la esperanza de que las púas no le emergieran de la piel a causa del pánico; el costado le dolía donde alguien le había clavado la bota y la tarima de madera rebotaba a medida que más y más gente le pasaba corriendo por delante.
Al final, empezó a fluctuar, como le había enseñado su padre antes de partir.
«Deslízate —le dijo—. Poquito a poco. Deslízate. Fluctúa sobre la superficie en la que estés y pégate a ella».
Costaba fluctuar sin púas, pero lo hizo, con la cabeza resguardada en la barriga y el pelo arrastrado a un lado. Más botas se lo pisotearon y tiraron de él, pero se mordió el labio inferior para no tener que pensar en el dolor.
Casi había llegado a la puerta del banco cuando la acera dejó de sacudirse. Nadie pasaba corriendo. Estaba sola.
Se aplanó contra el ladrillo y se estremeció. La piel le olía a tabaco de mascar, saliva y cerveza de la taberna de al lado.
Había recogido las orejas, pero por fin las sacó rotando hacia fuera. Los hombres gritaban, las mujeres chillaban. Se oían golpes, aullidos y un ruido estridente que no le gustó.
Si la encontraban aplanada contra el ladrillo, se darían cuenta. Si veían salir las púas de su cuerpo, se darían cuenta. Si la veían fluctuar, se darían cuenta.
Pero no podía moverse.
Temblaba, y no sabía qué hacer.
Ahora
La llamada no llegó por los canales oficiales. Sonó en el móvil particular de Becca Keller.
Chase Waterson ni siquiera había saludado.
—Tengo un problema en el Fin del Mundo —le había dicho, con un temblor en su voz por lo común segura—. ¿Puedes venirte enseguida? Tú sola.
En circunstancias normales, le hubiera respondido que llamara a la comisaría o al número de Emergencias, pero algo la contuvo. Probablemente ese deje de miedo en su voz, un sonido que no había oído en todos los años que hacía que lo conocía.
Salió con el coche desde el centro de Hope hacia el Fin del Mundo, un trayecto que, en los viejos tiempos, le hubiera llevado cinco minutos. Ahora se tardaba veinte, y lo único que evitó que el tráfico la pusiera de mal humor fueron las montañas, inhóspitas y frías, erguidas como diosas en los confines de Hope.
Hope era una ciudad de montaña, pero su terreno era meseta desértica. Inmensas extensiones pardas todavía marcaban las afueras de la ciudad, aunque el interior había perdido gran parte de su apariencia de desierto. Cuando dejó atrás la última urbanización de cartón piedra, llegó a las dunas ondulantes de su infancia. Aunque tenía encendido el aire acondicionado, entró flotando el olor de la artemisa, cargado de promesas.
Si se pasaba de largo en línea recta, llegaría a las estrechas carreteras ventosas llenas de curvas pronunciadas que llevaban a las estaciones de esquí, que se habían puesto de moda. Si doblaba a la derecha, seguiría la vieja ruta de la diligencia que sorteaba las montañas y llegaba al valle de Willamette, donde vivía la mayoría de la población de Oregón.
El Fin del Mundo era un antiguo balneario en la encrucijada que formaban las carreteras de montaña y la vieja ruta de la diligencia. En el cambio de siglo anterior, algún empresario emprendedor pensó que los viajeros que tomaban la estrecha senda hacia el valle de Willamette agradecerían un lugar para descansar y recobrarse de un largo trayecto polvoriento.
En la actualidad un tráfico compacto llenaba esa ruta de la diligencia, que se había ampliado hasta ser una autopista de cuatro carriles. Hope tenía incluso una hora punta, gracias a los californianos expatriados, los jubilados del baby boom y la vivienda ridículamente barata.
Chase estaba reconstruyendo el balneario para esos jubilados y californianos. Por algún motivo, pensaba que querrían alojarse en un hotel centenario, con vistas a las montañas y el río, aun en el calor del verano y el frío intenso del invierno del desierto.
Becca conducía el coche patrulla con la mano izquierda y toqueteaba el aire acondicionado con la derecha, deseando que su vehículo privado hubiera salido del taller. Por mucho que lo intentara, era incapaz de refrescar el interior. Nada parecía funcionar como tocaba. Aunque a lo mejor ése era el efecto del calor.
Estaban a treinta y nueve grados, y la tercera semana sin lluvia. El parte meteorológico más reciente de la radio prometía que la temperatura alcanzaría los cuarenta y dos para cuando acabara el día.
Por fin, llegó a las obras.
Chase había montado la zona de construcción de tal manera que sólo bloqueaba una parte del omnipresente viento y, a resultas de ello, nubes de polvo cruzaban la carretera con cada ráfaga.
La ciudad le había llamado la atención dos veces por el peligro que aquello suponía, y él había prometido arreglarlo justo después del Cuatro de Julio festivo. Y parecía que había sido fiel a su palabra. Había una enorme valla de obra de plástico apoyada contra el viejo edificio, y niveladoras y perforadoras aparcadas al lado de la carretera.
Nada se movía. Ni las excavadoras que Chase había usado en el viejo aparcamiento, ni la grúa que había alquilado la semana anterior, ni los obreros, la mayoría de los cuales estaban sentados en la parte trasera de las camionetas, con la cara ennegrecida por el polvo, la mugre y el exceso de sol. Becca les distinguía los ojos, blancos sobre la oscuridad de la tez, observándola mientras embocaba el sendero de tierra que Chase estaba empleando de camino de acceso.
La esperaba a la puerta de lo que antaño fuera un natatorio. Construido sobre un antiguo manantial subterráneo, el Natatorio en su día había hecho gala de ser la piscina más grande del este de Oregón. Había algún tipo de sistema de cañerías que bombeaba agua a la piscina y la mantenía fría a perpetuidad. En los buenos tiempos, cambiaban el agua todos los días.
Detrás del Natatorio se erguía el viejo hotel de ladrillo de cinco pisos que conservaba las instalaciones originales. Ningún vándalo había atacado nunca el lugar. Hasta las ventanas estaban intactas.
Becca había entrado más de una vez, la primera como impresionable niña de doce años y, desde entonces, una parte de ella creía los rumores de que el hotel estaba embrujado.
Aparcó frente a la puerta del Natatorio, en una minúscula sombra ofrecida por el saliente del techo. Salió y el calor de alto horno la golpeó y le salpicó la piel de sudor casi en el acto. Al parecer el aire acondicionado de aquel montón de chatarra en forma de coche patrulla funcionaba, al fin y al cabo.
Chase la miraba. Tenía los labios agrietados y la piel de un rojo negruzco, frita por el sol. Las inclemencias le habían formado arrugas alrededor de los ojos y la fina boca. Llevaba el pelo muy corto y, por encima, un casco reglamentario. Tenía otro en la mano izquierda, con el que se golpeaba rítmicamente en el muslo.
—Gracias por venir, Becca —dijo, y todavía sonaba alterado.
El tono era desconocido, pero la expresión de su cara no. Becca la había visto una sola vez, después de haberle dicho que quería dejarlo, que sus valores y los de ella eran tan diferentes que ya no se veía con fuerzas para aguantar una relación.
—¿Qué pasa, Chase? —preguntó.
—Ven conmigo. —Le tendió el casco que tenía en la mano.
Ella lo cogió en el mismo instante en que una ráfaga de viento le alborotaba el pelo y le pasaba el flequillo recortado por la cara. Se puso el casco, encajó el pelo dentro y siguió a Chase al interior del edificio.
Hacía más calor dentro del Natatorio, y el aire olía a moho y podrido. Por lo general ella los consideraba olores de humedad, pero el interior del Natatorio estaba tan seco que parecía a punto de desmigajarse.
El suelo estaba despedazado por los años, la madera tan quebradiza que se preguntó si aguantaría su peso. La mayoría de los tabiques había desaparecido, y sus restos estaban amontonados en una esquina. Chase había destripado el interior.
De niña había jugado en aquel lugar. Sus padres le habían prohibido ir, razón de más para sentirse tentada. Ya entonces existía el olor a moho y podredumbre, pero las paredes estaban en pie y también había unos cuantos muebles vetustos, inutilizados por las inclemencias y las alimañas que roían el interior.
Solía plantarse en la entrada con la puerta abierta, viendo el túnel espiral de motas de polvo que flotaba en el chorro de sol. Cuando entrecerraba los ojos, podía imaginarse a la gente que llegaba allí tras una larga jornada de viaje, contenta de estar en un lugar tan elegante, tan acogedor.
Sin embargo, con el paso de los años había desaparecido incluso aquella sensación de un pasado remoto pero animado, y lo único que quedaba era la carcasa del edificio en sí: un peligro, un horror, algo que demoler y reemplazar.
Las botas de Chase resonaban en el suelo de madera. La llevó por los bordes, señalando unos agujeros más cercanos al centro. Becca se preguntó si los habría abierto algún empleado imprudente caminando por el suelo, dando con el pie en el punto débil para luego caer por el orificio.
La llevaba hacia la escalera de servicio de la parte de atrás. Cuando llegaron vio por qué. Estaba hecha de metal. Oxidado, pero metal al fin y al cabo. Alguien la había atornillado a la pared hacía poco, probablemente por orden de Chase. También habían reforzado un pasamanos de metal.
Chase miró por encima del hombro para asegurarse de que lo seguía. Becca detectó un asomo de algo en su cara. ¿Duda? ¿Miedo? No acertó a identificarlo y entonces, con la misma rapidez con la que había aparecido, desapareció.
Chase bajó los escalones de dos en dos. Lo siguió. Aunque habían reatornillado el pasamanos, el metal se descascarillaba bajo su contacto. Era posible que los pernos aguantaran si de repente se caía por la escalera, pero no estaba segura de que el pasamanos hiciera lo mismo.
Allí el olor cobraba intensidad, como si el moho se las hubiera apañado de algún modo para sobrevivir a los secos veranos. Cuanto más bajaba, más fresco se volvía el aire. Todavía hacía calor, pero ya no era asfixiante.
Chase paró al pie de las escaleras. La vio bajar los últimos escalones sosteniéndole la mirada. La intensidad de su expresión la sorprendió. Transmitía vulnerabilidad, de un modo que no había visto desde el primer año que estuvieron juntos.
Entonces se hizo a un lado para dejarle sitio en el suelo de abajo.
El olor era tan fuerte que la abrumaba. Por debajo del moho y la podredumbre había algo más, algo familiar, algo infecto. Le erizaba el vello de la nuca.
—Por allí —dijo Chase, y esa vez no había lugar a dudas. Le temblaba la voz—. Yo esperaré aquí.
Becca lo miró con expresión de extrañeza y luego siguió adelante. Allí el suelo estaba recubierto de azulejos, astillados y rotos, pero resistentes. Se preguntó qué habría debajo. ¿Tierra? ¿Cemento a la vieja usanza? ¿Madera? No sabría decirlo. Con todo, allí el suelo no crujía, y parecía sólido.
Una larga pared impedía ver nada. Había una puerta abierta que dejaba pasar luz solar cargada de motas de polvo, igual que en sus recuerdos. Sólo que allí no debería entrar el sol. Era el sótano, la milagrosa piscina, el lugar que había contribuido a hacer famoso el Fin del Mundo.
Pasó por la puerta.
La luz provenía de la pared del fondo… o lo que había sido el fondo. Los obreros de Chase habían destruido esa parte del edificio.
El sótano del Fin del Mundo estaba abierto a la intemperie por primera vez desde que lo construyeran.
La extraña sensación que la había asaltado desde que llegó al pie de las escaleras cobró intensidad. Si el sótano no estaba cerrado, el hedor no tendría que haber sido tan fuerte. El aire viciado tendría que haber escapado para dejar entrar el frescor del desierto.
Parte del calor se había abierto camino, pero no lo bastante para disipar el frío natural. Dio un paso adelante. Los azulejos del otro lado de la piscina estaban ocultos bajo montañas de polvo. La piscina en sí estaba medio destruida, pero la excavadora culpable de los daños no se encontraba a la vista. Vio las grandes roderas de los neumáticos, un dibujo profundo en la tierra arenosa, como si la máquina se hubiera quedado atascada o el conductor hubiera intentado escapar corriendo.
Habían descubierto algo. Eso al menos estaba claro. Y empezaba a tener una idea de qué era.
Un cuerpo.
Dado el olor, tenía que haber muerto hacía poco. Los cuerpos no se descomponían en el desierto; no con el aire seco y la arena. Dentro de un edificio como ése, quizá fuera posible una descomposición normal, pero teniendo en cuenta el calor que había hecho, hasta eso parecía improbable.
Iba a tener que presuponer que la causa de la muerte era sospechosa porque el cadáver había sido localizado allí. Luego iba a tener que hallar un modo de descubrir de quién era el cuerpo.
Ya estaba planeando cómo dirigir su investigación cuando pasó de los azulejos a un montón de tierra, se asomó al agujero enorme y vio…
Huesos. Montones de huesos. Huesos reconocibles. Fémures, huesos de la cadera, huesos pélvicos, cajas torácicas. Centenares de huesos humanos. Y más calaveras de las que acertaba a contar.
Echó el cuerpo hacia atrás, llevándose la mano libre a la cara, con el estómago revuelto por el olor, ese olor ilógico e imposible.
Una fosa común, de esas que sólo había visto en el cine o las fotos de la academia de policía.
Una fosa común, con una antigüedad de cien a setenta y cinco años.
Una fosa común, en Hope. No había oído ni siquiera rumores sobre ella, y llevaba allí toda su vida.
—Su puta madre —exclamó.
—Sí —dijo Chase desde las escaleras—. No podría estar más de acuerdo.
Entonces
Los gritos le provocaban ondulaciones. No podía completar el cambio. Ni siquiera podía asumir el color y la textura del ladrillo.
Le asomaban lágrimas a los ojos. Lágrimas, tan delatoras como el pelo, los dedos o las orejas. Por algún motivo, cuando paraba las púas, paraba todas sus habilidades.
O quizá no fuera más que miedo.
Se abrió una puerta con un chirrido. Botas abrillantadas con sólo una capa de polvo negro a lo largo del borde. Botas de hombre, no los refinados artículos que Mamá trataba de llevar.
Intentó obligarse a dejar de temblar, pero no pudo.
No podía moverse en absoluto.
Tampoco es que tuviera adónde ir.
Sólo podía rezar para que el hombre no mirara hacia abajo, para que no la viera, para estar a salvo tan sólo un poco más.
Ahora
Becca contempló el agujero. Ni siquiera podía contar todas las calaveras, que asomaban a través de la tierra como piedras blancas. Por no hablar de las cajas torácicas que había a un lado o los minúsculos huesos de una esquina, que probablemente pertenecían a una mano o un pie.
No podía hacer gran cosa ella sola, pero podía descubrir de dónde salía aquella peste.
Se dio la vuelta y fue hacia las escaleras.
Chase se retiró el casco y dejó a la vista sus ojos oscuros.
—¿Adónde vas?
—A coger unas cosas de mi bolsa de instrumental —respondió Becca.
—No llamarás a nadie, ¿verdad? —preguntó él.
Becca se paró delante.
—No puedo ocuparme de esto sola. Deberías saberlo.
Él se apoyó en el pasamanos, ese fingido ademán de indiferencia que significaba que estaba alterado de verdad.
—Esto será mi ruina, Becca. Tengo la mitad de mi capital metido en este sitio.
—Me dijiste que ningún empresario bueno invierte jamás su propio dinero —le espetó ella, más que nada porque estaba sorprendida.
Él se encogió de hombros.
—Supongo que no soy un empresario bueno.
Pero lo era. Había restaurado tres de los edificios más antiguos de la ciudad y los había convertido en caros bloques de apartamentos con vistas a las montañas. Había revitalizado él solo el centro de Hope, añadiendo tiendas modernas que de acuerdo con los lugareños jamás iban a prosperar (aunque de algún modo prosperaron, gracias a los «forasteros», como llamaban a los californianos) y restaurantes tan lujosos que Becca tendría que gastarse media paga semanal sólo para comer.
—Sabías que seguiría las normas cuando me has llamado —dijo, más seca de lo que pretendía. La había alterado. Ése era el problema; siempre lo conseguía.
—He pensado que a lo mejor podíamos hablar. Son huesos viejos. Si podemos conseguir que alguien se los lleve y sea discreto…
—¿Cuántos obreros han visto esto? —preguntó ella—. ¿Te crees que ellos serán discretos?
—Si les pago lo bastante —respondió él—. Y si trasladamos los huesos a un cementerio como Dios manda.
—¿Eso es lo que esto te parece? —preguntó ella—. ¿Un cementerio?
—¿No lo es? —Su sorpresa parecía genuina—. Estaba tan aislado en el desierto cuando construyeron esto que es posible, no, es probable, que se perdiera el recuerdo del cementerio.
—He visto por lo menos dos cajas torácicas con huesos quebrados, y varias calaveras parecían aplastadas.
Le temblaron los labios, y pasó un instante antes de que hablara.
—Eso podría haberlo hecho la maquinaria.
Sin embargo, no parecía muy convencido.
—Podría —dijo ella—, pero tenemos que saberlo.
—¿Por qué?
Becca miró por encima del hombro. El tramo de luz todavía resplandecía a través del agujero de la pared. Las motas de polvo todavía flotaban. Si no miraba hacia abajo, el lugar le parecería tan bonito e interesante como siempre.
—Porque alguien los amó alguna vez. Alguien probablemente querrá saber qué fue de ellos.
—¿Alguien? —bufó él—. Becca, la piscina se instaló sobre una pista de tenis construida a principios del siglo XX. Nadie se acuerda de esa gente. Sólo le importaría a un historiador.
Hizo una pausa y Becca se notó contener la respiración.
—Esto es mi vida —añadió él al fin.
Usó un tono y una inflexión que antes ella encontraba especialmente cautivadores. Una vez le dijo a su terapeuta de parejas que con ese tono podía convencerla de hacer cualquier cosa, y fue entonces cuando el terapeuta le dijo que tenía que dejarlo.
—Es el escenario de un crimen —dijo, consciente de que el argumento era endeble.
—No estás segura de eso y, aunque lo sea, tiene cien años de antigüedad —replicó él.
—Entonces, ¿qué es ese olor?
Chase arrugó la frente; saltaba a la vista que no la entendía.
—Esto es un desierto, Chase. Los cuerpos enterrados en la tierra en un clima seco no se descomponen. Se momifican.
Él parpadeó. Estaba claro que no había pensado en eso.
—Además —siguió ella—, aunque se hubieran descompuesto por algún extraño motivo medioambiental específico de este sótano, no olerían pasados cien años.
Volvió al rostro de Chase aquella expresión de cautela. Sólo se le movían los ojos.
—A lo mejor es algo pequeño —dijo—. Un ratón, el gato perdido de alguien.
Becca sacudió la cabeza.
—El olor es demasiado fuerte, y llega a todo el edificio. Si fuera algo pequeño, se habría esfumado cuando abriste esa pared.
—¿No cuando lo desenterraron? —preguntó él, poniendo cara de sorpresa.
—No —dijo ella—. ¿Es entonces cuando lo oliste por primera vez?
—Es entonces cuando me han llamado.
Se refería a los obreros. Lo miró con los ojos entrecerrados, preguntándose si les echaría la culpa a ellos.
Pero ¿de qué? ¿De un olor?
Iba a tener que encontrar la fuente antes de dar nada por supuesto.
Y eso, lo sabía, iba a ser difícil.
Entonces
Una mano la tocó en el hombro. Una mano humana, cálida y amable. La recorrió otra ondulación temblorosa. Todavía tenía hombro; tampoco se había desembarazado de eso. Qué tonta debía de parecer, aplastada contra la pared de ladrillo como una novizuela a medio formar.
Todavía sonaba el eco de los chillidos. Los gritos habían decaído, aunque a veces se elevaban de golpe, como un grupo que se emocionaba ante algo.
—Eres uno de ellos, ¿verdad?
Voz masculina, humana, tan amable como la mano. No podía dejar de temblar.
—No te haré daño.
Se resistió al impulso de virar un ojo hacia arriba para poder ver algo más que la bota.
—Pero será mejor que vengas conmigo antes de que te encuentren.
Eso sí que la sobresaltó. El ojo se le movió antes de que acertara a detenerlo. Se formó por encima de su hombro. El hombre dio un saltito hacia atrás cuando apareció, pero no llegó a retirar la mano de su piel, aunque por fin se estaba volviendo color rojo tostado como el ladrillo.
Lo había visto antes. Papá se había reído con él en los buenos tiempos. Tenía el pelo engominado hacia atrás, la cara estrecha y la mirada afable.
Se acuclilló a su lado y la miró directa al ojo, como si no le inquietara, aunque ella sabía que sí. Si no, no habría pegado ese salto.
—Por favor —dijo—, ven conmigo. No sé cuándo van a volver. Y a lo mejor nos ve alguien. Por favor.
Tenía que formar una boca. Todavía conservaba la nariz, pegada al estómago de cuando había formado una bola, pero su boca había desaparecido cuando había intentado adoptar la apariencia de la tarima de la acera.
Necesitó todas sus fuerzas para conseguir que la boca surgiera cerca del ojo, y por la expresión de asco que asomó al rostro del hombre, el resultado no era muy armonioso. Tenía el pelo al otro lado del cuerpo y el ojo justo por encima del hombro. La boca probablemente había aparecido en lo que sería su espalda si se compusiera de la manera correcta.
Entendiendo humana por correcta.
Eso es lo que decía Mamá.
Mamá.
—Por favor —repitió él, y esa vez detectó pánico en su voz.
—Atascada —dijo ella.
—Cristo Dios. —Echó un vistazo a los dos lados de la calle y luego a los edificios de enfrente.
Parecía más joven de lo que ella lo recordaba, o a lo mejor se le daba tan mal distinguir las edades humanas como a su madre.
—¿Cómo te desatascamos? —preguntó él.
No lo sabía. Nunca se había encontrado así, tan asustada, no estando sola.
Intentó encogerse de hombros y notó que el hombro que le faltaba se formaba en la madera. Se le clavó una astilla en la piel y el cuerpo entero se le puso rojo de dolor.
—Menudo desastre —dijo él, y no supo si se refería a ella, a lo que pasaba o a lo asustados que parecían los dos.
Intentó obligarse a soltarse, pero estaba pegada al ladrillo y había perdido el control de la mitad de sus funciones corporales. Papá decía que así era el miedo.
«Pase lo que pase, nena —le decía—, tienes que confiar en nosotros. Tienes que creer que volveremos a estar juntos. Que eso sea tu fuerza, para que nunca, jamás, sucumbas al miedo».
Pero hacía ya mucho tiempo que él no estaba. Y Mamá no había vuelto por ella, aunque la gente chillaba.
El hombre intentó separar un canto plano de su piel del borde del ladrillo. Notó el tirón, vio la mueca de asco de su cara cuando tocó la parte pegajosa de debajo.
—¿Cómo has llegado aquí? —preguntó.
—Fluctuando —dijo ella.
—Fluctuando. —No lo entendía. Y eso que ella hablaba su idioma, estaba convencida. Formó la boca correcta, llevaba ya mucho tiempo usando las palabras y sabía cómo sonaban dentro y fuera de su cerebro.
—¿Me lo enseñas? —preguntó él—. ¿Puedes fluctuar a mi brazo?
Se suponía que no debía fluctuar sobre un humano. Mamá era tajante al respecto. Como si hubiese algo malo en ello y fuera a pasar algo espantoso.
Pero algo espantoso ya estaba pasando.
Los chillidos…
—No —dijo ella, aunque eso tenía que ser mentira. Mamá y Papá no le habrían prohibido algo si no hubiera podido hacerlo de buen principio.
—Dios —exclamó él, y luego miró hacia el extremo de la calle de donde habían provenido los chillidos. Donde los gritos habían ido creciendo en furia cada vez que se elevaban.
En ese preciso momento reinaba el silencio, y ella todavía odiaba más eso.
Lo odiaba todo.
—Espera aquí —dijo él.
Se levantó y le soltó el hombro. El calor se desvaneció y el miedo fue incluso a peor. Desapareció su otro hombro y sintió las púas, amenazando con surgir.
Tuvo que cerrar los dos ojos y obligar a las púas a esfumarse.
Cuando los abrió, el hombre ya no estaba.
Desplazó los ojos por toda su piel, buscándolo, y no vio ni rastro de él.
