Tengo una cita. Lo cierto es que hace demasiado que no me permito desmelenarme y me he lanzado. Tanto ir del trabajo a casa y de casa al trabajo… La vida no es solo eso. Hay que disfrutarla, exprimirla. Y eso es lo que me dispongo a hacer.
Lo he conocido por un app de citas. No tengo tiempo para salir y admito que, a mis veinticinco años, mi vida social es lamentable. Así que he tenido que contentarme con eso.
No llevamos hablando mucho, una semana para ser exactos. Por eso me ha sorprendido tanto su invitación a quedar esta noche.
—¿Por qué no? —me ha preguntado Linda cuando se lo he contado—. Si es el de las fotos y no te está tomando el pelo, está para que le hagan un buen trabajo, ya me entiendes. —Me guiña un ojo—. Y si no es él y es un carca, ¡sales corriendo!
Al ver que sigo dudando, se levanta de su silla empujando la mía hacia atrás y estira de mi mano para ponerme en pie.
—Pero mírate, nena, debería ser delito que un monumento como tú no esté por ahí tirándose todo lo que se menea.
—¡Linda! —la regaño, mirando alterada alrededor. Si uno de mis jefes decidiera pasearse en este momento por aquí, la explicación iba a ser bonita.
—Vamos, nena, si estás deseándolo. Tú ve y lleva el móvil cerca. ¿Vais a quedar en un restaurante, no? No puede pasarte nada malo en un sitio público, si es que estás asustada por eso.
Luego de meditarlo, accedo. Linda tiene razón. No se puede vivir siempre encerrada en la oficina.
Así que aquí estoy, terminando de peinarme y dándome los últimos retoques al maquillaje antes de coger mi bolso, las llaves del coche y salir en dirección al restaurante.
Cuando llego, veo que él ya está en la mesa. Lo reconozco fácilmente porque es idéntico a las fotos, lo que me hace suspirar de alivio.
Me escondo antes de que se dé cuenta de mi presencia y le mando un audio rápido a Linda:
—Tía, que sí es él. ¡Madre mía, cómo está! Deséame suerte.
Escucho lo que me dice, ya que está tan nerviosa como yo y se ha quedado pegada al teléfono para saber que todo va bien.
—Hoy es tu noche, nenaaaa, dale caña.
Me río de lo impresentable que es mi amiga. Siempre tiene alguna barbaridad que soltar y su humor se contagia con facilidad.
Avanzo hasta la mesa donde está Edgard, quien se pone en pie al verme y se apresura a acercarse a mí, dándome un abrazo como harían dos viejos amigos.
Debe ser una estupidez, pero su contacto, tan rápido, tan inesperado, me incomoda.
También, de algún modo, siento algo extraño en su olor, aunque no sabría decir qué. Es como si hubiera algo fuera de lugar. Huelo el perfume que lleva, uno varonil y fresco, y aun así, su aroma corporal se me antoja demasiado fuerte. Quizá solo esté sudando debido al nerviosismo y yo esté exagerando las cosas…
Me aparto de la manera más educada posible y doy un par de pasitos hacia atrás para poder mirarlo a la cara.
—Te ves magnífica —me halaga.
—Tú también —le devuelvo el cumplido.
Lo cierto es que no miento. Es un hombre alto, de hombros anchos y mandíbula marcada. Tiene el cabello negro y unos ojos muy grandes y oscuros que me resultan tan enigmáticos como peligrosos.
Me recorre un escalofrío al pensarlo. ¿Qué me pasa?
«Déjate de tonterías», me amonesto.
Edgard me invita a sentarme, apartando mi silla con cortesía y acomodándose enfrente.
Una vez consigo relajarme y aceptar que, al hablar con él, resulta aún más atractivo, la cena transcurre de forma amena. Aunque, por mucho que lo intento, no puedo quitarme de la cabeza la sensación de que su mirada esconde algo inquietante. Siento que me mira demasiado fijo y que apenas pestañea.
Terminamos los postres e insiste en invitarme a tomar una copa en su casa. Es tan precipitado que se me hace complicado darle una excusa convincente para negarme. Al final, acabo excusándome con ir al baño un momento.
Una vez dentro, hablo con Linda, contándole que no sé qué hacer, que estoy muy nerviosa y que algo en él no termina de convencerme.
