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kris neville

la guerra de shamar

I
Transcurría el año 2346 y la Tierra, en ese tiempo, era una democracia política.
La población era regida por un Consejo Superior y en orden de importancia decreciente, por consejos menores y consejos locales. Cada uno estaba compuesto de representantes debidamente elegidos por el voto popular entre los dos partidos políticos existentes. La dirección ejecutiva estaba provista de una variedad de secretarios seleccionados por el voto de los consejos apropiados. Un grupo judicial independiente vigilaba que se observaran las leyes.
Una Tierra unida envió colonizadores a las estrellas. Las tripulaciones que regresaban traían consigo leyendas extrañas y afirmaban la existencia de animales improbables.
También regresaron con el dicho de que sobre el planeta Itra habían encontrado una civilización tecnológica floreciente, formada enteramente por humanoides extraños.
La Tierra pensó que sería indicado que Itra se uniera a una federación galáctica y de acuerdo con eso, sometió los términos de ese acuerdo tan mutuamente ventajoso.
Los itranos lo rechazaron…
El capitán espacial Merle S. Shaeffer, el piloto más joven y quizá el más cándido de la Compañía de Transportes «Trans-Universe», fue llamado inesperadamente a la oficina de la compañía en Nueva York.
Cuando el capitán Shaeffer entró en la suite del octavo piso, el viejo Tom Twilmaker, presidente de la TTU, lo saludó. Poniéndole un brazo sobre los hombros guio al capitán hacia una oficina inmensa interior y lo presentó con un general Reuter, identificándolo como el ejecutivo del Comité Intercientífico del Consejo Superior.
Solamente los tres estaban en la oficina. Con la puerta cerrada, se encontraban aislados con un esplendor olímpico muy por arriba y más allá de los negocios de los hombres.
En esa oficina los juicios que se formaban eran definitivos e imparciales. El capitán Shaeffer, en la presencia de dos de los hombres con los rangos más altos en los consejos regidores de la Tierra, estaba reducido a un asombro incoherente.
Cuando se sentaron, el viejo Tom hizo girar su silla y contempló en silencio las espirales de la ciudad. El capitán Shaeffer esperó respetuosamente. El general Reuter estaba agitado.
—Algún día —dijo el viejo Tom al fin—, me retiraré de esto. Sí, ¡buen Jesús! Oh, cuando pienso en todas las almas que aún se niegan a aceptar a nuestro bendito Salvador, ¡cuánta amargura!, ¡oh, cuánto dolor significan para mí las riquezas! Miren allá aquellos millones que bullen abajo de nosotros. ¿Cuántos no conocen al Señor? Sí, una mañana me olvidaré de todo esto y caminaré por las calles para pasar mis últimos días llevando las palabras de esperanza a los oprimidos y a los desahuciados. ¿Es usted cristiano, Merle?
El general Reuter hizo tronar las yemas de sus dedos nerviosamente mientras el capitán Shaeffer murmuró una afirmación embarazosa.
—Yo soy un hombre profundamente religioso —continuó el viejo Tom—. Me imagino que usted lo haya oído, Merle.
—Sí, señor —contestó el capitán.
—¿Pero sabía usted que el Señor le ha pedido comparecer aquí este día? —le preguntó el viejo Tom.
—No, señor.
—El general Reuter, aquí presente, es un amigo querido. Nos conocimos, oh, hace muchos años. De hecho estamos lejanamente emparentados por nuestras queridas esposas. Y trabajamos en la misma oficina de directores y en los mismos comités de caridad… Hace unas cuantas semanas, cuando me pidió un hombre, pedí su expediente, Merle. Llevé a cabo discretas investigaciones. Entonces me arrodillé y hablé sobre usted con Dios. Debió haber sido cerca de una hora. Le pregunté: ¿Es este el hombre? y me fue dada la respuesta: ¡Sí! En ese momento un rayo de luz se asomó entre las nubes.
Mientras el viejo Tom hablaba el general Reuter había seguido con sus nerviosos movimientos y por primera vez habló:
—Buen Dios, Tom, sírvenos un trago —y entonces se volvió hacia Shaeffer—. Un traguito de vez en cuando ayuda al hombre a tranquilizarse. Tomaré el mío solo, Tom.
El viejo Tom estudió al capitán Shaeffer y expresó:
—No creo que el buen Maestro apruebe el licor.
—No trate de influenciarlo —le dijo Reuter—, está cohibiendo al muchacho.
—Yo… —empezó el capitán Shaeffer.
—Dele su trago. Si no quiere beberlo, no tendrá que hacerlo.
Suspirando el viejo Tom sirvió dos bourbons de la botella que se encontraba en la cantina colocada detrás de su escritorio y se lo pasó. El martirio se reflejó en su entrecejo.
Después de un rápido movimiento de su muñeca y una sacudida experta de su cabeza, el general Reuter devolvió la copa vacía.
—No me importaría tomarme otra —dijo. Se vio ya menos inquieto—. ¿Cuán buena es su habilidad para aprender lenguajes? —preguntó el general a Shaeffer.
—Aprendí el español y el ruso en la escuela de T. T. U. PS. de acuerdo con algunas pruebas que pasé se supone que mis aptitudes para lenguajes son elevadas. En caso de que encontráramos extraños inteligentes la TTU los daría.
—¿No tiene nexos con organizaciones independientes o algo por el estilo? Usted es un buen liberal conservador o un radical progresista, ¿no es así? No me importa cuál de los dos, no creo en eso de inmiscuirse en las ideas políticas de los hombres.
—Nunca pertenecí a ninguna —contestó Shaeffer.
—Oh, puedo asegurarle que todo eso ha sido cuidadosamente verificado —dijo el viejo Tom.
El general señaló la copa vacía y con un suspiro de exasperación el viejo Tom accedió.
—Bob —dijo el viejo—, realmente creo que ya ha bebido bastante. Y ahora, por favor escuche. Nuestro maestro aconseja moderación.
—¡Maldita sea, Tom! —exclamó el general y se volvió una vez más hacia el piloto espacial—. Es posible que tengamos un trabajito para usted.
El viejo Tom sacudió la cabeza previniendo al general.
—Realmente —continuó Reuter ignorando al ejecutivo—, le pediremos prestado a la TTU. En cierto modo continuará trabajando para ellos. Puedo obtener un millón de dólares por…
—¡Bob!
—… una expropiación no marcada si sale a nombre de la TTU. No habrá preguntas. Será en Defensa Nacional. Un individuo solo no podría obtener tanto en unos años. Eso nos dará una tajada a cada uno. Hablábamos de esto antes de que usted llegara, ¿qué le parece un cuarto de millón de dólares para usted?
—Cuando se tratan esos asuntos —intervino el viejo Tom apresuradamente— yo primero pienso en las oportunidades de lo bueno que ello acarrea.
El general continuó:
—Ahora ya lo sabe, Merle. Y esto es serio. Quiero que me escuche, porque esto será controlado por las leyes de seguridad del mundo y voy a tenerlo sujeto a ellas. ¿Usted sabe lo que esto significa? Será usted considerado responsable.
—Sí, señor —dijo Merle tragando saliva—. Ya entiendo.
—Muy bien. Y ahora bebamos por eso.
—Por favor, un momento, general —pidió el viejo Tom—. Déjeme explicar. Vea usted, Merle. El Comité de Interciencia fue recientemente dirigido para considerar métodos para crear un clima de opinión en Itra, acerca de lo cual estoy seguro de que usted oyó hablar, que fuera favorable para la propuesta Federación Galáctica.
—Disculpe —interrumpió el general Reuter—. Ellos no tienen una democracia como la nuestra. No tienen ninguna libertad como las que tenemos nosotros. No tengo la menor duda de que aquellos, como se llaman itranos, creo, aquel promedio de «gooks», se alegrarían de vernos llegar y darle un puntapié en el trasero a quienquiera que esté al frente de ellos.
—Vamos, general —llamó nuevamente la atención el viejo Tom.
—Pero aún no termino —continuó Reuter—. El colarnos sería lo mejor que podíamos hacer, y no estoy diciendo que no sea… lo mejor que podamos hacer, porque para eso hay log… log… logistas. No quiero llevar allá la impresh… la impresión de que nuestra gente de la Fuerza de Defensa haya estado desperdiciando dinero. En realidad nunca ha tenido tanto como lo necesita. Pero no es así.
«Tenemos esta base amplia desde donde construir. La columna vertebral. Pero vivimos en una democracia. Ahora veamos, el Viejo Tom es un conservador liberal. Y yo, un radical progresista. Pero estamos de acuerdo en una cosa: en la importancia de una defensa fuerte. Mucha gente no entiende esto. Sienten que ya estamos gastando más dinero de lo que podemos. Pero quiero preguntarles, ¿qué otra cosa es más importante que la defensa de nuestro planeta?»
—General, me temo que lo que está usted diciendo no esté completamente relacionado —dijo el Viejo Tom secamente.
—Por el momento no importa. El punto es que nos tomaría mucho tiempo explicar a los votantes la seria naturaleza de la amenaza de los itranos. Diez, quizá quince o veinte años… Tomemos solamente una cosa. No tenemos en ningún lado cercano suficiente transporte de tropas para llevar a cabo la ocupación de Itra. ¿Sabe usted cuánto tiempo requeriría construirlos? Mi opinión es de que quizá no lo tengamos suficiente. Supongamos que Itra recibiera secretamente mañana los motores interestelares, entonces, ¿en dónde quedaríamos?
El Viejo Tom dio un puñetazo sobre la cubierta de su escritorio.
—General, ¡por favor! Al muchacho no le interesa nada de eso.
El general se puso en pie con enojo.
—¡Por Dios, eso es lo malo del mundo actualmente! —gritó—. Nadie está interesado en la defensa. Se gasta solamente un raquítico veinte por ciento de producto grueso del mundo para la defensa y esperan mantenerla fuerte. Buen Dios, Tom, sírvame un trago —aparentemente las herejías que había dicho lo habían vuelto sobrio.
El Viejo Tom explicó al capitán:
—El general es un patriota. Todos sentimos respeto por él.
—Ya entiendo —dijo Shaeffer.
El general Reuter tamborileaba con los nudillos de las manos un ritmo sobre la mesa.
—El trago, el trago, el trago… Tiene usted más en la botella, lo vi.
El Viejo Tom entornó los ojos hacia arriba y le pasó la botella.
—Esto es todo lo que puedo darle. Es todo lo que tengo.
El general levantó en alto la botella contra la luz.
—Debía haber traído la mía. Y ahora apresurémonos para terminar con esto.
El Viejo Tom sonrió con esa sonrisa del que acosan penosamente y lo persiguen.
—Vea usted, Merle, hay un descontento masivo entre los habitantes de Itra. Pensamos que tenemos que enviar a un hombre a ese planeta para que, bueno, fomente un cambio y, mmm, apresure la ya inevitable caída del gobierno despótico. Ese hombre debe ser estrictamente nuestro. Y el gobierno no será capaz de apoyarlo en ninguna forma una vez que haya aterrizado en Itra.
