Tic, tac.
Tic, tac.
Suena el reloj. La aguja del segundero avanza, segura, terca. Me ensordece. Es agotador escucharla. Delirante. Puede sonar a exageración, pero no es tal cosa cuando se mete a través de mis sueños para sacarme de ellos y mantenerme despierto.
Llevo días sin dormir. Quizá semanas.
Eso no parece importar al maldito reloj, cuyo sonido se repite una y otra vez en mi cabeza, produciendo un eco sordo, como si golpeara contra las paredes de mi cráneo.
Tic, tac.
Tic, tac.
Lo peor no es escucharlo.
Lo peor es que cuando suena no puedo moverme.
No sé si tengo los ojos abiertos o cerrados. No sé si sigo soñando o estoy despierto.
Pero sé que hay alguien.
O más bien algo.
Aquí. Cerca.
Sobre mí. Flotando.
La sensación es aterradora. Siento una asfixia extraña, como si no pudiera respirar pero al mismo tiempo lo hiciera. Sea lo que sea, me oprime el pecho igual que si me hubieran derramado toneladas de hormigón sobre las costillas.
Intento tomar aire, pero me es imposible.
Ni siquiera controlo mi cuerpo, mucho menos la respiración.
Tic, tac.
Tic, tac.
Y mientras tanto, el reloj suena.
Y suena y suena.
Ya no sé de dónde proviene el dichoso quejido.
Puede que me haya vuelto loco y ni siquiera esté sonando. O puede que siga atrapado en un sueño.
No lo sé. No me importa. Solo quiero que pare.
Que pare.
¡Que pare!
Tic, tac.
Tic, tac.
Un movimiento.
Algo se mueve. Cerca. Acecha. Se inclina. Me olfatea. A mí, en cambio, me huele a frío, a miedo, a oscuridad. Es estúpido que crea que esto puede tratarse de un aroma clasificable, pero es así como lo siento.
Quiero despertar. Debo estar dormido. Quiero estirarme y alcanzar el interruptor para encender la luz, así podré convencerme de que la presencia que me estoy forzando a imaginar no existe más allá de mi imaginación. Siempre me han dicho que tengo mucha, así que debe ser eso.
Tic, tac.
Tic, tac.
¡Que alguien pare el puto reloj!
Si pudiera moverme ahora mismo, me taparía los oídos con las manos y apretaría los párpados con fuerza intentando dejar de escuchar.
Como si el deseo me fuera concedido, mis ojos se despegan.
Estoy a oscuras y aun así soy consciente de cuanto me rodea. Es extraño, puesto que parece que de algún modo sigo durmiendo. Me muevo de una manera irreal, como lo haría dentro de un sueño. O una pesadilla.
La intuición me arrastra por los pasillos en penumbra hasta la cocina, donde me recibe el cajón abierto de uno de los armarios.
Me acerco a él, curioso a la par que extrañado. ¿Quién ha entrado en mi cocina?
Mis ojos se posan en un largo cuchillo. El más afilado que tengo.
—Sabes lo que tienes que hacer.
Un fogonazo cruza mi mente. Una imagen de lo más explícita.
Tic, tac.
Tic, tac.
Vuelvo a mi habitación.
Hay un reguero de sangre que llega desde la cocina hasta mi cama, donde me acuesto y vuelvo a ponerme el edredón encima.
Guardo silencio, conteniendo la respiración, esperando oírlo de nuevo.
Suspiro.
Ya no se escucha ningún maldito reloj.
En realidad, ya no se escucha nada.