País Relato - Autores

kris neville

si esto es utopía…

—Hola, Sue. —Movió algunos papeles, sin alzar la vista—. Llega tarde.
La había entrevisto, con el rabillo del ojo, cuando había llegado a la oficina.
No respondió, por lo que levantó la vista irritado.
La habitación estaba vacía.
Después de esto el calmarse le llevó todo un minuto. Y aún, cuando su mente estuvo ya calmada, su corazón siguió batiendo locamente. Miró hacia abajo, a la mesa. Ahora que pensaba en ello, recordaba claramente que Sue había llegado, puntualmente. La había enviado a Johnson con los datos de la producción para el asunto Calton; estaría allí toda la mañana. Y sin embargo le había parecido, hacía tan sólo un momento, que ella…
Se alzó de hombros e intentó forzar una sonrisa que no le quedó demasiado bien.
Su ojo izquierdo parpadeaba de nuevo espasmódicamente. Era un molesto tic nervioso del que se había dado cuenta hacía tres meses. Estaba empeorando.
Nervios.
Ya se le había estropeado la mañana.
Y ahora… alucinaciones.
Miró el reloj; miró los informes por leer, algunos de los cuales eran aún del día anterior. Deseaba gritar.
Caminó hasta el bar de Wilson y se sentó. El alcohol lo relajaba y, cuando estaba relajado, desaparecía el tic.
Tan pronto como se hubo arrellanado en el taburete se dio cuenta de que había cometido una equivocación. El barman lo estaba contemplando con obvia suspicacia. Debería de haber ido a cualquier otro lugar, pero ya era demasiado tarde. No le quedaba sino solucionar el asunto con aplomo.
Lanzó la tarjeta sobre el mostrador.
El barman la tomó y le echó una mirada desde el otro lado del mostrador.
—Señor Morrison, no querría parecerle entrometido, pero… Vino usted aquí ayer y bebió. Le hice la última perforación. Ahora, llega usted con una tarjeta nueva. ¿Cómo es eso? Las cosas no funcionan así, y usted lo sabe. Yo no podría conseguir una tarjeta nueva por mucho que lo intentase.
El señor Morrison se aclaró la garganta; temía que su ojo izquierdo comenzase a parpadear de nuevo.
—La… la obtuve del Departamento A. He estado trabajando mucho últimamente. Mis ocupaciones son muy duras.
El barman echó una mirada al reloj de pared; todavía faltaba una hora para la comida.
—Hum —dijo enfáticamente—, yo trabajo duramente. Yo… no recibo raciones extra. Ni para licor ni para nada. Especialmente para licor. Y no logro salir una hora antes de la hora de comer.
El señor Morrison no estaba acostumbrado a oír ese tono de voz. Bajo otras circunstancias, habría tomado el número del hombre e inmediatamente habría presentado una queja de la Clase 11.ª. El que no lo hiciera ahora se debía simplemente al hecho de que su nueva tarjeta no estaba realmente autorizada por el Departamento A, y que la publicidad consiguiente al aparecer como testigo en un juicio por transferencia de empleo podría ser un mal punto para su expediente.
Las miradas de ambos se cruzaron, y Morrison trató de que fuera el otro el primero en apartarla; pero notó como su ojo izquierdo comenzaba a parpadear.
—Hay trabajos peores que ése —amenazó. Y los ojos del barman se apartaron—. Un whisky seco —ordenó autoritariamente.
El barman tomó la tarjeta y la perforó.
—Sí, señor.
El señor Morrison asintió para sí mismo. Mentalmente, tomó nota de hacer algo acerca de aquel individuo; ya pensaría más tarde el qué.
Llegó la bebida. La tomó de un trago, recogió su tarjeta de racionamiento y salió.
En el futuro, tendría que ser cuidadoso para no agotar una tarjeta en ningún sitio determinado…
Ese maldito tic. Era sintomático. Estaba preocupado, definidamente preocupado. Quizá lo llamasen ante un comité investigador; tal vez lo recondicionasen; quizá dijesen que estaba perdiendo el control…
¡Y lo transfiriesen!
Se sintió helado ante ese pensamiento.