El general había dado fin a la botella.
—Vea ushted —interrumpió—, hay algo, una cosha que ellos no podrán combatir, y esa cosha es una idea. Por esho mandaremos un hombre a Itra con la idea de libertad, esh todo lo que se necesita. ¿Cuántosh hombres se necesitaron para empezar la revolución… mericana? Jefferson. ¿Y la revolución Rusa? Marx.
—Sí —dijo el Viejo Tom—. Necesitaremos un hombre que se dedique en Itra a predicar ideas libertarias, idea de una libertad con responsabilidad y derechos de propiedad bajo un solo Dios. Ese hombre puede cambiar un mundo.
Exhausto por la pureza de sus emociones, el Viejo Tom se sentó en su silla echándose hacia atrás respirando agitadamente para esperar una respuesta.
—¿Un cuarto de millón de dólares al año? —preguntó Shaeffer como al acaso.
II
Los itranos tenían un lenguaje común. Era gutural y con inflexiones elevadas. Afortunadamente el deletreo parecía ser fonético y solo se requerían cuarenta y tres caracteres. Hasta donde uno podría decir, los siglos de comunicación interglobal habían eliminado las peculiaridades regionales. La forma de expresarse de los de una parte de Itra no difería de los de la otra.
La mayor parte de su lenguaje había sido estudiada a través de las grabaciones espías de programas de televisión. Se había recopilado laboriosamente un diccionario y la tarea fue llevada a cabo por un grupo científico especial reunido por el Consejo Superior Terrestre.
El programa en conjunto fue dirigido y administrado por las compañías Intercontinental Iron, Steel, Gas, Electricity, Automóviles, y Synthetics, Incorporated.
Shaeffer empleó el término corto de tres años para hablar el itrano como para convencer a los itranos de que lo hablaba bien.
El resto de su programa de entrenamiento fue administrado por una variedad de otras grandes industrias a quienes también les concernía el problema de Itra.
El entrenamiento se condujo a expensas de la Defensa.
Al final de ese periodo, Shaeffer fue llevado en un autobús privado al Puerto Espacial de Nuevo México. Una nave interestelar lo esperaba.
El vehículo que lo transportaba se movió suavemente desde la base de la Fuerza de la Defensa hasta entroncar con la ancha supercarretera de dieciséis carriles, que cruzaba el área de los barrios de alrededor para conducirlo hasta Grants.
La vista de aquellos barrios le produjo a Shaeffer una mezcla de emociones.
No fue un sentimiento de superioridad sobre los habitantes, sobre aquellos que siempre lo habían considerado con una indiferencia circunspecta.
Ahí estaban los barrios, y se suponía que siempre permanecerían. Pero en ese momento, por primera vez en su vida, podía decir con verdad que había escapado de una vez por todas de su amenaza omnipresente. Sintió alivio y culpa.
Durante los últimos tres años había ganado setecientos cincuenta mil dólares.
Como civil estacionado en una base de la Fuerza de Defensa, él por supuesto había pagado por su hospedaje, lavado de ropa y alimentos. Pero el cargo fue nominal ya que solamente le habían dado permisos supervisados rigurosamente y no muy a menudo. Por lo tanto solo había gastado un total de doce mil dólares.
Lo que quería decir que entonces, después de pagar sus impuestos tenía acumulado en su cuenta de ahorros un total de casi seiscientos mil dólares esperando su regreso de Itra.
La nave de Shaeffer se mantuvo alejada de Itra mientras él preparaba su embarque.
En su alojamiento reducido se vistió con ropas al estilo itrano. El capitán Merle S. Shaeffer se transformó en Shamar el trabajador.
Además de su equipo de salto, de un cilindro de oxígeno y de una mascarilla para la cara y una pala, llevaba consigo cuarenta kilos de billetes itranos falsificados… Esos cuarenta kilos significaban cuarenta mil billetes sencillos de varias denominaciones. La Tierra pensó que esa cantidad sería todo lo que podría necesitar para sobrevivir en una civilización avanzada tecnológicamente.
El plan inicial que seguiría fue el siguiente:
1. Iba a aterrizar en un área deshabitada lejos de las que ocupaban las grandes masas.
2. Se procuraría un trasporte para trasladarse a Xxla, una ciudad importante equivalente a Londres o Tokio. En esa ciudad itrana instalaría el cuartel principal para el Partido.
3. Tenía que establecer su residencia en el barrio cercano a la universidad de Xxla.
4. Trabajando a través de contactos estudiantiles, se iba a congraciar con tantos intelectuales rebeldes como pudiera encontrar.
5. Una vez que tuviera sus contactos seguros, iba a asistir en la preparación de la propaganda y a establecer una imprenta clandestina para su producción.
6. Tan pronto como la operación en esa ciudad pudiera bastarse a sí misma se cambiaría a otra ciudad importante para empezar con el mismo procedimiento.
La nave penetró en la atmósfera de Itra, Se oyó la campanilla de alerta. Shamar el trabajador se sentó, colocándose la mascarilla de oxígeno, haciendo enseguida la señal de que se encontraba listo. Se sacudió la nave al caer la puerta por debajo de él y al instante quedó inconsciente por la violencia de la caída.
Cinco minutos más tarde girando lentamente en la caída libre, abrió los ojos.
Durante un instante de pánico no pudo leer el altímetro. Enseguida, al ver que estaba a salvo, se dio cuenta de sus sensaciones físicas. Sentía un frío extremado. Como giraba sin dirección, se golpeó el pecho para restablecer la circulación de la sangre.
Logró estabilizar su caída extendiendo los brazos. Entonces flotó en el aire sin sensación alguna de movimiento. Tuvo la impresión de que era Itra el que caía lentamente hacia él. Se volvió de espalda hacia el planeta y verificó la hora. Aún le quedaban doce minutos para abrir el paracaídas.
En total empleó diecisiete minutos en caída libre y a una altura de setecientos metros abrió su paracaídas. El ruido que se produjo fue como una explosión.
Recuperándose de la sacudida flotó tranquilamente y procedió a quitarse la mascarilla de gas probando aquel aire nuevo para él. Lo olfateó varias veces y no le fue desagradable.
Allá abajo reinaba la oscuridad. Entonces de pronto la tierra se acercó a él flotando y lo golpeó.
El terreno era irregular. Tiró del paracaídas para inmovilizarlo, trastabilló y se torció un tobillo dolorosamente.
El paracaídas quedó al fin inmóvil en el suelo y él se sentó en el sitio donde había quedado lanzando maldiciones en el idioma terrestre.
Inmediatamente procedió a enredar el paracaídas para disponer de todos los paquetes de dinero con excepción de aquel que simulaba ser una mochila de campo.
Utilizó la pala para escarbar un agujero al pie de un árbol en donde enterró el paracaídas, el tanque de oxígeno, la máscara, la propia pala y cubrió todo aquello con la misma tierra; se sentó desatando su zapato para encontrar que su tobillo estaba bastante inflamado. En la distancia pudo percibir algunos olores no conocidos y se puso alerta para escuchar cualquier sonido.
Despuntaba el alba.
III
Aguzando sus sentidos cuidadosamente, se dirigió con dificultad en dirección oeste llevando sobre sus espaldas quince kilos de dinero. Llegaría hasta la intersección de la carretera principal que cruzaba el continente de norte a sur, por lo menos al mediodía.
Dos horas más tarde llegó a una pequeña cabina de plástico en el claro del borde de un bosque.
Cojeaba ya en cada paso, encontró el camino hasta la puerta y llamó.
Después de una larga espera al fin se abrió la puerta y una joven apareció ante él cubierta con un camisón de dormir. Frunció ella el ceño y preguntó:
—Itsil obwatly jer gekompilp? (¿Por qué molesta a hora tan inoportuna?)
Al oír el itrano hablado por una natural del planeta sintió una sacudida emocional poderosa.
Shamar el trabajador, tambaleante dio su nombre y explicó que había salido al campo. Durante la noche anterior se había perdido lastimándose el tobillo; si podía ella proporcionarle alimentos e indicarle el camino con todo gusto le pagaría.
Con una sonrisa de superioridad ella se hizo a un lado y dijo en itrano:
—Entre, «Cham» el trabajador.
Sintió pánico pero se controló y siguió a la mujer al interior de la casa.
Aparentemente él había pronunciado horriblemente su propio nombre; fue como si en idioma terrestre hubiera dicho camello por camilla. Entonces maldijo al profesor, cualquiera que hubiera sido el que seleccionara ese nombre por alguna oscura razón.
—Siéntese —lo invitó ella—. Estoy a punto de tomar mi desayuno. Huevos con tocino, el equivalente itrano para lo terrestre, ¿le parece bien? Me llamo Garling Garmadpoldlt, pero puede usted llamarme Ge-Ge.
La comida fue del todo desagradable, como si estuviera echada a perder. Apenas pudo pasar los huevos, lo hizo con la mayor dificultad. Por fortuna la bebida caliente, que equivalía al café terrestre y que le fue servida al final del desayuno tuvo el sabor suficiente para aplacar su estómago.
—Buen café —comentó.
—Gracias, ¿un cigarrillo?
—Lo acepto.
El sabor del cigarrillo era suave; fue una sorpresa, aquel sustituto para la nicotina y aquel olor que había acompañado a lo que llamaban café.
—Veamos su tobillo —dijo ella arrodillándose a sus pies y desatando el zapato derecho—. ¡Vaya, está inflamado! —dijo ella considerándolo.
Hizo una mueca Shamar cuando ella lo tocó y enseguida se sonrojó cohibido. Había caminado a través del campo polvoso. Retiró el pie y se agachó para evitar que ella lo tocara nuevamente.
Jugueteando ella le dio un manotazo diciéndole:
—¡Usted échese para atrás! Yo curaré su pie. Ya he visto pies sucios antes.
Le quitó el zapato y el calcetín.
—¡Oh, Dios, qué inflamación! —dijo ella—. ¿Cree usted que esté fracturado Shamar?
—Simplemente dislocado.
—Traeré agua caliente con algún linimento y con eso desaparecerá la inflamación.
Cuando ella colocó el pie dentro del agua, se sentó frente a él y se arregló el camisón con un ademán de coquetería. Ella lo sorprendió cuando observaba uno de sus aretes y se llevó la mano a la oreja para acariciarlo. Sonrió con esa sonrisa femenina universal, mezcla de seguridad y desconfianza, de invitación y de rechazo.
—Está usted comprometida —advirtió él.
Abrió ella sus ojos grandes y lo estudió sin quitar de la boca el pulgar que tenía entre los dientes.
—Estoy comprometida con Von Stutsman. Quizá ha oído hablar de él. Tiene un puesto importante en el Partido. ¿Lo conoce? ¿Pertenece usted al Partido? —le preguntó. Estaba bromeando con él y de pronto le dijo—: Tampoco yo, pero creo que tendré que pertenecer a él si paso a ser la señora Stutsman.
Durante un momento permanecieron en silencio.