—Pero vamos a ver, tía, ¿te mola o no te mola? A veces no hay quien te entienda…
—Sí, es muy guapo.
—¿Y?
—Y sabe hablar de todo, está muy informado, se le ve culto…
—¿Peroooo?
—No lo sé, es que te mentiría si te dijera lo contrario. Es una sensación rara.
—Pues nena, si es que no, móntate en tu coche y vete a jugar con tu Satisfyer a casa, que ese no falla.
—Me da cosa dejarlo tirado ahora.
Escucho cómo Linda se da una palmada en la frente; es una acción que repite a menudo, así que no me cabe duda de que es lo que acaba de sonar.
—¿Voy a tener que sacarte de los pelos del restaurante?
—No. Joder, vaya ayuda tú también a veces —me quejo—. Oye, tengo que salir. Va a pensar que me he colado en el váter o algo.
—Y no queremos que Don Ojos Peligrosos piense que estás cagando en tu primera cita.
—No, eso no. Qué horror.
—Vale, nena, escúchame. Ya sé qué vamos a hacer.
—Dispara.
—Dile a ese Adonis del Inframundo o lo que sea que sí, que te vas a su casa. Conforme llegues, mándame tu ubicación. ¿Me has escuchado, cacho perra? Sobre todo, controla tu instinto salvaje y PRIMERO MÁNDAME LA UBICACIÓN. Una vez hecho eso, ya lo que tú quieras. Te tomas la copa, que te empotre contra la pared o lo que surja.
—Qué bruta eres, en serio. No me acostumbro.
—O tú eres muy delicada. —Puedo imaginarla poniendo los ojos en blanco.
—Vale, lo veo bien.
—Si por lo que sea te rayas, me haces un llama-cuelga.
—¿Eso se sigue diciendo así?
Linda suspira al otro lado de la línea.
—Menos mal que estás lejos, si no te lo iba a explicar. ¡Corre, tienes un tío que tirarte!
—Y dale. Solo voy a su casa.
—A tomar una copa.
—Sí.
—Ya, y los cerdos vuelan.
Nos despedimos y, tras asegurarme de que mi pelo y maquillaje siguen en su sitio, vuelvo a la mesa.
Edgard ya ha pagado la cuenta y está de pie, esperándome. Parece nervioso.
«Cuánta prisa tiene».
A pesar de que insiste en que vayamos en su coche, me mantengo firme en mi decisión y acabo siguiéndolo con el mío.
Conforme paramos, le envío la ubicación a mi amiga. No he terminado de mandar el mensaje cuando lo veo apostado en mi ventanilla, mirándome con expresión seria.
—¿Vamos?
—S-Sí, ya estoy —le aseguro.
Bloqueo el móvil, lo meto en el bolso y me lo echo al hombro, bajando del vehículo y siguiéndolo hasta la puerta de entrada de su casa. Es un pequeño bungalow, discreto y rodeado de maleza. ¿Es normal que hasta el jardín me parezca inhóspito? Se me está yendo mucho la cabeza…
Cuando mete la llave en la cerradura y abre la puerta, esperando a que pase, me quedo paralizada donde estoy.
Ya no me parece tan buena idea entrar.
—¿Greta? —me pregunta. Sus cejas negras se alzan esperando una contestación.
Soy tan cobarde que ni siquiera mi voz es capaz de decirle lo que ansío. ¡Que me quiero ir!
Mi cuerpo actúa por iniciativa propia y me veo traspasando la entrada.
Edgard cierra a mi espalda.
Ya no hay vuelta atrás.
No sé por qué, pero estamos a oscuras.
—¿Edgard? —susurro asustada. ¿Es que no piensa encender las luces?
Hay ruidos extraños de fondo, quizá de motores, lo que tampoco tendría ningún sentido.
Cuando su mano toma mi antebrazo, doy un brinco y estoy a punto de soltarme de un tirón.
—Se han fundido los plomos en esta sala, ven conmigo —murmura por lo bajo.
Me guía en la completa oscuridad; nuestros pasos suenan amplificados en el silencio reinante, lo que me hace pensar que la sala que estamos dejando atrás está vacía o cuenta con pocos muebles. Qué extraño.
Se para, pulsa un interruptor y un fogonazo de luz nos hiere los ojos, a lo que coloco mi brazo sobre ellos hasta acostumbrarme.