La calle seguía vacía, y demasiado tranquila.
Entonces, a lo lejos, alguien se rió. Una risa malvada, desagradable y crispada.
Plegó las orejas dentro de la piel y se forzó a aplanarse, con la esperanza de que, esa vez, funcionara.
Ahora
Becca subió por la escalera, agarrada al pasamanos, llevándose escamas de óxido con la palma. Tenía que pedir ayuda por la radio. Como mínimo, necesitaba un forense, y probablemente un par de agentes más sólo para buscar la fuente de aquel olor.
Pero la idea de llamar le hacía sentirse culpable. Chase ya hablaba de restaurar el Fin del Mundo cuando lo conoció. La había llevado allí en su primera cita, aunque ella le había explicado que había explorado la zona en repetidas ocasiones cuando era niña.
A lo mejor conseguían mantener aquello fuera de los periódicos, sobre todo si resultaba ser un cementerio o un vertedero. Pero era probable que no lograran ni siquiera eso.
A los diarios parecía encantarles ese tipo de noticia.
Si informaba de aquello, condenaría el proyecto de Chase a una especie de limbo. Con tanto capital invertido, era probable que no pudiera permitirse esperar a que se resolvieran los trámites legales.
Estuvo en un tris de dar media vuelta para preguntarle cuánto tiempo podía concederles, pero de hacerlo estaría poniendo en entredicho la investigación. Si sus sospechas eran ciertas, había un ser humano recientemente asesinado bajo aquella tierra y alguien (¿Chase?) estaba usando los viejos huesos para ocultarlo.
Entonces sacudió la cabeza. Chase no. Era manipulador y difícil, temperamental y poco de fiar, pero no era —ni había sido nunca— violento.
Suspiró y siguió escaleras arriba. Por mucho que quisiera ayudarlo, no podía. Tenía una obligación ante toda la comunidad.
El viento la golpeó en cuanto salió al exterior. Los granos de arena se le clavaban en la piel y se pegaban al sudor. A pesar del sol, ahora hacía más fresco fuera gracias a la ventolera.
Los obreros la observaban. A la mayoría no los conocía; la ciudad había crecido demasiado para conocer a todo el mundo de vista como pasaba cuando era niña. Muchos eran hispanos, algunos es probable que ilegales.
Los hispanos esperaban que comprobara sus papeles. Y eso es lo que en teoría le correspondía, aunque nunca lo hiciera. No tenía nada en contra de la gente que trabajaba duro e intentaba mejorar su vida.
Se echó el casco atrás con una mano y saludó con la barbilla a los obreros. Luego abrió la puerta del conductor del coche patrulla e hizo una mueca ante el calor que vomitó hacia ella. Se inclinó hacia dentro, reacia a entrar por su voluntad en ese horno, y agarró el auricular de la radio.
Hizo una pausa antes de encenderlo, consciente de que incluso esa duda momentánea era una victoria para Chase.
Entonces pulsó el botón y pidió a la central que le mandaran a Jillian Mills.
Jillian Mills era la directora del departamento de forenses encargado de Hope y los condados circundantes. Ella trabajaba en lo suyo a jornada completa, pero sus ayudantes eran dentistas y veterinarios, y un médico jubilado.
—¿Quieres la unidad de policía científica? —preguntó la operadora. Era el procedimiento estándar que con el forense acudiera una.
—Todavía no —dijo Becca—. No estoy segura de lo que tenemos entre manos exactamente, salvo que lo que sea está muerto.
Lo cual era técnicamente cierto, si pasaba por alto todos los huesos rotos y aplastados.
—Dile que se dé prisa —añadió—. Aquí hace un calor que te mueres y hay un equipo de obreros esperando.
Eso solía bastar para ponerle las pilas a cualquier funcionario municipal. De un tiempo a esa parte los «forasteros» habían tomado por costumbre demandar a la ciudad si su personal oficial o de emergencias retrasaba operaciones lucrativas, aunque fuera por un día.
Chase no lo haría nunca —sabía que llevarse bien con la ciudad ayudaba a que sus permisos superaran los trámites y se aprobaran sus proyectos dudosos—, pero Becca usó la excusa de todas formas.
No quería quedarse allí más de lo que fuera estrictamente necesario.
Se irguió, levantó el casco y se secó el sudor de la frente. Después cerró la puerta y se apoyó en ella por un momento.
El Fin del Mundo.
Se preguntó si a Chase se le habría ocurrido que el nombre tal vez fuera profético.
Entonces
Había desactivado las orejas, y no se enteró de que el hombre había vuelto hasta que la acera tembló. Abrió los ojos. Estaba encima de ella con una caja larga de madera en las manos. Movía la boca, pero no paraba de mirar calle abajo. Una única gota de sudor le recorría un lado de la cara.
Desplegó las orejas y dijo:
—¿Qué?
—Esto puede esconderte —respondió él, mientras dejaba la caja en la acera. La miró de reojo y apartó la vista—. ¿Te parece que podrás fluctuar adentro?
Le puso la caja delante. En efecto, ocultaba su extraña condición a cualquiera que no se fijara mucho.
Sus temblores remitieron.
—Puede.
—Bueno —dijo él, secándose la gota de sudor—, cuanto antes fluctúes, más posibilidades tendré de sacarte de aquí.
Eso le provocó un escalofrío. Miró la caja y vio que había polvo dentro. La había sacado de algún tipo de almacén.
Si se concentraba en la caja —no en los chillidos (que parecían haber desaparecido, ¿cómo era que habían desaparecido?), ni en el modo en que la mano de su madre se le había escurrido, ni en la caída sobre la acera, ni en los cardenales que todavía irradiaban a través de su piel— a lo mejor en ese caso podía fluctuar adentro.
Iba a tener que mirarla fijamente como una novizuela, pensar sólo en la caja, sólo en la caja y en hacerse parte de ella…
Un chillido largo, interminable, la cubrió de ondulaciones.
—Jesús —dijo el hombre, y cerró los ojos.
Fluctuó. No le quedaba otra. El chillido la hizo moverse. Fluctuó hasta el borde de la caja y luego se acurrucó contra el fondo, apenas un goterón, todo lo pequeña que pudo volverse.
—¿Señor? —dijo, y oyó el terror en su propia voz. No estaba segura de por qué se fiaba de él, pero tampoco tenía muchas alternativas.
Aquel chillido sonaba como Mamá.
El hombre bajó la vista y relajó los hombros.
—Gracias a Dios —dijo, y alzó la caja.
Se la puso debajo del brazo como si no pesara nada y entró a toda prisa por la puerta.
Ahora
Jillian llegó con la furgoneta blanca de los forenses. Becca contuvo el aliento mientras escudriñaba el parabrisas en busca de un ayudante.
No traía ninguno. O no había ninguno disponible o la central había transmitido el mensaje sobre el equipo de obreros parado.
En cualquier caso, Becca daba gracias por ello.
Se acabó el agua que le quedaba y tiró la botella a un cubo de reciclaje cercano. Había esperado allí mismo, reacia a volver adentro sin Jillian.
O a lo mejor reacia tan sólo a hablar con Chase otra vez.
Él había salido del sótano al cabo de unos diez minutos. La había visto cerca del coche patrulla, había sacudido la cabeza ligeramente y se había sentado apoyado en una de las excavadoras, con la cara medio oculta por la sombra.
Becca no se acercó a hablar con él y él no le dijo nada. Los dos sabían lo fútil de ese tipo de discusiones. Una vez más, Chase y ella recorrían caminos distintos, y tratar de influir el uno en el otro no podía acarrear sino disgustos.
Jillian salió de la furgoneta. Ya llevaba el pelo recogido y sujeto con una redecilla. Era menuda y delicada, con la piel tan pálida que casi parecía translúcida. A primera vista se antojaba frágil, pero Becca la había visto abrir una caja torácica con sus propias manos.
—¿Qué tenemos? —preguntó Jillian.
—No estoy segura —dijo Becca. Cogió la linterna y los guantes de su equipo propio, además de la radio portátil, y acompañó a Jillian al interior.
Chase no fue con ellas, sino que las observó entrar con el mismo recelo que había demostrado su cuadrilla.
Becca se sintió aliviada. Esperaba sin mucha convicción que Jillian no hubiera reparado en él, plantado a la sombra.
Ya se encontraban en la escalera del sótano cuando la forense dijo:
—Éste es el proyecto de Chase Waterson, ¿no es así?
—Por desgracia —respondió Becca.
Jillian estaba al corriente de las cuitas de Becca con él. Había sido la sensata forense la que había escuchado sus problemas para desenmarañarse del mundo de Chase.
«Soy una poli —le decía, al parecer, en cada conversación—. No debería dejarme influenciar con tanta facilidad».
«Todas tenemos un anzuelo que nos hará picar —respondía Jillian—. Él sabe cómo encontrar el tuyo».
Y bien verdad que era. Allí tendría que haber un equipo completo, junto con una unidad de policía científica.
Jillian probablemente lo sabía sólo por el olor.
Se detuvo al pie de las escaleras y miró a su alrededor.
—¿Dónde está el cuerpo?
Becca había estado pensando en cómo responder a eso durante todo el tiempo que había esperado a la forense.
—No sé de dónde sale el olor —dijo—. Pero ése no es nuestro único problema.
Jillian la miró por el rabillo del ojo. Becca suspiró y la llevó hasta el agujero.
El sol se había alejado del hueco de la pared y ya no mandaba rayos llenos de motas de polvo al interior del sótano. Aun así, la luz todavía era lo bastante intensa para que no necesitara una linterna para conducir a Jillian hasta la excavación en sí.
—Chase cree que es un viejo cementerio —explicó mientras se acercaban.
—Tú no —dijo Jillian mientras se ponía los guantes—. De modo que me has traído para que haga de mala.
A lo mejor era cierto. O a lo mejor necesitaba sencillamente a alguien entre ella y Chase, alguien sensato.
No dijo nada más. En lugar de eso encendió la linterna y enfocó las cajas torácicas y las calaveras.
—Madre de Dios —exclamó Jillian, tocando el pequeño crucifijo que llevaba al cuello aunque su catolicismo hubiera decaído hacía décadas—. Para esto hará falta un equipo entero.
—Lo sé —dijo Becca con voz apagada.
Se miraron durante un largo momento. Becca no movió el haz de la linterna. Por fin, Jillian se la quitó de las manos e iluminó todo el gran agujero. La luz se reflejó en más fragmentos de hueso, desperdigados por la tierra.
—¿Cómo es que me has hecho venir siquiera? —preguntó Jillian—. Chase tiene que saber que esto lo arruinará.
—Lo sabe. —Becca no la miró.
—De modo que te ha llamado a ti. —Sacudió la cabeza—. Qué cabrón.
—Jillian, ya me cuesta bastante.
—Pues a él no le ha costado pedirte que taparas el asunto para hacerle un favor.
—No me ha pedido eso —dijo Becca. Pero sí se lo había pedido, ¿o no? Le había pedido que manejara aquello con rapidez, discreción y el mínimo de revuelo.
Aunque había dejado de discutir en cuanto le había explicado lo del olor.
Dios, todavía seguía inventando excusas para él, y eso que ya no estaban casados.
—Sabe que yo voy a hacerlo como corresponde —dijo Jillian.
—Lo sabe —replicó Becca.
—Eso significa que llegará a oídos de los medios.
—Tratemos de evitarlo mientras sea posible.
—¿Para que Chase pueda salvar el culo?
—Para que no vengan tarados a contaminar el escenario del crimen.
—No lo has precintado. Ya podría estar contaminado.
Becca se mordió los labios.
—No he perdido de vista a nadie.
—Eso espero —dijo Jillian—. Voy a pedir refuerzos.
Becca asintió.
Jillian no se movió, aunque había anunciado que lo haría.
—¿No crees que a lo mejor deberías apartarte de esta investigación?
Becca le había estado dando vueltas.
—Soy la única investigadora cualificada que tenemos. A todos los demás los han ascendido desde abajo y la mayoría ni siquiera ha completado los cursos de laboratorio criminalístico.
Porque sólo los impartían en el valle de Willamette y eso estaba a más de dos horas de camino. El departamento no podía permitirse perder personal durante varios días seguidos con el único fin de que recibieran clases en justicia penal, clases que según el jefe —un tío cabal de los de antes, que se había abierto camino desde abajo sin una puñetera clase, gracias— nadie necesitaba, ni siquiera sus detectives.
Jillian suspiró.
—Tienes un conflicto.
—No fastidies.
—¿Y si es Chase el que está detrás del olor?
Becca estuvo a punto de decir «No lo está», pero se contuvo a tiempo.
—Lo trataré como a todos los demás.
Aunque supo que eso era mentira en el mismo momento en que lo dijo.
—Da igual lo que hagas, todo el mundo pensará que eres blanda con él.
—Entonces todo el mundo me estará supervisando, ¿no es así? —replicó con tono cortante.
Jillian le puso una mano en el hombro.
—Piénsatelo, Becca.
Becca suspiró.
—Si esto empieza a apuntar hacia Chase, lo haré.
Entonces
No la llevó muy lejos. Se las apañó para fluctuar una parte de ella hasta el borde de la caja, lejos de su brazo, y asomar un ojo hacia delante.
Estaban dentro del banco. No había nadie más. El sol de la tarde se colaba por los ventanales e iluminaba macizos escritorios de madera, la ancha hilera de rejas por donde la gente sacaba o metía dinero, la caja fuerte al lado de la puerta de atrás.
Mamá y Papá la habían llevado allí pronto, como parte de su adiestramiento en ser «normal», y le habían explicado cómo funcionaban los bancos. Solía acompañar a Papá cuando tenía dinero que ingresar, pero Mamá no supo cómo sacarlo cuando él se fue.
Mamá decía que a lo mejor lo tenía él, pero con aquel tono raro de voz, el que significaba que no lo creía de verdad. Siempre sonaba triste cuando hablaba de Papá, y al cabo de unas semanas dejó de hablar de él y punto.
—Todavía no podemos ir muy lejos —dijo el hombre—. La gente se extrañará. Es probable que se pregunten por qué estaba aquí, y no con ellos.
Eso último lo dijo en voz muy muy baja. Casi no lo oyó.
Fue con paso presuroso a uno de los escritorios de cerca del fondo y metió la caja debajo, con un borde asomando.
—Si puedes, quédate abajo —le dijo—. Es más seguro.
Se preguntó cómo lo sabía. A lo mejor él podía contarle lo que estaba pasando. Porque ella no tenía ni idea.
Mamá había olido el humo: estaban quemando el poblado, eso es lo que dijo Mamá. Entonces la cogió por la mano y tiró de ella para llevarla al sitio seguro. Tampoco sabía dónde estaba eso o qué pasaría allí.
Habían llegado corriendo hasta el centro del pueblo, al lado mismo de la tienda más elegante donde a Mamá le gustaba mirar de vez en cuando por el escaparate, cuando la gente llegó a su altura. Corriendo, como ellas, sólo que el correr de los demás era de algún modo diferente.
En ese momento Mamá pareció asustarse de verdad. Varios de los hombres olían a queroseno, y uno iba riendo aunque tenía las puntas del pelo carbonizadas.
Mamá tiraba y tiraba; le estaba costando mantener el ritmo y la gente empezó a mirarlas, y Mamá intentó cogerla en brazos pero no le daban las fuerzas e intentó seguir corriendo pero no podía —tanto se estaba cansando— y entonces tropezó y se le escurrió la mano y ya no veía a Mamá y no sabía adónde había ido Mamá o por qué no había vuelto…
Salvo por el chillido.
Cerró los ojos y se aovilló en una bola.
Quería olvidar el chillido, y no podía, por mucho que se esforzase.
Ahora
Jillian se puso a trabajar en una esquina del agujero. Becca se dirigió a la otra punta del sótano, con la nariz por delante para averiguar dónde era más fuerte el olor.
Jillian se había puesto en contacto con los investigadores de la científica y había reclamado a todo el mundo, no sólo a los que estaban de servicio, además de otro detective y varios agentes para encargarse de los interrogatorios. Es lo que tendría que haber hecho Becca. Jillian le estaba cubriendo las espaldas, sacándole las castañas del fuego con Chase.
Las dos sabían que Chase era clave. Podía poner un montón de trabas a la investigación, y era posible que ya lo hubiera hecho. Becca intentaría descubrirlo manteniéndose cerca de él, yendo de buen rollo, si podía.
Jillian no estaba segura de que pudiera manipularlo. De ahí su solicitud de un segundo detective.
Becca no iba a poner objeciones a eso. No iba a poner objeciones a nada. Todavía no.
Sin embargo, sí conocía a Chase lo bastante bien para saber que, si hubiera cometido un crimen, no lo habría hecho de un modo que pusiera en peligro toda su fortuna. Lo habría encubierto de una manera creativa, escondiendo el cuerpo en el desierto o llevándoselo al lago Waloon o a lo mejor hasta el océano mismo.
Era demasiado listo para matar a alguien y llamarla. Sabía que era capaz de manipularla, pero también que la manipulación no siempre funcionaba.
Respiró hondo. Los nervios olfativos se acostumbraban a los olores, pero ése —el olor a podredumbre y descomposición— nunca se disipaba del todo. Una podía vivir con él durante semanas y todavía reconocerlo, a diferencia de la mayoría de los olores. La única diferencia sería que ya no se le antojaría tan fuerte como a los demás.
En ese momento todavía era nuevo para ella. Y no procedía de esa parte del sótano.
Recorrió el perímetro, sin dejar de olisquear, consciente de que lamentaría esa parte de la investigación. Los olores fuertes como ése perduraban en la nariz y el recuerdo. Sería capaz de rememorarlo siempre que quisiera.
Como si fuera a querer.
Cuando hubo acabado, recorrió el perímetro una vez más, con cuidado de seguir las mismas huellas.
Al final, dijo:
—Sale del agujero.
—Pues claro —dijo Jillian. Ella también había empezado en una esquina.
Cuando Becca habló, Jillian se echó hacia atrás sobre las rodillas hasta reposar el cuerpo en los talones. Se frotó las manos y luego contempló el desaguisado que tenían delante.
—Esto me supera —dijo—. No sé cómo actuar. No estamos adiestradas para una calamidad de estas proporciones. Tendré que llamar a expertos.
—¿Expertos? —preguntó Becca.
—Hay gente especializada en investigar fosas comunes.
—De modo que esto es un cementerio.
Jillian la miró, como si Becca la hubiera malinterpretado aposta.
—Fosas comunes. Como las que encontraron en Irak, Bosnia o la Alemania nazi.
Becca soltó una bocanada de aire. El ambiente se le antojaba más cargado de lo que era normal en el aire del desierto. Los olores parecían ir a peor, en lugar de mitigarse.
—¿Eso es lo que es? ¿Algún tipo de masacre?
—No estoy segura. Por eso quiero expertos. Tú quieres proteger a Chase…
Becca empezó a negarlo, pero claro, era una tontería. Sí que quería proteger a Chase.
—… pero yo quiero proteger Hope.
Le hizo falta un momento para entender lo que Jillian había dicho.
—¿Proteger Hope?
—¿Cuánto sabes de historia, Becca? —preguntó Jillian.
—Lo bastante para saber que en Hope no ha muerto nunca ningún grupo grande de personas. Todavía tenemos nuestro barrio chino, y fuimos uno de los refugios para los negros, incluso cuando el estado de Oregón los proscribió en su constitución. Lo vimos en la escuela, Jillian, ¿te acuerdas?
—¿Crees que la gente habla sobre las masacres?
—Creo que la gente se acuerda —dijo Becca—. Creo que las masacres no permanecen enterradas para siempre.
Jillian contempló la tierra que tenía delante. Había un fémur partido a apenas unos centímetros de sus rodillas.
—Tienes razón —dijo—. Nada permanece enterrado para siempre.
Entonces
—¿Cómo te llamas? —preguntó él al cabo de un poco.
La pregunta la sobresaltó. En el banco había reinado un silencio total, aunque había mantenido una oreja encima de todo y un ojo preparado. Podía controlar las orejas, los ojos y a veces la boca; todavía no tenía dominado nada más. Los escalofríos se habían vuelto más intermitentes, pero aun así la asaltaban y la hacían ondular como si fuera de agua.
—Tranquila —dijo él—. Seguimos solos.
Como si ése fuera el problema. Su familia intentaba no poner nombre a nada. Los nombres volvían rígidas las cosas.
Con todo, sus padres le habían concedido un nombre humano, para que todo el mundo pudiera llamarla de alguna manera, y Mamá decía que el nombre le hacía más fácil conservar la forma.
A lo mejor si pensaba en él ahora…
El hombre echó un vistazo bajo la mesa.
—¿Te encuentras bien?
La recorrió otro escalofrío y fue incapaz de encontrar su boca.
—Todavía no han vuelto.
Si tuviera su forma humana, asentiría. Pero no la tenía. Entonces la boca asomó hacia delante.
Él se apartó tan rápido que se dio con la cabeza en el canto del escritorio.
—Lo siento —dijo—. Me has asustado.
—Sarah —dijo ella.
—¿Eh? —La miró con la frente arrugada.
—Me llamo Sarah.
—Ah. —Se mordió el labio inferior, doblándolo hacia dentro—. Me había imaginado algo más raro…
Dejó de hablar, se pasó una mano por la boca y luego sonrió.
—¿Un apellido?
Un apellido. Mamá también le había explicado eso. El apellido describía a tu clan. El nombre era sólo tuyo, especial de cada uno.
—Jones —dijo.
—Jones —repitió él—. ¿La hija de Earl Jones?
Earl era el nombre que habían decidido para Papá.
—Sí —respondió.
—Jesús. —Volvió a pasarse la mano por la boca y luego miró a sus espaldas—. Yo soy Jess Taylor. Es posible que tu padre te haya hablado de mí.
Papá no había hablado de nadie, al menos no delante de ella.
—¿Lo has visto últimamente? A tu padre. Tengo unas cosas para él.
Se le pobló el ojo de lágrimas, y luego su cara, su cara humana, se formó en la parte superior de su piel.
A Jess Taylor se le congeló la expresión y luego sonrió, aunque la sonrisa no parecía real.
Quería secarse la lágrima del ojo, pero no tenía manos. Empezó a cobrar forma una, y la obligó a desaparecer. Tenía que permanecer pequeña.
—No lo has visto, ¿verdad? —preguntó Jess Taylor.
—Hace mucho que no.
Jess asintió. Luego frunció el entrecejo. Sacó el cuerpo de debajo de la mesa y se sentó derecho. Ella fluctuó hasta el borde de la caja. Jess miraba hacia las ventanas y, ahora que pensaba que no lo veía, parecía asustado.
—¿Qué pasa? —preguntó ella.
—Me parece que vuelven —respondió él—. Tenemos que trasladarte. ¿Puedes estar callada?
Había estado callada hasta que él había empezado a hacer preguntas. Pero no dijo eso; se limitó a contestar:
—Sí.
—Voy a tapar la caja. No hagas nada hasta que vuelva por ti. ¿Vale?
—Vale —dijo ella, aunque se suponía que tenía que hacer dos cosas: estar callada y esconderse.
A lo mejor cuando «ellos» volvieran traerían a Mamá. A lo mejor cuando «ellos» volvieran podría irse a casa por fin.
Ahora
Becca y Jillian usaron precinto policial para acordonar el Natatorio. La brigada de policía científica podía encargarse de los pisos superiores. Becca no le veía sentido. Sabía que el cuerpo —el cuerpo que estaba recién muerto— se encontraba en aquella piscina excavada.
Jillian estaba en el sótano del Nat, montando una cuadrícula para trabajar en el hoyo. Sabía que parte del trabajo recaería en el equipo local. Aunque había hablado por teléfono con el laboratorio criminalístico estatal, no tenía ni idea de cuándo se presentarían los expertos.
«Cuanto antes mejor», les había dicho, pero tanto ella como Becca sabían que eso no supondría ninguna diferencia. Oregón era un estado de impuestos bajos y, más que financiar servicios importantes, los recortaba. El laboratorio trabajaba ya con dos años de retraso en casos importantes, y no tenía personal extra del que desprenderse para una fosa común en mitad del desierto.
Desde luego no tenía fondos para contratar a un experto. Becca tendría que sacar dinero del presupuesto policial o conseguir que el fiscal de distrito del condado de Hopewell lo pagara antes de presentar cualquier cargo.