Entonces la sangre se le heló en las venas por el terror. Todos los pensamientos, menos el del instinto de conservación, habían desaparecido de su mente.
—Su pronunciación es increíblemente mala —dijo ella.
—Soy de Zuleb —dijo él al fin tímidamente.
—De Meta, Gelwhops o de Karkeqwol, no hay diferencia. Ninguno en Itra habla como usted. De modo que debe ser de ese planeta que trajo al Partido en un ala hace varios años; la Tierra, ¿no es así?
Él guardó silencio.
—¿Sabe qué le harán cuando lo atrapen? —le preguntó ella.
—No —dijo él con voz hueca.
—Lo descabezarán.
Ella rio pero amablemente.
—¡Si pudiera verse! ¡Cuán ridículo se ve, Shamar! Y a propósito, ¿cuál es su verdadero nombre? ¡Sentado aquí con el pie metido en el agua y con esa mirada de espanto que tiene! Vamos, deje que le traiga más café y podremos hablar.
Fue ella en busca del café y volviendo la cabeza le dijo por arriba del hombro:
—Aquí está a salvo. Nadie vendrá. Yo no regresaré a trabajar sino hasta el martes.
Regresó ella con la cafetera humeante.
—Beba esto mientras me visto —y se alejó hacia su alcoba. Oyó Shamar el ruido de la regadera que se abría.
Continuó allí esperando atontado y sin saber por el momento qué decisión tomar. Bebió el café porque estaba allí. Sus pensamientos se agitaban en la jaula de su cráneo como ratones metidos en una ratonera. Cuando Ge-Ge regresó él aún no resolvía su conflicto interior. Ella se plantó frente a él descalza sobre la alfombra y lo miró. Ahí seguía acurrucado miserablemente con el pie metido en el agua que ya solo estaba tibia.
—¿Cómo está el pie?
—Mejor.
—¿Quiere sacarlo?
—Estaría bien.
—Iré por una toalla.
Esperó ella hasta que él sacó el pie y volvió a ponerse el calcetín y el zapato. La inflamación había cedido. Se puso de pie y descansó su peso sobre el lastimado; sonriendo tontamente dijo:
—Ahora está bien. Imagino que no hay fractura.
Ella le hizo un ademán señalando el sofá. Shamar obedeció y fue a sentarse.
—¿Qué hay en esa mochila de campo? —le preguntó—. ¿Dinero? ¿Cuánto?
Ella fue hacia la mochila. Se medio levantó Shamar para detenerla pero para entonces Ge-Ge la tenía parcialmente abierta.
—¡Vaya! —exclamó sacando un grueso fajo de billetes. Los hojeó entusiasmada y gritó con alborozo—: Preciosos. Mucho muy preciosos.
Los examinó y entonces muy cuidadosamente tocando la contextura y poniéndolos contra la luz, al cabo de un momento dijo:
—Se ven bien, Shamar, apostaría que se gastaron diez millones de dólares en busca de papel y tinta y de la imprenta que hiciera esta clase de trabajo.
Arrojó los billetes descuidadamente al lado de él y fue a sentarse muy cerca.
Le tomó una de sus manos. La mano de ella era tibia y suave.
—Dígame, Shamar —le pidió ella—. Cuénteme lo que haya.
«De modo que así tan fácilmente son atrapados los espías en la vida real», se dijo Shamar con tonta incredulidad.
Al principio el relato fue lento y con vacilación. Ella lo dejó hablar sin interrumpirlo hasta que terminó.
—¿Y eso es todo? Realmente cree usted eso, ¿verdad? Y me imagino que también su gobierno lo cree. Que todo lo que aquí necesitamos es alguna pequeña idea o algo —se puso en pie Ge-Ge y se alejó de él unos pasos—. Pero por supuesto, ni está aquí ni allá, ¿no es cierto? Nunca me imaginé que el tipo de aventurero fuera como usted. Tiene usted una voz suave y sincera. Cuando yo era solo una niña, me imaginaba ser llevada sobre el lomo de un camello por un «sheik» del desierto, con el cutis quemado por el sol y la arena. Oh, ¡cuán bien parecido era! ¡Sus manos eran como el acero, sus ojos relampagueaban y sus labios gruesos besaban arrobadoramente! Bueno, así es la vida me imagino —iba y venía con paso menudo por la sala y sin dejar de caminar prosiguió—: Déjeme pensar. Podemos tomar un volador en Zelonip después de que tomemos el autobús el próximo martes. ¿Cuánto pesa el dinero?
—Cuarenta kilos.
—Yo podré llevar cinco kilos en mi bolso, usted cargará con su mochila de campo. ¿Cuánto hay en ella? ¿Quince kilos? Entonces nos quedarán veinte kilos que podremos enviar por carga pagando extra. Después, cuando lleguemos a Xxla, podré esconderlo en un apartamento de un edificio del lado este.
—¿Y por qué habría usted de correr tal riesgo por mí? —le preguntó.
Se quitó el cabello que le caía sobre la cara y dijo:
—Digamos… ¿qué? Realmente no pienso que usted pueda lograrlo, porque eso es imposible. Pero quizá, solamente usted podría ser uno de los raros, si es que juega sus cartas correctamente, que pudiera derrocar el sistema. Me gustaría vivir para verlo.
«Bueno, le diré a usted algo acerca de mí, yo soy una empleada de mediana categoría. Nada más. Una simple empleada en una de las oficinas del Partido. Conocí a Von Stutsman hace un año. Esta cabina es de él y él me permite vivir en ella.
«Él es mayor que yo, pero considero que hay materiales peores para maridos. Sin embargo él está a punto de ser transferido a una de las grandes zonas agrícolas en las planicies lejanas en donde no hay ninguna diversión. Lo único que se ve son pequeñas ancianas y viejecillos y mujeres criando niños.
«Yo soy una chica de ciudad. Me gusta Xxla. Si me casara con él todo sería aburrido. Quedaría yo abandonada con él por años, solo Dios sabe dónde. Estancada, solo estancada.
«Pero aun así, él es Von Stutsman y va cuesta arriba. Todos dicen eso; diez, veinte años y él regresará a Xxla, y cuando lo haga se encontrará en la cumbre.
«¡Oh… no sé lo que quiero hacer! Si me caso con él tendré todas las cosas que siempre he querido. Posición, seguridad. Él es mayor que yo, pero es un tipo muy bueno. Solamente que es muy aburrido. No puede hablar acerca de otra cosa más que del Partido, Partido, Partido.
«Por eso es que vine a esta cabina solitaria. Para pensar las cosas, para ver qué resolución tomo. Y he aquí que usted se presenta. Quizá eso me dé una oportunidad para algo emocionante antes de que me embarque para las llanuras, ¿no tiene eso sentido para usted?
«Me casaré y allá estaré sentada, volviendo las páginas de las revistas del Partido y sonreiré dulcemente para mis adentros porque, vea usted, siempre podré inclinarme hacia adelante y decirle: ¿Querido? Hubo una vez, cuando ayudé a esconderse a un espía de la Tierra en Xxla. Y eso alejará de su rostro esa mirada tonta y egoísta aunque sea por una vez… ¡Oh, no sé! ¡Déjame sola!»
Con esas palabras se alejó apresuradamente a su alcoba y cerró violentamente la puerta detrás de ella.
Shamar pudo oírla sollozando desolada.
Al mediodía salió y él se encontraba dormido. Lo sacudió delicadamente para despertarlo.
—¿Cómo? ¿Eh? ¿Qué? —sonrió tontamente.
—Puede lavarse allá —le dijo ella—. Siento haber perdido los estribos esta mañana. Cocinaré algo.
Cuando regresó del baño Shamar, ella estaba sirviendo la comida en platillos humeantes.
—Mire, Ge-Ge —dijo él cuando tomaban el café—. A usted no le gusta su gobierno. Nosotros los ayudaremos. Hay esta idea de la Federación Galáctica.
Entonces él le explicó la cruza fertilizadora de las dos culturas.
—Shamar mi amigo, ¿vio usted la proposición de la Tierra? No había nada en ella acerca de darnos un motor interestelar. Se nos requería que le diéramos a la Tierra todas las franquicias del Transporte. La organización para la que usted trabajaba recibiría, según recuerdo, una exclusiva de noventa y nueve años para hacerse cargo del comercio entre la Tierra-Itra. Todo eso estaba publicado en los diarios, ¿no lo vio usted?
—Bueno, pues no me son conocidos los detalles —dijo Shamar—, pero estoy seguro de que todas estas cosas pueden realizarse. Quizá por medidas de seguridad, no quisimos darles el motor interestelar, pero ustedes podrán apreciar la lógica en eso. Una vez que viéramos que ustedes fueran, bueno, como nosotros, un planeta amante de la paz, tan pronto como hubieran cambiado su gobierno por otro demócrata, ustedes verían nuestro modo de obrar y no tendrían quejas al respecto.
—Dejemos de hablar de política —dijo Ge-Ge cansadamente—. Es posible que sea como usted dice y que yo sea por naturaleza desconfiada. No quiero ya hablar de ello.
—Bueno, simplemente trataba de ayudar…
La frase fue interrumpida por una monstruosa explosión.
—¡Buen Dios! —exclamó Shamar—. ¿Qué fue eso?
—Oh, eso —explicó Ge-Ge sin preocuparse—. Probablemente estaban probando una de sus fábricas automáticas para ver si era a prueba de explosión y naturalmente fallaron.
IV
Durante la semana que pasaron solos en la cabaña, Ge-Ge se enamoró de Shamar.
—¡Oh, mi Dios! —gimió ella—. ¿Qué haré cuando caigas en manos de ellos? ¡Me moriré, Shamar! No podría soportarlo. Iremos a Xxla, nos esconderemos tan sigilosamente como dos ratoncillos en cualquier lugar. Los dos solos pero juntos, detrás de puertas cerradas y persianas bajas. Nadie sabrá nunca nada acerca de nosotros. Seremos la gente invisible.
Shamar protestó.
—No veo cómo podremos algún día estar seguros hasta que se haga algo acerca de tu gobierno. Mientras no lleguen ustedes a un acuerdo con la Tierra yo seré aquí un proscrito de la ley. Tendré miedo de que en cualquier minuto alguien pueda tocarme en el hombro para llevarme con él. No creo que pudiéramos soportar eso. Acabaríamos por no soportamos.
Ge-Ge lloró calladamente.
El último día que pasaban en la cabaña salieron a desenterrar el resto del dinero. El viaje a Xxla tuvo lugar sin ningún contratiempo. Ge-Ge alquiló para Shamar un departamento y pudo entrar sin dificultad. Ella salió a comprar alimentos y ropa.
Desde entonces lo visitaba casi todas las noches. Mientras cenaban, ella le revelaba los detalles inconsecuentes del régimen de oficina a los cuales estaba diariamente expuesta. Después de la cena se sentaban en la sala y practicaban el idioma itrano y se besuqueaban un poco. Después ella se iba a su casa.