Un trabajo tan bueno como ése: Consultor para la Dirección de Producción del Distrito Este, no era fácil de conseguir. Representaba una labor de muchos años; años de…
¡Y perderlo por culpa de ese maldito tic incontrolable!
Necesitaba un trago. Lo necesitaba mucho.
A las tres, el señor Morrison ya estaba placenteramente borracho. Se encontraba sentado en el taburete de un bar con su décimo whisky seco ante él.
Se dijo a sí mismo que, dentro de un par de horas, tendría que irse. Llegarían los oficinistas para sentarse incubando sus bebidas, haciéndolas durar. Luego, a las seis y media, los barmans los echarían, para que se fueran a sus casas a comer sus insípidas cenas. Y entonces llegarían los trabajadores: gentes zafias, incultas y quisquillosas.
El señor Morrison se estremeció.
Decidió que era una vergüenza… una vergüenza muy grande y una desgracia pública el dar a los trabajadores una ración de licor. Y el hecho de darles la misma ración (y no es que los hombres que tuviesen la habilidad y posición adecuadas no pudiesen contravenir esa ley) era llevar las cosas demasiado lejos.
La persona situada en el taburete contiguo al suyo estaba inclinándose hacia él.
—Se está usted emborrachando —dijo el individuo—. Se está usted emborrachando. ¿Tiene usted suficientes raciones como para emborracharse?
Supo que ya era hora de irse. Se alzó del taburete y se dirigió, sobre sus piernas vacilantes, hacia la puerta.
Llamó a un taxi. Buscó su tarjeta de transportes, la azul, y finalmente la encontró. Entró en el vehículo, preguntándose el porqué la gente como él no recibía simplemente una sola tarjeta, válida para todo.
—Sue, voy a dictarle durante casi todo el día.
—Sí, señor Morrison.
—Me temo —dijo, estudiando la uña de su pulgar— que estoy un tanto retrasado en mi trabajo. Es que ayer tuve que… salir a ver a un individuo —se dio cuenta de que la excusa sonaba bastante falsa.
—Sí, señor. Cuando volví de la oficina del señor Johnson, usted ya se había ido. Así que me dije a mí misma: «Veamos, Sue —me dije— ¿qué es lo que el señor Morrison desearía que hicieses?». Así que cogí el expediente de Miner… ya recordará que me dijo que buscase aquel informe traspapelado de la producción de junio cuando tuviese tiempo. Así que…
Morrison se dio cuenta, por primera vez, de que su voz era chillona y bastante desagradable.
—Muy bien, Sue —interrumpió.
—Sí, señor; pero yo…
—No se preocupe, Sue; ya me lo dirá en otro momento.
—Sí, señor Morrison.
El señor Morrison alzó la vista y la dirigió hacia la izquierda. No quería mirarla directamente.
—Realmente, tendríamos que empezar con ese dictado.
Ella cruzó la habitación hasta la silla situada frente al estenógrafo; se sentó en ella con aspecto eficiente.
De repente, el señor Morrison no supo por donde empezar: ¡había tantas cosas que hacer! En su desesperación, tomó el informe superior del montón y comenzó a leerlo airadamente. La resaca llenaba su estómago de mariposas, y no podía concentrarse en las palabras. Su mente estaba vacía.
Aclaró la garganta. Eso, normalmente, le ayudaba. Fijó con determinación su vista en la cabecera.
—Nota interior. A Jacoby.
Las teclas sonaron secamente en el estenógrafo.
—Me han llamado la atención sobre el informe… esto… —sus ojos buscaron frenéticamente el número de archivo… ah, ahí estaba, justo donde tenía que estar…— esto, número… Será mejor que esto lo ponga entre paréntesis, Sue… su número de archivo 739.82. No, pensándolo mejor, no lo ponga entre paréntesis.
Notó como las palmas de sus manos se humedecían de sudor. ¿Debía de llevar eso paréntesis? Trató de sobreponerse. Trató de decirse a sí mismo que no importaba.
Pero importaba. Los errores (aún los pequeños) eran tenidos en cuenta, en contra de uno, en los informes de eficiencia. No se podía ser lo bastante cuidadoso.