El departamento de Jillian sin duda tampoco tenía el dinero suficiente. Apenas le llegaban los fondos para un ayudante.
Aunque se presentaron varios agentes más, amén de otros dos detectives, Becca se encargó de la mayor parte de interrogatorios en persona. No quería que sus colegas espantaran a los sin papeles. Los necesitaba para la investigación.
Empleando una mezcla de inglés y su español del instituto, se las ingenió para tomar declaración a los obreros. También se enteró de que varios empleados habían desaparecido cuando Chase interrumpió el trabajo y la llamó, aunque les había dicho que estarían a salvo.
Por supuesto, ninguno quiso darle sus nombres. El puñado de empleados que habían mencionado siquiera a sus amigos parecían asustados por el desliz.
Hasta los residentes legales —los que tenían la ciudadanía y los que habían nacido en Estados Unidos— insistieron en enseñarle sus papeles. Unos cuantos dieron palmadas en sus documentos y le dijeron:
—Compruébelos. Vaya a ver. Todo está en regla.
Cuando terminó, fue a su coche, cogió otra botella de agua y echó un largo trago. Sí, el calor la había agotado, al igual que los cuerpos y la destrucción de allí abajo, pero el miedo que se había encontrado también la agobiaba.
La gente no debería tener miedo de responder a unas preguntas sencillas. No en Estados Unidos.
Suspiró y se bebió media botella. Luego la dejó dentro, se protegió los ojos con la mano y miró hacia el sol.
Parecía quedarle mucho trecho por recorrer antes de desaparecer tras las montañas. Por lo general le gustaban los largos días del verano. Hoy no era así.
—¿Ya puedo mandar a todo el mundo a casa? —preguntó Chase desde detrás de ella.
—Sí. —No se volvió. Odiaba ese hábito suyo de acercarse tanto que la obligaba a topar con él si hacía cualquier movimiento—. Por desgracia, no van a poder trabajar aquí mañana.
—Ni pasado ni el otro. ¿Qué es eso de unos expertos?
—Jillian no puede ocuparse sola del yacimiento —explicó Becca—. Cree que es histórico, y si hace algo mal…
Chase suspiró. Becca sabía que entendía el papeleo histórico. Había tenido que superar una buena cantidad de él sólo para arrancar ese proyecto.
—¿Qué más necesitas de mí? —preguntó.
«Que te apartes un poco», pensó, pero dijo:
—Necesito ver el resto de los edificios. ¿Alguno está cerrado?
—Unos cuantos —respondió él—. Sobre todo el teatro, que es lo que he usado para almacenar el material, y el hotel, claro.
Se había puesto en su línea de visión, al parecer molesto por el modo en que no le prestaba atención. Como ya no lo tenía tan cerca, pudo volverse.
—¿El hotel? —preguntó—. ¿Por qué el hotel? Todos entrábamos en él de pequeños.
—Y no teníamos ni idea de cuánto valían el mostrador de recepción o los pomos de las puertas. Aquí tengo un montón de subcontratistas, y corren otros tiempos. —Se pasó una mano por el pelo. Algunas de las hebras brillaban de sudor—. Voy a perderlo todo, ¿no es así?
Becca sintió una punzada de lástima.
—No lo sé. Podrás volver a trabajar aquí. Lo que no sé es cuándo. Él le dedicó una amarga sonrisa.
—Ya.
Quería preguntarle si se arrepentía de haberla llamado. Quería preguntarle si iba a culparla del retraso.
Pero no lo hizo. La Becca de antes hubiera hecho esas preguntas.
La nueva Becca tenía que fingir que no le importaba.
Entonces
Jess Taylor cogió la caja y partió con ella bajo el brazo. Daba botes con cada paso. Ella perdió la boca y uno de los ojos a medida que la recorrían más escalofríos.
Se preguntaba: si pensaba en ella misma como en Sarah, ¿se convertiría en una niñita humana?
No estaba dispuesta a intentarlo. Todavía no.
La dejó al lado de un archivador. La madera veteada le recordaba a su padre, que una vez se había convertido en un archivador caro, sólo para mostrarle cómo transformarse en objetos de los quehaceres cotidianos.
«Para una emergencia —le había dicho—. Para una emergencia». Como ésa. Si se lo hubiera pensado bien, se habría convertido en algo independiente como el archivador, no en algo largo y en apariencia interminable como la acera o los ladrillos.
Era distinto convertirse en un objeto permanente que no respiraba. Para hacerlo tendría que pegarse a él y, de algún modo, dormir. Pero los novizuelos no podían hacerlo. Era una habilidad que adquirían al hacerse mayores.
A su edad, sólo un progenitor podía ayudarla a realizar un cambio durmiente.
Jess Taylor puso una toalla encima de la caja. Olía a jabón y sudor. Filtraba la luz.
Ella cerró el ojo que le quedaba y escuchó mientras el banco se llenaba de voces. Voces agitadas, masculinas…
—Mira que quedarte aquí, ¿en qué coño pensabas?
—Te lo has perdido todo.
—Tendrías que haberlo visto. Hacia el final ni siquiera parecían humanos.
Las voces se entremezclaban y enredaban en revoltijos de palabras, pero «ni siquiera parecían humanos» se repetía una y otra vez.
Su gente no parecía humana. No cuando eran archivadores, sillas o tablones de madera de las aceras. Pero respiraban, luchaban y pensaban. ¿No bastaba con eso?
Papá había dicho que bastaría, aquel día tan lejano:
«No tenemos elección —había dicho a los reunidos—. Estamos atrapados aquí, y Hope es mejor que el resto de las ciudades que he visto. Estamos aislados. Si podemos presentarnos ante ellos como trabajadores, a lo mejor nos aceptarán. No pueden ver cómo vivimos; tendremos que vivir como ellos. Sin embargo, al cabo de un tiempo, se acostumbrarán a nosotros. Verán lo parecidos que somos. Respiramos como ellos, luchamos como ellos, pensamos como ellos. Lo entenderán. Lo aceptarán. Con el tiempo».
El tiempo pasó. Y nada cambió. Tenían su propia parte del pueblo, cerca de los chinos que también se negaban a hablar con ellos.
Y cuando atacaron a uno de los suyos a las afueras de la ciudad y no pudo mantener su forma…
En fin, Mamá no quería hablar del tema. Y todo el mundo esperaba que Papá hiciera algo, pero no sabía qué. Se lo dijo a Mamá. No lo sabía.
Entonces se fue. En busca de algún sitio nuevo, dijo Mamá. Pero ella ya no se lo creía. Papá hubiera regresado mucho antes. Y no había vuelto.
Y Jess Taylor pareció entristecerse cuando se enteró de su apellido humano. Por Papá.
Las voces proseguían:
—Chillan de lo lindo.
—Uno hasta ha suplicado.
—Tendrías que haber estado.
Y entonces Jess Taylor dijo:
—Alguien tenía que vigilar el banco.
—Si no te conociera —dijo una voz grave de hombre—, echaría un vistazo a la caja fuerte. Qué ocasión tan ideal para echar mano de algo.
—Adelante, señor —dijo Jess Taylor—. No encontrará nada fuera de su sitio.
Sonaba raro. Como si hubieran herido sus sentimientos. Los humanos se lo hacían unos a otros de vez en cuando, pero siempre hacían las paces. Nunca con su gente, sino entre ellos.
Sólo que nadie pidió disculpas a Jess Taylor. En lugar de eso, las conversaciones cambiaron. Alguien le pasó por delante y oyó el girar de un disco, seguido de un chasquido metálico. Viró su ojo bueno, pero no podía ver a través de la toalla que Jess Taylor había echado sobre la caja.
—A mí me parece en orden, señor —dijo otra voz.
—Asegúrate —ordenó la voz grave.
—Nadie me da las gracias por haberme quedado, ¿verdad? —preguntó Jess Taylor con ese tono quedo que usaba cuando insultaba a su gente.
—¿Qué dices? —preguntó la voz grave.
—Nada, señor.
Más chasquidos. El sonido de botas sobre mármol. Voces bajas, contando y comparando.
La voz grave:
—Parece que has hecho bien, Taylor.
—Gracias, señor.
—Pero no actúes por tu cuenta otra vez, ¿de acuerdo? Hace que la gente sospeche. Sobre todo en los tiempos que corren.
—¿Me toma por uno de ellos, señor?
—Si lo fueras, serías un idiota por quedarte —dijo la voz grave.
—Además —añadió otra voz—, le hemos visto herido. No cambia como hacen esos demonios.
—Supongo que es verdad —dijo Jess Taylor de nuevo con ese tono quedo.
—No te parece bien —dijo la otra voz.
—¿El qué? —preguntó Jess Taylor, en tono más alto.
—Lo que hemos hecho.
Durante un largo instante, Jess Taylor no respondió. Ella contuvo la respiración, esperando no oírle cometer un error. Si cometía un error, la encontrarían.
—No sé lo que han hecho —dijo por fin.
—Podríamos enseñártelo —observó uno de los hombres, y todos se rieron.
—Gracias —dijo Jess Taylor sin ningún calor—, pero creo que puedo imaginármelo por mí mismo.
Ahora
La entrada principal del hotel estaba cerrada con candado. Las persianas también estaban aseguradas. Cuando era pequeña, aquello parecía un edificio abandonado, espeluznante pero todavía vivo. Ahora se antojaba un lugar desalmado, un lugar que se caería a trozos si alguien retiraba los cierres.
Becca observó cómo Chase quitaba el candado y se lo enganchaba al cinturón. Después apartó el pasador metálico y abrió de un empujón las puertas dobles de caoba.
Becca las recordaba. Se acordaba de cómo se colaba la luz por sus rendijas, con más motas de polvo danzarinas de lo que habría creído posible.
Junto a la puerta había unas ventanitas, pero en el lado opuesto del vestíbulo unos ventanales desde el suelo hasta el techo se abrían a la extensión de desierto mesetario y las montañas de más allá. El cristal era viejo, tenía burbujas y estaba a todas luces hecho a mano. Unas ventanas tan espectaculares como ésas suponían una rareza cien años atrás y habían sido —en los buenos tiempos del hotel— uno de sus principales reclamos.
Entró, estornudó por el olor a moho y polvo y vio agitarse más motas por sus movimientos. Chase se quedó al lado de la puerta, mirándola.
—Íbamos a revivirlo todo —dijo. El verbo en pasado la entristeció—. Imagínate ese mostrador de allí, abrillantado, con empleados detrás, ordenadores encima, clientes delante.
Becca observó el mostrador de recepción, rayado y sucio, que abrazaba una esquina entera de la sala. Detrás había anticuadas casillas para correo, algunas llenas de relleno de sillas, probables nidos de ratas o ratones.
—La gente observaría las vistas o iría al Natatorio para echar un partido de tenis o nadar un poco. Íbamos a construir un campo de golf al lado, y viviendas, justo donde no se verían desde estas ventanas. —Chase metió las manos en los bolsillos de atrás. Contempló el panorama, que todavía arrojaba luz a pesar de los cristales sucios—. Habría sido espectacular.
—Todavía no se ha acabado, Chase —dijo Becca. No era propio de él rendirse con tanta facilidad. En realidad, aquel discurso suyo la estaba haciendo recelar. ¿Se había metido en apuros financieros? ¿Había metido algo muerto hacía poco entre los huesos como excusa para notificarlo a las autoridades? ¿Quería que el proyecto acabara por algún motivo que ella no entendía aún?
—Lo más probable es que la mitad de mi equipo haya huido hoy.
—No son ellos los que restaurarán este edificio.
—¿Quién va a venir en cuanto se sepa que hay una fosa común en los terrenos?
A eso no sabía cómo responder.
—Un montón de gente visita campos de batalla.
—Los campos de batalla —dijo él— son otra cosa.
—Nosotros fuimos a Little Big Horn. Allí todavía están descubriendo cadáveres.
—De hace ciento cuarenta años.
—No tienes ni idea de cuántos años tienen esos cuerpos —dijo ella.
Él se encogió de hombros, se volvió y le dedicó una de sus sonrisas «bah, qué más da».
—Tienes razón. Todavía no sé nada. Salvo que a este sitio le pusieron un nombre adecuado.
El Fin del Mundo. Becca suspiró y planteó la pregunta que de repente había empezado a temer.
—¿Tienes seguro?
—¿De qué? ¿Paralización? Claro. ¿Pérdidas de beneficios e invalidez? Claro. ¿Cuerpos muertos en mi obra? Quién coño sabe.
—A lo mejor tendrías que enterarte —dijo ella—. Estoy segura de que esto no se encuadra como acto de Dios.
Chase inclinó la cabeza hacia ella, como diciendo: «Touché».
—Tengo que echar un vistazo —dijo Becca—. A solas.
Él asintió y caminó hasta la puerta.
—Ven a verme cuando hayas acabado.
—Sí —le dijo ella, pero ya había salido. Supiró y observó el suelo. La vieja moqueta estaba cubierta de polvo surcado de huellas, algunas tan antiguas que estaban enterradas bajo capas de arena. Había sillas rotas amontonadas en la esquina, y las escaleras que llevaban al primer piso se habían podrido.
Con todo, el hotel tenía una buena osamenta. El ladrillo del exterior lo había aislado de las inclemencias del desierto: los calurosísimos veranos y el frío helador de los inviernos. Hasta los ventanales del suelo al techo tenían doble acristalamiento, algo tan inusual que no lo había visto jamás en un edificio de esa antigüedad.
El lugar no olía a muerte como el Natatorio. En realidad, salvo por sus huellas y las de Chase, no parecía que hubiera pasado nadie por allí desde hacía un mes o más.
Encendió la linterna y dirigió la luz hacia los rincones oscuros. Algo se alejó correteando de la chapa de oro labrada de delante del ascensor. Examinó los escalones —ajá, podridos— y el maltrecho mostrador de recepción. Detrás había una puerta abierta que llevaba a las oficinas. Había estado en ellas de pequeña.
En realidad, había estado en todos los rincones de aquel lugar de pequeña. El hotel entero la había fascinado, salvo por una parte.
Hizo acopio de valor y luego avanzó hacia la derecha, mientras apuntaba la luz a la pared del fondo. Cuando el haz la iluminó, el papel de la pared reverberó como un espejismo provocado por el calor.
Tragó saliva. Eso, por lo menos, no había cambiado. La pared reverberante y los gemidos del edificio —debidos probablemente al modo en que el viento lo atravesaba silbando en los días secos del desierto— daban pábulo a las historias de que el hotel estaba embrujado.
La recorrió un escalofrío. Acababa de ver un agujero lleno de cuerpos muertos hacía mucho, todavía llevaba en la nariz el olor a descomposición (y probablemente también en la ropa), y era el viejo hotel el que la dejaba muerta de miedo.
Que lo investigase algún otro. Que los técnicos de la policía científica se aseguraran de que no había pasado nada malo allí en el pasado reciente. Ella ya había hecho todo lo que pensaba hacer.
Apagó la luz y trató de no escuchar los susurros mientras se encaminaba hacia la salida.
Entonces
Al cabo de un buen rato, la mayoría de las voces paró. Unas pocas siguieron. Voz Grave siguió. Daba órdenes y hablaba con algunos de los demás.
Entonces le dijo a Jess Taylor que se fuera.
Contuvo el aliento mientras se preguntaba qué sería de ella.
Entonces alguien recogió la caja. Se dio un golpe contra un lado.
—¿Qué llevas ahí? —preguntó Voz Grave.
—Sólo una caja —respondió Jess Taylor—. Tengo que llevarme unas cuantas cosas de mi casa. Se me ha ocurrido coger esto para meterlas. La traeré de vuelta por la mañana.
—Échale un vistazo, Dunnigan —dijo Voz Grave.
Se estremeció. No podía evitarlo. Fluctuó todo lo lejos que pudo hasta una esquina de la caja, metió la oreja hacia dentro y cerró el ojo que le quedaba, esperando que Dunnigan no la viera; o que, si la veía, no supiera lo que estaba mirando.
La caja dio un salto y entonces cambió la luz. Debían de haber quitado la toalla. El aire se cargó de tabaco y sudor. Se puso rígida, sintió que empezaba un escalofrío y lo obligó a remitir.
—Está vacía, jefe —dijo el tal Dunnigan, justo encima de ella.
La caja dio otro bote y la luz menguó.
—¿Contentos? —preguntó Jess Taylor. Su tono era ácido.
—Tienes que reconocer —dijo Voz Grave— que hoy te has comportado de una manera un poco rara.
—Me he comportado como un empleado responsable —replicó Jess Taylor—. Me he quedado cuando todos los demás se han ido. Con toda la emoción, nadie ha pensado en cerrar. Yo me he asegurado de que los cajones estuvieran cerrados con llave, de que la caja estuviera sellada y de que los registros de cuentas estuvieran en las mesas correspondientes. Le he echado un ojo al lugar y me tratan como a un delincuente.
—Tú harías lo mismo, Taylor —dijo Voz Grave.
—No, señor, le ruego que me disculpe pero no. Yo reconocería cuando un empleado obra bien, no sospecharía que es un ladrón porque haya tomado una iniciativa.
El silencio duró una eternidad. Todavía contenía el aliento. Tuvo que soltarlo, todo lo silenciosamente que pudo. Notaba que la caja se agitaba con la respiración de Jess Taylor… si es que era él quien la sostenía. Esperaba que lo fuera.
Parecía el único humano —la única persona— en la que podía confiar.
Al final, Voz Grave dijo:
—Puedes llevarte la caja.
—Gracias, señor. —Qué sarcasmo en la voz de Jess Taylor. Se preguntó si Voz Grave lo notaba—. ¿Puedo irme ya?
—Por supuesto —dijo Voz Grave.
La caja daba saltos con cada paso. Oyó el chirrido de una puerta al abrirse y la sacudida al cerrarse. El aire se volvió más cálido y la toalla ondeó un poquitín.
—Quédate quieta —dijo Jess Taylor con ese murmullo suyo—. Todavía no hemos salido de ésta.
Ahora
Cuando salió del hotel, el cielo presentaba un intenso azul grisáceo. El anochecer había caído con rapidez, como siempre sucedía en la meseta desértica. En cuanto el sol se hundía tras las cimas de las montañas, la luz cambiaba y el aire traía un asomo de frescura.
Si tan sólo amainara el viento. Arreció durante media hora más o menos con el auténtico crepúsculo y le asaeteó la piel con granos de arena como minúsculos cuchillos.
Los empleados de Chase ya habían partido. También la policía, a excepción de dos agentes a los que habían encargado vigilar el lugar de los hechos. Al parecer los técnicos no iban a trabajar por la noche, lo que tenía sentido, dada la ubicación y las preguntas que quedaban pendientes sobre cómo manejar el escenario del crimen.
Chase estaba apoyado en su Ford Bronco, con un móvil pegado a la oreja. Se encontraba de espaldas a ella, pero notaba lo irritado que estaba por la posición de sus hombros.
Caminó hacia él y luego se detuvo cuando oyó lo que decía.
—… No estoy seguro de lo que van a encontrar aquí, Lester, pero ésa no es la cuestión. La cuestión es que probablemente este proyecto no avanzará durante meses. Necesito que compruebes nuestra responsabilidad. También quiero que examines las pólizas de seguros y, de algún modo, sin revelar nuestra mano, hables con los pocos inversores que se apuntaron al principio. Les había prometido la oportunidad de un rendimiento a dos años vista. Este proyecto cobró vida porque pensé que podíamos sacarlo adelante por la vía rápida.
Hablaba con su abogado. Por lo general esas conversaciones estaban acogidas al secreto profesional entre abogado y cliente, pero no estaba segura de lo que pasaba cuando se hacían en el exterior y por un teléfono móvil.
Aun así, debería darle a entender que estaba allí.
No se movió.
—Ésa no es la cuestión, Lester. La cuestión es que ya tengo un capital de 1,2 millones de dólares atado a este sitio, y ahora todo quedará en el aire…
Uno de los agentes la vio. Ella lo saludó con la cabeza.
—Por eso quiero que te enteres de si estamos asegurados para algo como esto. No estoy seguro de poder permitirme tener tanto dinero inmovilizado indefinidamente.
Arrastró el pie por la tierra al reemprender la marcha hacia delante. El siguió hablando, de modo que tosió.
Chase se volvió, hizo una pausa y suspiró. Entonces dijo:
—Mira, te llamo en un par de horas. A ver si tienes unas cuantas respuestas para entonces, hazme el favor.
—¿Cómo está Lester? —preguntó ella.
—¿Me has oído?
—Lo bastante para saber con quién hablabas. —Lester había llevado su divorcio. Hacía más de dos décadas que era el abogado de Chase. Becca no tenía ni idea de si era bueno, pero saltaba a la vista que Chase no tenía quejas. Por lo general despedía a la gente que no cumplía bien con su trabajo.
Chase se metió el móvil en el bolsillo delantero de la camisa. Después desprendió el candado de su cinturón.
—Supongo que es mal momento para invitarte a cenar.
—Siempre es mal momento, Chase —dijo ella.
Él respondió con una levísima sacudida de cabeza.
—¿Qué fue lo que hice, Becca? ¿Tan malo era estar casada conmigo?
—Me divorcié —respondió ella—. Debería ser respuesta suficiente.
Pero no lo era, porque él se lo preguntaba a menudo. Y según lo planteaba era como si hubiera cometido una locura al dejarlo. Lo cual, decía su terapeuta, era prueba suficiente para ella de que había hecho lo correcto.
Becca esperó a que hubiera puesto el candado en el hotel antes de caminar hasta su coche patrulla. Aun entonces, esperó con un brazo apoyado en la puerta abierta mientras él volvía a su Bronco.
Parecía derrotado. ¿Era lo bastante buen actor para fingir una emoción tan difícil? No estaba segura, pero lo dudaba.
Y Jillian diría que lo dudaba porque quería.
—He cambiado de idea —dijo cuando lo tuvo cerca—. ¿Qué me dices de una pizza?
—Que bien si aquí tuvieran pizzas de verdad.
Había ido a la escuela en Chicago; pensaba que la pizza del oeste era demasiado ordinaria o demasiado californiana. Insípida y baja en calorías, le había dicho una vez.
Se esperaba la respuesta, pero no el modo cansino de pronunciarla.
—Bueno, pues ¿qué me dices de eso que llamamos pizza aquí en el salvaje oeste?
La miró largo y tendido como si estuviera calibrando sus intenciones. Ella se aseguró de mantener una expresión neutra.
—¿Vas a interrogarme? —preguntó.
—¿Debería?
—Supongo que deberías. —Abrió la puerta del Bronco—. Y deberías saber que pienso pedir espaguetis.
—Aguafiestas —dijo ella; se metió en el coche patrulla y siguió a Chase afuera del aparcamiento.
Entonces
La caja fue dando botes durante lo que se le antojó una eternidad. Oyó botas que traqueteaban en la tarima de madera, botas que raspaban la tierra, botas que enmudecían al llegar a la hierba. Oyó voces, conversaciones lejanas a ella. Oyó un motor mecánico, uno de esos flamantes automóviles que hacían creer a los humanos que habían entrado en una edad tecnológica.
Papá siempre había dicho que estaban atrasados. Si estuvieran tan sólo un poco más adelantados, si la Tierra no hubiera estado tan centrada en el petróleo, el gas y el carbón, a lo mejor su gente podría haber reconstruido la nave. Pero los materiales todavía no habían sido fabricados, y las fuentes de energía eran demasiado pesadas o demasiado combustibles. Necesitaba algo más sofisticado, pero no disponían de recursos suficientes para elaborarlo por sí mismos.
Tampoco disponían de la capacidad para tomar lo que pasaba por tecnología en aquel lugar y modificarlo de acuerdo con sus necesidades.
De vez en cuando una de las voces saludaba a Jess Taylor y le preguntaba qué llevaba en la caja. Él daba la misma respuesta —«Nada»— y seguía adelante como si fuera cierto.
Caminó durante mucho tiempo.
Entonces oyó de nuevo botas sobre madera, unos cuantos chirridos y el chasquido de un picaporte. Otro chirrido —éste distinto, como de una puerta al abrirse— y la luz que se filtraba por la toalla parecía más tenue.
Por fin, Jess Taylor dejó la caja.
—Un segundo —dijo.