Un día, después de un mes de esa rutina, ella se arrojó en los brazos de Shamar y sollozando le dijo:
—Hoy le devolví a Von Stutsman el arete de compromiso. Fue lo único que en justicia podía hacer. Temo que ya sabe acerca de nosotros. Ha hecho que me vigilen, lo sé. Le confesé que hay otro hombre.
Shamar la abrazó nerviosamente.
Soltándose de su brazo le expuso la situación.
—Le dije que tú habías nacido en Zuleb; que sufrías de amnesia, que una mañana despertaste en una alcantarilla sin documentos. Desde entonces había sido un trabajador errante. Casos como ese ocurren todo el tiempo. Hace unos meses que jugando un billete de lotería obtuviste un buen premio. Eso le dije. ¿Cómo puede verificarlo?
—¿Le dijiste que no tengo documentos?
—Hay millones de personas que carecen de ellos. Los impulsivos, los que llevan a cabo labores ocasionales, la gente que no trabaja del todo. La cosa es que sin documentos no tiene modo de investigarte. Oh, debías haber visto la cara que puso cuando le devolví su arete. Se puso completamente lívido. Nunca pensé que realmente me quisiera tanto. Supongo que ahora tendré que renunciar a mi empleo. Si al menos tuvieras documentos para que pudiéramos casarnos.
Esa noche el humor de Ge-Ge se alternaba entre la desesperación y el optimismo. Al final se puso inquieta y de pésimo humor. Repitió varias veces:
—Simplemente no sé lo que va a pasarnos.
—Ge-Ge —le dijo Shamar—, no puedo, y no quiero pasarme el resto de mi vida en este departamento. Tengo que salir.
—Estás fuera de juicio —le replicó encarándose con él en medio de la sala. Con las piernas abiertas y los pies firmemente apoyados en el suelo, le dijo—: Está bien, no me importa ya lo que suceda. No puedo soportar más esta situación. Te presentaré con algunas gentes que conozco ya que no serás feliz hasta que yo lo sea. ¡Pero que Dios nos ayude!
Después de aprobar su pronunciación, la que había mejorado con la dirección de ella, el sábado que siguió a esa noche Ge-Ge lo llevó a una fiesta.
La fiesta tuvo lugar en un centro de ferrocarril mal alumbrado. La gente allí congregada se sentaba con las piernas cruzadas en el piso desnudo.
Shamar escuchaba a un hombre que se quejaba de que los ciudadanos sufrían el pago de impuestos más allá de todo lo que podían pagar para respaldar el programa de automatización.
—No están interesados en construir mercancías para el consumidor. Se interesan en construir edificios para fábricas a fin de elaborar productos para el consumidor y después los hacen explotar con sus pruebas. O simplemente las fábricas resultan anticuadas tan pronto como han terminado de construirlas y no pueden aprovecharlas para su nuevo plan de producción ni para el Plan de Cien Años.
Ge-Ge murmuró una advertencia a Shamar para que se cuidara de los espías.
—¿Espías?
—El Partido —le dijo llevándolo aparte.
—Pero, pero, ¿quieres decir que el Partido permite a la gente que hable así?
—¿Y qué daño les puede causar? Todos se benefician al exponer sus agresiones. Y ahora, toma otro trago y tranquilízate, pero Shamar, ¡ten cuidado! A nadie le importan los conspiradores locales, pero nadie quiere a los conspiradores extranjeros.
Lo condujo adonde podía tomar otra copa y lo dejó con uno de los invitados.
—Agradable la fiesta —dijo Shamar.
—Gracias —dijo el invitado—. La encuentro muy animada. Mientras haya gente que piense y que critique en el planeta, siento que tenemos esperanzas, ¿no cree usted? ¿Es la primera vez que viene? No recuerdo su cara. Tengo un grupo que estudia y que se reúne los miércoles por la noche. Será bien venido. Tenemos discusiones muy estimulantes acerca del gobierno y política. Sencillamente vaya cualquier miércoles después de las ocho. ¿Cómo dijo que se llamaba?
—Shamar el Trabajador.
—Interesante nombre —dijo el invitado—. ¿Quiere usted otra copa?
Más tarde Shamar estaba en una animada conversación con un joven barbado de unos diecisiete años de edad.
—Una persona es responsable de su propia conducta, ¿de acuerdo? ¿Pero acaso lo soy de la conducta de ellos? Cada hombre se condena a su manera, ¿verdad? ¡Por supuesto! Pero yo no quiero nada con ellos. No puede usted hacer nada con eso, hombre, eso es lo que estoy diciéndole. Parece que no logro nada. ¿No ve usted? Es una máquina…
—Pero si todos se unieran al Partido —sugirió Shamar.
—Muy bien, pues todos se unen. ¿Y qué tiene eso de nuevo? Está bien, usted vote por el Partido en las elecciones. ¿Qué consigue? Allí tiene usted dos tipos que lanzan su candidatura para algún puesto. Uno es ligeramente de izquierda y el otro ligeramente derechista. Pero los dos apoyan abiertamente el Programa de las Fábricas Automatizadas. Pero simplemente suponga que se topó con un radical, y suponga que dejan que uno de ellos accidentalmente se deslice. Entonces ha quedado fuera y ellos lo obligan a que entre de nuevo en la línea, y cuando regresa usted le dice: ¿Cómo hombre, qué pasó? Y él le contestará: «Bueno, pues no pude hacer nada por evitarlo». Eso es lo que estoy diciéndole.
—No puedo ver eso —dijo Shamar—, sencillamente no lo creo.
En otra ocasión Shamar trataba de explicar las elecciones libres a una mujer, y le informó ella: «Hombre, solo deme una manera de lanzar un voto contra todos esos pícaros, y entonces pensaré dos veces acerca de toda esa tontería que está usted pregonando».
Un hombre sobrio instruido le dijo:
—¿Unirse al Partido? ¿Y para qué? Usted se une al Partido y se le exige que pase todas sus tardes libres en conferencias, reuniones y discursos, en desfiles ceremoniales en honor de un nuevo sitio para la construcción de otra fábrica mecanizada. No, gracias, no me uniré.
Otro le dijo:
—Mira, hijo, lo que necesitas es una lección en economía. ¿Qué quieres decir con sociedad libre? La única manera en que puedes controlar una sociedad industrial es limitando la producción. Si produces suficiente para todos, el gobierno se vería privado de sus negocios. Mira esto. El Partido tiene millones de máquinas tabuladoras de una clase o de otra, trabajando felizmente día y noche, preparando la producción para que encaje con la distribución de ingresos. Nunca se ha sabido que haya fallado y produce el abastecimiento de cualquier artículo. Porque, ¡maldita sea! si cada hombre, mujer o niño del mundo saliera a comprar un kilo de clavos al menudeo, la escasez de clavos sería fantástica. ¿Pero producirían más clavos? Tú sabes que no lo harían. Se concretarían a decirles: ¿De modo que quieren más clavos? Pues bien, maldita sea, ¡trabajen para conseguirlos! Y el precio subiría. ¿Ves lo que quiero decirte, hijo? Tendrían otro garrote para apalearnos.
Más tarde Shamar se vio sentado sobre el piso frente a un esteta de unos treinta años de edad que le decía:
—Vea usted, mi amigo: la fuerza y la violencia nunca logran sus fines. Tenemos que permanecer firmes en el principio de la no violencia.
—Pero eso los mantendrá oprimidos —protestó Shamar.
—¡No! Algunas veces pienso que ese principio llega hasta el preciso corazón de la existencia humana. Quizá esto es la importancia central de toda filosofía: la manera en que se hacen las cosas es más importante que los fines que se han obtenido.
En ese punto llegó Ge-Ge muy agitada:
—¡Shamar, pronto! ¡Tenemos que irnos!
—¿Eh? Tengo una plática muy interesante…
Ella lo hizo ponerse en pie. Shamar intrigado la siguió. Mientras se dirigían a la salida se desató una pelea en el rincón opuesto de la sala.
—¡Apresúrate! —dijo Ge-Ge—. Salgamos antes de que se presente la policía.
Cogidos de la mano se abrieron paso hasta la puerta. Allí se detuvieron un momento para mirar hacia atrás.
—Son dos partidos rivales socialistas que pelean —explicó ella exaltada.
—¿Por qué?
—Sabrá Dios. Vamos, deprisa.
Al fin salieron a la calle.
—No corras, camina —lo previno ella. Después de una cuadra le dijo—: Ni siquiera necesité vigilarte cuando salíamos. Todos habían bebido tanto que ninguno se fijó mucho en ti.
—¿Aún los espías?
—Oh, esos son los que más se emborrachan.
Se oyó entonces la sirena policiaca.
—Apresurémonos.
Cuando llegaron al departamento de Shamar ella preguntó:
—Y ahora dime, ¿qué piensas de la fiesta?
—Fue educativa —le contestó después de un momento.
V
Shamar pasó la semana siguiente caminando por las calles de Xxla. Trataba de convencerse de que los que había conocido en la última fiesta no habían sido del grupo de representantes.
Pero sí habían sido.
El viernes Ge-Ge le anunció:
—Shamar, no puedo soportar más esto. ¿Qué va a suceder? ¿Qué va a hacer Von Stutsman? Está tramando algo. Algunas veces quisiera… ¡Oh, Dios! Algunas veces quisiera que pasara ya algo para saber qué hacemos —él trató de rodearla con el brazo, pero ella se alejó—. No, déjame.
Se retiró Ge-Ge al lado opuesto de la sala. Durante un momento y sin ninguna razón la hostilidad que flotaba en el aire entre los dos era como hielo y fuego.
—Lo siento —dijo al fin Ge-Ge en tono cortante.
—Está bien —contestó Shamar.
—Hablemos de otra cosa —sugirió Shamar con voz fría que se oyó muy distante.
Permanecieron en silencio durante unos momentos y entonces fue Shamar el que habló.
—Quisiera preguntarte algo. Entre toda la gente con quien hablé, no pude encontrar uno a quién pareciera importarle algo, de un modo o de otro, la Tierra, ¿por qué? Se podría pensar que al menos hablaran de ella.
—Y por qué razón. Nosotros tenemos nuestros problemas.
En esos momentos llegó la policía y se llevó a Shamar el Trabajador.
Lo pusieron en una celda en donde ya había otros tres prisioneros.
—¿Por qué te trajeron, compañero?
Durante un momento Shamar estudió al prisionero sin contestarle. Sus otros dos compañeros lo miraban.
—No hay razones aparentes —dijo al fin Shamar.
—Me llamo Long John Freed.
Shamar asintió inclinando ligeramente la cabeza.
—¿Están tratando de castigarte por evadir el impuesto de productividad, eh?
Shamar no hizo ningún comentario.
Freed se echó hacia atrás en su litera.
—Yo digo que los tomes hasta donde puedas. Y ahora, mira, tú eres un tipo pequeño. Por eso nos sangran hasta lo último. Pero piensa en el gerente de una fábrica o en un importante tipo del mercado negro… ¿crees que ellos paguen impuestos? Puedes apostar a que no. Es un monopolio. Los pobres pagan y pagan porque no pueden contratar a esos abogados costosos para que mientan por ellos; y los ricos acumulan y acumulan. No sé por qué el Partido nos hostiliza.