Se aclaró la garganta por segunda vez. Secamente.
Aquí llegaba. De nuevo el tic.
Se estremeció. ¿Se había dado cuenta Sue?
Se puso en pie y le dio la espalda. Volvió a iniciar el dictado:
—Informe número tal, referente al descenso de la eficiencia en la Fábrica Siete.
¿Fábrica Siete?
¡Oh, Dios! Ahora recordaba. Se suponía que debía inspeccionarla. Esta tarde. A las dos.
Los informes tendrían que esperar.
No. Los informes no podían esperar. Ya estaba demasiado retrasado. Demasiado.
—¿Cómo? ¿Qué es lo que dijo, Sue?
—Dije que me gustaría que no estuviese así, cara a la pared, señor Morrison. Eso hace que su voz suene como si tuviera la boca llena de algodón. Hace que sea muy difícil el entenderlo.
—Oh… naturalmente.
Si se volvía, seguro que ella se daba cuenta del tic.
—Sue. ¿Querría usted salir y… esto… irme a buscar tabaco?
—Sí, señor. ¿Me puede dar su tarjeta?
No se dio la vuelta.
—Use un impreso oficial para raciones —dijo irritado.
Por un momento hubo silencio. Luego:
—Ciertamente, señor Morrison.
Oyó como sus tacones sonaban con un seco repiqueteo sobre el desnudo suelo; oyó cerrarse la puerta.
Se dio la vuelta.
Se sentía débil.
Se derrumbó sobre su silla y trató de relajar sus agotados músculos en tensión.
Su coeficiente de eficiencia estaba bajo, y lo sabía. Eso significaba que, en cualquier momento, podrían llamarlo para una revisión médica. Amargado, hizo una mueca con la boca. ¿Cómo podían esperar que un hombre…?
Decidió que era la presión. La eterna presión. El eterno miedo a perder un punto en el índice de nivel de empleo y ser transferido. El conocimiento cierto de que uno está siendo vigilado, de que cada error es anotado en la hoja balance. La inseguridad.
Ni siquiera un hombre de hierro podría soportarlo.
El señor Morrison miró a los informes y suspiró.
Todavía le quedaban veinte años de eso. ¡Dios! Veinte años. Y aún entonces… Se preguntó si era posible creer en la propaganda gubernamental acerca del nuevo programa de retiros. En veinte años, cuando le tocase el turno a él, tal vez entonces… ¡Pero todavía veinte años de ello, Dios! Veinte años más.
Refrenó sus pensamientos: últimamente, tenía una tendencia a dejarlos correr sin rumbo. Eso era malo. Interfería con su trabajo.
Contempló el gráfico de producción colocado en la pared; siguió la curva descendente con la mirada. Este mes había bajado un punto y medio.
Envidiaba a los hombres de Distribución. Como siempre, Distribución funcionaba como una seda. Y eso cuando había algo que distribuir.
Producción iba mal. La gente no trabajaba como antes, como hacían antes del Nuevo Estado.
El nuevo plan de incentivos… hum… estaba siendo considerado en Planificación Central. No le gustaba. No veía ningún sentido en mimar a los trabajadores. Darles duro, se dijo a sí mismo. Que no haya rezagados.
Ya le ocurría de nuevo. Otra vez tenía que fijar su pensamiento. Maldijo para sí.
Sus ojos volvieron a caer sobre los papeles situados encima de la mesa. Se preguntó si podría escaparse antes de que volviera Sue. Si podría tomar un par de tragos rápidos antes de que fuese la hora de inspeccionar Número Siete.
No. Tenía que ponerse al día. Cuando uno se retrasaba…
Ausentemente, tomó la pipa y la llenó. La encendió y la dejó apagar. Su ojo izquierdo seguía parpadeando.
La fábrica era una avalancha de sonidos. Eso no ayudaba en nada a calmar la pulsación de su cabeza. Asintió ausentemente en respuesta a la pregunta del capataz, y se dirigió hacia la siguiente máquina.
La operaria sacó el pie del pedal y le miró. Estaba sudando.
El señor Morrison se inclinó y tomó uno de los muelles helicoidales, examinándolo. Le dio la vuelta en la palma de la mano.