Oyó cerrarse una puerta y luego un frufrú que reconocía: cortinas echadas. En aquel lugar hacía calor. Las ventanas deberían haber estado abiertas en lugar de tapadas. En el aire flotaba un vago olor a grasa y sábanas sin cambiar.
Entonces se retiró la toalla. Giró el ojo hacia arriba. Jess Taylor la estaba mirando.
—Ésta es mi casa —dijo—. Vivo solo, de modo que nadie nos molestará. No me esperan en ningún sitio hasta mañana.
No estaba segura de por qué le contaba todo eso.
Él acercó una silla a la mesa, se sentó y preguntó:
—¿Tienes alguna idea de qué debemos hacer ahora?
Ahora
Becca no tuvo que decirle adónde iban porque era la única pizzería de todo Hope en la que él accedería a poner un pie. Se encontraba en un edificio destartalado del sudeste, todo lo lejos del Fin del Mundo que podían ir.
La pizzería —llamada Reuben’s, nada menos— era propiedad en realidad de un italiano neoyorquino desplazado que echaba de menos la cocina de su abuela. Hacía pizza porque a los adolescentes les encantaba y porque era una comida fácil y barata para las familias, pero su pasión eran los platos italianos, desde la lasaña hasta una salchicha marinara casera especial cuya receta mantenía en secreto.
Chase salía del baño cuando ella entró en los servicios de señoras. Cuando salió ya estaba sentado hacia el fondo, en un banco de vinilo rojo, con las manos cruzadas sobre el mantel a cuadros. Llevaba las puntas del pelo mojadas, al igual que un lado de la cara.
Lavándose no se había desembarazado por completo del olor a podredumbre que le había invadido la nariz, pero lo había atenuado un poco. El intenso aroma a ajo y masa horneada ayudaba.
Para cuando llegó a la mesa, Chase bebía de una copa de vino. A ella la esperaba un té frío. Sintió un arrebato de irritación: ¿Cómo sabía lo que quería? ¿Acaso se lo había preguntado? No, claro que no… y entonces lo dejó correr.
Él siempre había actuado así y, hasta que lo dejó, ella se lo había consentido. No le había dado a entender de ninguna manera que ya no tenía derecho a tomar decisiones por ella, y no parecía el momento.
—He pedido los espaguetis tamaño familiar con salchicha marinara —dijo.
Becca suspiró. Iba a tener que aclararle las cosas, al fin y al cabo. Pero él alzó la mano, como si quisiera atajar lo que tenía que decir.
—Entonces me he dado cuenta de que estaba siendo un capullo, o sea que he pedido una pizza pequeña con pepperoni y una cesta de pan de ajo.
Mientras lo decía llegó el pan, de aspecto crujiente, grasiento y delicioso.
—Lo siento. Sé que tendría que haberlo pensado.
Becca no estaba segura de si era una disculpa real o no. Ni siquiera estaba segura de si debía sentirse enfadada o no. A veces deseaba tener un botón de marcado rápido para su terapeuta, para poderle hacer una simple pregunta: ¿Cuál era la respuesta adecuada a esa acción particular de Chase? ¿Debería sentirse halagada o insultada? ¿Debería dejarlo en su sitio? ¿O debería realizar sus ejercicios de respiración mientras se recordaba que ya no estaban casados?
—Podríamos, creo, cambiar los ingredientes de la pizza. —Su preocupación sonaba sincera—. Me parece que todavía no la han metido en el horno.
—No, está bien —dijo ella—. La verdad es que cien mil calorías llenas de grasa me suenan de maravilla ahora mismo.
De modo que había optado por una respuesta, y había sido pasiva/agresiva. Bravucona para ella. Qué poco constructivo.
Chase parpadeó, con aspecto algo aturdido, y luego se encogió de hombros.
—Parece que estás de humor para interrogarme.
Becca cogió una rebanada de pan de ajo. La mantequilla se acumuló contra sus dedos y se dio cuenta de que tenía hambre.
—¿Cuánto te expones a perder si el Fin del Mundo quiebra?
—¿Quiebra? —preguntó él—. ¿O se queda en el aire?
—Es lo mismo, ¿no? ¿No me has dicho que necesitabas acabar esto rápido?
Chase dio vueltas a su copa de vino y echó un trago enorme, algo que ella no le había visto hacer nunca.
—Deja que te explique el Fin del Mundo, ¿puedo?; antes de que entremos en los detalles que a ti te parezcan importantes.
No era la única capaz de ser pasiva/agresiva, pero dejó pasar el comentario. Ella lo había incitado, al fin y al cabo.
—Dispara —dijo.
Chase le hizo una seña al camarero, pidió agua para los dos y se bebió la suya tan rápido que parecía un hombre a punto de morir de sed. Después arrastró su otra copa hasta el final de la mesa, como si reservara el vino para más tarde.
—El Fin del Mundo —dijo, recreándose en las palabras como si fueran las de una amante—. ¿Recuerdas lo mucho que nos gustaba?
Lo mucho que le gustaba a él. Pero no le corrigió. En lugar de eso, asintió.
—Recuerdo cuando hablaba de restaurarlo, de convertir el Fin del Mundo en «el» destino de vacaciones de Oregón, y tú te reías y me decías que quién iba a querer venir a Hope.
—Eso era antes del boom —dijo ella, sorprendida de no sentirse a la defensiva.
—Antes de que Hollywood descubriera lo barata que era la tierra, antes de que rodaran la mitad de sus westerns aquí, antes de que los californianos compraran todo lo que había a la vista.
E intentaran convertir la ciudad en una California en miniatura, con sus centros comerciales, sus cafeterías y sus tiendas pijas que personas como Becca no podían pisar siquiera a menos que hubiera una emergencia policial.
—Hollywood se ha ido —dijo ella—. Se han mudado a Canadá.
—Pero vienen aquí de vacaciones. Hacen esquí, cazan, pescan. Disfrutan de las preciosas vistas. Quieren jugar a golf, lacrosse, polo y fútbol, si tan sólo podemos encontrarles un sitio. La ciudad todavía no lo tiene todo, y si lo tuviéramos vendrían incluso más.
—¿Es el discurso que les sueltas a los posibles inversores? —preguntó ella—. Porque ya me lo sé.
Lo había practicado en buena medida con ella a lo largo de los años. No estaba de acuerdo con todo, pero lo había animado con algunas partes. Ella también quería que Hope creciera. Cuando era pequeña, la ciudad estaba agonizando, y el nombre, «Esperanza», parecía su modo de hacer planes de futuro.
—Los lugares de interés histórico son el próximo bombazo turístico —dijo él—. La gente quiere visitar el pasado, siempre que cuente con todos los servicios del presente.
El camarero sirvió la pizza. El queso todavía reventaba a causa del burbujeo de la salsa de tomate por debajo.
Becca tomó una porción. Para su sorpresa, Chase hizo lo propio.
—Entonces dime —le preguntó—: ¿Cómo es que en esto está metido tu dinero en lugar del de otra gente?
Chase suspiró.
—Cuesta más reacondicionar el viejo hotel y el Natatorio de lo que costaría echarlo todo abajo y construir edificios modernos comparables a partir de cero.
—¿Y eso a tus inversores no les gustaba?
—Les gusta todo lo demás. Les gusta el balneario, los campos de golf…
—¿Campos? —preguntó Becca.
—Cuatro —aclaró él—, además de edificios de viviendas, rutas para montar a caballo y un posible rancho de vacaciones cerca de las estribaciones de las montañas.
—¿Cuánto terreno has comprado?
—Sólo el Fin del Mundo —dijo él—. Resulta que el terreno va desde la carretera hasta las montañas.
—Dios mío —dijo Becca.
—Era todo matojos y desierto, inservible hasta para ranchos, aunque los propietarios originales del Fin del Mundo lo arrendaran para eso.
—¿A quién se lo compraste?
—A los herederos. Ya no viven en Oregón. Lo recordaban de su infancia, se imaginaban que la tierra no valía gran cosa y lo vendieron por una miseria. La tierra no era el problema. El problema eran el hotel y el balneario.
—Los inversores querían que construyeras desde cero, y tú te negaste. —Alzó un poco la voz al final de la frase, ante todo porque estaba sorprendida. Chase hacía lo que quería dentro de lo razonable, pero nunca había rechazado dinero de aquella manera—. Te tomaste realmente a pecho lo de reconstruir ese lugar.
—Tenía documentos, itinerarios, investigaciones y proyectos que demostraban lo mucho que le encantaría a la gente. Ahora van a cabañas históricas. Joder, Timberline Resort es el segundo destino de Oregón.
—¿Y el primero es?
Chase bajó la vista.
—El casino de Spirit Mountain.
Que no tenía hotel histórico. Nada salvo una casa de aspecto más bien barato y un gran casino a la entrada del corredor de Van Duzer en la cordillera de la costa.
—Pero hace cuarenta años consideraban que esa tierra no valía nada —dijo él.
—Porque eran terrenos tribales en medio de la nada —replicó ella.
—No hace falta que te pongas de su parte —dijo él con tono cortante.
La reacción la sorprendió. Él nunca perdía los estribos. Se enfadaba o impacientaba y a veces alzaba la voz, pero por lo común manipulaba, tergiversando la conversación hasta que ella se sorprendía dándole la razón, aun a sabiendas de que no debería.
—De modo que, repito —le dijo—: ¿Hasta dónde estás metido en esto?
—El noventa por ciento de la financiación del balneario sale de mi bolsillo. —Echó otro trago de vino y dejó la copa casi vacía. ¿Cuántas veces le había dicho a ella que el vino había que beberlo a sorbos y no a buches? Probablemente ni había notado el sabor.
—Eso es mucho dinero.
—Más del que te crees.
—De modo que te arruinas si no sale adelante.
Se acabó el vino y dejó la copa en el borde de la mesa, una evidente indicación de que quería más.
—Eres pesimista de cojones.
—No soy pesimista, no he venido aquí para juzgarte. —Aunque era mentira. En ese momento, su trabajo era juzgarlo—. Intento hacerme una idea de lo que pasó en ese natatorio.
—Crees que alguien asesinó a un montón de gente y la enterró debajo de la piscina. Hace mucho, mucho tiempo. Me parece que no debería obstaculizar mi proyecto.
Becca suspiró.
—No hablo de los cadáveres antiguos. Hablo del olor.
Chase se quedó paralizado. El camarero volvió, cogió la copa de vino y se alejó sin preguntar qué se esperaba que hiciera con la bebida de Chase. A lo mejor la expresión de su cara lo había ahuyentado.
—Ya te lo he dicho —repitió Chase—. Era un animal.
—Todavía no lo hemos encontrado. Estamos actuando bajo la suposición de que el cadáver reciente es humano.
—¿Y te crees que yo qué? ¿Saboteé mi propio proyecto? ¿Por qué coño iba a hacerlo?
—No lo sé. —Becca alzó la voz lo suficiente para ahogar la suya—. A lo mejor no tenías bastantes fondos. A lo mejor querías dejarlo ya.
—¿Y te crees que destruir el proyecto es el mejor modo de dejarlo? Si quiero perder varios millones de dólares, me los jugaré a la ruleta. Si quiero clausurar el proyecto, lo clausuraré.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—No quería. —Agarró el borde de la mesa. Por un momento, Becca pensó que iba a impulsarse para levantarse.
Pero no lo hizo. Se pasó una mano por el pelo, respiró hondo y se obligó a recostarse.
—¿No quieres? —preguntó ella—. ¿O ves esto como una situación en la que sales ganando de cualquier modo?
Él la miró como si estuviera loca.
—¿Perdona?
—En cuanto encontraste los cuerpos debajo de la piscina, supiste que eso podía congelar el proyecto. Pero querías salir sin perder nada de dinero. De modo que encontraste un modo de que el seguro pudiera cubrirlo. Algo garantizado, no un cementerio antiguo como tú creías que era, sino una investigación policial…
—¿Crees que metí un cadáver allí por… el dinero del seguro?
—No lo sé —dijo ella—. ¿Lo hiciste?
Tenía la boca abierta. La miraba como el día en que le dijo que se iba. Si tuviera que hacerlo, Becca apostaría por que estaba diciendo la verdad, pero ese tipo de experiencias, ese tipo de corazonadas, no se sostenían ante un tribunal.
Además, sabía que sus reacciones ante él no siempre eran las correctas.
—¿De verdad me crees capaz de algo así? —preguntó él con voz queda.
—Lo que yo crea no importa —dijo ella—. Esto es una investigación policial, y tengo que…
—Una mierda —cortó él—. No hace falta que explores hasta la última posibilidad. Crees que soy capaz de matar a alguien y meterlo en el Natatorio para cobrar el puto seguro.
El camarero vacilaba junto a la puerta de la cocina. Llevaba en la mano otra copa de vino. Los observaba con expresión cautelosa.
Tenía que conseguir que Chase se calmara. Necesitaba que pensara con claridad.
—¿Quieres que esto lo investigue yo o alguien de Portland? Porque va por ese camino.
—¿Aunque resulte que tengo razón y lo que hay allí abajo es un puñetero coyote?
—Aun así —dijo ella—. Ahora tenemos entre manos algo grande, y no hay manera de taparlo. Jillian ha llamado al laboratorio criminalístico estatal. Vamos a tener periodistas. ¿Quieres que escriban que nos peleamos a gritos en nuestro restaurante italiano favorito?
—Que te den por culo, Becca —dijo él—. Lo tenías planeado.
—¿Que te enfadaras?
—Y con público, joder. ¿Tanto me odias?
Becca tragó saliva. Empezaba a enfadarse.
—Me lo preguntas mucho. Conque aquí tienes la respuesta, Chase: no te odio. En cualquier caso, sigo colada por tus lamentables huesos, y eso me supone un problema. También supone un problema para esta investigación, puesto que soy la única detective titulada del cuerpo de policía de Hope. De momento estoy manteniendo al margen al equipo investigador del Valle, pero eso no durará si seguimos así.
Chase estrelló las dos manos contra la mesa con tanta fuerza que la superficie de madera falsa enganchada a la pared dio un auténtico bote. Después se levantó y avanzó furibundo hacia el lavabo de caballeros.
Becca respiró hondo, soltó el aire y volvió a respirar. Y otra vez, y otra, deseosa todavía de tener una línea urgente con el terapeuta. ¿Se quedaba respirando hasta marearse o se largaba sin más?
Estaba llevando aquello de muy mala manera y pronto correría la voz. El jefe la relevaría y la investigación pasaría a ser un asunto estatal en lugar de local. Y ese tipo de publicidad perjudicaría a la nueva Hope, el lugar que en realidad tenía un futuro.
El camarero se acercó a la mesa. Todavía llevaba la copa de vino.
—¿Cree que la querrá? Porque…
—Sí —dijo ella—. Querrá ésa y más. Traiga la botella entera.
Se comió su porción de pizza poco a poco, bebió del té frío y esperó, con un ojo puesto en la puerta del baño. Las otras tres mesas, ocupadas por familias jóvenes, la miraban de reojo, como si el problema hubiera sido ella, y no Chase.
La puerta del lavabo de caballeros se abrió mientras se acababa la tercera porción. El camarero había vuelto dos veces, una con la botella de vino y la otra con un cuenco atiborrado de espaguetis con salsa de salchicha marinara. Por estresada que estuviera, Becca se veía probablemente capaz de comérselo entero sin ayuda de Chase.
Para alivio suyo, él volvió a la mesa y se sentó entrando de lado.
—Vale —dijo—, como te me pones toda oficial, he aquí lo que necesitas saber: tengo seis millones de dólares metidos en esto. Eso es dinero de verdad. También tengo préstamos pendientes por valor de diez millones, y eso no es ni por asomo suficiente para rematarlo todo. Espero que, cuando el hotel y el Nat estén acabados, los inversores acudan en tropel. Si no es así, estaré endeudado hasta mi muerte, aunque el lugar sea un éxito.
Becca soltó la corteza de pizza que había estado manoseando. Se resistió al impulso de arrastrar la bandeja de espaguetis hacia ella.
—¿Cubre esto mi seguro? ¿Cómo coño voy a saberlo? De lo que estoy seguro es de que mi agente no lo sabe. Sé que la aseguradora no tiene una auténtica idea y que su departamento jurídico regateará con la jerga policial y el aspecto político de todo el asunto durante meses. De eso hablaba con Lester. Espero que él pueda encontrar unas cuantas respuestas, o al menos un argumento, para adelantarnos a una parte de los tiras y aflojas, siempre y cuando vosotros decidáis cerrarme el chiringuito de verdad.
—Ya te lo hemos cerrado, Chase —dijo ella—. La cuestión es durante cuánto tiempo.
—Lo sé. —Cogió la copa de vino y luego volvió a dejarla—. Pero ya me entiendes. Esto podría ser una molestia de un par de días o una pesadilla de un año. Y como todo es una sola propiedad, estoy bastante seguro de que podéis tenerme de brazos cruzados durante mucho tiempo.
—Si esos cuerpos son americanos nativos, es posible que tengas razón —dijo ella.
Chase soltó un largo suspiro. Después desplazó la copa de vino hasta dejarla más cerca del plato de ella que del de él.
—Así pues —dijo—: ¿Tengo un móvil para conseguir el dinero del seguro? No. Sería un estúpido de intentar ese plan. Si quisiera el dinero del seguro, encontraría otro modo de procurármelo. Y sería listo, Becca. Esto es tonto de cojones. Lo pone todo en peligro sin concederme ningún beneficio en absoluto. Saldré en las noticias para los restos, no podré salvar el tipo y me arruinaré. Joder, me valdría más desaparecer y empezar de cero que hacer eso. No soy tonto de cojones, Becca.
—Lo sé —dijo ella.
—No tengo motivo para haber metido nada allí.
—¿Lo tiene alguien más? —preguntó ella.
—Sí —respondió él mientras estiraba la mano hacia la bandeja de espaguetis—. Sí, me temo que un montón de gente lo tiene.
Entonces
¿Por qué le preguntaba a ella qué hacer a continuación? ¿Acaso no era él el adulto, el que estaba a cargo? Ella era sólo un bebé, en realidad, más pequeña que cualquier otro de su grupo.
Pero él no formaba parte de su grupo. Ni siquiera estaba segura de que existiera ya un grupo. ¿Adónde habían ido todos?
Cuando las chabolas ardieron, la gente que quedaba huyó. Mamá la había agarrado. Iban a sólo una corta distancia del grupo.
Y no llegó a saber lo que había sido de ninguno de ellos.
—¿Qué pasa con mi Mamá? —le preguntó a Jess Taylor.
Él cerró los ojos, giró la cabeza y se secó el sudor de la frente. Después miró hacia la ventana, como si quisiera abrirla. Se puso en pie y ella pensó que iba a hacerlo, pero lo único que hizo fue coger otra toalla y limpiarse los dedos.
Cuando volvió a sentarse, se veía otra expresión en su cara. Tenía los ojos abiertos, pero más tristes, si es que eso era posible.
A veces se preguntaba cómo aquellos humanos podían creerse tan diferentes de la gente. Aquellos humanos también cambiaban, sólo que no tanto. Y a veces aquellos humanos cambiaban por fuerza de voluntad, igual que hacía la gente.
Igual que Jess Taylor un momento atrás.
—No vas a parar de preguntar, ¿verdad? —dijo.
Ella parpadeó hacia él. No sabía cómo responderle, salvo a lo mejor para decirle que por supuesto que seguiría. Quería a su Mamá y su Mamá la había dejado en la acera.
Esa tarde habían pasado cosas malas, y había oído algunas. Una de ellas sonaba como Mamá.
—No sé lo que ha pasado —respondió él—. Lo descubriré lo mejor que pueda. Lo prometo. Pero puede llevarme días.
Días. Quería plegar las orejas, cerrar los ojos y acurrucarse en una pelotita. ¿Qué le pasaría a ella durante esos días?
—Ya lo he visto antes —dijo él—. No esto, exactamente, pero lo mismo más o menos. La gente se enfada por las cosas más raras, y tendrás que reconocer que vosotros sois raros.
A ella no se lo parecía, pero tampoco respondió a eso, y se limitó a seguir escuchándole.
—Es decir, creo que por fin entiendo de dónde sale esa violencia, ese impulso. No es por vosotros.
Levantó una mano, como si quisiera tranquilizarla. No estaba segura de por qué la tranquilizaba.
—Sale a la superficie por las diferencias. Son pasmosas. Y a veces, no pretendo ofenderte, pero, a veces, son repulsivas. Los humanos no llevamos bien la repulsión. Nosotros…
Sacudió la cabeza, se levantó, fue hasta la ventana y se asomó por la cortina. Llevaba la espalda de la camisa manchada de sudor, con una marca húmeda en forma de V en el tejido.
—No me puedo creer que todavía los defienda.
Volvió a sacudir la cabeza. Después dejó que se cerraran las cortinas y regresó a la silla.
—Lo más seguro… Lo siento, pero lo más seguro es que tu madre no lograra escapar. Igual que tu padre. Probablemente ella… Probablemente ellos… quiero decir, ya lo has oído esta tarde. Tienes suerte de estar aquí. Y si tu madre está viva…
Se detuvo, se pasó una mano por la boca y sacudió la cabeza una vez más.
No dijo nada más.
Ella estaba conteniendo la respiración. Al final la soltó. Había aparecido su otro ojo. Al parecer necesitaba verlo. Su cuerpo empezaba a realizar cambios por su cuenta.
—¿Tú crees que sigue viva? —preguntó.
—No —respondió él.
—Pero has dicho…
—Ya sé lo que he dicho. —Suspiró—. Mira, Sarah, si tu madre sigue viva, es probable que no sea por mucho tiempo.
—Entonces tenemos que encontrarla.
—No me refería a eso.
Sintió que se le tensaba la piel. La recorrió otro escalofrío. Las púas empezaron a formarse y las contuvo con un esfuerzo de voluntad. No quería que él supiera que de repente se sentía amenazada.
—¿A qué te referías? —preguntó.
—Me refería a que probablemente no han acabado.
—Pero he oído a los hombres, han entrado en el banco, decían que se había acabado, decían que había sido… divertido. Decían…
—Ya sé lo que decían. —Se pasó los dedos por la frente—. Ya lo sé. Y sé que unos cuantos volverán. Algunos probablemente no se han ido. Y acabarán. ¿Me entiendes? Acabarán.
—¿Podemos llegar a ella antes de que acaben?
Él la miró, y aquella tristeza regresó a sus ojos. Su cara entera parecía triste, y se preguntó por un segundo si la veía siquiera, si la estaba mirando a ella o hacia alguna otra parte —alguna otra persona— como un recuerdo, tal vez, como esas formas fantasmales que a veces adoptaba la gente cuando pensaban en un familiar muerto hacía tiempo.
—Si intentamos llegar hasta ella —dijo por fin—, nos matarán a nosotros también.
—A ti no —dijo ella.
Él soltó una media carcajada, como si ella le hubiera arrancado el sonido con un susto.
—Sarah, cariño —le dijo—, si tu gente no hubiera venido, la habrían tomado conmigo tarde o temprano. Siempre es así.
Ahora
—Ya sabes a quién no le caigo bien. —Chase usó las pinzas para pescar sus espaguetis. De algún modo se las apañó para no mancharse de salsa la camisa—. Antes te tocaba a ti aguantar las llamadas de teléfono.
Becca se acordaba. Las llamadas llegaban a última hora de la noche. A veces se limitaban a colgar. A veces eran más serias. Unas pocas llegaban incluso a las amenazas.
En aquellos tiempos el sistema telefónico de Hope era demasiado rudimentario para ofrecer servicios como la identificación de llamadas, de modo que Becca tuvo que poner un rastreador en la línea. Había ido a ver a todos y cada uno de los responsables para advertirles que su comportamiento era ilegal y que, en caso de que los negocios de Chase acabaran mal o él resultara herido, serían los primeros sospechosos a los que acudiría.
La mayoría parecieron atenerse a razones. Un par mascullaron que el único motivo de que Chase se hubiera casado con ella era que quería protección policial. Ni siquiera Becca era lo bastante insegura para creérselo.
Se sirvió una ración pequeña de espaguetis, apenas suficiente para llenar una esquina del plato que le habían ofrecido, y aun eso sólo porque le encantaba la salsa. Se concentró ante todo en la pizza, su té frío y Chase.
—¿Qué pasa con este proyecto? —preguntó—. ¿Alguna cara nueva?