Freed cambió de posición y continuó:
—Di lo que quieras acerca del Partido, y yo sé que tiene sus culpas, aun con todo eso hay hombres muy delicados dentro de él. Yo podré ser un tramposo de poca importancia pero soy tan patriota como ellos. El Partido ha realizado muchas cosas buenas.
«¿Es la primera vez que te encierran? ¿Qué edad tienes, veintisiete o por ahí?
«La primera vez tratan generalmente de alistarte en la Fuerza de la Fábrica.
«Después de todo no es tan mal monopolio. Cuando te inician, te arrojan en el grupo de muchos chamacos, generalmente los recién alistados. Te tienen seis semanas trabajando con pico y pala y al fin de ese término verdaderamente estás arrastrándote. Después viene la escuela de especialización.
«Trata de colocarte como electricista o plomero. Los yeseros o albañiles tienen que trabajar muy duro. La carpintería no es mala, pero si yo tuviera que elegir, escogería la fabricación de gabinetes en vez de carpintería ordinaria. Y también hay las verdaderas especialidades. Para eso tienes que tener una verdadera personalidad o te volverías loco. La demolición no es tan mala; te dedican a volar fábricas anticuadas. Eso me habría caído al pelo».
Freed guardó silencio por unos segundos y después prosiguió:
—Algunas veces yo puedo hablar como un radical y quizá soy un poco, no lo sé. Si te fijas bien en todo el cuadro, las cosas no andan del todo mal. He conocido a un montón de rateros y tramposos. Pero en clase, por puro patriotismo los colocaría contra cualquiera que me nombres, y en cierto modo, tú sabes, me siento orgulloso de ello… Bueno, y ahora a callar y a cerrar un poco los ojos…
Cuando finalmente Shamar logró dormirse, soñó que el Partido era una vasta e invulnerable pirámide descansando en la base movediza de la población. Había sido construida para amortiguar las vibraciones. El fondo se sacudía y el sacudimiento corría hacia arriba unos centímetros y era absorbido. La parte alta de la pirámide permanecía estable, fija y sin moverse, indiferente aun para sus propios cimientos. Esa pirámide había sido construida con una torre a prueba de temblores. Había sido edificada para durar. El Partido había sido formado para gobernar. Necesitaba solamente dedicarse a su propia conservación. Cualquier otro asunto era secundario.
Era una máquina orgánica. Los engranes eran carne y sangre. La gente de la cumbre era un grupo de ingenieros de mantenimiento. Su trabajo consistía en recorrer la máquina con una aceitera en la mano y cuando se hacía necesario podrían usar esa aceitera para mantener la fricción a un mínimo.
Despertó Shamar a la mañana siguiente desesperadamente hambriento y el desayuno le causó un gran disgusto. Aun descontando su punto de vista de algún modo desviado, los alimentos eran incomibles.
Freed aceptó gustoso la ración de Shamar con el comentario:
—Te sabrá mejor después de que dejes pasar algunas comidas. Siempre ocurre eso.
Una hora más tarde llegó el carcelero para abrir la celda.
—¿Shamar el Trabajador? Tome sus cosas, nos vamos.
Ge-Ge estaba esperándolo en la sala de recepción. Sus cabellos habían sido arreglados especialmente para la ocasión. Llevaba puesto un vestido recién planchado y muy limpio. Tenía lágrimas en los ojos.
Voló a sus brazos exclamando y acariciando su rostro como si fuera un niño.
—¡Mi amor! ¿Ha sido horrible? ¿Te han golpeado?
—Estoy bien —contestó lacónicamente Shamar.
—Mi vida, vamos a sacarte bajo fianza. Ya hice todos los arreglos. Solamente tendremos que ir a la sala del juez por unos minutos y te dejarán salir. Gracias a Dios que vas a salir de este horrible lugar, al menos por un tiempo.
El carcelero le entregó a Shamar su cinturón y otras pertenencias, haciéndole firmar el recibo correspondiente y enseguida fueron ante el juez.
Con la ceremonia de costumbre dijo el representante de la ley:
—Por favor sentados.
Su voz era resonante y amigable. Se dirigió entonces hacia su escritorio y también se sentó.
Ge-Ge y Shamar se sentaron frente a él.
—¡Ah, ustedes jóvenes! —les dijo—. Usted debe ser Shamar el Trabajador, y usted…
—Garfling Garmadpoldlt.
—Por supuesto, ya recuerdo —y volviéndose a Shamar le dijo—: Odio ver a una fina persona como usted en problemas, Shamar. Me parece lamentable. Desde niño y ahora de hombre, durante sesenta años he sido un trabajador dedicado al Partido. Oh, Shamar, cuando pienso en ese glorioso paraíso que tendremos… en ese tiempo de riqueza distribuida entre todos… en esos días en que las riquezas y la abundancia debidas a la automatización de nuestra Madre Itra, inunden las casas de los ricos y los pobres… —la pareja esperó, mientras él continuaba—: Aquí me siento, Garfling y Shamar, año tras año, juzgando a mis prójimos. Juzgando a las pobres criaturas que no viven el sueño. Algunas veces siento que no es este el camino. Algunas veces pienso que mi trabajo no está aquí sino en las esquinas de las calles, predicando el sueño, despertando a las almas, contando la historia de amor, belleza y abundancia de la vida por venir.
«¡Ah, yo! Pero el mundo aún no es perfecto, ¿verdad? Y el entendimiento del hombre es imperfecto. Aquí está usted ahora, Shamar, ante mí, sin ningún medio de vida y sin antecedentes de haber pagado impuestos sobre productividad. ¡Oh, qué triste y tenebroso cuadro! ¿Alguna vez en su vida ha pensado en su obligación para el futuro? ¡Se ha defraudado usted mismo, y ha defraudado al Partido y al futuro!
«Con todo, en un sentido más amplio, aunque esto en ningún modo afecta su propia culpa, ¿acaso no le hemos fallado también nosotros? ¿Cómo hemos permitido que un ser humano se degrade hasta el punto de que tengamos que castigarlo? —de pronto interrumpiéndose el juez se puso de pie—. Pues bien. He hecho lo mejor que he podido. Lo pongo bajo custodia de la señorita Garmadpoldlt. Se fijará fecha para juzgarlo. No saldrá usted de Xxla sin permiso de esta corte. Y tengo la esperanza de que mis palabras hayan caído en tierra fértil. No es demasiado tarde para enmendar su vida. Y me permito decir que si me toca a mí ser uno de los que oigan su caso, la conducta que observe entre este día y la fecha en que sea juzgado, la tomaré en cuenta para la resolución».
Tomaron un auto de alquiler para ir al apartamento de Shamar. Ge-Ge temblaba nerviosamente y se acurrucó a su lado durante todo el trayecto. Los dos se dijeron palabras de afecto.
Después de que ella le sirvió de comer le dijo con nerviosismo:
—Fue Von Stutsman el responsable de tu arresto. Debíamos haber sabido que no podíamos luchar contra el Partido. Si escarba lo suficiente no habrá nada que pueda salvarnos.
Finalmente ella salió en busca de algún abogado.
Regresó al oscurecer.
—Shamar, mi amor —dijo entusiasmada—. Lo tengo. Le pregunté a un gran número de amigos y es el mejor. Es un gran abogado para la gente de ala izquierda. Hablé con él y le conté todo.
—¿Qué? ¿Le dijiste todo?
—Bueno, ¡por supuesto!
—¿Le… le dijiste que soy un terrícola? —preguntó sujetándola por los hombros—. ¡Escucha, Ge-Ge! Me arrestaron por un cargo que pude echar abajo y ahora mira lo que has hecho. ¿Qué te hace pensar que no me denunciará ante el Partido? Esto es muy serio. Ya no es un simple caso de evasión de impuestos, ya es traición, y él lo sabe.
—Está bien, querido —le dijo ella tratando de tranquilizarlo y soltándose de él—. Se lo he dicho para que tome el caso. ¿Cómo vas a pensar que un hombre tan notable como él tomara el caso de un vagabundo común?
—Ge-Ge, ¿quieres decir que no se lo dirá a nadie?
—Por supuesto que no.
—¿No tiene patriotismo el hombre?
—Mira, Shamar —repuso ella exasperada—, una vez me preguntaste por qué mi gente de la calle no se preocupaba por la Tierra. Empiezo a entender el modo en que tú piensas. Lo que me preguntabas fue que si no tenemos miedo de la Tierra. ¿Qué si no tenemos miedo que la Tierra pudiera hacer algo como invadirnos o cosa semejante? ¿Es eso lo que querías decir?
—Eso es.
—Hace mucho tiempo, cuando celebramos el primer vuelo espacial, el Partido se sacudió hasta los cimientos ante la posibilidad de que alguna fuerza hostil extraitrana hubiera desarrollado un motor interestelar y llegando a nuestro mundo pudiera hacer de nosotros lo que quisiera.
Consultaron las computadoras planteándoles el problema. La invasión y conquista de un planeta es una empresa tecnológica tan vasta que la mente solo titubea ante tal proyecto. No olvides que tenemos una red de alarma en el espacio. No deben estar muy alerta pues de otro modo no hubieras logrado colarte, pero una flotilla de invasión no pasaría desapercibida. Tenemos en órbita cohetes químicos controlados por computadoras y asimismo se han colocado otros en Itra que pueden destruir cualquier vehículo espacial que se detenga con intentos de aterrizar en nuestro suelo. Se necesitaría una centésima o una milésima de los recursos tecnológicos requeridos para defender a Itra de los que se emplearían para atacarla. La Tierra simplemente no puede permitirse el atacarnos. Se arruinarían en su intento. Por cada millón de dólares que empleara aquí, nosotros gastaríamos un millar para impedir que aterrizaran.
«Oh, supongo que la Tierra, si quisiera, encontraría algún modo de destruir a Itra. ¿Pero cuál sería el provecho? Itra no la molesta, ¿por qué entonces gastar tanto dinero si no les va a rendir a ustedes ningún beneficio?
Al siguiente día Shamar fue a visitar al abogado. El consejero Freemason. El abogado le preguntó cortésmente sobre el estado de sus reservas financieras. Shamar le expuso su situación dándole toda clase de seguridades.
—Bien, bien. Eso es alentador, indudablemente muy alentador. Entonces no necesitamos poner un límite a nuestra habilidad.
«He estado pensando en su caso, señor Trabajador. En mi opinión, lo primero que tenemos que hacer es inclinar la simpatía pública en su favor. Es por decirlo así un caso ideal. No tiene tonos políticos reales. No es como si fuera usted acusado de algo serio. Pues bien, yo creo que puedo interesar a algunos amigos míos que siempre están interesados profundamente en casos en que se vea envuelta la libertad individual, considerando por supuesto, que no haya intereses políticos. Puedo pensar en varias gentes buenas que estarían dispuestas a encabezar un comité de defensa. Para el efecto de lograr lo que estoy sugiriendo ahora habría que pagar tanto como, oh, ¿digamos cien mil dólares?» —hizo una pausa para esperar respuesta.