Hacía calor aquí dentro.
Devolvió el muelle a la bandeja y se giró hacia la mujer.
—¿Le gusta su trabajo? —Tenía casi que gritar para lograr que su voz se oyera por encima del horrible estruendo de las máquinas.
Los ojos de ella eran apagados. Sus labios medio formaron una palabra, y entonces se lo pensó mejor.
—Esto es a lo que me han asignado —contestó—. Esto es para lo que estoy mejor preparada.
—Una buena respuesta —afirmó el señor Morrison.
Siguió su camino.
En la siguiente máquina, la operaria apartó su húmedo cabello del rostro y contempló al señor Morrison. Éste estudió sus facciones. Estaban bien moldeadas.
Los labios de la mujer formaron una línea fina y apretada.
El señor Morrison notó que se le congestionaba el rostro. La mujer creía que le había hecho un guiño y no le había gustado.
Estaba irritada. Tremendamente irritada. Podía verlo.
Dijo algo que se perdió en el ruido.
El señor Morrison se dio cuenta de que debía ir a otra parte. Se dio cuenta de que habría problemas si se quedaba. Una discusión.
—¿Qué le parece su trabajo? —preguntó.
—¡Odio cada minuto que he de pasar en él, asquerosa sanguijuela! —gritó ella por encima del retumbar de las máquinas.
El señor Morrison se sobresaltó.
—Bueno, bueno —trató de calmarla—. Después de todo, el que la hayan asignado…
Ella escupió alguna cosa.
El señor Morrison se giró hacia el capataz.
—¡Un caso disciplinario! —chilló el capataz para hacerse oír en el ruido.
El señor Morrison contempló a la mujer y asintió gravemente.
Ella estaba viniendo, rodeando la máquina, deprisa. Se colocó frente a él.
—¡Trabajo! ¡Diez horas al día! ¡Duro! ¡Y entonces un estúpido, feo y gordo, viene a meterse conmigo! ¡Un estúpido gordo que trabaja en una oficina viene a hacerme un guiño y…!
Se sentía perdido. Deseaba explicarle que no podía evitar el tic, que era involuntario.
—Bueno, bueno. Realmente, usted no está siendo muy…
—Que si me gusta mi trabajo, pregunta. ¡Es algo que da risa! «¿Le gusta su trabajo?», dice. Escuche, caballero —estiró una mano grasienta y la cerró en su solapa—, puede usted coger este trabajo y…
Luego, en la oficina del capataz, el señor Morrison fue de nuevo dueño de la situación. Se arrellanó en la confortable silla y unió las palmas de las manos.
—¿Cuántos casos disciplinarios tienen, similares a los de esa pobre mujer? —preguntó.
El capataz se alzó y se dirigió a un archivador metálico.
—Tengo una lista oficial aquí. —Buscó entre papeles y, finalmente, extrajo una hoja. Se la llevó al señor Morrison.
—Siete, ya veo —dijo éste leyéndola. Recorrió la lista con el dedo—. Hum. ¿Y qué hay de ese hombre… esto, creo que… esto… el número 314? ¿Por qué no está aquí?
—Ah… él. —El capataz le miró—. Es un buen trabajador. Hoy, simplemente, tuvo un mal día. Después de todo, aquella máquina pudo estropeársele a cualquiera.
—¡Pero si él la atascó deliberadamente con aquel muelle!
El capataz negó con la cabeza.
—Eso fue lo que pareció. Cuando se rompió la guía, le arrancó el muelle de la mano. Usted vio el efecto, no la causa.
El señor Morrison apretó los labios, que tenían un color blanquecino.
—Tiene usted que darse cuenta de que tener un mal día no es ninguna clase de excusa. Si permitiésemos estas cosas, ya sabe usted que dentro de poco estarían todos… —dejó que su voz terminase con un silencio significativo. Sacó la pluma y desenroscó el tapón.
—Pero, señor; ¡él no es ningún caso disciplinario!
El señor Morrison colocó el tapón en el otro extremo de la pluma. La plumilla tocó el papel.
—Quizá sí, quizá no. Ése es mi trabajo. Servirá como ejemplo a los demás. Después de todo, debemos considerar la Totalidad.