Chase usó la cuchara como contrapeso para evitar que los espaguetis que estaba enrollando se cayeran del tenedor. Se afanaba en ello como si se tratara de un rompecabezas de especial dificultad.
—Obviamente, nunca has asistido a las reuniones del ayuntamiento.
—No para eso —dijo ella. Evitaba los asuntos municipales en la medida de lo posible.
—Media ciudad lo odiaba. Algunos que no me esperaba, gente que me había apoyado cuando quería reformar los grandes almacenes Beiker del centro.
—¿Los conservacionistas se te pusieron en contra?
—Sí. —Se comió los espaguetis enrollados, tragó y bebió un poco de agua—. Creen que el Fin del Mundo es una mala idea, un sitio peligroso y la última gota que convertirá Hope en una réplica de California.
—Caramba —dijo Becca—. Yo hubiera dicho que les encantaría.
—Yo también —afirmó él—. Me quedé pasmado. Un par llegó a amenazarme.
—Estás de broma.
Sacudió la cabeza.
—Ray McGuillicuty, ¿te acuerdas de él? Me dijo que me arrepentiría de haber comprado el Fin del Mundo.
—¿Crees que eso fue una amenaza, viniendo de un hombre de noventa años?
Chase se encogió de hombros.
—En su momento me pareció palabrería. Pero tiene dinero, contactos y una reputación turbia. Amasó su fortuna montando bares clandestinos a finales de los treinta, y garitos de juego en los cuarenta. Corre el rumor por la ciudad de que si alguien quería montar un negocio ilegal —una clínica de abortos, un ruedo de peleas, tráfico de drogas— McGuillicuty le alquilaba un local o personal para ese negocio, a cambio de una tajada, por supuesto.
Becca había oído los rumores, pero también sabía que McGuillicuty había sido un ciudadano ejemplar desde los años sesenta.
—¿Tú crees que todavía tiene tanta influencia?
—Creo que si alguien de Hope es lo bastante listo para detener mi proyecto enterrando un cuerpo en los terrenos, ése es Ray McGuillicuty.
—Eso es concederle mucho poder.
—Si tienes razón —dijo Chase—, y alguien intenta cerrarme el chiringuito, Ray es mi primer candidato.
Becca intentó no reírse. No podía imaginarse a aquel anciano tan preocupado por el futuro de Hope. Aun así, no iba a pasarlo por alto.
—¿Quién más? —preguntó mientras se acababa el té frío. Le hizo una seña con el vaso al camarero, que asintió.
—Dios bendito —exclamó Chase—, la sociedad conservacionista entera. Todas las señoras bien y también sus maridos. La mayor parte de los ricos de toda la vida de Hope —los pocos que hay— me advirtieron que lo dejara.
—¿Como el viejo McGuillicuty? —preguntó Becca. El camarero se presentó con una jarra y la dejó en la mesa. Ni siquiera se molestó en servir. Todavía parecía un tanto nervioso por el arrebato anterior de Chase.
—No tan descarados —aclaró éste—. Pero todos se tomaron la molestia de decirme que el Fin del Mundo es el lugar más gafado de Hope y que todos los relacionados con él han acabado perjudicados por esa conexión.
—Encantador —dijo Becca—. La superstición sigue en plena forma.
—Y al parecer opinaban que yo tenía que tomar decisiones empresariales basándome en ella.
—No lo hiciste, sin embargo.
—Creo que algunos de mis inversores sí —dijo Chase—. El comité de conservación sabía quiénes eran mis inversores habituales. Se pusieron en contacto con una serie de ellos, que se retiraron. Uno llegó a decirme que las viejas propiedades sobre las que corrían rumores de mala suerte por lo general tenían un motivo detrás.
—Resulta que el tipo tenía razón —observó Becca.
—La tipa —corrigió él—. Y supongo que la tenía.
—Lo que significa… —Becca se dio golpecitos con el dedo en la barbilla— que alguien estaba al tanto de la existencia de esos cuerpos.
—¿Por qué te lo parece? —preguntó Chase.
Ella le sonrió.
—Los rumores de mala suerte tienen que empezar en alguna parte.
—¿Crees que eso tiene alguna relación con el olor?
—Probablemente no, pero ahora mismo, esos viejos cadáveres son el único delito que tengo que investigar. Empezaré por ahí.
—En cuanto acabes de hostigar al empresario local.
—En cuanto acabe de cenar con mi ex marido, que ha tenido un día espantoso.
Entonces
No sabía a lo que se refería Jess Taylor con lo de que los humanos la hubieran tomado con él, y él no quería aclararlo. Caminó de un lado a otro de la parte anterior de la cabaña, echó un poco de agua de una jarra en un vaso y bebió.
Luego la miró.
Ella se preguntó si se arrepentiría de haberla ayudado. A lo mejor la entregaba.
A lo mejor ella chillaba.
Quería suplicarle que se quedara con ella, suplicarle que la ayudara, pero no lo hizo. Papá solía decir que la gente que suplicaba no se merecía ayuda. Tenía que ayudarse a sí misma.
Sólo que ella no podía hacerlo, no sin saber lo que había pasado. Las respuestas no eran sencillas. Su casa había desaparecido, eso al menos lo sabía. Cuando las chabolas ardieron, la suya se habría quemado con ellas. Papá siempre tenía agua cerca de las velas. Solía decir: «Este lugar es tan primitivo y está tan mal construido que vamos a morir aquí en un estúpido incendio porque no podremos ocuparnos de él a tiempo». Se equivocaba en lo de que morirían. Ninguno de ellos había muerto en esa cabaña, aunque no estaba segura sobre los demás, la gente que vivía en las chabolas donde empezaron los incendios.
Deseaba que Papá estuviera con ella en ese momento. Deseaba que él hablara con Jess Taylor, de adulto a adulto. Ellos se entenderían. Ellos sabrían lo que había pasado y lo que había que hacer a continuación.
—¿Tú comes? —preguntó Jess Taylor. Dio vueltas al agua en su vaso. Todavía la miraba de aquella manera extraña.
Tuvo que formar una boca. La había perdido mientras él caminaba. Su cuerpo no estaba seguro de qué forma adoptar, de modo que estaba asumiendo varias a la vez, lo que la mareaba.
—Como —dijo.
—Quiero decir si comes lo que comemos nosotros.
—Cuando me parezco a ti —respondió. La comida de su gente había desaparecido cuando era muy, muy pequeña. Tuvieron que volverse como los humanos sólo para poder ingerir alimento humano.
—Cuando te pareces a mí —repitió Jess Taylor—. ¿Qué pasa con el aspecto que tienes ahora?
—Ahora no soy nada —dijo ella—. Necesito ser algo para tomar comida.
Algo que ella entendiera. Algo cuyos sistemas fueran de algún modo compatibles. Papá y los demás científicos tuvieron que trabajar durante una temporada para conseguir que sus sistemas funcionaran como el de los humanos. Todavía tenían que hacer cambios, cambios que ella no entendía.
Papá decía que era afortunada. Había empezado a cambiar a forma humana de muy joven, de modo que la tendría grabada. Si tenía que esconderse, podía camuflarse como uno de ellos para siempre porque su cuerpo estaba habituado a su extrañeza.
El de él nunca lo estaría. Algunos de los más mayores se pusieron muy enfermos en los primeros años.
Algunos de los más mayores murieron.
—¿Con cuánta frecuencia necesitas comer? —preguntó Jess Taylor.
—No lo sé —dijo ella—. La misma que tú, supongo.
Porque siempre comía cuando lo hacía Mamá. Era demasiado joven para elegir el momento de su comida. Para comer había que adiestrarse como en todo lo demás.
—Estupendo —dijo él con ese tono bajo de voz que tenía, el que se suponía que nadie debía oír. Después lo alzó un poco—. ¿Qué pasa con el agua? ¿También la necesitas?
—Si me parezco a ti —dijo ella—, actúo como tú. Mis necesidades son como las tuyas.
«Eso es lo que tiene de bonito —le dijo Papá a Mamá una vez—. Y de maldición. Si nos quedamos aquí demasiado tiempo, perdemos nuestra identidad. Nos convertimos en otro ser. Entonces nunca nos encontrarán».
«¿Por qué nos iban a buscar? —preguntó Mamá—. Por lo que a ellos respecta, perdimos nuestra ubicación de asentamiento y nos las apañamos como pudimos».
«Siguen la pista de las nuevas colonias. Tienen que hacerlo —dijo Papá—. No nos mudamos sólo por el crecimiento de población. Esos lugares son concienzudamente escogidos también por su riqueza de materias primas».
No estaba segura de lo que quería decir «riqueza de materias primas», pero Mamá lo había sabido. Mamá había mirado a Papá con desaprobación. Papá se había encogido de hombros, porque a esas alturas ya llevaba su forma humana a todas horas, y luego le había sonreído.
«Nos localizarán, aunque sólo sea para ver el tipo de riqueza que hemos descubierto aquí».
«¿Y si no encontramos ninguna?», dijo Mamá.
«Ésa no es la cuestión —dijo Papá—. La cuestión es si nos encontrarán antes de que nos perdamos a nosotros mismos».
—De modo que tendrás que decidirte por una forma en algún momento de esta noche, ¿no es así? —dijo Jess Taylor. Se había acercado a ella. No se había dado cuenta antes. ¿Había estado tan absorta en sus recuerdos que no lo había visto caminar?
—Supongo —dijo ella.
—¿Puedes ser otra cosa durante un rato? ¿Una mesa, a lo mejor, o la caja?
—Soy demasiado pequeña —respondió—. No puedo hacerlo sola, no durante mucho tiempo. Por eso no he podido ser ladrillo. Lo he intentado, pero todavía no soy buena. Y en cualquier caso no puedo aguantar mucho. No conozco el cambio durmiente. Necesito moverme, respirar y alimentarme como tú.
Él suspiró. Se hundió en la silla de al lado de la mesa.
—Me lo temía.
Dio otro sorbo de agua, se examinó la mano y luego examinó la pequeña cabaña. Luego se levantó y volvió a la ventana, donde se asomó entre las cortinas.
—Nadie —dijo—. De momento estamos tranquilos.
—Lo sé —dijo ella, aunque no fuera así. Quería que a él se le ocurriera un modo de ayudarla. Tenía cada vez más miedo de que la echara ahora que ya sabía la mayor parte de sus secretos.
Él metió la mano en la caja, cerca de su piel pero sin tocarla.
—Esta tarde te has vuelto del color del ladrillo —dijo—. ¿Puedes volverte del mismo color que yo?
Ella lo miró con la misma intensidad con que la miraba él. Luego emitió un leve suspiró.
—Sí —dijo.
—Parecías dudar.
—No puedo hacer ojos azules —explicó ella—. Los tuyos no lo son.
Él sonrió de repente, como si no se lo esperara.
—Tienes razón. Los míos no lo son. ¿Alguna otra cosa humana que no puedas hacer?
—No puedo ser una adulta —dijo—. Tengo que «corresponder aproximadamente».
Pronunció esas dos últimas palabras con mucho esmero. Eran palabras de su padre. Antes ella había conocido sólo el concepto, no cómo expresarlo. Señalaba cosas, cosas que quería ser durante más de una hora, más de un día.
Él sacudía la cabeza. A veces se reía. Le encantaba cuando su padre se reía.
«Novizuela —le decía—, tienen que corresponder aproximadamente».
Por encima de todo quería ser una adulta. Los humanos, más que la gente, trataban a sus jóvenes de manera muy diferente. Pero no tenía suficientes años para ser adulta. No podía fingirlo, ni siquiera le salía bien el tamaño.
El problema se hacía extensivo también a otros seres vivos. Podía ser un arbolillo, pero no un árbol. Un cachorro, pero no un gato.
Algún día correspondería aproximadamente. Sin embargo, no sabría cuándo hasta que adoptara una forma humana y esa forma fuera adulta.
—Eres una niña —dijo Jess Taylor—, o no te llamarían Sarah. ¿A qué edad correspondes aproximadamente?
—Diez —dijo, porque eso había dicho Mamá cuando la llevó a la escuela dos años antes. Aunque sus conocimientos habían crecido y sus cursos habían progresado, no había cambiado, no como sus compañeros de clase.
De modo que le había preguntado a su padre por ello, y él le había dicho: «Aproximadamente, novizuela. Corresponder aproximadamente. Envejecemos de manera diferente a ellos. Más lento, me parece».
Pero no lo sabía. Había tanto que no sabían… tanto que no comprendían…
Entonces se fue y nadie sabía nada, y Mamá odiaba las preguntas.
—Diez —repitió Jess Taylor y asintió, casi complacido—. Diez puede funcionar.
—¿Para qué? —preguntó ella, trabándose con las palabras en su boca recién formada.
—Para mantenerte viva, niña —dijo él, y tamborileó con los dedos en el borde de la caja mientras se levantaba—. Para mantenerte viva.
Ahora
Para cuando llegó a casa, Becca estaba demasiado cansada para perseguir rumores. Se dio una ducha, que no le sacó aquel olor de la nariz. Su minúscula casa era un horno, a pesar de la bomba de calor en la que había malgastado lo que le quedaba del dinero de su acuerdo de divorcio, y al final tuvo que encender su querido y anticuado enfriador por evaporación, del que no podía convencerse de librarse.
En teoría, el desierto se enfriaba por la noche, pero últimamente el fresco llegaba sin el beneficio de la brisa. Empezó con el aire acondicionado, que era casi tan viejo como ella, y hacia medianoche lo apagó, puso un ventilador en la ventana y confió en la suerte.
No podía dormir. La preocupación por sí misma, por Chase y por la corrección de la investigación la tenían en vilo. Las menciones que había hecho Chase en la cena a rumores acerca del Fin del Mundo también la había inquietado.
Hubo un tiempo en que a Hope la llamaban the Hope of the West, «la Esperanza del Oeste». Fundada justo después de la guerra civil por filántropos e idealistas políticos, se suponía que debía ser un refugio para antiguos esclavos desplazados además de inmigrantes que no eran deseados en las grandes ciudades, y hasta familias chinas, siempre que permanecieran en su propio enclave en los confines del pueblo.
Los fundadores de Hope pusieron anuncios en todos los periódicos de gran tirada, donde prometían tierra y trabajo a las personas que nadie más quería. Hope también prometía plena igualdad a negros e inmigrantes, aunque la categoría «inmigrantes» no incluía a los chinos, a los que no se permitiría votar u ocupar cargos públicos. Hope era famosa por su relación con los chinos, con todo, porque permitía que familias enteras vivieran allí, siempre que se mantuvieran al margen. La mayoría de los estados sólo toleraba a varones.
El experimento no duró. Estados Unidos vedó la inmigración china a principios del siglo XX, y luego el estado de Oregón en sí empezó a aplicar la discriminación articulada en su constitución e intentó expulsar físicamente a los negros de Hope de su territorio. La ciudad entera lo impidió y permitió que los negros se quedaran en tanto en cuanto la ciudad (y el condado) prometieran no permitirles ocupar cargos electos o empleos para el Estado.
Aun así, Hope venía a ser una leyenda en el estado, un lugar donde podía percibirse a la gente como tan sólo un conjunto de habilidades. Donde, en palabras de Martin Luther King, Jr., podía juzgarse a las personas por el contenido de su carácter en lugar del color de su piel.
Tal era el legado de Hope, y el motivo de su nombre. A los niños de Hope les endilgaban esta historia desde el momento en que entraban en la escuela, y no paraban de oírla hasta que se graduaban en el instituto.
De modo que la idea de una masacre, cualquier masacre, en especial una que alguien recordaba y trataba de ocultar, iba en contra de todo lo que Hope representaba. Allí la gente no moría, no en grandes grupos. Qué caray, no morían ni en grupos pequeños.
Becca salió de la cama, cogió su bata más fina —que le había comprado Chase con motivo de uno de sus aniversarios— y se dirigió al sofá, la televisión y los programas de entrevistas de madrugada. A lo mejor un poco de parloteo le desconectaba el cerebro.
Porque todo aquel discurrir sobre una posible masacre —incluso una de hacía casi cien años— la alteraba más de lo que quería reconocer.
Entonces
Esperaron a que oscureciera del todo antes de que ella regresara a su forma humana. Hizo falta mucho tiempo.
La cabaña de Jess Taylor tenía tres habitaciones y una sala sin ventanas que él llamaba almacén. Le daba miedo. Era como la caja, pero más grande, y estaba en medio de las otras tres, como si les hubiera robado una parte de las esquinas para hacerse un sitito.
Nunca había visto nada parecido. Jess Taylor le dijo que allí guardaba trastos, pero no había gran cosa: unas cuantas cajas arrinconadas y varios tarros llenos de mermelada.
Las tres paredes tenían ganchos para faroles. Jess Taylor colgó uno antes de hacerla pasar al cuarto. Lo puso a poca potencia, para que no quemara demasiado queroseno y atufara la habitación… o provocara un incendio (al menos, ella esperaba que no provocara un incendio; ya había tenido fuego bastante para ese día).
Quitó la caja de la mesa, sin dejar de hablar con ella en todo momento, en general paparruchas de las que los humanos cuentan a los bebés, frases sobre que todo iría bien, que la habitación a lo mejor era pequeña pero serviría, que nadie veía dentro, que estaría a salvo.
No estaba segura sobre lo de a salvo. No estaba segura de seguir confiando en Jess Taylor, pero no tenía más remedio. No sabía qué otra opción le quedaba.
Él dejó la caja encima de las otras y puso un tarro en el suelo para que la puerta quedara entreabierta.
—Ahora dejaré que te cambies —dijo, como si se fuera a probar un vestido—. Dime algo cuando estés.
—¡No! —exclamó ella, todo lo fuerte que pudo, que no era mucho, dadas las circunstancias. Carecía de cuerpo detrás del sonido, y no había caído en que lo necesitaba hasta ese momento.
Eso también la asustó.
Al final se daba cuenta de lo verdaderamente indefensa que estaba.
—Tienes que quedarte —le dijo.
Él suspiró, con una mano apoyada en la puerta.
—Estoy seguro de que es algo íntimo. Nosotros, la gente como yo, nos damos intimidad.
—Tengo que verte —dijo ella.
—Estaré justo al otro lado de la puerta —aseguró él.
—Para cambiar —aclaró ella—. Tengo que verte para cambiar. No puedo hacerlo sin un ejemplo.
Él arrugó la frente.
—Yo no puedo… cambiar… como tú. No puedo enseñarte cómo.
Ella sacudió la cabeza.
—Para mirar. Necesito ver en qué me convierto.
Y aun así podía no funcionar.
Él bajó la cabeza y dejó caer el brazo.
—No estoy seguro de querer estar presente.
Ella no estaba segura de poder hacerlo sin él. En el pasado, Mamá o Papá siempre la habían ayudado. Siempre habían hallado una manera de hacerle superar las partes difíciles, como sacar los dedos de diferente longitud o acordarse de hacer brotar pelo.
—¿Y si me quedo en la puerta de espaldas a ti? —preguntó él—. ¿Eso ayudaría?
—¿Puedes decirme si me equivoco en algo? —preguntó ella.
Él agachó la cabeza más si cabe, pero al final dijo:
—Supongo que sí. Espera un momento, ¿vale?
Estaba asustada. Lo supo en cuanto él salió de la habitación. Si no hubiera dejado la puerta entreabierta, habría tenido más miedo todavía. No lo veía en absoluto.
Luego volvió, con una sábana.
—No tengo ropa de chica. Tendremos que encontrarte algo. ¿Puedes taparte con esto?
«Pudor», lo llamaba Papá.
«Monsergas», lo llamaba Mamá, sobre todo cuando el calor apretaba de verdad. Pero aprendieron a llevar cosas encima, y también le enseñaron a ella.
La ropa que llevaba cuando corría probablemente había quedado absorbida en su piel como combustible cuando se había convertido en la acera. Había pasado tanto miedo que ni se había dado cuenta.
Casi seguro que luego se ponía mala.
—Si me tapo con eso, ¿cómo sabré que me ha salido bien? —preguntó.
—Estoy seguro de que nadie se dará cuenta y de que darás el pego perfectamente —dijo él, en un solo golpe de voz como si no pudiera respirar.
—Nunca me ha salido bien a la primera —explicó ella.
—Lo harás perfectamente —repitió él, y cruzó el umbral después de dejar la sábana en uno de los estantes.
Le llevó mucho tiempo fluctuar hasta el borde de la caja. Para entonces había formado dedos (probablemente porque había estado pensando en ellos) y le habían salido de la longitud incorrecta. Pero iban bien para agarrarse a cosas, sobre todo cuando fluctuaba, de modo que no prestó atención a si estaban bien o mal.
Cuando llegó al borde de la caja tuvo que elegir entre seguir fluctuando hasta llegar al suelo o hacer unas piernas. No acababa de recordar los detalles de las piernas. Se sabía las rodillas y los tobillos —eran las partes que se doblaban— y los pies, pero había otras cosas que había olvidado y que sabía que saldrían raras.
Sabía asimismo que si enganchaba mal las piernas serían imposibles de mover, de modo que también hizo caderas.
En realidad, todo iría mejor si hacía primero las partes que se doblaban. Acababa de terminar los codos cuando Jess Taylor asomó medio cuerpo por la puerta, con la cara vuelta hacia el otro lado.
—¿Estás bien?
—Sí —dijo ella, porque no sabía qué otra cosa responder.
—¿Vas a tardar mucho más?
—No lo sé. —No sabía cuánto llevaba ya. La verdad era que no le importaba. Hacía falta mucha concentración para reformarse entera otra vez, e iba a ser más difícil por todo el miedo que había pasado antes.
El mero hecho de que se lo preguntara la descolocó durante un rato. Puso uno de los codos justo encima de la cadera y tuvo que rehacerlo, tratando de acordarse exactamente de cómo se doblaban los brazos.
Por último, hizo una conjetura sobre la forma humana que solía llevar —apenas esa mañana pasada, aunque se le antojaba una eternidad—, agarró la sábana y la sostuvo ante ella.
—¿Está bien así? —preguntó.
Jess Taylor se volvió muy poco a poco. Y entonces la miró.
Intentaba no demostrar lo que sentía, pero ella se lo notaba en los ojos. Confuso, asqueado, sorprendido, todo al mismo tiempo.
—Cerca —dijo al cabo de unos instantes—. Estás muy cerca.
Sin embargo, hizo falta casi toda la noche sólo para cuadrar la forma general —clavículas, siempre se olvidaba de las clavículas— y, en algún momento del proceso, Jess Taylor se olvidó de la sábana y le dijo que se hiciera un ombligo —del que ella no había oído hablar nunca— y le explicó los hoyitos de las rodillas.
Para cuando acabaron, tuvo la corazonada de que parecía más humana vista de cerca de lo que había parecido nunca cualquiera de su gente, y la idea la entristeció.
Pero no tuvo mucho tiempo para estar triste, porque Jess Taylor le dio un poco de pan y de agua y una manzana que guardaba en el silo subterráneo desde el otoño anterior, y le dijo que necesitaba dormir un poco antes de irse a trabajar.
—¿Me vas a dejar? —preguntó ella.
—Tengo que hacerlo —dijo él—. Estarás a salvo si no dejas que nadie te vea. No pueden saber que estás aquí. Volveré a última hora de la tarde. A lo mejor con algunas respuestas.
A lo mejor. Quería que se lo prometiera, pero no podía prometérselo. No podía prometerle nada. Nada en absoluto.
Ahora
Si aquélla fuera una investigación normal relativa a un asesinato que tenía que ver con la historia de la ciudad, Becca iría al café Blue Diamond. El Blue Diamond estaba en el centro exacto de la ciudad, en un edificio que lo albergaba desde la década de 1930. Los turistas entraban deambulando de vez en cuando en el Blue Diamond, veían los asientos rasgados y las ventanas sucias y deambulaban hacia fuera de inmediato.
Becca observó el café con anhelo mientras lo pasaba de largo. Aunque todos los veteranos de la ciudad se habrían ido ya hacía tiempo —era la avanzadísima hora de las 9 de la mañana— todavía encontraría alguien que le diera la bienvenida y una tortilla gratis que, en sus momentos de intimidad, ella llamaba un infarto emplatado.
Sin embargo, tenía que ir dos edificios calle abajo, a la Sociedad Histórica de Hope, instalada libre de alquiler en una de las reformas de Chase, el Hope Bankers Building and Trust.