—Estoy en circunstancias de pagar —contestó Shamar.
—Quizá aún más —continuó rápidamente el consejero Freemason—. Ya hablaremos de eso más tarde. Lo importante por ahora es poner manos a la obra.
—Y ahora, consejero Freemason —dijo Shamar—, es obvio que no soy abogado y sé que es mal negocio decirle a un profesionista cómo llevar un caso. Pero creo que la señorita Garmadpoldlt le explicó la delicada y singular situación mía. Me parece que mientras menos publicidad tengamos, mejor.
El consejero Freemason sacudió un lápiz ante Shamar diciéndole:
—Una muy buena observación, señor Trabajador, da muestras de que está usted pensando y me alegro de la oportunidad para explicarle las razones para esta recomendación. Si lo exhibo a usted ante ellos descaradamente, les daremos a entender que no tenemos miedo de que sus antecedentes sean investigados. No tenemos nada que esconder. Consecuentemente ellos no buscarán ya nada. Si por otro lado, obro con cautela, con temor, o me pongo a la defensiva, entonces se preguntarán: ¿qué es lo que el consejero Freemason está tratando de ocultar? empezarán a hurgar en su pasado.
«Y ahora espero que eso aclare el asunto a su satisfacción. Bueno, bueno. Me pondré a trabajar en su caso enseguida. ¿Tiene algo más? Ayer la señorita Garmadpoldlt explicó de una manera muy hábil que hasta donde todos saben es usted un hombre sin documentos. Que nunca ha pagado impuestos pero que tampoco tienen pruebas de que deba alguno. Que el dinero que tiene lo ganó en la lotería, y que lo cobró anónimamente; muchas personas lo hacen así por razones perfectamente válidas. Deje que prueben que usted no lo ganó así. El Partido no puede estar muy interesado en un hombre como usted…
«De modo que provocaré una controversia. Quizá sugeriremos que cualquier ganador en la lotería será probablemente perseguido. El Partido quiere que las cosas caminen suavemente. La lotería hace que la gente se sienta como si realmente poseyera una parte de algo. Y muchos ciudadanos carecen de documentos.
«Mi labor es tomar lo específico y convertirlo en un principio general vago por el que un buen número de gentes se sientan profundamente interesadas. El Partido optará por la salida más fácil: no es mudo. Lo han aprendido por experiencia. No vale usted mucho para ellos, de otro modo habría un periodo de molestias: gentes sin documentos que se liaran a golpes con la policía y cosas semejantes».
Tres días más tarde Shamar fue presentado con el flamante Comité de «Cien por Ciento de Justicia» para Shamar el Trabajador.
Se encontró ante cinco miembros del Comité y el consejero Freemason encabezándolos. Instruyeron a Shamar en sus actividades iniciales.
Habían impreso papeles con membretes y ya circulaban cartas entre gentes que se conocían como amigables, adjuntándoles un folleto en el cual les exponían los hechos del caso.
—Como usted puede ver —le dijo Freemason—, nos hemos puesto a trabajar con diligencia, el asunto naturalmente se desvía un poco a las finanzas. He adelantado de mi bolsillo cierta cantidad… Necesitaremos más de lo que yo convenientemente puedo reunir por el momento, y me siento cohibido para imponer sobre el Comité un préstamo que hasta ahora asciende a…
—Me tomé la libertad de traer algo de efectivo —interrumpió Shamar—. Para gastos generales y, por supuesto, para garantía de usted.
Todos respiraron aliviados y el consejero Freemason manifestó su entusiasmo:
—Excelente, excelente. Yo sugiero, señor Trabajador, que nombráramos a uno del Comité como tesorero, quizá a la señora Freetle, aquí presente —la señora sonrió— para quitar a usted de la mente esas preocupaciones financieras. Eso lo dejará libre para que se dedique de lleno a las actividades de la defensa.
—Y ahora que eso está fuera de discusión —dijo un caballero del Comité— vayamos directo al asunto. Como usted puede ver, nos estamos moviendo deprisa. Nuestro plan de estrategia es este: primero tenemos que establecer una imagen pública para usted, señor Trabajador; una imagen con la que el hombre común pueda identificarse. El consejero Freemason nos ha descrito su caso. Yo simplemente no sé lo que el Partido vaya a hacer para permitir que un hombre como Von Stutsman lo persiga a usted de esta manera. Oh, le digo a usted, hace que me hierva la sangre, señor Trabajador.
Otros del Comité expusieron sus puntos de vista y el sentimiento se extendió acaloradamente entre ellos.
—Pues bien —los interrumpió el consejero—. Creo que por el momento ya sabemos lo que hay qué hacer. Todos ustedes saben en dónde me pueden encontrar. A cualquier hora, de día o de noche. Entonces, señor Trabajador, si entregara usted el dinero a la señora Freetle… Y creo, señor Hall, que si contrata los servicios de ese escritor de discursos, ¿cómo se llama? ¿McGoglhy? para que trabaje en los discursos del señor Trabajador.
—¿Discursos? —preguntó Shamar.
—Usted va a ser nuestro orador prototipo en todas las reuniones, por supuesto —explicó la señora Freetle—. ¡Sé que lo hará espléndidamente, maravillosamente! Su acento es tan cautivador. Nunca oí nada semejante.
VI
Para la noche de su primera presentación pública, se le dio a Shamar un discurso nítidamente escrito en máquina. Lo ensayó apresuradamente, con tartamudeos y todo.
—¡Compañeros ciudadanos! Mientras me encuentro en este sitial, con la mirada puesta sobre este mar de cabezas, oyendo los aplausos y viendo cómo sus corazones acuden en auxilio de un pobre en desgracia, yo… me… bueno… me siento profundamente conmovido. No puedo decirles lo que esto significa para mí. Preparé un discurso para esta noche, pero no voy a utilizarlo. Simplemente permaneceré aquí de pie para decirles, como me vayan brotando las palabras, cómo me siento —hizo una pausa para ser aplaudido y enseguida continuó—: Gracias, muchas gracias. Yo sé que todos ustedes me respaldan, con excepción de los agentes de policía que hay presentes —se detuvo para esperar a que rieran—. Todos los conocemos, ¿no es así? Veo cerca de una docena de ellos. Esa docena de agentes han venido para averiguar lo que voy a decir. ¿No es ridículo? —hizo otra pausa para que se oyera una mezcla de risas, aplausos y gritos de afirmación—. Muy bien. Gracias. Espero que llenen sus oídos esta noche.
Más tarde en su discurso demandaría:
—¿Por qué me persiguen? Quiero que me digan por qué. ¿Qué he hecho? ¿De qué me acusan? Pues bien, les diré esto: no soy de esa clase de hombres que se va a someter calladamente a esa persecución. Voy a luchar. Aún me sobra un poco de dinero de lo que gané en la lotería y emplearé hasta el último centavo para luchar contra esa gente que me ha perseguido —una nueva pausa dramática—. Quiero dejarlos en este punto: no es solo Shamar el Trabajador el que está envuelto en esto. ¿Qué soy yo? Un pobre trabajador vagabundo que va de pueblo en pueblo. No soy un rico traficante del mercado negro, ni hombre de negocios. No soy uno de esos políticos gordos. Soy solo un hombrecillo. Pero no soy solo yo, y esto es lo que quiero que reflexionen, no es solo Shamar el Trabajador. Él carece de importancia. Lo que sí la tiene es que si a mí me pueden hacer lo que me han hecho ahora, el año próximo uno de ustedes estará aquí en esta misma plataforma hablando de la misma manera en que yo estoy haciéndolo. De modo que ya ven, está en su lucha. No soy yo quien importa, lo importante es el principio…
La reunión continuó brillantemente. Cada vez que Shamar hizo una pausa, los oyentes respondieron precisamente como el escritor lo había indicado. Todo fue como si la concurrencia lo hubiera ensayado tan bien como él.
La noche siguiente, otra reunión y a esa se sucedieron otras y otras más. No durmió más de cuatro horas por noche cuando la campaña estuvo en su apogeo. Habló docenas de veces ante las brillantes cámaras de televisión. Desfiló por miles de calles en un automóvil descubierto. Cientos de miles de caras se ponían frente a la suya en una corriente interminable. Gentes con lágrimas en los ojos gritando a coro: «¡Dios bendiga a Shamar el Trabajador!»
Una vez el Comité contrató a una banda de música de viento.
Y así transcurrieron dos semanas.
Al fin el Partido lo encarceló nuevamente, en un esfuerzo aparente para privar al movimiento de su líder.
Después de tres días durante los cuales Shamar fue mantenido incomunicado, el consejero Freemason obtuvo permiso para entrevistar a su cliente.
—¡Estamos logrando progresos maravillosos! —le informó el defensor—. Ge-Ge se ha convertido en el cruzado más efectivo. Debía usted oírla cuando gritaba: «¡Devuélvanme a mi hombre!» Todo se ha desarrollado maravillosamente para nosotros. Se está obteniendo lo opuesto del efecto intentado. Von Stutsman se ha extralimitado esta vez. El Partido va a tener que ceder y le costará muy caro.
—¿Cómo van los gastos?
—Ge-Ge nos ha hecho algunos adelantos…
—¿Cuánto ha gastado usted?
—Bueno, para decirle la verdad, no he llevado un control detallado. Quizá nos hemos excedido un poco más de lo que habíamos previsto. Pero la respuesta, ve usted…
Shamar regresó a su celda pensando que las imprentas terrícolas debieron haber trabajado un poco más.
Casi tomó dos semanas para que Ge-Ge obtuviera el permiso para visitarlo. Cuando llegó estaba a punto de llorar.
—¡Oh, querido! ¡Cómo te he echado de menos!
Lo puso al corriente sobre el progreso de su caso. Como el consejero Freemason lo había informado, su encarcelamiento meramente había incrementado el vigor de los que lo apoyaban. En esos momentos se encontraban en el punto más álgido, un punto que sería difícil de mantener.
—Estoy tan preocupada que me siento enferma —dijo Ge-Ge—. Si es que el Partido puede sostener su actitud una o dos semanas más. No quiero preocuparte, Shamar, pero es preciso que sepas en qué posición te encuentras. El consejero Freemason dice que lo peor que puede pasar será que te sentencien a una prisión corta, no más de un año, por no llenar formas de pagos de impuesto. Entonces te podremos sacar en apelación durante un buen tiempo.
—Ge-Ge, ¿hasta ahora cuánto hemos gastado?
—Alrededor de trescientos mil dólares.
—¡Buen Dios! ¡Se quedarán con todo antes de que terminemos! Si algún día regreso a la Tierra…
—¡No me importa el dinero, Shamar! ¡Yo solo quiero que salgas libre!
Él la tomó por los hombros.