Apuntó 314 en el papel.
—Haré que aprueben esta lista para que sean reasignados. Lo arreglaré para que pueda usted aparecer en el juicio de transferencias por haber sido el que indicó la necesidad de la misma.
Continuó hablando casi para sí mismo:
—Hay algunos puestos vacantes en los Campos del Este, y he recibido una requisitoria, esta mañana, para enviar a tres hombres y una mujer a las minas profundas del Norte… lo que resuelve…
Miró al otro.
—Puede usted avisar a esas ocho personas de que van a ser transferidas. —Le extendió la pluma—. Ahora, si desea usted firmar aquí, terminaremos con este desagradable asunto.
Estaba contento de hallarse en casa. Se desnudó y se dio una ducha; con una intensa concentración, se fue lavando la suciedad que la fábrica había dejado en su cuerpo. Cuando se hubo secado, se vistió con un batín y salió a la habitación. Era una habitación bonita, muy cuidada. El último ocupante, pobre hombre, había sido muy culto; además, había tenido una habilidad especial para extraer requisitos extras de Distribución.
Por ejemplo, ahí estaba el fonógrafo. En realidad, no se debería de hallar uno como ése en la casa de un empleado de clase A2. El señor Morrison era afortunado.
Repentinamente, cambió de humor.
Se puso en pie y comenzó a pasear por la habitación.
Era pequeña. Era curioso el que nunca se hubiese dado cuenta antes de lo pequeña que era. Tan pequeña que lo oprimía.
Y ni siquiera era una habitación muy bonita. No, era una conejera abarrotada y enloquecedora.
Y realmente no era afortunado.
¡Era desafortunado!
Los afortunados eran los trabajadores. Siempre tenían lo mejor. Nunca veías a uno de ellos con un tic nervioso. No es que sus casas fueran como ésta, eso no había ni que soñarlo. Pero, después de tan sólo diez o doce horas diarias de trabajo, ya habían terminado. Eran libres.
Los hombres como el señor Morrison no lo eran. Su día de trabajo no terminaba en la oficina. Cuando salían de allí se llevaban sus trabajos consigo. Para seguir preocupados con ellos…
El señor Morrison miró hacia abajo, a sus brillantes zapatos negros.
Fatiga nerviosa.
Lo mejor era enfrentarse con ello. Demasiada responsabilidad. Demasiada presión.
Debería de ver a un doctor, pero tenía miedo de hacerlo. Un doctor tendría que informar si algo iba mal. Y, entonces, lo anotarían en su expediente. Lo anotarían con tinta y nunca lo borrarían. Siempre estaría allí.
Y, sin embargo, se enterarían más pronto o más tarde. Allí estaban todos los signos, los conocía tan bien como cualquiera: eficiencia decreciente, irritabilidad, tendencia al desvarío. Preocupación excesiva por los detalles nimios. Miedo. Visiones.
Era malo. Estaba derrumbándose. El tic de su ojo izquierdo. La alucinación de ayer por la mañana. La discusión con Keller la semana pasada.
Ese maldito tic. El tenerlo era peor que trabajar doce horas seguidas, diariamente, en los pozos. Cualquiera que lo viese podía decir que estaba desmoronándose.
Dejó que sus pensamientos continuaran por el camino de la autocompasión.
Había cruzado la habitación y se había echado en el sofá. Se removió intranquilo…
¿Lo había hecho todo bien, hoy? Por lo menos se había puesto al día en los informes. Por lo menos había hecho eso.
Reconsideró el día.
Había el asunto del 314. Ahora le sabía mal. Naturalmente, era demasiado tarde; aunque quisiera, ya no podía hacer nada al respecto.
No es que le molestase el dar un ejemplo de vez en cuando. Era necesario. Y mucho más satisfactorio que todos los «planes de incentivos» del mundo. Pero aún en eso uno podía sobrepasar el límite.
El señor Morrison no estaba demasiado seguro de no haberlo sobrepasado en los últimos tres meses.