—Puedes sentarte en el sofá, vengo enseguida —dice Edgard, dejándome en el salón y alejándose.
Ahora que estoy sola y que mis ojos se han adaptado a la luz, observo a mi alrededor.
Estoy en un salón normal, con su sofá, su alfombra, cortinas en las ventanas, estanterías con libros, cuadros de paisajes, algunas fotografías de (imagino) su familia, e incluso un par de zapatillas en un rincón… Espera, ¿esos son zapatos de mujer?
Se me hiela la sangre.
Ahora lo entiendo todo. Sobre todo, ya soy capaz de explicar la sensación que tenía.
Edgard está casado.
Por eso su nerviosismo, su insistencia por no venir en mi coche y que pudieran verlo los vecinos, sus prisas, seguramente porque su mujer vuelva pronto y nos pille…
«Todos los hombres son iguales», pienso. «Cómo me ha engañado el cabronazo».
Regresa con un par de vasos de cristal llenos de hielo.
—No te he preguntado, ¿te gusta el whisky?
—Lo detesto.
—Vaya… Es lo que suelo beber.
—¿No tienes cerveza? ¿Vino? También acepto vodka.
—Voy a por ese vodka entonces —me sonríe.
«Míralo qué tranquilo está, habiéndome traído a casa para seducirme cuando su mujer no está. Pues ahora me voy a quedar aquí hasta que llegue, fíjate tú, y que se encuentre con el percal. Bueno, no, qué tonterías digo. Me tomo mi vodka y me voy. ¡Al menos me ha salido la cena gratis!».
Cuando Edgard vuelve, me tiende mi vaso y coge el mando para encender la televisión. Cambia al formato de radio y pone una música de fondo, sentándose en el sofá e indicándome que lo haga a su lado.
Pasamos un rato hablando, tras lo cual se levanta para rellenar mi bebida. Al regresar, se ofrece a darme un masaje.
—Tienes los hombros muy tensos —me dice—. ¿No te he dicho que soy masajista? Bueno, tengo la titulación, aunque no me dedico a ello.
—Qué va, no te preocupes. Paso muchas horas sentada en la oficina y a veces no mantengo una buena postura. Será de eso… —respondo.
Quiero que deje de tocarme. ¿Por qué está apretándome los hombros y en qué momento cree que le he dado permiso para acercarse?
—¿Sabes qué? Se ha hecho tardísimo y mañana madrugo. Creo que voy a irme ya.
—Me habías dicho que mañana librabas —replica él a mi espalda.
—¿Yo he dicho eso? —balbuceo.
Mierda, ¿cómo he sido tan tonta de pillarme con mi propia mentira?
—Me habré expresado mal, o me habré confundido. Estaba tan nerviosa por conocerte que no sabía ni lo que decía.
—¿Y sigues nerviosa? —tantea.
Su voz se me hace más baja, ronca y seductora. Sus manos bajan por mis brazos, apretando en los puntos clave. Lo cierto es que sí sabe hacer masajes y yo me estoy relajando, y mucho.
—Un poco —confieso con una risita—. En serio, Edgard. Ha sido un placer —le aseguro, a la vez que intento ponerme en pie y me tambaleo. ¿Qué ha sido eso?
Edgard me agarra de los brazos.
—¿Estás bien? Has bebido demasiado…
Imposible, esta es la segunda copa y ni siquiera me notaba pedo. Además, tengo una sensación extraña, pero no relacionada con el alcohol.
Me encuentro mal.
—Sí, sí, perfectamente —repito, acercándome a mi bolso y cogiéndolo—. Cuando llegue a casa te aviso. Esto hay que repetirlo, ¿eh? —parloteo mientras me alejo hacia el pasillo, que está oscuro y que, por lo que ha dicho, no tiene luz. Ahora mismo es el sitio por el que menos me apetece pasar, pero no me queda otra. Ojalá llegue su mujer pronto…
—Te acompaño. Si no, dudo que sepas encontrar la puerta —pronuncia de manera enigmática.
«¿Acaba de sonreír? No, pues claro que no. Deja de montarte ideas raras, Greta, no ayudan».
Contengo la respiración cuando nos aventuramos al tramo oscuro. Edgard vuelve a tomarme del antebrazo y me guía hasta la salida. Su agarre es posesivo, sus dedos se clavan con demasiada fuerza en mi carne. O yo tengo una percepción desmesurada de lo que está aconteciendo.