—Ge-Ge, supongamos que el Partido no se pueda permitir ceder. Quizá piensen que tengan que permanecer firmes para prevenir muchos problemas futuros. Y cuando Freemason tenga todo el dinero… ¿entonces qué oportunidad tendremos? ¿Estás dispuesta a jugártela? Todos brincarán ante la oportunidad de derrocarlos. Si pudiéramos…
—Por favor, Shamar. Todo eso que has venido diciendo acerca de votar y de lo que estás convencido está bien, me imagino, pero no creo que daría ningún resultado. Para empezar, no hay ningún modo de votar.
—Quizá lo haya —dijo él.
Shamar todavía estaba en la cárcel al día siguiente, cuando Ge-Ge apareció en un programa de televisión.
PAMDEN había estado renuente para cederle tiempo a ella. PAMDEN era la cooperativa industrial más grande de Itra. Producía plásticos, productos agrícolas, maquinaria, detergentes, electricidad y periódicos, y siendo la más eficiente, era la responsable para operar de la red de televisión.
—Santos cielos —le dijo el ejecutivo de la estación—. Nadie puede decir que no le hayamos dado a usted tiempo, señorita Garmadpoldlt.
—Pero ellos le han ordenado que no me dé más —protestó Ge-Ge.
—¿Ellos? ¿El Partido? señorita Garmadpoldlt, ¿usted sinceramente cree eso? Nadie le dice al gerente de una estación lo que debe programar. Créame. No hay ninguna censura que me lo impida. Pero, por otro lado no podemos entregar las estaciones de televisión para la propaganda de las minorías.
Ge-Ge alegó y suplicó, y al final el ejecutivo suspiró cansadamente y dijo:
—Personal, señorita Garmadpoldlt, porque es usted una mujer joven y atractiva, por usted llamaré por teléfono a nuestro director de programas y veré si puede conseguirle tiempo para mañana en la hora de Entrevistas de Mediodía. Eso le dará a usted la red general de Itra que es ciertamente más de lo que nadie tiene el derecho de pedir. Tendrá usted noventa segundos para exponer su caso. Es lo más que puedo hacer.
—Oh, gracias, gracias —dijo sollozando Ge-Ge—. Es usted tan justo y generoso.
Una vez que salió de la oficina del ejecutivo respiró hondamente y cruzó los dedos dirigiéndose a su casa para revisar su discurso.
Ge-Ge llegó al estudio con mucha anticipación y fue conducida al departamento de cosméticos. Con mucha habilidad transformaron su juventud en una mujer de más edad y le imprimieron a su cara las huellas del cansancio y la derrota. Sus protestas fueron ignoradas.
—Esta es la forma en que tiene usted que arreglarse para la televisión —se le dijo.
Chasquearon la lengua en señal de desaprobación cuando terminaron y fue enviada con el M. C. para una breve plática.
El M. C. le aseguró que se veía divina y apresuradamente escudriñó sus frases preparadas, las que habían sido pesadamente escritas por alguna mano anónima en el departamento de noticias. El M. C. agregó unas revisiones sin ton ni son y despachó el mensaje al departamento que manejaba el material idiota de la oficina. Se explicó que Ge-Ge iba a leer, palabra por palabra de la preparadora electrónica.
Ge-Ge observó el programa desde las alas. Cuando oyó un mensaje comercial en favor del consumo de una variedad particular de dulces, se le vinieron abajo las alas del corazón. Se le esfumó el valor, pero el rostro de Shamar la hizo reaccionar.
Al fin le dieron la señal. Caminó hacia la luz intensa que mostraba cualquier imperfección con inspección microscópica. Se frotó las manos, se volvió y la enfocó la cámara de lleno en la cara. Sabía que más allá de esa cámara era observada la audiencia mayor de televisión de Itra, para la trasmisión de mediodía. Sintió que estaban examinando sus poros con minuciosa y crítica atención.
Parpadeó nerviosamente y empezó a leer:
—Estoy aquí para hablarles de Shamar el Trabajador —hasta allí llegó con el texto preparado. Ante los oídos horrorizados de los oyentes del estudio, se hundió en citas de otra clase completamente.
«¡Si ustedes quieren hacer algo por ayudar a Shamar el Trabajador, dejen de comprar dulces! ¡No los compren más! ¡Si quieren ayudarlo no compren dulces hasta que no sea puesto en libertad! ¡Si ustedes quieren ayudar a Shamar, por favor, por favor no compren!
No dejaron los técnicos del estudio que Ge-Ge continuara. Desvanecieron su voz intercalando un mensaje grabado del fabricante de dulces que decía:
—Amigos, todo el planeta gusta de los dulces «Red Block». Millones los compran diariamente. Aquí está la razón…
Ge-Ge observó la confusión que la rodeaba y salió fuera del estudio sin que nadie la molestara.
Cuando llegó a su casa, estaba esperándola en el descanso de la escalera un enojado consejero Freemason. Haciéndolo pasar le pidió que le explicara la razón de su visita.
Ese nuevo movimiento tendría terribles consecuencias. La buena fe de Shamar crearía prejuicios. Simplemente no podía con impunidad salirse fuera de la ley en tales asuntos. Había reglamentos que tenían que ser absolutamente respetados. Se lavaba el consejero las manos de toda responsabilidad por la conducta de ella.
—Espero en Dios que nada resulte de esto —dijo el abogado, concluyendo—: Voy a hacer que el Comité prepare una negativa de…
Una llamada del teléfono interrumpió al consejero y sin pedir permiso acudió a contestarlo.
—¿Sí? Habla el consejero Freemason, diga —escuchó por un momento y dijo—: Sí lo hicieron —en esta afirmación se reflejó su desaliento y colgó el receptor.
Enseguida se volvió a Ge-Ge.
—Y ahora estamos metidos en eso. El que llamó fue Pete Freetle del Comité.
—Bien. Creo que esperaremos unos cuantos días para ver qué pasa —le dijo Ge-Ge.
Una semana más tarde aún estaba en espera. El consejero Freemason, carente de recursos se vio imposibilitado de moverse. Vio cómo todo se derrumbaba haciéndose añicos a sus pies.
—¿Pero siguen vendiendo sus dulces? —le preguntó Ge-Ge.
—Eso es cuenta aparte —gritó con enfado Freemason—. Vea esto; todos los grupos del planeta tomarán cartas en el asunto. A nadie le importa Shamar. Todo lo que usted va a probar es que el Partido no es popular. ¡Todos saben eso!
Con esas últimas palabras se dio una palmada en la frente exasperado y se retiró.
Durante dos semanas todo permaneció tranquilo. No hubo más reuniones por Shamar el Trabajador. Los cartelones fueron desprendidos de sus sitios y hechos pedazos. No se imprimieron más folletos. Ni una sola palabra alusiva fue trasmitida en la red de electrocomunicaciones. El Comité se declaró en bancarrota, disolviéndose en mutuas recriminaciones, convencidos de que la causa de las libertades civiles había sido retrasada un ciento de años.
Pero los dulces no se vendían.
Los canales de distribución se congestionaron y millones de cajas se amontonaron en los almacenes. En las tiendas se mantenían sin que nadie los pidiera o los tocara. Se hicieron rancios. Pero las fábricas mecanizadas continuaron produciéndolos.
El Partido negaba que el boicot estuviera causando algún efecto. Pero eso no apaciguó a los distribuidores de dulces y los vendedores y productores también estaban furiosos. Sus empleos estaban en juego y tenían que responder por su salario.
Al fin el Partido suspendió la producción de dulces y toda la gente que dependía de ese producto se encontró sin empleos a dónde ir.
El sistema económico estaba tan ajustadamente controlado y organizado que el efecto fue inmediato. Había tan pequeñas cantidades de dinero para comprar lo que normalmente se compraba. Los abastecedores redujeron sus órdenes a las fábricas. Y eso ocasionó que se redujera la necesidad de los proveedores.
En esas circunstancias el Partido resolvió que por todos los cielos el pueblo tenía que comer dulces. El propio líder principal del Partido se presentó ante las cámaras de televisión para apelar al patriotismo de la gente y para ordenarle que comprara dulces. Ese fue un error táctico. Pero siendo la idea del líder, que siempre había aplastado cualquier obstáculo que se opusiera al Partido, nadie lo objetó.
Aquella orden fue directamente atacada. El pueblo resintió que se le dijera que era una obligación patriótica comer algo que todas las opiniones médicas sostenían que era perjudicial. Aún más, los itranos se dieron cuenta de que de algún modo habían logrado agrietar el sistema, lo que podrían explotar sin peligro inmediato.
Respondieron al llamado del líder con la negativa para comprar jabón.
El pueblo itrano estaba ahora en una revuelta abierta. Al fin habían encontrado un método para desaprobar las cosas en general.
La economía se desplomaba y las computadoras se agitaban frenéticamente. Las amenazas de acciones correctivas ya no podían producirse. El Partido trató frenéticamente de comprar jabón y tirarlo. El pueblo entonces recurrió a nuevos artículos.
La presión empezó a surgir entre los mismos miembros del Partido. El supervisor general de PAMDEN vio que su imperio cuidadosamente elaborado empezó a desintegrarse.
Seriamente afectada por un boicot en acción, la Consumera Plastic tuvo que hacer un cese en masa afectando a personal clave muy valioso. Furioso el supervisor de PAMDEN le dijo al líder mismo del Partido que se imponía una maldita medida para remediar la situación y que haría bien en tomarla endiabladamente rápido.
Al fin el propio líder ordenó la libertad de Shamar el Trabajador.
Pero para entonces ya nadie estaba interesado en él.
Llegó un hombre y abrió la cerradura de la celda de Shamar. Este se puso en pie. El guardia le arrojó sus ropas con la orden:
—Vístase —y Shamar se vistió.
—Sígame —y Shamar lo siguió.
Shamar no había tenido ninguna noticia del exterior desde hacía casi ya dos meses y no fue sino hasta que vio la cara de Ge-Ge, radiante de alegría, cuando se dio cuenta de que había ganado.
—Estás libre —gritó ella con entusiasmo.
Se le entregaron a Shamar su cinturón y sus propiedades. Mientras esperaba al juez para que esa libertad fuera oficial, Shamar le preguntó a Ge-Ge:
—Quisiera saber, ¿qué va a pasar ahora?
—Nadie lo sabe. Todos dicen que el Partido será derrocado de seguro. Los miembros individuales del Partido tratarán de formar un nuevo gobierno, pero va a tener que ser radicalmente distinto. Ellos tratarán de retener todo lo que puedan, pero el pueblo los exprimirá hasta lograr la última concesión. Quizá ahora cuando construyan nuevas fábricas, no las destruirán más y realmente producirán algo.
—Durante algún tiempo solamente —observó Shamar.
—Más que por algún tiempo —recalcó Ge-Ge—. Tenemos ahora un camino para votar, cuando las cosas empeoren.