Tal vez ése fuera otro síntoma de la fatiga nerviosa. Una tendencia a no manifestar ninguna comprensión por las faltas de los otros, al darse cuenta subconscientemente de las de uno mismo. Una especie de autocastigo.
No deseaba seguir pensando en eso.
¡Esta noche tampoco iba a poder dormir!
Deseaba gritar. No podía explicar por qué. Simplemente, deseaba gritar.
Gritó.
Estaba muy consciente del batir de su corazón, y también del hecho de que no podía hacer nada por evitarlo.
Naturalmente que estaba nervioso. Y hasta un tanto asustado. Pero, ¿quién no lo estaría? Trató de calmarse repitiendo la vieja frase: «Dentro de cien años no importará lo más mínimo». Pero, como siempre, no le sirvió de nada.
Se sentía como un muchachito esperando al doctor.
El señor Haskins había llegado hacía quince minutos, atravesado la habitación sin ni siquiera mirarle, y entrado en su oficina. En cualquier momento, debería de terminar de leer el montón de informes de hoy.
La silla en que se hallaba sentado el señor Morrison era bastante inconfortable. Sacó su pipa.
El señor Haskins era el empleado encargado del comité de investigación para los casos que hacían referencia a personal de las clasificaciones A y B. Recibía copias de los juicios de transferencia y dictaba sentencia. Era un hombre muy competente. El señor Morrison tenía entendido que anteriormente había sido un psiquiatra.
El juicio no había sido muy malo. Al menos, no tan malo como había esperado.
Todo el mundo había sido muy amable y simpático, tratando tan sólo de obtener los hechos reales.
No le sorprendería mucho si recibía seis meses de permiso de recuperación. Eso le gustaría. Quizá pudiera obtener una prioridad para Hawaii. Estar cuatro meses al sol sin ninguna clase de preocupación. Volver relajado.
Naturalmente, esto estaba en manos del señor Haskins. Fuera cual fuese su decisión, sería inapelable; pero le resultaba difícil pensar en algo más severo que una transferencia a la clase C. Eso en el peor de los casos. Lo que quizá no fuera demasiado malo. Menos responsabilidad.
El señor Morrison encendió la pipa. Sonrió tontamente a la vacía habitación.
Centró su atención en la ventana sin cortinas. Afuera, era primavera. Le gustaba la primavera. Le gustaba oír cantar a los pájaros y sentir el viento suave y tibio en el rostro. Se preguntó cómo sería la primavera en Hawaii.
Se abrió la puerta.
—Entre, señor Morrison. Por favor.
El señor Morrison se puso en pie de un salto. Miró a su alrededor buscando un lugar en el que golpear la pipa, no vio ninguno, y la metió en el interior de su bolsillo. Automáticamente se ajustó el nudo de la corbata y alzó los hombros, pero su paso resultaba incierto.
La recepcionista se apartó para dejarlo entrar y cerró la puerta tras él.
El señor Haskins estaba sentado tras una gran mesa de nogal. Le miró.
—Ah —dijo—. Venga aquí.
Avanzó a través de la alfombra y se detuvo frente a la mesa.
El señor Haskins no le ofreció ninguna silla. Eso era un buen signo; la entrevista sería corta, tan sólo duraría lo suficiente como para aclarar algunos puntos menores.
Durante unos largos instantes, el señor Haskins lo estudió en silencio, frunciendo los labios, especulativamente. Morrison se agitó nervioso.
—Morrison, ¿no? —gruñó el señor Haskins.
—Sí, señor.
Miró hacia abajo, a la mesa.
—¿Su número es 37-533-338?
—Sí, señor.
—Entonces, éste es su caso.
El señor Haskins construyó una pirámide con sus manos al colocar las yemas de los dedos juntas y las palmas frente a frente. Usaba un par de guantes blancos y amplios. Se miró las manos y las relajó, dejándolas caer por debajo del tablero de la mesa, fuera de la vista de Morrison.
—Tengo entendido que creó usted un cierto disturbio la semana pasada, chillando en su apartamento.
Morrison enrojeció y tartamudeó un débil:
—Sí, señor.
—¿Por qué lo hizo?
Morrison se movió intranquilo. Hizo unos movimientos con sus manos que expresaban su confusión y embarazo.
