«No es real, no es real, no es real, no es real, no es real…».
Ismael aumentó la presión de las manos sobre los oídos, buscando dejar de escuchar. Y es que aquella risa, aquella maldita y perturbadora risa, se le filtraba incluso a través de los dedos. Él se aseguraba que no existía. Ni tampoco… Tragó saliva con esfuerzo. Tampoco él. Porque no podía ser real, por mucho que sus ojos insistieran en volverlo corpóreo.
Aún no sabía cómo había llegado hasta ahí. Estaba seguro de haberse acostado a dormir en su cama, en su casa, como hacía siempre. Sin embargo, había notado cómo esta desaparecía y su espalda golpeaba contra algo duro. El suelo. Un suelo frío, de baldosas lisas. Y al abrir los ojos, ahí estaba. Eso. No sabría decir bien qué era. Primero había pensado que se trataba de un payaso sin más, un hombre disfrazado, con su peluca roja repleta de rizos, sus zapatos de punta alargada y aquella ridícula nariz que sonaba si la apretabas. Era tal cual recordaba haberlos visto, con la cara pintada de blanco y formas de estrella en los ojos, de color negro. Una sonrisa de labios tres veces más grande de lo normal. Y aquellas ropas ridículas y de colores chillones.
Ismael se había sentado en el suelo, confuso, acariciándose la espalda debido al dolor que le había provocado el impacto, y había mirado al payaso, que se mantenía inmóvil. Si no fuera porque sentía sus ojos en él y que estos seguían cada uno de sus movimientos, habría jurado que se trataba de un animatrónico.
Frunció el ceño y lo miró. Desde luego, daba muy mal rollo. No se consideraba un cobarde, pero despertar de repente en un lugar desconocido y con un hombre mirándolo fijamente no ayudaba a que sus miedos se mantuvieran sin emerger.
Tampoco ayudaba el sitio. Por lo poco que había observado antes de que el payaso empezara aquella risa estridente y espeluznante, había averiguado que se encontraba en un circo abandonado.
Sumabas un payaso pirado y un circo en condiciones lamentables y tenías el mayor miedo de Ismael. ¿Se trataba de una broma de mal gusto de algún amigo? No creía que fueran tan retorcidos como para hacerle algo así.
Una corriente de aire le trepó por los tobillos desnudos, colándosele por los camales del pantalón del pijama y haciendo que su vello se erizara. Aquella corriente no era normal. Había algo inhumano en ella, como si tuviera conciencia propia.
Ismael se encogió más sobre sí mismo y un sudor frío le resbaló por las sienes en señal de advertencia. Porque, a pesar de tener los ojos cerrados de manera hermética y de apretarse tanto las manos contra los oídos que había dejado de sentir la circulación minutos atrás, supo que se acercaba. Y supo también, sin necesidad de volverse, que aquello era una mala señal. Es más, tuvo el presentimiento de que no saldría vivo.
Así que cuando los enormes zapatos del payaso se detuvieron enfrente, hizo lo más estúpido que podía hacer: abrió los ojos y lo miró. Fue una acción irreflexiva. El miedo se apoderó de él y lo obligó a enfrentarse a sus temores. Y él, como un cordero que acude a su fatal destino, solo siguió el camino trazado.
El payaso volvió a soltar una risotada y a Ismael lo recorrió un escalofrío que le hirió hasta las costillas de tan fuerte como se sacudió.
Se abrazó el cuerpo, aterido por un frío profundo que no pertenecía a su mundo.
El payaso se inclinó hacia delante, bajando tanto la cabeza que quedó a su misma altura.
—Estás muy serio, ¡ja, ja! —La voz chillona lo hizo encogerse más, temblando debido al pavor que le provocó. Le pareció que, a pesar de tratar de sonar humana, evocaba un lugar oscuro e inhóspito, quizá como el sitio del que procedía—. A Miko no le gustan los niños tristes. ¿Tú no estás triste, verdad? Si los niños se ponen tristes, Miko se pone triste. Y no querrás que esté triste, ¿verdad? ¿Verdad? —Hablaba muy rápido y con un timbre sonoro y amenazante. Ismael no entendió por qué le decía lo de los niños, si él hacía tiempo que había pasado la treintena—. Esto es lo que pasa cuando los niños están tristes.
No esperó aquel cambio repentino. Mutó su voz, la expresión de su rostro se congestionó y hasta sus ojos adquirieron un matiz de locura cuando extrajo un cuchillo de su cinturón y se lo introdujo en la boca a sí mismo. Sin más dilación, tiró hacia uno de los lados, cortando limpiamente la carne. Ismael gritó de la impresión y el payaso amplió su sonrisa.
—Aún falta más. Miko quiere que los niños sean felices y sonrían.
Movió la mano hasta el cachete opuesto y repitió la operación. Su mano no flaqueó, no tembló. No mostró dolor o duda.
No podía ser humano, era imposible.
—¿Ves? Ahora Miko está feliz —le dijo con aquel aire perturbador, mientras sonreía y de sus cortes brotaba una cantidad ingente de líquido carmesí. No se inmutó al ver cómo sus ropas se llenaban de su propia sangre ni trató de detener la hemorragia. En contra, acortó la distancia y empezó a acercar el cuchillo hacia Ismael—. Miko ve que sigues triste. Pero pronto serás también un niño feliz…