Entró el juez ataviado con su capa roja. La pareja respetuosamente de pie. Los miró por algún tiempo sin decir una palabra y finalmente habló:
—Pues bien, Shamar el Trabajador, me imagino que ha logrado lo que quería. Ha echado abajo una civilización completa. Espero que esté satisfecho. ¿Qué sueño nos dará para remplazar el que nos ha arrebatado? —su rostro se endureció—. Shamar el Trabajador —le dijo con voz grave—. El líder del Partido personalmente nos ha pedido que lo absolvamos de los cargos que pendían contra usted. Eso es lo que hago ahora. Queda usted en completa libertad.
—Gracias, señor —dijo Shamar con todo respeto.
—Y ahora, Shamar el Trabajador, escuche estas palabras: por su propio bien espero que no lo vea yo en esta corte. No permita que lo arresten por ningún delito. Porque no tendré misericordia, sino que la justicia será sumaria y estricta. Y para que no tenga descanso por las noches, haré que algunos de mis amigos más hábiles y competentes revisen sus antecedentes minuciosamente. Espero sinceramente que no encuentren nada. Puede retirarse.
Ge-Ge y Shamar permanecieron de pie y se volvieron en silencio. Cuando iban a cruzar la puerta llamó el juez:
—¡Oh, Shamar el Trabajador!
—Sí, señor —contestó volviéndose hacia él.
—Shamar el Trabajador, no me gusta su acento.
Pudo sentir Shamar cómo Ge-Ge temblaba incontrolable a su lado.
Pero cuando alcanzaron la calle fueron saludados por los titulares de los diarios que anunciaban que había llegado una delegación del planeta Tierra.
VII
La delegación de la Tierra se había hospedado en una «suite» del Party Hotel, el más grande y más caro de Itra. Generalmente estaba reservado para los altos miembros del Partido.
Shamar y Ge-Ge se presentaron ante el empleado de la oficina. Shamar escribió una nota en inglés.
—Entregue esto a los terrícolas —le pidió al empleado.
Shamar y Ge-Ge se retiraron para esperar los resultados. Habían pasado menos de cinco minutos cuando uno de los «botones» regresó.
—Señor y señora —dijo respetuosamente—, por favor vengan conmigo.
Cuando Shamar entró en la «suite» sintió que la personalidad que había tomado al llegar a Itra, se precipitaba entre sus recuerdos.
—¡Capitán Shaeffer! ¡Capitán Shaeffer! ¡Oh, qué maravillosa labor! Yo soy Gene Gibson, del nuevo Departamento de Negocios Extraterrestres. ¿Quién es ella?
—Mi prometida.
—Santos cielos, hombre, ¿intenta casarse con una itrana? —el funcionario terrícola impresionado dio unos pasos atrás.
El capitán Shaeffer se volvió hacia Ge-Ge y llevó a cabo las presentaciones bilingües.
Se trasladaron del pasillo hacia el recibidor y se sentaron cómodamente.
—Es necesario que le diga, capitán Shaeffer, que su éxito en Itra ha sobrepasado nuestras más altas aspiraciones. ¡Las primeras noticias que recibimos fueron cuando, traídas del espacio como eran, apareció su cara mirándonos desde la pantalla de la televisión! ¡Hubiera usted estado aquella noche allá para nuestros festejos! ¡Había estado usted en Itra solamente un poco más de dos meses! ¡Pasará usted a la historia como uno de los más grandes héroes de todos los tiempos!
El capitán Shaeffer expresó:
—Creo que sería mejor si Ge-Ge y yo abordáramos su nave inmediatamente, la vida de ella puede estar en peligro. Algunos hombres de la vieja línea del Partido podrían resentir el papel que jugó en la revolución. Realmente tuvo más que ver ella que yo mismo.
—Vamos, vamos, estoy seguro de que tiene que estar exagerando un poco en eso, capitán Shaeffer. ¿La vida de ella en peligro? No puede ser. Hablando francamente, capitán, y no lo tome a mal, no tengo objeciones personales, esto no me incumbe, pero después de todo ella es una itrana. Usted sabe que esos matrimonios heterogéneos…
—Maldita sea, nada me importa lo que usted personalmente piense —replicó el capitán Shaeffer—. ¿Queda entendido de una vez por todas? Ella se embarcará.
—Por supuesto, yo solamente estaba… pero no se altere. Por supuesto que se irá con usted. Como usted lo desee, capitán.
El molesto intercambio de aquello desconocido e inesperado ocasionó que Ge-Ge parpadeara para no dejar rodar las lágrimas de sus ojos.
Una semana después, Gene Gibson fue por primera vez a visitarlos. El capitán Shaeffer le preguntó si progresaban.
—Bueno, capitán, las cosas prosperan. Estamos estableciendo un nuevo gobierno que será más responsable para satisfacer los deseos del pueblo de Itra. Hemos tenido varias pláticas informales pero muy agradables con el propio líder del Partido. Es realmente un hombre maravilloso. Una vez enterado de todos los hechos, que le fueron ocultados cuando desembarcamos, ahora me da la impresión de que es un hombre absolutamente responsable. Creo que lo habíamos juzgado mal. No estoy muy seguro pero no puedo decir que no sea precisamente el hombre que pueda encabezar un nuevo gobierno. Hemos discutido unos cuantos detalles sobre acuerdos comerciales y tengo que decir que ha sido muy razonable.
El capitán Shaeffer no dijo nada.
—Sí —continuó Gene Gibson—, el hombre es realmente excepcional. Tiene una rica experiencia en administración. Un fino alcance en política práctica. No lo considero de ningún modo como un típico itrano. Siente que si nosotros lo respaldamos, podremos enmendar en unos pocos meses el desorden que existe.
—¿Desorden?
—Bueno, creo que tiene que confesar, capitán Shaeffer, que usted hizo… bueno… hizo las negociaciones extremadamente difíciles debido al, mmm, temperamento del populacho.
«Vea usted: a la Tierra le gustaría tener un gobierno firme y responsable. Esto es, un gobierno que pueda ver en perspectiva más grandes producciones. No uno que tenga que dedicar todo su tiempo a luchar con un grupo de anarquistas antipatriotas que corren sueltos por las calles».
—¿Qué está diciendo? —inquirió Ge-Ge.
—Como están las cosas ahora —continuó Gibson—, tenemos varios problemas más bien difíciles. Creo que tendremos probablemente que poner en cuarentena al planeta durante algunos meses hasta que el líder del Partido pueda formar una estructura orgánica estable. De algún modo nuestras pláticas comerciales se han hecho públicas y por alguna razón han dado como resultado un paro general de trabajadores. ¿De modo que ya ve usted? Por Dios, creo que tendré que decírselo: Shaeffer, nos ha dejado una revolución endiablada.
Después de eso Gene Gibson salió.
—¿Qué dijo? —Ge-Ge preguntó suavemente. Pero Shaeffer solo sacudió la cabeza.
Al siguiente día, el capitán de la nave llegó a hacerles una visita de cortesía.
—Hizo usted una labor muy limpia, Merle. Su nueva misión acaba de sernos transmitida a través de la radio espacial.
—¿Nueva misión? Ge-Ge y yo regresaremos a la Tierra.
—No, no regresarán. Tenemos órdenes de desembarcarlos en Midway para que trasborden rumbo a Folger’s Hill. Es un planeta nuevo. Va usted a ser el representante de la Tierra ante el pueblo de Folger’s Hill. La primera nave inter-espacial de colonizadores arribó hace alrededor de un mes.
—Ya veo —asintió Shaeffer.
—La paga es buena —dijo el capitán de la nave.
—¿Pero supongamos que no quiero ir?
—Tengo mis órdenes de dejarlo en Midway. Si yo fuera usted, iría voluntariamente. Lo quieren alejar durante algún tiempo y no puede oponerse. Ha sido nombrado general en la Fuerza de la Defensa, de modo que está usted bajo leyes militares… y yo he recibido órdenes.
En ese momento interrumpió Ge-Ge para preguntar:
—¿Cómo andan las cosas en Xxla?
El general Shaeffer contuvo su enojo y tradujo la pregunta.
—No nos dicen nada. La tripulación está confinada en la nave —respondió el capitán.
Shamar se volvió hacia Ge-Ge.
—Sigue lo mismo —le dijo.
Un año más tarde, la tarjeta del general Merle S. Shaeffer saltó de la computadora.
—El general Shaeffer para una nueva misión.
—¿Quién es el general Shaeffer?
—Nunca oí hablar de él.
La tarjeta siguió su curso.
Al día siguiente en el almuerzo un oficial que conocía el nombre le informó al secretario del Consejo Superior Terrestre.
—Merle Shaeffer fue nombrado para una nueva misión. Un nuevo planeta se ha abierto, aún más lejano que Folger’s Hill.
—¿Fue él quien fracasó en la misión de Itra? Mándelo allá. Y a propósito, ¿alguna nueva información reciente sobre Itra?
—Lo mismo de siempre. Entiendo que los anarquistas han formado un nuevo gobierno.
—Terrible, terrible. Bueno, lo menos que se menciona sobre eso, así será mejor.
Una semana después, también a la hora del almuerzo, el secretario fue informado:
—Me imagino que no necesitamos preocupamos más por Merle Shaeffer. Desapareció de su puesto, él y aquella mujer itrana; ocurrió dos semanas después de que llegaron a Folger’s Hill. Probablemente perecieron en un accidente de cacería. Jamás se encontraron sus cuerpos. Esas cosas suceden en los nuevos planetas salvajes.
El secretario permaneció en silencio un buen rato. Después dijo:
—Shaeffer muerto, ¿eh? Me imagino que es mejor así. Bueno, ha pasado un genio, y no veremos a otro como él. Pervertido quizá, pero al fin un genio.
Y bebieron solemnemente.
Nada más ocurrió para que el recuerdo de Merle Shaeffer agitara al secretario seis meses después, al final de su periodo se retiró. El nuevo secretario no tenía conocimiento de los asuntos de Itra.
Hacía poco menos de un año que había ocupado su puesto cuando una mañana llegó a su oficina furioso.
—Comuníqueme con el jefe de la Fuerza de la Defensa —le ordenó a su secretaria.
—Lo siento, señor, pero todos los teléfonos están ocupados, —fue la respuesta.
—¿Qué demonios quiere decir con que todos los teléfonos están ocupados?
—No sé. Quizá al mismo tiempo todos dejaron los aparatos descolgados o algo por el estilo.
—¿Y por qué habrían de hacerlo? ¡Eso es ridículo! Envíe un mensajero a buscarlo.
Media hora después llegaba el personaje requerido.
—¿Sabe usted —le dijo al instante el secretario— que ayer todas las monedas de un centavo quedaron fuera de circulación? Aparentemente el pueblo las ha estado guardando durante los últimos dos meses hasta que finalmente se advirtió su ausencia. De repente no se encontró ninguna. No puede usted hacer un cambio. ¡Maldita sea! ¿Por qué esos locos idiotas, todos a una resolvieron guardar sus monedas de a centavo? No es razonable. ¿Por qué lo hicieron?
El jefe de las Fuerzas de la Defensa no contestó nada.
El secretario le dirigía miradas furiosas, pero el jefe de las Fuerzas de la Defensa no tuvo corazón para decirle que un héroe había regresado a la Tierra.