Se detiene.
No abre la puerta.
Mi corazón bombea fuerte.
Los oídos me pitan.
No va a abrir.
No me va a dejar escapar.
Un sudor frío me resbala por la sien.
Sus dedos siguen apretándose en mi piel.
Varias lágrimas calientes empapan mis mejillas.
Uno.
Dos.
Me atrevo a respirar por fin.
Si va a matarme, es absurdo que contenga el aliento.
—Lo cierto es que no me gustaría que te marcharas tan pronto —susurra cerca de mi boca.
En algún momento ha acortado la distancia que nos separaba y ahora está pegado a mí.
Sigo llorando.
De miedo.
De incertidumbre.
Del pánico más atroz y visceral que he experimentado jamás.
¿Qué busca, violarme? ¿Matarme? ¿Ambas?
—¿Nunca te han dicho que tienes una piel muy suave…? —habla, ahora en mi oído. Pasa su nariz sobre mi mejilla y me erizo, aunque no porque me haya gustado.
—Quiero irme a casa, Edgard —me atrevo a pronunciar.
—Tienes que saber muy bien, Greta… Llevo pensando en tu sabor cada día desde que empezamos a hablar.
—Eso fue la semana pasada —le recuerdo. Como queriendo decirle «no es para tanto, apenas hemos hablado».
—Lo sé… —Su pecho se sacude con una carcajada baja—. Lo sé muy bien. No he podido parar de imaginar cómo se sentirá tu sabor en mi boca, cómo será probarte…
Es un pervertido. Está claro lo que está diciendo. Pero yo no quiero que eso pase. Lejos de excitarme, solo consigue asustarme más.
—Déjame ir, por favor.
—Vamos al dormitorio —me susurra.
—No.
Me toma de los brazos y me gira con violencia, estampándome contra la puerta que era mi vía de escape. Pega su rostro al mío y, a través de la poca luz que se filtra por el quicio, veo unos rasgos que ya no se me antojan atractivos, sino desprovistos de humanidad.
—No era una pregunta.
—Gritaré.
—Te taparé la boca.
El mareo está llegando a su punto álgido y apenas soy consciente de mi propio cuerpo. La estancia se bambolea. O tal vez sea por culpa del miedo y la oscuridad que nos rodea.
—Déjame tomar el aire, estoy mareada.
No responde.
—¿Edgard?
—Ni siquiera me llamo así.
Su tono es jocoso. Y para mí, un mazazo de realidad.
¿Quién es realmente la persona que tengo delante?
Mis piernas fallan y siento que resbalo. Él, que sigue manteniéndome sujeta, me atrapa con facilidad.
—No te resistas.
Me carga sobre uno de sus hombros y me lleva sin esfuerzo por el mismo pasillo.
Gritaría, patalearía, trataría de resistirme. O tal vez lloraría y suplicaría. No sé qué haría, porque en ese mismo momento, pierdo la consciencia.
Vuelvo en mí unos minutos después, siendo víctima de violentas sacudidas. Estoy sobre una cama. Tengo el vestido subido hasta las costillas y no hay rastro de mi ropa interior. Edgard está entre mis piernas. Él es quien provoca las sacudidas. Sus embestidas hacen que el mareo incremente y siento que de un momento a otro mi cerebro va a volver a desconectarse.
Pero algo en mí se rebela.
La rabia.
O el instinto de supervivencia.
Chillo hasta desgañitarme y él sonríe. Parece que mi dolor, o mi ira, le exciten más, puesto que lo que tiene entre las piernas se pone más duro y aumenta la intensidad de sus penetraciones.
La habitación da vueltas.
Me parece ver su cara hacia donde sea que viro los ojos.
Y en algún momento, mis ojos se cierran de nuevo mientras contengo las arcadas.
Al abrirlos, encuentro que estoy sola. Mi zona íntima está llena de su semen, donde parece que se ha derramado varias veces mientras permanecía inconsciente, y él no está. ¿Adónde ha ido? Sea donde sea, es mi oportunidad de escapar.
Me incorporo como puedo. Ni siquiera estoy atada, lo cual me hace pensar que no esperaba que despertara tan pronto.
Mis piernas se tambalean cuando apoyo los pies descalzos en el suelo, por lo que tengo que aferrarme a la mesilla más próxima para no caer. Sobre todo, tengo que intentar no hacer ruido. Quizá sea la única oportunidad que tenga.