—Yo… es decir, señor, verá… exceso de trabajo y…
—¡Pero hable, hombre! ¿No puede usted pronunciar frases completas?
—No, señor… quiero decir sí, señor… quiero decir, es el exceso de trabajo. No estoy en mi estado normal.
Le guiñó al señor Haskins.
Eso hizo que desease dar la vuelta y echar a correr.
El señor Haskins echó la cabeza hacia atrás, entrecerró los ojos y dio un bufido. Se alzó, caminó deliberadamente a través de la habitación y, entonces, se dio la vuelta. Se quedó firmemente plantado allí, con las piernas separadas, las manos cruzadas a la espalda, el cuello inclinado hacia adelante, mirando fijamente a Morrison.
—Voy a hacer preguntas, y espero respuestas concisas… Ahora, ¿cuánto tiempo hace desde que se dio cuenta por primera vez…?
Ilustración
Se había terminado. Nunca había pasado una hora y media tan terrible en toda su vida. El señor Haskins se había comportado como un toro, enorme y enfurecido. Gracias a Dios, todo había terminado.
Morrison estaba empapado en sudor frío.
Trató de recomponer sus destruidos nervios. Había sido demasiado optimista. Esto quizá terminase en una transferencia hasta la clase D. De vuelta a su viejo trabajo, de almacenero en Mantenimiento… pero podría soportar eso. Ya había sido de clase D antes. Y todavía era joven, bastante joven. Y en otros diez años o así podría subir de nuevo hasta B1… si es que el señor Haskins no ponía en su expediente: «No se recomiendan futuras promociones».
Si esa maldita pipa no le hubiera quemado los pantalones, y si ese maldito tic no le hubiera… lo mejor era que se olvidase de ello.
Morrison deseaba volver a casa y echarse en la cama, tratar de dormir, olvidarse de todo durmiendo.
Pero el señor Haskins le había dicho que esperase allí afuera. Ya llevaba esperando casi media hora.
Finalmente entró un agente de Seguridad por la puerta de la calle. Miró en una forma rara al señor Morrison y luego se dirigió a la puerta del señor Haskins, entrando por ella.
Al cabo de dos minutos salió, llevando un papel escrito a máquina. Lo consultó.
—¿Es usted Morrison?
—Sí, señor.
El señor Morrison notaba una presión sobre su corazón y una sensación de vacío en su estómago. Un escalofrío recorrió su columna vertebral.
—Tiene usted que venir conmigo.
El señor Morrison se puso en pie. Estaba confuso. Se secó las palmas de las manos en los pantalones. Tragó saliva.
—¿Podría decirme… por qué?
Los ojos del agente de Seguridad se oscurecieron por un momento. ¿Era piedad?
—No —dijo—. Se lo dirán en Central.
Shock. Lo golpeó como un martillo entre los ojos. La habitación se agitó bajo sus pies. Sus piernas se negaban a sostenerle.
Notó la mano del agente de Seguridad bajo su codo, aguantándole, llevándole suavemente hacia la puerta.
No podía creerlo. No quería creerlo. Notaba náuseas.
Buen Dios…
Había sido declarado sin interés para el Estado ni para sí mismo.
¡Ese papel era una autorización para la eutanasia!
El señor Haskins abrió el cajón superior y sacó la botella. Se sirvió una buena dosis y la bebió de un solo trago. Dejó la botella en su sitio.
Lo sentía por aquel individuo, Morrison.
Se recostó y trató de relajarse.
Miró al reloj de sobremesa. Ya debía de haber acabado todo. Ya era demasiado tarde para tratar de hacer algo.
No obstante, le preocupaba.
Y no es que le molestase el dar un ejemplo con alguien, de vez en cuando. Hacía que los otros cuidasen sus pasos.
Pero quizá se había estado pasando de la raya últimamente.
Quizá era otro síntoma del cansancio nervioso. Una tendencia a ser menos comprensivo con las faltas de los otros, viéndolas, subconscientemente, en uno mismo. Una especie de masoquismo por extensión.
Miró a su mano enguantada. Podía notar los músculos que regían su pulgar derecho. Estaban dando tirones espasmódicos.