La gente con dinero se había mudado hacía tiempo del Bankers Building, pero habían dejado atrás uno de los edificios de ladrillo más impresionantes de todo el este de Oregón. Chase había convertido la planta baja en tiendas y restaurantes, el primer y segundo piso en oficinas y los tres superiores en apartamentos que se vendían por cuatro veces lo que había pagado Becca por su casa apenas dos años antes.
Había una cafetería en el Bankers Building, un conato de réplica de los años cincuenta llamado Rock and Remember, que por lo general estaba abarrotado de californianos trasplantados, turistas o las dos cosas. Sin embargo las tortillas, por bien que allí fueran grandes, estaban hechas sólo con claras, y los chefs —si así podía llamárselos— usaban sólo las «grasas buenas» —nada de mantequilla o manteca—, lo que proporcionaba a la comida un regusto a cartón. Ni siquiera el café era café: era un mochaccino o un cappuccino o un espresso, algo que precisaba todo un idioma propio a la hora de pedir.
Aun así, entró, se procuró un latte doble espolvoreado y un café corriente y moliente y después se dirigió al ascensor.
El único modo de conseguir que Gladys Conyers hablara con ella, después de aquella desastrosa última entrevista, era ablandarla con su bebedizo favorito, a la vez que hacía que el soborno pareciera del todo accidental.
Gladys Conyers tenía cuarenta y cinco años y un carácter serio, una californiana trasplantada desesperada por convencer a toda la ciudad de Hope de que era de allí. Tenía cierta base. Sus abuelos habían nacido allí, sus padres se habían criado allí y ella había pasado allí todos lo veranos desde el día en que nació.
Su abuelo, Jack Conyers, puso en marcha la Sociedad Histórica de Hope, por amor al arte, en los cincuenta, después de regresar de la guerra. Opinaba que toda pequeña localidad estadounidense debía tener su historia grabada en su centro urbano para que los americanos supieran el maravilloso lugar del que procedían.
Además de conservar todos los periódicos de Hope, amén de cualquier recorte relativo a la ciudad aparecido en cualquier otro diario —hasta el llamativo artículo de The New York Times de hacía cuarenta años que situaba las estaciones de esquí de Hope en el mapa—, también se las ingeniaba para adquirir importantes piezas de la historia de la ciudad.
Antes dirigía un pequeño museo instalado en la parte de atrás de la Sociedad Histórica, pero últimamente había estado enfrascado en una campaña para recabar fondos y dotar a Hope de su propio museo histórico.
Becca sabía que no encontraría a Jack en la Sociedad Histórica. Se había vuelto comprensiblemente inaccesible en esos últimos años, desde que cumpliera los ochenta y cinco. Se imaginaba que sólo le quedaban unos diez años largos de vida, y quería pasarlos conservando la historia de Hope, no charlando con personas que tenían preguntas que podrían responder con facilidad por su cuenta.
De modo que Gladys había tomado las riendas de la sociedad. Poseía una gran erudición sobre Hope; más que la mayoría de los residentes de toda la vida, aunque ni se acercaba a su abuelo. Aun así, cualquiera que quisiese ver a Jack tenía que pasar por Gladys. Si ella podía responder a las preguntas, lo haría y Jack no perdería su precioso tiempo hablando sobre el pasado que supuestamente amaba.
La sociedad tenía una oficina en la planta baja porque vendía artículos procedentes de varios torneos de esquí y rodeos, además de curiosidades de Hope.
Becca intentó no fijarse en las baratijas, del mismo modo en que trataba de no hacer caso del extraño aroma lechoso del latte que llevaba en su bandeja de cartón. Se encaminó hacia el fondo, más allá del adolescente encargado del mostrador de ventas, hacia el despacho donde Gladys celebraba sus audiencias.
—No creas que con un latte conseguirás que te haga ningún favor —dijo Gladys desde detrás de la puerta de listones. Aquella mujer debía de tener un olfato de gran danés.
Becca abrió la puerta, dejó el latte en el soporte especialmente diseñado del centro del escritorio de Gladys, cogió su café normal y tomó asiento en la butaca.
—No te pido ningún favor —dijo.
—Tengo entendido que has parado las obras del Natatorio. —Gladys era esbelta y lucía un bronceado y una ropa excesivos para Hope. Llevaba un traje de diseño exclusivo (en tonos pastel, por supuesto, dado que era verano), sandalias de vestir y demasiado maquillaje—. En el museo tenemos fotos del Nat cuando se construyó, cuando se usaba y cuando lo abandonaron. Ya tengo una lista informática preparada para ti, aunque no creo que sirva de nada.
—¿Qué te hizo pensar que vendría? —preguntó Becca.
—Siempre vienes aquí, aunque tengas un caso actual. Además, hay tanta oposición al proyecto de Chase que me he imaginado que querrías saber si existía algún motivo histórico para ello.
Becca ocultó una sonrisa tras su taza de papel. Gladys resultaría útil al fin y al cabo.
—¿Hay algún motivo histórico? —preguntó.
Gladys soltó un bufido que tenía que haber aprendido del cascarrabias de su abuelo.
—¿Aparte de los rumores de fantasmas, maleficios y extraños ruidos por las noches?
—Esos ya los conozco —dijo Becca.
—Caramba —exclamó Gladys, mientras quitaba la tapa de su latte y se echaba más azúcar todavía—, pero si reconoces que sabes algo.
Becca suspiró y se tragó la respuesta. Sabía que iba a tener que apechugar con algo por el estilo. Por dos veces había puenteado a Gladys y acudido directamente a Jack, y ninguno de los dos le había dejado olvidarlo. Durante casi un año había tenido que mandar a otro agente para hacer las preguntas históricas. Sólo en tiempos recientes le había llegado por radio macuto que era bienvenida de nuevo en la Sociedad Histórica, siempre que respetase a su directora.
En verdad respetaba a su directora, pero respetaba más al abuelo de la directora. Jack podía responder a sus preguntas con rapidez y un mínimo de zarandajas. A Gladys había que mimarla, tarea que acometió en ese momento.
—Siento aquello que pasó —dijo.
Gladys agitó una mano derecha cargada de anillos.
—Agua pasada.
Siguieron con ese juego hasta que la directora acabó de echarse azúcar en el café y volvió a poner la tapa. Entonces dio un sorbo, ojeó a Becca y dijo:
—Tengo entendido que hay problemas serios en la obra.
Becca asintió. Un juego más, pero rápido.
—Ya sabes que no puedo entrar en detalles, pero hay un caso.
—¿Asesinato? —preguntó Gladys.
—Desde luego lo parece —dijo Becca.
A Gladys le resplandecieron los ojos. Le encantaban el crimen y el castigo siempre que no implicaran a su familia.
—Ahora mismo estoy esperando al laboratorio criminalístico —prosiguió Becca— y, ya que estoy encallada, he pensado que vendría a preguntarte por un par de cosas que vi en el Nat.
Gladys tamborileó sobre la tapa del latte.
—Chase ya nos hizo repasar la historia del lugar. Aparte de los habituales ahogamientos y muertes accidentales que tendría cualquier centro deportivo con años de historia, no encontramos nada.
Becca asintió. Se lo tomaría con calma.
—¿Qué hay de los rumores de fantasmas?
—Ésos proceden sobre todo del hotel —dijo Gladys—. Al parecer se alojó allí más de un personaje poco recomendable, además de varias celebridades. El presidente Coolidge fue el más famoso, diría yo. Le encantaba pescar aquí arriba. Hay rumores de que Hoover también se alojó allí, pero no he podido seguirles el rastro. La gente no se enorgullecía tanto de él, hacia el final.
Becca no necesitaba esa clase de lección de historia.
—Me interesa más el Nat. ¿Sabes qué tipo de obreros lo construyeron?
—Por supuesto que lo sé. —Abrió un cajón de su escritorio y sacó un grueso archivo. Contenía reimpresiones por ordenador de las fotos de la sociedad, artículos sobre la construcción del Fin del Mundo y la lista que Gladys había mencionado de entrada.
Puso una uña esmaltada sobre una de las fotografías. Un grupo de hombres posando en un tramo vacío de desierto. Algunos se apoyaban en palas. Otros sostenían picos. Un par llevaba rifles.
—Éstos son los hombres que construyeron el Nat —dijo Gladys—. Encontramos todo tipo de fotografías históricas para Chase. Le encanta la autenticidad.
Gladys se recreó en el nombre de Chase. Llevaba años colgada de él, algo que molestaba a Chase mucho más de lo que irritaba a Becca.
—¿Para qué eran los rifles? —preguntó.
—Chase preguntó lo mismo. —Gladys dio la vuelta a la foto para poder mirarla antes de girarla de nuevo hacia Becca—. Mi abuelo dice que el Fin del Mundo estaba tan lejos de la ciudad que los obreros llevaban sus armas con la esperanza de que la cena de esa noche pasara dando botes por delante mientras trabajaban. Esto era tierra de liebres, años ha, y por lo que tengo entendido era tan fácil encontrar —y matar— a un conejo como a una mosca. Los hombres se llevaban su paga y la cena de esa noche.
—¿Había problemas laborales en aquel entonces?
—¿En los años veinte? ¿En Oregón? —Gladys alzó la voz lo justo para que el adolescente del mostrador se enterara de lo estúpida que era Becca—. Seguro que en Portland sí, pero no en Hope. Además el Fin del Mundo lo construyeron alrededor de 1910, no en los veinte. Se convirtió en el balneario por excelencia de esta parte del país hacia 1918, cuando los veteranos de guerra llevaban a sus esposas para la luna de miel. Y he oído rumores de que había un bar clandestino de padre y muy señor mío en el sótano del hotel. Los propietarios se aprovisionaron cuando quedó claro que los secos iban a ganar.
Becca dejó de lado la idea del bar clandestino por el momento.
—¿Y entre la cuadrilla de obreros? ¿Problemas? ¿Tiroteos?
—¿Te parece que tienen algún problema? —Gladys volvió a dar unos golpecitos en la foto con la uña—. Fíjate bien. ¿Qué ves?
Becca contuvo un suspiro y se inclinó hacia delante. Gladys siempre hacía que aquellas visitas parecieran un examen oral.
—Un grupo de hombres con pinta de muy duros.
—Bueno, pillarían a cualquiera de nuestros hombres modernos y lo deslomarían de una paliza, eso está claro —dijo Gladys, con un deje propio de la chica del Valle por la que se había hecho pasar todavía presente en su manera de hablar—; pero me refiero a su mezcla racial. Varios negros codo con codo con varios blancos. Ni siquiera los chinos aparecen segregados en esta fotografía, y por lo general las viejas fotos mantenían separadas a todas las minorías o, lo que es más frecuente, las eliminaban de la estampa por completo.
Becca la examinó. Los hombres estaban pegados el uno al otro, que no era algo que hiciera un grupo mixto en aquellos tiempos.
—También hay unos cuantos americanos nativos —dijo Gladys—. De eso me enteré por sus nombres. Están tan sucios que es difícil deducir nada más.
Becca asintió y luego frunció el entrecejo.
—De modo que la construcción del Nat fue sobre ruedas, entonces.
—Y la del hotel. Los rumores sobre el Fin del Mundo empezaron después de que abriera sus puertas a los clientes —dijo Gladys.
—Te refieres a lo de que está embrujado.
—Y a las pesadillas. Eran lo peor de todo. La gente pasaba la noche en el Fin del Mundo y se despertaba chillando. Lo interesante es que todos tenían la misma queja.
Becca removió el café de su taza. Iba a tener que escuchar aquello aunque no fuera lo que había preguntado. No le importaban los maleficios. Todos los hoteles antiguos tenían historias de fantasmas. Quería saber cosas del Nat.
—¿Qué era?
—Que habían tenido pesadillas, y en esas pesadillas habían visto a sus familiares fallecidos hacía mucho, que suplicaban ayuda. —Gladys añadió un tono inquietante a su voz, como si de verdad se creyera esas paparruchas.
—Guau —dijo Becca, tratando de no sonar sarcástica—. Qué miedo.
—Ya te digo. Nunca había oído hablar de ese tipo de maleficio.
—¿Pero nada del Nat?
—¿Por qué lo preguntas? ¿Qué encontraste?
—Pruebas de que algo espantoso sucedió mientras lo construían —dijo Becca.
—¿Espantoso como qué? —preguntó Gladys.
—Esperaba que tú pudieras decírmelo.
Gladys la miró con desconcierto y Becca tuvo que ocultar una sonrisa de nuevo. Por una vez era Gladys la que tenía que sentirse como si participara en un concurso.
—Nunca he oído nada, y cualquiera diría que, en esta ciudad, me hubiera enterado. —Deslizó la fotografía hacia ella y la examinó como si contuviera las respuestas. Después la metió en el archivo, y lo cerró.
Por un momento Becca pensó que la entrevista había terminado, y entonces Gladys dijo:
—Esto es lo que sé: sé que en un principio el Natatorio tenía que ser una cancha de tenis cubierta, lo que era, en su momento, una idea revolucionaria. Corría el año 1905 o así, cuando el tenis era muy popular, sobre todo aquí en el oeste.
—Estás de broma —dijo Becca.
Gladys llegó a sonreírle.
—Piensa en todas esas fotos de mujeres con sus vestidos largos y una raqueta de tenis en la mano. Esas mujeres jugaban, y algunas muy bien, a pesar del hándicap.
Becca sacudió la cabeza.
—Pensaba que era una cosa de la Costa Este.
—Todo pueblo del oeste tenía una pista, si vivían mujeres respetables. La mayoría de ellas tenía prohibida la entrada en los salones y clubes, de modo que había que encontrarles algo que hacer o podrían organizar una sociedad antialcohólica, una de apostolado religioso o cualquier otra cosa para dejar sin diversiones a los hombres.
—¿No es lo que siempre intentamos? —preguntó Becca, y sonrió.
Gladys le devolvió la sonrisa.
—No funcionó. No construyeron la cancha de tenis por algún motivo, nunca he podido descubrir por qué. La piscina vino más tarde. Aprovecharon los cimientos de la pista de tenis como parte de la propia piscina, y construyeron a partir de allí.
—¿No es eso inusual? —preguntó Becca.
Gladys se encogió de hombros.
—La construcción en aquellos tiempos funcionaba a la buena de Dios. No sé lo que era usual y lo que no. Quiero decir que un sitio podía ser tan resistente como el hotel o no pasar de unos tablones clavados para que lo llamaran casa. En realidad, sin embargo, no eran más que chabolas.
—Pensaba que Hope no había tenido poblado de chabolas.
—Oh, lo tuvimos, pero ardió —dijo Gladys—. Nadie se molestó en reconstruirlo. A la gente no le gustaba hablar sobre ese día. La ciudad entera podría haber sido pasto de las llamas. Por algún motivo no sucedió, sin embargo.
Aquélla era una de las cosas que Becca odiaba de tener que hablar de historia de Hope con cualquiera de los dos Conyers: su tendencia a divagar.
—Pero ¿no hay nada más del Nat? ¿Nada inusual?
—No, ni siquiera el Nat era inusual. Había natatorios por todo Oregón. Empezaron como lugares de recreo para ricos —sobre todo piscinas y pistas de tenis— y luego, cuando venían a menos, se convertían en las piscinas comunitarias y patios de juego de los niños más pobres. La mayoría fueron clausurados durante las histerias por la polio de finales de los cuarenta y principios de los cincuenta. Creo que el nuestro es el último que queda, lo que lo convierte en candidato a la conservación histórica.
—Que Chase te ha rogado que no solicites hasta que haya acabado las obras, ¿o no?
Gladys asintió.
—No tiene nada de malo. No quiere inspectores de más. Hace el trabajo mejor de lo que mandan los cánones nacionales de conservación, de modo que no tenemos nada que objetar en ese sentido.
Donde «tenemos» valía para Gladys y su abuelo.
—Me cuesta pedirte esto —dijo Becca, sobre todo porque temía la reacción de Gladys—, pero ¿podrías preguntar a tu abuelo por el Nat? Es importante.
—Estoy segura de que no sabe nada más que yo. Es anterior a él, ¿sabes?
—Ya lo sé —dijo Becca—. No ando detrás de la historia oficial. Busco rumores, comentarios extraños o anécdotas a las que no dé crédito.
—El abuelo se desentiende de todo lo que no pueda demostrarse —dijo Gladys con algo parecido al orgullo—. Si quieres insinuaciones, ve a ver a Abigail Browning. Se sabe todas las viejas historias sobre Hope… y la mayoría son puros embustes.
Becca se había olvidado de Abigail Browning. Había sido la ayudante de Jack Conyers —y su primer recurso— hasta que habían reñido por algún motivo en los años cincuenta. Durante una temporada había intentado dirigir la Sociedad Histórica de Hope «auténtica», pero nadie le quiso conceder fondos, lo que según ella obedecía a que era mujer. Jack Conyers siempre había afirmado que se debía a que no sabía nada de historia.
Se había convertido en uno de los personajes de la ciudad hasta que el californiano trasplantado que alumbró el semanario «alternativo» de Hope publicó un artículo sobre un idilio que habían mantenido Abigail Browning y Jack Conyers. Se suponía que la historia hacía una semblanza favorable de Abigail —vean qué mal trató este hombre casado a esta triste solterona—, pero ejerció el efecto contrario. Abigail perdió cualquier apoyo que hubiera tenido entre los lugareños por haber intentado robar a Jack Conyers a su todavía viva y popular esposa.
Becca hablaría con Abigail Browning, pero también quería charlar con Jack Conyers.
Se puso en pie.
—Pregúntale, por favor.
—Sí, lo haré —dijo Gladys—. Pero estoy segura de que no sabrá nada más.
Y con eso, Becca supo que no tenía ninguna esperanza de ver al historiador oficial de la ciudad. De modo que vería a la extraoficial y confiaría en la suerte.
Entonces
Durante el día hizo mucho calor en la cabaña y le entraron ganas de abrir una ventana, pero le daba miedo. Más que nada durmió y esperó que Jess Taylor volviera por ella. Tenía que ir recordándose que ésa era su cabaña, que regresaría, pero no parecía tener muchas cosas allí y Papá había dejado atrás bastantes más, de modo que a lo mejor Jess Taylor también lo haría.
Al final volvió, con cara de cansado y más asustado todavía que cuando había partido. Traía la camisa empapada en sudor y un lado de la cara manchado de tierra. Llevaba una de esas chaquetas —de las cortas que Papá llamaba americanas—, y la colgó en una silla.
Ella se plantó al lado de la mesa y esperó a que le dijera que se marchara.
Jess Taylor la miró con tristeza en sus grandes ojos.
—Traigo malas noticias.
Ella contuvo el aliento. No estaba segura de qué iba a hacer cuando él la sacara de allí. No había comido nada desde aquella manzana y, aunque había bebido un poco de agua porque no pudo evitarlo —hacía demasiado calor allí dentro—, se lo diría y se ofrecería a pagarle. De algún modo. A lo mejor así no la entregaba a aquella gente.
—Tu madre —dijo él, y ella soltó un poco de aire—. Tu madre y el resto de… ¿gente?… nos han dejado.
Se le atenazó el estómago.
—¿Dejado?
—Es lo que decimos para dar a entender que han muerto, preciosa.
Se le caldearon las mejillas. Todo el mundo le había dicho que Papá les había dejado, también.
—Creía que sólo significaba que se habían ido —dijo.
—Es un eufemismo.
Nunca había oído la palabra.
Él sacudió la cabeza con aire cansino.
—Una palabra que usamos cuando no queremos ser demasiado directos. Hay un montón de eufemismos en nuestro lenguaje.
Ella asintió, aunque no estaba segura de entenderlo.
—¿Estás seguro de que… nos ha dejado? —preguntó.
—Vaya si estoy seguro —dijo él, y se estremeció—. No me lo preguntarías si supieras el día que he tenido.
—¿Qué has hecho? —preguntó ella.
—Trabajo que no quieren hacer los blancos —contestó él—. Consideran lo que he hecho el trabajo sucio.
Ella arrugó la frente.
—¿Qué has hecho?
—Se supone que lo mío es atender en un banco —dijo—. Pero me han dicho: «Si quieres conservar tu trabajo, irás…»
Dejó la frase en el aire. La examinó como si no estuviera seguro de qué decir.
Entonces suspiró.
—He ayudado a enterrarlos, Sarah.
—¿Enterrarlos? —Al menos eso sí sabía lo que quería decir. Lo había visto: las cajas de madera, los agujeros en el suelo, las señales—. Si tenían las cajas y todo eso, ¿cómo sabes que mi madre estaba allí?
Pareció costarle un minuto entenderla. Entonces asintió, una vez.
—No ha habido cajas, preciosa —dijo con dulzura—. Los han sepultado, sin más.
«Una barbaridad, eso es lo que es —decía su Papá—. ¿Cómo pueden hacerle eso a su propia gente?»
«Es una costumbre religiosa —replicaba su madre—. Antes nosotros también las teníamos».
—¿Y estaban muertos? —preguntó con un hilo de voz.
—Sí, sí —repondió él, y se estremeció—. Estaban muertos.
—¿Dónde están? —preguntó—. ¿Dónde los habéis enterrado?
Él la observó durante un rato largo, como si se planteara si responderle o no.
Luego volvió a suspirar.
—Es un lugar al que llaman el Fin del Mundo.
Ahora
Abigail Browning vivía en una casita de cuento de hadas al final de una de las calles más viejas de Hope. El lugar estaba rodeado de grandes árboles que de algún modo conseguían prosperar pese al aire del desierto y le conferían un aspecto más pronunciado si cabe de algo salido de Hansel y Gretel. El paseo estaba bordeado de plantas en flor, plantas que como Becca bien sabía exigían más agua de la que permitía el racionamiento veraniego. Decidió pasarlo por alto mientras remontaba los escalones de ladrillo y tocaba a la puerta de roble macizo.
Descorrieron un pestillo y luego se abrió la puerta, de la que surgió una vaharada de aroma a lavanda. La mujer que Becca tenía delante era baja y encorvada, no la imponente fuerza de la naturaleza que Becca recordaba de su infancia.
—¿Abigail Browning? —preguntó.
—¿No me reconoces, Rebecca Keller? Si prácticamente te crié.
Eso no era del todo cierto. Es verdad que Abigail Browning le hacía de canguro cuando sus padres no podían encontrar a nadie, pero por lo demás había tenido poco que ver con la infancia de Rebecca.
—Claro que sí, señora Browning —dijo Becca, repescando la manera de dirigirse a esa mujer de sus años mozos, aunque Abigail Browning no se hubiera casado nunca—. Me preguntaba si podría ayudarme con un caso.
Abigail Browning le sonrió y se hizo a un lado de la puerta.
—Pues claro, tesoro. ¿Te apetece un té?
—Me encantaría —dijo Becca mientras entraba. La casa olía igual: lavanda y pan horneado, sobre un tenue fondo de gato.
Becca ya era lo bastante mayor para apreciar la escalera de caoba, construida al estilo artesanal, y las librerías a juego que embellecían el salón. La casa entera tenía acabados de caoba además de estanterías empotradas, un rasgo que Becca sabía que a Chase le encantaría, sobre todo porque nadie había pintado encima de la madera original.
La señora Browning la condujo hasta la cocina. En el centro de la mesa había una tarta de café bajo una cubierta de cristal, casi como si su anfitriona la estuviera esperando. La señora Browning puso agua a calentar al fuego y luego se subió a un taburete para coger unas tazas grandes de los relucientes armarios de caoba.
—Ya no soy tan alta como antes —dijo—. El tiempo nos pasa factura a todos.
Becca asintió, sin saber qué decir.
—La cocina está igual.
—Lo que echa por la borda los diez mil dólares de renovación que me gasté hace dos años —dijo la señora Browning.
Becca la miró sorprendida.
—Hubo que remozarlo todo. Tuve pudrición blanca. Bueno, la casa la tuvo. Tu marido me ayudó.
Becca abrió la boca para corregirla, pero luego se lo pensó mejor.
Abigail Browning tenía por costumbre dejar caer equívocos para ver de qué pie cojeaba la gente.
—Es un buen hombre —dijo la señora Browning—. Puede que el mejor de la ciudad, y tú lo dejaste escapar.
—Yo no le dejé…
—Lo confundiste con tu padre, que era un hombre odioso y manipulador, y te olvidaste de que los hombres pueden ser fuertes sin ser odiosos.