Aún con el cerebro embotado, avanzo hacia la puerta del dormitorio. No sé dónde está mi bolso. Ni las llaves de mi coche. Ni mi móvil. Aunque ahora mismo solo me importa salir de aquí cuanto antes.
La casa está en silencio.
Un silencio opresivo.
Angustiante.
Que lanza una promesa mortífera.
Camino aferrándome a cualquier objeto que aparece ante mí, sosteniéndome a duras penas.
Llego al pasillo oscuro, sabiendo que al otro lado se encuentra mi libertad.
Y cuando mi mano se aferra al pomo, saboreo la posibilidad de que esté cerrado con llave. Sería lo lógico.
Pero no lo está.
La puerta se abre.
Y tan pronto como pongo un pie fuera, alguien me aferra con fuerza por detrás y me tira al suelo.
Grito pidiendo auxilio y pataleo buscando liberarme.
Él tira de mí hacia dentro.
Yo me sujeto a los peldaños de la entrada reuniendo toda la fuerza que puedo a pesar de mi lamentable estado.
Entrar de nuevo significa muerte.
Algo duro me golpea la cabeza y mis dedos se crispan en un rictus que no augura nada bueno.
La sangre resbala por mi cara.
Hay demasiada.
Hay demasiado dolor.
Todo da demasiadas vueltas.
Cuando estoy a punto de abandonarme, de rendirme, de dejar que haga conmigo lo que quiera y mi destino sea el que deba ser, mis ojos ven la puerta. Sigue abierta. Apenas un resquicio. Esa es mi escapatoria. Mi única oportunidad. No puedo desaprovecharla.
Mientras me arrastra hacia el interior, me giro lo más rápido que puedo y le doy una contundente patada en sus partes nobles, partes que antes han estado dentro de mí sin mi consentimiento y que arrancaría de cuajo si tuviera un utensilio afilado.
—¡Suéltameeeee! —grito fuera de mí.
Al recibir el impacto, sus manos liberan mis tobillos y me arrastro a cuatro patas hasta la salida. Me pongo en pie, trastabillando, al alcanzar el jardín. Después, corro por la avenida por la que llegamos, sin detenerme, aunque no tengo forma de acceder a mi coche.
Hay poca gente en la calle, no sé ni qué hora será, pero parece que empieza a amanecer, lo que me preocupa. ¿Cuántas horas he pasado ahí dentro?
—¡Greta! —La voz que grita mi nombre me resulta familiar. Un coche que iba a toda velocidad pega un frenazo—. ¡¿Qué cojones…?! ¡Sube al puto coche ahora mismo!
Es Linda.
Se suelta el cinturón y salta al asiento del copiloto para abrirme la puerta. Corro hacia ella y cierro a toda velocidad. Pisa el acelerador. No entiendo su prisa hasta que veo que una figura corre tras el vehículo. ¡Ha estado a punto de atraparme!
Linda no deja de decir cosas. Parece a punto de darle un ataque. Me mira muy nerviosa, grita y llora, pero no sé qué está diciendo; mi cabeza no está aquí.
En algún momento, me golpeo con el salpicadero y vuelvo a quedar inconsciente.
***
Hola. Mi nombre es Greta. Quedé con un hombre que se hacía llamar Edgard, quien me violó innumerables veces. Aunque eso no fue lo peor que me pudo haber pasado. Mi amiga me encontró en pésimas condiciones y me llevó al hospital. Allí, al realizarme unas pruebas, descubrieron que me había aplicado una sustancia sobre la piel que reblandecía la carne. ¿Para qué, os preguntaréis? Edgard era un caníbal. Secuestraba mujeres, las violaba y, cuando se cansaba de ellas, se las comía.
Cuando conté lo sucedido en el hospital, la policía fue a su casa y encontró restos de cuerpos en varias cámaras frigoríficas que tenía en el vestíbulo. Él decía que no había luz, pero lo que no quería era que yo viera las cámaras…
He podido recuperarme físicamente. Mentalmente creo que nunca lo haré.
Lo que empezó siendo una inocente cita acabó convirtiéndose en mi peor pesadilla.
Mi nombre es Greta, tengo veinticinco años y estuve a punto de ser devorada por uno de los peores asesinos en serie de la historia.