Becca sintió que se le encendían las mejillas.
—¿Quiere que le hable del caso?
—Más de lo que tú quieres oír que tiraste a la basura a un hombre bueno porque te crió uno malo —dijo la señora Browning mientras bajaba dos platos.
Becca no se ofreció a ayudarla. En lugar de eso, se quedó al lado de la mesa, con las manos cruzadas por delante mientras se sentía como si volviera a tener diez años.
—Entonces, dime —prosiguió la señora Browning mientras dejaba los platos en la mesa. El agua pitó y la retiró del fuego. Cogió de un estante una tetera que parecía vieja, pero tenía que ser nueva porque Becca no la recordaba.
—Me preguntaba qué sabe usted del Natatorio.
—Puedo decirte lo mal que olía cuando yo era pequeña, pero no es eso lo que me preguntas, ¿verdad? Sé concreta, niña. ¿Es que no te enseñé nada?
—¿Qué pasó durante su construcción?
—¿Cuál de ellas? —La señora Browning puso un bello salvamanteles de madera sobre la mesa y luego colocó encima la tetera.
—¿Cuál de ellas? —repitió Becca—. Las cosas sólo se construyen una vez, ¿o no?
La señora Browning estaba al lado de una silla cercana al estante de la tetera, una silla que según recordaba Becca siempre había sido la favorita de la señora Browning. Becca se había sentado en ella una vez de pequeña y la había encontrado incómoda, amoldada al cuerpo de la anciana. Claro que entonces la señora Browning no era anciana. Sólo se lo parecía.
—Los cimientos del Natatorio los pusieron al mismo tiempo que los del hotel, alrededor de 1908. Los abandonaron ese mismo año.
—¿Los abandonaron? —preguntó Becca—. Me han dicho que las obras las detuvieron.
—Probablemente esa arpía de Gladys Conyers. La verdad es que sólo conoce la historia de esta ciudad que consta en los libros de texto, la cual, lamento decir, es errónea. Las personas nunca son santos, ¿sabes? Siempre hay que buscar la oscuridad para compensar la luz.
La señora Browning la observó detenidamente. Sus ojos, sepultados bajo capas de arrugas, poseían el mismo azul penetrante de siempre.
Becca recordaba sus anteriores intentos de explicárselo. «Tú eres la luz, Rebecca. Recuérdalo. De los lugares oscuros pueden salir cosas buenas».
Se sacudió el recuerdo de encima.
—Siéntate, niña, me estás poniendo nerviosa.
Becca se posó en su silla de costumbre. Se le hacía extraño pensar que tenía una silla de costumbre, cuando hacía más de veinte años que no visitaba aquella casa.
—¿Todavía te acuerdas de cómo se sirve?
Becca sonrió. Se acordaba en efecto de aquellas lecciones. La señora Browning la había educado en modales para «las visitas», que incluían cómo sentarse a la mesa, cómo vestirse para la cena y cómo servir a los invitados.
—Sí —respondió. Asió la tetera, manejándola como si la señora Browning hubiera sacado la cubertería de plata en lugar de la de todos los días.
Su anfitriona observaba sus movimientos como si todavía estuviera juzgando su perfección. Becca lo recordaba todo, hasta cuándo preguntarle a la señora Browning si quería azúcar y crema de leche y que tenía que aguantar la tapa del recipiente para que no se cayera sin contemplaciones en el plato.
La señora Browning sonrió, como si su comportamiento fuera la confirmación del trabajo que había realizado al educarla.
—Así pues —dijo cuando Rebecca acabó de servir—, ¿qué parte del Natatorio te interesa? ¿La primera edificación o la segunda?
—Me interesa la piscina, cuando quiera que la instalaran.
—La piscina. —La señora Browning se mordisqueó los labios—. De modo que tu Chase por fin ha encontrado los cuerpos, ¿no es así?
Becca sintió que se quedaba sin aliento. Fuera lo que fuese lo que esperaba que dijera la señora Browning, no estaba preparada para eso.
—¿Usted lo sabía?
—Niña, lo sabía media ciudad. ¿Por qué crees que no se permitía a nadie acercarse a esa vieja ruina?
—Pero usted nadaba allí de pequeña.
—Todos lo hacíamos —dijo la señora Browning—. Y algunas llevábamos a nuestros niños allí, hasta que la cerraron. Era sólo un rumor, al fin y al cabo. Salvo por el hotel.
Becca arrugó la frente.
—Estamos hablando del Nat.
—No podemos hablar del Nat sin hablar del hotel. ¿Has estado dentro alguna vez?
—Anoche mismo, a decir verdad.
—¿Te fijaste en las paredes?
A Becca se le marcaron aún más las arrugas en la frente.
—Sí.
—Entonces entenderás por qué le dije a tu Chase que no las echara abajo.
—No —dijo Becca—. No lo entiendo.
La señora Browning le tocó la mano con unos dedos secos.
—Rebecca, nunca has sido boba. ¿No te has preguntado por qué se mueven esas paredes?
—No se mueven —dijo Becca—. Reverberan por el calor. Se acumula y…
—Las reverberaciones por el calor se producen sobre el asfalto y a la luz del sol —atajó la señora Browning—. No en un hotel oscuro y polvoriento en mitad de una tarde de verano.
Becca se pasó la lengua por los labios. Cuando tenía catorce años había salido corriendo de aquel hotel. Había ido para besuquearse con Zack Wheeler y, cuando él la llevó contra una de las paredes, la encontró blanda. Se volvió para examinar la madera, la vio reverberar, cambiar y volver a reverberar, y no pudo evitarlo.
Chilló.
Zack también lo vio, la cogió de la mano y la sacó de allí. Habían corrido sin parar hasta su coche y hasta se lo habían dicho al padre de él, que los había mirado con desdén. Fue la primera vez que Becca oyó la idea de la reverberación por el calor, pero no la última.
—Entonces, ¿qué la causa? —preguntó.
—Los alienígenas —dijo la señora Browning—. Los alienígenas que rondan el Fin del Mundo.
Entonces
No podía ir al Fin del Mundo. No podía ni siquiera dejar la casa. Jess Taylor no quería. Temía por ella. Se sentía acalorada, triste y sola, y a veces pasaba los días llorando.
Sin embargo, no practicaba los cambios. En lugar de eso se esforzaba por reproducir hasta el último detalle a la perfección. A veces Jess Taylor tenía que señalarle que estaba usando detalles masculinos —había llegado a reírse cuando se puso pelillos en la barbilla— pero, las más de las veces, le decía que estaba clavada.
Significara eso lo que significase.
Él quería que el pueblo pensase que nadie había sobrevivido. No quería que les hicieran preguntas, ni a ella ni a él.
Le llevó días y días dar con un modo de conseguirlo.
Entonces, un día, se lo dijo. Iba a coger un tren.
Ahora
¿Alienígenas? Entre todo lo que Becca se había esperado oír de boca de la señora Browning, no se contaba una estrafalaria fantasía popular. Hope había sido la comidilla de la comunidad de la conspiración alienígena desde 2001, cuando uno de sus colegas descubrió un objeto de metal en el lago Waloon. El lago había menguado durante uno de los años más secos que se recordaban y había dejado todo tipo de artefactos en su agrietado y muy maltratado lecho.
Los expertos, llamados por la Sociedad Histórica, afirmaban que era parte de un avión experimental o tal vez incluso uno de los modelos caseros de los años veinte.
Los grupis de los ovnis examinaron las fotos en internet y acudieron en tropel a Hope, con la creencia de que habían hallado otra nave como la que el Gobierno supuestamente ocultaba en Roswell, Nuevo México.
Desde entonces Hope había tenido que soportar los peregrinajes anuales de los fieles de los ovnis. Becca trataba de no prestarles atención, del mismo modo en que intentaba no fijarse en los deadheads cuando pasaban de camino a Eugene para ver a los Grateful Dead en su hábitat natural.
—Alienígenas —dijo—. No me diga que se cree aquella movida que se montó hace unos años…
—Sí —respondió la señora Browning mientras cortaba un trozo de tarta de café para Becca—. Claro que me la creo. Crecí sabiendo que nos habían invadido. El hecho de que encontraran la nave no hizo sino confirmarlo.
—No encontraron la nave —dijo Becca, y luego se contuvo. En unos pocos meses había aprendido a no discutir con los Auténticos Creyentes. Lo que pasaba era que nunca había supuesto que la señora Browning fuera una de ellos.
Su anfitriona cortó otro pedazo de tarta y la depositó en su plato.
—Si no crees que ese cacho de metal retorcido era una nave espacial alienígena, no creerás nada de lo que te diga sobre el Natatorio.
Becca suspiró.
—Yo vi la supuesta nave. No es más que un avión chafado.
—No —dijo la señora Browning—. La diseñaron para que pareciera un avión. Es una nave espacial.
Becca también había oído ese argumento en incontables ocasiones. Respiró hondo y decidió sacar lo que pudiera de aquello.
—Vale —dijo—. Supongamos que estamos de acuerdo usted y yo. Supongamos que es una nave y que la pared escurridiza del Fin del Mundo es obra de fantasmas alienígenas. ¿Qué más puede decirme?
La señora Browning partió con delicadeza su pedazo de tarta de café con el tenedor, con el meñique extendido. Tenía los mismos modales de siempre. Parecía igual de lúcida que hacía treinta años.
Sin embargo, Becca sabía que a veces las personas mayores que vivían solas desarrollaban «peculiaridades». Iba a tener que pasar por alto las excentricidades de su anfitriona sólo para llegar al corazón de la historia.
Y a lo mejor, sólo a lo mejor, iba a tener que aceptar que estaba perdiendo el tiempo.
—Come —le dijo la señora Browning—, y te contaré lo que sé.
Entonces
No había pasado tanto miedo desde que Jess Taylor la encontró. Pensaba que iba a hacerla marcharse en tren.
No sabía adónde la mandaría, qué haría o con quién se encontraría. Sin embargo, a esas alturas sabía que podía confiar en él. Le había comprado ropa. Le había dado de comer. La había ayudado.
Sostenían largas charlas cuando volvía a casa del banco y, una noche, le contó que su familia había muerto igual que la de ella.
—¿En Hope? —preguntó.
Él sacudió la cabeza.
—Lejos de Hope, en un lugar llamado Misisipí.
—¿Cómo es que no te mataron a ti? —preguntó ella. Ya sabía que él no podía cambiar, de modo que quería saber cómo había escapado.
—Yo estaba en el Norte —dijo—. En Ohio. Iba a clase en Antioch. Entonces dejó de llegar el dinero; me mantenían entre toda mi familia, para concederme una educación, y mandé cartas para saber por qué, y alguien me respondió con una postal. Era un dibujo de aquel día, de la matanza, como si la gente se enorgulleciera de ello, y decía «No te molestes en volver», pero volví de todas formas y…
Dejó la frase en el aire. No la miró. Estuvo callado mucho tiempo.
—¿Qué pasó? —preguntó ella cuando no pudo soportarlo más.
—Salí corriendo y acabé en Hope.
Ahora
Becca dio un mordisco a su tarta de café. Estaba buena y sabrosa como siempre, un sabor de su infancia.
La señora Browning la observó comerse ese bocado y luego se recostó en su silla. Becca se preguntó si esa postura sería siquiera cómoda, dado el pronunciado encorvamiento matronal de la señora Browning.
—En el verano del ocho, el poblado de chabolas que estaba justo a las afueras de Hope ardió hasta quedar reducido a cenizas —empezó la señora Browning con su voz profesoral—. La mayoría de las historias no menciona el poblado. Las que lo nombran afirman que el incendio amenazó a la propia Hope. No amenazó a los edificios que formaban Hope. Amenazaba a la visión de Hope.
«Muy melodramático», pensó Becca. Dio otro bocado al pastel y lo regó con un sorbo de té, mientras se esforzaba por mantener una expresión de interés y credulidad.
—El incendio fue una quema todo lo controlada que estaba al alcance de la gente de Hope en aquellos tiempos lejanos.
La naturalidad con que la señora Browning relataba la historia llevó a Becca a creer que solía recitarla como parte de su proyecto de historia.
—Los lugareños se habían reunido y habían decidido librarse de los extraños de una vez por todas.
La señora Browning agitó su tenedor —que aún tenía tarta de café— hacia Becca.
—Si repasas los periódicos de la época, verás referencias a los extraños. Llegaron en 1900, afirmando que habían perdido su caravana a varios kilómetros de distancia. No llevaban equipaje, tenían pocas pertenencias y hablaban una variante extraña del inglés. Los lugareños los tomaron por inmigrantes ignorantes estafados por su guía y les concedieron un poco de terreno a las afueras del pueblo.
—¿Donde está el Fin del Mundo? —preguntó Becca.
La señora Browning alzó las cejas.
—¿Lo cuento yo o lo cuentas tú?
—Perdón —dijo Becca.
—Donde está ese centro comercial de 1970. Ahora queda cerca del centro de la ciudad, pero entonces estaba justo a las afueras, en un terreno que nadie quería. Los extraños construyeron sus propias cabañitas, con poca maña. Daba la impresión de que no sabían qué hacer y, por supuesto, nadie pensaba ayudarlos mucho más allá de ofrecerles una comida o algunos aperos. Ellos tampoco andaban faltos de faena.
Becca asintió, deseando que la señora Browning fuera un poco al grano.
—No sé lo que pasó. La referencia en diversas cartas que he consultado es que los extraños confirmaron sus cualidades demoníacas. No tengo ni idea de lo que significa eso ni de cómo confirmaron esas cualidades demoníacas, pero el resultado final es que los padres de la ciudad les pidieron que se marcharan. Los extraños dijeron que no. La lucha duró varios meses, hasta que al fin el poblado se quemó.
—Un incendio provocado —dijo Becca—. ¿Por quién?
—Cualquiera, que es lo mismo que decir todos —respondió la señora Browning—. Nunca lo pregunté. Además, todos me habrían dicho que ellos no habían tenido nada que ver. Pero repararás —bueno, tú no, claro, están todos muertos—, yo reparé de joven en cuántos miembros de la generación anterior tenían quemaduras en las manos. Salvo por ese incendio provocado y la pérdida de un edificio aquí y allá, Hope fue una de las pocas comunidades del oeste que no sufrió ningún incendio grave. Y no todos esos hombres trabajaban para el Departamento de Bomberos Voluntarios de Hope.
Becca se acabó su pedazo de tarta. Luego agarró la taza de té con las dos manos.
—Así que quemaron el poblado. ¿Qué tiene que ver eso con el Natatorio?
—Lo estaban construyendo. El hotel era sólo una carcasa —faltaba mucho para acabarlo todavía— y el Nat estaba excavado, pero sin agua. Iba a ser una pista de tenis. En aquellos tiempos, me parece que las canchas eran de tierra batida. No es que importe. Nunca la terminaron.
—¿Porque…? —Beca intentó no delatar su frustración con la voz.
—Porque el pueblo lo odiaba. Les recordaba que no habían estado a la altura de aquella promesa que nos inculcaron a todos.
Becca agarró con fuerza la taza.
—Sigo sin ver la conexión.
La señora Browning suspiró, como si Becca fuera una alumna especialmente corta de luces.
—Usaron el incendio para juntar a los extraños y conducirlos al Nat. ¿Tengo que explicártelo con todas las letras?
—¿Me está diciendo que el pueblo mató a esos extranjeros? —preguntó Becca—. ¿Y los enterró debajo del Nat?
—Sí. —La señora Browning parecía exasperada.
—¿Cuántos?
—No lo sé. Nadie conservó datos escritos. He oído que intentaron enterrarlos debajo del hotel y, cuando vieron que no podían, fueron al Nat. Por eso los fantasmas se aparecen en el hotel.
—¿No tendrían que aparecerse en el Nat? —señaló Becca.
—Las apariciones no son lógicas —dijo la señora Browning.
Nada de todo aquello lo era, pensó Becca.
—¿Cómo sabe que esos extranjeros eran alienígenas y no un simple grupo de europeos del este que topó con una gente que no los comprendía?
—Por las historias —respondió la señora Browning—. Tenían los ojos brillantes. Hablaban un galimatías. Podían parecer más altos de lo que eran. Y habían llegado de ninguna parte. No había rastros de caravanas. Además, aquella gente no tenía ni idea de cómo se comportaban las personas. No cómo se comportaban los estadounidenses, sino cómo se comportaban los seres humanos. Tuvieron que aprenderlo todo.
Becca sacudió la cabeza.
—Lo siento, señora Browning, pero los humanos son muy diferentes entre sí. Y si ese grupo hubiera provenido de una cultura muy distinta, los habitantes de Hope podrían haberlos acusado de lo mismo. Lo de que fueran alienígenas está muy traído por los pelos.
La señora Browning sonrió con pesar.
—Yo creo que eran alienígenas.
—¿Por qué? —preguntó Becca.
—Porque vi a una —dijo la señora Browning.
Entonces
El tren era grande, sucio y apestoso. Caía ceniza por todas partes. Hacía un ruido espantoso y ella quería alejarse corriendo de él.
Jess Taylor, a su lado, la cogía de la mano. Había pedido prestado el carro de su vecino y habían viajado a la pequeña localidad de Brothers, que estaba a dos paradas de Hope.
—Recuerda —le dijo—. Mañana, vienes aquí y le das al hombre simpático este papel, y luego te subes al tren que va en esa dirección.
Señaló. Ya le había enseñado la locomotora y el modo de saber en qué dirección viajaba un tren.
—Te iré a buscar a la estación y fingiremos que hace años que no nos vemos. ¿De acuerdo?
Ya le había contado todo eso antes y en su momento había parecido fácil, pero ahora sonaba sencillamente terrorífico. Quería volver al carro, regresar a la casa de Jess Taylor y esconderse allí para siempre.
Pero él le dijo que, ahora que su gente la había dejado, necesitaba tener una vida.
«¿Dónde tendré esa vida?», le preguntó ella.
«En Hope —respondió él—. Conmigo».
Mamá y Papá decían que los humanos no hacían esas cosas, que no asumían ese tipo de compromiso, que no entendían la permanencia, la obligación y la responsabilidad, lo cual los volvía peligrosos.
Sin embargo, Jess Taylor no era peligroso, y parecía entender todas esas palabras. Parecía vivirlas.
Sólo que volvieron a su pensamiento ahora que se encontraba en el andén con él, mirando el tren.
—Sólo es una noche —le dijo él—. Ya te he pagado la habitación. Estarás a salvo.
Quería creerle, pero tenía miedo. ¿Y si cambiaba por equivocación? ¿Y si decía algo incorrecto? ¿La harían chillar? ¿La enterrarían sin caja?
¿Quién se lo contaría a Jess Taylor?
¿Se enteraría alguna vez?
Ahora
—Yo sólo era una niña pequeña —dijo la señora Browning—, y ella era muy vieja. Más vieja que nadie que yo hubiera visto. Entró en el Natatorio cuando yo estaba nadando. Lloró.
—¿Lloró? —Peguntó Becca.
La señora Browning asintió.
—Se quedó a unos pasos de la piscina y lloró mientras la miraba. Mi madre estaba delante y se la quedó mirando. Luego me dijo que fuera por mi toalla. Era hora de irnos.
—No lo entiendo —dijo Becca—. ¿Cómo sabe que la anciana era un alienígena?
—Siempre habían corrido historias sobre ella —explicó la señora Browning—. Llegó a la ciudad para ver a su tío y ya no se fue. Al menos ésa era la historia, y había quien afirmaba haberla visto bajar del tren. Sin embargo, unos pocos decían que el equipaje que llevaba era de su tío y que él la había llevado allí esa misma tarde.
—¿Y qué? —preguntó Becca.
—Y que eso fue justo después de la masacre. Era raro que tuviera una sobrina de la que nadie había oído hablar nunca.
Becca se encogió de hombros.
—Siento mostrarme escéptica, señora Browning, pero sigo sin entender cómo se llega de allí a los alienígenas.
—La vi una vez, yo sola. Estaba sentada en una parada de autobús cerca del viejo banco, y puso la mano sobre el asiento. Lo atravesó como si no estuviera.
Becca suspiró.
—No va a convencerme. No sin una prueba auténtica de algún tipo.
—¿Qué me dices de esos cuerpos, señorita? —preguntó la señora Browning, irguiéndose hasta una altura tan cercana a la antigua como pudo—. ¿No te basta con eso? No son humanos, ¿o sí?
Becca evocó un destello de los fémures rotos, tan reconocibles.
—Pues claro que lo son.
A la señora Browning se le encendieron las mejillas.
—Lo dices sólo para llevarme la contraria.
—La verdad —observó Becca— es que no.
Entonces
Aquella noche durmió en una cama individual detrás de la cocina de la Casa de Huéspedes de Brothers de la señora Mother. La gente de color —como eran ella y Jess Taylor, al parecer— no recibía habitación propia. La verdad era que ni siquiera podían alojarse en la casa de huéspedes, pero Jess Taylor conocía a la cocinera, que se ofreció a compartir su cuarto. La señora Mother, la anciana dama que regentaba la pensión, había puesto esa mala cara mezquina que mostraban a veces algunos humanos, pero lo único que dijo fue:
—Asegúrate de que el bicho no le echa mano a la comida.
Tardó una eternidad en entender que el bicho al que la señora Mother se refería era ella.
A lo mejor por eso Papá decía que aquél era un sitio peligroso, por eso los humanos daban miedo. Ella no era consciente de que les importasen las diferencias, y empezaba a descubrir que las diferencias lo eran todo.
No era de extrañar que hubiesen ido a por su gente. No había reparado en las diferencias entre Jess Taylor y los hombres del banco y, con el paso del tiempo, empezó a entender lo mal que su gente había imitado a los humanos. Nada de hoyitos en las rodillas, la piel demasiado tersa, ojos que no parpadeaban.
Si la piel oscura, la trenza larga de pelo bajando por la espalda o el ángulo del ojo inclinado hacia arriba los asustaban, un grupo entero de personas con la piel sin arrugas, tobillos que no sobresalían y expresiones que nunca cambiaban debía de haberlos aterrorizado de verdad.
No era de extrañar.
Entonces recordó a Jess Taylor: «No me puedo creer que los defienda», y supo exactamente cómo se sentía.
La cama de la cocina tenía chinches. Le picaron durante la noche. Arriba la gente se reía, el cuarto olía a grasa y quería un poco de agua, para poder lavarse las chinches, pero no lo hizo.
Empezó a cogerlas y aplastarlas entre los dedos, y al final salió de la cama, se sentó en una mecedora y miró por la ventana hasta que salió el sol.
Luego recogió su bolsita, fue caminando a la estación de tren tal y como le había dicho Jess Taylor, se sentó en el fondo del andén para que no la viera nadie menos el hombre que trabajaba allí, y esperó al tren.
Ahora
Becca se alegró de irse. La señora Browning le contó otras historias sobre el Natatorio —historias sobre sus primeros días como centro de ocio, sobre las celebridades que lo visitaron— pero tanto Becca como ella sabían que esas anécdotas no eran más que el modo que tenía la señora Browning de salvar los muebles.
Cuando se despidieron, Becca con un pedazo de esa deliciosa tarta de café envuelto en una servilleta, tanto ella como la señora Browning sabían que nunca volvería a confiar de verdad en su antigua canguro.
Durante todo el camino hasta el coche, Becca intentó no dejarse superar por la tristeza. Había perdido algo más que una fuente de historia de Hope. Había perdido un icono de su juventud.
Siempre había creído que Abigail Browning era una mujer de inexpugnable intelecto e integridad. Aun en los tiempos del escándalo de Conyers, la opinión de Becca no cambió. Siguió saludando con la cabeza a Abigail Browning por la calle cuando los otros dejaron de hacerlo, y todavía reverenciaba a la mujer que en un tiempo había conocido.
El escándalo, si acaso, le había aclarado una cosa: Becca por fin entendió por qué la señora Browning, que siempre había parecido más versada que el señor Conyers, había dejado de trabajar en la Sociedad Histórica de Hope.
Ahora no estaba tan segura. Ahora se preguntaba si la señora Browning fue despedida porque creía en las historias estrambóticas, las que siempre habían formado parte de Hope. Historias de fantasmas, alienígenas y cosas que hacían ruido por la noche.
Entró en el coche patrulla y arrancó. El penoso aire acondicionado se antojaba peor que el calor del jardín de la señora Browning. A lo mejor, si Becca creyera en los cuentos de hadas, creería de verdad que la señora Browning poseía algún tipo de magia que mantenía a raya el calor y el desierto.
Sin embargo, Becca sólo creía en la realidad. Y sólo en la realidad que podía ver, solía decir Chase. Jamás pudo visualizar sus proyectos, ni siquiera cuando miraba los planos.
Siempre tenía que esperar hasta que había terminado para entender lo perfecta que había sido su visión.
¿Qué había dicho la señora Browning sobre Chase? «Lo confundiste con tu padre, que era un hombre odioso y manipulador, y te olvidaste de que los hombres pueden ser fuertes sin ser odiosos».
Eso era lo que tendría que haberle preguntado Becca. Tendría que haberle preguntado a la señora Browning qué quería decir con esa frase —no sobre Chase: las mujeres que no se habían casado con Chase lo adoraban (qué caray, la misma Becca todavía lo quería)— sino sobre su padre.
«Háblame de tu padre», le dijo una vez su terapeuta.
«Era un buen hombre», respondió Becca.
«Pero no le gustaba tu trabajo».
Becca había sonreído.
«Estaba chapado a la antigua. Creía que el sitio de las mujeres estaba en casa».
«¿Y no en un coche de policía?»
Becca se había reído.
«¿Estás de broma? Dejó de pagarme los estudios cuando se enteró de a qué quería dedicarme».
«¿Chase se parece a él?»
«Claro que no», respondió Becca.
«Sin embargo, las acciones de tu padre parecen manipuladoras. Tú dices que Chase es manipulador».
«No de ese modo —dijo Becca—. Él respeta a las mujeres».
«¿Te respeta a ti?»
Becca suspiró y se recostó en el asiento del coche patrulla. ¿La respetaba? El día anterior habría dicho que no, y habría dicho que su discreta llamada para que fuera al Nat lo demostraba.
Sin embargo, ¿no podía verse también al revés? ¿No podía ser su llamada una muestra de confianza, de fe en su capacidad en lugar de fe en su propia capacidad para controlarla?
¿Podía tener razón la señora Browning?
Becca sacudió la cabeza. Empezaba a formarse un dolor de cabeza entre sus ojos. Metió la marcha del coche en el mismo momento en que sonaba su móvil.
Se lo desenganchó del cinturón y miró la pantalla. Jillian Mills. Atendió la llamada.
—¿Puedes pasarte por aquí? —preguntó Jillian.
—¿Tiene que ver con el Nat? —preguntó Becca.
—Sí —dijo Jillian—. Me han salido unos resultados extrañísimos.
Entonces
Le cogieron el billete tal y como Jess Taylor dijo que harían, pero no la dejaron sentarse con todos los demás. La metieron en una de las plataformas de detrás. Allí la ceniza, el polvo y el hedor eran atroces. Cuando el tren empezó a salir de la estación, podía ver el movimiento de los raíles.
Intentó entrar por la puerta, pero alguien la había cerrado con llave. La aporreó, y los hombres de los asientos cercanos —los hombres de piel blanca— se rieron de ella y la señalaron con el dedo hasta que se apartó de la ventanilla renegrida para que no la vieran más.
Tenía miedo de que salieran a hacerle daño.
Como habían hecho daño a Mamá.
Como habían hecho daño a la familia de Jess Taylor.
Estaba asustada, y trató de no permitir que eso la cambiara. Porque si cambiaba perdería esa oportunidad. Se pasaría la vida —lo que le quedaba de ella— como pasamanos, tablón o picaporte. Y luego, como no sabía hacer cambios durmientes, se desnutriría y se caería, descompuesta de arriba abajo, y la tirarían a la cuneta —«¿qué es esta cosa reseca?»— y se moriría, probablemente en la artemisa más cercana, sola.
Igual que su Papá.
Durante todo el trayecto mantuvo la vista fija al frente, con su bolsa agarrada y pensando en Jess Taylor que la esperaba. Pensando en hombros, espaldas, piernas y formas humanas para que no le salieran las púas de la columna o los ojos se le desplazaran a otra parte de la cabeza.
Pensó y pensó y se sorprendió al darse cuenta de que no veía el momento de llegar a Hope.
Ahora
Becca sintió el estómago atenazado durante todo el trayecto hasta la oficina de la forense. Deseaba no haber ido a ver a la señora Browning. No quería los pensamientos que le rondaban por la cabeza. No quería pensar que los resultados extraños se debían a que en Hope masacraron a unos alienígenas.
Y aun así, eso era lo que estaba pensando.
La oficina estaba en una travesía, detrás de la comisaría principal de Hope. La oficina no tenía nada de oficina y sí bastante de laboratorio científico, depósito de cadáveres y centro de formación todo en uno.
El universitario que se encargaba del mostrador de la entrada a cambio del alquiler del estudio de arriba estaba leyendo Dostoyevski.
—La espera —dijo.
Becca asintió y pasó a la pequeña habitación que hacía las veces de despacho de Jillian. El olor a descomposición y formol parecía menos intenso allí que cerca de la entrada, y ni se acercaba a la potencia que adquiría en el sótano, donde se realizaban las autopsias.
Jillian estaba de pie tras su escritorio, ordenando archivos de papel. Llevaba una bata blanca limpia por encima de la ropa —señal inequívoca de que acababa de terminar una autopsia— y el pelo recogido con un pasador de cobre.
—Tu vida acaba de volverse más sencilla —dijo Jillian sin preámbulos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Becca.
—Cierra la puerta.
Becca lo hizo.
—He hecho un poco de trabajo preliminar antes de llamar al laboratorio estatal de criminalística —dijo Jillian—. Esos cuerpos de allí abajo no son humanos.
Becca sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—No estoy segura de lo que son. Ni siquiera estoy segura de que sean cuerpos.
Becca se agarró al respaldo de la silla más cercana. No quería que la señora Browning tuviera razón.
—¿Qué son, entonces? ¿Alienígenas?
Jillian se rió.
—Por supuesto que no. ¿De dónde has sacado esa idea?
—Abigail Browning —respondió Becca.
—Ah, nuestra ufóloga local —dijo Jillian—. ¿Sabes que estos últimos años se ha estado ganando la vida ofreciendo recorridos históricos por el lago Waloon?
¿Cómo podía habérsele pasado eso por alto? De modo que Abigail Browning tenía algo que ganar manteniendo viva la historia de los alienígenas. ¿Y qué mejor que el relato de una masacre de extraterrestres?
Qué caray, si eso hasta le proporcionaría cierta sensación de venganza contra Jack Conyers, al demostrar que la leyenda de unidad racial de Hope era en realidad un mero mito.
—Pura curiosidad —dijo Becca, tratando de restarle importancia.
—Bueno, todos la sentimos. Por lo que he podido averiguar, se trata de unos huesos muy antiguos… si es que son huesos tal y como los conocemos. El material es otra cosa, y están huecos.
—Pero parecían humanos.
—Como muchas otras cosas. Los huesos de mamíferos tienden a parecerse. He tenido estudiantes en prácticas que han confundido columnas y cajas torácicas de gatos por bebés humanos.
Becca tragó saliva.
—¿Qué me dices del olor?
—Bueno, eso es lo más raro —dijo Jillian—. Sale de los huesos, sean lo que sean.
—¿Eh?
Jillian se encogió de hombros.
—Deja que te lo enseñe.
Cogió una bolsa de pruebas de una mesa pegada a su escritorio. Dentro había lo que a Becca se le antojaba una costilla humana de adulto. Hasta tenía la curvatura correcta.
—Rómpela —dijo Jillian.
—¿Eso no es destruir pruebas?
—¿De qué? ¿Una masacre de alienígenas? Tú rómpela.
Becca se puso un par de guantes quirúrgicos de la caja situada junto a la mesa de Jillian y abrió la bolsa transparente. Sacó la costilla y sintió de inmediato la impresión de que había algo raro. Era demasiado blanda. Ni siquiera los huesos enterrados durante mucho tiempo en suelo húmedo tenían jamás ese tacto; casi como un juguete de goma para masticar que hubiera hecho las delicias de algún perro.
Becca le dio la vuelta con los dedos; sintió el reflejo de una arcada y tragó saliva con fuerza para contenerla.
Jillian asintió.
—¿Asquerosillo, eh?
Becca no respondió. Agarró los dos extremos del hueso y tiró para doblarlo.
Si hubiera estado hecho de goma —aun goma vieja— el hueso se habría doblado en sus manos. Pero no se dobló. Se partió, y una vaharada de olor a podrido le inundó la nariz, casi como si hubiera metido la cara en mitad de un cadáver descompuesto.
—Jesucristo —exclamó mientras dejaba caer los dos trozos en la bolsa de pruebas—. Podrías haberme avisado.
Las náuseas habían empeorado. Se le humedecieron los ojos y se resistió al impulso de secárselos. Había aprendido esa lección hacía mucho, cuando era novata: «Nunca te toques la piel después de tocar un cadáver».
Pero eso no era un cadáver. Ni siquiera era un hueso de verdad, al menos de los que ella conocía.
—Vamos. —Jillian le cogió la bolsa de pruebas sellada y condujo a Becca a la habitación donde la esperaban las soluciones limpiadoras y la sustancia de olor intenso para despejarse la nariz que Jillian prefería.
Becca inhaló de ella, sintió que la nariz se le despejaba como si hubiera olido sales y luego agarró un paño limpio, se secó la cara y se apoyó en un archivador metálico.
—¿Pues qué cojones es? —preguntó.
—Ojalá lo supiera. Voy a llamar no sólo al estado, sino a un par de antropólogos para ver si han visto algo parecido.
—Entonces, ¿por qué me has dicho que mi trabajo se había vuelto más sencillo?
—Porque… —dijo Jillian—. No hay cadáver reciente. No hay ni siquiera cadáveres antiguos. Hay un misterio, sí, pero es un misterio arqueológico. Lo más probable es que haya alguna planta, raíz o algo que provoque esto, y a lo mejor está extinta o algo así, y por eso no nos es conocida.
—¿Como la flor del cadáver esa, quieres decir? —preguntó Becca.
—¿El aro gigante? —Jillian asintió—. Me había olvidado de eso. Echaré un vistazo en internet. A lo mejor crecía por aquí.
Becca sentía un hormigueo en los dedos. El hueso —o lo que fuera— había parecido vivo, pero vivo como lo están las raíces de las plantas. Le resultaba mucho más fácil creer que Chase había descubierto los restos de una planta muy antigua que creer que se había producido una masacre alienígena en Hope.
—¿Quieres contárselo a Chase? —preguntó Jillian—. ¿O me encargo yo?
Becca sintió que se le cortaba la respiración. El proyecto soñado de Chase seguía en pie. Se haría realidad pese a todo.
Algún día, el Fin del Mundo se convertiría en el primer destino turístico del este de Oregón.
—No podrá trabajar durante una temporada. Si esto les parece inusual, excavarán un poco —explicó Jillian—. Pero no es que sea un gran yacimiento, y no es el escenario de un crimen. Estará encantado.
Becca sonrió a pesar del escozor de nariz.
—Encantado no es la palabra que usaría yo. Pero estará aliviado, en cuanto supere las molestias inmediatas.
Jillian se cruzó de brazos, con la expresión divertida.
—¿Conque se lo digo yo?
—No —respondió Becca—. Ya me encargo.
Entonces
El tren pasó por delante.
Jess Taylor no la había avisado.
Sin embargo, había un gran cartel grabado a mano que rezaba: FUTURO HOGAR DEL FIN DEL MUNDO. Y había un edificio terminado justo al límite, con la palabra HOTEL encima. Y una gran parcela marrón donde alguien había excavado un agujero y luego lo había tapado.
Su Mamá estaba allí dentro.
Fue al borde de la plataforma y se quedó mirando hasta que se volvió minúsculo en la distancia.
Y entonces se acordó: su Papá, días antes de partir, diciéndole a Mamá: «Si pasa algo, vamos al Fin del Mundo. Nos encajamos en las paredes o nos deslizamos contra los marcos. Nos volvemos otros. Hibernamos hasta que vuelva nuestra gente».
Nunca había aprendido a hacerlo. Sólo los adultos podían. Y podían guiar a sus hijos de la mano hasta que lo conseguían, pero ningún hijo podía lograrlo solo.
Sólo había visto las reverberaciones un par de veces, cuando era pequeña, en la nave antes de que se estrellara. Montones y montones de su gente, gente a la que no había visto hasta que Papá la despertó, reverberaban en el compartimiento del fondo.
A veces soñaban y veías sus encarnaciones fantasmales deambulando por la nave. Eso la asustaba, pero Mamá decía que era normal. Era una manera de controlar cómo pasaba el tiempo y cuándo era seguro despertar.
No vio ninguna reverberación al pasar por delante del Fin del Mundo.
No vio a nadie que conociera. Sólo silencio, vacío y soledad.
Su gente la había dejado para nunca más volver, y ahora era la única que quedaba para esperar a los demás. Los que se suponía que debían rescatarlos.
Si llegaban alguna vez.
Ahora
Becca y Chase estaban en el Fin del Mundo, con la vista puesta en el agujero excavado en el suelo del Natatorio. Era el atardecer, poco más de veinticuatro horas después de que Chase hubiera llamado a Becca.
En la zona imperaba el silencio, o todo el silencio posible en el desierto. Un gemido estridente emitido por algún bicho que Becca era incapaz de identificar sonaba justo al otro lado de la pared rota. El viento sacudía la lona que tapaba parte de la madera que Chase había comprado y, no demasiado lejos, un pájaro piaba, probablemente mientras cazaba a los bichos escandalosos.
El sonido de los obreros a la espera de instrucciones, el quedo gruñido zumbón de su radio y el crujir de las furgonetas sobre la grava eran cosas del pasado reciente. En ese preciso instante lo único eran ella, Chase y las cosas vegetaloides, osiformes medio enterradas en el suelo.
El olor no era tan malo como el día anterior. Las cosas osiformes no estaban recién rotas. El hedor se disipaba, al igual que el olor de un cadáver quedaba reducido a una molestia cuando se llevaban el cuerpo del lugar de los hechos.
Ella y Chase se encontraban uno al lado del otro en el trecho de sol que se colaba por el agujero de la pared del Natatorio. Lo había llevado allí para ponerlo al día y, cuando terminó, él no pronunció ni una palabra.
Tragó saliva una vez, miró hacia el suelo y luego cerró los ojos. Le temblaba todo el cuerpo. Becca pensó que rompería a llorar.
Entonces respiró hondo, se retiró un poco el casco y arrugó la frente.
—No ha muerto nadie.
—Eso es —dijo Becca.
—Y esto no son cadáveres.
«No cadáveres humanos, por lo menos», estuvo a punto de decir, pero luego pensó que la broma era de mal gusto. Por lo que ella sabía, Chase también podría haber hablado con la señora Browning. Quizá también hubiera oído los rumores de alienígenas.
—Jillian cree que son restos de plantas.
—¿Cree? —preguntó Chase.
Becca se encogió de hombros.
—Lo único que sabe es que no son huesos, ni humanos ni animales. Y son la fuente del olor.
—Qué raro —comentó Chase.
—No podrás trabajar en el Nat durante una temporada —dijo Becca—. Vendrá gente de los departamentos de ciencia y arqueología de las dos universidades para ver qué pueden descubrir. Jillian cree que a lo mejor se ponen en contacto con el Smithsonian o un sitio por el estilo. Ha hecho un cálculo aproximado de ocho meses, pero podría ser más. Podría ser menos.
Chase asintió. Seguía sin mirarla.
—Puedo terminar el hotel, sin embargo.
—El hotel, el campo de golf, las casas, puedes hacerlo todo.
—Los campos de golf —le recordó.
—Los campos de golf —repitió ella.
Se quedaron en silencio un rato más. Chase tenía la cabeza gacha, como si contemplara una tumba. Luego preguntó:
—¿Se llevarán esto?
—Es probable —dijo Becca—. O a lo mejor tienes que hallar una manera de construir encima. Desde luego no querrás que se rompa una de estas cosas mientras tus clientes están en la piscina.
Él se estremeció y asintió. Se quitó el casco y jugueteó con él.
—La señora Browning dice que mantendrás las paredes del hotel —dijo Becca.
Él la miró de reojo.
—¿Has hablado con Abigail?
Becca asintió.
—Ya sabes que me hacía de canguro, hace siglos.
—Eso me dijo. También me dijo que tenía que darte tiempo.
Becca sintió que se ruborizaba. Aquella vieja estaba hecha una entrometida.
—¿Para qué?
Él se encogió de hombros y desvió la mirada.
—Todavía te quiero, Becca.
Se preguntó si eso era manipulación. O si era la pura verdad. ¿Había tomado siempre la verdad por manipulación y la manipulación por verdad?
¿Había echado a perder lo más importante de su vida sólo por no haberlo reconocido, por no haber estado preparada para ello, porque nada en su vida le había enseñado a comprenderlo?
Había tenido ideas preconcebidas sobre la manera de ser de los hombres, sobre el modo en que trataban a sus mujeres, sobre el modo en que vivían sus vidas.
«Todos tenemos prejuicios —le había dicho una vez su terapeuta, en una de sus primeras sesiones—. La clave es reconocerlos y sortearlos. Porque si no lo hacemos, nunca veremos lo que tenemos delante».
Becca contempló las cosas vegetaloides. En un primer momento había visto hueso por el olor, pero no eran hueso. Sólo parecían hueso. Eran inofensivas, antiguas y una curiosidad, pero no pruebas de un horrible pasado.
Lo había malinterpretado. Chase lo había malinterpretado. Y el Fin del Mundo había estado a punto de morir una vez más.
—Amas este sitio de verdad, ¿no es así? —le preguntó a Chase.
—Es el primer lugar en el que reconocí el potencial de Hope —dijo él—. Lo único es que he necesitado quince años para conseguir dinero e influencia para hacer realidad mi sueño.
—Y esto por poco lo echa a perder. ¿Qué habrías hecho si la señora Browning hubiera tenido razón? ¿Si esto fuera el enclave de una matanza?
Chase se puso el casco y la miró compungido.
—¿Te lo ha contado? ¿Lo de los alienígenas? ¿Por eso me has preguntado por las paredes?
—Si hay fantasmas alienígenas, tendrás problemas cuando abra el Fin del Mundo.
—Si hay fantasmas alienígenas, conseguiré un huevo de publicidad gratuita del canal Sci-Fi y el Travel Channel.
Esa vez Becca entendió su tono. A pesar de la frivolidad, contenía algo de tensión. Había pensado en ello.
—¿Te lo planteaste, verdad, al desenterrar esto?
Él asintió.
—¿Crees que podría estar diciendo la verdad?
—La versión de ella —dijo él—. ¿No fuiste tú quien me dijo que los rumores ocultaban acontecimientos reales? A lo mejor pasó algo malo en Hope y la gente se inventó la otra historia para taparlo.
—No es que nadie pensara en alienígenas en 1908 —observó Becca. Chase se sonrió y le pasó un brazo por la espalda.
—Tú siempre tan práctica, ¿no, Becca?
—No siempre —dijo ella. No durante el trayecto desde casa de la señora Browning hasta la oficina de Jillian. No cuando recordó el tacto de aquella pared, blanda contra su espalda.
—No has llegado a contestarme —dijo—. ¿Conservarás las paredes?
—¿Qué más te da? —preguntó él.
—Me fastidian —respondió ella.
Él la miró.
—Tú viste los fantasmas alienígenas.
Becca sacudió la cabeza.
—No vi nada. Me llevé un susto de adolescente, nada más.
Él la acercó hacia su cuerpo. Ella no se apartó.
—A veces, en los edificios viejos —le dijo—, me da la impresión de que puedo tocar el pasado.
Ya no miraba hacia el suelo. Miraba más allá de la luz, hacia el propio desierto.
—¿Eso crees que es? —preguntó Becca—. ¿El pasado?
—O algo así —dijo él—. Un pedacito de recuerdo. Una porción de tiempo. ¿Quién sabe? Siempre intento conservar esa parte del edificio antiguo, de todas formas.
—¿Por qué? —preguntó Becca.
—Porque si no, no vale la pena salvarlos. Son sólo madera, ladrillo o mármol. Ingredientes. Los edificios son seres vivos, igual que las personas.
Nunca le había oído esos devaneos místicos. A lo mejor nunca había escuchado.
—¿Lo importante no es el dinero? —preguntó.
—Becca, si lo importante fuera el dinero, construiría urbanizaciones en serie por todo Hope y me embolsaría millones. —Sacudió la cabeza—. Lo importante es encontrar las sorpresas, sean cuales sean. Buenas o malas.
—O las dos cosas —dijo Becca mientras removía un poco de tierra al borde del agujero.
—O las dos cosas —repitió él—. A veces me gustan las dos.
—A mí también —dijo ella. Luego lo miró.
Lo suyo juntos había sido bueno, pero a veces malo. Sintió ese anhelo del botón de llamada rápida y luego se preguntó si los terapeutas no serían buenos y malos: buenos para unas personas, malos para otras.
A lo mejor debía confiar en sí misma y punto.
Deslizó su mano en la de él.
Chase la miró, sorprendido.
Se quedaron en el Fin del Mundo hasta la puesta de sol, esperando unas respuestas que tal vez no llegaran nunca.
Entonces
El tren llevaba parado en Hope mucho tiempo para cuando Jess Taylor la encontró. Su mano se había amoldado al pasamanos cercano a la puerta y no podía recordar cómo liberarla.
Además, nadie le había abierto la puerta. Al parecer se les había antojado gracioso que tuviera que encaramarse a la barandilla para bajar del tren.
Cuando Jess Taylor la vio, pegada allí, con el brazo rematado en vez de por una mano por una barandilla que daba la vuelta a la parte de atrás del tren, no dijo nada. En lugar de eso, fue hasta su lado. La abrazó, y ella se echó hacia él.
Nunca la había abrazado antes.
Luego puso el brazo derecho junto al de ella, con la mano justo al lado de donde debería estar la suya. La observó mientras variaba, poco a poco —qué difíciles eran los dedos— y la ocultó con el cuerpo del andén y de todas esas personas que se reunían con sus familias.
Cuando hubo terminado y su brazo cayó en su costado —rematado por una mano de perfecta factura— él le dijo en voz muy baja:
—¿Te han encerrado aquí fuera, eh?
Ella asintió y notó las lágrimas por segunda vez en ese día.
—Lo siento. No pensé que fueran a hacerlo con una niña.
Y ella pensó en el Fin del Mundo y en todos los niños —los niños más mayores que habían sido sus amigos— y en cómo no los habían encerrado fuera sino que los habían matado y él había ayudado a enterrarlos para conservar su trabajo, y se preguntó cómo podía decir una cosa como ésa.
Pero se calló. Estaba aprendiendo que era mejor quedarse callada en algunas ocasiones.
—Desde ahora —estaba diciendo él con voz queda, tanto que casi no lo oía por encima de los ruidos del motor al enfriarse—, todos pensarán que eres mi sobrina llegada de Misisipí. Intenta hablar como yo y no respondas a muchas preguntas sobre tu casa. ¿Vale?
—Vale. —Eso ya lo sabía, de todas formas. Se lo había dicho antes de ir a Brothers.
—Si lo hacemos bien —dijo él, acercándosela—, nadie lo sabrá nunca.
Ella tragó saliva, tal y como hacía él cuando estaba nervioso. Nadie lo sabría nunca. Nadie sabría de ella, de su familia, de su gente. Nadie entendería que, durante una temporada, su gente esperó y confió.
A lo mejor vivía para ver llegar la nave de salvamento.
Se preguntó si la reconocería.
Se preguntó si le importaría.
Jess Taylor cogió su bolsita con una mano y, con la otra, su mano recién formada.
—La cabeza alta, Sarah —dijo, usando el nombre que oiría en adelante. Con el tiempo se volvería suyo, igual que los dos brazos, las dos piernas, la forma permanente y la piel oscura se volverían suyas. Ella. Su identidad.
Cuadró los hombros como él le había enseñado. Alzó la cabeza.
Y entonces, agarrada a Jess Taylor en busca de apoyo, dio los pasos finales que la alejaban del mundo que siempre había conocido.
Dios sus primeros pasos reales hacia el lugar que llamaron Esperanza.